Capítulo 8: Oculto
Mirando el mundo seguir con sus vidas, al otro lado de la ventana, Harry no pudo evitar suspirar con abatimiento. Ya ni siquiera recordaba cómo se sentían los rayos del sol sobre su piel; el aire revolviendo su cabello; la textura de la tierra bajo sus pies… Ya no recordaba lo que era vivir más allá de aquellas cuatro paredes, por muy melodramático que se escuchara.
Pero simplemente así había pasado. Los días de salir con Hermione a su trabajo o ir al centro comercial, habían quedado en el olvido.
Ahora sólo le quedaban los buenos recuerdos de cómo era. Pues desde hacia varias semanas, vivía en cautiverio.
Mayo: Hermione y él salieron al trabajo de la castaña, visitando el centro comercial, incluso yendo al médico por unos anteojos.
Junio: Hermione y él tuvieron que correr una noche, cuando al estar cenando en el jardín trasero, cayó semejante tormenta sobre ellos, dejándolos calados hasta los huesos, riendo alegremente.
Julio: Hermione finalmente aceptó que necesitaban a Ron, por lo cual le escribió. Un reencuentro emotivo se dio entre ellos, claro. Incluso el día de su cumpleaños, ahora que lo recordaba, fue el más alegre que había tenido hasta ahora.
Por supuesto, un día bueno después de muchos malos.
Flash Back
— ¿Qué haremos…? — preguntaba Ron horas después, cuando todo había sido aclarado, lanzándole una insegura mirada a Harry.
— Decirles a todos que he vuelto, por supuesto — replicó el pelinegro con obviedad.
—… ¿Hermione?
La castaña desvió la mirada de Harry, cruzándose de brazos.
— Seguir como hasta ahora. No decirle a nadie que está vivo — declaró.
— ¿Qué?… — Harry la regresó a ver perplejo — ¡De ninguna manera, Hermione!; creí que el punto de hablarle a Ron… — se puso de pie, objetando.
— El punto de traer a Ron, era que supiera que estás vivo. Y ayudarnos a mantenerte a salvo… — añadió como confesión. Harry arrugó el entrecejo — Lo siento, Harry, pero es por tu bien. Mientras todo el mundo siga creyendo tu muerte, estarás fuera de peligro — lo miró apenada.
— Pero ¿cuál peligro?, ¿de qué demonios hablas?, ¡la guerra se terminó cuando acabé con Voldemort! — alzó la voz.
— Y se reanudó cuando tú caíste — lo cortó Ron con una mirada amarga, haciéndolo callar por la sorpresa.
— Harry, entiende… — susurró Hermione con preocupación.
Harry crispó los puños, decidido a no mirarlos.
— ¿Por qué no me lo dijiste? — le preguntó serio.
Hermione se mordió el labio inferior.
— No quería que te preocuparas por algo que ya no puede ser cambiado — musitó en un hilito de voz.
Harry dejó escapar una sonrisa irónica, dando media vuelta.
— ¡Harry, espera!, tenemos que hablar — se incorporó Hermione con rapidez, viéndose arrepentida.
— ¿Para qué eh?, — alzó los brazos exasperado — obviamente ya lo tienen todo decidido ¿no es así? — y sin esperar respuesta se marchó a su habitación, soltando un portazo apenas puso un pie dentro. Sintiéndose por primera vez, desde que había regresado, furioso por ser quien era.
Fin Flash Back
El tiempo viajaba demasiado rápido para Harry, quien, a principios de agosto, apenas unas horas después de estar celebrando su cumpleaños, bajó a la cocina con una reluciente sonrisa de alegría; sonrisa que se exterminó de su rostro nada más viendo las expresiones serias de sus mejores amigos, y como callaban inmediatamente al verlo aparecer, regresando a lo que supuestamente estaban haciendo antes de que él llegara.
Por supuesto, que el golpe traicionero se lo darían ése mismo día, sin siquiera presentirlo. Harry, ilusamente, había esperado la llegada de Hermione como todas las tardes, corriendo a la puerta de la cocina que conectaba al garaje, dispuesto a abrirla y anunciarle con alegría que prepararía nuevamente lasaña, para cenar en el jardín. Mas sólo bastó poner un pie en la cocina, para ver como Hermione cerraba a su espalda; una fría, lisa, y carente de diseño, bolsa blanca de plástico, le dio una bofetada cuando su mejor amiga anunció que había recogido algo para cenar en el camino.
Flash Back
Escuchando el ruido sordo que hacía Ron al golpear la botella de salsa de tómate, para ponerle a sus papas fritas; mientras Hermione daba un nuevo mordisco a su hamburguesa, hizo que Harry los mirara de reojo, dándose cuenta que nadie había pronunciado palabra desde el "Traje hamburguesas" que soltó Hermione hacia varios minutos.
¿De qué estarían hablando en la mañana?, ¿por qué de pronto todos se veían tensos?, ¿tendría algo que ver él en todo eso?, no pudo evitar preguntarse.
Hermione apenas y se despidió de él en la mañana; Ron le sacó la vuelta, inesperadamente, y se dejó caer en la sala, viendo televisión.
¿Habría hecho o dicho algo que los molestó?, se preguntó. Y si era así, ¿por qué no simplemente se lo decían y problema resulto?
Aunque quizás, era sólo el estrés del trabajo de Hermione, unido a la separación de Ron y su familia; después de todo, desde el momento que regresó, Ron solamente había ido a su casa en una ocasión, y por apenas tres días; y Hermione había tenido que presentar otros diez casos ésas pasadas semanas, tres de ellos teniendo que ser en un juzgado.
Sí. Era eso, asintió para sí, un poco más entusiasmado, bajando la mirada a su comida.
Y a todo esto, ¿desde cuándo Hermione traía la cena a casa?, ellos siempre hacían la cena. Era algo entre los dos, pensó molesto, sin darse cuenta que le lanzaba una mirada fulminante a su comida.
— ¿No te gustó?
Produciéndoles un respingo a ambos amigos, por el repentino sonido de una voz cortando el silencio, Hermione miró a Harry con un dejo de preocupación.
— Sí, claro que sí. Es sólo que comí algo de pastel antes de que llegaras — mintió, dándose cuenta que apenas y le había dado un pequeño mordisco a la hamburguesa.
— Yo me comí el último trozo de pastel a mediodía — refutó Ron, siguiendo en su lucha tácita con la salsa de tomate.
Un escozor cubrió las mejillas de Harry, pellizcándose los muslos con fuerza para distraer a su rostro en algo que no fuera la expresión de atrapado que seguro tenía tatuada.
— Conociéndote, guardé algo en la alacena — se limitó a decir.
— Pero si era de helado… — arrugó el entrecejo. Golpeando la punta de la botella contra la mesa — Maldita sea, Hermione ¿no tienes…?
— Cada plato tiene sus sobres de salsa de tómate, tú quisiste tomar ésa del refrigerador… — contestó sin regresar a verlo, su atención puesta en Harry — ¿Seguro que…?
— Entonces, ¿qué tal tu día? — cortó abruptamente el tema.
— Bueno, pues fue bien. Conseguimos un nuevo caso hoy… — le contó.
Ron, dándose por vencido, dejó la botella a un lado, y finalmente vertió los dos sobrecitos con salsa de tomate sobre sus papas fritas, llevándose un puñado a la boca, masticando ávidamente.
— Oh, eso es… Tendrás que trabajar más horas… Pero obviamente es… es bueno — balbuceó intentando disfrazar su desanimo.
Hermione abrió la boca para hablar, callándose cuando Ron se le adelantó:
— Creo que llego el momento de decirle.
Harry arrugó el entrecejo.
— ¿Decirme qué? — preguntó confundido.
