Hola :3

Les traigo el catorceavo capítulo antes de lo pensado :3

Disfruté bastante escribir esto, porque me encanta jugar con el canon de SS TLC. Aquí veremos lo que sucede con Anna, porque la historia de ella y el juez aún no termina. Supongo que leyeron "Anna y el Grifo", dado que es ahí donde desarrollé mucho más lo que pasaba por la cabeza de la monja y algo de su vida pasada. Pero si no lo han leído, les dejo unos datos para tener en cuenta, dado que hago varias alusiones a dicha historia:

*Anna estaba casada con un hombre mayor que ella, un comerciante. Cuando desapareció junto con los demás aldeanos por culpa de Luco de Dríades, su abuela y su marido la creyeron muerta. Su familiar murió debido a la tristeza y el esposo regresó a Atenas como viudo. Debido a esto, Anna está completamente sola y ya no puede retomar su vida pasada.

*Elina es una mujer madura, originaria de la isla de los curanderos, quien trabajaba para la abuela de Anna como ama de llaves y cocinera. Es el único contacto que le queda a la monja y quien la apoya una vez que el juez la saca del inframundo.

*Pefko es el hijo adoptivo de Luco de Dríades y en el Gaiden se menciona que intentó ayudar a los aldeanos. En el Lore de mis fanfics, él les dio una infusión de flores rojas a Anna y a otros habitantes, pero no pudo evitar la conversión a espectros. Sin embargo, el brebaje consiguió truncar la transformación, lo que derivó en que Anna recuperase su conciencia y memoria semanas después (y que el Grifo/Minos la descubrieran).

Advertencias: No hay Lemon por ahora, únicamente insultos entre personajes y quizás palabras altisonantes XD


Sobre sus comentarios:

WienGirl: A mi gustan esos capítulos de la pelea y los vi una y otra vez para recabar los diálogos jaja XD No te preocupes, Minos regresará muy rápido :D Gracias por comentar.

Hokuto Sexy: No sé porque, pero me da curiosidad el que te diviertan las peripecias del juez y el Grifo. Y es cierto, los dos están muy pagados de sí mismos jaja. Como dije por ahí, Minos no es nada inocente ni tan buena persona, pero ahí va. Anna no estará sola y Minos regresará muy pronto :D Encantada de leerte.

Leyla: Se que duele la muerte de Albafica. No te preocupes por Minos, ya lo veremos de nuevo. Sobre Contacto Humano, éste año lo retomo ;D Gracias por leer.

Natalita07: Así es, Minos va a regresar pronto. Y es cierto, el Grifo fue muy impulsivo y soberbio, por eso perdieron. Gracias por comentar :D


Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P


Capítulo XIV

Inframundo, Tribunal del Silencio.

Medio día.

El juez Garuda empujó las enormes puertas del vestíbulo con fuerza, generado algo de estruendo. Esto provocó el sobresalto y pavor de los muertos que eran juzgados en ese instante por Lune de Balrog. El recién llegado traía un gesto de fastidio en la cara, así que se abrió paso entre la multitud, empujando y pateando a todo el que se le atravesase en el camino, sin importarle si eran soldados Skeleton o almas condenadas.

Dejando gritos y quejas atrás, subió hasta el estrado, donde Lune se levantó del escritorio e hizo una reverencia para saludarlo.

—Juez Aiacos, me imagino que ya sabe… —

—¡Cállate! — gruñó el mencionado, interrumpiéndolo groseramente. —Ya sé lo que sucedió, continúa trabajando, Rhadamanthys y yo vamos a estar algo ocupados con éste maldito asunto— se expresó molesto, dirigiéndose al pasadizo del muro.

El Balrog no dijo nada y simplemente retomó su trabajo. La aparente derrota de su jefe en la incursión al Santuario le inquietaba, pero él no tenía voz ni voto para decir algo al respecto. Únicamente los líderes del inframundo podían encargarse de resolverlo.

Garuda entró a la oficina de los jueces, encontrándose con Rhadamanthys husmeando en el escritorio de Minos.

—¿Qué mierda pasó allá? — preguntó sin rodeos.

—Lo último que supe, gracias al idiota de Niobe, fue que se toparon con el santo dorado de Piscis— contestó Wyvern, vaciando un cajón sobre la mesa y revolviendo su contenido, buscando algo. —Usaba rosas venenosas, por lo que mató a varios hombres de Minos, y de paso, también eliminó a mi espía. —

Acercándose, Aiacos interrogó de nuevo.

—¿Conseguiste saber algo más? —

—No, nada relevante— una bolsita de piel negra llamó su atención, así que la vació. —Pero algo me dice que ese maldito de Minos ya tiene algo planeado— alzó una ceja, extrañado al contemplar varias joyas y oro. —¿Por qué rayos tiene gemas aquí?, no tienen valor alguno en el inframundo. —

Garuda tomó unos cuantos zafiros y los miró a contra luz, ayudándose del enorme candelabro que decoraba e iluminaba el sitio.

—Son genuinos, toda una fortuna— regresó las piezas al montón. —Deben ser suyos, de su vida pasada, no estoy seguro, pero alguna vez lo escuché hablando con un mensajero sobre transacciones de compra y venta de piedras preciosas, ¿Qué estás buscando? —

—La marioneta que estuvo tallando en el Salón de Guerra— dijo, mientras vaciaba el último cajón, sin encontrar nada más que pergaminos y plumas. —Sabes perfectamente que no confío en él y su actitud reciente me ha hecho sospechar demasiado. —

Aiacos retrocedió un poco y tomó asiento en uno de los sillones cercanos.

—¿Crees que quiera hacer su jugada antes de tiempo? —

—Sabes perfectamente que el Grifo siempre le deja un objeto de hueso a la mujer con la que engendra a su primogénito— detalló Rhadamanthys con un dejo de irritación. —Y si esa marioneta no está aquí, es por algo— regresó todo a los cajones sin impórtale en absoluto el desorden hecho.

—Tal vez la tenga escondida en su morada— propuso Garuda.

Su homólogo se sentó frente a él, manteniendo una expresión de total seriedad.

—Hace rato fui a Ptolomea, pero no la encontré, y adivina que— entornó la mirada. —El Wyvern me dijo que ahora detecta a su hermano en dos sitios distintos al mismo tiempo, a pesar de que ha sido derrotado. —

Aiacos retomó su expresión molesta.

