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Capítulo 34

Los días pasaron. El episodio vivido con los O'Malley parecía olvidado, aunque todos lo guardaron en su corazón. Para William, ella pasó de ser alguien importante a una persona de vital importancia en su vida.

Albert dejó que Candy volviera a sus quehaceres habituales. Disfrutaba viendo cómo día a día los aldeanos le tomaban más cariño. En varias de las ocasiones que las mujeres coincidían en la cocina con ella, le hicieron saber lo preocupado que había estado su laird el día que la vio herida. A Candy le gustaba escuchar aquello. Redoblaba la confianza que tenía en que su marido al final la amaría. Pero Eliza, siempre que podía, hacía comentarios como «él siempre se ha preocupado por sus mujeres». Incluso el día que él le regaló un collar, y ella se lo enseñó a todos con felicidad, Eliza comentó:

«Albert siempre ha sido muy generoso con sus parejas».

Aquellos comentarios le dolían, pero Eliza parecía no notarlo, o no quería darse cuenta. Incluso le gustaba recordarle que antes que ella hubo otra mujer en la vida de su marido.

Jimmy, que estaba feliz tras la recuperación de su hermana, con el paso de los días hizo muchos amigos de su edad. A pesar de que algunas mujeres opusieron resistencia a que sus hijos hablaran con aquel pequeño sassenach, al final consiguió lo que se propuso: ser aceptado y tener amigos, y con ello comenzó a hacer de las suyas.

Una mañana, echó unos troncos al lago y junto a dos niños se sentó encima de los maderos y se internó en el lago. Albert había salido de caza junto a Antony y varios hombres, entre los que se encontraba Ewen. Entre tanto, Candy elegía las telas que usaría para confeccionarse vestidos, pues necesitaba ampliar su vestuario personal. El castillo permanecía tranquilo hasta que de pronto las voces alarmadas de unas mujeres la hicieron correr para saber qué pasaba.

—¿Qué ocurre, Dorothy? —preguntó al ver que la criada iba hacia ella mientras varias mujeres hablaban tan deprisa en gaélico que le era imposible entenderlas.

—Milady, vuestro hermano y los hijos de Fiorna y Edwina están en medio del lago.

—¿Cómo que están en medio del lago? —rugió Candy al ver llegar a las madres de aquellos niños, que la miraban con mala cara—. No os preocupéis, yo les sacaré de allí.

En ese momento, apareció Eliza.

—¡Qué hacen los niños allí! —exclamó indignada.

Candy no supo qué decir y menos cuando las mujeres arremetieron contra ella.

—Si algo le pasa a mi niño, señora —dijo Fiorna muy nerviosa—, será culpa de vuestro hermano. Mi hijo nunca se acercó al lago. Lo tiene prohibido. No sabe nadar.

—Fiorna, no es justo que digas eso a nuestra señora —intentó mediar Dorothy.

Pero los nervios de las mujeres estaban a flor de piel.

—¡Cállate, amiga de los sassenachs! —gruñó Edwina fuera de sí.

Aquello atrajo la mirada de Candy. Vio la rabia de la mujer en sus ojos y supo que si algo les pasaba a esos niños, ella sería la culpable.

—No os preocupéis —respondió Candy, que intentó acercarse a ellas, pero despreciaron su contacto—. Les sacaré inmediatamente del lago.

Cogiéndose la falda azulada con la mano, corrió seguida por Dorothy, Eliza y las otras dos mujeres. Al llegar a la orilla del lago, vio a su hermano y a los niños, que jugaban sobre los troncos inconscientes del peligro que corrían.

—Llamaré a la guardia —dijo Eliza—. Ellos les sacarán.

—No hace falta —apuntó Candy hundiendo los pies en el barro—, yo lo puedo hacer.

—Albert se enfadará cuando se entere. La señora del castillo no tiene por qué hacer esas cosas —reprochó Eliza.