— ¿Hermione? — la llamó Ron, alentándola silenciosamente.
Hermione arrugó el entrecejo, mordiendo su labio inferior durante un momento, desviando la mirada a donde sea, que no fuera la mirada confundida de Harry.
— Hermione… — la llamó ésta vez el pelinegro.
— Entre Ron y yo hablamos… — empezó, una nota de nerviosismo en su voz — y creemos que…
— Sabemos — corrigió el pelirrojo.
— S-sabemos… — repuso, su mirada clavada a la mesa, ocultando sus manos temblorosas bajo ésta — sabemos que lo mejor para ti ahora, no es sólo que estés fuera del mundo mágico, sino también…
El corazón de Harry se aceleró, alertándolo de inminente peligro.
— ¿Qué intentas decirme? — inquirió con la voz tensa cuando hizo una pausa demasiado larga.
— Harry, por tu propio bienestar, es mejor que estés lejos del mundo mágico y muggle… — se atrevió a mirarlo, observando con dolor como su rostro se descomponía después de escucharla hablar — Es por eso que no… — su voz tembló.
— Te mantendrás dentro de la casa. Desde ahora no podrás salir a la calle, ni siquiera al patio — finalizó Ron con solemnidad.
El estómago de Harry cayó hasta sus pies, lanzándoles una mirada de incredulidad.
— ¿Qué…?… ¿estás…?… ¡pero…!… — tartamudeó, pasando de la perplejidad a la indignación — ¡¿Por qué?! — vociferó furioso.
— La guerra — respondieron al unísono. La voz de Hermione apenas un murmullo inseguro.
— ¡A la mierda la guerra, quiero mi vida! — golpeó la mesa con un puño, haciendo vibrar los platos.
— Y nosotros estamos intentando salvarla — le espetó Ron.
Harry tensó los músculos de su mandíbula, regresando a ver a Hermione.
— ¿Estás de acuerdo con esto?, ¿esto es lo quieres?, ¿qué viva en las sombras? — inquirió, su molestia burbujeando en su estómago.
— Harry, entiende por favor — se atrevió a mirarlo, rogándole en silencio.
El pelinegro apretó sus dientes.
— Claro, pero si eso es lo único que hago. Entender… — empezó a alzar la voz — ¡Entender porque he vuelto de la muerte!, ¡entender porque ha pasado tanto tiempo desde la batalla!, ¡entender porque una maldita guerra sigue siendo luchada allá afuera!, ¡entender porque no puedo tener mi vida de regreso!… Entender tu maldita actitud de ésta mañana al huir de ésa forma. Pero supongo que eso último ya quedó bastante claro. Planeando la puñalada todo el día ¿eh? — exclamó con lacerante ironía.
— ¡No, por supuesto que no! — lo miró angustiada, su respirar agitado.
— Ahórratelas, Hermione. En serio. Sólo ahórrate tus excusas, ya no quiero escuchar más… — empujó su plato hasta el centro de la mesa, haciendo que chocara contra el arreglo de frutas que ahí estaba — Y, por cierto, hace un momento. Mentí. No cené. Realmente estaba esperando que llegaras para cocinar algo entre los dos, como siempre. Ahora sólo veo que fue una estúpida manera de perder mi tiempo… Disfruten su jodida cena fabricada — arrojando la silla hacia atrás, se puso de pie bruscamente, lanzándoles una mirada fulminante antes de salir de la cocina.
Hermione lo vio marchar con un nudo en la garganta.
Fin Flash Back
Y así sin más, agosto había llegado hacia una semana y media, y de aquellos días en que gozaba de la compañía de Hermione, compartiendo un momento entre los dos, recordando anécdotas, ya sólo quedaban los recuerdos.
Ron, por otra parte, desde aquella noche de exabrupto que tuvo, empezó a manifestar una severidad fría contra él apenas tenía oportunidad de reñirlo por algo.
Vaya, que Hermione; después de aquella pelea a principios del mes, y quizás por el cargo de conciencia; al menos lo dejaba salir al patio trasero cuando llegaba del trabajo. Un hecho que Harry encontraba, de cierta manera, ligeramente ofensivo; comparándose con un perro que necesitaba salir fuera de la casa para hacer sus necesidades; y sin embargo jamás objetó, pues discutir en esos días era quitarse el derecho a postre o conseguir el control remoto de la televisión.
Y hablando de la televisión; su fiel amiga de plasma y 42 pulgadas, era la única en la cual encontraba consuelo día tras día cuando lo primero que hacía al despertar era ir al baño, bajar a desayunar, y postrarse en el sofá de la sala después de que Ron le aventara el control remoto, advirtiéndole que no quería escuchar ninguna propuesta de ir afuera.
Harry no creía posible que se aprendiera la programación de cada televisiva británica y del extranjero en apenas unos días, pero así era.
No obstante, eran días como éste: con el sol en todo su apogeo, ni una nube en el firmamento, una briza, que él estaba seguro era la más refrescante, corriendo en el exterior; cuando Harry deseaba con todas sus fuerzas salir corriendo hacia el patio, todas las miradas puestas en él, y entonces alguien exclamaría: "¡Hey, miren!, ¿ése no es Harry Potter?"
¡Merlín bendijera a ésa piadosa persona imaginaria que lo liberaría de su confinamiento!
Por supuesto que desear que aquella persona existiera, en alguna parte cercana al lugar que Hermione había elegido como hogar, era desear que llovieran galeones.
"Es tu seguridad", continuaban diciéndole Hermione y Ron. "No podemos simplemente salir y arriesgarnos a que alguien te reconozca", le reiterarían.
Pero Harry sabía cuál era la verdad tras aquellas palabras: No tenía ni voz ni voto en ésas cuatro paredes. No confiaban en él para algo tan simple como mantenerse oculto. En un bajo perfil.
Y suspiró contra el vidrio, notando el reflejo abatido de su rostro.
Flash Back
Removiéndose incómodo en el banco, mientras Ron, frente a él, al otro lado de la barra, lo seguía contemplando con aquella mirada penetrante que parecía querer taladrar su cráneo con ella, en busca de respuestas; Harry se sintió nervioso ante la presencia de su mejor amigo.
Hermione acababa de volver al trabajo, dejándolos solos, y aunque Harry se había alegrado al principio ya que las cosas entre él y la castaña eran ahora incómodas después de tres días de silencio mutuo; el hecho ya no le parecía nada divertido. Sobre todo, con Ron y su mirada penetrante de más de cinco minutos de duración.
Carraspeó, luego de recorrer la cocina por octava vez, y lo regresó a ver con una expresión que esperaba fuera relajada.
— Entonces… ¿quieres ver alguna película? — le propuso.
Ron negó con la cabeza al cabo de unos segundos, sin apartar la mirada de su rostro.
— Está bien. ¿Nos sentamos afuera? — sugirió.
— Olvidas que debes permanecer oculto — cruzó los brazos sobre su tórax.
— Por Merlín, Ron, sólo es el jardín. ¡No es como si me fuera a colocar un maldito reflector sobre la cabeza para que todos volteen a verme! — replicó exasperado.
— No puedes salir — repitió firme.
— ¿Entonces podrías decirme porque demonios no dejas de mirarme de ésa manera? — le preguntó con fastidio.
Ron parpadeó después de lo que parecieron horas, apoyando los brazos sobre la barra.
— Tu cicatriz…
— ¿Qué con ella?
— No está. ¿Por qué no está? — inquirió.
Harry arrugó el entrecejo, antes de bajar la mirada a la mesa.
— Regresé sin ella — respondió, nuevamente incómodo.
— No me digas — volvió a cruzarse de brazos.
