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Capítulo 36

Durante los días siguientes, Candy se ocupó personalmente de que la angustia y la tristeza de William desaparecieran poco a poco, y no descansó hasta que lo vio sonreír. Con tacto y cariño, fue contándole cómo había ido atando cabos para descubrir la maldad de Eliza, gracias a la ayuda de Dorothy, que ahora, como dama de compañía, se sentía feliz. La tos y los dolores de estómago de William comenzaron a remitir gracias a las hierbas medicinales que Candy elaboraba cada mañana y cada noche, ante la atenta mirada de Susan, Fiorna y Edwina, que prestaban atención a todo lo que ella les contaba sobre el poder medicinal de las plantas. Y fue en esos días cuando Candy descubrió que estaba embarazada, pero guardó el secreto hasta que su marido regresara. No quería que nadie le pudiera estropear aquella maravillosa sorpresa.

Por las tardes, le gustaba sentarse con William a escuchar sus historias sobre cómo navegaba en las galeras junto a otros señores de los mares. Gracias a aquellos relatos, Candy conoció que los pictos fueron bautizados así por los romanos, quienes les dieron ese nombre al ver la costumbre que tenían de pintarse el cuerpo. También se sorprendió al conocer que fueron también ellos quienes llamaron «Caledonia» a Escocia, por un gran bosque de pinos caledonios que se extendía por todo el país.

Por su parte, William se interesó por el pasado de la muchacha, que a veces entre risas y otras entre lamentos le contó todo lo ocurrido con sus padres y su abuelo.

El tiempo era frío y helado. A veces las brumas eran tan densas que desde las ventanas no se podía ver absolutamente nada.

Hacía más de treinta días que Albert se había marchado a Inverness, aunque las últimas noticias decían que los guerreros se habían desplazado hasta Edimburgo. El mes de febrero estaba llegando a su fin y los picos de las montañas seguían nevados.

Todas las mañanas, antes de que el castillo despertara, Candy bajaba a las caballerizas y, tras montar a Stoirm, agarraba a lord Draco de las riendas y daba un paseo por los alrededores de Eilean Donan, donde las campanillas de las nieves cubrían los prados, mientras las liebres, ahora con su pelaje blanco, se escabullían entre su manto.

Quería aprovechar al máximo aquellos paseos, pues sabía que en cuanto Albert conociera su estado con seguridad le prohibiría hacerlo, por ello disfrutaba con cuidado de aquellos momentos. William la observaba galopar desde el alféizar de su habitación. Mirar a aquella jovencita se había convertido en uno de sus más curiosos entretenimientos. Ver cómo se entregaba en cuerpo y alma a todas las tareas le ocasionaba regocijo. Y pronto comprobó cómo todo el servicio y los aldeanos que en un principio la habían rechazado terminaron por besar por donde ella pisaba. Se había ganado el cariño de todos. Más que a su señora, veían en ella a una persona de confianza que hacía todo lo que podía por ellos y estaba pendiente de que no les faltara de nada. Era una luchadora, y eso le gustaba tanto como que su nieto Albert fuera un excepcional guerrero.

A Candy le gustaba cabalgar por las laderas de los montes, con el viento frío dándole en la cara y con Stoirm como compañero, mientras los piquituertos parecían cantar cuando ella galopaba bajo los abetos, los pinos y los alerces. Le encantaba pararse a mirar a las vacas peludas, que levantaban la cabeza y parecían saludarla al verla pasar. La relación entre Stoirm y lord Draco cada vez era más curiosa. Siendo lord Draco un caballo viejo y Stoirm uno joven e impetuoso, siempre se observaba cómo el joven corcel buscaba al adulto para seguirlo y estar junto a él. Tener a esos dos caballos hacía feliz a Candy. Uno era regalo de su padre, y el otro, de su marido.

Las cabalgadas de la mañana templaban los nervios y la ansiedad que sentía por la ausencia de noticias de su marido. Por culpa de esa lejanía y por las palabras de Eliza, las dudas y el miedo comenzaron a ser sus compañeros, y no podía dejar de pensar: ¿y si Eliza tenía razón?

