Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es LyricalKris, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to LyricalKris. I'm only translating with her permission.
Capítulo 13
Cuando él era un niño, el atractivo de los regalos bajo el árbol de Navidad no era uno que Edward podía resistir. Él era un niño meticuloso, por lo que era lo suficientemente paciente y cuidadoso para tomar una filosa navaja sobre el meticuloso trabajo de sus padres. Él abría sus regalos, les echaba un vistazo, y los volvía a envolver. Sus padres nunca lo supieron.
Por supuesto, solo era como si le saliera el tiro por la culata. Por una semana o dos antes de Navidad, al conocer lo que se encontraba bajo el árbol, fuera de su alcance, Edward casi moría de anticipación. Ese vistazo—el vistazo prohibido era letal.
Así era cómo Edward se sentía ahora mientras abría su puerta para encontrar a Bella parada en su entrada. Se le secó la boca. Ella no tenía puesto nada remotamente revelador, pero él había echado un vistazo, diablos. Ahora, todo lo que podía ver era cómo lucía vistiendo esa lencería que se había puesto el día anterior. Así como sus Navidades pasadas, pasaría un tiempo antes de que pudiera desenvolver ese increíble regalo.
Como si ella supiera exactamente lo que él pensaba, las mejillas de Bella se sonrojaron. El aire entre ellos comenzó a vibrar. Los dedos de Edward picaban, y necesitó de todo su autocontrol para no envolver su cintura con un brazo y llevarla hacia él.
Una presencia se cernió detrás de él.
—Oh, bien. —La voz retumbante de Emmett hizo que Edward se sobresaltara, rompiendo la burbuja caliente—. Bella está aquí.
—¿Quién lo dice? —Bella arqueó una ceja—. buenos días, Emmett.
—Buenos días, hermanita. —Él salió y cerró la puerta tras de él.
—Emmett —dijo Edward con un suspiro, observando como su hermano mayor colocaba un brazo alrededor de Bella.
Pero entonces, Emmett envolvió su brazo alrededor de Edward y los acercó.
—Ahora, quería hablar con ustedes dos. Disneyland es un parque familiar. Estamos llevando a mi precioso e inocente niño con nosotros, así que ustedes dos van a tener que comportarse.
La noche anterior, no había pasado desapercibido por Emmett que Bella había emergido del cuarto de Edward vistiendo jeans y una camiseta que ella no había tenido puesta cuando entró. Edward estaba noventa y ocho por ciento seguro de que todos lo habían notado, pero tenían discreción y Emmett no.
Edward le dio a su hermano un empujón mayormente juguetón.
—Si no puedes dejar de ser un asno, no voy a permitir que uses mi pase anual para tener descuentos. ¿No conoces los peligros de llevar a un pequeño niño a Disneyland sin un descuento?
—Pfff. Traje a mi madre. Todo lo que tengo que conseguir es que Henry ponga sus ojos de perro mojado. Mamá cederá en un instante, y tú también porque amas a tu madre.
—Es un defecto, lo admitiré —dijo Edward.
La puerta se abrió de nuevo detrás de ellos y Rosalie estaba parada allí. Miró a su marido y a los dos envueltos en su agarre, y se cruzó de brazos.
—¿Está siendo un asno? —le preguntó a Bella.
—Nada con lo que no puedo lidiar —dijo Bella con una sonrisa.
Emmett jadeó, sus ojos abiertos de par en par y moviéndose entre Bella y su esposa.
—Nena. Ella dijo que iba a lidiar con mi trasero.
Rosalie arqueó una ceja. Sin una palabra, se estiró y tomó la mano de Edward, zafándolo del agarre de Emmett. Entonces, tomó la mano de Bella e hizo lo mismo. Los empujó hacia el otro.
—Problema resuelto. —Giró de nuevo hacia la casa—. Tu hermano tiene el mejor trasero, de todos modos.
—¿Qué de...? Oye. Regresa aquí. —Emmett corrió tras ella, dejando solos a Edward y Bella que se carcajeaban en la escalera de la entrada.
Edward inclinó su cabeza, abruptamente dándose cuenta que tenía a Bella en sus brazos. Él intensificó su agarre alrededor de su cintura, acercándola solo un poco más.
—Hola.
Una pequeña sonrisa se asomó por los labios de ella.
—Hola. —Ella levantó su barbilla, una clara invitación si Edward podía decirlo. No tenía que preguntarle dos veces. Se inclinó, levantando su otra mano para sostener su mejilla mientras la besaba. Era un beso suave, pero profundo.
No se le pasó desapercibido a Edward que si Bella hubiera conseguido su objetivo anoche, esta sería su mañana siguiente. Gruñó y se apartó del beso. Necesitaba no permitir que sus pensamientos tomaran ese camino o no había manera de que fuera a ser apto para la familia en todo el día.
