Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you Meg for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 19
POV Bella
Nos movemos a la sala y Edward se sienta en el sofá, analiza el espacio mientras yo le sirvo un vaso de agua y le doy algo para su cabeza.
—Has cambiado algunas cosas —musita.
—Solo un poco —respondo, dejando el agua en la mesita de centro—. Ponte esto en la cabeza. —Agarra la bolsa de chícharos envueltos en una servilleta y se la pone sobre la herida—. Dame tu teléfono —digo y me mira.
—¿Por qué?
Su reticencia me atrapa con la guardia baja y mi mente regresa de inmediato a la última vez que su teléfono estuvo en mis manos, cuando vi un mensaje confirmando todos los malos pensamientos que alguna vez tuve de él.
—Para poder cargarlo por ti —ofrezco y me lo entrega.
—No tienes que hacerlo —dice en voz baja mientras yo cruzo la sala para conectarlo.
—¿Hacer qué? —pregunto, sentándome al otro lado del sofá.
—Ser amable conmigo. En especial después de todo.
—Créeme que lo sé. —No estoy siendo dura, solo honesta—. Pero tampoco voy a mandarte allá afuera, con una posible contusión y borracho sin un teléfono con carga.
—Prometo que he sobrevivido a peores circunstancias —dice como si estuviera divertido. Pero yo no le encuentro la gracia.
—¿Por qué haces eso? —pregunto, frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—¿Tratarte como si fueras basura? ¿Hacerte vivir estas mierdas?
—No es para tanto —murmura, se quita la bolsa de chícharos para apoyar la cabeza en el respaldo del sofá. Cierra los ojos después de un segundo y me acerco más, aunque no lo suficiente para tocarlo.
—Hombre, no cierres los ojos —le advierto.
Ladeando la cabeza en mi dirección, abre un ojo para verme con el indicio más pequeño del mundo de una sonrisa en sus labios.
—No me voy a dormir. No podría incluso si quisiera.
—¿Por qué no?
—No duermo mucho —admite, levanta la cabeza y abre ambos ojos.
—¿Es por alguna razón en particular o…? —Siento curiosidad sobre su consumo de droga, pero me preocupa que vaya a cortar la conversación o ponerse a la defensiva si le pregunto.
—Noches largas. —Tose—. No sé. Usualmente tengo muchas cosas en la mente. Aunque escribir me ayuda.
—¿Escribir canciones?
Me mira por un segundo.
—Sí. No haré nada con lo que escribo, pero sí. Canciones, supongo. La mitad de lo que escribo usualmente termina siendo nada.
Encuentro una oportunidad para burlarme de él y la tomo.
—¿Qué tanto detestas no ser el vocalista de Shiver? —bromeo.
Sonríe.
—Jódete —dice con mucha suavidad.
—¿Y cómo pasó eso?
—¿Qué?
—Cómo te uniste a la banda.
Mueve la rodilla.
—Conocí a Pete, uno de los miembros de la banda, en NA.
Eso me sorprende muchísimo, en especial porque estoy muy segura de que Edward llegó drogado aquí.
—¿Vas a Narcóticos anónimos? —pregunto, luego añado—: Espera. ¿No se supone que es anónimo?
Evita mi mirada, pero exhala una pequeña carcajada.
—Sí, bueno. Solía ir. Ya no.
—Oh. —No sé qué pensar de esto. Por un lado, agradezco que haya intentado dejarlo, y pudiera admitir que tiene un problema. Por otro lado, me preocupa mucho que no haya seguido yendo—. ¿Puedo preguntarte por qué?
—Por qué fui es bastante obvio. Por qué dejé de ir es… menos obvio. Solo no era para mí —comenta vagamente y carraspea.
—¿Por qué no era para ti?
—Yo no… —Se quita la chaqueta y la deja sobre el brazo del sofá—. Escuchar las historias de la gente… no sentí que yo estuviera en el mismo nivel.
—Creíste que eras mejor que ellos —digo, en voz baja y acusadora.
—No —dice con rapidez, pero no le creo—. Las cosas que escuchaba… supongo que, en comparación, las cosas nunca estuvieron tan mal para mí.
—¿No se supone que el punto de ir a las reuniones y rehabilitarte es para asegurarte de que no llegues a ese nivel de adicción?
Su expresión flaquea cuando digo la última palabra.
—Supongo. —La forma en que lo dice no tiene nada de peso y su nerviosismo me hace saber que se siente incómodo.
—Entonces, conociste a Pete, ¿y él solo te dijo "Oye, únete a mi banda"?
Esboza una sonrisa.
—Algo así. Nos hicimos amigos. Empezamos a tocar juntos. Estaban buscando un reemplazo para su guitarrista, así que todo se acomodó en su sitio. Y no es como que yo tuviera algo más que hacer, así que…
Asumo que Pete está en rehabilitación, pero siento que preguntar sería demasiado fisgón. En vez de eso, pregunto:
—¿Está de acuerdo en que hayas dejado de ir a las reuniones?