—Maldita sea, parece que no debimos tomarnos a la ligera sus burlas acerca de nuestra compañía agradable— se recargó en el respaldo del sillón. —Suponiendo que tenga planeado buscar a una mujer y se haya llevado el títere con él, no podrá hacer nada hasta que sea revivido. —

Rhadamanthys negó con un movimiento de cabeza.

—¡Justamente ese es el problema! — gruñó frustrado. —Ahora que ha sido derrotado, su cosmos solamente debería percibirse en un sólo lugar, no en dos, ¡Lo que significa que ya dejó su maldito juguete con alguien! —

Garuda resopló fastidiado.

—Creo que estás adelantándote a los hechos, necesitamos confirmar cualquier cosa antes de hacer una acusación formal. —

El juez Wyvern hizo un gesto de determinación.

—Y lo haremos, la huella de su cosmos está divida entre el Santuario y… la isla de los Curanderos. —

—No podemos irnos así nada más, necesitamos autorización de la señora Pandora— replicó Aiacos, rodando los ojos, no muy convencido ante la actitud de su compañero. —Además, el señor Hades fue el primero en sentir la muerte de Minos, así que no tardará en revivirlo, tan pronto regrese, podremos cuestionarlo. —

—No quiero perder tanto tiempo, esperaremos hasta la noche y si no vuelve, iremos directamente a la isla— sentenció Rhadamanthys.

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Castillo de Hades, medio día.

Un escuálido espectro se acercó precavidamente a la puerta del taller. Se detuvo y miró de un lado a otro, verificando que no hubiese alguien cerca que se percatara de la audiencia que tendría con el señor del inframundo. No comprendía porqué su dios lo había mandado a llamar en completo anonimato, pero llegó tan pronto como pudo. Tocó tres veces y esperó.

—Adelante— respondió la voz de Alone.

El soldado ingresó al interior de la habitación, encontrándose con muchas pinturas por todos lados, indicativo de que su amo había estado bastante ocupado. La puerta se cerró detrás de él, sobresaltándolo levemente. Su atención se desvió hacia el joven que pintaba cerca del ventanal.

—Mi señor Hades, ordene— se acercó, para luego arrodillarse ante él.

—Estrella Terrestre de lo Oculto, tengo una misión para ti— dijo Alone, sin mirarlo. —Quiero que vayas al Santuario de Athena y te infiltres, lo cual no debe ser difícil para ti, dado que ya lo has hecho antes. —

Raimi de Gusano parpadeó sorprendido, mirando brevemente a su señor. No se esperaba ser enviado nuevamente al campo de batalla, debido a su anterior fracaso a manos de Mu de Aries. Y también porque el juez Rhadamanthys lo degradó a tercera clase, dejándolo como un simple vigía en el inframundo.

—Está usted en lo correcto, mi señor, puedo infiltrarme sin problema en dicho lugar— contestó rápidamente. —¿De qué se trata la misión? —

—Debes recuperar el cuerpo del juez Minos de Grifo, un santo dorado le plantó cara y ambos terminaron muertos— explicó, mientras limpiaba su pincel con lentitud. —No he podido revivirlo como a los demás porque mi poder no lo alcanza, la diosa Athena está haciendo algo para evitarlo, así que necesito averiguar de qué se trata. —

Raimi asintió, comprendiendo porque había sido elegido para esto. Su capacidad para viajar bajo tierra y permanecer oculto era increíble, así que, adentrarse en territorio enemigo, era fácil para él.

—Lo haré de inmediato, señor Hades. —

—Una cosa más— Alone lo miró con frialdad. —No le vas a reportar a nadie más que a mí, no dirás nada al respecto y guardarás completo silencio, ¿Te quedó claro? —

La Estrella de lo Oculto sintió un escalofrío al percibir el aura tenebrosa de su dios. Así que sólo atinó a mover la cabeza afirmativamente, para luego hacer otra reverencia.

—Retírate— el muchacho retomó su actividad, mientras veía de reojo al espectro saliendo de su taller.

Pasó alrededor de una hora y el anfitrión de Hades se mantuvo ocupado en su lienzo, hasta que de repente, unos ladridos llamaron su atención. Desde la oscuridad de una de las esquinas de la habitación, apareció corriendo su cachorro blanco.

—¿Qué sucede, Cerbero? —

El animal se acercó y ladró un par de veces, para luego quedarse en silencio con una "expresión" seria.

—Ya veo, así que Tenma y sus amigos están paseándose en el inframundo— sonrió levemente. —Creo que ha llegado el momento de vernos otra vez— levantó al perro en brazos y se encaminó a la salida.

Se había olvidado del alma de Pegaso, así que debía hacerse cargo del asunto.

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Isla de los Curanderos.

La situación no había sido fácil de digerir para Anna.

Esa mañana se despertó cansada todavía y con los pensamientos revueltos. Minos había sido bastante cruel al decirle la verdad de las cosas. Pero no podía esperar algo diferente de un juez infernal, que la convirtió en su concubina a cambio de no matarla a sangre fría como hubiesen hecho otros espectros. Ciertamente, su situación no era nada sencilla, pero podría haber sido mucho peor. No obstante, y a pesar de todos los recientes eventos, ella estaba con vida y fuera del inframundo.

¿Qué debía darle hijos al perverso juez?

Sí, efectivamente.

Era una sentencia inquietante, pero no significaba el fin del mundo. Y es que, a pesar de todo, Anna seguía manteniéndose firme con la idea de sobrevivir y adaptarse a todo lo que viniese. Aun si eso, significaba tolerar a Minos constantemente.

Al menos, el juez tuvo la consideración de no abandonarla a su suerte. El pequeño saco que le entregó anoche, guardaba una pequeña fortuna en oro y gemas que le ayudaría bastante. Y vaya que lo necesitaría, puesto que ahora, estaba completamente sola.

Su vida había dado un tremendo giro cuando llegó a visitar a su abuela en la isla de los Curanderos hace poco más de un mes. La mala suerte quiso que ella fuese una de las muchas personas que el sanador Luco transformó en espectros de servicio. Y si no fuera por aquel niño que le dio una infusión de flores rojas, probablemente ella seguiría siendo una sirvienta en el inframundo.

Debido a estos eventos y por todo el tiempo que pasó en ese tenebroso sitio, era muy poco probable que su vida volviese a la normalidad. Tan pronto el juez Minos la dejó en el bosque, Anna tomó la decisión de regresar al pueblo. Lamentablemente, sólo encontró a la señora Elina, una mujer madura que le ayudaba a su abuela en las tareas del hogar.

