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Capítulo 37

Una vez arreglada, suspiró dándose el último retoque en el pelo, que se había recogido en un moño tirante. Con el ceño fruncido pensó en lady Léa, en su cara de mosquita muerta y en sus tontos amaneramientos. «Si ése es el tipo de mujer que Albert quiere, no seré yo quien se lo prohíba». El corazón le dolió al imaginar a Albert rompiendo sus votos matrimoniales para estar con aquélla. Sólo habían estado un mes sin verse, y él parecía ya haberla olvidado. ¿Dónde estaba el hombre que en susurros le dijo que la añoraría cada momento del día? Quizás en ese tiempo se había dado cuenta de que su amor por ella no era verdadero, y aquella indiferencia era el fiel reflejo de lo que sintió al verla. Si aquello era cierto, ¿cómo decirle lo del bebé?

Cientos de preguntas sin respuesta se agolpaban en su mente y conseguían que su furia, su desconcierto y su rabia crecieran momento a momento en su interior. Tiró con rabia el peine, salió y cerró con violencia la puerta de su habitación con intención de bajar al salón. Al pasar ante la habitación de su hermano, entró a verlo. Lo encontró tumbado en la cama, pensativo, con la mirada clavada en la ventana.

—Hola, diablillo —sonrió con cariño sentándose junto a él en su cama—. ¿Qué piensas?

—Miraba la luna. Cuando vivíamos en Dunstaffnage, la luna se metía tras las montañas —respondió con seriedad mientras observaba a su hermana, que estaba muy guapa con el cabello recogido hacia atrás.

—Sí, tesoro —asintió al recordar las puestas de sol—. Está muy bonita la luna hoy, ¿verdad?

—Más bonita estás tú —susurró el niño haciéndola sonreír.

—¡Vaya, Jimmy! Creo que es la primera vez que mi hermano pequeño me dice un piropo.

Pero la tristeza de los ojos del niño la desarmó.

—Siento mucho que Albert se enfadara contigo y haberme comportado mal muchas veces.

—¡Bah! —dijo haciendo una mueca que le hizo sonreír—. Por Albert no te preocupes, ya se le pasará.

Sentándose en la cama, el niño la miró y preguntó:

—¿Por qué Anny piensa que soy un problema?

—¡Tesoro! —susurró Candy, conmovida al pensar que había escuchado las tonterías que su hermana había dicho—. Anny realmente no piensa eso. Ya sabes que ella es a veces un poco tonta y creo que, al estar embarazada, su cabeza no funciona muy bien.

Pero Jimmy no estaba dispuesto a creer aquello, y volvió a preguntar:

—Pero ¿por qué piensa que tú y yo acabaremos viviendo solos en una cabaña?

—Bueno —susurró besándole en la cabeza, y por primera vez intentó ser realista, incluso con su hermano—, cuando Albert y yo nos casamos, lo hicimos a través de un Handfasting. ¿Sabes qué quiere decir eso? —El niño, muy serio, asintió—. Ese tipo de matrimonio puede durar un año o toda la vida; todo depende de que las dos personas que se unen deseen estar juntas para siempre. —Al decir aquello, unas repentinas ganas de llorar hicieron asomo en sus ojos, pero ella las controló—. Y, aunque Albert es un buen hombre, quizá no podamos seguir juntos.

Jimmy, sin dejar de mirar a su hermana le confesó:

—Yo le pregunté a Albert si tendríamos que irnos de aquí y él me dijo que no.

—¿Cuándo le preguntaste eso? —dijo ella, sorprendida.

—En las tierras de los McPherson —respondió revelando aquel secreto—. Os vi a ti y a Anny en el lago, y te escuché decir que odiabas a Albert, y ella te dijo que si no te portabas bien Albert nos echaría a ti y a mí. Entonces, yo se lo pregunté a Albert, y él me dijo que nunca haría eso.

Con el corazón acelerado por aquello, Candy respondió en un susurro:

—Si él te dijo eso será porque es verdad.

Tras unos instantes en silencio, fue Jimmy quien habló.

—¿Sabes? Ojalá continuáramos viviendo en Dunstaffnage. Allí nadie nos gritaba, y tú nunca llorabas. Ojalá pudiéramos volver allí.

