XV

Eran las 9 de la mañana y la ausencia del General Renjiro se hizo notable. Los anfitriones, con su Lord Hokage a la cabeza, consideraban indigna tal tardanza de tan indigno hombre. En contraparte, los hombres de Kumo que quedaban degustaban muy tranquilos el delicioso té de hierba buena. Pensaban que tal vez se había escapado para visitar los burdeles secretos de Konoha, y que en cualquier momento entraría por esas puertas con los pantalones al hombro. Cuando pidieron que se contactase con alguno de sus hombres, se dieron con la sorpresa de que toda la escuadra había desaparecido, y aunque había algunos hombres muy cuestionables en ella, había otros muy serios. Ahora tenían motivos para sospechar. Cuando dieron las 11, se retiraron de la mesa con excusas baratas y disculpas falsas, y se acuartelaron en el Hotel para considerar la situación, y para el atardecer, pasado un almuerzo que Renjiro no se hubiera perdido, aunque tuviera la cabeza en una cubeta, acordaron enviar un mensaje a Kumo explicando el percance y pidiendo instrucciones. Encargaron al más joven, Manchu Horei, esta vital misión. Entre Konoha y Kumo había 3 días de viaje a paso veloz. El muchacho debía hacer ese trayecto, de ida y vuelta, en no más de 12 horas.

—¿Podrás hacerlo?

El muchacho asintió. Estaba apenas graduado, y fue asignado a la misión como una broma, pensaron. En realidad, tenía el favor del Raikage, aunque eso lo ocultaba y dejaba que los hombres de Renjiro lo molestasen. Inspirado por el retrato de su madre, y empleando la Técnica Secreta del Relámpago Ratón Eléctrico, desplegó la carrera más destellante que se hubiera visto. No alcanzó a ver la frontera. Un kunai sencillo atravesó su nuca.

—Imbécil, ¿qué hiciste? Solo debíamos detenerlo.

—¿Qué querías que hiciera? Iba demasiado rápido.

—Eres un idiota, me van a suspender por esto.

Le robaron la bandana, los kunais, dos barras de chocolate con granola, y entonces encontraron el pergamino dirigido al Raikage. Tras leerlo, compartieron una mirada de franco miedo. Volvieron a su guardia y no dijeron nada, como si nada hubiera pasado. Cuando la mañana llegó, acordaron irse a casa y no pensar más en el asunto. Pero ninguno pudo dormir, revuelto por las palabras que habían leído, trampa, conspiración, guerra… Pensaron que un proteico almuerzo les permitiría despejarse, pero cuando descubrieron que la melcocha se había cristalizado, supieron qué debían hacer. En el pasillo antes del salón del Hokage se encontraron con Raido Namiashi y ya se olieron mal.

—Kotetsu, Izumo, ¿qué mierda quieren?

—No, nada, nosotros solo queríamos, eh… —sugirió Kotetsu—, esto, hablar con el Lord Tercero, si es posible…

—Sí, cómo no —respondió Raido con mal gesto—, lárguense de acá, el Hokage ya tiene suficiente con qué lidiar y no tiene tiempo para recibir a un par de nadies como ustedes, malditos, ¿entendieron? ¡Largo! ¡Fuera!

—Sí, claro, por supuesto…

Y se retiraron con venias de disculpa y por el pasillo fueron susurrando quién sabe qué cosas, pero Raido estaba más preocupado por el griterío tras de él. En el salón, la Delegación del Rayo, lo que quedaba de ella, sin saber dónde estaba su General (el único con poder para decidir cosas, a fin de cuentas) y el resto de sus hombres, y ya finalmente convencidos de que el joven Horai no volvería (ya sea por cobardía o traición, o ambas), exigían a Sarutobi una respuesta con vehemencia y radicales rimas, y la verdad es que a Sarutobi también le gustaría saber qué había pasado, así que hizo lo que solía hacer cuando estaba en una complicada, que eran las más de las veces: consultar a Danzo. Danzo, con su brazo raquítico, acarició su barbilla, y concluyo que este caso era uno de esos en los que mientras menos supiera el Hokage, mejor, para así poder alegar ignorancia en caso que algo feo hubiese ocurrido y si todo se fastidiaba, coartadas era lo que menos faltarían. Con ello creyó dejarlo tranquilo al viejo reumático, y tendría razón en una época distinta, pero Sarutobi estaba dispuesto a desenredar cualquier madeja que asomara cola. Ambos ancianos tenían una noche para conseguir algo de información, y ambos acudieron a Kakashi.