Una tarde en la que estaba observando su pequeño, helado y fangoso huerto, Jimmy apareció muy enfadado junto a Fiorna y su hijo.

—¡Candy! —gritó enfadado el niño—. No quiero bañarme.

—Milady —dijo Fiorna sin hacerle caso—. ¿Podéis echarle una mirada a la cabeza de estos pequeños diablos?

Arremangándose la capa de piel, Candy hizo lo que la mujer le pedía.

—Oh, Dios mío —susurró Candy al mirar la cabeza de los niños—. Están plagaditos de liendres. Lo mejor, Fiorna, es que les cortemos el pelo y les echemos agua con aliso negro.

—¡Yo no pienso cortarme el pelo! —protestó de nuevo Jimmy, que intentó escapar mientras Candy lo retenía por la oreja.

—Una pregunta más, milady. Mi hijo mayor se cayó ayer de un árbol y tiene un moratón tremendo en una pierna. ¿Qué puedo darle para bajarle la hinchazón?

—Avellana de bruja —indicó Candy, que dio a Jimmy un pescozón, pues el crío acababa de darle una patada—. Pásate luego por la cocina y te la daré. Tienes que aplicársela en la zona afectada. Verás cómo le ayudará a disminuir la hinchazón y el dolor, y eliminará el tono azulado.

—Gracias, milady —dijo Fiorna, que se marchó con su hijo y la dejó a solas con Jimmy.

—¿Quieres dejar de darme patadas? —gritó Candy a su hermano.

—No quiero bañarme, ni cortarme el pelo —rezongó el niño, enfadado.

—Pues siento decirte, jovencito, que no tienes otra opción.

—Tras decir esto, Jimmy le dio un manotazo y comenzó a correr por encima del embarrado huerto, por lo que Candy, divertida, corrió tras él. Le encantaba jugar con su hermano. El crío, al notar la mano de ella en su hombro, se volvió y le dio otra patada, que hizo que ella soltara por su boca palabras nada bien vistas en una señora, y tras volver a alcanzarle gritó:

—¡Jimmy, vamos a la bañera!

El niño se revolvió.

—¡Ni lo sueñes! —gritó haciéndola caer al suelo embarrado del huerto.

—¡Maldita sea, Jimmy! —bramó al verse pringada de barro y comprobar que su hermano intentaba escapar. Lo asió con fuerza de un pie, por lo que el niño cayó de bruces. Con los forcejeos de ambos, el barro comenzó a saltar por todos los lados, y a Candy, una vez manchada, le dio todo igual.

Arrastrándose, se sentó a horcajadas encima del niño para seguir regañándole—. Pero ¿has visto cómo nos hemos puesto por tu culpa? Ahora sí que nos tendremos que bañar, pero los dos.

—¡Odio que me trates como a un niño! —gritó Jimmy cogiendo barro, que restregó a su hermana por la cabeza.

—¡Muy bien, Jimmy! —asintió ella al notar cómo el barro mojado escurría por su cuello.

Con una maléfica sonrisa, le restregó a su hermano barro por la cara, dejándole descolocado mientras ella se partía de risa y le decía—: ¡Esto es lo que te mereces por comportarte como un niño!

—Sinceramente —dijo una voz tras ellos—, no sé quién es más niño de los dos.

Jimmy y Candy se volvieron rápidamente y dieron un chillido de alegría al ver a Anny sonriente tras ellos.

—¡Ni se os ocurra tocarme! —chilló echándose hacia atrás al verles levantarse sucios de barro y andar hacia ella.

Jimmy y Candy se miraron divertidos. ¡Qué delicada se había vuelto Anny!

—¡Qué gorda estás! —gritó Jimmy al ver a su hermana, que ya tenía una buena tripa y había ganado unos cuantos kilos.

Aquel comentario hizo que ella torciera el gesto.

