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Capítulo 31
El día que Albert regresó de su viaje, el recibimiento por parte de su mujer le llenó el corazón. Y aquello demostró a todos el amor que se profesaban el uno al otro, a pesar de que Albert todavía no había sido capaz de decir las palabras que Candy deseaba tanto escuchar: «Te quiero».
Durante días disfrutaron de maravillosos paseos por los alrededores de Eilean Donan. Una mañana, Albert la llevó hasta un lugar donde los ciervos paseaban con tranquilidad entre los árboles y Candy se asustó al ver la agresividad de los machos al luchar por sus hembras, desafiando a sus rivales con potentes bramidos. Durante aquellos paseos, Candy le demostró a su marido su destreza en el arte de cazar, cuando en varias ocasiones, montada en Stoirm o desde el suelo, cogía su carcaj y con una facilidad increíble alcanzaba algún conejo o alguna ave, pero nunca repitió lo que hizo delante de Antony.
Sabía que su maridó no se reiría.
Otro día, al pasar por un pequeño higo, le sorprendió cuando ella le indicó que ese suelo era húmedo y peligroso al observar la presencia de lino silvestre de hoja estrecha.
La felicidad que William observaba en la cara de su nieto le llenaba el corazón. En especial, en un par de ocasiones en las que la lluvia y los truenos arreciaban con fuerza, vio a Candy bailar y reír bajo el agua junto a un sonriente Albert, que apoyado en la pared del castillo se empapaba mientras la observaba y sonreía.
Atrás quedaron sus silencios prolongados mirando el fuego, en los que el recuerdo de Léa, aquella terrible mujer, casi habían acabado con él. Ahora sonreía muy a menudo y se le veía feliz, a pesar de sus continuas discusiones. Discusiones que para William eran divertidas. El anciano se alegraba de que Candy hubiera llegado al castillo, aunque todavía le parecía increíble que su serio y recto nieto se hubiera ido a enamorar de esa alocada, contestona y divertida muchacha.
Albert, aun pasados los meses, se sorprendía con curiosidad al ver cómo todavía observaba a su preciosa mujer. Verla bailar con Antony y hablar con Jimmy o reír con William era algo que le llenaba de felicidad, y a pesar de lo mucho que la amaba, todavía era incapaz de que esas palabras salieran de su boca. Deseaba decírselo, pero el miedo al dolor se lo impedía. Por su parte, Candy, que vivía la mejor época de su vida, se sentía feliz y pictórica rodeada por todos ellos.
A veces observaba con disimulo cómo su marido la miraba. Sabía que la estudiaba y tenía muy claro por sus gestos, sus sonrisas o sus besos que él deseaba decirle algo. ¿La amaría? Y si era así, ¿por qué no se lo decía?
En sus momentos de soledad, pensaba en esa posibilidad, pero nunca hablaba sobre ello con él. Tenía pánico a escuchar que nunca la amaría. En varias ocasiones pensó si Albert le habría dicho a su abuelo que estaban casados no ante los ojos de Dios, sino mediante un Handfasting, que finalizaría en unos meses, y no podía evitar pensar si pasado ese tiempo Albert querría seguir con ella.
El invierno crudo y duro llegó a las Highlands. Casi todo se cubrió de nieve y la felicidad se completó cuando una mañana recibió una misiva de Anny. ¡Estaba embarazada!
—Creo que aquí plantaré algunas de mis hierbas —señaló Candy a Dorothy, justo en un pequeño terreno libre que había tras el castillo—. Será un estupendo lugar.
—Habrá que hacer una buena limpieza, milady —sugirió Dorothy, que miró el pequeño trozo de tierra cubierto por malas hierbas y nieve—. Pero creo que es un sitio sensacional. En primavera y verano le dará el sol buena parte del día.
—¿Conoces los beneficios de las hierbas?
—No exactamente —sonrió Dorothy andando junto a su señora—. Hasta hace unos años, Sarina, la madre de Eliza, era quien mejor conocía los secretos de las plantas. Pero desde su muerte, Susan, la cocinera, es la única que recuerda qué hierbas utilizar para un dolor de barriga. Por eso, milady, cuando alguien enferma de gravedad, vamos hasta Inverness.
—¿La madre de Eliza? —preguntó extrañada—. ¿Y Eliza no aprendió de su madre?
—En confianza, milady —indicó Dorothy que miró a su alrededor—. Yo creo que ella sabe más de lo que dice.