Kakashi anduvo por las zonas bajas de Konoha, aquellos pisos construidos en sótanos con salida a las acequias, y preguntó discretamente sobre hombres morenos como los granados en las puertas de amor barato, amor moderado y amor extranjero. Los copistas nada sabían, y las vendedoras de shawarmas, sus más fieles confidentes, no supieron darle razón. Hastiado, fue a visitar a su novia a la hora en que aúllan los lobos. Tocó la ventana con una punta de flecha, y Hana abrió con los mechones revoloteados.

—¿Larga noche?

—Apenas comienza. ¿Tenés mate?

—Pasa.

Kakashi sintió un viento.

—Mejor afuera, y así vemos las estrellas.

En realidad, las chimeneas de tantos negocios empañaban los cielos, pero el Sharingan le permitía a Kakashi prácticamente ver lo que comían esos hombres alados en la Luna, a los que llamaba lunáticos. Hana se acomodó a su costado. Era una muchacha natural y con un olor de intensidad mojada. Pensando un tanto en lo pasado pretérito, Kakashi cayó en cuenta de que todo seguía más o menos igual sobre la tierra.

—¿Piensas todavía en ella?

—Pienso en todos los que no están. Esta vida no vale para nada.

—¿Eso crees? ¿O eso quieres creer?

Sobre Kakashi el firmamento giraba. Estaba a punto de dejar que su consciencia se sublimase en el aroma de Hana cuando escuchó el crujido de los huesos. Al volverse, descubrió a uno de los Hermanos Haimaru degustando las astillas de un sucio fémur. Más allá, los otros dos Haimaru peleaban por un trozo aún más sabroso.

—Están muy animosos —comentó Kakashi.

—Comieron bien.

Volvieron a lo suyo, pero una vez más, como si golpearan en su sien, Kakashi se volvió. Intrigado, se levantó.

—¿Qué te pasa?

Kakashi caminó por la senda rugosa, y se levantó la banda. Con su rojo mirar, reconoció restos de Chakra. Hana intentó alcanzarlo, pero Kakashi se inclinó en un montículo de tierra húmeda y restos pútridos, y haló de un trozo de tela a punto de deshilacharse. Reconoció el signo de Kumo.

—¿Qué han hecho?

Hana le abrazó por la espalda. Le susurró largamente, y Kakashi, a medio camino entre la indignación y el repudio, volvió al Castillo, e informó que no hubo hallazgos. Danzo entendió que algo había descubierto, probablemente sin querer, y se veía obligado a callar. Dio por zanjado el asunto, pero Sarutobi se olió algo más, así que a primera hora convocó al Trío Ino-Shika-Cho ante él. Tras un largo parlamento sobre la responsabilidad describiendo futuros distópicos, les preguntó con una voz presuntuosa.

—¿Puedo confiar en ustedes?

Asintieron coordinados.

—Tengo razones para creer que tras esto se encuentran o bien los Uchiha o bien los Hyuga. Quiero que lo descubran.

—¿Debemos entender, Lord Hokage, que nos está dando autorización para utilizar nuestras técnicas sobre otros clanes de Konoha? —preguntó Inoichi.

—Por favor, no finjan que no lo han estado haciendo todo este tiempo.

Se desplegaron como las gaviotas. Shikaku, el más listo de la triada, dirigió sus sospechas contra el Clan de los Ojos Rojos. ¿Acaso el líder Nara arrastraba consigo ese viejo rencor melancólico de las generaciones pérdidas desde los tiempos en que la Sombra traicionó al Fuego? Siendo ese el caso, Shikaku tenía las de perder, pero capaz de fundamentar sus razonamientos, no fue difícil convencer a sus pares. Los Nara enviaron una horda de sombras a espiar desde las grietas las acciones más mundanas, mientras los Yamanaka intervinieron todos sus pensamientos y algunos sueños, no encontrando nada sobre Kumo pero sí mucho sobre infidelidades bochornosas, deudas a mansalva y deseos insurrectos. Los Akimichi, por su parte, se fueron a almorzar.