— Era mi unión a Voldemort, supongo que cuando "caímos", se rompió toda conexión — meditó.
— Ya veo — comentó incrédulo.
— Mira, lamento que el hecho de que la cicatriz que tanto me recordaba el sacrificio de mis padres, y me marcaba ante los ojos de los demás como el maldito Harry Potter, ya no esté ahí para darte a ti algo de bienestar. Pero así son las cosas ahora. Así que acostúmbrate. Estoy mejor sin ella — le espetó con acritud, regresando a verlo.
— Una cicatriz ocasionada por una maldición asesina, no desaparece tan fácil.
— ¿Y qué te dio ése dato?, ¿las cero personas que fueron golpeadas por una y siguieron con vida además de mí? — se mofó.
Ron frunció los labios.
— Quirrell parecía inofensivo, ¿recuerdas?; hasta que tú mismo viste que tenía al maldito de Quien Tú Sabes adherido al cráneo — observó.
— ¿Estás comparándome con Quirrell? — arrugó el entrecejo.
— Sólo digo que tomará algo más que una cicatriz para sentirme seguro — replicó tiempo después, poniéndose de pie.
Harry hizo lo mismo, mirándolo desconcertado.
— Lo dudé por un momento, pero me dije que era estúpido. Pero es cierto ¿no es así?… — lo llamó — Tú realmente no confías en mí.
Ron se detuvo en su camino hacia la puerta, regresando a verlo.
— Soy el mismo, Ron — le aseguró.
— ¿Sí?, pues eso está por verse.
— ¿Qué se supone que quiere decir eso?; — arrugó el entrecejo — ¿acaso tan poco te duró la alegría de verme con vida, que dejas pasar un par de semanas para convertirme en el heredero de Slytherin? — lo miró ofendido.
— Apenas hace días supe de tu milagrosa aparición, y me alegré de ver a mi mejor amigo. Hoy, sin embargo, desperté recordando que sólo alguien ha vuelto de lo que tú llamas "Infierno", y era el mago más tenebroso de todos los tiempos. Llámalo coincidencia.
— ¡No-soy-él!… — su voz se tornó sombría, su rostro tenso — ¿O es que acaso eso también "lo verás"? — inquirió.
Ron no contestó.
Fin Flash Back
O al menos, Ron no confiaba en él, repuso.
En un principio creyó que la reacción de Hermione había sido la más entendible; después de todo, ¿quién regresaba de la muerte como si nada?
Pero Ron. Su mejor amigo ciertamente lo dejaba sorprendido cada día. A diferencia de cómo había sido con Hermione, quien necesitó un par de días para entender que él había vuelto a la vida; Ron manifestaba más desagrado por tal noticia conforme pasaban los segundos.
Cada día a su lado, cada minuto, notaba la hostilidad que con nulo empeño intentaba ocultar. Era como si tuviera su propio verdugo, listo para cortarle la cabeza en cualquier minuto si se atrevía a hacer algo tan descabellado como levantar la voz, pues entonces Ron lo condenaría de diabólico sin dudar, y ¡zas!, adiós Harry.
A veces se preguntaba cómo es que Hermione no notaba ésta hostil actitud de Ron hacia él, pero apenas empezaba a cuestionárselo, cuando el rostro del pecoso pasaba de la cólera a la ternura en un parpadeo. Y nadie podría creerle a Harry si salía corriendo, gritando: "¡Ahí viene Ron!". Cual si se tratara de aquella fabula del lobo. Porque antes de que Hermione siquiera volteara a verlo con confusión, Ron ya estaría dando saltitos en el jardín, cortando margaritas, alimentando a los cachorros del vecindario.
Si tan sólo hubiera algo que pudiera hacer para que Ron lo dejara de contemplar como una bomba de tiempo. Una tóxica, diabólica, lista para matar, bomba de tiempo, repuso.
Estiró los brazos, emitiendo un cansado bostezo mientras se incorporaba, y se dirigió a la habitación que había estado ocupando todo ése tiempo.
Otra cosa más que le inquietaba, pensó Harry conforme subía las escaleras; era su cuerpo. Y eso sí lo tenía en un estado de completa incertidumbre.
Con el paso de los días, Hermione y él fueron dándose cuenta que éste se modificaba cada vez más. Ya había crecido cinco centímetros en esos meses, y seguía ganando complexión. Hermione le llamaba "músculos". Ron, "gordura". El problema es que Harry notaba más el cambio en su rostro. Se veía más… viejo. No había otra manera de decirlo. Su mandíbula era ligeramente más prominente, cuadrada, su mirada era un tono más oscuro, debía afeitarse al menos tres veces por semana o su barba y bigote se hacían visibles.
Y entonces una nueva interrogante asaltaba su mente. ¿Estaba envejeciendo?
Ya ni siquiera podía decir que aparentaba los 17 años con los que había aparecido a la puerta de Hermione. Se veía al menos dos años mayor.
Hermione había comentado un día que quizás era algo así como el "Extraordinario caso de Benjamin Button". Y él y Ron la escucharon con atención, sin entenderle absolutamente nada; hasta que la castaña tuvo la mala idea de comprar la película y ellos quedaron traumados por una semana entera.
Tal fue su trauma al verla que Hermione, pacientemente, les dijo que sólo era ficción, que eso en realidad no sucedía en la vida real. Pero entonces el argumento de Ron: "Se supone que la magia tampoco existe", ocasionó que Hermione se diera por vencida, y no hubo poder humano que los hiciera tranquilizarse por siete largos días. Tiempo que Ron usó para encontrar la solución: Buscar a Nicolas Flamel y pedirle que creara otra piedra Filosofal.
Aun así, Harry no podía evitar hacerse la misma pregunta: ¿En un año terminaría siendo un anciano enfermo, postrado en cama, e incapaz de cuidar de sí mismo?
Dejó salir otro suspiro cuando se dejó caer en la cama. Nuevamente su mente se ponía a divagar. Eso siempre le pasaba cuando se quedaba sin nada que hacer. Especialmente ése día, que Ron había ido con su familia, y Hermione estaba en el trabajo.
De igual forma, sea lo que fuera lo que sucedía con él; era mucho más interesante que seguir contemplando como la vida se le era desperdiciaba fuera de ésa cárcel. Mientras él tenía que estar oculto.
— No, yo entiendo perfectamente que esté preocupado acerca de la demanda, señor Griffin; pero le aseguró que en nuestra firma de abogados nos preocupamos por el bienestar del cliente…
Hermione tomó una larga pausa, con el manos-libres cubriendo su oído derecho, mientras tecleaba en la computadora sobre su escritorio; cedió la palabra nuevamente cuando el hombre al otro lado de la línea volvió a interrumpirla.
—… Ya he acudido a un montón de abogados y ninguno quiere tomar el caso porque el laboratorio es muy conocido. Necesito saber si esto servirá, o sólo estoy perdiendo el tiempo aquí, señorita Granger… — se escuchó cansado — Dígame, honestamente, ¿está segura de que se pueda hacer algo al respecto?, ¿o es que tendré que conformarme con acudir al médico para que busque una cura a lo que sea que me hicieron esos cretinos?
— No busque como su único recurso a un médico aun, señor Griffin, yo lo ayudaré en todo lo que pueda. Estoy segura de que tenemos un caso — le reafirmó.
— ¿De verdad lo está?, no está dándome falsas esperanzas ¿verdad?; — se escuchó indeciso — Dios santo, justo hace dos días acudí a un pomposo buffet de abogados y me mandaron a la goma apenas se enteraron que iba contra el mismo laboratorio que ellos representan. No quiero pasar por esto de nuevo, señorita Granger.
— No se preocupe señor, nosotros sólo representamos a los inocentes.