Ella le platicó todo lo sucedido. Su abuela, único familiar de sangre que le quedaba, cayó en depresión una semana después de su desaparición. Por esas mismas fechas, el marido de Anna había regresado de su viaje y fue a buscarla a la isla, enterándose también de la terrible noticia. La anciana murió inevitablemente y el hombre, tras despedirse en el cenotafio general, se marchó, ahora como viudo.

Definitivamente, el futuro de la monja se vislumbraba incierto y más con la guerra santa en marcha.

Ya casi era medio día y Anna se encontraba en la cocina, pelando unas patatas, mientras repasaba en su cabeza los rumores que le había platicado Elina cuando llegó en la mañana a visitarla.

Todos en la isla temen que los espectros puedan venir a destruir la villa— había dicho la mujer mayor.

Eso no sucederá, al menos no por ahora— había respondió Anna, tratando de tranquilizarla.

Al menos en ese aspecto, podía confiar en Minos: Ningún esbirro de Hades visitaría la isla, puesto que ya no tenía importancia estratégica. Y algo le decía que el juez la dejó en ese lugar por un motivo de seguridad. Ella no podía descifrar sus verdaderos pensamientos y apenas si lograba sobrellevar su extraño temperamento, pero estaba segura de que permanecería a salvo si obedecía sus órdenes.

—Supongo que en éste momento, se encuentra atacando el Santuario— dijo en voz baja, mirando un reloj de péndulo, cuyas manecillas se acercaban al medio día.

Suspiró abatida, pensando en lo terrible que la pasaría la pobre gente del pueblo cercano y los santos que se enfrentasen al juez Grifo. Si el señor del inframundo logra ganar la guerra, el mundo se hundirá en la oscuridad.

No quiso pensar más en eso, así que continuó en su actividad. Sin embargo, unos minutos después, una campana lejana comenzó a sonar con insistencia. Ella prestó atención, pero no supo lo que significaba hasta que Elina entró apresuradamente por la puerta trasera, había estado en el patio, recogiendo verduras de la pequeña huerta de la casa.

—¡Señora Anna, debemos ir a la plaza inmediatamente! — se expresó preocupada.

—¿Qué sucede?, ¿A qué se debe esa campana? — preguntó intrigada.

—Es la alarma del pueblo, la hacen sonar cuando hay una emergencia de la cual todos debemos enterarnos— explicó, mientras se lavaba las manos con premura y en su rostro se formaba un gesto de miedo. —Podría significar un ataque por parte de los espectros… —

Los nervios cosquillearon en la nuca de Anna, pero decidió ir con ella e investigar de qué se trataba.

Plaza del pueblo.

Los habitantes de la isla se congregaron rápidamente y ahora el líder de la villa estaba sobre un estrado, hablando a todo pulmón.

—¡Estimados ciudadanos!, ¡Nos han llegado noticias importantes de Rodorio! — declaró con seriedad. —¡Los espectros atacaron el lugar, se dirigían al Santuario de la diosa Athena! — se escuchó un gran alboroto y comentarios de pánico. —¡Por favor, conserven la calma!, ¡Nos informan que los enemigos fueron detenidos por un santo dorado! —

En ese instante, la monja sintió una dolorosa punzada en el estómago. Escuchar esas palabras podría significar muchas cosas. La gente a su alrededor se calmó de inmediato y el hombre prosiguió.

—¡Al parecer, el enemigo era muy poderoso!, ¡Arrasó con gran parte del pueblo y hay mucha gente herida! — hizo una pausa para tomar aire y continuar. —¡No se angustien, por fortuna, ya fue derrotado!, ¡Ahora el alcalde de Rodorio, está solicitando apoyo de las aldeas vecinas!, ¡Ciudadanos, tenemos que ayudar! —

La ovación en general dejó en claro que la gente se alegraba de semejante noticia y que estaban dispuestos a prestar su ayuda. Sin embargo, Anna ya no estaba escuchando, puesto que ahora tenía una sensación extraña en el pecho, quedándose con los pensamientos en blanco.

La noticia era desconcertante y le provocó una avalancha de emociones contradictorias. Si era verdad que un santo dorado derrotó a los espectros, eso quería decir que Minos… podría estar muerto. Lo que se traducía como la posibilidad de ser completamente libre de él.

Sin embargo, no podía confiarse, necesitaba saber qué sucedió en Rodorio. Pero, la única manera de averiguarlo, era saliendo de la isla de los Curanderos, lo cual era bastante riesgoso, debido a la amenaza del juez. Deslizó la mano hasta su cintura y acarició el envoltorio de terciopelo negro en el cual transportaba la marioneta blanca.

Se apartó un poco de la multitud, perdiendo de vista a la señora Elina. Desenvolvió el títere y lo observó con atención, notando que había algo extraño en él. Dicho objeto siempre había estado impregnado con el cosmos de Minos, pero ahora, parecía haber disminuido la huella de éste. No, su cosmoenergía no desapareció de la marioneta, más bien, el hilo especial que la vinculaba con el Sapuri de Grifo… había dejado de existir.

Anna tragó saliva nerviosamente, ya que esto podría significar que la muerte del ministro era real. Pero tenía que asegurarse, porque, con los espectros de Hades, nunca se sabía. Envolvió el juguete en la tela y tomó la decisión de confirmar la verdad.

En ese momento, Elina la encontró nuevamente.

—Señora Anna, ¿Le gustaría ayudar? — preguntó con algo de duda, dado que no sabía si a la joven le interesaría participar. —Algunas mujeres iremos a Rodorio para auxiliar a los heridos, un barco está preparándose para zarpar. —

La mencionada no lo pensó demasiado, esta era la oportunidad que necesitaba.

—Claro que sí, vamos. —

Sabía que se arriesgaba mucho al ir en contra de las órdenes del juez. Pero algo le decía que su suerte estaba a punto de cambiar.

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Rodorio, media tarde.

Buena parte del pueblo estaba destruido, había gente muerta por todos lados y la tristeza se podía percibir en el aire. Los sobrevivientes fueron llevados a la plaza central junto al monumento de Athena, donde habían instalado techumbres y camas provisionales para atenderlos con los recursos que tenían a la mano.

Anna y Elina se ofrecieron de voluntarias para auxiliar a quienes estaban heridos levemente, limpiándolos con alcohol y colocándoles paños limpios para evitar infecciones. Todos los habitantes se notaban nerviosos e inquietos, no obstante, el alcalde de Rodorio andaba de un lado a otro, dando órdenes para mantener el control. Tenía un vendaje en la cabeza y a pesar de que aún sangraba su herida, repartía palabras de aliento para que hombres y mujeres conservasen la calma.