Caída la tarde, se reunieron. No había nada de parte de los Nara, y nada por los Yamanaka, y cuando ya esperaban un tercer nada, Choza habló:

—El General de Kumo secuestró a la hija de Hiashi Hyuga. Este buscó ayuda de los Inuzuka, y juntos recuperaron a la niña, matando a todos los ninjas de la Nube —y se quedó tan pancho.

—¿Cómo carajos descubriste eso? —preguntó Shikaku, ofendido.

—Me encontré con Tsume en Ichiraku. Fuimos a tomar algo, y bueno...

Los tres estuvieron de acuerdo en que la momentánea alianza Hyuga-Inuzuka podía dar paso a olvidar esa eterna riña que llevaban, así que acordaron no hacer nada que pudiera ponerla en riesgo. Sin embargo, Inoichi, con la excusa de que se había olvidado la billetera, visitó al Hokage y presentó los descubrimientos de Choza como suyos. Sarutobi entendió lo mismo: allí podía estar el germen de una nueva gran unidad en la Aldea. Sentenció el olvido total de todo lo hablado. Pero algunos insectos no olvidan, y justo había un mosquito parada en el bonsái de Sarutobi, que voló por la primera de cambio e informó de todo a Shibi Aburame, que a su vez informó a Danzo con el secreto lenguaje de las hormigas marchantes. Danzo, intrigado por esta inesperada colaboración, entregó sus órdenes según recibía el té. Kakashi asintió, y fue a consultar al Hokage, que suspiró pesadamente.

—Hay cosas que deben hacerse —y se fue tomar su siesta, más comunes hoy que nunca.

Esa noche, la Delegación del Rayo, que ya alistaba maletas y robaba los jabones aromáticos del Hotel Internacional, se encontró con la muerte enmascarada. Eran dos jovencitos, uno lobo y otro cuervo, los que en rápidos movimientos apagaban esos aterrados rostros.

—¡No, por favor! —Suplicaron según iban cayendo—, ¡nosotros solo queremos paz, por favor!

Kakashi segaba sus patéticos lamentos, y avanzaban sobre los cuerpos cual autómata. Itachi, sentado en la ventana, se comió algunos de los dulces de cortesía. Era, digámoslo así porque de otra forma no se puede, el precio a pagar por la unidad de Konoha. Y era un precio aceptable a vistas de todos.

Y no fue hasta dos meses después que el Raikage A, entrenando con su hermano Killer B, recordó haber enviado a uno de sus Generales, ese tal Renjiro, como jefe de una Delegación muy pomposa para fastidiar al viejo Sarutobi, y que aún no había vuelto. Sin embargo, la nueva rima de su hermano le hizo olvidar el asunto. Hasta esa misma tarde, en que contemplaba su cena con intriga. Reconoció entonces en el guiso el rostro carcomido de Renjiro, y pidió que lo llamasen, pero nadie lo había visto desde que salió a Konoha junto a una parte más bien despreciable de administradores públicos.

—¿Y por qué no me dijiste nada en todo este tiempo, Mabui?

—Lo hice, Lord Raikage, lo hice...

—¿Y?

—No sé, usted siempre se reía, y luego se olvidaba. Será chiste.

—Uhm... Oh, sí —y recordó la gracia que le hacía el pensar la cara que habrá puesto Sarutobi al ver salir a Renjiro del carro real—, pero ahora es serio mujer, envía un emisario.

Cuando llegó la carta que interrogaba sobre el paradero de su General y de toda su Delegación, Sarutobi se llevó la mano a la boca, tapando un eructo de media tarde. Luego, de nuevo, consultó a Danzo. Danzo asintió sabiondamente, y declaró que un Hokage no tenía por qué rendirle cuentas a ningún otro líder que en su alucinada existencia se proclamase con el nombre de Kage. Sarutobi entendió, y se limpió la cola con la misiva de papel suavecito.

