Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.
Colapso
Capítulo 8
Tácito
Mikasa observaba desde el porche todos y cada uno de los movimientos de Jean.
En los últimos días había desarrollado la extraña manía de escrutarlo hasta encontrar un nuevo detalle en su faz. No debía resultarle extraño. Jean estaba habituado a llamar la atención por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones y porte aristocrático. Los hombres declaraban que era un joven prometedor, con mucha clase; las mujeres decían que era guapo, un partido perfecto para cualquier mujer.
Mikasa no podía estar más de acuerdo con ellos. Con el paso de los años, aquel muchacho antes arrogante e insufrible se transformó en un hombre de principios firmes.
Fue entonces que, a unos pasos en el camino, el motivo de su atención bajó por el sendero hasta el césped para respirar el aire húmedo impregnado de olor a flores, a vegetación pulposa, a polen arrojado al viento en manojos, como huevas de ostras en el mar. Se estiró bajo el sol, notó la ondulación de sus músculos, como un gato arqueando el lomo. Iba en mangas de camisa, y sus brazos desnudos se asomaban descaradamente por debajo de la tela doblada.
Notó la sangre precipitársele al rostro en un súbito sonrojo que coloreó sus mejillas.
Apartó los ojos al instante, y se quedó sentada, meditando, en actitud inmóvil, durante unos minutos. Estaba trastornada, demasiado confundida por los últimos días.
Entender del todo su propio corazón fue el primer intento. A eso dedicaba su tiempo libre. ¿Cuánto tiempo hacía que Jean le eran tan querido como tus sus sentimientos declaraban ahora que era? ¿Cuándo había empezado tal influencia, la influencia de él? ¿Cuándo había conseguido él ese lugar en sus afectos que Eren ocupaba?
Uno más uno más uno más uno no es igual a cuatro. Cada persona seguía siendo única, no había manera de unirlos. No podía cambiar el uno por el otro. No podía reemplazar uno por otro. Jean por Eren, o Eren por Jean. En esa coyuntura no aplicaba el condicional.
"Uno no puede evitar sentir lo que siente", le dijo Sasha una vez, "pero puede reparar sus actos".
—Traje un poco de zumo de naranja— anunció la señora Rosenbald al aparecer en su campo de visión, interrumpiendo sus pensamientos; de manera ceremoniosa, colocó la bandeja sobre la pequeña mesita y sirvió el jugo en dos vasos, extendiéndole uno a ella acompañado de una cálida sonrisa—, imagine que querría refrescarse— agregó.
—Gracias— murmuró. Al menos podría acusar al calor de los bochornos y suspiros.
Entornó la mirada nuevamente al sitio donde se encontraba Jean. Llevaba gran parte de la mañana intentando reparar el automóvil con ayuda del señor Rosenbald, hasta el momento, sus intentos por hacerlo arrancar habían sido infructuosos y, a medida que avanzaban las horas, el joven Teniente comenzaba a impacientarse, Mikasa podía verlo en la forma que tensaba los músculos de la espalda y apretaba la mandíbula.
El calor del día comenzaba a remitir, y ahora se estaba a gusto en ese lugar, donde corría una leve brisa vespertina, y la vasta extensión de terreno que se dominaba desde allí imbuía una melancolía plácida en el corazón torturado.
Pocos minutos después, la señora Rosenbald, que estaba sentada junto a Mikasa con un largo vaso de zumo en la mano, se puso a hablarle del orfanato.
El sitio era dirigido y administrado por una orden de mujeres perteneciente al Culto del Muro. Juraban lealtad y tomaban votos de castidad. Sus vidas eran serenas, de oración. Contemplación, dedicadas a las buenas obras.
—La madre superiora tiene un mensaje para usted. Me ha encargado decirle que, aunque entendería perfectamente que no quisiera ir al orfanato ahora mismo, le encantaría mostrarle el lugar.
—Es muy amable de su parte. No sabía que estuviera al tanto de mi existencia.
—Le he hablado de usted— sonrió—. Mi esposo y yo visitamos el lugar una o dos veces por semana para llevar leche y huevos. Diría que su marido también les ha hablado de usted. Ha de saber que ellas le profesan una admiración sin límites.
A Mikasa la sorprendió el leve hormigueo de orgullo que experimentó al enterarse que lo tenían en tan alta estima. Jean le había contado algo sobre sus labores, pero no sólo era su competencia lo que alababa las hermanas (estaba al tanto de que en Mitras y los demás distritos lo consideraban una persona inteligente), sino también su amabilidad y ternura. Era capaz de demostrar una gran ternura. Desplegaba sus mejores cualidades cuando trataba con los más necesitados; era demasiado listo para exasperarlos y su personalidad resultaba agradable, fresca y balsámica. Como por arte de magia, su mera presencia bastaba para aliviar un poco el sufrimiento de las personas. Mikasa sabía que nunca volvería a ver en sus ojos la expresión de afecto a la que tanto se había acostumbrado. Ahora era consciente de cuán inmensa era su capacidad de amar, capacidad que, de un modo extraño, volcaba sobre otras personas que dependían totalmente de él. No es que estuviera celosa sino que la embargaba una sensación de vacío; era como si le hubiesen arrebatado un apoyo al que se había habituado tanto que ya no sabía apreciarlo: ahora se bamboleaba de aquí para allá como cargada con un peso excesivo.
Los amargos sentimientos producidos por estas palabras, sus muchos amargos sentimientos, hicieron necesario el mayor esfuerzo por parte de Mikasa para permitirle decir en respuesta:
—Si, suena a algo que provocaría Jean.
