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Capítulo 35
Con las primeras luces del alba, Albert despertó y sonrió cuando se encontró a Candy acurrucada junto a él, durmiendo plácidamente. Después de observarla unos instantes, maravillado por lo mucho que adoraba a aquella mujer, se levantó de la cama para vestirse.
Más tarde, se acercó y la besó con dulzura, primero en la frente, luego en los labios y por último en el pelo. Quiso contemplarla una vez más antes de ir a reunirse con sus hombres.
Candy, que no había podido descansar mucho esa noche, se hizo la dormida cuando Albert primero la observó y más tarde la besó. Pero, en cuanto la arcada se cerró y dejó de oír sus pasos, el estómago se le contrajo de tal manera por los nervios que estuvo a punto de ponerse a llorar. Pero, en vez de eso, se levantó. Oculta por las sombras del tapiz que colgaba en la ventana, observó cómo los hombres se reunían y bromeaban. Consumida por el dolor de la despedida, vio a su marido despedirse de William para luego cruzar el puente de piedra con el ceño fruncido hasta que desapareció de su vista. En ese momento, la puerta se abrió y apareció Dorothy, que al ver los ojos tristes de su señora corrió a abrazarla.
Durante varios días, Candy indagó y estudió las hierbas que contenía la taza de William. Según iba descartando, se iba percatando de que el problema que se les presentaba era más grande de lo que ella en un principio creyó. Cuando estuvo segura de qué hierbas eran, casi se desmaya. ¡Eliza estaba envenenando poco a poco a William! Pero ¿con qué fin? En un principio, decidió no decir nada hasta que Albert y Antony regresaran. Pero ¿y si cuando volvieran era demasiado tarde para William? Intentando serenarse, aquella mañana bajó al salón y encontró a Jimmy y a William jugando a un extraño juego con piedras que el anciano le había enseñado.
Con desconfianza, miró a su alrededor y vio a varias personas del servicio limpiando el lugar, hasta que sus ojos encontraron lo que buscaba. Allí estaba Eliza, sentada junto al gran hogar del salón cosiendo tranquilamente.
¡Víbora! Le dieron ganas de gritar mientras la arrastraba de los pelos. ¿Cómo podía ser tan arpía? Y, sobre todo, ¿cómo podía estar haciéndole eso a William?
Dándose la vuelta rápidamente, controló sus instintos mientras volvía a mirar al anciano.
—William —dijo acercándose a él—, ¿podemos hablar un momento a solas?
—Por supuesto —asintió y, mirando a Jimmy, dijo señalándole con el dedo—: Piénsate la jugada mientras hablo con tu hermana, amigo. —Siguió a Candy hacia la ventana izquierda del salón—. Tú dirás, jovencita. ¿Qué es eso que quieres hablar conmigo?
—Quería pedir tu aprobación para realizar unos cambios en el castillo.
—Tú eres la señora ahora —dijo mientras tosía. Candy observó cómo Eliza les vigilaba—. Todo lo que hagas me parecerá estupendo.
—Los cambios serán a todos los niveles —dijo al ver que el anciano dejaba de toser—. Tanto en el aspecto como en el servicio.
—¿Tienes pensado tirar algún muro, muchacha? —se mofó haciéndola reír—, porque, si es así, creo que será mejor que Albert esté aquí. Adoro a mi nieto, pero cuando se enfada tiembla Escocia.
—No, tranquilo —respondió sonriendo—. Los cambios serán para mejorar el entorno. Aunque tengo que advertirte que quizá los cambios en cuanto al servicio no te lleguen a gustar. Por eso, me gustaría que escucharas lo que hablaré con los criados cuando los reúna, aunque sin ser visto por ninguno de ellos.
Aquello extrañó a William.
—¿Ocurre algo, jovencita? —espetó mientras fruncía el ceño.