A la semana llegó otra, que tuvo el destino de envolver el churro de las 2 de la tarde que se empujaba Sarutobi en su despacho aún en contra de las recomendaciones de sus médicos, desautorizados por la tradicional medicina herbaria. Llegaron más, sin mejor destino. Harto, el Raikage autorizó enviar un papel bomba. Y por esas cosas que tiene el retorcido destino, la carta se traspapeló y terminó en el fondo del cajón de la recepción del Hokage, que dirigía su propia hija Anzu, que trabaja medio día por su embarazo. Cuando A no escuchó el boom, decidió no enviar papelitos que se podían mojar, y envió un explosivo verdadero. Sin embargo, el maltrato que recibe la correspondencia finalmente pasó factura y una pequeña oficina de carteros estalló en pedazos. Sarutobi nunca relacionó los hechos, aunque hubo mucha prensa inculpando a Akatsuki, hasta el punto en que los ninjas de las nubes rojas debieron enviar una nota aclaratoria, explicando que atacar la oficina de correo es un acto de bajeza inaceptable. Ofendido, el Raikage empezó a organizar una operación militar para exterminar los reductos de Akatsuki en el País del Rayo, que eran pocos y cobardes, y entonces recibió el chivatazo por izquierda (usualmente atribuido a los Uchiha, aunque sin pruebas concluyentes por ahora). Esa mañana había un hermoso cielo nublado, y con total calma explicó su plan.

—Iremos a Konoha, y la aplastaremos.

C agachó la cabeza. En todo esto él poco pudo hacer para espantar los humos de la guerra, porque sabía también que cuando una idea se le mete al Raikage en esa cabezota que tiene, nada hay que se la pueda sacar. Lo mejor que pudo hacer entonces fue asegurar que esto se saldara con la menor sangre.

Antes de terminar la semana, la misión militar de Kumo se encontraba a puertas de Konoha. Estaba conformada por más de 1500 ninjas y era dirigida por el mismísimo Raikage, junto a su hermano Killer B, el Jinchuriki del Hachibi, que ya estaba armando unas buenas rimas sobre la épica batalla que se avecinaba. Y contra todo pronóstico (hacía un cielo despejado) el Raikage decidió esperar y entablar conversaciones (y claro, se sospechó de los susurros de C). Sarutobi, que, decían las malas lenguas, llevaba un pañal de caoba cuando hablaba con A, adoptó la postura del erizo. Se hizo bolita.

—Por aquí no pasó ninguna Delegación ni ningún General Renjin o como se llame. Nos hubiéramos dado cuenta si esa gente entraba en nuestras tierras.

A destruyó la mesa de diálogo, a veces literalmente, pero no conseguía sacar del ostracismo a Konoha. Todos los clanes habían cerrado filas.

—Debería buscarlo en alguno de los muchos prostíbulos que hay en el montón de rocas guaneras que llaman país, señor —declaró Utatane—, porque acá nunca vino nadie.

El cinismo de Konoha fue evolucionando según Kumo iba atando cabos.

—No, no sé, no vimos a nadie, no llegaron nunca, a saber qué habrá pasado, esos días yo no estaba acá, no, era un clon de sombras, no, no me acuerdo, no, sacaron mis palabras de contexto, tenía sueño, ah, sí, no, nada, eran unos tipos muy extraños, se fueron tan pronto como llegaron, y ese día estaba drogado y era todo un genjutsu.

Tan férrea fue la defensa de Konoha que A empezó a creer que era realmente probable que Renjiro hubiera muerto al caer en una zanja y que las comunicaciones informales que habían llegado a él solo buscasen incentivar una guerra para aprovechar luego la debilidad de los contendientes. Konoha creía tener el caso ganado, a pesar de que un Jinchuriki cuasi-perfecto estaba a sus puertas y que literalmente debían recurrir a desaforadas discusiones diarias para mantener cuajado el secreto, pero ya antes ha cometido el error de subestimar a sus enemigos. A no solo creía en la lealtad ciega de sus hombres, sino que no estaba dispuesto a volver a Kumo y explicarle a la madre de Manchu Horei que su hijo solo había decidido esfumarse. Harto, agitó a las tropas. Cuando se tomó su fanta, C le previno, y le sugirió una última carta.

—Quiero a Hiashi Hyuga.

Les heló la sangre esas palabras. Acaso si ya era la confirmación de que el Raikage lo sabía y no estaba dispuesto a marcharse con las manos vacías. Sarutobi dijo que no sea ridículo, y se fue a dormir.