Liz, que estaba sentada en su escritorio, consultando en la computadora algunos archivos de uno de sus clientes, la regresó a ver con las cejas enarcadas. Hermione se encogió de hombros, como diciendo: "Es cierto".
— ¡Gracias, gracias por hacerlo!; yo sabía que usted era diferente a todos ellos. Dígame, ¿qué debo hacer?, lo que sea, no importa, cualquier cosa para terminar con todo esto.
— De acuerdo señor Griffin, pero si de verdad quiere mi ayuda, y sobre todo ganar el caso; lo primordial sería acordar una cita con un psicólogo…
— ¿Psicólogo? — repitió confundido.
— Para crear un perfil sobre como esto le ha afectado no solamente física, sino mental y emocionalmente.
— Bien… si usted lo cree necesario — vaciló.
— Y lo siguiente, es que también deberá aprender a controlar esos exabruptos de los que me ha… — calló, casi arrancándose el auricular con todo y oreja cuando un potente bramido se escuchó al otro lado, el señor Griffin empezando a despotricar.
— ¡Demonios! — musitó Hermione por lo bajo, masajeándose la oreja, deteniendo el auricular con su otra mano a una distancia prudente de ésta.
— Te lo dije — canturreó Liz por lo bajo, una sonrisa oculta en sus labios.
— No me dijiste de su "dulce voz", sólo de sus arranques de ira — arrugó el entrecejo, palabras como: "Inservible", "Despojo de mierda", "Charlatán", "Imbécil de porquería", y "Diga que hacer", llegando desde la bocina.
— Velo de ésta manera. Al juez no le caerá en gracia su continua ira; pero se ganará la credibilidad del jurado — la regresó a ver encogiéndose de hombros.
Hermione mordió su labio inferior, meditándolo por unos segundos.
— Quizás resulte — comentó más para sí.
Liz asintió, regresando a su trabajo.
— ¿Señor Griffin? — lo llamó, colocando tentativamente el auricular cerca de su oído.
— ¡Lamento tanto la manera en que reaccioné!; — exclamó arrepentido — Es sólo que desde que tomé las pastillas ésas, he dejado de ser yo mismo — se disculpó.
— No se preocupe. Acordaremos una cita para mañana, ¿le parece bien?… — abrió su agenda — Tengo un espacio libre a las 11:15 de la mañana. Voy a necesitar todos los exámenes que se ha realizado hasta ahora, recibos, recetas, cualquier cosa que haya hecho durante éste pasado mes, desde que empezó con el medicamento.
— ¿Y sería todo? — le preguntó inseguro.
— Sería el comienzo — corrigió.
Dejando el teléfono sobre su escritorio, después de terminar la llamada, Hermione se masajeó las sienes con cansancio; guardando el archivo del señor Griffin y abriendo el de la señora Coleman luego de unos pocos segundos de aclarar su mente. Sin quererlo un profundo bostezo se escapó de su boca, hundiéndose en la silla mientras comenzaba a leer.
— ¿Empiezas a pagar factura por tratar de balancear tu vida de Súper Heroína y Hermione Granger eh? — le preguntó Liz, volviendo su silla en su dirección.
— ¡No tienes idea cuánto! — reprimió un nuevo bostezo, gimiendo por lo bajo cuando apreció el 16:51 del reloj en su computadora. Esos nueve minutos restantes antes de su hora de salida, se le harían eternos. Se restregó los ojos con cansancio.
Liz la vio con diversión.
— Y supongo que el tener a un alto y moreno, hombre de impresionantes ojos verdes, en tu casa, no tiene nada que ver en eso ¿verdad? — le acusó pícara.
Hermione rodó los ojos, ignorándola.
— Oye, por cierto, quería preguntarte algo sobre Ken.
— Liz — la regresó a ver sería, advirtiéndole.
— Está bien, está bien. Tu muñeco Harry — repuso inocentemente. Hermione chasqueó la lengua.
— Además, ¿qué más podrías preguntarme acerca de él?, prácticamente ya conoces hasta el nombre de su difunta mascota — le recordó.
— Sí, bueno, eso de tener una lechuza creía que era ilegal, y el nombre raro que le puso… — meneó la cabeza, despejándose — En fin, no es acerca de eso de lo que quiero hablar. Harry, ¿cuántos años tiene exactamente eh?; porque, por muy maduro que parezca, no pude evitar notar que es algo… ¿traga años? — la miró con curiosidad.
— Es un año menor que yo — se encogió de hombros, girándose hacia la computadora.
— ¡Uy, conque asalta cunas! — le acusó con un brillo travieso en los ojos.
Hermione la regresó a ver con una ceja enarcada.
— Y me lo dice quién su última relación seria fue con un hombre tres años menor que ella — ironizó.
— ¡Hey!, que quede en el registro que eso fue hace AÑOS, — subrayó — y ambos éramos mayores de edad, así que no hay caso que alegar — se cruzó de brazos de manera defensiva.
— Según tú — se rio la castaña. Ésta vez fue Liz quien ignoró el comentario.
— Así que… ¿cómo están las cosas en casa? — le preguntó con una burlona sonrisa en los labios.
Hermione se enderezó en la silla, rememorando las pasadas semanas. "Obviando el poco tiempo que paso con Harry después de que se enojó conmigo a principio de mes; la clara tensión entre él y Ron, y que fingen no tener cuando estoy en casa; además de los días en que debo dejar a Harry solo, porque Ron visita a su familia… Todo está jodidamente jodido", quiso decirle con sinceridad. Pero recordando el sentido en que Liz hablaba siempre, se limitó a fulminarla con la mirada.
Un "métete en tus asuntos", nunca fue interpretado con mayor rapidez cuando Liz soltó una carcajada conocedora, inmune al fingido mal humor de Hermione.
— ¡Papi, ven, mira lo que me dio tío Gus! — clamaba emocionado Harry mientras arrastraba a Ron del brazo, llevándolo al patio trasero de la casa, donde en medio del pasto verde, decenas de carros de juguete, pelotas, y un sinfín de cosas más, se alzaba una pequeña bicicleta roja, especial para paseos por la montaña.
El estómago de Ron dio un vuelco al sentir a Harry desprenderse de su mano para correr hacia la nueva y flamante bicicleta. Recordando aquella que él intentó armarle varias semanas atrás, y ahora descansaba en pedazos en algún lugar del cobertizo, seguramente cubierta de polvo y telarañas.
— ¿Verdad que está bonita? — lo regresó a ver con los ojos brillantes.
— Si, está bonita — le sonrió forzosamente. Abriendo los ojos como platos cuando su hijo se trepó en ésta y empezó a andar sin ayuda.
— Tío Gus la hechizó para que aprendiera solito — le explicó, aproximándose hacia él, dando vueltas a su alrededor.
— Es genial Harry… — lo miró con cariño — ¿Por qué no te quedas aquí jugando un rato y voy a ayudarle a mamá con la cena? — le sugirió.
Pero Harry ya no lo escuchaba, porque acababa de salir del patio por la puerta y se alejaba colina arriba, pedaleando con energía. Ron suspiró, lo bueno de vivir ahí, en medio de la nada, a los límites de la montaña, es que nadie ni nada transcurría por ahí gracias a los hechizos protectores que había colocado; y con ése pensamiento de seguridad rondando en su cabeza, ingresó a la casa. Aun sintiendo el gusanillo de los celos, al sentirse desplazado en el corazón de su hijo por los regalos de su cuñado.
Ania estaba en la cocina, meneando por última vez el caldo de pollo que se terminaba de cocinar a fuego lento sobre la estufa, antes de apagarla y limpiarse las manos con el trapo que había a un lado.
— Supongo que ya no necesitas ayuda — la llamó, sorprendiéndola.