—He descubierto ciertas cosas que creo que no te gustarán, pero para que tú mismo lo puedas escuchar necesito que estés escondido mientras hablo con ellos —respondió a William, que la miró intensamente durante unos instantes—. Necesito que confíes en mí. No quiero adelantarte nada hasta que tú mismo lo escuches. ¡Por favor!
El anciano, al intuir que aquello era importante, asintió.
—Quizá me arrepienta, pero… de acuerdo.
Candy estuvo a punto de saltar de alegría, pero no era el momento ni el lugar.
—Un último favor, William —dijo mientras volvían a la mesa donde Jimmy miraba las piedras—. No le comentes absolutamente a nadie nuestra conversación.
El anciano asintió y de nuevo se sentó con Jimmy. Candy, decidida, dio la orden a Dotothy de que difundiera la noticia de que ella, Candy McArdley, la señora del castillo, quería hablar con todo el servicio aquella tarde después de comer. Sin decir nada a nadie, fue en busca del padre Gowan, que tras hablar con ella le aseguró que estaría sentado junto a William.
Después de comer, el servicio fue llegando al salón, en un principio atemorizado, sin llegar a entender cuáles eran los cambios que la nueva señora quería hacer. Candy esperó con paciencia hasta que Dorothy le confirmó que habían llegado casi todos.
—¿Estamos todos? ¿Queda alguien por llegar? —preguntó jovialmente Candy, que con una pluma apuntaba los nombres de todos ellos y sus responsabilidades.
—Todos los que trabajamos en el castillo sí, señora —asintió un hombre de mediana edad llamado íleon.
—No veo a Eliza —dijo Candy mientras advertía la sorpresa dibujada en la cara de todos—. ¿La avisasteis?
—Milady, yo la vi en el salón y más tarde en el jardín y las cocinas —murmuró Edwina—, pero no sabía que vos desearais que la avisara.
—Ella también debe estar aquí —respondió Candy. Tras mirar a Dotothy, que ya sabía lo que debía hacer, dijo—: Dorothy, ¿serías tan amable de ir a buscar a Eliza para que asista a la reunión?
—Por supuesto, milady —asintió y salió en su busca mientras los demás hablaban y Candy, nerviosa, garabateaba encima del papel.
Instantes después, Dorothy entraba con una media sonrisa, seguida por Eliza, que miró a todos con curiosidad.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó al ver reunido a todo el servicio del castillo.
—Quiero hacer unos cambios —respondió tranquilamente Candy, recostada en su silla—, e hice venir a todo el servicio.
—Oh…, qué idea —se limitó a decir Eliza, que con espontaneidad cogió una silla para sentarse junto a Candy—. Me parece estupendo. Unos cambios siempre vendrán bien al servicio.
Candy se quedó mirándola con fingida sorpresa.
—Si no te importa —dijo para indignación de la mujer—, preferiría que te sentaras con ellos frente a mí, así puedo miraros a todos.
—Claro, milady, por supuesto —comentó de no muy buena gana sentándose junto a Dorothy.
En ese momento, Candy se levantó, se encaminó hacia la puerta y dijo:
—Oh…, disculpadme un momento. Olvidé algo. —Y mirándoles a todos, ordenó—: Que nadie se mueva de aquí hasta que yo regrese.
—No os preocupéis, milady —asintió Dorothy, que era la única que sabía adonde iba.
Con rapidez, Candy bajó las escaleras y llegó a la habitación de Eliza. Tras buscar en el bolsillo de la bata, encontró la llave del arcón. Con seguridad, lo abrió para coger unas talegas con hierbas y el pañuelo donde estaba envuelto el broche roto.
Después salió de la habitación y corrió rápidamente escaleras arriba hacia la habitación de William. Una vez allí, se dirigió hacia el armario y, sacando el lienzo que descansaba tras él, abrió con mano temblorosa el pañuelo que contenía el broche. Angustiada, comprobó que se trataba del mismo.
«Oh, Dios mío», susurró con la boca seca.
