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Capítulo 39
A la hora de la comida, los hombres regresaron de su encuentro con George. Mientras comían, informaron a lady Léa de que, hasta que el temporal no amainara, la barcaza no podría arriesgarse a llegar hasta Brodick. Candy torció el gesto. Deseaba con todas sus fuerzas que la francesa desapareciera de sus vidas, pero parecía que el tiempo no se ponía a su favor.
Después de comer, Anny y Léa se fueron a sus habitaciones a descansar un poco, mientras los hombres continuaban charlando en el comedor. Candy, por su parte, bajó a las cocinas para preguntar a Fiorna por el estado de sus hijos. Con una sonrisa, ella le indicó que el aliso negro había limpiado la cabeza del pequeño de liendres y que la avellana de bruja había aliviado la inflamación y el dolor al otro. Contenta por aquello, subió al salón, que en ese momento se había quedado vacío. Con tranquilidad, fue hasta la gran chimenea y se sentó en uno de los sillones.
-¿Qué os hace fruncir el ceño de esa manera? -dijo una voz tras ella. Era Robert de Bruce.
-Oh, señor -sonrió levantándose mientras él le indicaba con la mano que permaneciera en su asiento, situándose él en el sillón de enfrente-. Estoy cansada, sólo es eso.
-Siento que mi visita esté ocasionando más problemas de los que debería.
-No os preocupéis -suspiró con una sonrisa al entenderle-, no pasa nada.
Robert sonrió e indicó:
-Lady Léa puede llegar a ser una auténtica tortura y una gran molestia.
-No os lo voy a negar -sonrió con complicidad-. ¿La acompañaréis también en la barcaza?
-Sí -asintió con una media sonrisa-. Necesito asegurarme de que abandona Escocia. No quisiera volver a tener problemas con Elizabeth por culpa de ella. En este tiempo, ya he tenido bastantes. -Clavándole la mirada, dijo con una sonrisa-: Quiero que sepáis que anoche admiré vuestro control.
-¿Por qué decís eso? -sonrió al recordar aquello escuchando los truenos que rugían en el exterior.
-Porque me di cuenta de que vos entendíais todo lo que ella decía en francés, al igual que observé cómo ella intentó por todos los medios engatusar a Albert para no marcharse de Escocia.
-¡Si no os la lleváis vos, me encargaré personalmente de llevarla yo! -dijo Candy haciéndole reír.
-Albert es un hombre muy inteligente y no creo que cometiera el terrible error de apartaros a vos de su lado para que esa arpía francesa entrara de nuevo en su vida y se la destrozara.
Candy suspiró aliviada y dijo:
-Vos habéis estado con ella sabiendo perfectamente el tipo de mujer que es.
-Soy un hombre -asintió recostándose en el sillón-, pero siempre le dejé claro por qué estaba con ella. Léa es fría, egoísta y tremendamente ambiciosa. Y una vez que fue liberada mi mujer, Elizabeth, ella no tenía lugar a mi lado. Sé que quizás es lo más egoísta que habéis escuchado en vuestra vida, pero yo nunca la engañé. Siempre le dejé claro lo que pasaría si mi mujer volvía.
-Entiendo lo que decís, señor -comentó Candy.
En ese momento, su marido entró junto a Tom y Ewen. Albert, al percatarse de que estaban solos, se acercó rápidamente a Candy para darle un posesivo beso en los labios, cosa que hizo sonreír a Robert. Candy miró a Ewen y le preguntó:
-Ewen, ¿dónde está Jimmy?
-No lo sé, milady -respondió el gigante-. Hoy no le he visto en todo el día.
-Estará jugando por algún lado -añadió Albert recordando que tenía que hablar con el muchacho para pedirle perdón-. Con el día que hace hoy, no creo que le apetezca salir del castillo. -Tomando el pelo de su mujer, que lo llevaba suelto, dijo a Robert-: ¿Habéis visto cómo era cierto lo que os decía?
-Sí, amigo -sonrió al mirar la melena de Candy-. Tenéis toda la razón.
-¿De qué habláis? -preguntó ella al ver que los dos observaban su cabello.
-Cuando vuestro marido -comenzó a decir Robert ante la risa de Albert- llegó a la reunión y me contó que se había casado con vos, yo le pregunté: «¿Qué tiene esa mujer para que me habléis de ella con tanto ardor?». Y él me respondió: «Además de otras muchas cosas, tiene el mismo color de pelo que mi caballo».