Suspiró y sonrió, rozando un pulgar sobre los labios de ella mientras la miraba.
—¿Cómo fuiste emboscada en esto, de todos modos?
Ella puso los ojos en blanco.
—Tu madre es retorcida. Luce inocente, pero habla rápido.
Edward resopló. Hizo una nota mental de contarle a Bella sobre sus escapadas Navideñas. Quizás su madre no estaría tan sorprendida de saber que él no era un ángel.
—Somos una familia llena de consentidos, supongo. Emmett simplemente es el más evidente.
—Tu pobre padre.
—Ja. Mi padre es más como Emmett, lo creas o no. No es pícaro, pero es un consentido. Él y Emmett son los peores cuando se trata de chistes prácticos. Pueden llegar demasiado lejos.
Bella hizo una mueca.
—Algo que ya ansío ver, supongo.
Un calor se extendió a través de Edward ante la idea de que ella planeara estar cerca el tiempo suficiente para hacer bromas. Él presionó una mano en su espalda baja y se permitió saborear sus dulces labios de nuevo.
—Me encanta ir a Disneyland contigo, Bella, pero sé que estoy es muy intenso. No dejes que mi madre te convenza de ir con nosotros si es demasiado.
Ella inhaló profundo y lo soltó de nuevo, sus manos en la cintura de él y sus ojos serios.
—Es mucho. No digo que no lo sea. —Ella frunció el ceño ligeramente—. ¿Qué hay de ti?
—¿Qué hay de mí?
—Bueno, vine a tu casa sin muchas ropas y estuve frente a toda tu familia. —Pareció palidecer ante el recuerdo pero persistió—. Y ahora estoy entrometiéndome en tu visita. No ves a tu familia a menudo, y parece que te agradan.
Él soltó una risita sorprendida.
—¿No te agrada tu familia?
—Claro. Me agrada mi familia, pero está que te agrade tu familia en el sentido de verla dos veces al año, y luego están ustedes. Es como si realmente fueras amigos de ellos. —Se encogió de hombros—. Solo es una experiencia nueva para mí.
—Mmm. —Frotó sus manos por la espalda de ella, considerando lo que le había contado sobre Jasper. La relación con sus padres había sido tensa incluso cuando se mudaron a California para estar con él. Los padres de Bella vivían en estados diferentes—. ¿Esa es una idea aterradora? La idea de que estar conmigo implique lidiar con mi familia en ocasiones.
Sus ojos se agrandaron.
—No. No lo es... Bueno. Sí, es un poco aterrador, pero no del tipo del que huyes.
—¿No?
Ella se paró de puntitas de pie y besó la punta de su nariz.
—Yo no.
De nuevo, la puerta se abrió. Esta vez, era el pequeño sobrino de Edward, Henry. Fulminaba con la mirada a su tío, mostrando la perfecta cara de perra de su madre en miniatura.
—Tío, ¡¿qué estás haciendo?! —Cada palabra era su propia oración, pronunciado con toda la exasperación que un niño pequeño podía lograr, lo cuál al parecer era mucho—. Vamos a llegar tarde.
—No puedes llegar tarde a Disneyland.
—Sí, ajá. —En un instante, la irritación se esfumó de su rostro y sus ojos se agrandaron y llenaron de lágrimas—. Tío, sé que estás besando a tu chica, pero van a cerrar las puertas. Si llegamos tarde, las van a cerrar. Papi me dijo que te dijera que si se siguen besando, no nos dejarán entrar.
—Tu papi es... —Edward resopló, sabiendo bien que no debía denigrar al padre de Henry frente a él. Sacudió la cabeza—. Papi no vive aquí como yo. Voy a Disneyland todo el tiempo. No cierran las puertas excepto cuando cierran por la noche. —Miró a Bella y le dio un gran beso—. Y definitivamente no cierran las puertas si estás besando a tu chica.
—Eres asqueroso.
—Conozco a tus padres, pequeño. Ellos son los más asquerosos.
Henry asintió solemnemente. Edward rodeó a Bella con un brazo y la miró.
—Última oportunidad para echarte atrás.
—¿Sabes? Jamás he estado en Disneyland con un niño. Debo tachar eso de la lista.
—Ja. Lamentarás el día. —Él rio, sacudiendo la cabeza—. Y bien, ¿cómo va nuestra linea temporal? Nos conocimos cinco minutos después del fin de mi relación y un minuto de la tuya. Tuvimos citas accidentalmente. Conociste a los padres un día después de que hubiéramos decidido averiguar qué tenemos aquí, y ahora nuestra primera cita oficial es con la familia completa.
Su sonrisa era burlona.
