XVI

Era todavía una mañana tranquila, como muchas otras, cuando Hiruzen Sarutobi, Lord Tercer Hokage en Segundo Mandato, concluyó su charla habitual en la Academia Ninja. Había hablado tendidamente sobre el Valor de ser un Shinobi en tiempos tan agitados, y de cómo el remezón del mundo era la verdadera vara que medía las capacidades de un guerrero. Los niños, con los mocos colgantes algunos, atendían fascinados sus in-rastreables relatos sobre la humildad Senju, el coraje Uzumaki, la unidad Ino-Shika-Cho, y por supuesto la bravura Sarutobi (omitiendo, quizás por descuido, la desidia Uchiha), y aplaudieron las exhortaciones a darlo todo por su Aldea sin esperar nada a cambio. Había, por casi 30 años, moldeado las mentes de los jóvenes como los artesanos convierten el barro en cosa útil, inspirado por la doctrina de sus maestros, la Voluntad del Fuego, y se tenía tan aprendido el discurso y sus réplicas, que era imposible esperar un truco nuevo aún para una realidad tan diferente.

Felicitado por los senseis, los niños hacían fila para poder estrecharle la mano. Es entonces que se le planta enfrente un muchachito vestido en harapos, las rodillas raspadas y los ojos planos y redondos como huevos fritos.

—¡Lord Tercer Hokage! —realizó una reverencia marcial—, ¡sus palabras hoy fueron muy inspiradoras!

—Jojo, eso esperaba…

—Pero...

—¿Pero?

—Habló muy bien del gran Ninjutsu, y advirtió los peligros del Genjutsu, pero ¿qué hay del noble arte del Taijutsu?

Sarutobi observó a Ebisu, y este le asintió discretamente.

—Estoy seguro que cualquier guerrero realmente dispuesto puede convertirse en un gran elemento militar de Konoha —dijo Sarutobi, generando la emoción en los ojos del muchacho—, pero para ser un Ninja debes usar Ninjutsu. ¿Quién sigue?

El niño tuvo pena un instante, y salió corriendo mientras esquivaba las risas de los otros, pero no iba a llorar, no otra vez, ahora solo había determinación en su mirada. No importaba cuánto se esforzara no podía usar ni el más miserable y cochino de los Ninjutsus y sus pocos intentos con el Genjutsu lo dejaron cerca de la catatonía, pero a él le daba igual. Sería un Shinobi aún si todos los logros los tenía que conseguir a base de puro y duro Taijutsu. Así tuviera que correr 10 kilómetros todos los días, hacer 1000 sentadillas todos los días, hacer 1000 flexiones todos los días o 1000 abdominales todos los días, Rock Lee jamás se cansaría. Podría terminar con los brazos y las piernas destrozados, y con los dedos todos rotos de tanto golpear el tronco detrás de su casa, incluso podrían encontrarlo desmayado y orinado, pero nunca rendido en la persecución de su sueño. Así que dejó la Academia a trote ligero.

A lo lejos, el desaliñado Naruto se balanceaba en el descuidado columpio, quizás cuestionándose por qué los otros niños quieren tanto a ese anciano que huele a raíz seca y hoja podrida. Quizás fuera porque ningún niño olía especialmente bien: el Kiba que apestaba a perro mojado, el Chouji que siempre tenía las manos grasosas, el Shino que traía ese aroma penetrante y curtido, y claro, ese Sasukito que apestaba a galleta mal horneada y tierra quemada. Solo Sakura olía como las flores deben oler, pero estaba molesta con él por intentar regalarle una linda ratita; a veces esa niña es muy especial. Aunque también estaba ese otro olor, tan aséptico y delicado, como si fuera a quebrarse, que parecía siempre rondar tras de él. Bueno, con sus pedos ya lo aniquilaba, y estaba acostumbrado a los aceites del ramen, los sudores del trabajo y a despertar con mugre bajo las uñas. Pero esa mañana tranquila, había un olor nuevo en la Aldea, como de corteza fresca, que no hacía más que intensificarse como el sol ascendía.

—Lord Hokage... —una mujer se tendió ante Sarutobi.