También se podía ver a santos de bronce y soldados rasos patrullando las calles, sacando gente de los escombros y acarreando cuerpos de un lado a otro. Entre ellos platicaban sobre la situación y cómo fue la pelea del espectro contra el caballero dorado, de acuerdo a los comentarios de los sobrevivientes.

La monja intuyó que tal vez ellos habían llevado el cuerpo de Minos al Santuario de Athena, dado que no había señales de él o de los otros espectros.

Necesitaba confirmarlo.

—Voy a buscar más compresas— le informó a Elina, quién atendía a un hombre con la pierna lastimada.

Se fue caminando en dirección al dispensario del pueblo, el cual ya les habían dicho dónde se ubicaba. Pero mientras avanzaba, la mujer iba buscando a un santo que le pudiera dar detalles de lo acontecido. Una calle más adelante, vio a un par de caballeros de plata, quienes seguramente dirigían toda la operación de ayuda.

—D-Disculpen… — les habló con suavidad para no sonar grosera al interrumpir su conversación.

—¿Qué sucede mujer? — contestó uno de ellos, mirándola con curiosidad.

—Perdonen mi impertinencia, soy de la isla de los Curanderos, vine para ayudar— tomó un poco de aire y mantuvo su expresión preocupada. —Pero no nos dijeron qué pasó exactamente aquí, ¿Es cierto que fueron atacados por espectros?, ¿También la isla correrá el mismo peligro? —

Ambos santos se miraron entre sí antes de responder.

—Un grupo de espectros se dirigía al Santuario, pero el caballero dorado de Piscis logró frenarlos, sin embargo, su líder era uno de los tres generales del dios Hades— la joven sintió otro espasmo en el estómago. —Al parecer, fue una dura batalla que se extendió hasta el pueblo con graves consecuencias— suspiró cansadamente.

—Pero no temas mujer— continuó el otro hombre. —Albafica de Piscis logró vencerlo con una de sus rosas venenosas, lamentablemente, él también murió debido a la pérdida de sangre— se cruzó de brazos, manteniendo un gesto serio. —Pero no me extraña que fuese así, se trataba del espectro de Grifo, uno de los más fuertes del inframundo. —

La mujer apenas podía creer lo que escuchaba, ¿Ese santo logró derrotar al juez Minos de Grifo?

Un espectro tan poderoso como Minos, no podía ser vencido solamente con fuerza bruta. Su poder era tal, que solamente le bastaba con mover dedos y manos para someter y asesinar a sus presas. Prácticamente, no hacía esfuerzo alguno. Entonces, la única forma de vencerlo, era a través de alguna estrategia realmente peligrosa, porque de otra forma, era imposible.

Controlando la ansiedad que sentía, la monja volvió a preguntar.

—¿Y qué sucede con los espectros asesinados? —

Ella sabía perfectamente lo que sucedía con ellos.

Cuando estuvo en el inframundo, escuchó muchas cosas acerca de las habilidades del dios Hades y eso incluía el poder revivir a sus soldados caídos si lo deseaba. Por lo tanto, existía la posibilidad de que el juez Grifo regresase a la vida. Lo que la mantenía preocupada, porque había desobedecido su orden de no abandonar la isla.

—Todos los cuerpos son llevados al Santuario— respondió el primer santo. —No te inquietes mujer, la diosa Athena ya se hace cargo de todo y no creo que debas temer por la isla de los Curanderos. —

Esas palabras no la tranquilizaron del todo. Pero decidió mantener una leve esperanza, ya que, al tocar nuevamente la marioneta envuelta en la tela, pudo confirmar que seguía igual que hace rato: Desconectada de su creador.

—Muchas gracias, es bueno saber eso— hizo una inclinación a modo de despedida. —Me siento más tranquila, adiós. —

Se alejó por la calle, llegando por fin al dispensario. Pidió el material que necesitaba y regresó con Elina para seguir ayudando a las personas heridas.

No podía dejar de sentirse inquieta a pesar de saber que Minos había muerto. Si por algún motivo el dios Hades no conseguía revivirlo, ella podría considerarse libre. No obstante, era demasiado pronto para celebrar, ya que el señor del inframundo apenas comenzaba a mover las piezas de su juego.

Sólo quedaba esperar y rezar para que la diosa Athena pudiese enfrentarlo y vencerlo.

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Inframundo, Corte del Silencio.

Los jueces habían permanecido en el tribunal todo ese tiempo, atentos al llamado de Pandora o del señor Hades. Pero éste no llegó, por lo que se mantuvieron trabajando en otras cosas. Rhadamanthys se ocupó de las almas restantes cuando Lune se retiró. Aiacos continuó revisando y corrigiendo la estrategia que emplearía con el Navío Negro.

Sin embargo, el no haber recibido noticias de Minos, se les hizo sumamente extraño. Ya era de noche, por lo tanto, era momento de ir a investigar.

—Es suficiente— dijo el juez, cerrando el enorme libro, tras sentenciar a la última alma de ese día. —¡Aiacos, ¿Vienes o no?! —

Unos segundos después, Garuda salió del almacén de libros, cerrando las puertas.

—¿Qué rayos habrá pasado?, sus hombres revivieron, pero él no. —

—No me importa— Wyvern se encaminó a la puerta en el muro. —Vamos a la isla de los Curanderos, quiero saber quién tiene la marioneta. —

Ambos atravesaron el pasadizo, encaminándose al ala oeste del edificio.

—No deberías obsesionarte con ese tema, ni que nuestros privilegios fueran pocos— dijo Aiacos.

—Eso díselo al Wyvern, el maldito dragón es tan obsesivo como el Grifo y no deja de estar jodiéndome con lo del cargo de juzgador de almas— masculló Rhadamanthys. —No me digas que Garuda no ha hecho lo mismo contigo. —

El otro se alzó de hombros.

—Realmente no le importa tanto, sólo le molesta el hecho de tener que esperar hasta el final de la guerra santa para propagar su linaje, sabe que podríamos morir antes de tener una oportunidad y aunque Hades nos reviva, es un riesgo latente. —

Abandonaron el Tribunal en completo sigilo y posteriormente levantaron el vuelo, dirigiéndose a la zona de pasajes dimensionales. Iban con la intención de buscar el más cercano al Santuario para ahorrar tiempo, pero grande fue su sorpresa cuando descubrieron que, el portal que conectaba al inframundo con la isla, estaba abierto.

—¿No se supone que éste camino quedó sellado tras la muerte de Luco? — interrogó Aiacos, mirando con extrañeza la abertura de una cueva.

