.

.

Capítulo 42

Tras una agotadora galopada, cuando el sol comenzó a aparecer, Candy llegó a la pequeña aldea que James le había indicado. Los aldeanos observaron a un jinete en su caballo y, sin prestarle demasiada atención, sólo pensaron que era un joven que pasaba por allí. Con los nervios a flor de piel y al sentir que el aliento le faltaba por saber si Jimmy estaba allí, al bajarse de Stoirm entró sin llamar en la casa señalada por James.

—Buenos días —saludó con voz grave, sin quitarse la capucha, para hacerse pasar por un hombre—. Busco a Caleb Wallace.

—¿Quién le busca? —preguntó un pelirrojo que afilaba una espada.

—Un familiar de Jimmy White —respondió y vio cómo el hombre miraba al fondo de la habitación a modo de advertencia.

—Yo soy Caleb Wallace —dijo el pelirrojo, que dejó la espada sobre la mesa—. ¿Qué queréis de mí?

—Esto —dijo tendiéndole el mapa que James le había dado.

Echándose la capucha hacia atrás, vio cómo el pelirrojo cambiaba su expresión al descubrir que se trataba de una mujer—. Soy Candy McArdley. Mejor dicho, soy andy White, amiga de James. Él me dijo que si alguna vez quería encontrarlo, sólo tenía que venir hasta aquí.

—¡Gracias a Dios! —sonrió el pelirrojo—. Os estábamos esperando.

En ese momento, la risa de Jimmy llegó hasta los oídos de Candy, que con lágrimas en los ojos se agachó a recibir a su hermano, quien con los brazos abiertos corría hacia ella.

—Has venido, Candy —sonrió abrazándola—. Sabía que tú me encontrarías.

Klon, el perro, corrió a saludarla.

—No vuelvas a irte a ningún lado sin decírmelo antes —le regañó Candy apretándole contra su cuerpo—. ¿De acuerdo, tesoro?

—Vale —asintió el niño—. No lo volveré a hacer. Sabía que me encontrarías, por eso te mencioné a James en nuestra última conversación. —Sacando un pequeño mapa parecido al de ella, dijo con una sonrisa que la desarmó—: Lord Draco y yo llegamos sin ninguna dificultad. Caleb, al ver que llegaba solo, decidió esperar un par de días por si alguien venía tras de mí.

—Gracias, Caleb —asintió con una sonrisa Candy asiendo con fuerza la mano de su hermano.

—Me extrañó que un niño tan pequeño no viniera acompañado de un adulto —sonrió al responder, mientras observaba lo bonita que era aquella muchacha rubia—. La última vez que hablé con James, me pidió que, si alguna vez una mujer y un niño acudían a mí, yo les ayudase.

—¿Cuándo visteis a James? —preguntó con curiosidad Candy.

—Antes de las fuertes nevadas, milady. Nos conocemos desde hace tiempo. Aunque no nos veamos muy a menudo, sabemos que tenemos un amigo para lo que necesitemos. Hace un tiempo recibí una nota de su parte: me necesitaba para solucionar unos problemas con referencia a su hermano. Fui en su ayuda. Entonces me mencionó que si alguno aparecíais por aquí, debía ayudaros y llevaros hasta él.

Candy suspiró y sonrió. Había encontrado a Jimmy. No quería pensar en nada más.

—Entonces, ¿adónde debemos dirigirnos?

—Os llevaré cerca de Aberdeen —respondió el pelirrojo. Al ver la cara de Candy, que parecía cansada por las oscuras bolsas que tenía bajo los ojos, señaló—: Creo que deberíais descansar esta noche. Mañana saldremos al amanecer.

—No —negó ella rápidamente. Quería poner la máxima tierra entre Albert y ellos. Temía que la encontrara y nuevamente le creyera—. Prefiero que marchemos cuanto antes. Pero necesito que le hagáis llegar una misiva a mi hermana Anny indicándole que encontré a Jimmy.

El pelirrojo asintió.

—¿Adónde queréis enviarla?

—Ella está ahora en Eilean Donan, pero allí va a ser difícil entregarla. Lo mejor será llevarla al castillo de Urquhart.

—No os preocupéis, milady —asintió Caleb entregándole un trozo de papel—. Mañana mismo esa nota estará en el castillo. Nos aseguraremos de que el servicio la encuentre y se la hagan llegar cuanto antes a su hermana.

—Gracias —dijo y escribió «Jimmy está conmigo. Te queremos». Lo dobló y se lo entregó.