Harta de que todo el mundo la juzgara, Candy gritó:

—¡Escúchame, Eliza! —dijo con rabia, mientras Fiorna y Edwina las observaban—. Ese que está allí es mi hermano y esos niños no saben nadar. Por ello no voy a esperar a que la guardia venga para sacarlos mientras yo estoy aquí sin hacer nada. Y si Albert se enfada conmigo, será mi problema, no el tuyo.

—Muy bien. Yo os advertí —asintió molesta la mujer apartándose hacia un lado.

—¡Jimmy! —gritó Candy atrayendo la mirada de su hermano, que supo al verle la cara que se había metido en un buen lío—. Deja de moverte hasta que yo llegue a vosotros.

En ese momento, los niños fueron conscientes de dónde estaban.

—¡Tengo miedo! —gritó Ulsen, el más pequeño de los tres, que al ver a su madre en la orilla se agarró a los troncos y empezó a temblar.

Sin perder un instante, Candy se quitó la capa que llevaba, el vestido y los zapatos para quedarse sólo con la camisa de lino.

—¡Por todos los santos! ¿Qué estáis haciendo? —se escandalizó Eliza.

Candy, sin perder tiempo ni para mirarla, respondió:

—Lo que llevo haciendo toda mi vida. Sacar a ese pequeño demonio de problemas.

Y, sin más, comenzó a sumergirse en el agua mientras sentía cómo su cuerpo se estremecía al sentir las frías aguas del lago.

—¡Milady! —gritó Dorothy—. No sé nadar, pero decidme qué puedo hacer para seros de utilidad.

—Me vendría bien que te acercaras a mí en el agua mientras tus pies toquen el fondo. Así podré acercarte a los niños para que los saques sin necesidad de que haga varios viajes.

—De acuerdo —asintió la muchacha mirando con aprensión las oscuras aguas.

—Dorothy —dijo Candy internándose en el interior del lago—, quítate algo de ropa. Si no te impedirá moverte en el agua por su peso.

Dorothy, sin dudarlo un instante, se quitó la ropa. Si ella podía ayudar a su señora, la ayudaría. Fiorna y Edwina, paralizadas de miedo, las observaban.

—¡Estáis a plena luz del día! ¡Es indecorosa vuestra actuación! —se escandalizó Eliza—. Iré a por pieles. Las necesitaréis cuando salgáis del agua.

—¡Por san Fergus! ¡Qué fría está! —se quejó Dorothy mientras con valentía observaba cómo sus pies y después sus rodillas quedaban bajo el agua.

Cuando Candy dejó de hacer pie, se lanzó al agua y comenzó a nadar enérgicamente hasta llegar a los troncos que los niños habían utilizado para flotar.

—¡Jimmy! —regañó a su hermano e intentó mover los troncos hacia la orilla—. Prepárate para el castigo que te voy a imponer. ¿Cómo se te ha ocurrido semejante cosa?

—¡Pero si no pasa nada! —se quejó el niño.

—¡Jimmy! —siseó con rabia mientras temblaba; el lago estaba congelado—. Estos niños no saben nadar y si caen al agua se pueden ahogar. ¿En qué lío me has metido?

—Pero… —comenzó a protestar el niño.

—¡Cállate y no te muevas! —ordenó mientras maldecía y veía cómo la orilla se llenaba de mujeres—. Ahora necesito que no os mováis. Intentaré llevaros encima de los troncos hasta la orilla. No sabéis nadar, ¿verdad? —Los niños, a excepción de Jimmy, negaron con la cabeza—. De acuerdo. Si alguno cae al agua, lo primero que tiene que hacer es mover las manos y los pies, y buscar un tronco para agarrarse. ¿Entendido?

Con toda la tranquilidad que pudo, empujó durante unos metros los troncos hacia la orilla donde les esperaban las mujeres.

La operación parecía que transcurría con calma hasta que de pronto Ulsen se movió, los troncos se desnivelaron y los tres pequeños cayeron al agua. Entonces se produjo el caos, tanto en el agua como en la orilla, donde las mujeres empezaron a gritar histéricas.