Estaba envuelta en mantos, apenas uno de sus ojos era visible.

Sarutobi le inspeccionó con la mirada, pero no dio ni un paso, ni ningún ninja se atrevía a hacerlo porque podían sentir el hedor mentolado que emanaba de ella. Pudo darse cuenta de su recortada estatura, pero no reconoció en ella atisbo de familiaridad, ni en su voz grumosa tonos comunes ni en su ojo un blanco nostálgico. Tras eso, lo que capturó su atención fue el gran cesto que traía consigo. Tenía orificios en la tapa, cubiertos por un mosquitero que dejaba pasar el oxígeno, pero no los bichos. La mujer lo destapó ante la vista de todos los curiosos, revelando su infantil contenido. Era una niña, con las trenzas anaranjadas y las mejillas sonrojadas del bochorno.

—Su nombre es Moegi —dijo la mujer—, y es su responsabilidad, Lord Hokage, cuidar de ella.

El Hokage sintió sus viejos desprecios.

—¿Qué hay de malo con usted? —interrogó, torpemente.

La mujer levantó un tanto su manta, revelando el brazo derecho consumido por la deformidad retorcida de las ramas chuecas y mal cortadas. Era la Enfermedad del Árbol, supuestamente extinta por las investigaciones de Tsunade y Orochimaru, ahora expuesta en su horrenda vitalidad. Los hombres dieron pasos hacia atrás, pero Sarutobi no retrocedió en su posición. Había criado niños toda su vida, sí, pero él no era un orfanato. La invitó a dejarla con las nodrizas Yakushi, que la hermana Nono era especialmente amorosa y que crecería segura y bien regada recibiendo todas las gracias que permitiesen la caridad. La mujer negó con la cabeza, e insistió en que debía ser cuidada por el Hokage en el Castillo del Gran Árbol, y para convencerle se le acercó, crepitando como si se fuera a desarmar, y le susurró al oído. Sarutobi, resignado, acogió a la niña en el Castillo, y esa misma tarde, ella misma pudo apreciar cómo aquella misteriosa mujer con la que tanto había compartido y de la que tan poco sabía, subía la colina para terminar de plantarse, convirtiéndose en un sufriente ciprés recortado por el tiempo solar.

Sarutobi pues dejó a la niña a un lado, como un mueble más, y tuvo suerte de que Konohamaru la descubriera, husmeando en el jarrón de las galletas o cambiándoles los clips coloridos a las secretarias, para compartirle los secretos del arte de colmar la paciencia. Haciendo uso de la extensa red de pasadizos secretos en el Gran Árbol, se dedicarían a disparar hojitas mojadas en las orejas enrojecidas, dizque para refrescarlas, a mover los bonsáis del jardín flotante del viejo, y a asustar a las muchachitas del aseo, hablándoles desde los hoyos de la madera. Con ello, consiguieron llegar a la cúspide de la jodienda, y las quejas caían en cuenco roto porque el Hokage estaba más interesado en la ceremonia de promoción de los nuevos Chunin, donde Iruka finalmente recibiría su segunda marca. Izumo y Kotetsu, haciendo gala de su brusco sentido del humor, recibieron a los aprobados, y dieron pase a su eminencia, el Profesor Shinobi Lord Tercer Hokage, para la entrega de los chalecos.

—Hiciste un gran trabajo, Iruka —habló Sarutobi, ecuánime y orgulloso.

—No podría haberlo hecho solo, Tercero —agradeció Iruka—, usted realmente me salvó.

Había emoción en sus palabras, y Sarutobi solo soltó una risilla floja.

—Bien, saldremos esta noche a celebrarlo, eh.

—¿Con un buen tazón de ramen?

—Uhm... sí, habrá sopa.

Los clubes subterráneos de Konoha abren un poco temprano. A las 6 ya podías ver a desgraciados dando tumbos por los rincones húmedos, llorando amores y sin caerse al río de puro milagro. El incremento del paro público había empujado a muchas beatas de cantina al noble arte del exhibicionismo remunerado, lo que había incrementado también el paro privado. No todas eran, claro, mujeres necesitadas. Había chiquillas melindrosas que, sin llegar a ser privilegiadas, se servían cómodas bajo el techo paterno y aprovecharon el desorden común para abrirse al mundo, nunca mejor dicho. Otros eran hombres transformistas. Nunca un Jutsu había resultado tan beneficioso al vulgo. Ni el Cambiazo por su ayuda a los cobardes, ni los Clones en su colectiva laboriosidad, resultaron en tanta dicha y divertimento para hombres que apenas conocían la definición del estrés, pero ya lo liberaban fervientemente.