—Tesoro —sonrió al recordar aquellos tiempos—, allí fuimos muy felices, pero aquí también lo seremos.

Pero el niño no estaba dispuesto a ver a su hermana llorar y continuó:

—Podríamos regresar tú y yo —propuso—. Anny que se quede con Archie, pero nosotros podríamos volver. Además, creo que si yo se lo pido a James, nos ayudará —aseguró el niño con los ojos muy abiertos.

—¿James? —preguntó extrañada—. ¿Crees que James está tan cerca como para pedirle ayuda?

—Sé cómo encontrarlo —asintió con seguridad haciéndola sonreír—. Él es un buen amigo y sé que no me defraudaría.

Candy sonrió con cariño y acostó de nuevo a su pequeño hermano.

—Jimmy, las cosas no son tan fáciles. Ahora, duérmete y descansa. Ya hablaremos mañana. —Después de darle un beso, le advirtió—: Recuerda no hacer más de las tuyas en estos días, y verás cómo Albert olvida pronto su enfado.

—No te preocupes, Candy —respondió el niño, que volvió a mirar la luna—. Albert no se volverá a enfadar.

—¡Genial! —rio levantándose de la cama y agachándose para darle otro beso. Sintió las manos del niño agarrándola del cuello para besarla y retenerla—. ¡Vaya, hoy estás besucón!

—Sí —asintió con los ojos brillantes por las lágrimas—. Te quiero mucho y quiero que sepas que tú eres mi mejor hermana.

Aquellas palabras tan sentidas le llegaron al corazón.

—¿Te digo un secreto? Tú también eres mi mejor hermano —susurró sentándose de nuevo en la cama—. Y ahora olvida todo lo que ha pasado. ¿No ves que yo ya lo he olvidado? Por favor, no te preocupes por nada y duerme tranquilo, tesoro. ¿Vale?

—De acuerdo —aceptó el pequeño, más reconfortado.

Candy volvió a besarlo y tuvo que contener el llanto antes de cerrar la arcada de la habitación. Una vez fuera, se apoyó en la fría pared de piedra y cerró los ojos mientras se ordenaba a sí misma controlar sus emociones. Ver triste a su hermano le partía el corazón.

Con paso lento, bajó las escaleras. Pronto oyó las risotadas de su hermana y lady Léa, quienes bromeaban con los hombres.

Oculta entre las sombras, vio a Albert que en ese momento estaba solo con el ceño fruncido mirando el fuego. ¿Qué pensaría?

Le observó durante unos instantes, mientras respiraba pausadamente y contenía sus emociones. Su mano se posó en su estómago, recordándole la nueva vida que en él crecía. De pronto, lady Léa se acercó a Albert y pasándole un dedo lentamente por el cuello hizo que él la mirara y sonriera. Candy tembló de impotencia al advertir aquel gesto tan íntimo entre ellos.

No, no le diría lo del bebé.

En aquel momento, sus piernas se convirtieron en dos bloques de piedra clavados al suelo, mientras observaba cómo su marido, aquel hombre imponente, fuerte y lujurioso, miraba y sonreía a aquella odiosa mujer. ¿Habría deshonrado ya sus votos matrimoniales? Tras una nueva sonrisa por parte de lady Léa, que en ese momento se mordió el labio inferior, se convenció de que sí. Intentó moverse para marcharse, pero sus piernas no la dejaron, y tuvo que seguir observándoles.

Instantes después, forzó una sonrisa y levantó la barbilla para salir de las sombras y caminar hacia ellos. El primero en verla fue Antony, que rápidamente miró a su hermano y vio que éste hablaba con lady Léa junto al fuego. Un gesto de la francesa le hizo intuir a Albert que su mujer había entrado y, volviéndose, se quedó fascinado por la belleza y serenidad que emanaba. Casi se atraganta con la jarra de cerveza que estaba tomando.

Candy estaba espectacular. Aquel vestido negro y su pelo recogido hacia atrás le otorgaban una belleza inigualable. Una belleza y una sensualidad de las que ella no era consciente.

Tantos días sin verla, tantas noches añorándola, y ahora estaba allí, frente a él, más atractiva que nunca y más apetecible que ninguna mujer que hubiera conocido.

