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Capítulo 32
William estaba encantado con los nuevos residentes de la casa. Cada día estaba más feliz de ver cómo su nieto Albert, aquel a quien cientos de hombres temían por su valor y destreza, se deshacía ante las sonrisas de aquella mujercita. Sin que Candy lo supiera, William a veces la observaba desde el alféizar de su habitación y se maravillaba al verla cuidar a lord Draco o cabalgar sobre Stoirm, aquel impresionante caballo pardo.
Conocía por Antony las distintas maneras de ser de Candy. Había reído a mandíbula abierta cuando él le había contado ciertas cosas de aquella joven, que Albert nunca se atrevería a contarle. Se maravilló cuando supo que ella manejaba la espada, cosa que hasta el momento no había realizado ante él, y se quedó sin palabras cuando le contó cómo Candy se había vengado de las personas que mataron a sus padres y posteriormente a su abuelo y a Martin. William era feliz viendo lo dichoso que esa muchacha hacía a su nieto, una felicidad que nunca palpó años atrás cuando Albert estuvo enamorado de Léa, la mujer que le rompió el corazón y le agrió el carácter hasta que llegó a su vida Candy.
Como laird de sus tierras, Albert debía visitar a su gente y en especial velar por los intereses de todos ellos. Intereses que les proporcionaba grandes beneficios por la venta de la lana. Hacia el interior de las Highlands, el clan McArdley poseía una gran extensión de tierras donde se dedicaban a la cría de ovejas. A pesar de los duros inviernos por aquellas zonas, ellos habían conseguido sacar con éxito aquella difícil empresa.
El rebaño que poseían era bastante importante. Cerca de dos mil ovejas pastaban tranquilamente al cuidado de varias personas, que se ocupaban de alimentarlas y cuidarlas dentro de los corrales. Cuando llegaba la época de esquilar, muchos de los aldeanos se marchaban hacia las tierras interiores y comenzaba el proceso: el lavado de los vellones, la clasificación y la división. Una vez clasificada, la lana se distinguía por buena, mediana, gruesa, poco basta y muy basta. Toda era transportada hasta los aldeanos de Eilean Donan y, en el pueblo, al igual que el herrero se encargaba de la herrería, distintas mujeres y hombres se ocupaban de cardarla y peinarla en el hilado para tejerla en el telar, donde se conseguían tejer finos paños para cogullas, capas de tela para los hábitos de los monjes, cobertores e incluso zapatillas. Con los años, los productos que el clan McArdley vendía fueron adquiriendo fama.
Cada vez eran más numerosas las abadías de Escocia que les encargaban sus hábitos y cobertores.
Tras retrasar todo lo que pudo el viaje, finalmente Albert decidió marchar junto a su hermano, dejando a William y Candy solos en el castillo.
—Sólo serán dos noches —sonreía Albert, que jugaba con su mujer en la cama. Mientras él le hacía cosquillas, ella se revolcaba de risa—. Tengo que ir. Me han informado de que al este de Stirling varios rebaños de ovejas han cogido el escabro, y ayer me llegaron noticias nada halagüeñas de nuestros rebaños, por lo que necesito ver con mis propios ojos qué pasa.
—Tengo una idea —dijo Candy sentándose a horcajadas encima de él—. ¿Por qué no me llevas contigo y así puedo conocer yo también esa zona?
—Esta vez no puede ser, cariño —sonrió maravillado como siempre por la belleza salvaje y natural de ella. La tenía sentada encima de él, vestida únicamente con una fina camisa de lino medio abierta, que dejaba ver su fino y hermoso cuerpo y sus tersos y redondos pechos—. Te prometo que la próxima vez que vaya, te llevaré.
—¿Existe alguien allí que no deseas que yo conozca? —preguntó mordiéndose el labio inferior.
De un movimiento, Albert la hizo rodar por la cama hasta dejarla debajo de él.
—Cuando te refieres a alguien —rio al ver cómo ella fruncía el ceño—, ¿te refieres a otra mujer? —preguntó con voz ronca mordiéndola en el cuello para hacerla reír—. ¿Estás celosa?