—Sí, debería estar cerrado— Rhadamanthys se acercó a la entrada, confirmando que era funcional. —Y presiento que Minos tuvo algo que ver con su reapertura. —

Sin decir nada más, los dos se internaron en la gruta.

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Isla de los Curanderos.

Ya era bastante noche cuando Anna y Elina volvieron al pueblo. Se habían quedado hasta el final, ayudando lo más que pudieron a la gente de Rodorio, por lo que tomaron el último barco de regreso a la isla. La señora mayor se despidió, encaminándose a su propia vivienda, mientras que Anna aún debía caminar un poco más para llegar a la casa de su abuela.

Todo el pueblo estaba en silencio y las calles permanecían parcialmente oscuras, debido a la moderada luz de luna y a los escasos faroles con velas en algunas esquinas. Por fin llegó y entró en silencio, bostezando debido al cansancio. Decidió que tomaría una ducha para relajarse antes de dormir.

Atravesó la estancia hasta un buró, donde buscó unos fósforos para encender las velas de un candelero. Pero, antes de siquiera tomar el primer cerillo, unos aleteos surgidos de la nada hicieron que se paralizara por completo. Sostuvo la respiración y agudizó el oído, creyendo que había escuchado mal. Sin embargo, aquellos sonidos se repitieron.

El corazón le dio un vuelco horrible en el pecho al confirmar que eran reales, y lo peor de todo, no era un sólo batir de alas, sino dos. Esto la puso en alerta y el miedo empezó a crecer en su interior. Tragó saliva despacio, intentando no perder la calma, a la vez que encendía las velas para iluminar el lugar.

Esto no puede estar sucediendo— pensó con aprensión.

Los aleteos se oyeron más fuerte y más cerca.

Anna corrió de inmediato a la puerta trasera para salir al jardín. El terror se deslizó por su nuca al distinguir un par de siluetas negras bajando desde el cielo. La respiración se le detuvo cuando sintió el aire arremolinándose con fuerza a su alrededor, mientras escuchaba el sonido metálico de los Sapuris en el instante en que sus portadores tocaban tierra.

Se quedó mirando fijamente las sombras de esa área del patio, esperando a que emergieran. El primero que se hizo visible fue el juez Rhadamanthys de Wyvern, imponente y tenebroso, quien caminó hacia ella, asemejándose a un terrible dragón.

Los ojos de la monja se abrieron con pavor e instintivamente comenzó a retroceder.

¡N-No puede ser… s-son los otros jueces! — se dijo así misma, completamente estupefacta. —¡¿C-Cómo me encontraron?!

Apenas pudo dar dos pasos atrás, cuando de repente, notó de nuevo el movimiento del aire a sus espaldas. El otro espectro se había desplazado ágilmente para cerrarle el paso.

—¿A dónde crees que vas, lindura? — pronunció burlonamente Aiacos, inmovilizando a la joven de los hombros con ambas manos.

Anna se quedó petrificada, observando cómo el Wyvern se detenía frente a ella y acercaba su rostro intimidante.

—¿Es ésta la mujer correcta? — inquirió, mirándola con sutil curiosidad.

El juez podía notar el pánico de la fémina, quien parecía estar a punto de desmayarse. Era muy probable que ella no alcanzase a comprender por qué dos espectros de Hades estaban aquí.

—Vamos adentro— contestó Garuda, arrastrando a la mujer al interior de la casa con apenas un tirón. —Ella misma nos lo dirá. —

La monja no pudo resistirse en absoluto y había comenzado a temblar. Se quedó muda de la impresión y el miedo empezó a recorrerla, temiendo que tal vez, moriría esta noche.

Una vez en la sala, Aiacos la liberó y caminó alrededor de ella, observándola de pies a cabeza. Se había quedado inmóvil como una gacela asustada, lo que se le hizo extraño, porque se supone que era la primera vez que los veía. Sin embargo, el temor que expresaba, daba a entender que la mujer los conocía.

—Pues sí, es ella, puedo notar un rastro del cosmos de Minos rodeándola— dijo por fin.

—Debes estar bromeando— masculló Rhadamanthys, mirándola fijamente. —Dime mujer, ¿Tú tienes la marioneta del juez Minos de Grifo? —

La joven abrió la boca, pero no logró pronunciar palabra alguna. Por lo que solamente confirmó con un movimiento de cabeza, al mismo tiempo que sus manos bajaban torpemente al envoltorio de tela negra amarrado en su cintura. A pesar de que tiritaba, consiguió desenvolver el títere blanco, mostrándoselos por completo.

Los jueces estrecharon la mirada sobre el juguete y su semblante se tornó grave. Ya no había duda alguna, esta mujer, había sido escogida por el Grifo.

—¿Sabes que él murió? — preguntó Aiacos.

Anna tomó aire despacio, pero no conseguía hablar todavía, así que nuevamente asintió con el rostro. Sujetaba la marioneta con fuerza y casi parecía asustada ante la idea de dejarla caer al suelo. Ese gesto les confirmó a los jueces que ella comprendía la razón de ser de aquel objeto.

—Dime mujer, ¿Cuál era tu relación con Minos? — interrogó el Wyvern sin rodeos, mientras sentía que la furia iba creciendo en su interior.

La mencionada no respondió.

Al ver esto, Garuda chasqueó los dedos con fuerza, haciéndola sobresaltarse.

—Reacciona lindura, no te haremos daño si contestas a nuestras preguntas— le dirigió una media sonrisa, divirtiéndose con su expresión temerosa.

Los jueces no estaban seguros si ella cooperaría, o si Minos la había amenazado de alguna manera. No obstante, era prioritario confirmar que papel desempeñaba para el Grifo en éste momento.

Por su parte, Anna no confiaba en las intenciones de los hombres, pero tampoco podía negarse a decir algo. Minos no le dio indicaciones respecto a una situación así, pero le quedaba en claro que no debía provocarlos. Ellos eran peligrosos y si querían información sobre las andanzas de su compañero, se las daría.

Volvió a tomar aire y lo liberó, hablando por fin.

—Era… su sierva… — susurró.

Rhadamanthys gruñó por lo bajo, no le había gustado escuchar eso, porque revelaba que ya había pasado un periodo de tiempo.

—Entonces eras su concubina también— se cruzó de brazos, tratando de contener su molestia. —¿Desde cuándo? —

—Desde hace… una semana… — indicó ella.

Por un breve instante, ambos espectros se quedaron pasmados debido a la sorpresiva respuesta. Una semana. Eso era demasiado tiempo, el suficiente para que el Grifo consiguiera lo que deseaba. Definitivamente, su hermano les había visto la cara desde hace un buen rato.