Candy, al ver que Jimmy sacaba la cabeza del agua y se agarraba al tronco, miró a su alrededor. ¿Dónde estaban los otros dos niños? Nerviosa, tomó aire e introdujo la cabeza bajo el agua, hasta que vio patalear a uno de los chicos. Buceando se acercó a él, lo agarró del pelo y, tras salir a la superficie, le hizo agarrarse al mismo tronco que su hermano. Dando un buen empujón al tronco, lo hizo llegar hasta Dorothy, que con valentía se había metido hasta los hombros.

Ella agarró con fuerza la madera y logró llevarlos hasta la orilla. Fiorna abrazó a su hijo mientras Edwina, sin respiración, miraba la quietud del lago.

Candy tomó aire y se sumergió en el agua. A pesar de que los ojos le escocían y sus pulmones estaban a punto de estallar, siguió buceando hasta que localizó al niño. Haciendo un enorme esfuerzo, lo sujetó por debajo de los brazos y tiró de él con todas sus energías hasta que consiguió llegar a la superficie. Una vez allí, comprobó que el niño estaba sin conocimiento. Cargándoselo a la espalda, nadó con torpeza hasta que Dorothy la agarró con fuerza y la ayudó a salir. Edwina, al ver a su hijo quieto y azulado, ni se movió. El miedo la paralizó de tal forma que dejó de respirar.

Candy, indiferente al frío, a su desnudez y a la expectación que se había formado a su alrededor, tumbó al niño encima de su capa y, recordando lo que su padre le había enseñado, le tapó la nariz mientras acercaba su boca para insuflarle aire. Tras varias bocanadas, comenzó a realizarle masajes sobre el pecho. De pronto, el niño escupió agua y comenzó a llorar.

—¡Por todos los santos! —susurró Dorothy, impresionada—. ¿Cómo habéis hecho eso, milady?

—Edwina, Fiorna —susurró Candy mientras envolvía a Ulsen en su capa y su madre se agachaba para besarlo—, llevaos a vuestros hijos a casa, dadles caldos calientes y proporcionadles calor. Mañana estarán perfectamente. —Y mirando a Dorothy, que al igual que ella estaba medio desnuda y temblando, le susurró—: Recuérdame cuando comience la época de calor que enseñe a nadar a los de aquí. No entiendo cómo podéis vivir tan cerca del agua y no haber aprendido.

Muertas de frío, pero con una sonrisa triunfal en los labios, Candy y Dorothy se encaminaron con Jimmy hacia el castillo bajo las miradas de todos los que estaban a su alrededor.

—¡Milady! ¡Dorothy! —gritó Fiorna.

—¡Milady, esperad un momento! —dijo de pronto Edwina. Sin decir nada, se quitó su capa seca y tapó con ella a Jimmy y Candy—. Muchas gracias a las dos —dijo mirando también a Dorothy—. Estaré en deuda toda mi vida.

—Toma, Dorothy —susurró Fiorna poniéndole su capa—. Si no te tapas, te congelarás antes de llegar al castillo —comentó antes de volverse hacia Candy—. Gracias a la valentía de ambas, nuestros hijos están a salvo. Gracias.

Con una sonrisa, las mujeres se miraron y asintieron. Y sin necesidad de decir nada más, todas volvieron hacia sus hogares.

—Milady —susurró Dorothy al entrar en el castillo—, creo que finalmente habéis conseguido hacer amigas.

—Sí —respondió haciéndola reír—, y también un buen resfriado.

Eliza hizo que subieran una bañera a la habitación de Candy.

Cuando la mujer disfrutaba de un buen baño caliente, la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Tras ella apareció Albert, con una expresión que presagiaba de todo menos buen humor.

—Por favor, cierra la puerta —murmuró Candy al sentir que se colaba una corriente de aire.

—¡No lo entiendo! —gritó plantándose ante ella—. Me alejo de tu lado y, cuando vuelvo, tengo que escuchar que mi mujercita ya hizo una de las suyas. ¿Cómo se te ha ocurrido meterte sola en el lago? Y, sobre todo, ¿cómo se te ha ocurrido desnudarte a plena luz del día?