La señora Rosenbald sonrió. Sin lugar a dudas, Mikasa era una mujer afortunada. Fue salvada de arrebatos de ternura, que en ese momento habría sino una terrible penitencia, por el ruido de los pasos del mismo hombre del que hablaban minutos atrás. La dama optó por retirarse para auxiliar a su marido. Con el más pronto asentimiento de la pelinegra, pues, enfiló los pasos hacia su esposo, y, en el momento en que se fue, Mikasa dejó escapar espontáneamente sus sentimientos en un largo y profundo suspiro.
—¿No preferirías estar adentro? Hace un calor infernal— espetó sin mirarla. Los ojos de Mikasa viajaron del rostro sonrojado del muchacho hasta sus manos; Jean parecía demasiado absorto en su labor de despojarse del aceite que ni siquiera era capaz de reparar en ella.
—Yo lo encuentro agradable— se atrevió a discernir—. ¿Conseguiste repararlo?
Jean arrugó la nariz ligeramente, Mikasa no supo discernir si se debía al comentario del clima o la obviedad de su cuestionamiento.
—Eso espero— dejó escapar todo el aire contenido en sus pulmones—. Puedo asegurarte que no nos dejara varados en medio de la nada.
—Podemos cabalgar— tomó uno de los vasos de la bandeja y vertió una generosa cantidad de zumo. Le extendió el recipiente y retiró la mano antes de llegar a tocarlo.
—¿Qué clase de esposo sería si obligo a mi mujer a ir en caballo a una cena importante?— medio sonrió él.
Mikasa sabía que estaba bromeando, Jean no podía estar hablando en serio. Todo ese asunto de pretender había sido idea suya, la cual, el castaño aceptó renuentemente.
La pelinegra parpadeó para romper el inusitado, pero penetrante contacto visual y volvió el rostro para ocultar su bochorno. No tenía la menor idea de qué era lo que le pasaba. Ella no era la clase de mujer que iba ruborizándose por cualquier intento de coqueteo, pero por alguna razón, en las últimas ocasiones en que Jean dejaba caer el poder demoledor de sus ojos avellana sobre ella, no podía evitar hacerlo.
—No me importaría hacerlo— se encogió de hombros.
—Por supuesto que no, Ackerman— dijo Jean bebiendo de su vaso.
La aludida carraspeó para deshacerse la piquiña del jugo en su garganta y se abanicó con la mano para disipar el calor. Los dos guardaron silencio por un rato hasta que él comentó:
—Ya va siendo hora que ambos comencemos a prepararnos si queremos llegar a tiempo. ¿Te molesta si uso el baño primero?
—Adelante— contestó, procurando esbozar una sonrisa.
Jean imitó el gesto y se precipitó al interior de la casa, ajeno al dilema interno que mantenía Mikasa.
Solo cuando él estuvo lejos del oído, Mikasa dejó escapara espontáneamente sus sentimientos en:
—¡Por Ymir! ¿Qué demonios está pasando conmigo?
Jean volvió a ajustarse la corbata y sacudir su saco por quinta ocasión en un lapso de diez minutos. Por alguna extraña razón, la cual se veía incapaz de descifrar, se sentía nervioso, algo extraño para su veredicto estoico. Estaba habituado a ese tipo de formalidades, había acudido a un sinfín de cenas con hombres poderosos un centenar de ocasiones, sin embargo, ¿qué lo hacía distinto esta vez? Probablemente era el hecho de que Mikasa estaría con él.
Las cosas no podían ser peores de lo que eran. Metódicamente, y complacido por su propia eficiencia, como si preparase para un viaje peligroso o una hazaña militar, ejecutó los consabidos trámites: localizó sus llaves, resguardo su billetera, se olió el aliento contra una mano ahuecada, relleno su pitillera y comprobó su mechero. Se inspeccionó una última vez ante el espejo. Expuso las encías y se giró para ponerse de perfil y contemplar su imagen por encima del hombro.
—Es muy ajustado— escuchó a Mikasa protestar desde el rellano de las escaleras.
Una sonrisa curvó la comisura de sus labios.
—Esa es la idea.
—Apenas puedo respirar— insistió.
—Creo que esa también es la idea.
—No podré caminar.
Jean cerró los ojos un instante, tomó una enorme bocanada de aire y la dejó escapar a manera de suspiro.
Jamás habría imaginado que, en su corta existencia, presenciaría algo tan increíble como Mikasa Ackerman perdiendo la batalla contra un vestido.
Sabía que su compañera no estaba acostumbrada a utilizar toda la indumentaria que las damas de la alta sociedad portaban en su día a día. En contraste con ellas, Mikasa danzaba por los aires con su equipo de maniobras tridimensionales y blandía la espada con tanta elegancia que rara vez llegaba a ensuciarse a sí misma.
—No es necesario usar todo, tan sólo es una formalidad. Estoy seguro que cualquier cosa bastara— espetó.
—Claro que no— volvió a escuchar su voz amortiguada por la distancia—. ¿Qué pensara el General de mí?
Jean frunció el entrecejo, ¿desde cuándo le preocupaba lo que la gente opinara de ella?
—Eso debería ser la última de tus preocupaciones. No debes impresionarlo.
—Es tu superior— le recordó.
—Mikasa, de verdad, no es necesario que pongas tanto empeño en esto. Sólo es una cena.