—¡Vaya, Anny! ¡Te has vuelto toda una señora! —rio Candy, que apreció el saludable aspecto de su hermana con aquella barriga y su estupenda capa de piel. Y agarrando a Jimmy, le susurró—: Creo que si queremos acercarnos a ella será mejor que nos bañemos.

—Y me quites las liendres de la cabeza —asintió el niño para espantar a Anny, que al escucharle dio un paso atrás con rapidez.

—¡Anny, por todos los santos! —se carcajeó Candy al ver los remilgos de su hermana—. No nos mires con esa cara. Estábamos jugando.

—¡¿Y las liendres?! —gritó con gesto de horror.

—Anny —se mofó Candy dirigiéndose hacia la parte delantera del castillo con Jimmy de la mano—, ¿hace falta recordarte que en varias ocasiones he tenido que lavarte el pelo con agua de aliso negro?

—¡Oh, calla! —murmuró ella estremeciéndose—. ¡Ni me lo recuerdes!

Candy miró a su hermana con cariño. Estaba preciosa y se la veía feliz.

—¡Estás estupenda! —sonrió Candy—. ¿Cómo no me has avisado de que venías? Te habría preparado un buen recibimiento y una excelente comida.

—Este viaje ha sido una sorpresa para mí. Ayer, cuando llegaron Archie y Albert, casi me muero de alegría.

—¿Albert? —preguntó Candy, perpleja—, ¿Albert está aquí?

Anny, arremangándose su precioso vestido granate, asintió.

—Claro, hemos venido juntos, con…

—¡Maldita sea! —gruñó Candy.

Tantos días pensando en estar guapa para su vuelta, y justo aparecía en ese momento para encontrarla con aquel sucio aspecto—. ¡Oh, Dios! Tengo un precioso vestido azul preparado para deslumbrarle a su llegada. No, no quiero que me vea así.

—Pues ya te ha visto —gritó Jimmy soltándose de su mano para correr hacia Ewen, que la miraba sorprendido, al igual que Albert, Tom, Archie, Antony, varios hombres y una mujer.

Horrorizada por ello, Candy no quería ni mirar.

—No tengo escapatoria, ¿verdad? —susurró a su hermana, retirándose el pelo embarrado de la cara.

—Me temo que no —suspiró Anny al entender el ánimo de Candy—. Sigue adelante y que sea lo que Dios quiera.

Albert, que conversaba con su abuelo, se quedó sin habla al ver aparecer a su mujer con aquel aspecto. A diferencia de Anny, que a su lado parecía una gran señora con aquellas pieles, Candy estaba horrible embadurnada de barro de pies a cabeza. Pero la alegría que sintió al verla le aceleró el corazón, aunque su aspecto fiero y su mirada no expresaron lo mismo. La había añorado hasta casi enloquecer, pero ahora la tenía allí frente a él y era incapaz de abrazarla y besarla como tantas veces había planeado. Lo único que fue capaz de hacer fue clavarle su dura mirada mientras se acercaba a ellos.

—¡Por san Ninian! —rio Antony sin poder contenerse—. ¿Dónde estabas metida, cuñada?

Consciente de la mirada de su marido, Candy, avergonzada por su aspecto, sólo pudo responder:

—Cavando tu tumba, ¡gracioso! —dijo sorprendiéndoles a todos y haciendo sonreír a más de uno.

—No tiene ninguna gracia —bramó enfurecido Albert al sentir que se deshacía por dentro al mirar a su mujer, que a pesar de su aspecto estaba adorable—. ¿Dónde estabas para tener ese aspecto, mujer?

—En el pequeño huerto que tengo detrás de la casa —respondió mirándole con una cariñosa sonrisa, mientras buscaba en sus ojos esa llama de amor que había en ellos cuando se marchó.

—¿Ésta es vuestra mujer? —preguntó el hombre alto y moreno.

Albert, tras mirarla durante unos instantes, asintió.