—Qué bueno que no vivimos en Las Vegas. Estaríamos casados ya.
~ILYIK~
Disneyland con un niño era divertido y tedioso. Todo tenía que ser planificado cuidadosamente alrededor de la disponibilidad de los baños y hora de los bocadillos. Y las rabietas, como la que tuvo lugar cuando a Henry le dijeron que era demasiado pequeño para subir a la atracción de Indiana Jones.
—Oh, oh. ¡Uh! —Edward dio un par de vueltas para captar la atención de Henry y entonces exageradamente se agachó—. ¡Oh, no! Mira, Henry. Me he encogido. Tampoco puedo subir a la atracción ahora.
Henry llevó dos dedos a su boca y miró a su tío, escéptico.
—No-oh. —La palabra sin sentido fue empeorada por su boca llena.
—Lo soy. Soy bajito ahora. Mira. —Edward caminó agachado.
Henry rio. Edward se paró, ofreciéndole su mano.
—Vamos, pequeño. ¿Qué tal si vemos qué tan rápido esas tazas pueden ser?
Mientras se estiraba a su altura real, estuvo sorprendido de encontrar a Bella parada tan cerca de él. Ella parpadeó también, haciéndose hacia atrás, pero no antes de que él captara la mirada llena de adoración en su rostro. El aire vibraba. Edward se estiró para tomar su mano con la que tenía libre, y se estremeció ante la intimidad de la conexión.
Una mano en su hombro sobresaltó a Edward.
—Vayamos andando. Ojos que no ven, corazón que no siente. —Carlisle señaló en dirección opuesta a Indiana Jones.
Edward le echó un vistazo a Bella con arrepentimiento. Esta era otra razón por la que no debían reunirse con la familia al principio. Edward se encontraba en ese momento donde no quería nada, no podía pensar en nada, que no fuera Bella. Saborear sus labios, tocarla, simplemente sentarse y observarla. No le había tomado nada—solo su cercanía para hacerle olvidar que estaban rodeados por otras personas.
Él amaba a su familia, pero quería estar a solas con ella. La tensión en el aire entre ellos era una cosa excitante y desconcertante. Edward estaba super consciente de la sensación de su mano en la suya, cada lugar donde sus pieles cobraban vida con calor y electricidad. Su mente daba saltos —catalogando todos lugares semi-secretos donde quería llevarla— áreas donde podría besarla lejos de la multitud. El Grotto de Blancanieves sería bonito, o quizás bajo las aguas danzantes cerca de las hadas.
Quizás muchas cosas, excepto que se encontraba aquí con su familia. A quien amaba, tenía que seguir recordándose. Los amaría incluso más si regresaban a Alaska en este momento en particular, pero supuso que no era su culpa que el momento oportuno parecía tener algún tipo de vendeta contra él.
Estaban atascados en las colas, presionados tan cerca del otro, que la conexión y el deseo era una presencia tangible. Edward no podía hablar por Bella, pero lo estaba volviendo lento. Seguía perdiendo el hilo de la conversación, su atención en la caricia del dedo de Bella a lo largo de su muñeca.
—¿Qué? —preguntó Edward, sorprendido al darse cuenta que su cuñada estaba mirándolo expectante.
Rosalie sonrió y se inclinó hacia él, bajando la voz así Henry no escuchaba.
—Dije, creo que la hora de la siesta llegará después de esto. —Llevó su mirada a Bella, y regresó a él a sabiendas—. Tú y Bella deberían ir a divertirse en las atracciones para adultos mientras esperamos.
Quizás Edward debería haber estado avergonzado o dicho que se quedaría con la familia, pero al diablo con eso. Quería estar con Bella a solas, mierda. Se encontraba con el alma en vilo después de eso, tan impaciente que cuando finalmente subieron a sus tazas, Edward las llevó al máximo. Era como si él pensara que si las giraba lo suficientemente rápido, el paseo acabaría pronto.
Henry, quien había insistido en subir a la taza de Edward y Bella, estaba maravillado. Cuando el paseo terminó, los tres bajaron tambaleándose, Edward y Bella chocando entre sí, riendo como adolescentes mientras que Henry intentaba caminar hacia su padre, balanceándose sin equilibrio hasta aterrizar su trasero.
El pequeño niño no se resistió cuando Emmett lo tomó en brazos. Como Rosalie lo predijo, sus párpados estaban cerrándose. Estaba conteniéndose, pero iba a perder.
—¿Por qué no descansas un poco, peque? —dijo Emmett, frotando la espalda de su hijo—. ¿Quieres ir en el carrito por un minuto?
—Bueno. —Henry descansó su cabeza sobre el hombro de su padre.
Ve a dormir. Ve a dormir. Ve a dormir. Edward concentró todos los superpoderes latentes que pudiera tener en la orden silenciosa.