La pelinegra ignoró por completo su comentario y, tan pronto como Jean recayó en silencio aguardando por su respuesta, dijo:
—Muy bien, ya termine ¿estás listo?
Con paso tambaleante, la joven descendió los peldaños uno a uno, aferrando una mano al barandal para no perder el equilibrio y terminar rodando por las escaleras.
Llevaba una blusa de manga larga con elaborados bordados y una falda circular, ceñida con un cinturón, el cual enmarcaba la estrechez de su cintura. Su rostro estaba al descubierto, había atado su melena en un sencillo moño, permitiéndole atisbar cada rincón y detalle de su linda faz.
No pudo evitar sorprenderse. Su extraña belleza tenía una cualidad perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al de la raza humana. Era aún más hermosa que la imagen que él se había forjado en su imaginación.
—¿Y bien?— preguntó ella sin inmutarse en maquillar la ansiedad que reinaba en su rostro.
—Bueno, yo…— balbuceó con la voz más grave de lo habitual. Aunque Mikasa no concedió importancia al detalle, achacándolo a lo cargado que estaba el ambiente—. Esta noche estás…— dudó, porque la conocía demasiado bien— diferente— dijo al fin, sin atreverse a alabar su aspecto por temor a incomodarla.
Mikasa no era consciente de su belleza y poca o ninguna importancia otorgaba a su apariencia.
—Me siento como una mula— resopló exasperada.
Jean la observó de arriba abajo con disimulo
Era una muchacha preciosa, pero aquella noche, con aquel vestido que realzaba sus femeninas curvas, estaba deslumbrante.
—Aunque la indumentaria no sea de tu agrado, te ves…estupenda— dijo comedido, aguardando su reacción.
El comentario no pareció molestarle, porque una sonrisa apareció al instante en los carnosos labios de la joven.
—Tu también tienes buen aspecto esta noche— manifestó en un extraño arranque de sinceridad, repasándolo de arriba abajo con la mirada, ajena al deseo que de repente centelleaba en las pupilas de su compañero. Porque, para ella, Jean era solo eso: un compañero. Un amigo.
—No es nada, llevo puesto el uniforme.
Ella soltó una risa ligera y aunque esta vez sus mejillas no se encendieron en un sonrojo, sí se iluminaron sus ojos. Jean sintió que algo dentro de él se agitaba.
—Luces muy apuesto— replicó ella.
Mikasa volvió a sonreír y Jean supo que estaba en un verdadero problema cuando se halló perdido en el rumor de su risa, cautivado por sus ojos mansos, serenos y sinceros, que le transportaban siempre a un mundo encantado, donde sentía esa ternura y esa languidez que recordaba a tiempos mejores.
—¡Vaya, gracias! Viniendo de ti, es para sentirse halagado— respondió al cumplido, consciente de que las palabras de Mikasa no encerraban más sentimiento que el cariño fraternal que siempre le había profesado.
—La modestia nunca ha sido tu fuerte, Kirstein— sonrió divertida. Jean le tendió la mano para ayudarla a descender el último peldaño.
—¿Qué puedo decir?— suspiró—. No espera ese comentario de tu parte— ahora fue el turno de Mikasa para ruborizarse—. ¿Te apetece beber algo antes de marcharnos? Un poco de alcohol te ayudara a relajarte— en realidad aquello era una excusa. Necesitaba alejarse un momento de ella para recuperar el control de su cuerpo y sus pensamientos.
—¿Eso es prudente, Jean?
—Nada es más prudente— sonrió.
Ahuyentó las imágenes vividas y diurnas de Mikasa, pues no quería llegar con un aire trastornado. Las suelas duras de sus zapatos resonaban amortiguadas en el suelo cubierto por la alfombra. Al llegar al pequeño estante donde resguardaba los licores, alcanzó la botella que contenía el whisky más exquisito de la región. Vertió el líquido en dos vasos y le tendió uno a su hermosa acompañante, observándola con disimulo.
Mikasa comenzó a beber en silencio; a causa de los nervios, se bebió un vaso de un solo trago y Jean, adoptando una significativa expresión, se lo llenó de nuevo. Mikasa se lo bebió dócilmente aunque más despacio que el primero.
—¿Mejor?— preguntó Jean, mirando con sus bellos y grandes ojos, seriamente y de forma alternativa, al vaso, a la botella y a Mikasa.
—Supongo que si— dijo ella encogiéndose de hombros.
—No tienes que preocuparte, como lo dije antes, solo es una formalidad— espetó Jean, con una sonrisa.
Mikasa negó con la cabeza.
—No quiero avergonzarte— admitió—. Estas cosas no son mi fuerte— estaba refiriéndose a las reuniones—. No soy como tu o Armin.
—Y nadie está pidiendo que lo seas.
El rostro de Mikasa perdió todo rastro de afabilidad, y él reparó en ese rasgo conocido, que en caso de la pelinegro significaba una profunda concentración: en su tersa frente apareció una arruga.
—Quiero causar una buena impresión— respondió ella con frialdad, y al punto añadió—: ¿Cómo voy a logarlo si soy socialmente incomoda?
Jean enarcó ambas cejas en una mezcla de impresión y confusión por partes iguales.
—¿Socialmente incomoda?— secundó sin comprender muy bien a qué se refería.
—Sasha dijo que lo era— aclaró.
El castaño dejó escapar una enorme bocanada de aire. Claro que sonaba a algo que Sasha remarcaría.