—Sí, Robert. —Y sin ni siquiera sonreiría, dijo secamente, sin acercarse a ella ni abrazarla—: Candy, te presento a nuestro buen amigo y rey de Escocia Robert de Bruce.

—Oh, Dios mío. —Tembló de emoción al saber quién era aquel hombre—. Encantada de conoceros, señor. —Sonrió pesarosa al sentir la dura mirada de su mando hacia su cara y su vestido, pero puso la mejor de sus sonrisas—. Disculpad por la situación en que me encontráis, y no creáis que mi apariencia diaria es ésta —dijo con encanto a Robert, mientras observaba cómo la mujer la miraba con un gesto torcido.

—Eso espero —respondió él con agrado—, aunque, si os soy sincero, es la primera vez que veo a una dama en semejante situación.

Albert, molesto, prosiguió con las presentaciones:

—Ellos son Arthur Miller, Jack Lemond y su hermana Léa Lemond. Estarán unos días aquí antes de continuar su camino.

—¡Vaya! ¡Qué sorpresa! —respondió Candy casi sin aire al escuchar el nombre de aquella mujer, mientras admiraba su belleza: sus casi plateado y bien peinados cabellos, sus facciones delicadas y su piel tan clara como la seda.

—¡Disculpad a mi hermana! —no Anny atrayendo la mirada de Candy—. Como veréis, se extralimita en sus quehaceres diarios, olvidando a veces quién es.

—¿Cómo? —protestó Candy al escucharla y, olvidándose de quiénes estaban alrededor, dijo señalándola con el dedo—: Anny, para decir esa tontería, mejor cállate.

—Léa, ¿te apetece un poco de cerveza? —preguntó Antony a la mujer francesa, que estudiaba con detenimiento a Candy.

—Me encantaría —asintió empaquetada en aquel vestido en tonos pastel, que realzaba su belleza y su figura. Mirando con cierta indiferencia a Candy, señaló a su hermano en un perfecto francés—: Gracias a Dios que no la he visto por el camino. La hubiera confundido con una sucia salvaje.

—¡Léa! —le reprochó Jack al escuchar aquellas palabras. Mirando a Candy, señaló con una artificial sonrisa—: Mi hermana dice que tenéis un hogar precioso, milady.

—Agradecedle sus encantadoras palabras —sonrió con frialdad Candy, que había entendido perfectamente lo que ella había dicho. Gracias a la niñera que tuvo en su infancia, que era francesa, había aprendido a hablar perfectamente aquel idioma, cosa que Anny no recordaba porque nunca puso ningún empeño en ello.

—Oh, disculpad —sonrió la francesa con fingida inocencia mientras pestañeaba con timidez hacia Albert, que sonrió al mirarla—. A veces olvido que aquí no se habla mi idioma.

—No os preocupéis —respondió Candy siguiéndole el juego al ver cómo su marido sonreía y a ella apenas la miraba. Mientras, sentía que el estómago se le encogía al recordar las palabras de Eliza. «Cuando lady Léa entre en este castillo, Albert os olvidará».

—Creo que será mejor que entremos —sonrió lady Léa, empalagosa, situándose entre Albert y su hermano. Tocándose con ingenuidad la boca, dijo a Albert—: Seguro que tu mujer estará deseando darse un baño para recuperar su perdida dignidad.

—¿Perdida dignidad? —señaló Candy, que abrió los ojos de par en par y buscó la ayuda de su marido con ojos suplicantes, pero él en ese momento sólo tenía ojos para la otra mujer y no para ella.

—Lady Candy —observó Robert de Bruce con interés—, siempre he valorado el excelente gusto de mi buen amigo Albert para las mujeres, por lo que no dudo que, bajo toda esa capa de suciedad que os cubre, seguro que encontraré a una bella mujer.

Aquellas palabras hicieron que Albert le mirase con advertencia, algo que Robert de Bruce notó.

—Espero agradaros, mi señor. —Candy señaló hacia el interior del castillo mientras retenía su rabia y frustración—. ¿Seríais tan amables de entrar? Estoy segura de que Fiorna y Edwina ya habrán puesto cerveza bien fría encima de las mesas.