—¿Sois la misma mujer que esta tarde parecía una mendiga cubierta de barro? —se apresuró a preguntar Robert al verla entrar y se dirigió enseguida hacia ella para besarle la mano con una sonrisa en los ojos.

—Os aseguro que sí, señor. —Intentó sonreír, pero la sonrisa sólo curvó sus labios, mientras decía con picardía hacia lady Léa—: Y como veréis, cualquier mujer, por muy mendiga que parezca, con un poco de agua, jabón y un bonito vestido puede parecer toda una señora.

William, al escucharla, sonrió. Su niña era lista…, muy lista.

—¡Maravillosa revelación! —señaló Robert al reparar en la fresca y sensual belleza que aquella mujer desprendía—. Albert, os habéis casado con una auténtica belleza.

Albert le observaba inquieto, dispuesto a pararle los pies si se daba el caso. Conocía a Bruce y sabía qué tipo de mujer le atraía. La suya, aquella noche, podía ser una de ellas.

—Querida Candy —saludó el padre Gowan al verla entrar—, estáis preciosa esta noche.

—Gracias, padre Gowan —sonrió como pudo.

—Milady —señaló Jack—, me habéis dejado perplejo con vuestra espectacular belleza.

Sorprendida por tanto halago, clavó sus sensuales ojos verdes en aquel hombre.

—Gracias por el cumplido —respondió mirándole con intensidad, consiguiendo sin proponérselo que su marido se alertara—. Sois muy galante, Jack.

—Además de belleza —terció Arthur Miller mientras esperaba su turno para besar con afecto su mano—, por vuestras palabras creo intuir que tenéis carácter.

William y Antony se miraron y sonrieron al escuchar aquello, mientras Albert se removía incómodo.

—Según mi abuelo —respondió mirando a Anny y expresando lo furiosa que estaba a pesar de parecer relajada—, poseo el desafío de mi madre en la mirada, y la valentía de mi padre en mis palabras.

Aquel comentario hizo reír a todos, excepto a Albert. No le gustaba cómo sus invitados miraban a su mujer, y menos aún cómo ella sonreía.

—Curioso acento el vuestro —señaló lady Léa, que anduvo hacia ella con un sinuoso movimiento de caderas que a más de uno le hizo torcer la cabeza—. ¿De dónde decís que sois?

Sin amilanarse, y con una retadora mirada, Candy sonrió, y cuando iba a responder lo hizo su hermana por ella.

—De Dunstaffnage —respondió Anny mesándose el pelo con una radiante sonrisa junto a Archie—. Nos criamos con el clan de Terius Graham y éramos amigas íntimas de Selena Graham.

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Pero lady Léa no buscaba esa respuesta. Candy sabía lo que esperaba y se lo iba a dar.

—Pero antes vivimos en Dunhar, en la casa de mi padre —añadió con desafío al ver a su hermana mirarla horrorizada—. Allí vivimos los primeros años de nuestra vida.

—¿Y cuál fue el motivo de que abandonarais Dunhar? —preguntó Miller, curioso, mientras Robert la observaba y Antony, intranquilo por la conversación, se movía hacia la gran chimenea.

—El asesinato de mis padres —espetó con rabia sabiendo que todos la miraban. Le daba igual lo que en esos momentos pensara Albert, Robert de Bruce, la francesa o cualquiera de ellos. Se sentía tan furiosa que incluso estaba empezando a disfrutar por comportarse con aquel atrevimiento—. Pocas personas pudieron entender que sus sentimientos estaban por encima del simple hecho de ser ella escocesa y él inglés.

—¡¿Sois medio inglesa?! —Lady Léa exageró su sorpresa llevándose las manos a la boca y dando un paso hacia atrás con fingido terror. Albert la miró molesto por su manera de actuar

—. ¡Qué horror! Ha debido de ser horrible para vos asumir vuestra sangre inglesa.

Aquello hizo sonreír a Candy, que tras escucharla dijo:

—Lo horrible es escucharos a vos decir eso —aseveró mientras caminaba hacia ella. Al mirar de reojo a Robert de Bruce, le vio tranquilo tras aquella revelación, y con una encantadora sonrisa preguntó a Jack y a Miller—: ¿Qué os parece si dejamos de hablar de estos temas tan poco apropiados para señoras y comemos algo?