—Esas reuniones no funcionan para todos.
—¿Sabe que estás consumiendo otra vez? —pregunto osadamente, esperando equivocarme.
Evita mi mirada y tarda tanto en responder que casi creo que también va a evitar mi pregunta. Pero luego dice "No" y lo deja así. Por muy destrozada que me sienta al escuchar esto, aprecio su honestidad en este momento. Pero eso me hace codiciar más verdades.
—¿Por qué no intentaste rehabilitarte cuando estábamos juntos? —suelto de golpe.
—¿Por qué no me pediste que lo hiciera? —replica. Me hace recordar la vez que tuvimos una conversación similar, pero más acalorada. Le pregunté por qué no terminó con Tanya antes de que estuviéramos juntos, y él soltó su propia pregunta: ¿Por qué no me obligaste a hacerlo?
—Porque yo no debería tener que decirte qué hacer. No debería tener que obligarte a hacer cosas que son de sentido común u obligarte a ser responsable —murmuro, tragándome el sufrimiento que me he esforzado en olvidar.
Evito su mirada y me paro abruptamente del sofá, luego me voy a la cocina para llenar un vaso de agua. Me la bebo, desesperada por distanciarme un poco de él. Desesperada por un respiro. Al regresar, me mira con curiosidad, casi a modo de disculpa, pero no dice nada. Sigo donde lo dejamos antes de que el tema cambiara a nuestra relación y cómo fue que nos fallamos el uno al otro.
—Tienes mucha suerte —le digo.
Alza las cejas.
—¿Y por qué?
—La mayoría de la gente no pasa de no tener nada a ser casi famosos.
—No soy famoso —insiste—. Ni siquiera casi.
—¿No? Tienen muchos fans. ¿No te fuiste de gira a Europa? —pregunto, pensando en las fotos y videos que había visto durante el último año.
—Fuimos hace como seis meses. Aunque es diferente. El que tengamos más seguidores allá no significa nada aquí. Al menos, no todavía.
Sonrío y sacudo la cabeza, me sorprende su modestia y la forma en que le quita peso a su recién encontrada popularidad. La vibra que me transmite ahora es completamente diferente de la vibra que capté en redes sociales. Casi me desarma. Como si pusiera una máscara frente a todos los demás, pero a mí me mostrara su verdadero yo.
—Eres un idiota —digo en voz baja, apartando la abrumadora e inapropiada sensación de que simplemente… lo extraño.
Se ríe, entrecerrando los ojos.
—Quiero decir, no difiero en que soy un idiota, pero ¿qué te hace pensarlo?
—Solo admítelo. Eres una estrella de rock.
—Supongo que somos conocidos regionalmente. —Su sonrisa es casi tímida—. Regresaremos a Europa en un par de meses para la gira del disco nuevo, eso será muy genial.
—Ves. —Pongo los ojos en blanco—. Estás triunfando y es todo lo que siempre has querido.
Su sonrisa flaquea, abre y cierra la boca unas cuantas veces antes de decir:
—Pues… no es todo lo que pude haber querido. Pero… sí. Está cerca de serlo.
Le lanzo una mirada de incredulidad.
—¿Qué más quieres? —pregunto, y me arrepiento de inmediato cuando se le descompone la cara. Baja la vista entre nosotros, el silencio es casi ensordecedor.
—No me hagas decirlo —casi me ruega, todavía evitando mi mirada.
Se me acelera el corazón, me sudan las manos. No sé qué está pensando o qué más podría querer, pero en este momento siento que se trata de… mí. Siento que él desearía tenerme todavía.
—Todo lo que siempre has querido es ser famoso —le recuerdo.
Sus ojos oscuros me penetran.
—Eso no es todo.
—No le dabas prioridad a nada más. —No nos daba prioridad a nosotros.
—Eso no… es del todo incorrecto —admite, se ve apenado—. Fui un cretino.
Me río una vez.
—Eso no es del todo incorrecto —repito, y se queda callado. Una vez más, nuestra conversación se ha dirigido al pasado, así que nos redirijo e intento romper la tensión—. Sería genial que tuvieras tu propio chofer —comento, pensando en otras cosas buenas de ser famoso. Pensando en otras cosas que él pudiera querer, que sean alcanzables—. Entonces no tendrías que usar Uber, ni ir en moto borracho como un idiota.
Una sonrisa pequeña y gentil tira de sus labios.
—Sí —asiente, estando de acuerdo—. Si tuviera un chofer no habría terminado aquí esta noche, con una contusión y haciéndome sonar como un… jodido y patético cobarde.
—¡Oye! Creí que habías dicho que no tenías una contusión —acuso con ojos juguetones y entrecerrados.