Poco después, una pálida Candy volvió a entrar en el salón. Intentó mantener la tranquilidad, mientras en su mente bullían infinidad de preguntas sin respuesta. Dorothy, al verla, comprobó la inquietud en sus ojos. Tras una significativa mirada entre ellas, Dorothy se llevó la mano a la boca, incrédula por lo que aquella mirada significaba.
—Ahora que estamos todos —comenzó Candy después de aclararse la voz—, y a pesar de que ya nos conocemos, quiero presentarme de nuevo: mi nombre es Candy y, como bien sabréis, soy la mujer de vuestro laird Albert McArdley. Por lo tanto —miró a Eliza mientras inclinaba la cabeza—, soy la señora de este castillo y de los feudos que mi marido tiene. Antes de hacer los cambios, quería saber quiénes están dispuestos a continuar a mi lado y quiénes no, por lo que me veo en la obligación de aclararos ciertos asuntos. Ha llegado hasta mis oídos que circula el rumor de que soy una sassenach —dijo mirándoles a todos, que bajaron la vista al escucharla—. Mi madre era escocesa, del clan Graham, y mi padre, efectivamente, era inglés. Durante años, viví en Dunhar, hasta que unos ingleses, supuestos amigos y familiares de mi padre, decidieron asesinarlo —explicó con firmeza mientras les observaba—. Primero asesinaron a mi padre y, posteriormente, envenenaron a mi madre. Mis hermanos y yo, gracias a John, un buen hombre, inglés para más señas, conseguimos llegar a Dunstaffnage. Allí, nuestro abuelo Angus, el herrero Martin y nuestro laird nos aceptaron desde el primer momento como miembros de su clan. Os quiero informar de que, el tiempo que viví en Dunhar, todo el mundo nos llamaba despectivamente «los salvajes escoceses», y el tiempo que he vivido en Dunstaffnage cierta gente se ha empeñado en llamarnos los sassenachs. Hace unos meses, algunos ingleses nos localizaron y mataron a mi abuelo y a Martin, pero su muerte, junto con la de mis padres, fue vengada.
—Milady, siento todo vuestro sufrimiento —susurró Edwina con pesar—, pero creo que no tenéis por qué contarnos esto.
—Gracias, Edwina, pero por desgracia sí tengo que hacerlo —asintió con una triste sonrisa—, porque quiero que la gente que trabaje en mi casa y a mis órdenes sepa quién soy, y que no se deje influenciar por lo que escuche a los demás. Por lo tanto, ahora doy la oportunidad a quien no desee estar conmigo, porque me considere una sassenach, de que se levante y se vaya. Yo no haré nada en contra de esa persona. Lo entenderé. —Pasados unos instantes, y al ver que nadie se levantaba, dijo para finalizar aquella revelación—: De vosotros depende cómo me queráis llamar, pero os advierto una cosa: no consentiré que nadie me insulte, ni a mí ni a los míos.
—Delante de mí —afirmó Fiorna—, nadie os insultará, milady.
—Gracias —sonrió agradecida por aquel comentario—. El motivo de esta reunión es cambiar una serie de cosas que, a mi gusto, creo que estarían mejor si se hicieran de otra forma. En primer lugar, quiero hacer una limpieza general del castillo. Con esto no digo que esté sucio, sólo que creo que su estado se puede mejorar. Hasta ahora, Susan —dijo mirando a una mujer regordeta que la miraba con terror— era la única cocinera. El día que Susan no cocina, bien porque haya caído enferma o por cualquier otra circunstancia, la gente no come, o come restos fríos y a veces incomibles. Pero eso va a cambiar. Susan seguirá siendo la cocinera general, pero tanto Edwina como Fiorna estarán en las cocinas junto a ella. Por lo tanto, Susan, ahora estarás mejor, puesto que no seguirás tú sola a la hora de cocinar para todo el castillo, especialmente en las grandes celebraciones o fiestas. —La mujer sonrió aliviada—. Una cosa más, Susan: ¿con quién hablas respecto a los menús semanales?