-¡Albert! -rio ella incrédula de que aquella broma entre ellos hubiera llegado hasta los oídos del rey-. ¿Cómo puedes decir eso de mí?
-Es la verdad, esposa -sonrió al ver entrar a Archie, William y Antony empapados por la lluvia-. Tu cabello es algo que sabes que me apasiona. Aparte de Dark, no he conocido a nadie más con ese color dorado.
-Oh..., ¡qué horror! -rio ella junto a los hombres-. ¡Compararme con un caballo! -Miró a los recién llegados y preguntó-: ¿Habéis visto a Jimmy?
Al obtener de nuevo una respuesta negativa, extrañada, decidió preguntar a Fiorna. Despidiéndose de los hombres, bajó a las cocinas. Allí estaba el padre Gowan con Susan, quienes le dijeron que tampoco le habían visto, y comenzó a preocuparse. Fue a su habitación y, tras comprobar que allí tampoco estaba, buscó por varios sitios más del castillo. Pero no había rastro de Jimmy.
-Milady, ¿qué os pasa? -preguntó Dorothy al cruzarse con ella.
-¡Dorothy! ¿Has visto a Jimmy?
-No, la verdad es que hoy no le he visto en todo el día. Ni a él, ni a su perro -respondió y vio cómo Candy comenzaba a respirar con dificultad.
Tomó una capa, se la echó por encima y corrió, seguida por Dorothy, hasta los establos. Allí comprobó que lord Draco no estaba y que Stoirm se mostraba inquieto.
-¡Oh, Dios mío! -gimió al notar que el aire le faltaba.
-No os pongáis nerviosa, milady -dijo Dorothy-. Seguro que estará jugando en algún lugar.
Pero no encontrar a Jimmy, a lord Draco y a Klon la puso en alerta.
Como una tromba, entró por la arcada principal del castillo atrayendo la mirada de los hombres. Subió las escaleras de dos en dos y entró de nuevo en la habitación de Jimmy. Al comprobar que faltaban algunas ropas, se dio cuenta de que su hermano se había marchado.
Desencajada, regresó al salón.
-¡Albert! -gritó pálida y temblorosa mientras Dorothy la agarraba-. ¡Jimmy se ha marchado!
-¿Qué dices? -preguntó atónito mientras Ewen, William y el resto de los hombres se levantaban rápidamente.
-Hemos mirado por todo el castillo, señor -informó Dorothy-, y en los establos tampoco está lord Draco, ni Klon, su perro. Nadie le ha visto y falta algo de ropa en su habitación.
-¿Cómo que se ha marchado? -susurró Antony acercándose a ella, al tiempo que el padre Gowan entraba en el comedor-. ¿Cuándo? ¿Dónde?
-No lo sé -respondió Candy soltándose de la mano de Dorothy, desesperada al ver el temporal de lluvia y frío que arreciaba fuera del castillo-. Anoche estaba muy raro.
-¿Qué pasa? -preguntó Anny al entrar.
-Anny -respondió Archie-, no te preocupes, tesoro, pero parece que Jimmy se ha marchado.
-¡¿Cómo que se ha marchado?! -gritó William.
-Tranquilo, abuelo -señaló Antony acercándose a él-. El muchacho seguro que aparece.
-Rezaré para que así sea -murmuró el padre Gowan al ver que Candy temblaba como una hoja.
-Oh, Dios mío -gimió Candy mientras andaba de un lado para otro sin dejar que Albert ni nadie la tocara, mientras repasaba una y otra vez la conversación de la noche anterior, cuando le dijo que la quería y que albert nunca más se volvería a enfadar con él.
-Seguro que es alguna de sus travesuras -dijo Anny quitándole importancia-. Ya veréis como esta noche, en cuanto tenga hambre, aparece.
-¡Parece mentira que seas mi hermana y la de Jimmy! -bramó Candy, colérica por su frialdad-. ¿No te das cuenta del frío que hace? Aunque fuera una travesura, nuestro hermano pequeño está por ahí, desde no sé cuándo, y no sabemos si se encuentra bien.
Anny la miró, pero no respondió.
-Tranquilízate, hija -susurró William, intranquilo.