—Mikasa, puedo asegurarte que no hay nada de qué preocuparse— pronunció, haciendo las pausas necesarias para conferirle a su voz la inflexión de quien cree estar dirigiéndose a un crio—. Por lo que mencionaste el otro día, la esposa del General parece tenerte estima, no dudo que puedas entablar una amistad con ella. En cuanto a Hegstad… yo me encargare de todo ¿está bien?
La pelinegra suspiró un tanto conmocionada; a fin de cuentas no supo si sentirse aliviada o agobiada.
—Dicho esto, será mejor que salgamos de aquí— sentenció, vedando los pensamientos de la joven.
Cuando volvió a contemplarla, el rostro de Mikasa ya no era tan severo, y sus ojos habían recobrado esa mirada sincera y acariciadora, pero él creía percibir en esa afabilidad un matiz especial, de premeditada calma.
Ella atinó a ladear la cabeza en afirmación antes de que Jean la tomara de la mano, una muestra de la confianza que se tienen que en ese instante, a él, que se moría por acariciar la sedosa piel que el escote dejaba al descubierto, le resultaba tan pesada y asfixiante como una losa atada al cuello.
Sin lugar a dudas, aquella velada sería un verdadero tormento.
Durante el trayecto en auto, un tenso silencio se interpuso entre ellos. Mikasa no sabía cómo él podía estar tan tranquilo cuando ella tenía un montón de dudas merodeando en su cabeza. Sin embargo, esa era la naturaleza de Jean y, aunque le había dicho en más de una ocasión que solo se trataba de una formalidad, lo último que deseaba era dejarlo mal parado ante su superior y su esposa.
En cuanto al joven teniente, miró a Mikasa de reojo. Se estaba mordiendo el labio inferior y arrugaba el ceño como si le afligiera algún pensamiento.
Parecía afectada. Su mano izquierda, con los dedos largos y sus preciosas uñas nítidas, colgaba del apoyabrazos. Siempre tuvo unas manos bonitas y elegantes, a su parecer. En un acto de escandalosa valentía, tomó su mano y enlazó los dedos con los de ella para que sus manos se transformaran en un puño.
Mikasa no supo precisar qué cambio sufrió su cuerpo, pero cuando notó la piel áspera de la mano de Jean contra la suya y el firme agarre, sus mejillas comenzaron a arder, y su corazón se aceleró. Un extraño corrientazo la recorrió de pies a cabeza, si no hubiese estado postrada en el asiento del copiloto, seguramente habría colapsado en un instante al registrar la debilidad de sus extremidades en el instante que vislumbró como las delicadas facciones de su compañero se relajaban. Él movió la boca para hablar y Mikasa sintió como su corazón volvía a estremecerse.
—Mikasa— la llamó con voz fuerte y sosegada—. No puedo creer que una mujer como tú, que se ha enfrentado a escuadrones enteros y titanes este muerta de miedo por una simple reunión.
La aludida no creía que esos problemas no la hubiesen atormentado en su momento. En absoluto. Ahora mismo le encantaría enfrentarlos. Le encantaría sentir esa comenzó de luchar por la vida.
—Jean, es tu superior— hasta el momento, aquella oración se había convertido en la única razón para sentirse tan inquieta.
—Y me sorprende que lo sea. Al hombre solo le importa beber una buena botella de vino y leer el periódico del día.
La miró animoso y presionó aún más sus manos unidas. Viniendo de él, aquello era un ataque de emotividad histérica, y Mikasa le devolvió el apretón para darle las gracias.
Antes de que alguno de los dos decidiera añadir algo más, la residencia de los Hegstad apareció frente a ellos al final del intricando sendero que conectaba las viviendas circundantes de la región.
La fachada de la mansión tenía tres plantas de proporciones no enormes, pero si considerables; era una casa solariega, y las almenas le daban un aspecto pintoresco. Más lejos había unas colinas, no tan altas como las de Shinganshina ni tan escarpadas, por lo que no parecían una barrera separándolos de los vivos. Pero eran unas colinas silenciosas y solitarias, que parecían dotar el lugar de un aislamiento que no esperaba hallar tan cerca del bullicioso pueblo.
Jean aparcó el coche frente a la fachada; apagó el motor y nuevamente recayeron en la comodidad de la afonía. Se desabrochó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y se apeó del coche solo para ayudarla a descender a ella.
—Nos iremos cuando tú lo pidas ¿está bien?— dijo mientras abría la puerta del coche.
—Gracias— contestó Mikasa al salir de auto y levantar la vista hacia la magnífica fachada que tenía ante ella. Sentía como si le hubiesen retorcido el estómago con un torno y se alisó nerviosa las arrugas del vestido.
Jean notó su agitación y trató de calmarla colocándole una mano en la parte inferior de la espalda para dirigirla hacia la puerta de entrada. Mikasa sintió la cálida energía que irradiaba su brazo musculado y, al instante, se sintió mejor.
Al llegar a la puerta, una mujer los recibió, permitiéndoles ingresar al recibidor.
—¿Son ellos Clara?— preguntó Sif desde algún sitio lejano a la casa, su voz sonaba amortiguada.
—Así es, señora.
La pareja de recién llegados aguardó pacientemente el recibimiento formal de la anfitriona.
—¡Qué alegría!— exclamó la mujer.
Mikasa y Jan vislumbraron a la esposa del general sosteniendo en brazos a un niño adormilado. Iba ataviada con un elegante vestido gris de encaje ceñido por debajo del pecho por una ancha cinta.