Garuda soltó una risa irónica y alzó los brazos en un ademán que indicó su fastidio, mientras resoplaba molesto.

—¡Minos lo hizo otra vez, el muy maldito se nos adelantó de nuevo! —

El Wyvern estrechó todavía más la mirada sobre la joven, asustándola visiblemente cuando, sin querer, enseñó levemente sus colmillos. No podía creer lo que estaba escuchando y menos aceptarlo tan fácilmente. En su interior, percibió la furia del dragón creciendo rápidamente. El representante de la Estrella Celeste de la Ferocidad estaba exigiéndole comprobar si su hermano los había burlado una vez más.

—¡No asegures nada todavía! — gruñó, acercándose a ella para atraparla del brazo con rudeza. —¡Tenemos que cerciorarnos antes! —

Sin la más mínima consideración, jaló a la mujer para luego arrojarla hacia su compañero, quien la atrapó de los hombros nuevamente. Sujetándola con firmeza, Aiacos la obligó a quedarse quieta, a pesar de notar su temblor corporal empeorando. La escuchó tragarse un sollozo en medio de su alterada respiración, evidenciando que la pobre mujer no comprendía la magnitud de todo esto. Pero poco les importaba tratarla bien.

¡Por Athena, no quiero morir! — pensó Anna, completamente aterrada.

Las respuestas que dio no habían sido del agrado de los jueces y, muy probablemente, ambos tenían algún tipo de rivalidad en contra de Minos. Lo que la dejaba vulnerable ante ellos.

—Tranquila, sólo queremos confirmar un asunto que nos atañe a los líderes del inframundo— explicó Aiacos detrás de ella, usando un tono malicioso. —Ahora, no te muevas, que Rhadamanthys sólo quiere examinarte. —

La mujer sintió que el estómago se le contraía dolorosamente, comenzando a temer lo peor.

¡¿Qué?!, ¿Por qué quiere hacer eso?, ¿Qué demonios se traen entre manos? — su mente apenas pudo procesarlo.

Anna quería gritar, aunque eso resultase completamente inútil, ya que nadie la auxiliaría. Se quedó paralizada cuando el otro juez se aproximó a ella, para luego acuclillarse a la altura de sus caderas.

El portador del Wyvern alzó el brazo derecho y posó la mano justamente sobre el vientre de la mujer. El dragón ya le había dicho cómo verificar si el Grifo había jugado sucio nuevamente. Hizo una suave presión y dejó que su cosmos fluyera sutilmente, lo que generó una leve sensación de calor que sobresaltó a la joven, quien lo notó a pesar de la tela de su vestido.

Pasaron lentamente algunos segundos, en los cuales el juez parecía esperar algo. De repente, su cosmos recibió la respuesta.

¡Maldita sea! — su expresión reflejó frustración. —¡Ese bastardo de Minos! — siseó.

—¿Y bien? — Aiacos lo miraba expectante.

—¡Está preñada! — declaró furioso, retirando su mano y poniéndose de pie. —La huella de su cosmos ya está latiendo dentro de esta mujer— la miró con desagrado.

Anna fue liberada del agarre, así que se alejó con pasos torpes, sin soltar la marioneta ni un sólo instante. Sentía que estaba a punto de desmayarse debido al pánico, el cual empeoró al ver que los jueces la contemplaban con frialdad, dándole a entender que no estaban complacidos con la idea de que engendraría al hijo de Minos.

Incluso ella misma no podía creer que fuera cierto. A pesar de que él se lo dijo sin tacto alguno, todavía no asimilaba la idea de que estaba embarazada. Sin embargo, cuando estuvo en el inframundo, aprendió que el cosmos era algo real e importante, incluso los espectros de bajo rango podían percibirlo, aunque no supiesen manejarlo. Y el juez Rhadamanthys se había expresado con total seguridad, por lo tanto, era verdad.

—Te dije que tomáramos más en serio sus comentarios cuando hablaba del tema— Aiacos se alzó de hombros con algo de indiferencia, resignándose a la situación sin tanto drama. —Ya sabes que él siempre ha tenido el cargo de juzgador de almas, ¿Acaso creías que iba a renunciar tan fácilmente a ese poder? —

El cosmos del Wyvern se expresó a su alrededor, estresando el ambiente.

—¡Ya lo sé! — declaró colérico. —¡Pero el muy imbécil hizo trampa, en esta ocasión ni siquiera esperó a que el señor Hades se revelara por completo en su anfitrión! —

Era verdad, el Grifo había hecho trampa descaradamente. Tal y como lo hizo hace más de doscientos años atrás. De alguna manera, en el último milenio, había logrado mantenerse un paso adelante de ellos. No todo el tiempo jugaba sucio, pero de una u otra manera, siempre conseguía perpetuar su jerarquía y poder.

Y esto molestaba en exceso al espectro de Wyvern. Al dragón no le gustaba el segundo lugar, a pesar de que los tres jueces tenían el mismo nivel prácticamente. Era una rivalidad muy añeja entre hermanos, que se remontaba a una época sumamente antigua, cuando alguna vez fueron humanos.

En cambio, para el espectro de Garuda, esto no resultaba tan importante. Pero, aun así, la burla de su hermano también le irritaba.

—Bueno, podríamos… — le dirigió una mirada malévola a la mujer. —Deshacernos de ella y problema resuelto, tendríamos una oportunidad. —

Efectivamente, podrían atentar contra el linaje del Grifo, pero eso, tendría consecuencias.

Anna palideció al comprender la insinuación del juez: Sería ejecutada por el simple hecho de haber sido la concubina de Minos. A pesar de que ella fue la víctima y no tuvo voz ni voto en semejante escenario.

Inesperadamente, la respuesta de Rhadamanthys pareció darle un giro a la situación.

—Déjate de idioteces Aiacos, sabes perfectamente que no podemos hacerlo y menos ahora que el señor Hades ya sabe que Minos ha muerto— increpó, manteniendo su voz grave, apenas controlándose para no despotricar. —Aunque… hace una semana todavía no teníamos permiso de salir al exterior— observó detenidamente a la mujer y una duda surgió de repente. —¿Cómo es que él…? —

En un parpadeo, se desplazó con celeridad, apareciendo detrás de ella y, sin darle oportunidad de reaccionar, la sujetó del cabello, inmovilizándola una vez más. La joven gimió asustada ante la nueva sacudida de terror que la recorrió cuando percibió la respiración del hombre en su nuca. Y eso empeoró al escucharlo olfatear muy cerca de su cuello.