—Iré a darle vuestra nota a uno de los hombres —señaló el pelirrojo. Dándose la vuelta para recoger sus cosas, añadió—: A mi regreso, saldremos hacia Aberdeen.

Al quedar solos, Jimmy la miró.

—¿Dónde está tu pelo? —preguntó con curiosidad—. ¿Tuviste que cortártelo por las liendres?

Candy sonrió.

—No, tesoro. Me lo corté porque estaba cansada de tenerlo tan largo.

—Estás más guapa ahora —dijo poniéndole tras la oreja un mechón dorado que caía sobre su cara—. Seguro que si Albert te viera ahora, se enamoraría otra vez de ti.

Aquello le pellizcó el corazón, aunque su mente le contestó: «Si antes no se enamoró de mí, ahora menos todavía». Pero con una sonrisa ayudó a su hermano a ponerse la ropa de abrigo antes de salir de nuevo al gélido clima de las Highlands.

Varios días después, tras mucha lluvia y mucho frío, llegaron a una gran casa, donde sus gentes sólo vieron entrar a dos hombres y un chiquillo. Caleb, que caminaba delante, fue el primero en entrar en el salón. James escribía sentado a una mesa.

—¿Tendrías un poco de cerveza para un amigo? —dijo Caleb sorprendiéndole.

—¡Caleb! Bienvenido a tu casa —rio James al verlo. Su sonrisa se congeló al descubrir tras él a Candy y al pequeño—. ¡Por todos los santos!

Pasado el primer momento de confusión, James abrazó a Jimmy, que se apresuró a contarle cómo había llegado hasta Caleb él solo. Después, James le pidió a su amigo que se llevara al niño a las cocinas a tomar un buen trozo de pastel.

—Ven aquí, Candy —susurró James.

Ella, sin poder contener más su pena, su angustia y su cansancio, se echó en sus brazos para llorar desconsoladamente. Una vez que descargó su tristeza ante un James que la consoló con cariño, consiguió dejar de llorar.

—No consigo entender lo que me cuentas —dijo James al conocer lo ocurrido—. ¿Cómo va a preferir Albert vivir con una mujer como Léa antes que contigo? Ella le utilizó para llegar hasta la cama de Robert de Bruce.

—Créeme —asintió limpiándose las lágrimas—, porque así es. La quiere a ella, siempre la ha querido y yo ya no tengo lugar ni en su vida ni en su casa. ¿Por qué quedarme allí? ¿Acaso debo esperar a que me humille ante todo el mundo?

A James le resultaba difícil entender aquello.

—Candy, es posible que estés equivocada —replicó sintiéndose afectado al verla tan hundida y vulnerable—. La última vez que hablé con él, Albert admitió que conocerte había sido lo mejor que le había pasado.

Escuchar aquello hizo que Candy comenzara de nuevo a llorar.

—Pues siento decirte que te mintió también a ti —aseguró—. James, por favor. Necesito que me escondas. Quedan tres meses para que se cumpla el plazo de nuestro handfasting. Una vez que pase ese tiempo, quiero volver a Dunstaffnage. Necesito olvidarme de él, tanto como él de mí.

—¿Estás segura? —preguntó preocupado al ver la falta de vitalidad en sus ojos—. Creo que deberías hablar con él, podemos mandarle una misiva indicándole que te encuentras aquí. Seguro que Albert está buscándote desesperado.

—¡No quiero que lo avises! —chilló comenzando a llorar—. Si he venido es porque una vez me dijiste que tenía en ti a un amigo para lo que necesitara. Si no es así, de nada sirve que continúe en tu casa.

Incapaz de negarle ayuda, James decidió protegerla, convencido de que cuando Albert o cualquier McArdley se enterase, aquello le traería más de un problema.

—De acuerdo, Candy. Te ayudaré —asintió tomándola de la mano—. Cuando anochezca, te llevaré a un lugar muy tranquilo donde nadie te encontrará. Pero, pasados esos tres meses, prométeme que volverás a Dunstaffnage. No puedes vivir toda tu vida escondida.

—Te lo prometo, pero ahora… ¡quiero olvidarme de él! —gimió y comenzó de nuevo a llorar, haciendo sentir a James como un tonto. No sabía qué hacer para que aquellos lloros e hipos acabaran—. ¡Necesito olvidarme de él! ¡Le odio!

—Tranquila, Candy —susurró abrazándola con ternura mientras dudaba de que realmente Albert se quisiera olvidar también de ella.

CONTINUARA