Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 18

POV Bella

El viernes después de nuestra junta de personal, Leah y yo nos ponemos en marcha hacia la hora feliz con otros maestros. La hora feliz se extiende hasta la cena y apenas pasan de las nueve para cuando regreso a casa.

Me lavo la cara y me sirvo una copa de vino, me emociona la idea de relajarme un rato después de una larga semana. Ben me llama cuando voy a la mitad de un episodio extenuante de The Handmaid's Tale.

—Hola. ¿Sigues con Leah?

—No, ya estoy en casa —digo, pausando la serie—. Estoy viendo Handmaid's Tale.

—¿Sin mí? —pregunta como si estuviera herido.

Me río.

—¡Dijiste que te estresaba mucho! Te estoy ahorrando la angustia.

—Hablando de angustia… —dice en voz más baja—. Te extraño.

Mi corazón se suaviza.

—También te extraño.

—Faltan dos días más para regresar. ¿Vas a ir a comer mañana con mi mamá?

Ha sido raro intentar navegar en qué posición me encuentro con su familia. Claro que los adoro. Siempre me han dado su apoyo y son muy dulces. Solo me preocupa el seguir justo donde lo dejamos y fingir que no han pasado los años. Exactamente así es como se porta su mamá. Durante una cena hace un par de semanas ella comentó mucho sobre que Ben y yo estábamos perdiendo tiempo y que ya deberíamos estar comprometidos.

Después de esa cena Ben y yo nos emborrachamos con vino y tuvimos una charla de corazón a corazón. Le dije lo incómoda que me hacían sentir los comentarios de su mamá, a pesar de que me había reído para quitarle importancia en ese momento. Ben admitió que también fue incómodo para él y me aseguró que tampoco estaba listo para el matrimonio. Acordamos que estamos en la misma página con tomarnos las cosas con calma y ver si es que podemos hacer que vuelva a funcionar. No estamos intentando recrear nuestra relación anterior, porque obviamente eso no funcionó. Estamos intentando conocernos otra vez románticamente y no hacer planes inmediatos para el futuro.

A veces temo que él espere más de mí, pero lo único que puedo hacer es creer en su palabra cuando dice que no es así. Confío en él. Nunca me ha decepcionado.

—Le dije a tu mamá que mejor nos viéramos el próximo fin de semana —respondo—. Cuando estés de regreso en la ciudad.

—Oh. —Suena sorprendido—. ¿Tienes otros planes?

Considero usar a Rose como excusa, pero no quiero mentir. Emmett y ella también están fuera de la ciudad, celebrando su reciente compromiso. Ya se veía venir desde hace mucho tiempo, pero al fin Em le hizo la pregunta y yo no podría sentirme más feliz por ellos.

—No —digo—. No tengo planes. Pero preferiría que tú también estuvieras presente.

Se queda en silencio por un latido de más.

—Sé que mi mamá es un poco intensa.

—Es dulce.

—Angela y ella no se llevaban muy bien, así que solo está emocionada por tenerte cerca otra vez. Puedo decirle que se calme un poco si te resulta abrumador.

—Bien. Sí, tal vez —digo suavemente, apreciando su ofrecimiento—. Está bien si es una comida. Puedo ir a comer con ella… pero el próximo fin de semana.

Se ríe.

—Entonces, el próximo fin de semana será.

Platicamos unos minutos más con la promesa de mensajearnos antes de que alguno se quede dormido. Estoy a punto de volver a ver mi programa cuando escucho un leve sonido afuera. Vacilo por un segundo, luego me levanto del sofá para asomarme por la ventana.

Mi corazón tartamudea cuando veo a Edward en mi porche.

Enciendo de inmediato la luz y abro la puerta. Se ve sorprendido de verme, tal vez incluso un poco avergonzado.

—¿Edward?

—Carajo —se ríe, tropezándose un poco—. Yo, uh… —Deja caer su teléfono y rebota sobre el porche de madera, quedando casi colgando justo en la orilla—. Mierda.

Lo miro por un momento mientras batalla para agacharse a recogerlo. Al enderezarse, su cabeza golpea con la parte inferior de la barandilla del porche.

—Carajo —murmura otra vez y se pasa una mano frustrada por el cabello. Aunque lo tiene más corto, así que no se queda parado como solía hacerlo. Cruzo los brazos sobre mi pecho, esperando a que me dé una explicación. Sus ojos se posan en mí por un latido demasiado largo. Tan intensos y pesados que tengo que apartar la mirada.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto al fin, mirando detrás de él para ver si vino manejando. Por suerte, no fue así.