—¡No! —aclaró ella mirándole a los ojos—, pero como nuestro matrimonio se acaba en unos meses…
—¿Cómo puedes pensar esa tontería? —dijo inmovilizándola debajo de él mientras la miraba con seriedad—. Yo no necesito otra mujer que no seas tú.
Sólo pensar en perderla le martirizaba, por ello frunció el ceño y señaló:
—¿Acaso estás pensando acabar con nuestro matrimonio, Candy?
—No, en absoluto —sonrió al sentir cómo él se tensaba—. Sólo recordaba que el Handfasting se acaba en unos meses.
—Y te casarás de nuevo conmigo —dijo con rotundidad sujetándole los brazos por encima de la cabeza, clavando sus preciosos e inquietantes ojos azules en ella—. No voy a permitir que te alejes de mí.
Aquello la animó, aunque no escuchara de su boca románticas palabras de amor.
—Entonces, puedes irte con la seguridad de que no estaré celosa.
Sin querer cambiar de tema, Albert, aún encima de ella, susurró:
—Ten la seguridad de que te casarás conmigo. —Al ver que ella sonreía la besó y dijo—: Cariño, te diré tres razones para que no estés celosa: la primera es porque mis besos son sólo para ti; la segunda es porque me gustas muchísimo.
—¿Y la tercera? —preguntó Candy en un susurro—. ¿Cuál es la tercera?
—Ah…, amor, ésa es la más importante. —Rio al saber que ella protestaría y, cogiéndola de las muñecas mientras le abría las piernas, susurró—: La tercera es porque todavía no he conocido a nadie que tenga el mismo color de pelo que mi caballo.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! —gritó riendo. Tras abandonarse a sus caricias, murmuró—: Cada vez tengo más claro que te casaste conmigo por mi cabello.
—Sí, cariño —suspiró volviendo a besarla—. Tienes toda la razón.
A la mañana siguiente, junto a William, Eliza y Jimmy, Candy, algo triste pero con una sonrisa en los labios, se despedía de Albert, quien, tras guiñarle el ojo, se marchó al galope con varios de sus hombres. Aquella tarde, ella bajó a las cocinas, pero al ver las caras y los gestos de incomodidad de la mayoría de las mujeres volvió a subir al salón, donde se sentó y miró a su alrededor sin saber realmente qué hacer.
Sus ojos se posaron sobre el horroroso tapiz que colgaba en el lateral del salón, frente a la mesa presidencial. Aquel tapiz en tonos tan siniestros daba oscuridad. Además, estaba colgado ante unos pequeños ventanucos orientados a la escalera que subía a las habitaciones. Decidida, solicitó la ayuda de varios hombres para quitarlo. El salón se inundó de luz y dejó al descubierto un escudo de armas labrado en la misma piedra, que más tarde supo que pertenecía a los padres de Albert.
—¿Qué ocurre aquí? —dijo Eliza al entrar en el salón—. Por todos los diablos, ¿quién ha ordenado quitar ese tapiz?
—Fui yo —respondió Candy quitándose el polvo del pelo—. ¿Ocurre algo?
—Ese tapiz —señaló furiosa— fue un encargo que Albert nos hizo a otra persona y a mí. Y no estoy segura de que le agrade ver que lo habéis quitado.
Candy, dispuesta a no dar su brazo a torcer, dijo:
—¡Pero si es horroroso! —se mofó ante la mujer haciendo reír a los hombres y mujeres que lo recogían—. ¿Esa cosa tan fea la encargó Albert?
—Sí —respondió la mujer, muy digna, tosiendo por el polvo.
—Pues debía de estar terriblemente borracho —volvió a responder y de nuevo hizo reír a todos los presentes menos a Eliza.
Rabiosa por sentirse menospreciada, cuando ella pretendía ser la señora del castillo, la mujer volvió al ataque.
—Siempre lo ha tenido en buen aprecio porque fue algo que lady Léa y yo compramos. —Al escuchar aquello, todos se quedaron sin habla.