—Mi hermano y dos niños necesitaban ayuda —respondió sumergida en la bañera—. Albert, si me metía con la capa, el vestido, los zapatos y demás, el peso de la ropa me hubiera hundido. ¿Qué pretendes? ¿Qué vea a mi hermano en peligro y no lo rescate? ¿O que sea tan idiota como para meterme con ropa y me ahogue yo?

—¡No vuelvas a decir eso! Sólo pretendo que pidas ayuda cuando la necesites. Alguno de mis hombres podría haber entrado al lago a por los críos. ¡No tú sola y medio desnuda como hiciste! ¿Es que no puedes darte cuenta de que ahora eres la señora de Eilean Donan y que no puedes desnudarte como si nada?

—No lo pensé —asintió al recordar las palabras de Eliza—. Pero, de verdad, no tuve tiempo de avisar a nadie.

Furioso por aquello, el highlander golpeó el hogar y gritó:

—¡No lo pensé…, no lo pensé! —se mofó de ella haciéndole hervir la sangre—. Pero tú ¿cuándo vas a utilizar la cabeza? Tal vez, tenga que empezar a pensar que sólo la tienes para lucir ese maravilloso cabello dorado, pero, de ser así, mi decepción sería enorme.

—Un cabello dorado que te encanta. Recuérdalo —intentó bromear para hacerle reír, pero consiguió todo lo contrario.

—Sin duda, tu pelo es lo único que no me ha decepcionado de ti —respondió con amargura—. Porque sinceramente de otras cosas no puedo decir lo mismo. Al final, tendré que pensar que eres como todas. ¡Una vulgar mujer más a la que le encanta desnudarse en presencia de los demás!

—¡Maldito seas, Albert McArdley! ¡¿Por qué me insultas así?! —gritó levantándose de la bañera bruscamente sin percatarse del maravilloso espectáculo que le estaba ofreciendo a su marido, que por unos instantes se quedó sin habla—. ¡¿Quieres hacer el favor de dejar de mirarme babeante como un perro en celo?!

—¡Recuerda, esposa! —exclamó apartando sus ojos de ella—. La prudencia al hablar te engrandecerá. Sobre todo porque una mujer decente sabe medir sus palabras.

—¡Vete al cuerno tú y tu decencia! —exclamó Albert mientras salía de la bañera y le lanzaba con fuerza la pastilla de jabón, que él cogió al vuelo.

—Pienso enseñarte a tenerme respeto, aunque sea lo último que haga en esta vida —gruñó él tirando la pastilla de jabón contra la bañera mientras ella se ponía malhumorada una bata.

—Oh…, ¿acaso vuestras palabras me indican que tengo que teneros miedo, mi señor?

—Candy —susurró mientras intentaba controlar los instintos asesinos que su mujer a veces le provocaba cuando le miraba con ese desafío en los ojos—, deberías tenerme miedo y aprender a callar cuando me veas así.

—Pues lo siento, esposo —respondió dándole la espalda para buscar su camisa de hilo para dormir—. Pero no pienso ni teneros miedo ni callarme. ¡Ni ahora ni nunca!

Albert maldijo al escucharla. Cuando Candy se ponía así, no la aguantaba.

—Da gracias a que mañana salgo de viaje —siseó acercándose a ella—, y estaré fuera los suficientes días como para que mi mal humor se aplaque, porque si no pagarías caro todo lo que estás diciendo.

«Oh…, no…, no quiero que te vayas», pensó ella, pero gritó:

—¡¿Cómo que mañana te vas de viaje?! ¿Desde cuándo sabes que te vas? ¿Por qué no me lo has dicho?

—Haces demasiadas preguntas, mujer —dijo con amargura al ver el desconcierto en los ojos de ella. Se sentía culpable por no haberle dicho días atrás que tenía que partir a una reunión con Robert de Bruce—. No pienso contestar porque soy un animal que te mira como un perro en celo y porque no me da la real gana de responder a una arpía mal hablada como tú.