—Una magnífica idea —asintió Jack, que, al igual que Robert, le miraba el cuerpo con lujuria, haciendo que el estado de ánimo de Albert comenzara a agriarse.

—¡Fantástico! Una idea colosal —celebró William.

Albert aceleró el paso para llegar junto a su esposa y tomarla posesivamente de la mano. En su interior, renacían temores al ver cómo Robert de Bruce, el perfecto seductor, la observaba con curiosidad.

—Mi señor —dijo mientras su cuerpo vibraba al sentir las grandes manos de su marido—. ¿Os agrada mi aspecto ahora?

—Sí —se limitó a decir Albert.

Su mujer era aquella que lucía un vestido negro y un sugerente escote redondo que dejaba entrever más de lo que a él le parecía apropiado. Su mirada bajó hasta su estrecha cintura y continuó hasta llegar a un cinturón de cuentas metálicas que reposaba en sus ondulantes caderas. A diferencia de otras veces, su salvaje pelo rizado iba sujeto en un alto moño, que dejaba a la vista su esbelto cuello y sus finas facciones.

—¡Eres la más bella esta noche, hija mía! —susurró William al pasar junto a ella, indicándole que su corazón le pertenecía a ella y no a Léa.

—Gracias, William —sonrió Candy con complicidad.

A Albert le molestó que esa sonrisa no hubiera sido para él. Pero, dándose la vuelta, invitó a Robert a sentarse. Aunque fueran amigos y compañeros de guerra, no podía obviar que ante los ojos de todo el mundo Robert era el rey.

Tras acomodarse en la mesa, el servicio comenzó a repartir los suculentos platos que Susan, Fiorna y Edwina habían preparado, mientras Candy hacía tremendos esfuerzos por aguantar los olores que aquellas condimentadas comidas despedían.

—Ahora que lo pienso, ¿dónde está Eliza? —preguntó Robert, que por sus visitas a Eilean Donan conocía a todo el mundo—. No la he visto desde nuestra llegada.

Al escuchar aquello, a Fiorna casi se le caen los platos.

—Oh…, es cierto —intervino Léa. Eso hizo que la espalda de Candy se tensara—. Pregunté a Antony, pero no supo responder. ¿Dónde está nuestra encantadora Eliza?

—¡Cenando con el diablo! —irrumpió William, atrayendo las miradas de Albert y Antony.

—Entonces, ¿no está…? —insistió la francesa ganándose una dura mirada por parte de William y el padre Gowan.

—Lady Léa —señaló Candy para cambiar de tema, mirando a su izquierda, a continuación de Antony—, espero que la comida que servimos aquí os agrade. Nuestras cocineras son excepcionales.

—Ya he comido aquí otras veces —soltó orgullosa. Aquello hizo que Antony se sintiera molesto. Siempre había odiado a Léa, pero al ser amiga y aliada por Francia para la Escocia de Robert de Bruce, debía fingir.

—¡Oh, qué sorpresa! —rio Candy con falsedad al escucharla, mientras sentía la mirada de Antony—. ¿Cuándo habéis visitado estas tierras?

La francesa clavó su mirada en ella, y con una sonrisa que dejaba entrever sus malas intenciones contestó:

—En varias ocasiones. Albert y su familia han sido unos perfectos anfitriones. Recuerdo haber pasado mañanas enteras cabalgando con Albert y sus hermanos, mientras ellos me enseñaban los alrededores de este precioso lugar. Oh…, y las veces que Albert y yo viajamos juntos por Escocia y nos bañamos en lagos de aguas tranquilas, durante noches preciosas, con cielos repletos de estrellas —señaló mirándola con una media sonrisa, mientras las uñas de Candy comenzaban a clavarse en el brazo de Antony. Este, a punto de chillar de dolor, miró a su cuñada, que al darse cuenta se disculpó con una sonrisa.

—Oh, sí, viajar con mi hermano Albert es muy divertido —asintió Antony tocándose el brazo dolorido.

—Y bañarse junto a él lo es más —susurró Léa con una sonrisilla nada inocente y lo suficientemente alto para que Candy lo escuchara.