—¿Lady Léa? Ah, sí… —respondió con disimulo Candy. No quería dar la impresión de que no conocía nada de ella, aunque así era. Y sin pensárselo dos veces, dijo ganándose la simpatía de todos los que estaban allí—: Pues si lo compró ella, con más razón aún lo quiero ver fuera de mi vista. Llevadlo a algún sitio donde no lo vuelva a ver, o quemadlo.
Eliza, atónita por aquella decisión, gritó:
—Deberíais preguntar antes de tomar decisiones. —Aquel gesto le resultó a Candy un reto y cuadrándose ante ella siseó.
—Sinceramente, Eliza, dudo que deba preguntarte a ti, cuando la señora de este castillo soy yo —respondió, cortándola de tal forma que Eliza no supo qué responder.
La humillación que Eliza sintió en ese momento fue tal que sin decir nada más salió del salón como alma que lleva el diablo, dejando a Candy terriblemente confundida y sin saber si lo que acababa de hacer estaba bien o mal.
Aquella noche, cuando William apareció y Candy le contó lo ocurrido, éste rio a carcajadas felicitándola por el buen gusto de haber quitado aquella cosa horrorosa del salón, palabras que la dejaron más tranquila. Saber que William no le daba importancia le hizo intuir que a Albert tampoco le molestaría.
Tras pasar una noche en la que la ausencia de Albert se le hizo terrible, agotada, quedó dormida hasta que notó que alguien la zarandeaba para despertarla.
—¿Qué ocurre? —preguntó malhumorada por los zarandeos.
—Milady, despertad. —Era la voz de Dorothy, que lloraba asustada—. Despertad, por favor.
—De acuerdo —asintió al notar la angustia de Dorothy—. ¿Qué ocurre?
Dorothy, histérica, habló.
—Unos hombres retienen al anciano señor William en el salón —dijo llorosa—. Entraron de madrugada, capturaron a los centinelas, y están destrozando el castillo.
—¿Cómo? —gritó despejándose de golpe—. Pero ¿dónde están nuestros hombres?
—Unos se fueron con su marido, y el resto, en sus casas descansando —dijo retorciéndose las manos—. El problema es que esos hombres han tomado los puestos de nuestros centinelas, y mandan continuamente las señales necesarias para que la guardia de la aldea siga tranquila.
—Tenemos que hacer algo para avisarlos —susurró pensando qué hacer—. ¿Dónde está Jimmy?
—En su habitación, durmiendo.
—¡Por todos los santos, Dorothy! —exclamó Candy levantándose de la cama con todo el pelo revuelto y poniéndose una bata de color azul—. ¡No se me ocurre qué hacer!
—Oh, Dios —gimió nerviosa la criada—. Nos matarán a todos.
Anudándose con fuerza el cinturón de la bata, Candy asintió.
—William no lo consentirá.
—Milady, escuché a uno de esos hombres preguntar por vos.
Mirándola con rapidez Candy preguntó:
—¿Por mí?
—Sí —asintió la asustada muchacha—. Ese bribón dijo: «¿Dónde está la rubia que mató a mi hermano e hirió a uno de mis hombres?». Y, por lo poco que les he oído gritar, esos hombres debieron de conoceros en algún ataque tras la boda.
Candy, retirándose el pelo de la cara, asintió.
—Creo que sé quiénes son —respondió al recordar a los hombres que los atacaron cuando estaban encerradas en la tienda de Archie. Sin perder tiempo cogió la espada—. ¿Cuántos son?
—He visto a unos veinte, y temo que maten al anciano William.
—Yo sé cómo salir sin que nadie me vea —dijo de pronto Jimmy tras ellas.
—¡Jimmy, tesoro! —Candy corrió a abrazarlo—. ¿Qué haces despierto?
—Oí ruido y me levanté —confesó mirándolas con impaciencia—. ¿Me habéis oído? Yo sé cómo salir sin ser visto.
—¿Cómo? —preguntó Candy.
—William me enseñó que tras el tapiz de su habitación existe una cámara secreta —informó el niño con los ojos muy abiertos—. Me dijo que esa cámara la utilizaba cuando necesitaba salir o entrar con urgencia del castillo para coger la galera en sus años de guerrero.
