CAPÍTULO 49

Silencio

Gustus estaba de pie en la oscuridad del athenaeum, rodeado del aroma de las cenizas en el aire. Las estanterías habían quedado intactas, pero los libros habían ardido todos. Memorias de tiranos asesinados. Teoremas de herejes crucificados. Obras maestras de genios que cayeron antes de tiempo. El incendio que había desatado el cronista los había reclamado todos, igual que había reclamado al propio hijo de Cleo. Los estantes se extendían vacíos ante los ojos del anciano, la biblioteca de la Madre Oscura destripada.

No quedaba ni una sola página.

—Octavia te busca arriba —dijo el chico.

El Señor de las Hojas se palpó la túnica buscando sus cigarrillos. Terminó encontrándose uno detrás de la oreja, raspó el yesquero y respiró gris a la canción de la negrura.

—Pues que busque —respondió.

Aden se había puesto a mirar desde la barandilla del entrepiso, sus ojos perdidos en la tiniebla. El coro fantasmal cantaba en la oscuridad de cristal tintado a su alrededor, y Gustus se preguntó qué estaría viendo el chico exactamente. Las sombras en torno a Aden se ondularon y suspiraron, formando un espeso charco a sus pies y susurrando con voces que el anciano no alcanzaba a oír del todo.

—¿Has sabido algo de Clarke? —inquirió por fin Aden.

—No desde que os recogimos a los dos del mar aquella noche —respondió Gustus—. No sé por qué, pero creo que ya no volveremos a tener noticias suyas.

—Ha llegado un mensaje para nosotros en Última Esperanza —dijo el chico—. De Bonifazio.

—¿Quién? —preguntó Gustus, parpadeando perplejo.

—Nube —aclaró Aden—. Corleone.

—Ah. —El anciano asintió—. ¿Y qué quería el Rey de los Canallas y los Pantalones Ceñidos de Cuero?

—Quería saber si necesitamos pasaje seguro a Fuerteblanco.

—¿Para qué?

—Wells. Cantahojas.

El anciano parpadeó de nuevo.

—La boda —dijo Aden con un suspiro.

—Ah. —Gustus frunció el ceño—. A tomar por culo. Les enviaré un regalo caro. Estoy demasiado ocupado para pasearme por los Cuatro Mares, y más con tanta guerra, solo por pillarme una cogorza.

—Y demasiado viejo.

—Cuida esos putos modales.

El chico contempló la oscuridad con unos ojos que contradecían su juventud.

—Puede que pronto dejemos de necesitar el mar.

—Entonces, ¿las lecciones van bien, pequeño orador?

El chico alzó la mirada hacia él. Con una leve sonrisa en los labios.

—Octavia dice que no debe usarse para jugar, pero…

Aden bajó la mano y desenvainó el estilete de hueso de tumba que llevaba al cinto. El cuervo de la guarnición pareció observar a Gustus con sus ojos de ámbar mientras el chico levantaba la hoja y se pinchaba la yema del dedo índice. La sangre se acumuló en la herida, una minúscula cuenta de escarlata resaltada contra la piel pálida. Aden frunció el ceño y susurró entre dientes. Ante los ojos de Gustus, la sangre se elevó por sí misma en el aire desde el dedo. Tomó la forma de un diminuto cuervo, que aleteó trazando un lento círculo alrededor de la cabeza del anciano.

—Impresionante —dijo Gustus.

—La magya murió cuando lo hizo Anais. Y ha renacido también con él. —Aden levantó sus delgados hombros—. Y una parte de él está viva en mí.

Si forzaba la vista, a Gustus le daba la impresión de entrever un resplandor de luz de luna en la piel del chico. Un poder que vibraba justo bajo su superficie. Ya había sido bastante raro criar a una chica que llevaba el fragmento de un dios muerto dentro de ella. Gustus no tenía ni idea de cómo iba a apañárselas con alguien que llevaba la esquirla de un dios vivo en su interior. Pero en realidad, fuese tenebro o no, le caía bien Aden. Veía el Wood en él. A ella en él. Y las Hijas sabían que no había nadie más en quien pudiera confiar para que criara a un semidiós tan impertinente como aquel.