-¡Por todos los santos! -gritó lady Léa, que en ese momento entraba en el salón, pavoneándose con una falsa sonrisa que retorció aún más el estado de ánimo de Candy. Sonriendo a Albert con sensualidad, preguntó-: ¿Quién está aullando como un animal?
Aquello pudo con su paciencia.
-¡Ahora no! -exclamó Candy. Antes de que nadie pudiera hacer nada, fue directa hasta ella y, tras soltarle un puñetazo en toda la cara que la tiró hacia atrás, gritó entre otras muchas palabrotas-: ¡Qué te jodan, maldita francesa de mierda!
Algunos hombres se agacharon a ayudar a la atontada mujer. Entre ellos Albert.
-Muy bien hecho, hija -asintió William, ganándose una sonrisa de Antony.
-¡Por san Ninian! -susurró Robert de Bruce, impresionado. Mirando a Miller, le ordenó-: Que todos nuestros hombres comiencen a buscar al muchacho.
-¡Léa! -gritó Jack, quien había visto caer a su hermana.
-Disculpad a mi hermana -gimió Anny mirando a Robert de Bruce, que las observaba con curiosidad-. Estoy convencida de que no sabía lo que hacía.
-Yo creo que sí -respondió el rey manteniendo la compostura, mientras intentaba no reír ante lo que acababa de ver-. No os preocupéis, lo importante ahora es encontrar a vuestro hermano.
-¡Ven aquí, fierecilla! -sujetó Antony a su cuñada mientras Archie y Albert levantaban a lady Léa, que sangraba por la nariz-. Otro día me enseñarás a dar ese puñetazo, pero ahora tranquilízate, por favor.
-Dorothy -gritó William, preocupado por ver a Candy así-, dile a Susan que prepare una infusión relajante.
-Ahora mismo, señor -respondió ella, y rápidamente salió del salón.
-Tranquilízate, le encontraremos. -Albert acudió a ella tras dejar a Léa a cargo de Archie y Jack, que no entendía qué hacía su hermana sangrando-. En un día como el de hoy no puede haber ido muy lejos.
-¿Y si se fue anoche? -gritó Candy soltándose de los brazos de su marido.
-Lo encontraremos igualmente -respondió preocupado. Nunca había visto a su mujer en aquel estado-. Anny, quédate con Candy mientras salimos en busca de Jimmy.
-No me quedaré aquí -murmuró Candy al ver salir a Antony y a Ewen-. Saldré a buscar a Jimmy.
-¡Sabía que diría eso! -respondió Anny poniendo los ojos en blanco, ganándose una fuerte reprimenda.
-¡Estarás contenta! -gritó Candy señalándola con el dedo-. Que sepas que si algo le pasa a Jimmy, será también culpa tuya. Nos espiaba ayer cuando subiste a mi habitación Y te oyó decir que era un niño malcriado, y que estabas harta de su comportamiento. Él es un niño, Anny, y no entendió esa parte en la que decías que él y yo terminaríamos viviendo en una humilde cabaña cuando Albert se cansara de nosotros.
Al escuchar aquello, todos las miraron, en especial Albert que, enfurecido, clavó su mirada más oscura en Anny.
-Eso lo dices para hacerme daño -gritó ella llorando al ver cómo su cuñado la miraba.
-Oh, no... -repuso Candy-. No te lo digo para hacerte daño. Te lo digo para que, cuando lo veas, hables con él y le hagas saber que le quieres, porque está convencido de que no le quieres absolutamente nada.
-Venga -dijo Albert mediando entre ellas-, no os digáis cosas de las que luego os podáis arrepentir.
-Yo voy con vosotros -insistió Candy mirándole.
-Cariño, es mejor que te quedes aquí -repitió Albert al tiempo que Dorothy entraba corriendo con un vaso en las manos.
-¡Y yo he dicho que no! -gritó encarándose a él-. Es mi hermano y quiero salir a buscarle.
-Tómate esto, hija -dijo William, que señaló el vaso que Dorothy le acercaba.
-Bebedlo, milady -suspiró el padre Gowan.
-¡Voy a salir a buscar a mi hermano! -gritó a su marido sin importarle quién estuviera delante-. Y ni tú ni nadie me lo impedirá.
