CAPÍTULO 50
Plata
En la orilla de Treslagos había una casa.
Se alzaba sola bajo un cielo interminable, en un valle envuelto en el más perfecto silencio. Estaba hecha de buen roble, con altos gabletes y amplios porches y grandes ventanas con vistas al lago por detrás. Había una chica sentada en la orilla, mirando el anochecer. Era raro que ya solo quedara un sol en el cielo. Y más raro aún seguir su rastro por todo el firmamento en un puñado de horas, verlo caer a su reposo con sus propios ojos negros. Aa y Niah compartían una vez más el dominio del cielo. La oscuridad y la luz habían cambiado para siempre. El alba era la antesala de la vigilia y el ocaso, la puerta al sueño. El mundo entero estaba intentando cogerle el tranquillo al equilibrio. Y nadie sabía qué pensar del orbe blanquecino que crecía y menguaba en el nuevo cielo nocturno.
Pero Clarke sabía que tardarían poco en recordarlo.
Él se alzaba, ahora que el sol había desaparecido. Anais ascendía a su trono oscuro y las estrellas titilaban como diamantes y acero por todo su alrededor. Era hermoso, había que reconocerlo. Proyectaba una brillante luz sobre el lago, convirtiéndolo todo en azogue. Pero a Clarke le dio una cierta sensación de tristeza verlo allí arriba ardiendo sin compañía.
Estaba solo, igual que ella.
No sabía cómo morir. No sabía siquiera si podía. Había seguido las indicaciones de Lincoln, recorriendo el camino que él ya había abierto con sus manos desnudas, notando aún arder el beso de despedida que le había dado en la frente. Los dedos de Clarke estaban ennegrecidos para siempre por desgarrar el abismo a su paso, su piel empalidecida para siempre por aquel sendero sin luz, su aliento robado para siempre por la infinita oscuridad. No lamentaba nada. Había prometido matar el cielo por ser quien estuviera junto a Lexa al final. Y mirando la Luna en lo alto, la noche que giraba veloz, supuso que en cierto modo extraño, lo había hecho. Pero Clarke nunca había dejado de preguntarse qué sería cuando todo hubiera terminado. O cómo podía soportar el para siempre sin ella.
—Lexa.
El nombre era una plegaria en sus labios. Un beso a una piel alabastrina. Una pregunta sin respuesta. Porque ¿qué había sido de ella? ¿Dónde estaba? ¿Acurrucada y calentita junto al Hogar con sus seres queridos mientras Clarke permanecía allí, sin envejecer, sin morir, sin amar? ¿Vagando junto a divinidades por alguna costa empírea? ¿O había quedado aniquilada sin más, consumida junto a todos los demás fragmentos para que la Noche pudiera recuperar su corona, la Luna reclamar su trono?
Una inmortalidad en solitario no le parecía un precio justo que pagar por eso.
Y sin embargo, volvería a pagarlo entero. Porque Clarke tenía la impresión de que, si lo intentaba lo suficiente, aún podía notar su sabor. Sal y miel. Hierro y sangre. Se pasó la punta de la lengua por los labios. Lo inspiró dentro y lo suspiró fuera. Contempló aquella lisa extensión de plata bajo la mirada sin pestañeos de la Luna y dio las gracias al dios o a la diosa o a la pirueta del destino que hubiera conducido a esa chica a su vida.
Aunque fuese por poco tiempo.
«Lexa».
Y entonces, al otro lado de la plata, vio una figura.
Caminaba sobre un agua tan calmada que parecía piedra pulida, cristal, hielo bajo sus pies descalzos. Era pálida y era hermosa, cubierta con un vestido hecho de sombras. Sus cicatrices habían sanado, su marca de esclava había desaparecido, las señales de sus tribulaciones desvanecidas como el humo. Una negra melena caía en torno a sus hombros desnudos, y llevaba adornados con kohl unos ojos tan profundos como el agujero que había llenado en el pecho de Clarke.
—¿Lexa? —preguntó, sin atreverse a la esperanza.
Clarke dio un dubitativo paso al agua con los ojos como platos. La plata se onduló reflejando la luz y Clarke temió que Lexa se disipara como una ilusión, como algún desesperado espejismo nacido de un deseo imposible. Pero su chica siguió caminando, recorriendo el cristal, ya tan cerca que Clarke podía verle el negro de los ojos, la curva de los labios. Y entonces Lexa estaba en sus brazos, su piel tan pálida y real como la de la propia Clarke. Sus huesos entrechocaron, sus cuerpos se entrelazaron. Clarke había creído que los ojos de Lexa eran solo vacía oscuridad, pero teniéndola tan cerca, tan peligrosa, maravillosamente cerca, distinguió que estaban llenos de minúsculas chispitas de luz, como estrellas esparcidas por las cortinas de la noche en lo alto.
Iguales que los suyos.
«Hermosos».
Se besaron. Dulce como los cigarrillos de clavo. Profundo como la medianoche. Fue un beso que hablaba de sangre vertida y batallas ganadas, de lunas renacidas y soles cegados, de la oscuridad de dentro y la luz de fuera y de las sombras del pasado abrasadas por el resplandor de la nueva alba. Se besaron como si fuera la primera vez, como si fuera lo que debía ocurrir, como si nada, ni dioses ni diosas ni llamas ni tormentas ni océanos, fuera a interponerse otra vez entre ellas jamás.
Los labios se separaron, sus frentes se apretaron una contra la otra, sus narices se hicieron cosquillas al rozarse. Cada una miró en el interior de los ojos inmortales de la otra y comprendió lo que significaba por siempre.
—¿Cómo? —susurró Clarke.
La sombra de Lexa se removió y una forma se separó fluida de ella en la oscura orilla. Miró el orbe de plata en las alturas con sus no-ojos. Vestía la forma de un gato, aunque en realidad no tenía nada en absoluto de gato.
—… aún se debía una ofrenda… —susurró—… ahora saldada…
Clarke lloró. Lexa sonrió. Se besaron otra vez, con lágrimas negras en los labios.
—Te amo, Lexa.
—Yo también te amo.
Todo era silencio en torno a ellas, perfecto y pleno y profundo. Se sentaron una al lado de la otra en la suave curva de la orilla y contemplaron a Anais ascendiendo más por el cielo. Brazo con brazo, piel con piel, alabastro y ónice y oro. Dos chicas bajo una luna, un sol, una noche, un corazón. Todo en perfecto equilibrio.
—… pero qué bonito… —suspiró el no-gato.
La malvarrosa y la campanasoles crecían tan densas que el valle entero olía a perfume.
El lago tenía unas aguas tan tranquilas que era como un espejo del cielo.
—Voy a estar contigo para siempre —susurró Lexa.
—¿Solo para siempre? —musitó Clarke.
Lexa sonrió en la luz de plata.
—Para siempre jamás.