Lady Léa, tras dedicarle una insinuante caída de ojos a Albert, que hizo que Candy hirviera por dentro, entró seguida de su hermano, de Robert y de Miller.

En ese momento, Albert se dirigió a Candy ofendido:

—¿Cómo has podido presentarte así? —rugió indignado.

—Y tú ¿cómo has permitido que esa engreída diga que he perdido mi dignidad? —gritó sin escucharle, dolida por lo acontecido.

—¡Cállate, mujer! ¡No insultes a nuestros invitados! —aseveró con una expresión dura—. ¿No puedes comportarte como lo que eres? —preguntó ofuscado, sin percatarse de la extraña, mirada que le dirigía su mujer. La decepción y la desconfianza se habían instalado en sus ojos, pero él no era capaz de mirar más allá—. Regreso a mi hogar y, en vez de encontrarme una adorable mujer, me encuentro poco más que una mendiga que me avergüenza con su aspecto ante nuestro rey y mis invitados.

—¡Albert! —bramó el anciano William al oírlo. Su creciente adoración por Candy no le permitía escuchar a su nieto hablarle con tanta dureza—. No es justo que hables así a tu mujer, no lo voy a consentir.

—¡Cállate, abuelo! Es mi mujer y seré yo el que consienta o no consienta —se revolvió consiguiendo que hasta su propia mujer se encogiera por su fiero tono de voz—. Lo que no es justo es que me avergüence de manera continua. —Miró a una desencajada Candy y gritó partiéndole el corazón—; ¿Acaso pretendes que también nuestro rey se ría de mí?

—Nunca haría eso —susurró tan afectada que era incapaz de pensar con claridad.

—¡No le grites! —suplicó de pronto Jimmy, angustiado—. ¡Ha sido culpa mía! Ella intentó cogerme para llevarme a la bañera y, sin querer, yo la empujé y la hice caer al barro. Luego, ella me tiró a mí. Yo le tiré barro en el pelo y ella me lo restregó por la cara y…

—¡Por todos los santos! —murmuró en ese momento William, preocupado por la palidez de Candy—. ¿Cómo se te ocurrió hacer eso, Jimmy?

—Porque estoy cansado de tener que lavarme todos los días —suspiró el niño con pesadez—. Le encanta que huela a flores.

—Mejor oler a eso que a suciedad —medió Archie con intención de relajar los ánimos.

—Jimmy —le regañó cariñosamente Antony, viendo la dura mirada que su hermano dirigía a su mujer—, Candy no se merece que te portes así con ella.

El niño, asustado por la quietud de su hermana mayor, comenzó a llorar.

—Por supuesto que no —asintió Anny y tomó de la mano a su pálida hermana—. No me parece bien que ella cargue con la culpa de lo sucedido. —Miró a Albert—. Conozco a mi hermano y creo que tú también sabes cómo es. Por eso, precisamente, no deberías ponerte así con Candy.

Candy seguía sin poder hablar. De pronto, la felicidad que llevaba esperando tantos días se había ido al traste. Además, Albert había regresado con Léa, la mujer que, según Eliza, amaba y que por su indiferencia le estaba dando que pensar.

—Entrañables tus palabras, Anny —respondió Albert con seriedad. Volviendo a mirar a su mujer, dijo—: Será mejor que entréis y os bañéis, y te pediría que bajaras al salón para cenar cuando creas que tu aspecto es el adecuado. —Mirando al niño, que le escuchaba con los ojos muy abiertos, dijo—: Y en cuanto a ti, se acabó ese tipo de comportamiento. No voy a aceptar ni una fechoría más por tu parte. ¡Estoy cansado! A partir de mañana, me encargaré yo mismo de tu educación. Si hace falta dormirás en medio del campo para que sepas que has de comportarte como una persona para vivir bajo mi techo.

Incrédula por lo que había escuchado, Candy miró a su marido, pero no dijo nada.