Aquellas duras palabras hirieron el corazón de Candy que gritó:

—Sal de mi habitación ahora mismo. ¡Estúpido engreído! ¿Por qué estás tan enfadado conmigo?

—¿Cómo? —rio él y, plantándose ante ella, le susurró—: ¡Si alguien sale de esta habitación serás tú! No yo. No olvides que estoy en mi casa y en mi habitación.

Escuchar aquello le llegó al alma. Su desprecio le rompió el corazón.

—De acuerdo —aceptó poniéndose una capa de piel encima de la bata y dirigiéndose hacia la puerta—. ¡Me iré yo!

—Es lo más sensato que he escuchado de tu boca esta noche —murmuró él sentándose en la cama mientras levantaba un pie para quitarse la bota.

Tras mirarle con rabia, empujó la arcada. Sin decir nada más, salió de la habitación dando un portazo. Albert, malhumorado por lo ocurrido, maldijo mientras tiraba la bota contra la pared. Al contarle que Candy había estado sumergida en el lago, se le había encogido el corazón y, por unos momentos, vio volver los terribles recuerdos de la muerte de su hermana Rosmary.

Intentando olvidar la muerte de su hermana, se desnudó y aprovechó la bañera que su esposa había dejado para lavarse mientras maldecía por haberse dejado llevar por la furia.

Con el pelo empapado y medio desnuda, Candy deambuló por el castillo. Se cruzó con varios de sus guerreros, que con amabilidad la saludaron mientras ella, con una triste sonrisa, apretaba la piel contra su cuerpo.

Al pasar junto a la habitación de William, escuchó voces, por lo que, acercándose con cuidado, abrió una rendija y lo que vio la dejó perpleja: Eliza, desnuda en la cama, reía junto al anciano, que en ese momento bebía de una taza. Con el mismo sigilo, cerró la arcada y, confusa por la pelea con su marido y por lo que acababa de ver, decidió subir a las almenas. Seguro que allí nadie la molestaría durante un largo rato. Una vez arriba, encontró un rincón oscuro donde sentarse, y con fingida tranquilidad se sentó para pensar qué hacer.

Poco después, unas risas volvieron a atraer su atención. Eran Dorothy y un guerrero llamado Thayer. Escondiéndose todo lo que pudo, les escuchó reír y bromear mientras se besaban.

Incómoda por lo que estaba presenciando, se asomó con cuidado un par de veces con la intención de escabullirse, pero Dorothy la vio. Y, con la misma celeridad con que llegaron, se marcharon dejándola sola en las almenas hasta que Dorothy regresó.

—Milady —susurró agachándose junto a ella—. ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué no estáis en vuestras habitaciones?

Con fingida indiferencia Candy sonrió y dijo:

—Me apetecía tomar el aire.

—No os creo, milady —respondió sentándose junto a ella—. Thayer me ha dicho que vuestro marido se enojó mucho cuando se enteró de lo ocurrido esta tarde en el lago. ¿Por eso estáis aquí?

—Sí —reconoció ante la necesidad de poder desahogarse con alguien—. Me acusó de desnudarme en público, de no saber comportarme, de no tener cabeza y de un sinfín de cosas más que prefiero no recordar. ¿Por qué se ha enfadado tanto conmigo? No lo entiendo.

—Yo creo —comentó viendo la preocupación en los ojos de su señora— que todavía le duele recordar la muerte de su hermana.

—¿Qué tiene que ver su hermana conmigo? —preguntó al recordar que Albert alguna vez le había hablado de su desaparecida hermana Rosmary.

—Ella murió ahogada en el lago.

Al escuchar aquello Candy suspiró; eso lo aclaraba todo… o casi todo.

—¡Por todos los santos, Dorothy! —susurró al entender la cólera de su marido.

—Ocurrió hace dos años y os prometo, milady, que creí que el anciano William se moría de pena —señaló Dorothy—. Nunca olvidaré la desesperación de sus hermanos cuando a su llegada se enteraron de lo ocurrido. Fue terrible.