—Bienvenidos, por favor— los dirigió hacia el centro de la geografía del cuarto—. Soy Sif Hegstad, la esposa del General y él es Rune— dijo en tono alegre—. Rune, ellos son el señor y la señora Kirstein. ¿Les dices hola a ambos?— El niño intercaló la mirada entre ambos antes de esconder la cabeza avergonzado en el hombro de su madre.
—Permítame ayudarle con el pequeño— dijo clara sonriendo a la vez que levantaba al inquieto Rune de los brazos de Sif.
—Gracias, Calara— dijo la esposa del general antes de mirar a los recién llegados—. Así que usted debe ser el hombre que ha puesto a mi marido a trabajar.
—Jean Kirstein— besó la mano de Sif como si estuviera dispuesto a dar lo que fuera para librarse de tan pesada obligación—. Es un placer conocerla. Mikasa me habló de usted, al igual que el general, por supuesto.
Sif sonrió de nuevo y apretó con más fuerza la mano de Jean.
—Espero que solo haya escuchado cosas buenas— dijo Sif con una expresión cómplice en los ojos.
—¡Pero que tenemos aquí! ¡Nada más y nada menos que el caballero de la guardia real!— exclamó el general Hegstad con alegría, pero con un matiz arrogante y paternalista, haciendo acto de presencia en la sala.
—General— respondió Jean a manera de saludo.
—Me alegra que estes aquí, muchacho— dijo Ulrik, riendo y efectuando un apretón de manos con su subordinado—. Supongo que usted es la esposa del afortunado en cuestión— espetó, esta vez dirigiendo su absoluta e indivisible atención a Mikasa.
La pelinegra echó un vistazo nervioso en dirección a Jean y después al rostro del General.
—Mikasa Kirstein— susurró por lo bajo—. Es un placer conocerlo. Gracias por invitarnos a su preciosa casa.
—El gusto es todo mío— contestó el general, tomando la mano de la pelinegra con suma delicadeza para inclinarse sobre ella y rozarla apenas con los labios—. Ahora comprendo por qué el teniente se rehusó a dejarla en Mitras, no puedo culparlo, hice lo mismo con mi adorable esposa.
Las risas resonaron por toda la casa.
Mikasa y Jean intercambiaron rápidamente una mirada y callaron. Pero ni sus miradas ni su silencio consiguieron frenar el buen ánimo del General. Él continuó hablando del mismo modo hasta llegar al amplio comedor.
Estaba decorado con muebles nuevos, suntuosos y elegantes. Todo, desde las servilletas hasta los cubiertos de plata, la porcelana y la cristalería, llevaba consigo ese sello particular de novedad y elegancia, que se encuentra en las casas de los recién casados.
Pendía del techo un ostentoso candelabro que permitió a Mikasa ver con mayor claridad qué clase de hombre era Hegstad. El hombre se servicia constantemente alcohol y, conforme transcurría la cena, quedó patente que no estaba sobrio en absoluto, aunque si estaba borracho no se mostraba agresivo, sino alegre.
Habló de Mitras, donde vivían muchos de sus amigos, y pidió noticias de ellos. El año anterior había estado allí en la temporada de carreras, y se acordaba bien de los caballos y sus dueños.
—Necesitaba relajarme un momento, las cosas están muy tensas en la Isla. Me quita el sueño pensar que puede desatarse una guerra nuevamente— comentó—. Por cierto, ya estuviste en una ¿no es así Kirstein?— preguntó de repente.
Mikasa notó que se tensaba, pero él no la miró.
—Forme parte de la Legión de Reconocimiento— respondió él.
Hegstad sonrió y dijo:
—Directamente al campo de batalla.
—Ulrik—dijo secamente Sif, elevando el tono hasta el grado que indicaba que la paciencia se le había agotado—. Recuerda las reglas, no hablamos de guerra en la mesa.
Los ojos azules miraron de reojo a su esposa y su rostro adoptó esa tímida y acostumbrada expresión que adopta un perro, que rápida, pero medrosamente, agita el rabo entre las patas.
Hegstad empezó a hablar de Mitras, de los teatros; sabía que espectáculos estaban en cartel en esos momentos y les enumero los que había ido a ver en el último viaje al distrito, de permiso. Se rio al rememorar las ocurrencias de aquel humorista procaz y suspiró al evocar la belleza de esa estrella de la comedia musical. Se jactó de que su primo suyo se había casado con una de las actrices más famosas. Él había almorzado con ella, quien le había regalado una foto que les enseñaría en otro momento.
Jean contemplaba al anfitrión con una mirada fría e irónica, pero era evidente que no le hacía la menor gracia, aunque se esforzaba por aparentar un interés cordial en asuntos sobre los que, como bien sabía Mikasa, ninguno de los dos tenía la menor idea. Una leve sonrisa persistía en sus labios, pero ella, por algún motivo que no entendía estaba horripilada.
Ya era después de la una de la madrugada cuando Mikasa y Jean salieron de casa del genera. Era una de esas noches blancas de abril. Ambos arribaron a su propia morada con la intención de descansar. Pero cuanto más charlaban más se daban cuenta que les iba a resultar imposible conciliar el sueño con una noche tal, más parecida a una tarde o una mañana.
Todo comenzó con un trago de whisky y la música sonando suavemente detrás de ellos. Charlaron por unos minutos, que se fueron transformando en horas, y para cuando quisieron darse cuenta, ya eran las tres de la madrugada. En ese par de horas, se contaron cosas que jamás le habían siquiera mencionado a alguien y se guardaron para sí mismos las que les hubiese gustado que nunca llegaran a saberse.