Al despertar, se encontraba en un concilio de los Clanes. Los Uchiha declararon que no había nada más que hacer, que aceptar una baja era preferible a lanzarse a una batalla que volviera a diezmar Konoha. Los mandaron a callar, que no sabían nada y que ellos eran tan responsables como los Hyuga, que a ver si entregan a Fugaku. Fustigados, hicieron su jugada, agitando las calles. Entraron en cólera, toda la Aldea no podía pagar por el crimen de un solo hombre, y exigían esa dignidad de la que tanto se ufanan los ojos blancos. Para su sorpresa, fueron los Inuzuka quienes se levantaron en defensa de Hiashi, alegando que aquí el único crimen que se debía investigar era quién se había chivado con el Raikage para agarrarlo a palos y despedazarlo como hicieron con los de Kumo. Podrían ser enemigos, pero un pacto de silencio es un pacto, y los Inuzuka saben respetar eso y a un padre que protege a su cría. Fugaku, indignado, pidió el apoyo del Trío Ino-Shika-Cho, que cerró filas en torno al Hokage y su postura de todos bajo el mismo árbol.

—De ninguna manera mi Clan participará en esto, ¡ya hemos sufrido lo suficiente! —exclamó Fugaku, golpeando la mesa repetidas veces. Los otros líderes le vieron con desafío o desprecio, dependiendo, ¿acaso sus clanes no habían sufrido también, acaso eran los Uchiha los únicos miserables de la tierra?

—Yo no hablaría tan pronto, Fugaku —habló Danzo desde su esquina oscurecida—, por si no lo sabes, tu hijo tomó parte de esto y de forma muy activa.

Fugaku enfureció, pero controló la inyección de sangre en los ojos. Retrocedió en silencio. La tensión en la sala parecía dispuesta: Konoha iría a una nueva guerra. Pero para sorpresa de todos, Hiashi se levantó, regando el silencio con su pulcra imagen.

—Soy un hombre de honor. Y estoy aquí por el honor que mi Clan ha mantenido por tantos años, desde que mi abuelo fundara esta Aldea junto a sus abuelos. Hemos tenido diferencias, hemos tenido conflictos, pero todos hemos trabajado por esta Aldea, por nuestros hijos y por nuestro futuro. Es por eso que sé que puedo confiar en ustedes como Shinobis honorables —el concilio asentía, inspirado—, y por eso mismo, que no puedo permitir que se derrame sangre de Konoha en un asunto como este. Los Hyuga siempre hemos estado por la defensa de Konoha, y nunca hemos vacilado en ello, y es por eso que he decidido entregarme.

El concilio quedó estupefacto. Pronto se levantaron voces de protestas, ¿de qué estás hablando? ¡No seas ridículo! ¡Vamos a luchar! Hiashi les calmó con una venia de la palma.

—Venimos de terribles acontecimientos, y lo que menos quiero es crear una generación más con el trauma de la guerra. Por favor, ustedes que son padres, hijos, hermanos y hermanas, entiendan y respeten mi decisión.

Los clanes se vieron incapaces de hacer cambiar de opinión a Hiashi. Uno por uno, los líderes se acercaron a él para darle el que sería un último abrazo, un beso en la frente y una bendición.

—¿Qué es lo que planeas? —le susurró Shikaku.

—Descuida —sonrío Hiashi—, es un hecho que, si vamos a una batalla, nos costará demasiado ganar. Además... los Uchiha bien podrían traicionarnos con tal de hacerse con el control de Konoha después, aunque quedase hecha un montón de cenizas, no les importaría, así son ellos.

—¿Acaso ellos...?

—No lo sé, pero créeme cuando digo esto: nunca permitiré que un Uchiha porte el sombrero de Hokage.

—¿Y qué hay del Byakugan?

—Descuida... —le miró con altura—, jamás lo tendrán.