—¿Adónde da esa cámara secreta? —preguntó Dorothy.
El niño, tras mirar a su hermana, respondió:
—Va directa al lago. William me contó que antes siempre había una barca esperándole para llevarlo hasta la galera.
—Pero ahora no habrá ninguna —susurró Candy—. No puedes ir. ¡Ni lo pienses!
—Candy, escucha —dijo el niño sorprendiéndolas—. Tú me enseñaste a nadar, y puedo salir por ahí sin ser visto e ir hasta la aldea para pedir ayuda.
—¡Es una excelente idea! —gimió Dorothy, desesperada—. Milady, yo podría acompañarle, pero no sé nadar. ¡Maldita sea!
—Eres muy pequeño para hacer eso tú solo —murmuró Candy, desconcertada por lo rápido que iba todo, mientras se sujetaba una daga en el muslo y escondía otra bajo la manga de la bata.
—Pero si no lo hago… ¡matarán a William! —gritó el niño—. Y ¿qué te pasará a ti y a Dorothy?
El niño tenía razón, y ambas lo sabían.
—Milady —sollozó la criada al oír algo que se rompía—, Jimmy es la única opción. Debemos confiar en él. No nos queda mucho tiempo.
Candy, confundida, miró a su hermano y comprobó lo rápido que estaba creciendo.
—De acuerdo —asintió y besó a su hermano antes de salir por la arcada recogiéndose el cabello—. Confío en ti, tesoro. Ten mucho cuidado y trae pronto a los hombres.
Sin dar tiempo a que la duda hiciera mella en ella, corrió con cautela por el pasillo mientras Jimmy entraba con sigilo en la habitación de William y, escabullándose tras el tapiz, encontraba la cámara secreta por donde escapar. Desde el salón llegaban ruidos de loza al caer al suelo. Candy, junto a Dorothy, corrió hasta las escaleras y, asomándose con cuidado por uno de los ventanucos, vio cómo un hombre no más alto que ella, con cabellera pelirroja, gritaba a William, que sangraba por la boca y le miraba desde el suelo.
Un conocido temblor se apoderó del cuerpo de Candy. Ordenó a Dorothy permanecer en las escaleras y observar desde los pequeños ventanucos. Comenzó a bajar hasta que llegó al salón y, sin ser vista por ellos, les observó oculta por las sombras.
—Maldito viejo —gritó un hombre joven de aspecto saludable que rompió una silla al tirarla contra la pared.
—¿Dónde guardas el dinero y las joyas? —vociferó el que parecía ser el jefe de la banda, que a diferencia de los demás estaba sentado frente a William bebiendo una jarra de cerveza.
—¡Maldita sea, O'Malley! —bramó William enfurecido al ver cómo el tipo gordo que Candy conocía puso su pie encima de él—. Te acabo de decir que son mis nietos quienes se ocupan de esas cosas. Y lo sabes muy bien. Trabajaste para nosotros muchos años.
—¡Jefe, que traigan a alguna mujer! —gritó el gordo desdentado. Eso hizo que a Candy se le revolviera el estómago—. Veréis cómo rápidamente nos cuenta algo.
—¡Dejad en paz a las mujeres, cobardes! —gritó William asqueado al ver las intenciones de aquellos hombres.
—Nos conocemos desde hace años, tienes razón —confirmó el jefe de la banda—. Y por eso sé que tus nietos nunca te ocultarían dónde guardan el dinero. ¿Acaso crees que es casualidad que ellos no estén aquí? —Y soltando una carcajada prosiguió ante la dura mirada de William—: A vuestras ovejas no les pasa nada, pero eso no lo sabrán hasta que lleguen allí. Y, para entonces, yo ya tendré lo que quiero.
—¡Eres un odioso bastardo! —gritó William, colérico—. ¡Te pudrirás en el infierno!
—He esperado pacientemente hasta que Albert ha sido capaz de alejarse de esa valiosa rubia que ha tomado por mujer. Ahora, decide: o me das lo que pido, o a la vuelta tu nieto te odiará por lo que haremos con ella.
