CAPÍTULO 48
Ofrenda
El cielo era tan gris como el momento en que comprendes que nunca podrás volver a casa.
Anais caminaba sobre un agua tan calmada que parecía piedra pulida, cristal, hielo bajo sus pies descalzos y ardientes. Se extendía hasta donde alcanzaba la vista, lisa e interminable. Su madre caminaba a su izquierda. Hermosa y terrible. Pero, aunque lo intentaba, él no le permitía cogerle la mano. Estaba enfadado con ella, claro. Por entrometida y manipuladora. Aunque su visita a los sueños del pequeño imperator había demostrado ser la espuela que pincharía la piel de la elegida, que la haría abrazar el destino que le pertenecía, él era muy consciente de lo mucho que podría haberse torcido todo. Y de la ofrenda que se había entregado a cambio de su renacimiento.
En vez de la mano de Anais, su madre llevaba su balanza y guantes negros hasta los codos, que goteaban en la eternidad a sus pies como sangre manando de una muñeca rajada. El vestido de Niah también era negro, enhebrado con mil millones de diminutos puntitos de luz. Tenía los ojos tan negros como lo había sido su prisión, y su sonrisa era una venganza ancha como mil años.
Al otro lado del infinito gris, él las esperaba.
«Padre».
Iba vestido todo de blanco y era alto como las montañas. Pero Aa no refulgía tanto como recordaba Anais. Sus tres ojos, rojo y amarillo y azul, estaban cerrados. Su resplandor había menguado.
La oscuridad ondeaba como un mar crecido en torno a ellos y su madre se alzaba tras sus hombros, negra como los cielos de la veroscuridad resplandecientes bajo los gabletes del firmamento.
Las hermanas de la Luna esperaban también junto a su padre.
Tsana envuelta en llamas y Trelene cubierta de olas y Nalipse con solo el viento encima y Keph durmiendo en el suelo, ataviada con hojas otoñales. Lo miraron acercarse con una malevolencia que no se molestaban en disimular, pero Anais se daba cuenta de que le temían. Y comprendía por qué. Su dominio era el cielo, al fin y al cabo. Más alto que los de todas ellas.
Quizá fuese eso por lo que le odiaban.
—Marido —dijo Niah.
—Esposa —respondió Aa.
—Hermanas —saludó Anais.
—Hermano —devolvieron ellas el saludo, con sendas reverencias.
Se quedaron allí en un silencio largo como los años. Separados por un milenio de sufrimiento y rabia y tristeza. Y por fin, la Luna se volvió hacia los Soles. Aunque Aa tenía los tres ojos cerrados, Anais sabía que podía verlo. Aquel que Todo lo Ve lo veía todo, a fin de cuentas.
—Padre —dijo.
Su respuesta llegó como un cuchillo al alba:
—Tú no eres hijo mío.
A Anais le dolió oírlo. Incluso después de tantos siglos. Era intrínsecamente erróneo que te aborreciera quien más debería haberte amado. El silencio se hizo ensordecedor, y en él la mente de la Luna se llenó de un millar de Si tan solo y de Por qué no podías.
Eran inútiles, y él lo sabía. Pero hasta los dioses sangran.
Anais miró abajo y se vio a sí mismo reflejado en el espejo de la piedra/cristal/hielo a sus pies. Su silueta titilaba y cambiaba como un fuego sin luz. Unas lenguas de llama oscura ardían en sus hombros, en la coronilla, como si fuese una vela encendida. En la frente llevaba inscrito un círculo de plata. Y como un espejo, ese círculo recibía la luz de la toga de su padre y la reflejaba de vuelta, con un fulgor blanco y brillante. Titubeó entonces, incluso entonces, meditando sobre todo lo que habría podido ser.
Pero a su espalda vio una figura recortada en la oscuridad.
Una chica.
Piel blanquecina y largo cabello oscuro sobre los hombros y ojos de un negro ardiente. Feroz y valiente y rápida y lista. Supo quién era entonces. Lo que había sacrificado. Lo que había perdido. Supo que, al contrario que sus propias hermanas, ella había querido a su hermano con toda su alma. Y sobre todo, supo su nombre.
«Lexa».
La chica le puso las manos en los hombros y se acercó a él. Su madre frunció el ceño cuando ella habló, cuando sus labios le rozaron la oreja livianos como una pluma. Su contacto era hielo en la piel y su voz, fuego en el corazón.
—Nunca te encojas —le susurró.
Y entonces la Luna alzó la mirada. Hacia los Soles que deberían haberlo amado. Sus dedos se cerraron en puños y habló:
—Tú me diste la vida, pero eso no te concede poder. Y aunque me dejaste hecho añicos, no por eso estoy roto. Las partes de mí que quedaron atrás son afiladas como cuchillos. Afiladas como la verdad. Así que óyela ahora y entiéndela.
»Me atacaste cuando no era más que un niño. Me derribaste cuando estaba durmiendo. Pero ya no soy un niño, padre.
»Y estoy despierto.
Iba vestido todo de blanco, pero no tan brillante como para que la Luna no pudiera ver. Era alto como las montañas, pero no tan alto como para que la Luna no pudiera alcanzarlo. Anais llevó las manos hacia su padre y le acunó la cara con ellas. Los Soles intentaron apartarse. Pero era la veroscuridad y, con la Noche de su parte, la Luna era más fuerte.
Sus hermanas contuvieron el aliento cuando se inclinó hacia él.
Anais besó la frente de su padre, justo encima del primero de sus ojos.
Y con los pulgares, le aplastó el segundo y el tercero.
Los Soles chillaron. Las hermanas de la Luna sollozaron. Su madre sonrió. Él notó que aquellos orbes de azul y rojo cedían bajo la presión, sintió la dura y cálida curvatura de las cuencas por debajo. Qué fácil habría sido seguir apretando entonces. Notar cómo se partía el hueso, subir la mano y sacarle el último ojo, sumir el mundo de abajo en una negrura y un frío infinitos.
Pero de nuevo, la chica le puso las manos en los hombros. Se pegó a él en un fresco abrazo. Le apretó la mejilla contra la parte de atrás del cuello y toda la furia, todo el odio, toda la amargura de la pena y el lamento, de los inútiles Podría haber sido y Si tan solo se derritieron con el sonido de una sola palabra.
—Basta —dijo Lexa.
Anais se volvió y cruzó la mirada con la de ella, negra como el cielo de la veroscuridad.
Ella le besó los labios, apoyó la frente contra la de él mientras caían lágrimas de sus ojos.
—Está hecho —suspiró.
Y desapareció.
Su padre estaba de rodillas, sangrando por los sitios donde deberían haber estado sus ojos. Sus hermanas se arrodillaron ante Anais, agachando la cabeza. Su madre desplegó su vestido por todo el firmamento, las ataduras de su prisión rotas para siempre.
Y Anais ascendió a su trono.
Un sol.
Una noche.
Una luna.
Equilibrio.
—Todo es como debería ser —proclamó la Noche—. El fiel de la balanza está recto por fin.
El príncipe del alba y del ocaso miró al infinito por encima de ellos.
Negó con la cabeza.
—Aún se debe una ofrenda —dijo.
Y con negras y ardientes manos, alcanzó un pedazo de para siempre.