Caminaron por una pequeña zona tipo muelle con mesas detrás del puesto de pintura para el rostro cerca de las tazas y el Matterhorn. Era uno de esos lugares donde Edward quería besar a Bella eventualmente—ubicado sobre un pequeño estanque idílico con patos, árboles, y flores.
Edward fue a buscar churros y palomitas para gastar un poco de su energía acumulada. Al hacerlo, practicó cómo sonar inocente mientras Bella y él se excusaban por una hora más o menos.
Su hermano, por supuesto, tenía ideas diferentes. Ni bien Edward había distribuido los bocadillos, Emmett anunció:
—Vamos, hermanos. Nos conseguí pases rápidos para la Casa Embrujada para dentro de unos minutos.
Edward parpadeó, seguro de que lo había escuchado mal.
—¿Qué?
—El favorito de Alice. —Emmett envolvió un brazo alrededor de su hermana y le revolvió el cabello. Ella lo empujó, sacudiendo la cabeza pero sonriendo—. Vayamos. —Tomó cuatro churros de la mesa y agitó su mano—. El día se acaba, y la hora de la siesta jamás dura tanto como necesita hacerlo.
Edward miró a Bella. Ella lucía un poco preocupada, pero buscó la mano de Edward mientras comenzaba a caminar detrás de Emmett y Alice.
—Estoy muy segura que Henry cumple con la altura necesaria para esa atracción.
Emmett miró por encima de su hombro y le sonrió.
—Son las criaturas que nos mantienen alejados de ese. Los fantasmas y niños no siempre se mezclan bien.
—Ah. Verdad.
Edward tuvo que trabajar duro para convencerse de no estar molesto por esta intrusión. Ayudaba que era la Mansión Embrujada. Era una atracción ideal para lo que quería. La Mansión Embrujada consistía en un buggy—un asiento en forma de cápsula en una cinta transportadora que efectivamente separaba a las dos personas dentro de este de los otros pasajeros durante la mayoría del tiempo. Era un paseo oscuro también—a través de una mansión embrujada. Alice y Emmett los verían besarse, pero no los interrumpirían.
Así que, Edward esperó. Tuvo que apretar sus puños a sus costados para evitar repiquetear su pie mientras charlaban en la cola. Cuando entraron al primer cuarto —un elevador gigante donde la narración del paseo comenzaba y el cuarto embrujado aparecía estirarse— Edward se paró detrás de Bella. Envolvió sus brazos a su alrededor, jalándola hacia él. Incluso en el cuarto lleno de personas, la escuchó jadear. Llevó sus manos a las suyas.
Estaban pensando lo mismo; él estaba seguro en ese momento. Había pensado que lo estaban—que ella estaba tan distraída, absorta en esta atracción, luchando por ser parte del grupo cuando querían desaparecer en un mundo de dos.
Él se inclinó hacia ella, susurrando todas las palabras del narrador en su oído, risitas burlonas incluidas. A él le encantaba la manera en que su risa se sentía, vibrando contra la espalda de ella y su pecho.
Seguían tomados de la mano mientras caminaban entre el grupo de personas para subirse a uno de los buggies. Edward imaginaba cómo ella sabría, preguntándose si la canela del churro aún sería dulce en sus labios.
Mientras se acercaban a la cinta transportadora, Emmett de repente tomó el brazo de Edward.
—Vamos, hermano. Siéntate conmigo.
Pasó demasiado rápido como para que Edward lo detuviera. Antes de darse cuenta, estaba sentado junto a Emmett y Alice se había sentado junto a Bella en el coche detrás de ellos. Ambos hermanos estaban riéndose a carcajadas. Cuando él se dio cuenta de lo que habían hecho, golpeó a Emmett fuerte en el brazo. No que le hiciera algo bueno. Emmett simplemente se rio aún más fuerte.
—No tienes idea de lo mucho que te odio ahora mismo —Edward se quejó, cruzándose de brazos.
—Oh, hermanito. —Emmett rio—. Es tu culpa por mudarte tan lejos. Haces que sea difícil hacerte bromas. Soy el hermano mayor. Tengo una cuota que llenar. Además, es solo el karma regresando por ti. ¿O te habías olvidado que fue tu misión interrumpir mis momentos cada vez que podías cuando estaba en la secundaria?
Edward abrió la boca para discutir pero entonces se detuvo.
Emmett tenía razón. Él había sido un bastardo, interrumpiéndolo en ese entonces.
¿Bueno, qué? Emmett era un dolor en el trasero.
Estaba bien, y viceversa. Eran hermanos.
Emmett rio de nuevo y revolvió su cabello.
—Te amo, hermanito.
—Te odio, Emmett.