—Hoy hay dos por uno —comentó Sarutobi, probando su tercer sake.

Iruka contemplaba las voluptuosidades bamboleantes de aquellas féminas desposeídas de sus habituales harapos zarrapastrosos. Pero se recogía la baba al notar la brusquedad pintarrajeada del rostro sonriente. Se avergonzaba de su debilidad expuesta, y volvía al sutshimi sospechoso.

—Lord Hokage... Esto es un poco... Peculiar.

—Oh, vete a la mierda.

—¿Cómo dice?

—Hay un chico. Él es joven todavía, apenas está aprendiendo. Es muy burro también, por cierto. Pero creo que, con un buen maestro, podría llegar a ser muy bueno, porque tiene potencial… Sí, eso…

—Lord Hokage, no esperaba que tuviera esos gustos.

—Iruka, préstame atención, ¿quieres? —Sarutobi se inclinó sobre la mesilla, haciendo temblar las copas—, este niño es como tú... él... Bueno, perdió a todos, siempre ha estado solo. Quizás puedas entenderlo...

Iruka se vio de golpe retornado en la soledad de aquel húmedo departamento. Recordó el terror del armario astillado, el chillido de las tablas flojas y el olor de la comida pasada en platos deslavados.

—Los niños son el futuro... —susurró a la oscuridad.

—Sí, claro —Sarutobi no pareció haberle escuchado—, pero hay otro asunto, y debes saberlo...

Iruka salió furioso de entre los callejones. Cargaba todavía los vapores del salón y un rostro entumecido. Sarutobi intentó alcanzarlo, sin alcanzar la barra.

—Iruka, escúchame, ese niño es el futuro...

—Lord Hokage... —se volvió Iruka, respirando fuerte—, ¡Lord Hokage!

Se apresuró a recogerlo. Lo asistió en su regresión estomacal.

—Qué vergüenza —se burló el anciano—, un Hokage que no aguanta el trago. Qué dirán mis maestros.

Y se le humedecieron las memorias. Hashirama podía beber toneles de ayahuasca y mantenerse derecho, mientras que Tobirama era recordado por su abstemia profesión. Sarutobi le entró temprano a la mamadera y siempre fue pensado como un mal bebedor, aunque un Hokage cumplidor. Es fácil cumplir promesas cuando no haces ninguna. Es fácil acoger niños si después se los chantas a otros. Es fácil ser un maestro que llega a viejo si te quedas atrás y son sus alumnos los que mueren por ti. Qué fácil es vivir según un código que no te pide ser cumplido.

—Yara, yara, Lord Hokage... No pasa nada.

Y andando en esa noche bananera, Iruka se cruzó con los mocosos que duermen bajo postes. Konoha había crecido mucho demasiado y sobre sí misma, tan rápido que ya eran visibles las sobras de su propia regurgitación. ¿Cómo contribuir a ese ciclo incansable, cómo marchar dignamente por una senda tan manchada? Iruka, a la luz de una farola torcida, se preguntó si el camino del Shinobi no tiene atajos o bajadas más apacibles, ¿por qué el Sabio Hagoromo había otorgado al Shinobi tan difícil y a veces engañosa senda y tan pocas herramientas para atravesarla tranquilo, afable? ¿Por qué tan consciente de su propia soledad continental?

—Entiendo, Lord Hokage —habló Iruka, llegando al portal del Castillo, contemplando el monte de los Hokage—, aunque en su interior habite esa bestia, él no es más que otra víctima. Tal vez la peor de todas, pero será nuestra responsabilidad si ese niño crece odiando al mundo, o a ver si lo entiende un poco mejor que nosotros.

Sarutobi ya estaba jatazo, pero quizás en su etílico sueño interpretó la respuesta de Iruka y se sonrió, libre al fin de otro vástago.

