Dicta Última
La hazaña está cumplida.
La guerra está ganada.
Y por fin, gentiles amigos, su canción ha quedado entonada. Supongo que ahora sí podéis decir que la conocéis, por lo menos tan bien como la conocí yo. Las partes feas y las partes egoístas y todo lo de en medio. Una chica a la que algunos llamaron Hija Pálida. O Coronadora. O Cuervo. Una Reina de los Canallas. Una Señora de las Hojas. A mí el nombre que más me gusta es Cuervecilla. Una chica que nunca se arrodilló, que nunca se quebró, que nunca, jamás, permitió que el miedo fuese su destino.
Una chica a la que quise tanto como vosotros.
Mirad ahora las ruinas que dejó atrás. Mientras la tenue luz titila en las aguas que se bebieron una ciudad de puentes y huesos, mientras las cenizas de una república bailan en la oscuridad sobre vuestras cabezas. Mirad sin palabras el cielo roto y saboread el hierro en vuestra lengua, y escuchad cómo los solitarios vientos susurran su nombre como si también ellos la conocieran. Os he dado todo lo que prometí, gentiles amigos. Os lo he dado a carretadas. Y si la muerte de la chica no ha acontecido como temíais, espero que no me llaméis mentiroso por ello. Es cierto que murió, como os dije que haría.
Pero hasta la Luna amaba demasiado a nuestra chica como para dejarla morir mucho tiempo.
La tinta se seca sobre la página. La historia concluye ante vuestros ojos. Y si os embarga alguna tristeza en esta nuestra última despedida, sabed que también la siente vuestro narrador. No nos elevan los relatos que leemos, sino los relatos que compartimos. Y en este, en ella, creo que hemos compartido más que la mayoría.
Lo echaré de menos cuando ya no esté.
Pero vivir en los corazones que dejamos atrás es no morir nunca.
Y arder en los recuerdos de nuestros amigos es nunca decir adiós.
Así que permitidme que diga lo siguiente en su lugar.
Buenas noches, gentiles amigos. Buenas noches.
Nunca os encojáis.
Nunca temáis.
Y nunca, jamás, olvidéis.