A Candy se le puso la carne de gallina, más que por ella, por el anciano que sangraba en el suelo.
—¡O'Malley! —protestó William—. Dile al burro que tiene su pie encima de mi espalda que me deje levantar.
Candy, horrorizada, observaba sin saber realmente qué hacer.
—¡Jefe! Deberíamos matarle —protestó el gordo desdentado al recibir la orden de levantar el pie.
Tambaleándose torpemente, William logró levantarse.
—¡Dadme una espada! —gritó el anciano, débil por los golpes recibidos.
Los ladrones se carcajearon al escucharle.
—Viejo —rio O'Malley al verle débil y pálido—, ¿qué quieres? ¿Qué te mate a ti antes de disfrutar de la mujer de tu nieto?
Eso heló la sangre de William y aumentó su rabia.
—¡No la tocarás! Ni a ella ni a ninguna —respondió apoyándose torpemente en una mesa.
—No es por menospreciarte —rio O'Malley acercándose a William; dándole un simple empujón, el anciano cayó hacia atrás ante las risotadas de los bandidos y la impotencia de Candy—, pero si tú no vas a impedir que yo haga lo que desee con tus mujeres, y tus nietos no están, ¿quién va a defender ese honor que tanto te empeñas en defender?
Candy no pudo soportar más.
—¡Yo, su nieta, Cabdy McArdley! —bramó ella atrayendo la atención de todos con su espada agarrada en la mano—. ¿Os parece bien?
Los hombres clavaron sus sucias miradas en ella, pero eso no le importó. No estaba dispuesta a continuar impasible ante lo que le estaban haciendo a William.
—¡Magnífico! —susurró O'Malley al ver a aquella espectacular rubia de ojos verdes ante él—. Sois un botín mejor de lo que pensaba.
—¡O'Malley! —vociferó William, incrédulo por la valentía de Candy—. Si algo le pasa a mi nieta, ten por seguro que Albert y Antony no pararán hasta acabar contigo.
—Tranquilo, William —comentó ella al anciano, que apenas podía respirar—. Sé lo que hago. Confía en mí.
—¡Jefe, es ella! —gritó el gordo desdentado.
Al escuchar aquella voz, Candy le reconoció. ¡Balducci!
—¿No tuviste bastante con lo que te hice? —señaló despectivamente al gordo, que aún cojeaba, mientras intentaba no mirar a William.
—Ahora entiendo por qué Albert no quería separarse de ti, dulzura —susurró O'Malley—. Eres una presa muy apetecible.
—¡Malditos seáis! —exclamó Candy clavando la mirada en O'Malley mientras William la observaba con horror. Ella sola no podría luchar contra aquellos tres hombres y todos los que esperaban fuera—. ¿Qué hace William en el suelo?
—¡Es ella, jefe! —insistía el hombre gordo—. ¡Es la bruja de pelo rubio que mató a vuestro hermano! —Y mirando a Candy, gritó—: ¡Aquí tenéis a Brendan O'Malley! ¡Tú mataste a su hermano, y él viene a matarte a ti!
O'Malley la miró con deseo. Aquella mujer rubia, vestida con aquella bata y la espada en la mano, era bellísima.
—¡Levantad a William del suelo! —espetó ella sin amilanarse.
—Dulzura —respondió O'Malley—, vuestra valentía me ha dejado sin palabras, pero el perro de Willlam se queda donde está.
—¡No me llamo «dulzura»! —advirtió Candy con cara de pocos amigos—. Os lo diré de otra forma. Si en algo apreciáis la vida de los dos hombres que están aquí, creo que deberíais hacer lo que os pido. Os advierto, mi paciencia no es muy grande.
—¡Jefe, ni caso! —gritó el gordo desdentado con menosprecio—. No puede hacer nada. ¡Es una mujer!
—Tú lo has querido —siseó Candy e hizo un movimiento con el brazo para lanzar una de las dagas que guardaba en su mano, que fue directa a la garganta de aquel ladrón. Este, sorprendido, cayó hacia atrás mientras la sangre salía a borbotones por su garganta.