Aquello llamó la atención de Candy, que tras retirarse un mechón rubio de la cara preguntó:
—¿Tú crees? ¿Por qué dices eso?
—Milady, no soy persona de creer en los murmullos de la gente —objetó molesta por lo que había dicho—, pero he visto cosas que me hacen creer lo que digo.
Arremangándose su vestido de color grisáceo, Candy volvió a preguntar:
—¿Cosas como qué? —Al ver el temor en la muchacha, dijo tomándole las manos—: ¿Todavía no confías en mí, Dorothy?
—Sí, milady. Pero nunca se lo he contado a nadie, a pesar de lo que he escuchado de ello. Hace un tiempo, un atardecer que estaba en las almenas tomando el aire —explicó con picardía—, vi a Eliza salir a escondidas portando algo dentro de un saco que enterró cerca del lago. Al día siguiente, me acerqué, levanté unas piedras y, dentro del saco —susurró muy bajito—, encontré unos cobertores empapados en sangre seca. Dos días después, aquello había desaparecido de su escondite.
—¿Sangre seca? —repitió Candy sin entender de qué se trataba.
—Sí. Y al ver aquello entendí muchas cosas. —Se encogió de hombros pesarosa—. Una semana antes, Eliza estuvo varios días indispuesta. Como me daba pena que nadie se preocupara por ella, intenté ayudarle en lo poco que pude. Recuerdo una tarde en la que fui a su habitación a llevarle agua fresca. Eliza estaba profundamente dormida, pero por su cara se veía que sufría dolores. Asustada, me acerqué a ella y cogí un trozo de lino limpio. Le sequé el sudor de la frente, pero vi que temblaba, por lo que me acerqué al hogar para avivar el fuego. Entonces, me encontré con un pequeño recipiente que nunca antes había visto. Contenía una pócima espesa de olor pestilente. Al alejarme del hogar, vi en su arcón varias bolsas abiertas con distintas hierbas. Me acerqué a una de las bolsas y dentro observé unas pequeñas florecitas secas amarillas agrupadas en ramitos que despedían un olor muy desagradable. Entonces, Eliza comenzó a moverse y asustada me escabullí con rapidez de la habitación.
—No te entiendo —susurró Candy escuchándola con atención—. ¿Qué tiene que ver eso con lo que me has contado antes?
—Yo creo —murmuró la criada— que ella estaba embarazada. Tomó algo que la hizo perder el bebé, y la sábana que yo vi era la prueba de todo ello.
—¡Por san Ninian! —espetó Candy, sorprendida—. ¿Crees que sería capaz de eso?
La joven criada, con gesto grave, asintió.
—De eso y de más cosas, milady. Además, tengo la seguridad de que calienta la cama del anciano William.
Candy también la tenía, pero no quería hablar de ello.
—Pero ¿cómo puedes decir eso?
—Cuando limpio la habitación del anciano, más de una vez encuentro pelos rojos y largos entre las sábanas, además de alguna horquilla o alhaja que sólo tiene ella. He visto en muchas ocasiones la taza que William tiene en su habitación manchada con restos de alguna pócima, y tras saber que ella guarda en su baúl talegas con hierbas, pues…
—Oh… ¡Dios mío! —susurró Candy horrorizada al entender lo que Dorothy quería indicarle—. ¿Crees realmente que esa mujer sería capaz de estar haciendo algo tan terrible?
—Rotundamente, sí. Eliza es una persona ambiciosa de riquezas y poder, y la única manera que tiene de conseguirlo es a través del anciano William, pues sabe que por medio de Albert y Antony nunca lo logrará.
Decidida a averiguar aquello, Candy le susurró:
—Dorothy, tengo que conseguir esa taza cuando tenga restos. Yo entiendo bastante de hierbas, y estoy segura de que podré saber qué es lo que le está dando. —Intranquila por lo que acababa de oír, dijo—: Además, me tienes que ayudar a entrar en su habitación. Tengo que ver qué guarda esa mujer en ese arcón.
La criada asintió con una sonrisa. Confiaba en su señora, a pesar de que las mujeres de los alrededores hablaran mal de ella.
—De acuerdo, milady. Para mí será un honor.
—Tiraré esto aquí —dijo Candy quitándose un precioso brazalete que cayó en medio de la maleza—. Ahora entraremos y, cuando nos vea, yo haré que estoy muy enfadada por la pérdida del brazalete. Seguro que, con su maravillosa amabilidad, se ofrece a buscarlo. Tú la acompañas y yo entro en su habitación.