Con un gesto Dorothy se limpió una lágrima que corría por sus mejillas. Recordar a Dorothy aún le dolía, pero Candy necesitaba saber y preguntó:

—Dorothy… ¿Qué pasó?

—Rosmary cumplía dieciocho años y lo celebramos, a pesar de que sus hermanos y más de la mitad de los guerreros no estaban. Fue una noche divertida. Todos bailamos y cantamos mientras Willlam y Rosmary reían felices. Ese día, Rosmary recibió un regalo muy especial por parte de William. Le regaló el broche del amor que años atrás había pertenecido a Bridgid, la abuela de vuestro esposo. A la mañana siguiente, Rosmary apareció muerta flotando en las aguas del lago, vestida como la noche de su cumpleaños, pero sin el broche del amor. Nadie vio nada, ni escuchó nada. Realmente no sabemos qué pasó.

—Qué terrible historia —susurró Candy, conmovida—. No quiero ni pensar en el sufrimiento de William.

—Para él fue terrible, milady. Rosmary era su niña y su felicidad, una felicidad que perdió, pero que vos le habéis devuelto.

Tras un breve silencio cargado de emoción, Candy preguntó:

—¿Qué es el broche del amor?

—El broche del amor es una joya de incalculable valor que pertenece a la familia McArdley y que va pasando de generación en generación entre las mujeres de la familia. La madre del anciano William, como sólo le tuvo a él por hijo, se lo legó. Cuando se casó con su mujer, Bridgid, él se lo regaló a ella hasta que William, el único hijo que tuvieron, se casó con Pauna. Tras su repentina muerte, el broche volvió de nuevo a William, quien lo mantuvo guardado hasta que se lo regaló a Rosmary en su décimo octavo cumpleaños. Pero, tras la trágica muerte de Rosmary, el broche se perdió y no se supo más de él. —Al terminar Dorothy, miró a Candy, que con una extraña mirada escuchaba mientras su cabeza pensaba: «Eliza tiene un broche escondido en el baúl»—. ¿Qué os ocurre, milady?

—Oh…, nada —respondió. No podía acusar a nadie de algo tan horrible, e intentó cambiar de tema—. Pienso en Albert.

—No os enfadéis con vuestro marido e intentad entender su angustia cuando supo que os habíais metido en el lago que le quitó la vida a su hermana. Ya veréis cómo dentro de unos días, cuando regresen de Inverness, todo su mal humor se habrá olvidado.

Escuchar aquello la tensó, y clavando sus ojos verdes en la muchacha preguntó:

—¿Desde cuándo sabes que marcharán para Inverness?

—Todos lo sabemos desde hace días.

—¡Todos menos yo! —resopló sintiéndose como una tonta mientras comprobaba las pocas cosas que Albert le permitía saber de su intimidad—. Dorothy, si te pregunto por una tal Léa, ¿sabrías decirme algo de ella?

—Oh…, sí —sonrió con rabia al recordar a aquella caprichosa de pelo rubio platino que continuamente les daba órdenes—. Tuvo un romance con vuestro marido que no debió de acabar muy bien. Lo único que os puedo decir es que, tras acabar con esa odiosa mujer, el carácter de vuestro marido se agrió bastante, hasta que llegasteis vos.

Tras escuchar lo poco que la criada le contaba, sin saber por qué preguntó:

—Dorothy, ¿existe algo más que yo no sepa que debería conocer?

La criada dudó, pero la mirada de su señora le hizo decir:

—Sí, pero…

—¡Dímelo! —exigió Candy tomándola de la mano—. ¡Por favor! Da igual lo que sea, necesito saber todo lo ocurrido en este castillo. No te preocupes, nunca diré que tú me lo contaste.

Tras suspirar, Dorothy se decidió a contárselo.

—Milady, a Eliza la rabia la come por dentro, pero el autocontrol que mantiene de sí misma hace que sepa guardar celosamente sus sentimientos. Cuando vuestro marido descubrió lo que ocurría con William, todos nos enteramos de que Eliza antes había calentado la cama del laird Albert McArdley.