— Supones bien — le contestó, con la espalda hacia él.
Ron se sentó con cuidado, temiendo que cualquier acción que cometiera lograra que se alejara de él, como la última vez que fue y su esposa lo ignoró olímpicamente, dejándolo todo el tiempo con Harry, para que jugara con el niño.
— ¿Regalo de Gustav, también? — le preguntó, refiriéndose a la estufa.
— La envió hace una semana, dijo que el humo le podía hacer mal a Jean, como lo hizo alguna vez con Harry cada vez que preparaba algo con leña; y como mi energía mágica ha estado disminuida estos días…
— ¿Cómo que disminuida? — interrumpió preocupado.
—… no puedo convocar fuego mágico… — lo ignoró — Así que me regalo la estufa — terminó.
— ¿Te has sentido mal?… — le cuestionó, poniéndose de pie y acercándose a ella — ¿Ania? — la llamó, colocándose a su lado, su mirada recorriendo desde su rostro hasta su vientre ahora perceptible a la vista. Estaban a mediados del segundo trimestre y él se lo estaba perdiendo, pensó con dolor.
Su mirada subió a su rostro, percibiendo por primera vez los esfuerzos sobrehumanos que hacía su esposa para no llorar.
— ¿A qué viniste ésta vez, Ronald?… — lo regresó a ver, encarándolo, su voz cansada — ¿A quedarte?, o a decirme lo mismo: "¿Estoy bien, las cosas marchan bien, pero me ausentaré otra vez"? — recitó de memoria.
Ron sintió sus palabras como una cortante cachetada.
— Ania, sabes que no me marcharía si no tuviera motivos válidos — se atrevió a tomar su mano, arrugando el entrecejo con dolor cuando ella alejó la suya.
— Es que si al menos me dijeras que está pasando. Porqué éste ir y venir de tu casa a no sé dónde — le pidió, mostrándose vulnerable.
— Sabes que estoy con Hermione… — le recordó.
— Lo sé, sé que estás con ella. Y también sé que ella fue tu amor de adolescencia… — le sacó la vuelta.
— No, no fue así. Ania, te lo dije alguna vez. Estuve encaprichado con ella, pero era porque es mi mejor amiga, y se me hacía lógico que termináramos juntos. Ya sea Harry o yo. Pero como Harry se interesó en Cho, yo pensé que entonces Hermione y yo podríamos…
— Lo sé, lo sé… — lo cortó, mordiendo su labio.
— Sabes que estuve confundido en aquella época. Pero tú me enseñaste lo que es amar. Jamás te haría… eso — le aseguró.
Los hombros de Ania se relajaron al escucharlo, aun de espaldas a él.
— Lo sé Ron.
— Lo demás, no puedo decírtelo. Aunque quisiera, yo… — bajó la mirada.
— Es eso entonces. No quieres decírmelo — subrayó con dolor, regresando a verlo.
— No, no es eso. Es que… — frunció sus labios, atreviéndose a mirarla; molesto por toda la situación — Es demasiado complicado.
— Tienes razón… — asintió ella, sonriendo con lacerante ironía — Es demasiado complicado. Sobre todo, por qué desde que aquel pergamino llegó, no he visto a mi esposo más de dos días seguidos en casi dos meses.
Ron volvió a bajar la mirada, avergonzado. Ania lo miró con impotencia.
— Te estás perdiendo el desarrollo de Jean, y la infancia de Harry — le espetó, molesta porque no mostrara alguna reacción más que el mutismo.
— Lo sé — murmuró él.
— Y también te estás perdiendo éste matrimonio — añadió con tristeza.
Ron alzó la mirada, su pecho comprimiéndose con congoja.
— Lo lamento — susurró débilmente.
Ania lo contempló por lo que parecieron largos minutos, cuando apenas fueron unos cuantos segundos, antes de desviar la mirada, evitando que él viera el dolor en sus ojos.
— Iré a llamar a Harry para que venga a cenar. Dormirá en "mi" habitación ésta noche, tú puedes ocupar la de invitados; y si ya no estás por la mañana, espero que a donde sea que vayas, recuerdes todo lo que te he dicho — zanjó, sacándole la vuelta y dejándolo solo.
Y Ron se quedó ahí, viéndola partir, sintiéndose un completo imbécil.
Conteniendo la respiración y dirigiendo la mano a su túnica, Ginny Weasley se preparó para atacar en cualquier momento. Su vida como Mortífaga le había enseñado a estar siempre alerta. Por eso, cuando escuchó el eco de fuertes pisadas en el piso de piedra, lo primero que hizo fue pegarse a la pared, ocultándose en una pequeña grieta, resguardada en la oscuridad, y contemplar al frente con los ojos bien abiertos y el oído agudizado. Sólo para presenciar como una figura alta y tosca salía de entre las sombras.
El olor a sangre y suciedad, llegó a sus fosas nasales, haciéndola fruncir la boca con desagrado, saliendo de su escondite de manera silenciosa. Greyback, pese a la sorpresa recibida, tan sólo detuvo sus pasos, sonriendo lascivamente al verla.
— Es la segunda vez que te descubro por aquí… Weasley — le habló el hombre lobo, retomando su andar, ésta vez hacia ella.
— Y yo empiezo a creer que me sigues — le respondió, mirándolo con fastidio.
— ¿Otra visita al rubiecito? — la miró inquisidor, deteniéndose frente a ella, cortándole el paso cuando ella apenas empezaba a caminar.
Ginny alzó la mirada hasta toparse con sus ojos, que brillaban de un matiz amarillento por la escasa luz; su rostro pétreo.
— No hay nada qué hacer. Supuse que a su padre no le molestaría que jugara un poco con él a "las torturas" — se limitó a decir.
El hombre lobo sonrió, enseñando sus grotescos dientes puntiagudos. La boca de Ginny salivó de náuseas.
— ¿En serio?, tal vez yo podría participar — propuso interesado.
— ¿Quieres que te torture, Greyback?… — lo miró con sorna, una sonrisa colándose en su voz — Creí que con los azotes que recibes de tus amos, ya era suficiente — ironizó.
— Ellos no son mis amos — masticó furioso, dando un paso hacia ella, amenazante.
— Pero sí te dan azotes… — completó sin mostrarse alterada por su cercanía — Nunca pensé que fueras del tipo masoquista.
Los labios del hombre lobo se curvaron, volviendo a mostrar sus colmillos.
— Oh Weasley, tal vez si me dejaras, podría enseñarte de que tipo soy — ronroneó, mirándola con lujuria.
Ginny reprimió un escalofrío de repulsión; alejándose dos pasos de él.
— Vamos pelirroja, he visto como me miras — dio un paso hacia ella.
— ¿Quién no podría mirarte?; eres grotesco, repulsivo, pero, aun así, lo más podridamente interesante que ahí en ésta inmunda prisión.
Los labios de Greyback temblaron, debatiéndose entre tomar aquello como una ofensa, o un cumplido.
— De todas formas, — restando la casi nula distancia entre ellos, Ginny se puso de puntitas, alertando al hombre lobo, quien se tensó en su lugar; y, susurrándole casi a los labios, añadió: — no me gustan las pulgas — y le sacó la vuelta, marchándose antes de que éste pudiera tomarla entre sus grandes garras. Dejándolo gruñendo de furia.
— ¡Sólo es cuestión de tiempo, pelirroja! — exclamó en su dirección, antes de que ésta se perdiera en el corredor.
Ginny asintió para sí una vez dejó de escucharlo. Realmente esperaba que fuera cuestión de tiempo… cuestión de tiempo para arrancarle la cabeza a ése perrucho que no hacía nada más que causarle asco. Y aceleró el paso, cuando se sintió nuevamente segura de que ya nadie se interpondría en su camino. Después de todo, si planeaba ir a "visitar" a Draco Malfoy.