A medida que iban vaciando la botella, Mikasa se había despojado de la blusa, los zapatos y elaborado peinado; yacía sentada cómodamente en el sillón, admirando a Jean en todo su esplendor.
El joven permanecía en medio de la sala; la luz que emanaban de las llamas del fuego proveniente de la chimenea, iluminaba su rostro parcialmente, permitiéndole a la pelinegra vislumbrarlo atentamente.
Jean Kirstein era guapo; alto, corpulento, de tez bronceada. Tenía una hermosísima y fresca boca, una espesa cabellera color castaño claro, los ojos almendrados y dorados y en esencia expresaba la fuerza, salud y bondad de su lozana juventud. Pero sus preciosos ojos, con las encantadoras rectas y pobladas cejas, era como si estuvieran hechos no solo para mirar sino para ser mirados. Sus ojos hacían gala de una total impasibilidad para cambiar de expresión. Se percibía que estaba ebrio por el rubor de su rostro, pero aún más en la artificial hinchazón de su pecho y por los abiertos que tenía los ojos. Sin tener en cuenta que estaba borracho y que en la parte superior de su poderoso cuerpo solo llevaba una camisa abierta sobre el pecho, por el suave aroma a jabón y a perfume que se mezclaba alrededor de él con el olor del vino ingerido, por el cuidado con el que se había peinado con pomada horas atrás, la elegante pulcritud de sus rollizas manos y la finura de su ropa, por esa ropa y la brillante suavidad de la piel, incluso en su estado actual tenía aspecto de aristócrata, en el sentido de tener el hábito aprendido desde la infancia de mantener un cuidado y escrupuloso y lujoso de su persona.
Advirtió como encendía un cigarrillo. Una nubecilla de humo se esfumaba en el aire.
—Todo comenzó en un festival de otoño. Estaba cerca de la exhibición de animales— comenzó Jean con una refinada alegría en la voz, mirando directamente a Mikasa a los ojos—. El premio era absurdo, pero quería demostrar mi valía— le dio otra calada al cigarro antes de proseguir—: Por su puesto, Marco intento persuadirme para que no lo hiciera, pero ingresé en el corral. Todos los hombres estaban observándome, no podían esperar a que el pequeño señorito cayera sobre su trasero.
Una vez más, Jean hizo otra pausa para aclararse la garganta con un poco de licor.
—Entonces, me acerco a este enorme y monstruoso caballo que lleva por nombre Bucéfalo; resoplaba fuego y sus cascos golpeaban la tierra. Mis rodillitas estaban unidas por el miedo— continuó el joven dirigiendo su mirada a la bella chica, que no le quitaba los ojos de encima—.Mire hacia arriba, lo señale contemplándolo a los ojos y le dije con mi mejor voz: conoce a tu amo, bestia.
—¿Y qué fue lo qué paso?— pregunto Mikasa con vehemencia.
Jean aspiró agradecido el humo del cigarro.
—Cuatro costillas rotas, un brazo fracturado y los pantalones sucios.
Mikasa apenas consiguió reprimir una sonora carcajada.
—Esa es la historia menos heroica que he escuchado.
—Todos tenemos una historia de fracaso, incluso tú, Ackerman— dijo enseguida—. ¿Cuál es la tuya? ¿No te asustaba nada cuando eras niña?
Apartó los ojos de Jean y avizoró el techo tratando de rememorar algún hecho significativo de la infancia que resultase gracioso.
—No— concluyó al cabo de unos segundos de deliberación—. Era muy valiente.
—Oh, vamos, eso es mentira— protestó Jean con un aire juguetón.
—De verdad.
—No puedes engañarme, Ackerman— caminó nuevamente al sillón y dejó caer todo el peso de su cuerpo en la comodidad de los cojines a un lado de ella.
Se tomó otro momento para pensar en ello. Por supuesto que había cosas que la aterraban, pero no iba a contárselas a Jean en ese momento.
—Muñecas— concluyó.
Jean enarcó una ceja, divertido.
—¿Muñecas?
—No te rías— le pidió al advertir la diversión danzando en su rostro—. Jugaba con ellas. El doctor Jaeger me regaló una de porcelana. Cuando era más pequeña mi madre confeccionó una para mí, así que creyó que sería agradable tener una más… ostentosa— llevó la botella hasta sus labios y dio un largo trago antes de proseguir con su relato—.Antes de dormir la situaba en una esquina y colocaba mi ropa sobre ella y cada mañana Eren se aseguraba de ponerla cerca de mi cama, era un verdadero tormento. Esos ojos mirándome y esperando venir a la vida ¿Quién piensa que eso es sano para un niño?
—Jugar a los soldados y soñar con matar titanes— agregó Jean entendiendo su punto—, tampoco es bueno para la mente si lo piensas bien. Todas esas cosas que te marcan cuando eres niño, que te hacen lo que eres. No escapas de ellas.
Mikasa sabía que aquello no era un comentario mal intencionado por parte de Jean, estaba en lo correcto. Luego de tantos años, aún se veía atormentada por el recuerdo del fatídico suceso que le arrebató a sus padres, aquella experiencia la había marcado de tal forma que nunca volvió a ser la misma.
La conversación cesó por un instante y la música llenó el silencio.