Aquello dejó helada a Candy.

—¿Cómo?

—Siento deciros esto, milady —murmuró la criada—. Cuando vuestro marido se enteró de que ella se acostaba con su abuelo, se montó un gran lío, pero no porque vuestro marido la reclamara para él, sino porque el laird McArdley la acusó de calentar sus camas con fines nada aceptables. A partir de ese momento, él siempre ha intentado que ella se marche del castillo, pero el anciano William se niega a que Eliza abandone su lecho.

La criada gimió al ver el gesto de su señora, pero Candy, reponiéndose de la noticia, la miró y esbozando una sonrisa dijo:

—Gracias, Dorothy. Ahora entiendo muchas cosas.

—Hace un rato —continuó Dorothy, confusa por lo que había contado—, Thayer me comentó que, cuando llegaron, Eliza estaba en el salón con varias mujeres del clan. Al entrar vuestro marido, ella azuzó a algunas mujeres para que se quejaran de nuestra indecencia.

—¡La muy bruja! Está buscando la discusión entre mi marido y yo —asintió al recordar los duros comentarios que le había hecho—, pero no le daré esa satisfacción.

—Por supuesto que no, milady —aseguró la muchacha, y al recordar dijo—: Cuando subía hacia las almenas, me la crucé por las escaleras.

—Hace un rato la vi en la cama retozando con William —susurró Candy—. ¡Quizás ahora podamos coger lo que necesitamos!

Ambas bajaron con cautela las escaleras. Cuando llegaron ante la habitación de William, Candy abrió la arcada. Al asegurarse de que el anciano estaba dormido, ambas entraron y Candy cogió la taza que estaba en el suelo con restos de hierbas.

—Si nos la llevamos —susurró agachada junto a Dorothy—, ella se dará cuenta.

—No os preocupéis por eso —respondió la criada, que abrió un pequeño arcón—. Pondremos ésta en su lugar. Guardo una taza de reserva aquí, por si una se rompe.

—¡Genial! —sonrió Candy y volcó parte de las sobras en la taza limpia—. Echaremos parte de la pócima para que no note la diferencia cuando venga a por ella.

Cuando se encaminaban hacia la arcada, Candy miró hacia el armario y vio que el lienzo seguía allí. Pero ahora no era momento de mirarlo. Ya volvería para comprobar la duda que se había generado en su interior. Una vez fuera de la habitación, ambas respiraron con tranquilidad, mientras Candy guardaba la taza en el bolsillo de su bata.

—Dorothy, ¿te puedo pedir otro favor?

—Claro, milady —sonrió con complicidad.

Ajustándose la capa al cuerpo Candy dijo:

—Quiero que a partir de ahora seas mi dama de compañía y que me llames por mi nombre, Candy.

—¡Oh, Dios mío! —susurró Dorothy, ilusionada—. Yo encantada, milady.

—Candy —corrigió tomándole las manos—. Mañana hablaremos. Volvamos a nuestras habitaciones, no quiero que esa bruja nos vea por aquí.

Cuando llegó a la puerta de su propia habitación, Candy abrió con seguridad. Allí estaba Albert, recostado con los ojos cerrados en la bañera. Al notar su presencia, él se sorprendió y, a pesar de la alegría que su cuerpo experimentó al verla, su enfado le impidió sonreír.

—Esposa, ¿acaso has decidido volver a mi cuarto?

Candy deseó tirarle la taza a la cabeza, pero se contuvo. No era el momento.

—Sí, mi señor —asintió y, sin prestarle atención, se acercó a la cómoda de roble tallado y tras meter la taza en un cajón cogió uno de los peines, se sentó junto a la ventana y comenzó a peinarse—. Recordé que lo que más os gusta de mí es el cabello, y no quería que éste se dañase por no peinarlo tras mi baño.

Durante un buen rato, ambos estuvieron callados, sumidos en sus propios pensamientos.

