Capítulo 38
Ezio abrió los ojos lentamente mientras se giraba en el lecho, pensando en abrazar el cuerpo de su esposa para seguir durmiendo al comprobar que aún era de noche, pero aquello no pasó.
El hombre se incorporó con velocidad en la cama ante el vacío hallado a su lado, vistiéndose y tomando la vela de la mesa cercana, al levantarse con un mal presentimiento. Casi corriendo emprendió la marcha fuera del dormitorio, bajando la escalera del palacio para llegar al cuarto que Nuray estaba ocupando desde hacía días.
Tal y como aquella sensación interna le advertía, estaba vacío. Ezio volvió a subir de nuevo hasta su alcoba, tratando de pensar en qué podría haber hecho la turca si no sabía nada concreto. Caminando por el dormitorio en penumbra, el italiano se detuvo al darse cuenta de que, sobre el mueble frente a la cama, ya no reposaba la carta de Maquiavelo.
-No, no, no… -Susurró veloz mientras la observaba abierta sobre la mesilla de noche contraria a su lado al dormir.
Ezio entendió todo rápidamente, y sin pensarlo volvió a salir del cuarto hacia el de su hermana, entrando a bocajarro.
-Claudia, ¡Claudia, despierta! -Susurró a su lado, tratando de que su sobrina no se alterase.
La castaña se sobresaltó un segundo, pero al observar su perturbación se desperezó rápido, hablando en un murmullo mientras se cubría con la manta.
-¿Qué ocurre, Ezio?
-Nuray se ha enterado de lo de Génova. Se ha ido, Claudia. No está en casa. Me marcho ahora mismo para intentar detenerla antes de que pueda pasar algo.
-Iremos los dos, como acordamos. Ezio, es muy probable que ya no consigamos dar con ella hasta Génova. Sabe que la seguiremos y…
-Lo sé, por eso hay que ponerse en marcha ya. Voy a despertar a Laura y vestirme. Te esperaré abajo.
La castaña asintió mientras lo observaba salir raudo del cuarto, y no pudo sino suspirar para rebajar su temor y nerviosismo. Ella debía ser la fuerte en aquellos momentos, porque Ezio no podría mantener la mente fría.
Nuray detuvo el caballo en la posada de aquel pueblo, ya muy cerca de Génova. Había caído la noche y estaba empapada por la lluvia, aparte de exhausta tras tantos días de camino a toda prisa, sin apenas parar.
La turca se adentró en el lugar sin desencapucharse, observando con discreción a las pocas personas en el pequeño lugar a aquellas horas de la noche. Borrachos en su mayoría. Se acercó a la barra y habló cuando la tabernera fijó sus ojos oscuros en ella sin simpatías.
-¿Qué puedes ofrecerme por esto? -Dijo la morena mientras desparramaba las pocas monedas que le quedaban sobre la sucia barra. Casi todo su presupuesto había sido gastado en caballos para parar lo mínimo.
-Puedo darte una buena cena, o una habitación para esta noche y algo de caldo del mediodía.
-Con la habitación será suficiente, gracias.
-La segunda puerta al subir las escaleras. -Agregó toscamente la mujer, dejando las llaves sobre la desgastada madera. Nuray las cogió y fue directa hacia el lugar indicado, bajando la mirada al cruzar el local.
El habitáculo era tal y como esperaba; pequeño, con una sola ventana frente a una cama y mesilla. Al menos la mujer se contentó al ver que las sábanas y manta no estaban sucias, y parecía que incluso libre de parásitos.
Sin darle más vueltas al asunto, la turca se quitó la gruesa capa, colgándola del gancho de la puerta, para después hacerlo mismo con su cinturón. No obstante, tras colgarlo, tomó de él uno de sus cuchillos que metió bajo la almohada antes de continuar deshaciéndose de lo que la molestaba para dormir.
Nuray despertó de su ligero estado de sueño cuando la puerta se abrió suavemente, y pudo escuchar unas pisadas adentrarse en el cuarto. Aquello hizo que rápidamente y sin apenas moverse, agarrara el mango de su cuchillo, escondido bajo la almohada, esperando el momento propicio.