—¡Albert, creo que…! —comenzó a decir Antony.

—¡Cállate, Antony! —exclamó al escucharlo. Miró de nuevo a Candy, que apretaba los puños y respiraba con dificultad—. ¡Vosotros dos, entrad y bañaos!

—Sí, mi señor —respondió ella secamente.

Candy se volvió para tomar la mano de su hermano, que obedientemente se la dio. Al pasar junto al salón, escuchó las risas de lady Léa y, sin mirar hacia donde estaban, comenzó a subir las escaleras. Mientras lo hacían, Jimmy la observó y vio por primera vez lágrimas en los ojos de su hermana. Conmovido, dijo abrazándose a ella:

—Lo siento, Candy.

—No te preocupes, no pasa nada —respondió, pero sin poder evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas.

—Por mi culpa estás llorando y tú nunca lloras. —El niño comenzó a sollozar—. Por mi culpa, Albert se ha enfadado contigo, nos tratará mal y nos echará de aquí.

Candy se detuvo en uno de los escalones, sentó encima de ella a su hermano y lo acunó mientras el niño se tranquilizaba.

—Nadie nos va a tratar mal, ni nos va a echar de ningún lado, Jimmy —respondió mirándole fijamente al ver la angustia reflejada en sus ojos.

—Pero…

—¡Basta! —dijo tragando el nudo de angustia que tenía en la garganta—. Vamos a bañarnos y verás cómo después del baño nos sentiremos mejor.

Tras bañar a Jimmy en su habitación, cortarle el pelo y lavárselo con agua cocida con aliso negro, el niño se negó a bajar al comedor para cenar.

Las duras palabras de Albert lo habían asustado más de lo que ella podía imaginarse. Candy tuvo que pedirle a Fiorna que le subiera una bandeja con algo de cena al niño a su habitación, para poder ella irse a la suya a bañarse y arreglarse.

Mientras se enjabonaba el pelo y se quitaba los restos del barro seco, pensó en lo ocurrido. ¿Por qué Albert había reaccionado así? ¿Acaso no la había añorado como ella a él? Aunque odiaba pensar en las palabras de Eliza, éstas acudieron a su mente rápidamente, y se estremeció al recordarlas: «Albert la ama a ella y no a vos, y cuando aparezca lady Léa, vuestro marido no querrá saber más de vos». ¿Sería cierto aquello? ¿Habría algo entre aquella francesa y él? Pero, por más vueltas que le daba, no conseguía entender sus duras palabras hacia ella y mucho menos hacia Jimmy. Eso le había dolido más que todo lo que pudiera decirle a ella.

Inconscientemente, se tocó la barriga y un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas al recordar la maravillosa noticia que pensaba darle. Pero ahora no le apetecía lo más mínimo.

Mientras se secaba el pelo, unos golpes en la arcada le anunciaron la visita de Anny, que al entrar la miró con una sonrisa.

—Ahora ya puedes abrazarme —bromeó Candy abriendo los brazos para recibir a su hermana, que se ciñó a ella durante unos instantes dándole cariño y amor—. ¿Cómo estás, gordita?

—Bien —dijo tocándose la barriga—, mi niño se porta estupendamente.

—¿Niño? —rio al escuchar a su hermana—. ¿Y si es una niña?

—Será bien recibida, no te preocupes —asintió con una sonrisa—. Pero Archie está tan ilusionado por tener un hijo que rezo todos los días para que así sea.

—Ojalá rezar sirva de algo —sonrió al pensar en su secreto.

—¡Madre mía! ¡Qué lugar más bonito! —exclamó Anny al mirar con curiosidad a su alrededor—. ¡Qué preciosa habitación tienes! Y los muebles tallados son una maravilla.

—No es nada mío —respondió con rabia mientras abría su armario. Tras observar unos instantes el precioso vestido que pensaba ponerse para su marido a su llegada, le dio un manotazo y cogió otro de color negro—. Todo es del laird Albert McArdley.