—Milady —susurró Dorothy, temerosa—, ¿estáis segura?
—Segurísima —asintió Candy, quien ya andaba hacia el castillo. Para relajar el gesto nervioso de Dorothy, bromeó—: Y luego quiero que me cuentes con quién das tú esos paseos por las almenas.
Comenzaron su teatro cuando vieron a Eliza y ésta rápidamente se ofreció a ayudar ante las lágrimas que afloraban sin control por los ojos de Candy. Por lo que Dorothy y ella, tras dejar a Candy sentada cabizbaja en una silla, salieron hacia la zona donde decía haber perdido el brazalete.
Nada más verlas irse, Candy se levantó y se limpió rápidamente los ojos. Al cerciorarse de que cruzaban el patio, se recogió las faldas y comenzó a correr en dirección a las habitaciones del servicio. Estaban en la parte de abajo del castillo, pero una mano poderosa la cogió y de un tirón le dio la vuelta.
—¿Dónde vas con tanta prisa?
—Iba a avisar a Susan —pensó rápidamente al ver a su marido, al padre Gowan y a Antony observarla con extrañeza— para que mañana haga carne estofada para comer.
—¿Y es necesario que vayas ahora? —señaló Albert, seguro de que aquello no era verdad.
Agarrándola con fuerza de la muñeca, la guio hasta una mesa, donde William les observaba pensando que iba a ser testigo de alguna de sus peleas—. Mejor ven y siéntate con nosotros.
«Maldita sea, Albert », pensó molesta.
—¡Ahora no! Más tarde. —Consiguió zafarse de las manos de su marido, que la miró ceñudo mientras Antony sonreía al padre Gowan y a su abuelo—. En serio, Albert. Me han advertido de que Susan es una mujer muy estricta en lo referente a las comidas y no quisiera incomodarla si no le doy tiempo para preparar en condiciones lo que yo le pido.
—Tiene razón tu mujer —asintió William echándole una mano; a veces su nieto era demasiado exigente—. Susan es terriblemente gruñona cuando no le das tiempo para variar la comida.
—Oh, sí —asintió el padre Gowan—. Su humor a veces es agrio, aunque sus manos para cocinar son excepcionales.
—¿Dónde está Jimmy? —preguntó Albert al temerse que alguna travesura del pequeño fuera lo que azoraba a su esposa.
—Ahí, jugando con el hijo de Edwina —señaló Antony, y volviéndose hacia su cuñada con guasa dijo—: Ya que vas a la cocina, dile a Susan que estoy deseoso de que haga su plato estrella, te gustará.
—Uf…, estoy segura. ¡Susan cocina tan bien! —asintió Candy.
Después de dar un rápido beso a su marido, comenzó a andar presurosa hacia las cocinas.
—Ah…, ¡cuñada! —la llamó Antony sin poder contener la risa—. El plato estrella de Susan son los haggis.
Al escuchar aquello su estómago se encogió. La imagen de los pulmones, corazón e hígado de oveja guisados en el estómago del animal le revolvió el estómago.
Tras dedicarle una sonrisa matadora a Antony que sólo vio él, salió resuelta a cumplir lo que se había propuesto.
Una vez que llegó a la arcada de la habitación de Eliza y vio que nadie pasaba por allí, abrió y rápidamente se introdujo en su interior. La habitación no era muy lujosa, pero quizá más de lo que solía ser la de alguien del servicio. De pronto, vio el baúl. Se acercó a él, pero al intentar abrirlo vio que estaba cerrado con llave. Maldijo y buscó la llave a su alrededor. Tras mirar en varios sitios, al final dio con ella en uno de los bolsillos de una bata oscura que estaba metida en el armario. Con nerviosismo, corrió de nuevo al baúl. Cuando oyó chasquear el cierre, abrió la tapa e, incrédula, vio talegas de cuero y botes de ungüentos de distintos colores. ¿Para qué tenía todo aquello Eliza si decía que no sabía de plantas? Con cuidado, intentó no descolocar nada. De pronto, le llamó la atención un trozo de lino arrugado; al cogerlo, descubrió allí envuelto un broche en forma de lágrima con piedras preciosas. Admiró su belleza y comprobó que estaba roto, por lo que volvió a dejarlo en el mismo sitio donde estaba. Tras cerrar el baúl, dejó de nuevo la llave en el bolsillo de la bata, salió de la habitación y corrió para llegar de nuevo al salón. Pasó junto a Antony, el padre Gowan, William y Albert, quienes la miraron con curiosidad. Pero, al escuchar las voces de Eliza y Dorothy, Candy se tiró casi de cabeza para llegar hasta la silla.