Antony, molesto por la falta de discreción de la francesa, la miró ceñudo.

—Me alegro de que la compañía de «mi marido» —Candy arrastró estas dos últimas palabras— os agradara en su momento. Es un buen compañero de viaje —sonrió ganándose la admiración de Antony, que era testigo de la pequeña lucha dialéctica que ambas mantenían mientras Albert hablaba con Robert y con Miller, y sólo Anny se imaginaba lo que ocurría.

—Creo que Susan preparó haggis, nuestro plato preferido, ¿verdad, cuñada? —murmuró Antony, que intentó hacerla sonreír, pero apenas una media sonrisa curvó sus labios; por ello, volvió al ataque—. Además, hizo tantos que estaremos una semana comiéndolos.

—Antony, te puedo asegurar —señaló Candy— que en esta boca nunca entrarán haggis.

—Ah, por cierto —se animó a continuar al ver que sonreía y al cerciorarse de que Léa hablaba con su hermano—, me han encantado las mejoras que has hecho en el salón. Me agrada ver el escudo de armas de mis padres.

—Gracias, Antony —sonrió agradecida guiñando un ojo a William—. La verdad es que todo el mundo me ha ayudado muchísimo. Ha sido un trabajo de equipo.

—¿Habéis cambiado algo en este salón? —preguntó Léa dirigiéndose de nuevo a Candy, que resopló al escucharla. Su paciencia con aquella mujer se estaba acabando—. Recuerdo que había un tapiz precioso que Eliza y yo compramos a unos feriantes a petición de Albert. Creo que Eliza y yo lo colgamos en una de estas paredes, pero no recuerdo en cuál.

—Sí. He cambiado varias cosas —sonrió Candy ya sin paciencia. Acercó su mano a un tosco cuchillo afilado, cosa que encogió el corazón de Anny y dejó sin respiración a Antony—. Sobre el tapiz que preguntáis, lo quité de mi vista porque me parecía horroroso y oscuro. —Cogiendo el cuchillo por el mango, con un rápido movimiento lo clavó en la pared de enfrente, dejando a Antony y Anny pálidos—. ¿Veis dónde he clavado el cuchillo? —Léa asintió horrorizada, mientras todos volvían sus ojos para mirarla—. Allí es donde estaba colgado el horripilante tapiz.

—¡Candy! —exclamó Albert—. ¿Qué estás haciendo?

—Oh, esposo, no os preocupéis —sonrió fríamente encogiéndose de hombros—. Lady Léa quería que le señalara dónde estaba el tapiz horroroso que quité de la pared. —Volviéndose hacia ella, que todavía tenía la boca abierta, dijo inocentemente—: Espero no haberos asustado. Sólo quería señalaros el lugar exacto.

Albert, sin saber realmente qué había pasado, agarró a su mujer del brazo y le advirtió:

—¿Hace falta que te vuelva a pedir que te comportes como una señora?

—No, esposo. —Tras intercambiar una significativa sonrisa con Antony, se bebió un vaso de cerveza de golpe antes de decir—: No os preocupéis, intentaré comportarme tan respetuosamente como lo hace «vuestra Léa». Viendo que ella goza de vuestro beneplácito, intentaré ser igual o mejor que ella.

—¡Candy! —siseó Albert enfurecido por aquella contestación mientras ella se llenaba el vaso con más cerveza.

—Sí, mi señor —respondió ladeando la cabeza para pestañear cómicamente ante su cara, como había hecho con anterioridad la francesa.

—¡Abuelo! —llamó Antony, interrumpiendo la retadora mirada de su hermano y Candy—. ¿Qué noticias nos tienes que comunicar?

—Quizá sería mejor comentarlas más tarde —respondió Candy.

—¿Por qué esperar? —reclamó Antony, más relajado al ver a su hermano hablar de nuevo con Robert.

—¡Qué te calles, Antony! —le regañó Candy tomándose de golpe un nuevo vaso de cerveza—. ¡Ahora no!

Extrañado por aquel comportamiento, Antony la miró. ¿Qué le pasaba a su cuñada?