—Mira nada más, una monja oscura defectuosa— dijo, levemente sorprendido.

Anna contuvo la respiración. No le sorprendió demasiado la capacidad del juez para detectar su condición de monja oscura con sólo ventear su aroma. Algunas Estrellas Malignas les concedían habilidades sorprendentes e inquietantes a sus portadores humanos. Sin embargo, quizás esto la ponía de nuevo en peligro.

—¿Hablas en serio? — Aiacos se aproximó también, observando detenidamente los ojos de la mujer, como si buscase algo en sus pupilas. —Pues sí, aún conserva rastros de la conversión a espectro menor, ese idiota de Luco se equivocó demasiadas veces. —

La transformación con los lirios blancos del inframundo dejaba algunos rastros en los humanos que la sufrían. En el caso de Anna, y otros aldeanos más, dicha conversión se vio truncada gracias al brebaje que el hijo adoptivo de Luco, les hizo beber. Debido a esto, ella recuperó su conciencia estando ya en el inframundo, pero el rastro de su cosmos pasivo no desapareció por completo. Eso era lo que detectaba el juez Garuda.

Rhadamanthys bufó contrariado, liberándola de su agarre.

—Como sea, ella no tiene la mente anulada y probablemente eso fue lo que tomó en cuenta Minos para hacer su jugada— empezó a caminar rumbo a la puerta. —Larguémonos ya, antes de que Pandora se dé cuenta de nuestra ausencia. —

Su actitud aparentemente "resignada", sorprendió brevemente a su compañero, pero no dijo nada. De cualquier forma, esta situación tenía que resolverse en el inframundo, cuando se reencontrasen con Minos. Estaban a punto de alcanzar la salida, cuando de pronto, la monja los detuvo con un par de cuestionamientos.

—¿M-Me… asesinarán? — habló con más claridad ahora. —¿S-Sólo porque… Minos me condenó a ser su… yegua de crianza? —

Los hombres se miraron entre sí.

No esperaban que la mujer tuviera el suficiente valor para interrogarlos de forma tan directa y más teniendo en cuenta que hace unos momentos parecía a punto de desmayarse. Eso les reveló que ella no estaba aquí por voluntad propia. Seguramente el Grifo la había obligado por alguno de sus despreciables métodos, ya que había un leve grado de frustración y enojo en su voz.

En otras circunstancias, su impertinencia habría sido castigada, pero en éste momento les era indiferente. Aiacos sonrió burlón, pero dispuesto a darle una explicación.

—Hacer eso, iría en contra de nuestros acuerdos— rodó los ojos con indolencia. —Comprendo tu molestia, mujer, pero debes saber qué, como jueces del inframundo, nosotros no somos elegidos al azar como las demás Estrellas Malignas, sino que, dependemos de un linaje humano que proviene desde la época del mito, una línea de sangre que se conserva desde hace siglos— declaró.

El desconcierto fue evidente en Anna, ya que esto ratificaba lo que Minos le había dicho anteriormente.

—Somos los generales del ejército del dios Hades, los más fuertes. Por lo tanto, nuestro deber es conservar ese estatus a través de nuestra estirpe— prosiguió, sin importarle revelar demasiada información. —No importa con cuál mujer sea, pero siempre debemos engendrar al menos un hijo o hija, para que nuestra línea de sangre siga presente en la Tierra hasta la siguiente guerra santa. —

—Así que deberías sentirte honrada, mujer— Rhadamanthys regresó sobre sus pasos, mirándola incisivamente todavía. —Tendrás el privilegio de criar al hijo del juez principal— masculló con desdén. —Digamos que, simplemente, estamos molestos porque ese imbécil de Minos se nos adelantó, ya que, el primer líder que propague su linaje en esta época, gana el derecho de que su estirpe consiga el cargo de juzgador de almas en el futuro… y eso significa tener más poder y estatus en el inframundo. —

Con semejantes palabras, a la monja le quedaba en claro que esto únicamente era un retorcido juego de poder, en el cual estaba involucrada sin querer. No obstante, deseaba confirmar que permanecería con vida.

—¿N-Nadie me hará daño? —

Aiacos negó con un movimiento de cabeza.

—No mujer, nadie te lastimará, eso nos traería problemas con Minos— ambos jueces retomaron su camino a la salida. —Si lo hiciéramos y después su cuerpo es recuperado, él revivirá y seguramente se cobrará de la misma forma cuando nosotros intentemos dejar nuestra propia descendencia— le dio un último vistazo. —Así que mejor ocúpate de esa cría, no creo que desees irritarlo si es que vuelve a la vida. —

Anna sintió un nuevo escalofrío arrastrándose por su nuca y espalda. Escuchar que Minos podría volver en cualquier momento, la inquietaba. Pero le preocupaba más el no saber cómo sobrellevar su embarazo.

Los vio salir, pero no pudo seguirlos para confirmar su partida. Momentos después, escuchó al batir de sus alas perdiéndose en la lejanía. Soltó el aire lentamente, recuperando poco a poco la serenidad. Salió con precaución al jardín, mirando en todas direcciones y luego al cielo. Por fin los jueces se habían marchado.

Regresó al interior de la casa. Necesitaba descansar, ese día había sido muy estresante.

.

.

Santuario de Athena.

El edificio era custodiado por bastantes soldados rasos ya que era el lugar a donde habían llevado los cadáveres de algunos de los espectros derrotados por el santo de Piscis, entre ellos, al juez Minos de Grifo.

Su cuerpo yacía sobre una fría plancha de piedra. Estaba muerto físicamente, pero no a nivel de cosmos. El espectro de Grifo seguía manteniéndose intacto en su portador, permitiéndole al alma humana también conservarse en un estado suspendido entre la vida y la muerte. Un privilegio especial que tenían todas las Estrellas malignas.

Todo esto fue tu culpa, maldito bastardo— afirmó el juez, viéndose así mismo rodeado de una infinita penumbra.

Frente a él, permanecía una silueta enorme, completamente negra, con ojos bermellón y mucho más oscura que el entorno que los rodeaba. Sus rasgos y detalles no eran visibles, pero su forma era la de una criatura mitológica.

Ya deja de ladrar, esto no ha terminado, simplemente debemos esperar a que el mocoso reviva nuestro cuerpo físico y ya ≫ se expresó con indiferencia.

La bestia ya no parecía molesta por la derrota a manos del santo dorado, pero su portador si lo estaba.