-Escúchame, mujer -dijo Albert entornando los ojos para indicar que su paciencia se había acabado-. Si es necesario, te encerraré en la habitación. ¡Pero tú no saldrás ahí afuera con el frío que hace!
-Milady -suplicó Dorothy mirándola a los ojos-, tomaos esto. Os relajará.
Candy cogió el vaso con furia y se lo tomó, casi abrasándose la garganta. Devolviendo el vaso vacío a Dorothy, miró a su marido y dijo:
-De acuerdo. Esperaré aquí. Pero como no traigas a Jimmy antes de que anochezca, saldré yo en su busca.
-Antes de que anochezca ya estará aquí -aseguró Albert, y dándole un posesivo beso en los labios se dio la vuelta seguido por los hombres.
La tarde se hizo interminable. William, que se había quedado junto a ellas y el padre Gowan, paseaba inquieto de un lado para otro sin quitar la vista de Candy, temiendo que intentara jugársela. Lady Léa no apareció por el salón en toda la tarde.
Entre Candy y Anny se había creado una muralla de indiferencia que parecía imposible, cuando no hacía mucho ambas compartían confidencias y risas. Con el rostro ensombrecido por la ira, Candy miraba al exterior. Interminables y frías gotas de agua golpeaban contra los cristales de las ventanas. Un trueno hizo que todas las piedras del castillo temblaran. La tarde pasaba sin noticias de Jimmy. Cuando la noche llegó, entraron en el salón Antony y Albert junto a Archie y Robert, empapados y muertos de frío. Candy clavó la mirada en su marido.
-¡Dijiste que lo traerías de vuelta!
-Lo he intentado y lo seguiré intentando -susurró Albert agachándose junto a ella.
Tocando con su mano helada el rostro de su mujer, se sintió como un inútil.
Los hombres se miraron entre sí incómodos por no haber encontrado al niño. Lo habían buscado por todas partes, pero no encontraron ni rastro de él.
-¡Oh, Dios mío! -sollozó Anny sintiendo la angustia de su hermana y, mirando a su marido, le gritó-: ¡Quiero que encuentres a Jimmy! ¡Ya!
-Lo estamos buscando, tesoro -respondió cabizbajo.
-Tranquila, lady Annie -dijo el padre Gowan cogiéndole las manos-. Jimmy aparecerá. Tened fe.
-Tenemos a más de doscientos hombres fuera buscándolo -informó Robert-. No dudéis que lo encontraremos.
-Aparecerá -prometió Albert a su mujer-. No puede haber ido tan lejos.
-Muy bien -dijo Candy levantándose y dejándoles a todos boquiabiertos-. Tendré que salir a buscarle yo.
-¡Por todos los santos, mujer! -bramó Albert-. ¿No entiendes que siguen buscándolo y que no pararemos hasta encontrarlo? ¡Danos tiempo!
-No hay tiempo -gritó Anny, mortificada por las palabras que anteriormente le había dicho Candy-. Jimmy está ahí afuera, hace frío y está lloviendo.
-Anny, tesoro -dijo Archie acercándose a ella, intranquilo por su estado-. Debes tener paciencia.
-Pero ¿cómo quieres que tenga paciencia sabiendo que mi hermano pequeño está ahí afuera?
Candy, destrozada y confusa, casi no podía ni hablar.
-¡Acompáñame! -dijo Albert cogiendo por la muñeca a su mujer, que sin protestar se dejó llevar. Una vez que llegaron a la habitación, él cerró la puerta y la atrajo hacia sus brazos-. Cariño, no te preocupes. Te prometo que lo voy a encontrar. No voy a parar hasta traer a ese pequeño diablillo de vuelta a casa.
-Creo... que voy a vomitar. -Dándole tiempo a llegar hasta la palangana, vomitó echando únicamente bilis.
Aquello preocupó a Albert. Se la veía pálida y ojerosa.
-Tienes mala cara. ¿Por qué no te echas un rato e intentas descansar? -dijo consiguiendo echarla en la cama sin que protestara-. Descansa, mi amor, yo te traeré a Jimmy.
Sin apenas hablar, vio cómo él desaparecía tras la arcada.
Vomitó de nuevo. Destrozada por los retortijones que sentía, se echó en la cama. La habitación le daba vueltas; así que cerró los ojos hasta que consiguió dormirse.
CONTINUARA