Con la sucia y gastada vestimenta con que lo habían sacado de Hogwarts hacia casi tres meses, Draco jadeaba lentamente, tirado en el suelo, mientras las heridas en su cuerpo punzaban adoloridas.
Desde que había sido capturado, había perdido la cuenta de cuantas veces había sido torturado. Su brazo izquierdo lo tenía entumecido desde hacia unos días, y la poca mejoría que había empezado a notarse en su hombro, se había extinguido pocos minutos atrás, cuando Greyback lo atacó nuevamente.
El repugnante sabor de la poción Crece huesos incluso parecía habérsele olvidado, rogando silenciosamente por una pequeña dosis. Pero nadie se lo daría; no, al menos, hasta que fuera motivo de vida o muerte. Mientras tanto, seguirían divirtiéndose con él.
Sus tobillos tenían marcas de las cadenas mágicas con las que Scabior lo ataba cuando lo mandaban durante los pocos días que recibía algo de alimento, y él usaba para inmovilizarlo, obligándolo a alimentarse a cuatro patas, del cuenco que tenía escrito su nombre, a los pies del carroñero mientras éste reía.
La espalda era un nudo de nervios lesionados, ocasionados por dormir sobre el viejo colchón lleno de resortes sobresalientes, o el frío y duro suelo de piedra.
Y lamentablemente, con lo que Luna y él nunca contaron, fue con que a esos desgraciados les causara más satisfacción la tortura física. Sólo una vez habían utilizado el Cruciatus sobre él; y había sido aquella lejana vez, cuando Greyback y Scabior lo tiraron en aquel podrido calabozo en el que estaba, y, disfrutando de su sufrimiento, arremetieron con la maldición imperdonable.
Emitiendo un gemido ahogado, estiró el brazo derecho, apoyándose sobre sus rodillas y el colchón, sus ojos se llenaron de lágrimas de dolor cuando se puso de pie, lastimándose más de lo que ya estaba. Y tambaleándose se dejó caer sobre un pequeño montículo de piedra, tocando con suavidad su hombro fracturado.
Un sentimiento de desolación lo aplastó, mostrándose vulnerable ahora que estaba solo y no se encontraban esos malditos carroñeros para verlo desmoronarse en pedazos.
¿Cuánto tiempo más podría soportar ésa tortura?, se preguntó. ¿Cuántos días más le permitirían seguir sufriendo, antes de matarlo?
El chirrido de la puerta oxidada de su celda, hicieron que Draco se girara alerta, tanteando la pequeña botella con poción que aún tenía oculta entre sus gastadas ropas.
— Soy yo — lo tranquilizó Ginny.
Y él barrió con fiereza las lágrimas que se habían agrupado en sus ojos.
Flash Back
— Y te sigues preguntando por qué te acompañé a Hogsmeade — le dijo Draco, invocando un hechizo Repulsor a los alrededores del pueblo, para que los alumnos no se alejaran del grupo.
— Fue mera suerte — se encogió de hombros Luna.
— Mera suerte es ir caminando y encontrarte un galeón. Esto, es un plan de diversión que organizaron Zabini y Nott como venganza — refutó, viendo como varios escregutos se agrupaban entre los pastizales.
Luna volvió a encogerse de hombros, restándole importancia mientras observaba con poco disimulo a los alrededores.
— ¿Qué buscas? — le preguntó Draco una vez que acabó y se giró a verla.
— Nada. ¿Por qué no vas a vigilar en el pueblo?, yo mantendré a los animalejos esos al margen — le sugirió.
— ¿Buscas deshacerte de mí? — arrugó el entrecejo.
— Claro que no — lo regresó a ver.
Draco enarcó una ceja, cruzándose de brazos sin creerle.
— Pensé que esto de la amistad y confiar el uno en el otro, significaba no tener secretos entre ambos — le recordó.
— Y yo creí que las palabras "Amistad" y "Confiar" no estaban incluidas en el vocabulario Malfoy — interrumpió una voz a su espalda; haciéndolo girarse.
— Weasley — frunció la boca con desdén.
— Luna, pensé que te vería únicamente a ti — lo ignoró Ginny, dirigiéndose a su amiga.
— Un ligero contratiempo — sonrió levemente.
Draco se giró hacia la rubia, fulminándola con la mirada.
— ¿Contratiempo?, ¡por eso insistías en que no te acompañara!, ¡porque te ibas a ver con ésta! — señaló con un dedo a Ginny.
— Y posesivo además… — ironizó la pelirroja — Que buen amigo te conseguiste Luna.
Luna pasó la mirada de uno a la otra.
— ¡Oh, ya basta los dos!… — exclamó con fastidio, dando una patada en el suelo — Draco, si no te dije de ésta reunión con Ginny es porque es peligroso que la vean aquí…
— ¡Y pensaste que te iba a delatar! — le acusó indignado.
Luna prefirió ignorar eso, girándose hacia Ginny.
— Y tú, me pides que te vea aquí, después de meses sin noticias tuyas, y encima vienes en plan de pelea. No es mi culpa que Draco estuviera conmigo, bien pudiste esperar un momento a solas, si lo que buscabas era privacidad — le espetó molesta.
Ginny le sostuvo la mirada con un dejo de vergüenza.
— Lo lamento, es sólo que…
— Tus padres tampoco han estado recibiendo noticias. Sino fuera porque les comento de las cartas que me escribes a veces, estarían vueltos locos de dolor por creerte muerta — la regañó.
— Lo sé, he estado…
— Y… ¡Merlín!, ¿qué hay de ésas feas marcas que tienes en el brazo?; ¡¿acaso estuviste cazando Mortífagos otra vez?! — su rostro pasó de la preocupación a la desaprobación en un segundo.
Ginny se removió incómoda, cubriéndose sutilmente con la túnica negra que portaba.
— Sólo son unos rasguños — le restó importancia.
Luna frunció los labios.
— Molly está enferma Ginny. Los sanadores no creen que se recupere ésta vez. Es depresión. Tu madre se está dejando morir, al igual que tú… — le comunicó sin más.
— ¿Qué? — gimió débilmente.
— Ya perdió a un hijo en batalla, y otros dos huyeron de casa, contigo ya serían cuatro. Por favor, no le hagas esto… — le suplicó — No dejes que su último recuerdo tuyo, involucre a Bellatrix Lestrange lanzándote una maldición asesina.
— Mi madre sabe que me salvó de ésa maldición — arrugó el entrecejo confundida.
— Tu madre ya no sabe nada, sólo que ha perdido a sus hijos, y no quiere seguir viviendo — un nudo se formó en su garganta.
Draco pasó la mirada de una a la otra, notando la tensión entre ambas amigas.
— ¿Qué estás haciendo con tu vida, Ginny? — le preguntó finalmente.
— Tengo un plan — replicó seria.
— ¡¿Y ÉSE PLAN IMPLICA ABANDONAR A TU FAMILIA?! — rugió furiosa.
Ginny no respondió. Pero lo que Draco descubrió en sus ojos café, le dieron una respuesta afirmativa.
Fin Flash Back
— ¿Qué haces aquí, Ginevra? — la voz de Draco salió ronca, luego de los gritos de dolor que Greyback le había sacado.
Arrojando sin ánimos el libro, que pretendía estar leyendo, en la cama, Harry volteó el rostro hacia la ventana cuando el ruido de un auto se escuchó ingresando en el patio delantero.
Con su atención rápidamente cautivada por aquel sonido conocido; saltó fuera del colchón, precipitándose hacia la ventana, descubriendo ligeramente la cortina, enfocando su mirada hacia abajo.