—Yo, uh… estaba intentando llegar a casa en Uber, y supongo que puse tu dirección.

—Oh. —Me parece un tanto inverosímil, pero lo dejo pasar—. ¿Y decidiste venir a la puerta para…?

—Encontré una llave vieja de tu casa en mi guantera. De hecho, desde hace tiempo que la tengo. Ha estado colgada de mi llavero —explica, arrastra un poco las palabras mientras señala una maceta junto a la puerta principal—. La metí ahí abajo para ti.

Me inclino y levantó la maceta de la lila para encontrar la llave ahí abajo, pero la dejo donde está.

—Gracias —murmuro, no se me ocurre nada más que decir. Creo que sigo un poco aturdida por su presencia aquí, y en lo profundo quizá incluso un poco emocionada, a pesar de que se encuentra en ese estado.

Un silencio incómodo se extiende entre nosotros y de repente me encuentro esperando que no mencione que el otro día le di Me gusta a su publicación de Instagram. No le respondí después de ese último mensaje, cuando me expuso por pensar en él. Aunque él tampoco volvió a contactarme. Supuse que esa sería nuestra última conversación, pero claramente estaba equivocada.

—Entonces… —lo insto.

Sus ojos se mueven hacia mis piernas desnudas y de pronto siento que la camiseta gigante y el short para dormir que estoy usando no son suficientes.

—No te preocupes —promete—. Ya me voy.

Me quedo en el marco de la puerta y se lleva el celular a la cara, enfocando un poco la mirada. Con su atención en la pantalla, mi corazón late con nerviosismo al verlo. Chaqueta de piel desgastada, una camiseta blanca simple. Jeans oscuros y botas negras. Definitivamente está borracho, eso es muy obvio. Desde la forma en que arrastra las palabras hasta la forma en que no puede dejar de mecerse.

—Y… carajo. —Su risa suena entrecortada cuando mueve su celular para mostrarme una pantalla negra—. Acaba de morir. Supongo que me iré caminando.

Sacudo la cabeza.

—No seas tonto. Te puedo pedir un Uber.

—No. Así está bien. Gracias.

—Edward… —empiezo a decir, y cuando se gira veo algo oscuro y brillante en su nuca—. Edward, detente. Creo que estás sangrando.

Se detiene y me mira mientras se lleva una mano a la nuca. Al apartarla tiene las puntas de los dedos llenas de sangre.

—No es nada. —Le quita importancia, pero mi corazón se acelera cuando veo que se toca de nuevo y hace una mueca.

—Sí es algo. —Vacilo por un momento antes de murmurar—: Puedes entrar a limpiarte.

—Bella, así está bien.

—Por favor —lo exhorto—. Estás sangrando.

Después de un segundo cede y me sigue dentro de la casa, sus pasos son lentos e inestables hasta que estamos dentro del baño. Cierra la tapa y se sienta torpemente en la taza mientras yo busco un kit de primeros auxilios debajo del lavamanos. Los nervios se posan en mí debido a su presencia, por lo jodidamente fortuito que es esto, y me doy cuenta de que me tiemblan las manos. Por suerte él no lo nota.

El espacio debajo de mi lavamanos es un completo desastre y tengo que mover unas cuantas cosas para encontrar lo que estoy buscando. Aunque agradezco tener algo que hacer. Algo más en que concentrarme aparte de su presencia aquí. Después de otro minuto, encuentro el kit y respiro profundamente.

Me muevo para pararme frente a él, pero el ángulo es un tanto incómodo.

—¿Puedes…? —empiezo a decir y abre las piernas para poder pararme entre sus muslos—. Gracias.

—¿Por qué estás nerviosa? —pregunta en voz baja con su mirada en mí.

—No lo estoy.

—Tus manos están temblando.

—No estoy nerviosa. Es que… —El paquete con el que estaba batallando se abre de golpe y la gasa sale volando, cayendo al piso. Lo miro—. Hace mucho tiempo que no te veía, así que es raro. ¿Verdad?

—Un poco, sí. Pero también… no lo es. No sé. —Me mira con sus ojos verdes oscuros y suplicantes, las cejas fruncidas. Su expresión grita arrepentimiento, pero luego noto sus pupilas dilatadas.

—Baja la vista —le indico—. Para poder ver mejor tu cabeza.