Albert, sin volverse, podía ver a su mujer reflejada en uno de los espejos que había frente a él. Vio la delicadeza con que ella se desenredaba aquel maravilloso cabello, y sonrió cuando con paciencia comenzó a trenzarlo con tal deleite que Albert deseó ser trenza para que ella le tocase con tanta suavidad.

—Buenas noches, mi señor —dijo sobresaltándolo cuando se metía en la cama y se quedaba tan cerca del borde que con un simple movimiento caería al frío suelo.

—¿Hace falta que te recuerde que mi nombre es Albert? —musitó levantándose de la bañera para coger una bata y secarse con enérgicos movimientos.

—Oh, no, esposo —respondió al sentir que él caminaba hacia la cama—. Sé perfectamente vuestro nombre.

—Debo descansar —añadió con voz ronca sentándose en la cama para posteriormente echarse hacia atrás y comenzar a dar explicaciones—. Mis hombres y yo saldremos a primera hora hacia Inverness y…

Ella, molesta por aquello, le cortó la conversación.

—Descansad, esposo, lo necesitaréis —susurró agarrada al borde de la cama para no rodar por el peso junto a su marido, mientras él la miraba taciturno por su extraño comportamiento.

—Regresaré lo antes que pueda —dijo mirando la espalda de su mujer con la esperanza de que ella se volviera para mirarlo.

—No llevéis prisa en regresar, mi señor —respondió desconcertándole mientras hacía esfuerzos para no reír.

A pesar de lo furiosa que estaba, notaba cómo la indignación del hombre crecía por los resoplidos que le escuchaba.

—¡Me llamo Albert! —insistió cada vez más enfadado. La conocía y sabía que ella le llamaba así para molestarlo.

—Lo sé —asintió levantando la palma de la mano para darle unos dulces golpecitos en el costado—. Tenéis un nombre muy bonito.

—Candy —murmuró con voz ronca, acariciándole la espalda por encima de la fina camisa de hilo mientras ella hacía grandes esfuerzos por no dejarse caer amorosamente entre sus brazos—. Siento haberte gritado, pero existen cosas que aún desconoces y que a mi vuelta te contaré.

—De acuerdo —respondió mordiéndose el labio inferior. Hablaba de Rosmary y quizá de otras cosas más—. Ahora dormid, mi señor. Tenéis un largo viaje por delante.

—¡Cómo vuelvas a llamarme «mi señor»… —gruñó acercándose más a ella—, tendrás un grave problema!

—De acuerdo, esposo —añadió cerrando los ojos a la espera del bufido que él daría. Pero, en vez de eso, le oyó respirar con resignación cuando ella dijo—: Buenas noches.

—Buenas noches —respondió malhumorado. Durante un rato esperó, pero al ver que ella no se movía acercó su boca al oído de su mujer y susurró—: Te voy a añorar cada instante, cada momento del día, porque te has convertido en el sol que ilumina mi vida.

«Te quiero, mi amor», pensó ella. Pero, incapaz de decirlo, respondió:

—Yo también te voy a añorar —dijo dándose la vuelta para mirarlo con deseo al escuchar aquella maravillosa declaración de amor.

No eran las palabras que ella quería oír, pero en ese momento bastaban. Pegándose a él, le susurró mientras sentía cómo se estremecía—: Y por eso quiero besarte y que me beses, amarte y que me ames, porque necesitaré sentir tu recuerdo en mí hasta que vuelvas.

Una vez dichas aquellas dulces y tiernas palabras, se amaron con la pasión y el ansia de los enamorados que saben que se tienen que despedir.

CONTINUARA

2 mas 2 = 4, así de sencillo y ella vio el broche en el baúl de la bruja y lo vio en la pintura, entonces que tiene que comprobar?

Y no me gusta que cada ves que Albert tiene mal genio, llame a su esposa cualquiera, furcia ,ramera. ella no se merece ese trato y la verdad yo no lo perdonaría así de sencillo, lo mando a comer espárragos.

Abrazos .

Aby