—Con Eliza, milady —respondió la mujer, azorada y agradecida por que le conservara el trabajo.
—Muy bien —asintió tranquilamente Candy viendo fruncir los labios a Eliza—. A partir de ahora, para hablar del menú semanal, cualquiera de vosotras tres os tenéis que dirigir a mí, puesto que soy la única señora del castillo.
—Sí, milady —asintieron las tres al unísono, mientras la rabia de Eliza crecía por momentos.
—Quiero que todos los días se barra el suelo varias veces: cuando entramos del exterior, el barro pegado a nuestros pies lo mancha todo…
—¡Eso es imposible! —chilló Eliza levantándose para volverse a sentar—. No tenemos tanto personal como para que una persona se encargue de barrer continuamente el salón.
—Creo que redistribuyendo las tareas —respondió Candy con tranquilidad— habrá tiempo de sobra para todo.
—Lo dudo —siseó Eliza con superioridad.
—No lo dudes, Eliza —sonrió Candy, y señaló a Dorothy para que se acercara—. A partir de hoy, Dorothy será mi dama de compañía, por lo que no lavará, ni cocinará, ni fregará ni un suelo más.
—¡Eso es imposible! —volvió a gritar Eliza, ofendida por lo que estaba oyendo. Hasta el momento, la supuesta única dama de compañía que había en el castillo era ella—. ¡Una vulgar criada, sin clase ni saber estar! ¿Cómo puede ser dama de compañía de la mujer del laird?
—Es muy fácil, Eliza —respondió encantada al ver que la mujer había picado el anzuelo—. Dorothy será mi dama de compañía porque aquí la señora del lugar soy yo, y lo he decidido así.
—¡Qué idea más ridícula! —gruñó la mujer—. Si lady Léa os escuchara hacer estos cambios, se reiría en vuestra cara.
—¡Eliza! —vociferó Candy al sentir que la sangre se le espesaba—. Lo que esa mujer piense o deje de pensar no me importa lo más mínimo. A partir de ahora, retened vuestra lengua o yo misma os la cortaré.
Pero Eliza, en vez de callar, se creció.
—Vuestra falta de clase se hace más palpable día a día y…
—¡Calla esa bocaza que tienes! —gritó Dorothy con rabia junto con el resto del servicio, cosa que hizo que Eliza se achantara.
—¡Cállate, Eliza, y escucha! —exigió Candy, a quien ya las ganas de cogerla por el cuello la apremiaban.
—Está bien —susurró con altivez—. Para mí, milady, ¿tenéis algún cambio?
—Por supuesto —sonrió escudriñándola con la mirada, consciente de que William escuchaba junto al padre Gowan tras un tapiz—. A partir de ahora te ocuparás de que todos los víveres que lleguen al castillo se conserven en perfecto estado. Necesito que la despensa esté totalmente al día. No quiero comida en mal estado, ni olores pestilentes, ni nada por el estilo. Como eso no te ocupará todo el día, serás la encargada de barrer el salón cada vez que sea necesario. Y, por último, ayudarás a limpiar, a fregar y a servir la mesa diariamente.
—¡Ni hablar! —gritó la mujer al sentirse el hazmerreír de todos los demás, quienes la miraban encantados con lo que escuchaban—. Hablaré con William y solucionaré este disparate. Seguro que él no consentirá que me tratéis como a una vulgar sirvienta. Mi saber estar y mi buen hacer durante estos años se merecen algo más que ser una simple criada.
—Ya haces algo más, Eliza —respondió Candy levantando una ceja mientras rezaba para que William la dejara acabar—. Creo que por las noches calientas la cama de William. A mi modo de ver, creo que ser una simple criada durante el día y una furcia por las noches te mantendrá ocupada.
El murmullo general al escuchar aquello se hizo intenso.