Su garganta se mueve al tragar y con la cabeza agachada, su cabello roza mi camiseta. Nuestra proximidad hace que me revoloteen las entrañas, pero alejo la sensación que tengo al tenerlo cerca. Él está herido, está borracho y probablemente drogado. Esto no es para nada romántico ni íntimo. E incluso si él no estuviera en este estado, es inapropiado que yo sienta algo por él.

Abro otro paquete y hago presión con la gasa en el área que está sangrando, intentando limpiarla un poco para poder ver el daño.

—Mierda. —Sisea cuando le toco la cabeza, pero no se encoge.

—Perdón. —Sigo dándole toquecitos, pero esta vez con más gentileza—. ¿Te duele?

Gime profundamente.

—No se siente bien.

Un poco de la sangre ya está seca y me doy cuenta de que probablemente esta herida es de antes, pero pudo haberse abierto otra vez cuando se golpeó la cabeza en mi porche.

—Hay mucha sangre —digo, respirando profundamente.

—Así está bien, sabes —murmura, todavía con la vista gacha—. Estoy seguro de que sobreviviré.

—También estoy segura de eso —replico con sarcasmo, mis nervios se desvanecen sin su mirada en mí—. Pero sigue siendo una herida en la cabeza.

—Me he lastimado peor —murmura y se me hunde el corazón.

—¿Qué sucedió?

—¿Esta vez? ¿O la vez pasada? —pregunta con diversión en su voz, con la cabeza todavía agachada.

—Esta vez —aclaro. Aunque sí quiero saber sobre la otra ocasión que mencionó. Él ha estado llevando una vida completamente diferente por casi un año. Una a la que yo no tengo acceso. Por mucha curiosidad que sienta, no me corresponde preguntarle qué ha estado haciendo.

—Supongo que ya no soy tan buen motociclista.

Sacudo la cabeza a pesar de que él no puede verme.

—¿Ibas en motocicleta estando borracho?

—Solo por unas calles. Es mejor que conducir borracho, ¿cierto?

—Pues sí, pero sigue siendo muy inseguro —lo reprendo, tiro la gasa ensangrentada a la basura y aplico más presión con una gasa limpia.

—Sí. Fue estúpido y no se sintió nada bien, pero como sea. Me llevó de un sitio a otro.

—¿Perdiste la consciencia en algún momento?

—No.

Eso me hace sentir un poco mejor.

—Todavía creo que tal vez deberías ir al hospital. Puedo llevarte. —Al instante dudo de mí misma después de recordar cuánto tomé hace rato—. O, ya sabes, puedo pedirte un Uber.

—De verdad así está bien. —Sus dedos rozan accidentalmente mi muslo, justo debajo de mi short—. Perdón. —Se mueve para alzar la vista hacia mí y me clava con su mirada—. Te juro que estoy bien. No tienes que jugar a la enfermera ni nada así. No es nada que un poco de descanso no pueda curar.

—Eso es literalmente lo peor que puedes hacer después de golpearte la cabeza —bufo.

—Sí. —Entrecierra un poco los ojos, iluminándose con diversión—. Probablemente tienes razón.

—Puede que tengas una contusión si te golpeaste la cabeza con la fuerza suficiente para sangrar.

—Lo dudo. Tengo una cabeza dura. —Se golpea con los nudillos, riéndose un poco más. Y no sé cómo lo hace. Cómo parece tan tranquilo aquí conmigo, haciendo esas bromitas y sonriendo, como si verme no tuviera nada de efecto en él.

—Tienes las pupilas dilatadas —señalo bajo la farsa de reforzar mi sospecha de una contusión. Pero conozco la verdad tras sus pupilas: está drogado. Por supuesto que sí. Su risa se desvanece cuando aparta la mirada, avergonzado. Suspiro, tragándome la urgencia de llorar. Tragándome la urgencia de preguntarle cuánto consumió y por qué y si es que alguna vez lo dejará. Pero no me corresponde—. ¿A dónde ibas? ¿Antes de venir accidentalmente aquí? —pregunto en vez de eso.

—A casa —dice con voz tensa.

—¿Dónde es eso? —pregunto, intentando fingir que no siento desesperación por querer conocer esta respuesta.

—Uh, es un pequeño sitio de mierda en Cap Hill.

—¿Pequeño sitio de mierda? Creí que te estaba yendo bien económicamente con la banda.

Se encoge de hombros.

—Pequeño sitio de mierda significa menos mantenimiento cuando estoy de gira.

—Así que ganas bien.