—¿Y podemos confiar en él? —Habló Kakashi—, ¿no le tomó como 5 años convertirse en Chunin? ¿Acaso no es un cabeza hueca?

—Kakashi... —suspiró Sarutobi, contemplando el filo verde espectral de la Totsuka—, en esta vida hay más de lo que puede ver tu ojo sangrón.

Esas palabras se le quedaron rebotando en las paredes de su cráneo, y quizás en ellas pensó mientras contemplaba el cielo lleno de vapores salinos y atravesado por sugerentes ases de luz magenta, pero pronto empezó a pensar en otras cosas, como la rampante pasión que le aprieta el corazón y las bolas, los sueños estrellados contra las paredes de ladrillo mal alineado, en todas esas almas sin cuerpo que iban pasando a sus pies, en todos esos cuerpos sin alma, y así fue diluyéndose con la vida, la ilusión, el irse, el quedarse, el estar, el no estar, el bien y el mal. Entonces un llanto infantil escapó por una ventana abierta y llegó a sus oídos rescatándolo de su iealismo. Era un pequeño, y tal vez tenía hambre. Una olla hervía. Una canción de cuna. El aullido de un can.

—Entonces qué… ¿sigues con ella? —Asuma se abrió de brazos, como esperando la respuesta. Kakashi le parpadeó lento con su ojo cansado—, ah, mira cómo eres, bueno, olvídalo… ¡Eh!

Kurenai iba saliendo. Fueron a darle el alcance.

—Ya te dije que no vengas a buscarme, Asuma. ¿Qué cosa quieres? Ah, hola, Kakashi. ¿Por qué me miras así? Salte, has fumado, ¿o no? A mí no me mientas o te mato, ya sabes cómo es, ¿o no?

—A veces no sé si lo dice enserio —le dijo Asuma a un Kakashi muy lejano—, siento que si saco los pies fuera del plato me mata.

—Genial —asintió Kakashi.

—¡Oigan! —el vozarrón de Guy los alertó, pero ya era muy tarde para hacerse los distraídos porque ahí venía de muy buen ánimo—, ¿a dónde vamos?

Y fueron a tomarse unos buenos caldos en el Ichiraku, y como ya eran caseritos hasta su yapa le metieron mientras charlaban pues de lo que había, que la última película estrenada (un drama insufrible entre un par de imbéciles que no se sabían decir lo que querían decir y cosas así son insoportables entre los Shinobis, economizadores del jamón y del lenguaje), que las nuevas promociones militares y los descuentos carretilleros, que ese nuevo club que han abierto, que un nuevo sencillo que han sacado, que la puta madre que qué calor anda haciendo, que a ver cuándo salimos a chupar un rato que ya va haciendo hora; todo mientras dejaban que las luciérnagas murieran en rededor de la lámpara de papel rojo antes de decidir en un concilio de sugerencias el ir en ese mismo instante y pintarle una grosería al Hokage en la puerta de su Castillo, y en ese estaban cuando una figura chata y en gabardina les sorprendió con su voz gruesa aunque aguda. Se volvieron para encontrar un hombre en chanclas rotas, las bastas de los pantalones deshilachadas, y una barba montaraz bajo un bigote abundante que iba intercalando mechones negrísimos con plateados más bien pálidos. Olía como los extraños suelen oler.

—No deberían hacerle eso a la puerta del Hokage —les dijo, agitando bien el dedo macizo—, ¿no ven que solo tiene una?

Los muchachos se miraron, y soltaron una buena risa.

—Ay estos tiempos —prosiguió el hombre, como ensoñando una poesía a viva voz, sin saber oído desde las ramas por la pequeña Moegi y el pequeño Konohamaru—, Shinobis en la Luna, y Shinobis volando alrededor de la Luna, ya se ha perdido el orden y las cosas, ya no hay respeto por lo antiguo, ya no es un mundo para un hombre como yo, ya no más…

Guy quiso despachar al anciano, bien con un susto o una tranquiza, y dio unos pasos al frente con su brillante sonrisa antes de reconocerlo.

—Eh… ¿Papá?