Eres un perfecto imbécil, si me hubieras dejado a mi hacer las cosas, no estaríamos en esta situación— recriminó frustrado. —Fue tan simplona tu forma de actuar, ¿Y te haces llamar líder del inframundo?

Se escuchó un siseó molesto y el brillo de aquellos ojos rojizos se intensificó.

Cállate, no estoy de humor, ya te he tolerado demasiado.

El juez se cruzó de brazos y volvió a la carga, sólo por joder al espectro. Después de todo, en ese estado, no es como si pudiera castigarlo.

Reconoce que fallaste por idiota, si lo hubieras asesinado desde un principio, aquella deidad no hubiese podido intervenir sanándolo— dijo mordaz. —Luego te confiaste y no viste lo que planeaba con esa rosa, fuiste tan patético.

El Grifo resopló molesto y aunque el humano estuviese en lo correcto, no lo reconocería.

No molestes Minos, hay temas más importantes por los cuales preocuparse ≫ lo observó con repentina seriedad. ≪ Mis hermanos van a cuestionarnos, así que debemos preparar alguna coartada.

¿A qué te refieres?

Al morir, se rompe nuestra conexión con la marioneta de hueso, lo que la vuelve "visible" para Wyvern y Garuda, debido al cosmos impregnado ≫ se expresó irritado. ≪ En pocas palabras, ellos podrían descubrir a la hembra e intuir mi jugada.

La consternación se reflejó en el rostro de Minos.

¡Maldita sea!

Algo debe estar sucediendo, el mocoso ya debió haber lanzado su invocación para revivirnos, pero, por algún motivo, no hemos podido escucharla ≫ explicó la entidad.

El juez apretó los puños con rabia, ya que dicha situación tenía implicaciones muy graves. No sólo por el peligro para Anna, sino por todo lo que provocaría el descubrimiento de los planes del Grifo. Iba a despotricar una vez más contra él, cuando de pronto, una voz retumbó a su alrededor.

Levántense nuevamente, mis queridos espectros. Regresen del descanso eterno, del silencio de la muerte.

Es la invocación, por fin ≫ dijo el espectro.

Súbitamente, todo se volvió oscuridad.

Raimi de Gusano se desplazó con sigilo entre las sombras del edificio.

Tuvo que esperar la llegada del crespúsculo para introducirse a territorio enemigo, dado que la vigilancia había aumentado. El campo de protección creado por la diosa de la guerra no impedía el acceso de los espectros, así que no le fue difícil moverse bajo tierra gracias a los tentáculos de su Sapuri.

Por largo rato buscó el sitio donde los soldados de Athena dejaban a sus muertos antes del sepelio y ya había anochecido cuando lo encontró. Sin embargo, los vigías eran muchos y el espectro no tenía permitido llamar la atención en absoluto. No obstante, algo repentino sucedió en las doce casas, llamando la atención de todos hacia allá.

Raimi sintió el cosmos de su señor Hades desplegándose en el lugar donde se levantaba la estatua de la diosa Athena. Se le hizo sumamente extraño que viniese en persona a enfrentar a su enemiga. Pero él no era nadie para opinar al respecto, por lo que, tan pronto los soldados se fueron, ingresó al edificio para recuperar el cuerpo del juez Grifo.

No demoró mucho, el lugar era fácil de recorrer y tras revisar un par de recintos, llegó al tercero, donde estaban algunos de los hombres de Minos y el propio juez, todos recostados sobre planchas de piedra.

—Es tiempo de irnos— murmuró, a la vez que sus tentáculos lo ayudaban a levantar el cuerpo. —Mi señor Hades no dijo si debía sacar a los otros, así que tendrán que esperar. —

Regresó sobre sus pasos y tan pronto alcanzó la salida al exterior, huyó cavando un nuevo túnel que los sacaría del Santuario por otro lado.

Límites del Santuario.

La barrera había quedado atrás, por lo que Raimi salió al exterior en una zona desierta. Depositó el cuerpo del juez en el suelo y esperó pacientemente su despertar en lo que revisaba los alrededores. Esto no tardó demasiado, ya que fue notorio el estremecimiento corporal que indicaba el retorno a la vida.

Minos abrió lentamente los ojos, recuperando todos sus sentidos. Percibió la vibración de su cosmos sanando cualquier daño que tuviese su cuerpo, lo que incluía la degradación de los restos del veneno de Piscis, dado que éste, ya había perdido efectividad desde hace varias horas tras su derrota.

—Bienvenido, señor Minos— Raimi saludó con una inclinación, para luego entregarle algo.

El juez se sentó despacio, a la vez que tomaba el yelmo de su Sapuri, el subordinado lo había recuperado. Dio un rápido vistazo alrededor, dándose cuenta de que estaban en el mismo camino por donde había llegado con sus hombres, justo donde se enfrentó contra Albafica la primera vez.

—El señor Hades me ordenó recuperar su cuerpo, dado que la diosa Athena implementó una barrera que le impedía revivirlo a usted y a los otros, aún tengo que volver por ellos. —

Minos se puso de pie, colocándose el casco y mirando en dirección al Santuario. Entornó la mirada cuando distinguió el cosmos de Alone y al mismo tiempo la presencia del santo de Pegaso. Al parecer, alguien consiguió sacar su alma del Yomotsu.

¿Qué rayos hace aquí el mocoso idiota?, se va a delatar— caviló extrañado.

Eso no importa ahora, será mejor largarnos de una vez, el maldito santo de Pegaso regresó con algo que está sellando a las Estrellas Malignas, ya no puedo percibir el cosmos de tus hombres, así que no tiene caso recuperar sus cuerpos ≫ masculló el Grifo.

El juez no se esperaba esto, pero estuvo de acuerdo en retirarse. Era momento de regresar al inframundo y enfrentarse a los otros jueces.

—Vámonos, ya no importan los demás— dijo con frialdad, empezando a caminar.

Raimi lo miró sorprendido, pero no quiso preguntar, así que lo siguió de inmediato y en completo silencio.


Continuará...

Me encanta escribir divergencias del canon :D

Como han podido leer, he tratado de acoplar algunos eventos de la trama de SS TLC, pero sin abarcar demasiado. Desde la llegada de Minos al Santuario, hasta la visita de Alone a Sasha, todo eso ocurre en un sólo día, lo cual se vio en el anime a lo largo de la 1ra temporada. Y aquí en mi fanfic, leemos lo que "acontecía en otros lados", con los jueces, con Anna y finalmente, con Minos y el Grifo XD

Gracias por leer y por sus comentarios :D

28/Septiembre/2022