—No me va mal.

—¿Vives con alguien? —pregunto, luego me doy cuenta de que suena como si le estuviera preguntando si está saliendo con alguien—. O sea, algún compañero de casa o algo así.

—No tengo a alguien —dice con voz grave—. Ni un compañero de casa.

Emmett y Rose salieron de la ciudad, así que no es como que pueda llamarlos para que vengan a recogerlo, y Jasper no está en buenos términos con Edward. No conozco a nadie más que se relacione con él. No personalmente. Casi se siente como algo a propósito de su parte y me pregunto si solo se rodea de gente que está de acuerdo con su estilo de vida y no lo hacen responsabilizarse.

—¿Hay alguien con quien te puedas quedar? ¿Solo para que te asegures de que no… mueras mientras duermes? —pregunto, y su risa me sorprende. Suena tan profunda y juguetona, y detesto lo fácil que mi corazón se eleva ante el sonido.

—Dios. Qué macabra, Swan —bromea.

—¿Y bien? Solo estoy… —Me detengo antes de decir que solo lo estoy velando por él. Se siente demasiado íntimo. Se siente demasiado patético. Me aparto para darle espacio y comprendo lo cerca que estábamos. Y no se sintió incómodo. Se sintió natural, lo cual solo agudiza mi concientización de él ahora.

—Estoy bien —enfatiza, pero cuando se pone de pie, sus pasos siguen inestables.

—Sí, claramente estás bien. —Pongo los ojos en blanco—. ¿Por qué no te quedas? —sugiero, luego dudo de mí misma otra vez de inmediato.

—¿Quedarme contigo?

—No conmigo —aclaro, sueno casi ofendida—. Solo hasta que estés fuera de peligro. O como quieras. No sé, me sentiría de mierda si te fueras y… es que…

—¿Qué hay de Ben? —pregunta con apatía, no me había dado cuenta de que él sabía que estábamos juntos otra vez.

—¿Quién te dijo que estoy con Ben?

Su mirada me quema.

—Nadie.

—¿Y cómo lo supiste? —pregunto, los nervios se posan en mí.

—Todavía sigo a Rose en Instagram. Ella publicó unas fotos la semana pasada y los vi a Ben y a ti, se veían jodidamente lindos juntos.

Ya no sostiene mi mirada. Como si no pudiera soportar mirarme.

Abro la boca, pero me detengo antes de decir que no hice nada malo. Porque incluso si tengo todo el derecho de estar con alguien diferente… no elegí a alguien diferente. Elegí a la persona que él siempre ha odiado. La persona que siempre lo hizo sentirse inseguro. Mi elección no fue para lastimarlo, pero estoy segura de que así parece. En este momento, me siento pequeñísima.

Edward suspira.

—¿Debería esperar que aparezca e intente armar una pelea conmigo?

—No. No te preocupes por Ben —insisto.

—Pero se enojará si sabe que estoy aquí —añade, continuando con su especulación—. ¿Y cómo está ese cabrón?

—No lo hagas —le advierto—. Por favor.

—¿Qué? —Ahora está sonriendo, como si esto fuera divertido—. Es una simple pregunta.

—No es de tu incumbencia. Sin mencionar que es raro. Y… solo no lo hagas. ¿Bien?

—Bien —dice, alza las manos con un destello juguetón en la mirada—. Me portaré bien.

—Oh, ¿en serio? Nunca en tu vida te has portado bien —lo acuso, sonriendo un poco.

Con las cejas alzadas, dice:

—Lo haré esta noche.

Abro la boca para devolverle un comentario sarcástico, luego me doy cuenta de lo coqueto que se siente esto. Lo fácil que lo hace él. La rapidez con la que regresamos a nuestra antigua rutina de estar cerca el uno del otro, a pesar de todo el dolor del pasado.

—¿Qué? —pregunta en voz baja, sus ojos me queman por dentro.

—Nada. —Sacudo la cabeza—. Tal vez no es buena idea. Tal vez deberías irte.

—Ouch. —Su sonrisa está teñida de tristeza—. Ya retiraste tu invitación.

—No fue una invitación. Fue más bien una sugerencia porque estás herido —aclaro, no quiero que tenga la idea equivocada. Salgo del baño y me paro en el pasillo—. Vamos. Te daré un poco de hielo para la cabeza y puedes cargar tu celular para pedir un Uber.

Asiente una vez y el jugueteo que rebotaba entre nosotros hace unos cuantos segundos ya no está.