—¡Vaya! —sonrió Léa a su hermano antes de hablarle en francés—. Veo que a la sucia salvaje le gusta mucho beber y ordenar callar a la gente. ¡Qué vulgaridad de mujer!

Al escucharla, Candy estuvo a punto de tirarle su vaso a la cabeza, pero se contuvo al escuchar al padre Gowan decir:

—Antony, dejemos las noticias para más tarde.

—De acuerdo, me callaré —dijo Antony quitándole a Candy el vaso de la mano—. ¿Qué te pasa, cuñada?

—Creo que voy a matar a alguien esta noche —respondió mirándole a los ojos y haciéndole sonreír.

—William —dijo Léa, haciendo que Antony y Candy la mirasen—. ¿Qué noticia tan importante es esa que tienes que comunicar?

—Dios santo —susurró Candy, que cerró los ojos al ver la cara del anciano.

—Eliza ya no vive aquí —murmuró William mientras el padre Gowan le tocaba el hombro con cariño, haciendo que Albert y Antony se miraran extrañados.

A partir de ese momento, William se encargó de relatar lo ocurrido con Eliza. Albert escuchaba con atención las explicaciones de su abuelo. Candy, callada a su lado, observaba casi sin respirar. Al terminar, un silencio sepulcral se hizo en el salón, hasta que Albert y Antony, levantándose furiosos y dolidos, comenzaron a maldecir y a gritar cosas horribles sobre esa mujer. Tras un rato angustioso, finalmente las palabras de aliento y cariño de los allí presentes consiguieron tranquilizarles.

Candy se espantó al ver a lady Léa abrazar a Albert delante de todos sin ningún pudor, mientras le hablaba al oído, le acariciaba el pelo y lo alejaba del grupo para consolarle.

—¡Albert! —llamó William a su nieto al verlo abrazado a la francesa mientras su mujer les observaba—. Candy supo desenmascarar a esa víbora con piel de cordero. Yo nunca viviré años suficientes para darle las gracias por ello.

Albert la miró, pero ella retiró su mirada.

—Es un ángel llegado del cielo —añadió rotundamente el padre Gowan mirando con recelo a la francesa.

—¡Oh, Candy! —sonrió Anny.

Pero Candy no quería escuchar a nadie. El dolor de ver a Albert abrazado a aquella insufrible estúpida la estaba matando.

—Esta mujer vuestra —dijo Robert de Bruce—, aparte de bella, también sabe usar la cabeza.

Albert, a cierta distancia de ella, la miraba sin moverse.

—Cuñada —murmuró Antony abrazándola con adoración—, pídeme lo que quieras y será tuyo.

—Ahora no se me ocurre nada —sonrió con cariño—, pero no olvides que me debes un favor.

—No lo olvidaré —prometió él caminando hacia su abuelo.

—Candy —comenzó a decir Albert, dándose cuenta por las palabras de su abuelo de su error—, te estaré eternamente agradecido. —Separándose de Léa, se acercó a ella y, cogiéndola de la barbilla para que lo mirara, le susurró sintiendo la frialdad y la tristeza de su mirada—: Pídeme lo que quieras y lo tendrás.

«Dime te quiero…», pensó ella, pero fue incapaz de decirlo.

—Mi señor, os digo como a vuestro hermano —respondió separándose de él—. No lo olvidéis.

—No lo olvidaré —respondió escrutándola con la mirada.

En ese momento, William llamó la atención de su nieto.

—Albert, me gustaría hablar contigo un momento.

No estaba dispuesto a consentir ni un instante más aquel comportamiento. Quería a Candy y estaba presenciando el dolor que su nieto la estaba infligiendo. Nunca creyó las palabras que Eliza le escupió a Candy antes de morir, respecto a que si lady Léa aparecía de nuevo en la vida de Albert ella le alejaría de su lado, pero ahora, estaba comenzando a dudarlo. ¿Albert era tan idiota como para perder a Candy?

—Ahora no, abuelo —respondió observando la verde y fría mirada de su mujer.

—Albert —volvió a insistir. Quería contarle a su nieto las desafortunadas palabras de Eliza—, necesito hablar contigo.

—Deberíais hablar con vuestro abuelo —le animó el padre Gowan intuyendo lo que quería decirle.

—Más tarde —susurró Albert sin mirarlo.