—No voy a consentir que me habléis así —gritó Eliza acercándose—. ¿Quién os habéis creído que sois para insultarme y desprestigiarme así delante de todo el mundo?
—Soy la mujer de tu laird y tu señora —respondió Candy—, y si te insulto y desprestigio es porque te lo mereces. ¡Maldita arpía!
—Estáis celosa porque antes que vos calenté la cama de vuestro marido —rio sarcásticamente Eliza sorprendiendo a todos por su desfachatez.
—Te equivocas, Eliza —vociferó Candy con una media sonrisa que hizo hervir la sangre de la mujer hasta límites insospechados—. Los celos no son lo que me mueve a hacer los cambios en el castillo, especialmente porque sé que Albert no se acercaría a ti aunque fueras la última mujer sobre Escocia. Si se tratara de celos, ten por seguro que directamente te daba una patada que te ponía en medio de las Highlands. Me mueven otras cosas que yo considero desleales y que merecen ser castigadas con la muerte.
—¡Castigo y muerte! —gritó Eliza ya sin medir sus palabras—. Eso será lo que tú, asquerosa sassenach, tendrás cuando lady Léa vuelva a este castillo. Entérate de una vez de que tu marido la ama a ella como nunca te amará a ti, y ten por seguro que, en el momento en que ella quiera, Albert te dejará a un lado para volver con ella. Tu matrimonio con él es por un año. ¿Acaso crees que él querría compartir su vida contigo, cuando Léa tiene toda la clase y la belleza que a ti te faltan?
—¡Cállate, maldita mujer! —gritó Susan al ver la palidez de Candy—. Nuestro laird adora a su mujer. Sólo hay que ver cómo la mira y la cuida.
—¡Eres la peor mujer que he conocido en mi vida! —escupió Dorothy, que sintió la mano de Candy que la agarraba y le indicaba que fuera tras el tapiz. Necesitaba que, junto al padre Gowan, sujetara a William. Lo que iba a escuchar a continuación le iba a enloquecer.
—Tranquilizaos todos —añadió Candy respirando para no pensar en lo que aquella odiosa mujer le decía—. No voy a creer nada de tus palabras. Especialmente porque de ti no me creo nada. Y ten por seguro que, a partir de este momento, no voy a tener piedad contigo hasta que tus huesos estén bajo tierra.
—William no lo consentirá —aseguró con sarcasmo.
Había llegado el momento.
—Te equivocas, ¡maldita embustera! —susurró con furia en la voz mientras de una bolsa de tela sacaba la taza aún manchada y una de las talegas con las hierbas—. Será él quien te eche cuando sepa que gracias a tus brebajes de tanaceto y adelfa le has estado envenenando con el objeto de llegar a ser la señora del castillo.
—Él no te creerá —rio Eliza con desprecio—. Ya me encargo yo de que ese viejo estúpido escuche sólo lo que yo quiero que escuche, y vea lo que yo quiero que vea.
Todos murmuraban sin entender nada, pero Candy continuó:
—Primero lo intentaste con Albert, sabías que estaba sufriendo por la ruptura con lady Léa y te metiste en su cama —la acusó Candy—. Pero cuando viste que él nunca se casaría contigo y marchó a luchar junto a Robert de Bruce, pensaste que con suerte le matarían, por lo que te metiste en la cama de William para conseguir tu propósito. —Sacando de su bolsillo el broche, dijo viendo la locura y el miedo en la cara de Eliza y la estupefacción en la cara de los demás—: Pero alguien te descubrió e intentó impedirlo, ¿verdad?
—Sí —gritó enloquecida y, tras soltar una carcajada que heló la sangre a todos, añadió—: Esa maldita niña, Rosmary, me descubrió. Por eso tuve que matarla.
—¡Ojalá te pudras en el infierno! —gruñó Candy al escuchar un aullido de dolor tras el tapiz—. Rosmary descubrió tu sucio juego y por eso la mataste.