—¡Por san Fergus! —gritó el hombre joven acercándose al gordo desdentado—. Esta puta le ha matado.
Candy, con gesto frío, sonrió.
—Repito que si en algo apreciáis vuestra vida —dijo al ver la cara de incredulidad de William y O'Malley—, deberíais salir de este castillo inmediatamente.
—No tan deprisa, dulzura —dijo O'Malley arrastrando aquella última palabra, consciente de que aquella mujer no era como las demás—. Somos dos contra una, y eso sin contar a los hombres que vigilan fuera.
De pronto, se escuchó un golpe seco. El joven que momentos antes insultaba y gritaba cayó al suelo, haciendo que O'Malley saltara también. Candy levantó rápidamente la mirada y sonrió a Dorothy, que desde uno de los ventanucos de la escalera había lanzado con todas sus fuerzas un cascote de piedra que fue a estrellarse contra la cabeza del ladrón.
William observaba perplejo a Candy. Por primera vez sonrió, aunque la sonrisa se le heló en los labios cuando vio cómo O'Malley sacaba su espada del cinto.
Ella rio ante aquel nuevo desafío.
—Ahora estamos casi en igualdad de condiciones —señaló Candy separando un poco las piernas para afianzar el peso de su cuerpo y extender la espada en posición de combate.
—¿Vais a luchar también, dulzura? —rio fríamente O'Malley, asombrado por cómo se estaba desarrollando todo.
Retirándose un rizo salvaje de los ojos, Candy miró a William y tras pedirle calma con la mirada dijo:
—¿Acaso tengo opción?
Nada más decir eso, O'Malley dio un grito y se lanzó contra ella. Eso hizo que el corazón de William casi se parara. Pero Candy, que era hábil y rápida con la espada, supo rápidamente parar el golpe y atacar.
El acero de ambos contrincantes chocó una y otra vez, al tiempo que ambos se movían por todo el salón. O'Malley, que ya había perdido la sonrisa, veía petrificado cómo aquella mujer se defendía. Con rabia y fuerza intentaba alcanzar con el filo de la espada cualquier parte del cuerpo de ella. Pero Candy hacía frente a los ataques con absoluta concentración.
—¡O'Malley, maldito cobarde! —dijo William horrorizado al ver la dureza de sus ataques contra Candy—. ¡Estás luchando contra una mujer!
El ruido de las espadas al encontrarse era ensordecedor y la fuerza con la que golpeaba O'Malley hacía que los brazos de ella temblaran en muchas ocasiones, aunque con un control espectacular conseguía mantenerlos firmes para continuar atacando y defendiéndose.
—¡Por todos los cielos! —gritó O'Malley, incrédulo, al escuchar gritos procedentes del exterior mientras Candy sonreía al intuir que su hermano lo había conseguido—. Te mataré, maldita mujer. ¡Sois una verdadera bruja!
—Cosas peores me han llamado —vociferó ella para hacerse oír por encima del ruido de los aceros.
Candy sintió que sus fuerzas estaban llegando al límite, cuando el bandido consiguió herirla en el hombro. Sacando las pocas fuerzas que le quedaban, logró repeler el siguiente ataque e hizo que ambas espadas volaran por los aires, justo en el momento en que Dorothy aparecía en el salón y le volvía a dar otro golpe en la cabeza al hombre joven que parecía recuperarse. O'Malley, al verse sin su espada, fue rápido y lanzándose contra ella la tiró al suelo, donde ambos comenzaron a golpearse. Él consiguió sentarse encima de ella, sacó su daga de la bota y, sin darle tiempo a reaccionar, se la clavó en un costado, haciéndole, sentir un escalofrío y un horrible mareo.
Al ver aquello, con el corazón en un puño y con las escasas fuerzas que le quedaban, William se arrastró hasta llegar a una de las espadas. Lanzó un grito salvaje de cólera, se levantó y, con toda la rabia que llevaba en su interior, clavó el acero en la espalda a O'Malley, que tras dar un gemido se desplomó hacia un lado.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Dorothy con el rostro bañado en lágrimas corriendo hasta ellos.