Intentaba adivinar los pensamientos de su mujer, que en esos momentos miraba a Léa con muy mala cara.

—No entiendo cómo el highlander se ha podido casar con semejante salvaje —susurraba Léa en francés a su hermano, que nuevamente la ordenó callar, angustiado por sus palabras—. Es vulgar y sin clase. ¿De dónde la habrá sacado?

Tras un corto pero significativo silencio, William tosió incómodo al comprobar lo enfadada que estaba Candy. En cierto modo, la entendía. Aquella noche, veía alojados en los ojos de ella la rabia, la decepción y el dolor. Sólo con observar a Anny y ver lo nerviosa que estaba ante los comentarios de su hermana, le hacía prever que aquella noche no sería fácil para nadie, en especial para aquella mujercita a la que adoraba.

—He comprobado que has cambiado cosas en el castillo —replicó Albert sentándose de nuevo a la mesa, entendiendo por fin las duras miradas de su abuelo y de su hermano.

—Así es, esposo —asintió Candy, desganada, deseando estrangular a alguien—. Espero que no os desagraden y, si es así, volveré a ordenar que lo pongan como estaba antes.

—Por supuesto que no, y, por favor, Candy, recuerda mi nombre —contestó, mirando ceñudo a Antony y Archie en busca de un poco de ayuda. Pero éstos agacharon la cabeza y continuaron comiendo.

Candy, que se había percatado de aquella súplica en la mirada de su marido, se creció. Sabía que Albert comenzaba a sentirse culpable por su indiferencia, pero ahora era ella la que le iba a hacer pagar el daño en su corazón. Anny, que apenas había probado bocado, sabía por experiencia que Candy no era paciente, de ahí su apodo, y no entendía cómo durante toda la cena había aguantado junto a su marido sin exaltarse. Pero, cuando vio que lanzaba el cuchillo contra la pared, supo que la paciencia de su hermana había llegado a su fin y que, a partir de ese momento, comenzaría su venganza. No tardó en llegar.

—¿Os apetece un poco más de cerveza? —preguntó Candy con amabilidad mientras comenzaba a disfrutar de aquella incomodidad—. ¿O quizá, mi señor, deseáis que os sirva vino?

Albert levantó la mirada hacia ella y vio en sus ojos mucha rabia; por ello, sabedor de lo que podía ocurrir si no se controlaba, le respondió escuetamente:

—Prefiero cerveza.

—¡Perfecto! —Tomó una jarra que en ese momento portaba una de las criadas y, sin ningún tipo de miramiento, la soltó encima de la mesa con tal furia que casi la derramó entera—. ¡Vaya! ¡Qué torpe soy! Disculpad, mi señor.

—¡No pasa nada! —siseó Albert mientras ella limpiaba lo derramado con tal brío que parecía que quería sacar brillo al mantel.

—¿Qué le ocurre a tu hermana? —susurró Archie a Anny, que comenzaba a levantarse al cruzar una mirada de ayuda por parte de Antony.

—Oh…, por Dios —murmuró Léa en francés—. ¡Además de tonta y sin clase, es torpe!

—¿Qué habéis dicho, lady Léa? —gritó Candy con ganas de cogerla por el cuello y ahogarla mientras todos las observaban.

—Ha dicho —respondió Jack al ver que Léa se quedaba callada— que está deseando probar el estofado que hacéis aquí.

Albert, cada vez más extrañado, se percató de la palidez de su mujer y de los cercos oscuros que tenía bajo los ojos. Miró a su abuelo y a su hermano en busca de ayuda, pero éstos ni se movieron.

—¡Edwina! —llamó alegremente Candy a la criada, que rápidamente la miró—. ¿Serías tan amable de traer el estofado? Nuestra invitada está deseando probarlo.

—Creo que esto no va a terminar bien —susurró Anny mientras el vello del cuerpo se le erizaba al ver salir a otra criada con una bandeja llena de estofado.

—¡Aquí está! —sonrió Candy con alegría. Anny se quedó helada cuando vio que Candy, sin previo aviso, cogía la bandeja y la ponía encima de la mesa con el mismo brío que la cerveza. El estofado se derramó encima de lady Léa, que pegó un chillido horrorizado al verse cubierta por trozos de carne y salsa.