Su corazón se agitó de manera alegre al tiempo que una sonrisa aparecía en sus labios al ver el auto de su mejor amiga desaparecer en el garaje.
Casi sin ser consciente, ya estaba en la puerta, precipitándose por el pasillo y bajando las escaleras de dos en dos; sus pies impactaron contra el suelo del vestíbulo con un sonido sordo, recuperándose rápidamente cuando emprendió la carrera nuevamente. Apenas y echó un vistazo rápido a la cocina, cerciorándose de que todo estuviera en su lugar, cuando casi arrancó el picaporte de la puerta que conectaba al garaje al girarlo con brusquedad, creyendo por un segundo que había torcido su muñeca. Dolor que sin embargo jamás apareció pues su rostro se iluminó al instante en que accionaba despistadamente el interruptor de luz, sorprendiendo a Hermione abriendo la puerta del auto.
Hermione, que parpadeó desorientada, con su portafolio bajo el brazo, y su cuerpo deslizándose fuera de su auto, sonrió feliz al verlo. Su expresión cansada por un largo día de trabajo, siendo sustituida inmediatamente por la alegría de estar finalmente en casa.
Harry, todavía sin aliento, sin poder controlar las pulsaciones de su corazón y con el estómago dando tumbos dentro de su cuerpo, se abrió paso hasta su mejor amiga, tomándola por sorpresa cuando ésta cerraba su auto y el pelinegro la encerraba a ella en un emocionado abrazo, rodeándola con sus brazos por los hombros.
El ceño de Hermione se frunció ligeramente ante la urgencia de su acto, mas pronto correspondió a su gesto, soltando una cantarina risa que causó más estragos en Harry, haciéndolo perder aún más el aliento sin saber a ciencia cierta de donde había venido tal arrebato de euforia con su mejor amiga.
— ¿Día aburrido? — le preguntó la castaña al oído.
Harry, aun incapaz de encontrar una respuesta a sus acciones, se separó de ella con más brusquedad de la que esperaba cuando su cálido aliento le envió un escalofrío a lo largo de la nuca, desconcertándolo.
Pero Hermione, quien parecía estar aún complacida por su anterior gesto, le restó importancia, sonriéndole con cariño.
— Yo… bueno — sin palabras, el pelinegro no pudo más que rascarse la nuca con expresión distraída.
Hermione sonrió, meneando su cabeza.
— Vamos, creo que aún podemos hacer algo para compensarnos éste día — se adelantó, tomándolo del brazo al pasar por su lado y guiándolo dentro de la casa.
El entrecejo de Harry se frunció al escucharla, recorriendo su rostro con confusión.
— ¿Mal día? — al igual que ella, preguntó en una corta oración.
Mas la castaña no sólo asintió, dándole una respuesta afirmativa, sino se dirigió al refrigerador apenas Harry cerró la puerta del garaje; y, extrayendo una fría botella de vino de éste, se puso de puntitas, tomando un par de copas de la gaveta que estaba a un lado del fregadero; regresando a verlo con una muda invitación.
Las comisuras de los labios de Harry se elevaron.
Momentos después ambos se dejaban caer sin gracia en un par de sillas en el jardín trasero de la casa.
— Entonces señor Potter, pretendamos que soy madame Rosmerta, y dígame: ¿cómo prefiere su trago?, ¿a las rocas?, ¿o seco? — le preguntó Hermione con una sonrisa ladeada, destapando la burbujeante botella de vino blanco.
— En realidad no sé qué es uno ni otro — confesó con una risa.
Hermione lo miró divertida.
— El gran concepto en sí es éste. A las rocas: con hielo. Seco: sin hielo — enumeró, vertiendo vino en una copa.
— Eso no tiene sentido — arrugó el entrecejo.
— Tampoco por qué nombran con tantos nombres un simple emparedado, sólo por el tipo de corte que le hacen. Pero a esto llega el ingenio de algunas personas — se burló, mirándolo interrogante mientras llenaba la otra copa.
— Sin hielo.
— Seco será — le tendió una copa.
Harry la miró divertido, recibiéndola.
— A la salud, de un pésimo y aburrido día — chocó delicadamente su copa con la de Harry.
—… Y de cero programaciones televisivas por los debates presidenciales — añadió éste.
Hermione mordió su labio inferior, callando una carcajada.
— Salud por eso también — volvió a golpear las copas. Exhalando un suspiro relajado después de dar un pequeño sorbo, recostándose en la silla, cerrando los ojos.
Harry dejó salir un suspiro similar, regresando la mirada hacia el patio. Ése lugar que es como un invernadero lleno de flores y árboles frutales, donde todo era brillante y lleno de vida, y te sentías con el poder de hacer lo que quisieras, siendo libre.
— Creo que empieza a mejorar — comentó apenas audible. Hermione giró la cabeza hacia él, abriendo los ojos, descubriéndolo perdido en un santuario de paz.
— Ya lo creo — concordó, sonriendo suavemente.
Harry llevó la copa a sus labios, dejando que el alcohol fluyera dentro de su boca. El sabor dulzón del vino deslizándose por su paladar al mismo tiempo en que los últimos rayos del sol se perdían en el horizonte. Y se quedaron ahí compartiendo ése momento de relajación.
Mientras muy lejos de ahí, en una celda cubierta de suciedad y oscuridad, Draco crispaba sus puños, esperando la respuesta de la mujer frente a sí.
— Ayudar — se acercó Ginny con determinación, sacando un par de pomadas del bolsillo de su túnica e hincándose frente a él.
Draco la miró con advertencia.
— No puedes — replicó, intentando alejarse, y soltando un gemido de dolor cuando su codo izquierdo chocó con el muro, enviándole una abrasadora sensación de dolor por todo su costado, concentrándose en su hombro.
Ginny lo tomó con cuidado del brazo derecho.
— ¿Qué sucedió? — le preguntó.
— Nada, ahora vete — le espetó, alejando su brazo.
Ginny arrugó el entrecejo, confundida por su actitud.
— Sólo intento ayudarte — lo miró dolida.
— Si quieres ayudarme, entonces lárgate — le ordenó con frialdad.
Flash Back
— Volar en escoba hasta la oficina del director, rompiendo con los hechizos protectores, es una hazaña digna de un Gryffindor. Pero, aun así, necesitas una cita para ser atendida… — fue el saludo que le dio Draco a Ginny cuando la vio aterrizar en medio de la habitación, con escoba en mano. Pedazos de vidrio tirados a sus pies, de la ventana que había roto — Y ésa ventana te costara un par de galeones, fue diseñada por no sé qué mago famoso — añadió indiferente.
— Que yo sepa, los hechizos protectores, como bien me dijo Luna, son para mantener lejos a las personas "indeseables". Y respecto a la ventana, puedes usar un Reparo — le respondió la pelirroja, dejando la escoba a un lado, quitándose la capucha de la túnica de la cabeza, y sacudiéndose los pedazos de vidrio que se habían adherido a su cabello.
Draco pasó saliva.
— ¿A qué viniste, Weasley? — le preguntó, tras su escritorio.
— Necesito…
— ¿Necesitas?… — la interrumpió con humor — Esto es digno de verse. Un Weasley, pidiendo ayuda a un Malfoy.
— No te emociones, si no fuera porque no conozco a otro traidor, no acudiría a ti — replicó en el acto.
El semblante de Draco se ensombreció.
— Mira… necesito tu ayuda. Y necesito, que nada de lo que diga aquí, salga fuera de ésta habitación — le pidió con la mejor cara de amabilidad que pudo encarnar, sentándose frente a él, al otro lado del amplio escritorio.