De todo este conflicto, el que más había cambiado sin duda fue Hiashi. Al difundir las informaciones sobre el Sharingan, él no tenía idea de hasta qué punto exponía a su familia y más importante, el más grande secreto de su clan. Tampoco pudo prever su repentino entendimiento con los Inuzuka, ni esperó nunca mirar con agradecimiento a Kurenai, hasta el punto de recomendarla para ingresar a un curso especial de Kunoichi, y claro, no estaba en sus mejores estimaciones toparse de golpe con los entramados de un golpe marchante por parte de sus verdaderos rivales en el control político de la Aldea. Parecía que había sido un ganar-ganar, pero algo debía pagarse a cambio. Ese día, Hiashi volvió a la Mansión Hyuga, donde todos los miembros del Clan le esperaban, y se reunieron en la cámara de meditación, dejando a los hijos afuera al cuidado de las nodrizas. Los niños tampoco tenían muchas ganas de jugar, ya que eran muy sensible y podían sentir la fúnebre sombra que se ceñía sobre ellos. Hinata, por ejemplo, intentaba animar a unas débiles flores a buscar mejores rayos, mientras Neji contemplaba la reunión de los adultos a través de las paredes con su Byakugan, sin lograr entender lo que se acordaba. Al salir, su padre Hizashi, lo llevó a un ala apartada de la Mansión, y allí le explicó un par de cosas sobre el destino y que cada hombre nace para una tarea magnánima y que cuando esta se presenta, no existe dicha mayor que cumplirla. No existía vergüenza o pena alguna en el sacrificio, mucho menos si era por la rama principal de la familia, si era por el bien supremo del Clan, si era por un hermano.

—Cuida a Hinata —fue lo último que le dijo Hizashi a su hijo antes de volver con los adultos, que le cubrieron los ojos.

—Gracias —le dijo a Kurenai, sin atreverse a acariciar su palma bajo el olmo, y volviéndose con una suave gracia que pateó a la mujer de vuelta a los años en los que, de primeriza y calentona, jugaba escondiéndose en los pisos.

—Asegúrate de una cosa —le dijo a su hermano, antes de verlo por última vez—, conviértete en Hokage.

Se extrajeron conclusiones dispares del sacrificio de Hizashi. No pensemos por ahora que el Raikage A se sintió ofendido. Nunca había visto a Hiashi, pero supo que el hombre frente a él, de blanquísima toga, no era el líder Hyuga. Supo, porque esas cosas se llegan a saber, que se trataba del hermano gemelo, cuando respetablemente se despojó de sus armas y no interpuso defensa alguna ante su ataque. Un solo puño electrificado atravesó al hombre, haciendo inútil el que haya bebido ese amargo veneno antes de salir. El impacto desaflojó la bandana de su cabeza, que tintineaba con el suelo al extinguirse la vida. A lo mejor el Raikage sí se sintió algo ofuscado al ver los ojos inútiles del hombre, parcos como piedras lisas, devorados por el sello que llevaba en la frente, pero sabía desde bien principadas las cosas que Renjiro no era un hombre por el que valiese la pena ir a la guerra, y aunque Manchu Horei sí lo era, la tradición de respeto entre hermanos que hay en Kumo haría que el Raikage honrara tan noble sacrificio llevándose el cuerpo y exhibiéndolo por todo el Mundo Ninja.

Un chiquito Neji observó toda la ceremonia, y se obligó a sí mismo a no parpadear ni una sola vez. Era un hombre cumpliendo su destino y no había cosa más hermosa. Su tío Hiashi, ahora sí líder indiscutido del Clan, cambió su actitud hoscamente desde entonces. Nunca se llegará a saber en realidad qué tanto afectó este suceso a ese hombre que era como un pilar de mármol en un hogar regido por el recuerdo silencioso, pero se puede sospechar mucho de su creciente aspiración política, su redoblado odio contra los Uchiha y su todavía más severo trato con sus dos hijas, que aprendieron cada una que el mundo es un lugar cada día un poco más oscuro, pero también un poco más bonito, para amar y para morir, y cantando en noches hondas caían en nuevos sueños.

Para la hija de un hombre con ojos de cristal
y papel sellado en la piel.

Ah tu pelito y tus ojos de hiel,
pero ya en tu pecho florecerán colores de amor.

Florecerán

Tres años después, durante una mañana con olor a pino fresco, Anzu Sarutobi, que retomaba sus labores de secretaria con su clásica revisión de la papelería vieja acumulada en los pesados cajones tachonados, encontró la carta perdida del Raikage, y el sencillo roce de sus uñas activó la tinta inflamable que se había regado por toda la base del armatoste. La explosión la mató en el acto, y dejó a un pequeño Konohamaru huérfano y a un viejo Hokage destrozado.