William, el padre Gowan e incluso Antony hicieron grandes esfuerzos por no reír.

—¡Oh…, qué torpe soy! —murmuró Candy con fingida inocencia tapándose la boca para que nadie la viera sonreír. Dando un golpe a uno de los vasos de la mesa, hizo que varios vasos más cayeran, empapando de cerveza, vino y agua a Albert e incluso a Robert de Bruce—. ¡Disculpadme, lady Léa!

—¡Renard! —masculló rabiosa Léa, entendiendo rápidamente Candy que la había llamado «zorra» en francés. Clavándole los ojos con rabia, dijo saliendo rápidamente del salón—: Iré a cambiarme de vestido.

—Te acompañaré —se ofreció Jack, intuyendo la vergüenza y la rabia de su hermana en aquel momento.

—¡Por todos los santos! —rugió Albert, mientras todos la observaban atónitos conteniendo sus sonrisas y Anny se llenaba la jarra de cerveza.

La indignación de Candy parecía no tener fondo. Tras cruzar una breve pero significativa mirada con Robert de Bruce, que al igual que ella había oído y entendido el insulto, comprobó cómo tenía curvada hacia arriba la comisura izquierda del labio mientras bebía de su vaso. Con fingida preocupación comenzó a limpiar las manchas que habían caído sobre la camisa de su marido.

—¡Oh, qué torpe soy! —repitió—. Os vuelvo a pedir disculpas, mi señor. —Mirándole con ojos implorantes, dijo—: Ahora mismo indicaré al servicio que laven con mimo el vestido de lady Léa, mi señor.

—¡Candy! —dijo Albert—. ¿Serías tan amable de dejar de llamarme así, y utilizar mi nombre?

—Por supuesto —asintió con una falsa sonrisa. Al ver que una de las criadas entraba con otra bandeja de comida, dijo mientras Anny casi se ahoga y Albert se levantaba rápidamente de la mesa—: ¿Os apetece un poco de carne, Albert?

—¡No! —bramó enfurecido. Oyendo las risas de los demás, preguntó—: ¿Qué os parece tan gracioso?

—Nada, hijo —contestó William dejando de reír, mientras Robert de Bruce y el resto bebían de sus copas para disimular—. Siéntate y termina de cenar.

Pero Albert estaba molesto y enfadado. Muy enfadado.

—Iré a cambiarme de ropa.

—¿En serio no deseáis un poco más de venado? —preguntó Candy al ver que su marido se alejaba hacia las escaleras—. Susan lo hizo con mucho cariño para vos, señor. ¿De verdad que no os apetece un poquito?

—Psss… ¡Cállate, Candy! —gruñó Anny tirándole una servilleta.

La paciencia de Albert llegó a su límite. Se volvió hacia ella, que le miraba con todo el descaro del mundo. La agarró con fuerza de la mano, tiró de ella sin ninguna cortesía y, ante la perpleja mirada de todos, se la llevó tras la arcada del salón.

—¡Por todos los santos! —susurró William al verles salir, secándose el sudor de la frente.

—Esa muchacha no teme el peligro —comentó el padre Gowan llenándose una nueva copa de vino para templar sus nervios.

Archie y Antony se miraban divertidos mientras bebían cerveza.

—A excepción del triste episodio que hemos vivido, ésta ha sido la cena más divertida que he tenido en mi vida —se carcajeaba Robert de Bruce, incrédulo por ver cómo aquella muchacha conseguía alterar a su amigo Albert —. Además, por la reacción de Candy, confieso que piensa de lady Léa lo mismo que mi mujer, Elizabeth.

—Dejadme deciros, señor —señaló William con el dedo—, que esa francesa no es una mujer de fiar. El día que supe que mi nieto había acabado su relación con ella, fue uno de los más felices de mi vida.

—¡Oh, Dios mío! —Anny se daba aire con una servilleta, mientras Archie y Antony se carcajeaban—. Ese temperamento de mi hermana siempre le ha traído problemas.

—Tranquila, Anny —rio Antony mientras Archie asentía—. A mi hermano le gusta que ella sea así. Si no, nunca se habría casado con ella.

CONTINUARA