Al sentir la proximidad del extraño muy cerca, ella actuó primero, girándose en un movimiento ágil mientras rasgaba bajo el cuello del intruso, quien no pudo reprimir un grito de dolor.
Al instante la mujer salió de la cama, y se abalanzó sobre el herido para terminar de rematarlo, pero se sorprendió cuando el hombre se revolvió y lanzó un puñetazo contra su cara.
Nuray se obligó a reponerse veloz, aunque no lo fue lo suficiente cuando su agresor corrió para intentar estrangularla con sus propias manos, apretando con saña sobre su tráquea hasta que la morena fue capaz de darle un cabezazo y liberarse.
Aprovechando los valiosos segundos que la agonía del enemigo le brindó, la asesina cogió su cinturón y corrió lejos del cuarto, descendiendo por la escalera mientras se ceñía el objeto a la cintura. Antes de entrar en la sala principal de la taberna y abandonar el último escalón, alguien la interceptó con un brusco placaje que la derribó.
El nuevo cuchillo que había sacado de su cinto cayó lejos de su posición, y la morena no pudo evitar que aquel hombre pronto se posicionara encima, y tratara de apuñalar su garganta para matarla. Nuray sabía que no tendría la fuerza necesaria, con lo que buscó la alternativa más factible de inmediato, dirigiendo las manos del extraño hacia un lado con un movimiento violento, pudiendo entonces acercarlo a ella y morderlo en la oreja.
Nuray se puso en pie mientras escupía con asco el trozo de carne arrancado y la sangre del hombre, corriendo a recuperar su arma para salir de allí, escuchando que el enemigo del cuarto bajaba por las escaleras.
Sin saber hacia dónde dirigirse para despistarlo, corrió hacia los bosques, en dirección contraria a Génova, pero maldijo cuando encontró que un hombre a caballo apostado no muy lejos de la taberna, puso rumbo hacia ella al verla.
A pesar de correr con todas sus fuerzas, el hombre alcanzó pronto a la asesina, quien encaró al enemigo al saber lo cerca que ya estaba, lanzándole uno de sus cuchillos arrojadizos, pero rebotó gracias a su armadura. Un segundo después su espada cortó el aire frío de la madrugada, pero sólo rozó el torso Nuray al apartarse veloz y sacar un nuevo cuchillo arrojadizo.
El hombre saltó del caballo con gran premura para esquivarlo, abandonando la espada para caer bien, abalanzándose contra la mujer para derribarla.
Ambos se golpearon mutuamente hasta que el extraño le arrebató un cuchillo a la turca tras un fuerte golpe, aprovechando los segundos de recuperación para apuñalarla casi a la altura del ombligo, extrayendo rápido el puñal para hacer lo mismo en su garganta, pero el hombre se asustó cuando una flecha prácticamente lo rozó.
No tuvo tiempo de ponerse en pie, cuando alguien a caballo le dio un espadazo en la cara, matándolo en el acto. El galope del animal cesó, y varias pisadas se escucharon correr hacia la turca, quien apenas era capaz de presionar sobre su herida.
-¡Alonso, trae el caballo! Nuray, tranquila. Estamos aquí.
-¿Alba? -Susurró con sorpresa al ver a la líder de los asesinos valencianos. La morena de nariz aguileña sonrió levemente mientras trataba de taponar su herida con parte de su capa.
-Eso es; llegamos a Génova hace dos días. Tiempo récord, pero los valencianos somos marineros de primera. Maquiavelo y Rosa también están ya aquí. Vamos a levantarte para subirte al caballo, Nuray.
La española y su compañero Alonso irguieron a la asesina para poder montarla en el animal con Alba, quien secamente se despidió del hombre rubio para cabalgar con velocidad hacia el lugar donde se escondían a las afueras Génova. Enseguida en su cabeza empezaron a formarse cientos de preguntas sobre qué haría allí Nuray sola, y qué habría estado pasando para que los templarios hubieran estado siguiéndola.