Por el rabillo del ojo, vislumbró el perfecto perfil de Jean con detenimiento; la nariz recta y perfilada, los labios carnosos y bien delimitados, la incipiente barba que empezaba a oscurecer su mandíbula. No pudo evitar mirar el cigarrillo entre sus labios. Sin saber muy bien por qué, sintió la boca repentinamente seca, como si en lugar de saliva resguardara nada más que arena.
Mikasa resopló contra la botella, luego se cubrió la boca con el dorso de la mano para evitar escupir el licor.
—Mierda— Jean sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo entrego—. ¿Estás bien?
—Sí, solo fui un poco torpe— dijo, limpiándose la barbilla. Ella le dedicó una sonrisa tímida y discreta—. ¿Puedo?— preguntó vislumbrando el tabaco entre sus labios.
Jean tomó el cigarrillo, intercaló la mirada entre ambos objetos aún sin comprender muy bien las motivaciones ocultas de la pelinegra. Suponía que tenía curiosidad. Él había experimentado algo similar cuando vio a los soldados distribuir el tabaco de manera ilegal dentro del campamento de refugiados. A partir de la primera calada se convirtió en un gusto adquirido, un hábito asqueroso de acuerdo con Connie.
—Claro— dijo. Exhaló el humo con exagerada satisfacción.
Le gustaban los ojos de Jean, pensó, la mezcla sin fusión de dorado y verde, cuyos gránulos realzaba aún más la luz. Y le gustaba que fuese tan alto. Era una combinación interesante en un hombre, inteligencia y extrema corpulencia.
Procurando ahuyentar esos pensamientos de su mente, alcanzó el objeto y lo levanto hasta los labios con un movimiento veloz.
—Llena tu boca de humo y expulsalo con suavidad hacia fuera— la instruyó mirándola de cerca.
Mikasa intentó seguir las instrucciones al pie de la letra, no debía ser tan complicado, Jean lo hacía todo el tiempo. Durante un par de segundos le dio una profunda calada y comenzó a toser violentamente.
—¿Te encuentras bien?— preguntó alarmado.
—Es asqueroso— dijo con el cejo fruncido. Se estaba mareando.
Jean soltó una pequeña risa.
—Es un gusto adquirido— intentó defenderse.
—El sabor…— arrugó la nariz con desdén—. Por Ymir.
La risa de Jean resonó nuevamente por encima de la música.
Alcanzó el cenicero que reposaba cerca de la mesita y extinguió la tenue llamarada de la coletilla. Mikasa pensó que aquella era la señal para dar por finalizada la velada, ambos subirían las escaleras en dirección a las habitaciones, se despedirían y analizarían los sucesos del día en la intimidad de su alcoba. No obstante, Jean parecía tener en mente otros planes y, tan pronto como terminó de beber los remanentes de licor en la botella, se dirigió al tocadiscos para cambiar el vinil.
Cuando se volvió a ella, le extendió la mano en una clara invitación a bailar.
Dubitativa, la pétrea expresión de Mikasa, pronta a la desesperación o al entusiasmo, se iluminó de repente con una sonrisa.
—Coloca una mano sobre mi hombro— la guio Jean con voz baja—. Voy a tomarte de la cintura— anunció con cierta cautela, como si estuviera pidiéndole permiso.
—No se bailar— dijo ella.
—Yo tampoco se hacerlo muy bien— se rió entre dientes mientras ambos comenzaban a balancearse al compás del ritmo lento y largo de los instrumentos de cuerda—. Pero hemos aprendido a hacer otras cosas ¿no?
—Es más complicado de lo que pensaba— espetó mirándose los pies, temía arruinar sus zapatos de un pisotón.
—No puede ser más complicado que utilizar el equipo de maniobras— dijo Jean, avivando un feroz sonrojo en las mejillas de la pelinegra. Mikasa no levantó la vista, optando por concentrarse en pisar a su compañero de baile—. Imagina que es un ejercicio más.
Mikasa asintió. Pocos segundos después notó como sus piernas se relajaban a medida que se acostumbraba a los movimientos. En cierto modo, bailar era muy parecido a actividades que habían realizado en el pasado. Requería coordinación, y eso les sobraba, y también precisaba de cierta afinad, química… algo que también tenían de sobra.
—Mikasa, ¿podrías mirarme, por favor?— la voz de Jean era dulce, pero vacilante, como si estuviera comprobando la superficie congelada de un lago.
—¿Qué sucede?
—El baile es lo opuesto al homicidio, siempre debes ver a tu oponente a los ojos.
Mikasa cerró los ojos para contener un escalofrío que el simple roce de la mano de Jean contra su cintura le causó. Sin embargo, al sentir una ola de calor subir hasta su rostro, fue consciente de que otra vez estaba ruborizada.
—¿Y luego?— preguntó; el aire se le había atascado en la garganta.
—Procedes suavemente.
Él la miraba con recelo divertido. Había algo entre ellos. Apenas se ciñó a su delgado, flexible y tembloroso talle, Mikasa comenzó a moverse y respirar tan cerca de él, que el aroma de su encanto le embriagó.
Ese tipo de pensamientos era peligroso, como un hechizo que se había apoderado de su cuerpo y se negaba a dejarlo ir. No podía dejar que su mente vagara por ese camino, no con la ausencia de Eren y la promesa que le había hecho a Armin. Necesitaba aferrarse a sus principios, no en los estanques argénteos frente a él. Esas piscinas plateadas había estado allí desde siempre, y continuarían estando hasta que sus caminos se separaran. No podía permitirse complicar las cosas entre los dos.
—Mirada arriba, Ackerman— le recordó cuando notó como sus orbes viajaban nuevamente al suelo.