— ¿Por qué te ayudaría?, después de todo, lo acabas de decir. Soy un traidor. ¿Qué te da la suficiente confianza en mí para pensar que no divulgaré todo lo que me digas antes de que siquiera termines de marcharte de aquí? — le cuestionó impasible.
— Porque si Luna confía en ti… — mordió sus labios — porque si ella lo hace, entonces creo que yo también puedo hacerlo — otorgó a regañadientes.
Draco la contempló en silencio.
— Y ¿qué se supone que es lo que necesitas? — inquirió indiferente.
Ginny sintió su corazón acelerarse.
— Necesito infiltrarme en los Mortífagos.
— Claro — soltó una carcajada divertida, regresando su atención a los papeles que estaba revisando.
Ginny lo miró con el entrecejo fruncido, molesta.
— Tengo un plan. Lo he estado ejecutando estos últimos tres años. Pocos meses después de la batalla…
— Ja, ja. Buena ésa Weasley. Ahora, si me disculpas… — señaló hacia la puerta.
Ginny frunció los labios.
— Necesito que me ayudes. He intentado todo. Traición hacia mis amigos y familia. Ataques… — sus hombros cayeron, abatida — He torturado y manipulado a personas inocentes — confesó sin aliento.
Draco la miró incrédulo.
— ¿Hablas en serio?
— A veces permito que me vean, otras no, pero siempre dejo alguna señal de que estuve ahí. Ya sabes, alguna prenda, pequeñas marcas, como gotas de sangre…
— Basta… — la detuvo, turbado — ¿Estás hablando en serio? — repitió incrédulo.
— Tan en serio como que estoy dispuesta a depositar mi plena confianza en ti, aun cuando no sé dónde me dejará ésa decisión — asintió.
Draco se humedeció los labios, pasándose una mano por el cabello, irguiéndose en la silla, abrumado.
— He atacado a los nuestros. Si eso no te dice hacia donde están dirigidos mis objetivos…
Aquella oración atrajo por completo la atención del rubio hacia ella.
— Para todos los Mortífagos, ya soy una traidora de mi propia sangre. Para otros pocos, una simple traidora, cambiando de grupo. Pero necesito ganarme su confianza, y no sé cómo hacerlo…
— ¿Y por qué necesitas mi ayuda en esto? — le preguntó al cabo de un tiempo.
— Porque sólo tú has estado ahí… — razonó. Echó la cabeza hacia atrás un segundo, tomando una profunda respiración, antes de volver a contemplarlo sin dudar — Y porque necesitaré a alguien que no sea de fiar para mi familia, para que ellos crean en su palabra. Porque una vez me haya infiltrado en los Mortífagos, será mejor que todos me den por muerta.
— ¡¿Estás loca?!… — vociferó, sin medir el volumen de su voz — ¿Abandonarás todo?, ¿tu familia?, ¿tus amigos?, ¿a Luna?, sólo por… — se puso de pie, alterado.
— El amor que siento por ellos será mi sacrificio, si con ello puedo otorgarles más años de vida y paz — lo interrumpió determinada.
— Aun si con eso logras que posiblemente te descubran y te odien a morir. O peor, que tú misma familia te asesine — le hizo ver.
Ginny mordió su labio inferior con dolor, bajando la mirada.
— Lo he pensado, y correré el riesgo.
Draco arrugó el entrecejo, mirándola atónito, dejándose caer nuevamente en la silla. Deslumbrado por su valentía y coraje.
Luna una vez le dijo que Harry había visto algo bueno en él, y por eso ella confiaba en él; el que ahora se diera el mismo caso con Ginny, sólo por la confianza que Luna depositaba en sí, lo dejaba aturdido.
¿Es que de verdad ellas creían que podía ser alguien… bueno?, se preguntó.
Luna no se había cansado en repetírselo, día tras día, enseñándole cómo hacer las cosas, en quien confiar y a quien seguir. Ella realmente le seguía enseñando cómo ser él mismo, y no la imagen que su padre siempre quiso. Pero ¿y si fallaba?, ¿y si, en lugar de ser una ayuda para Ginevra Weasley, sólo la colocaba en las fauces del lobo?
Aunque ella ya lo había dicho. Confiaba en él. Y estaba dispuesta a arriesgar todo por las personas que amaba. Valdría la pena hacerlo, se dijo. Si con eso también podía poner bajo protección a su madre.
— Lo haré… — le dijo luego de varios minutos en silencio. Recibiendo una mirada sorprendida de su parte — Pero con una condición.
Ginny ahogó una sonrisa irónica.
— Sabía que pedirías algo — comentó para sí.
— Escribe a tus padres y Luna hoy mismo… — ignoró su comentario — Y síguelo haciendo, al menos una vez a la semana. Hasta que ya no puedas hacerlo.
Ginny lo miró con el entrecejo fruncido.
— Realmente te preocupas por ella ¿verdad? — no pudo evitar preguntarle.
Draco se removió incómodo.
— Es mi amiga. La única que tengo — le confesó.
Ginny asintió.
— Y mi madre… — respiró hondo — Si esto funciona, ¡te ruego que veas por su bienestar!
Fin Flash Back
— No lo haré. No me iré — refutó Ginny.
Draco desvió la mirada.
— Si ellos se dan cuenta de que me he curado, que mis heridas han sanado; a la única que buscarán será a ti. Nadie más aquí se interesaría por mí — murmuró con la voz ronca.
— ¡¿Y crees que eso me importa?! — vociferó, mirándolo significativamente.
Draco apretó los músculos de su mandíbula.
— No quiero que vuelvas a aquí — la regresó a ver con frialdad.
Las cejas de Ginny se elevaron, mostrándose sorprendida por sus palabras. Pero el asombro sólo le duró unos segundos, antes de lanzarle una mirada feroz.
— Pues lo quieras o no, ¡te voy a curar! — zanjó. Y con aquella terquedad que la caracterizaba, abrió los recipientes, tomando una buena cantidad en sus dedos índice y medio, y ante las quejas de molestia del rubio, descubrió su hombro herido y lo untó con el ungüento. El suspiro de alivio que salió de los labios de Draco, no pudo pasar desapercibido para ninguno, cuando la refrescante sensación del bálsamo eliminó por completo el dolor.
Sus miradas se encontraron.
— Correré el riesgo. Siempre lo haré — le dijo ella.
— Ginny… — empezó, su mirada recorriendo su rostro con avidez, memorizando sus rasgos.
— No te dejaré solo, Draco — negó tajantemente.
— Sólo será cuestión de tiempo para que ellos lo descubran, Ginny. Lo sabes — le dijo, una vez hubo terminado.
La pelirroja asintió.
— Mientras tanto, intentaré mantenernos con vida.
Draco suspiró, cerrando los ojos y descansando la cabeza en la pared.
— No quiero que vuelvas — le repitió, con los ojos aun cerrados.
La sintió levantarse y sentarse a su lado.
— Y yo no quiero que vuelvas a decir eso — le espetó dolida.
Los ojos grises de Draco se enfocaron en los de ella.
— Te conozco demasiado bien, hurón. Puedes decirme lo que quieras, pero no me moveré de aquí. Y va siendo hora de que lo entiendas — sentenció.
Draco giró el rostro hacia el frente, mordiendo sus labios como lo hacía cuando lo dejaban sin argumentos.
— Eres demasiado terca, comadreja… — murmuró — Estoy harto de vivir ocultos — se atrevió a confesar.
Ginny asintió, mirándolo de reojo, y tomó su mano sin dudar, apresándola con suavidad entre la de ella. Y se quedaron así por unos pocos minutos más.
Porque no podían permanecer mucho tiempo juntos. No cuando él era su prisionero, y ella debía ejercer su papel de Mortífaga.