—Busca ayuda. ¡Rápido! —le ordenó William casi sin aire mientras miraba a Candy, que permanecía inmóvil y pálida—. No te preocupes, mi niña. Ahora mismo te curaremos.
A Candy el mundo se le nublaba poco a poco y cada vez oía los sonidos más y más lejos.
—Sí…, sí…, tranquilo —susurró ella, débil y temblorosa.
En ese momento, se abrió con un fuerte estruendo la arcada principal del castillo. William sintió que entraban varias personas con premura.
—¡Por todos los santos! —vociferó Albert con una mirada asesina, espada en mano, seguido por Antony, Ewen y Tom—. ¿Qué demonios ha ocurrido aquí?
—¡Rápido, Albert, Antony! —llamó William desesperado al ver la sangre y la daga clavada en el costado—. ¡Candy está herida!
Albert se quedó paralizado. Su impotencia era tan grande que hasta le impedía moverse. El primero en llegar junto a ellos fue Antony, quien soltando un bramido de angustia hizo volver en sí a su hermano.
Jimmy, que entraba corriendo, fue sujetado por la fuerte mano de Ewen, que le sacó del salón sin importarle las patadas que el muchacho le daba para que le soltara.
Albert, desesperado, se aproximó a Candy y se arrodilló ante ella.
—Te vas a poner bien, cariño —susurró besándola en la frente mientras con un extraño temblor revisaba el costado de su mujer, donde sobresalía la daga.
Al escuchar su voz, Candy intentó abrir los ojos, pero el dolor era tan intenso que apenas podía respirar.
—Me duele mucho —gimió con tal debilidad en la voz que Albert creyó morir de miedo.
—Ya lo sé, mi amor —respondió angustiado—. Pero ahora te vamos a curar.
Antony, destrozado por cómo temblaba Candy y el miedo que veía en los ojos de su hermano, le tocó en el brazo y señaló la daga.
—Antes de moverla, tenemos que sacársela. ¿Quieres que lo haga yo?
—No, lo haré yo —respondió Albert, que cerró los ojos un momento para tomar valor.
Tenía a Candy malherida entre sus brazos y eso le mataba.
Una vez que comprobó que la maldita daga se había clavado entre las costillas, agarró con seguridad la empuñadura y, a pesar del grito seco que dio ella al notar el movimiento, la sacó sin ninguna dificultad, mientras Dorothy taponaba con celeridad la herida con un trozo de lino limpio.
Tirando con rabia la daga, Albert besó a Candy en la frente y con ojos oscurecidos por el miedo y voz temblorosa le susurró:
—Ya está, mi amor. Ahora voy a tomarte entre mis brazos y juntos subiremos a nuestra habitación para curarte.
Con los ojos vidriosos, Candy miró a William, que prorrumpió en sollozos cuando ella le sonrió.
Con una respiración irregular, Candy miró a Dorothy y ella entendió cuando sin apenas fuerzas susurró:
—Eliza no… Ella no
—No os preocupéis, milady —asintió Dorothy—. Yo os curaré. Nadie más os tocará. Os lo juro por mi vida.
Como en una nube, Albert intentó ver un gesto, una mirada, en la pálida tez de su mujer. Cientos de garras dolorosas se clavaban en lo más profundo de su corazón y en su alma. Con todo el cuidado del mundo, la cogió entre sus temblorosos brazos, notando la falta de vitalidad en ella, por lo que diligentemente la llevó hasta su habitación. Varias mujeres del clan, entre las que no estaba Eliza, pues Albert no se lo permitió, comenzaron a curar a su mujer.
Desesperado, se negó a separarse de su lado hasta que Antony y el padre Gowan le convencieron de que las mujeres necesitaban espacio para moverse y que allí sólo molestaba.
Dándole un dulce beso en sus inertes labios, salió al pasillo junto con William y Antony, quienes ese día comprendieron lo muchísimo que Albert quería y necesitaba a aquella alocada mujercita.
CONTINUARA