—Candy, no sigas por ese camino.

—¿Camino? —comentó desencantada al escucharla, sin percatarse de que la puerta se abría ligeramente—. ¿De qué camino hablas?

Anny, mirándola con un gesto que no gustó nada a su hermana, dijo:

—No te enfades conmigo. Simplemente te aconsejo que no te pongas cabezona como él. No estoy de acuerdo en la forma en que os habló a Jimmy y a ti delante de todos, pero tampoco estoy de acuerdo en que Jimmy siga comportándose como siempre. ¿Acaso no te has dado cuenta de que muchos de nuestros problemas los ha originado casi siempre él?

—Anny —susurró extrañada por su frialdad—, es un niño.

—Sí, un niño —asintió con enfado—. Pero un niño que siempre está haciendo travesuras. Jimmy necesita la mano dura de un hombre. Pero ¿no lo ves? ¿Todavía no te has dado cuenta de que el abuelo no supo hacer de nosotras unas señoritas ni disciplinar a Jimmy?

—Maldita sea, Anny. ¿Qué estás diciendo? —gritó enfadada, sin reconocer a su hermana—. No vuelvas a meter al abuelo en nada de esto. Si nosotras no hemos sido unas señoritas es porque nunca nos dio la gana de comportarnos como tales. Y si Jimmy no tiene disciplina no es por culpa del abuelo. Es porque nosotras siempre le hemos consentido todo por el hecho de ser un niño pequeño que se ha visto obligado a crecer sin sus padres. ¿Sabes? Yo siempre he tenido claro quién era y quién soy. Y, a pesar de que el abuelo no supo enseñarme buenos modales, ten por seguro que los tengo. Incluso mejores que los de la remilgada francesa que está ahí abajo —gritó lanzando un cojín contra la pared—. No me vengas ahora a dar lecciones de cómo ser una dama. Pero ¡¿cómo te estás volviendo tan estirada?!

—No soy una estirada —se defendió de aquel ataque, molesta— y no tomes a mal lo que digo del abuelo. Simplemente te aconsejo que, si no quieres tener más problemas con Albert, hagas lo necesario para que Jimmy comience a comportarse como debe, o algún día el mismo Jimmy te echará en cara lo mal que lo hiciste con él cuando ambos acabéis viviendo en una humilde cabaña.

Aquello le cayó como un jarro de agua fría.

—¿Qué tontería estás queriendo decir? —murmuró sin darse cuenta de que la puerta se cerraba—. ¿Acaso sabes algo que yo no sepa? ¿Tiene esto que ver con la mujer que ríe como un gorrión en el salón? ¿Crees que no sé que esa estúpida francesa es Léa, el gran amor de Albert? ¿Y crees que no me he dado cuenta de que él ni me ha mirado porque sólo tiene ojos para ella? —En ese momento, decidió no compartir su secreto ni con su hermana ni con nadie—. Esa tonta que está ahí abajo es la persona que le rompió el corazón, y por la que él nunca me ha dicho «te quiero».

Anny entendió a su hermana, pero no estaba dispuesta a que continuara arruinando su vida. Candy debía cambiar, y tenía que hacerlo ya.

—¿Alguna vez has pensado que Albert, tu marido, puede cansarse de esta situación con respecto a ti y a Jimmy? ¿No crees que se merece que, cuando llegue cansado, estés perfecta para recibirlo y no para avergonzarle ante sus amigos? Si hoy ha reaccionado así, es porque ha sentido vergüenza de ti.

—Mira, Anny —dijo cogiéndola del brazo. Abriendo con rabia la arcada de su habitación, dijo antes de cerrar la puerta en las narices de su hermana—: No sé qué te pasa, pero hasta que vuelvas a comportarte como la muchacha que eras, sin tantos miramientos, ni absurdos clasismos, no vuelvas a decirme absolutamente nada con respecto a mi matrimonio.

Candy cerró de un portazo, corrió hasta una palangana para vomitar y luego comenzó a llorar.

CONTINUARA