—Aquí os halláis —llegó una voz a sus espaldas.

Aden se sobresaltó y la gotita de sangre cayó al suelo. Gustus se volvió hacia las puertas del athenaeum y vio a una hermosa mujer envuelta en negro. Tenía el pelo rubio hueso, cayendo en espesos bucles por los hombros. Su piel era albina, perfecta como las estatuas que se habían alzado en el foro de Tumba de Dioses. Iris de color rosa y labios rojo sangre. Tenía sentido que hubiera usado su magya consigo misma en el momento en que fue consciente de lo mucho que había ganado en poder tras el renacimiento de la Luna. Pero aun así…

—La tejedora sabe lo que se hace —suspiró.

—Lástima, entonces —replicó Octavia con un hermoso mohín—, que el Señor de las Hojas no. El rey de Vaan aguarda contestación a su misiva. Las cuatro facciones que guerrean en las ruinas de que un nuevo rey brujo se ha alzado en Liis. No hay tierra que no esté sumida en el caos. El alba y el ocaso se hallan ahora desarrimadas por no más de doce horas, la Luna asciende a su flamante trono cada noche, la Madre es libre de su reclusión. Y nosotros no hemos concluido siquiera qué forma adoptará su nueva iglesia.

Gustus se pasó la mano por el pelo. Dio una profunda calada al cigarrillo, suspiró una voluta de gris.

—Estoy demasiado viejo para esta mierda.

—Coincido —dijo Aden.

—Ya veremos quién ríe el último, pequeño cabroncete. —El Señor de las Hojas señaló la cara del chico con el cigarrillo y luego se frotó el brazo dolorido—. Lo más seguro es que no tarde en espicharla.

—Yo creo que aún estarás por aquí un tiempo —respondió el chico, mirándolo con unos ojos más profundos de los que deberían corresponder a sus nueve años de edad—. Tienes mucho trabajo que hacer.

Gustus lanzó una mirada a la oscuridad de arriba. Otra a la biblioteca a su alrededor.

—¿Crees que ella podría…?

Aden se encogió de hombros.

—La Madre conserva solo lo que necesita —murmuró Gustus. El Señor de las Hojas miró a la tejedora y suspiró—. Hablaremos de ello después de la tardera. Te doy mi palabra.

Octavia apretó los labios y se inclinó.

—Como os plazca.

Se marchó con el sedoso frufrú de una túnica negra como la noche.

Gustus se volvió hacia la cavernosa oscuridad, con el cigarrillo colgando de los labios. Escuchó el coro y respiró el gris y saboreó la nostalgia en el corazón. Se dio cuenta por fin de que el chico seguía mirándolo de soslayo.

Aden señaló con el mentón las estanterías vacías.

—¿Con qué vamos a llenarlas?

—¿Tú no tienes clases a las que asistir? —preguntó el anciano.

—¿Tú no tienes un bastón que buscar?

—Hablo en serio, cabroncete. Lárgate de una puta vez.

—¿Qué has estado haciendo aquí abajo, tanto tiempo solo?

Gustus contempló los estantes vacío y dio una calada.

—Cumplir una promesa —respondió por fin.

El chico asintió con la mirada gacha. Se dio media vuelta raspando el suelo y fue hasta la imponente puerta doble que se abría al Monte Apacible en sí.

—Yo también la echo de menos —musitó.

—Largo —gruñó Gustus.

Aden se perdió en las sombras con pies sigilosos.

Gustus regresó hacia el antiguo despacho del cronista y entró dejando atrás una fina estela de humo. Se sentó al enorme escritorio de roble, se frotó los ojos cansados. Y tras una última calada, aplastó el cigarrillo y sacó un fajo de pergaminos blanco de un grueso portafolios de cuero. El primero de todos estaba escrito con su letra gruesa y fluida.

NUNCANOCHE

LIBRO UNO DE LAS CRÓNICAS DE LA NUNCANOCHE

Por Gustus de Liis

El anciano pasó las páginas hasta encontrar el lugar donde se había quedado. Suspiró y el humo gris escapó de entre sus labios a la oscuridad del techo.

—Te recuerdo —dijo.

Y se puso a escribir.