—¡Nunca le gusté! —gritó acercándose a una de las ventanas—. Ella me oyó hablar de mis intenciones con Brendan O'Malley la noche de su cumpleaños —reveló fuera de sí—, pero pude reducirla antes de que mis palabras llegaran a los oídos de su abuelo.
—¡Maldita seas! —bramó William, que salió lívido de dolor de detrás del tapiz atrayendo la enloquecida mirada de Eliza—. ¡Mataste a mi niña! Y has tenido la sangre fría de vivir junto a nosotros todo este tiempo. —Las lágrimas inundaron su rostro cuando vio el broche del amor en las manos de Candy. Cogiéndoselo con delicadeza, murmuró—: ¿Cómo has podido hacer algo tan horrible?
—Lo siento —susurró Candy al anciano—. Lo siento de todo corazón, William.
—Oh, ¡Dios mío! —gimió Dorothy al fijarse por primera vez en aquel broche, que su amiga Rosmary había lucido orgullosamente aquella noche.
—¡Eliza, te voy a matar con mis propias manos! —gritó el anciano, desolado—. No sólo has matado a mi nieta Rosmary y me has intentado matar a mí. Además —dijo tomando la fría mano de Candy, mientras con la otra apretaba el broche roto—, has intentado matar a Candy trayendo a este castillo a los O'Malley.
—Ella se estaba convirtiendo en otra molestia —gruñó Eliza, a quien el miedo y la locura cegaban.
—El Señor te cerrará sus puertas, Eliza —gritó el padre Gowan al escuchar la maldad de aquella mujer—. ¡Arderás en el infierno para el resto de tus días!
Todos gritaban enloquecidos.
—¡Encerrémosla y esperemos a que vuestros nietos lleguen para que se haga justicia con ella! —gritó con lágrimas en los ojos Susan, sorprendida por haber estado viviendo todos aquellos años con una asesina.
—Yo la mataré con mis propias manos —susurró Dorothy, furiosa y angustiada.
—¡Te voy a matar, maldita bruja! —gritó William lanzándose hacia ella, pero Eliza al verle, dio un quiebro que hizo caer al anciano estruendosamente por el suelo.
—¡William! —exclamó Candy, que corrió a ayudarle junto a todos los demás, momento que Eliza aprovechó para lanzarse hacia la puerta y salir corriendo.
Candy dejó a William junto a Susan y Edwina, y se lanzó a correr tras ella. Justo cuando salía por la arcada, la vio subir las escaleras. Con Dorothy a sus talones, llegaron hasta las almenas, donde varios de los guerreros le gritaban a Eliza que se bajara de la torre a la que se había subido. La locura de la mujer había llegado a su punto más álgido. Gritaba, reía y maldecía fuera de sí, dejando patente su locura. Cuando William, ayudado por el padre Gowan, Susan, Edwina y el resto del servicio, llegaba a allí, Eliza se lanzó al vacío y cayó estruendosamente contra las piedras, muriendo en el acto.
—Lo siento. Lo siento, William. Yo lo descubrí y… —susurró Candy, pálida, tomándole cariñosamente de la mano, mientras todos los criados se miraban incrédulos por lo que había pasado—. Lo siento muchísimo.
—Lo sé, hija. Lo sé. —Mirándola con una triste sonrisa, le susurró—: Gracias a ti, mi niña ya puede descansar en paz.
Aquella noche, cuando todos se fueron a sus habitaciones, la soledad que Candy sintió a su alrededor casi la ahoga. Tras lo ocurrido en las almenas, varios guerreros bajaron a recoger el cuerpo sin vida de Eliza. Candy ordenó que lo enterraran lejos de Eilean Donan. Tres de aquellos hombres desaparecieron y no volvieron hasta bien entrada la noche. Aturdida por los acontecimientos, se recostó sobre el lugar donde había dormido Albert. Al percibir su olor, se quedó dormida pensando en él.
CONTINUARA