—¡Lo encontramos, milady! —señaló Eliza, que entró triunfal con el brazalete en la mano seguida por Dorothy.
—¡Oh, gracias! —sonrió Candy que respiraba con dificultad por la carrera. Eso hizo más creíble su emoción, mientras abrazaba amorosamente a Eliza y guiñaba un ojo a Dorothy, que asintió al entenderla—. Este brazalete representa tantísimo para mí que, si lo hubiera perdido, creo que me habría muerto. Gracias, Eliza. Eres maravillosa.
—No ha sido para tanto —manifestó la mujer justo en el momento en que Albert aparecía mirándolas desconfiado—. Si me disculpáis, iré a terminar la labor que estaba haciendo.
—Candy, ¿qué te ocurre? —preguntó Albert al verla tan acelerada.
—No os preocupéis —informó Eliza pasando junto a él sin mirarlo—. Vuestra mujer perdió algo que yo recuperé. Y está tan emocionada por ello que casi no puede hablar.
—Milady, debo ir a las cocinas, estoy segura de que Susan requerirá de mi ayuda —se despidió Dorothy, que desapareció tras Eliza.
De nuevo los dos solos, y ante la mirada de su marido, Candy intentó recuperar la compostura.
—No sé qué ocurre aquí —señaló Albert con desconfianza—, pero me encantaría que me lo contaras antes de que tenga que enterarme por terceras personas.
Con una sonrisa que derribó la rigidez de su marido le murmuró:
—Ven aquí, mi amor. —Le sentó en la silla y ella se sentó encima. Con la sensualidad que sabía que derretía a su marido, le susurró—: Albert, ¿por qué crees que estoy haciendo algo extraño?
—Porque te conozco y sé cuándo no dices la verdad —dijo él mientras sentía los labios de su mujer recorrer su cuello y sus dedos se enredaban con peligro en su pelo—. Y ahora sé que estás intentando que deje de preguntarte.
—Te he echado de menos hoy —rio al ver cómo él comenzaba a sonreír.
—¿Qué estabas haciendo, Candy? —insistió Albert al comprobar cómo aquella pequeña bruja había aprendido a engatusarle, algo que, por cierto, le encantaba.
—Aunque no lo creas, ayudaba a Sarah. Necesito tener alguna amiga en mi nueva casa —susurró al ver que su marido comenzaba a sonreír—. Y ahora bésame y deja de mirarme con ojos de halcón.
—¿Ojos de halcón? —Se carcajeó al escuchar aquello.
—Sí. Lo haces cuando intentas adivinar algo. —Haciéndole burla comenzó a imitarle—. Normalmente, cierras un poco el ojo izquierdo, tuerces la cabeza y clavas tu mirada celeste. Ésa es tu mirada de halcón.
—¡Eres deliciosa! —sonrió besando su boca con avidez.
—¡Por san Ninian! —se mofó Antony, que pasaba por allí junto a William y el padre Gowan.
Candy y Albert se levantaron rápidamente de la silla al ser sorprendidos—. ¿Acaso no tenéis una habitación para dar rienda a vuestras pasiones?
—¡Alabado sea Dios! —susurró el padre Gowan mirando hacia otro lado mientras William se carcajeaba.
—Ahora que lo dices… —asintió Albert sonriendo al ver la cara de su abuelo, y cogiendo la mano de Candy, que estaba roja como un tómate, dijo mientras se dirigían a las escaleras—: Gracias, Antony, por sugerirme el lugar.
Tras aquello, Albert y Candy desaparecieron de su vista.
—Creo que dentro de poco —rio el anciano junto a Antony— tendremos unos cuantos niños corriendo por este castillo.
—Y yo los bautizaré —asintió el padre Gowan convencido de ello.
CONTINUARA
Hola, ante todo gracias por sus comentarios y que esten disfrutando esta adaptación, cuando decidí compartirla con ustedes quede en el capítulo 31, entonces a partir de ahora leeremos al mismo tiempo.
Faltan 15 capítulos para que termine esta hermosa historia.
Un abrazo.
Aby.