Mikasa vio de nuevo los ojos de Jean, motas anaranjadas y verdes, como la canica de un niño. Jean era el hombre más guapo que ella había visto en años. Aunque para ser justos, ella no había prestado atención antes de esa noche.
—¿Lo ves?, ahora eres una experta en el baile— masculló.
Mikasa puso los ojos en blanco.
—Estas bromeando ¿cierto?
—En lo absoluto— rebatió—. Cualquier persona diría lo mismo que yo— la pelinegra se las había apañado para seguir los rápidos y rítmicos movimientos de los pies de Jean.
Presa del nerviosismo, Mikasa trastabillo un poco y terminó propinándole un pistón accidental a Jean.
—¡Lo lamento tanto— dijo visiblemente avergonzada.
—Tranquila, estoy bien— resopló; la voz ronca contra su oído—. No dolió tanto como la vez que me pateaste el trasero en combate.
Mikasa enrojeció hasta la raíz del pelo.
—¿Cómo puedes tomártelo tan a la ligera? Estaba mortificada.
Jean volvió a esbozar otra sonrisa que consiguió arrebatarle el aliento.
—Me lo merecía— levantó su brazo. La hizo girar una vez; la falda se alzó a su alrededor como un halo durante unos segundos. Todavía estaba sonriendo cuando ella dejó de dar vueltas y su mano volvió a encontrar el sitio en su pequeña cintura.
Motivada por este nuevo y atrevido movimiento, la pelinegra entrelazó las manos alrededor de su nuca.
Ambos debieron estar muy impresionados con lo que estaban haciendo, porque ninguno fue capaz de prever el trastabillo que los hizo perder el equilibrio y caer al suelo.
—Mierda— maldijo el castaño—. Lo lamento tanto, Mikasa, debió ser todo el alcohol que bebimos, ¿estás bien?— comenzó a balbucear al mismo tiempo que intentaba levantarse.
Jean se halló encajado entre los muslos ligeramente separados de Mikasa y sus rostros peligrosamente cerca.
Sabía que debían apartarse de inmediato. Ese camino solo conducía al desamor, y tanto el culpable como la victima serian él. Pero todas las barreras que construyó, sus ojos las derribaron, su toque las desarmo como si fueran bloques de arena colocadas alrededor de su corazón por manos torpes e inexpertas.
Fue entonces que Mikasa estiró la mano instintivamente; el movimiento sintiéndose como si no fuera por voluntad propia. Mirándolo a los ojos acunó la mejilla del hombre en su mano con un gesto casi distraído de absoluta devoción.
—Jean…— suspiró.
La vida realmente estaba poniendo a prueba sus principios, valores y tolerancia.
Sus labios se veían absurdamente tentadores; una invitación a besarlos. Jean, atendiendo al último atisbo de raciocinio que logró imponerse a sus instintos, colocó ambas manos a los costados de su cuerpo como una forma de controlar el impulso de entrar en contacto con ella. Desechó el mar de ideas impúdicas que se apilaron, porfiadas, en su mente durante ese fugaz instante y mientras trataba de reunir las fuerzas suficientes para apartarse de ella, su aroma lo golpeó, distrayéndolo de nuevo. Olía a Jazmín. Brisa estival, tabaco y alcohol.
—Jean, ¿Estás… estás bien?— preguntó temerosa.
—¿Eres tú?— cuestionó rápidamente—. ¿Ese es tu perfume?
—E-es solo mi piel.
—Mierda— gimió Jean, cerrando los ojos de nuevo.
La magia se disipó con la llegada de la tormenta.
La gélida brisa de la noche acompañada por la inclemencia del agua, se filtró en la calidez de la sala. El viento llevó hasta ellos una lluvia de sonores porrazos contra el cristal. Aquellos golpes encontraron dentro de Jean un eco tan poderoso que finalmente, para su inefable alivio, consiguieron devolverle el buen juicio y arrastrarlo a la realidad.
Jean consiguió ponerse de pie y, en el proceso, ayudó a Mikasa a levantarse. Corrió a cerrar la ventana. De ser un hombre religioso, consideraría que aquella interrupción era obra de Eren.
—Vaya noche— suspiró aliviado.
—Lo sé— coincidió Mikasa.
Se miraron de hito en hito durante varios segundos, y ninguno dijo nada. Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada que decir.
—Deberíamos ir a dormí— sugirió Mikasa en un carraspeó, intentando ganar tiempo.
—Sería lo más apropiado.
Mikasa no respondió, se limitó a sonreír con un gesto que parecía decir con un reproche; «¿Cómo puedes sugerir eso?».
Fue así que, en la oscuridad de la sala, se apartaron, lentamente, como si una corriente oculta los uniera y al mismo tiempo los separara con igual fuerza.
Continuara
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Espero se encuentren bien.
Mil gracias por sus comentarios, follows y fav. Me alegra mucho que les guste la historia, espero que el capítulo compense el tiempo de espera.
En cuanto al capítulo, necesitaba añadir un poco de drama a la situación. Como lo habrán notado, Jean tiene su propia encrucijada y Mikasa está intentado comprender la complejidad de sus sentimientos, pero si algo tienen en común es la culpa y ambos aprenderán como sobrellevarla.
Sin más que decir me despido. De nuevo les agradezco enormemente por su paciencia y el apoyo constante que me brindan. Gracias ¡Son increíbles!
Cuídense mucho, nos leemos.
¡Hasta la próxima!