—Probablemente no. —Su sonrisa crece, sus ojos no abandonan mi cara. Se siente íntimo. Se siente como solía ser—. Oye.
—¿Qué? —pregunto en voz demasiado baja.
—Sé honesta conmigo por un minuto.
Parpadeo.
—Bien.
—Me estabas acosando en redes sociales el otro día, ¿cierto? ¿Es por eso que le diste me gusta por accidente a mi foto?
Pongo los ojos en blanco.
—Oh, vamos.
—¿Qué? Quiero saber —dice, su voz chorrea sinceridad.
Sostengo su mirada. No tiene caso negarlo.
—Ya sabes que eso es lo que estaba haciendo.
—Dilo —bromea—. En voz alta.
—¿Por qué? —me río, negándome a él—. ¿Para que puedas complacerte con ello?
Alza las cejas, pero por suerte no replica con un chiste inapropiado.
—No te estoy juzgando. Habría hecho lo mismo si tu perfil no fuera privado.
—No hay mucho que ver en mi perfil. Mi vida es muy aburrida.
—Es porque estás saliendo con Ben —dice en automático.
Le enseño el dedo medio.
—No seas grosero.
Sonríe.
—¿Le vas a decir que estuve aquí?
—Sí —digo con honestidad.
—¿Y qué le dirás?
—La verdad —admito—. Ya te dije que no tienes que preocuparte por él.
—O sea, no estoy preocupado por él. En realidad, no podría importarme ni un carajo menos el tipo. Pero no quiero que te reclame a ti. Por eso.
—Lo entenderá —digo, a pesar de que ni siquiera sé si es verdad. Pero no es como que vaya a pasar algo entre Edward y yo, así que incluso si Ben se enoja, yo lidiaré con las consecuencias.
—Ah. Ben, el novio comprensivo —dice Edward con sequedad.
—No lo hagas.
—¿Y cómo pasó eso? —pregunta, repitiendo la misma pregunta que le hice hace unos minutos sobre la banda.
—¿Cómo pasó qué? —pregunto con cautela.
—Ben y tú. No es que me sorprenda. Siempre supuse que terminarías estando con él. Y me volvía jodidamente loco. Todavía me vuelve loco, en cierta forma. Pero pasaste tanto tiempo diciéndome que él no era lo que querías, y ahora estás con él, así que… ¿cómo pasó?
—Nosotros… —Me miro las manos, evitando su mirada e ignorando la sensación de satisfacción al saber que está celoso.
—¿No estaba comprometido con aquella chica?
—¿Angela? No. Nunca estuvieron comprometidos.
—¿Y él terminó de inmediato con ella cuando supo que nosotros habíamos terminado? —Puedo detectar la acusación y hostilidad en su voz.
—No. De hecho, Angela terminó con él. Y su separación no tuvo nada que ver conmigo —digo a la defensiva al alzar la vista y Edward me dedica una mirada que se entiende fuerte y claro. No me cree. O más bien, supongo que no le cree a Ben.
—Te garantizo que el tipo estaba esperando el momento hasta que yo la cagara.
—Entonces tal vez no debiste haberla cagado —digo sin pensar, el dolor del pasado se alza en mi garganta.
—Ouch. —Edward se pasa una mano por la boca—. Supongo que me lo merezco.
Se prolonga un silencio incómodo.
—No es así con Ben —aclaro—. No regresé con él inmediatamente después de que terminamos. Él y yo volvimos a ser amigos durante un tiempo. Ni siquiera intentamos empezar a salir hasta hace apenas dos meses.
—Pero ¿por qué él? O sea… lo entiendo. Eventualmente ibas a seguir adelante. Y eso está jodidamente genial y todo eso —murmura, suena de todo menos genial—. Pero… ¿él?
—No sé. Supongo que… —Me quedo callada, pero sí lo sé. Es porque Ben es todo lo opuesto a él.
—Olvídalo. —Edward exhala una risita sin humor—. No debí preguntarlo. No es de mi jodida incumbencia.
No concuerdo ni discrepo, en vez de eso elijo el humor.
—Nunca hemos sido buenos en este asunto de hablar. —Incluso al decirlo, no siento que eso sea verdad esta noche. Hemos hablado casi con candidez. Hemos sido francos dentro de lo razonable, y sin engaños.
—Está bien. No tenemos que hablar. ¿Tenías algo más en mente? —pregunta, sus ojos oscuros centellan. No puedo evitarlo cuando pensamientos de las cosas en las que solíamos ser buenos llenan mi cabeza. Él moviéndose entre mis piernas. Haciéndome gritar. Ambos sabiendo cómo hacer sentir al otro tan jodidamente bien. A veces justo aquí en este mismo sofá. Por mucho que sepa que Edward y yo somos compatibles en ese sentido, fue de todas las otras maneras que jodimos esto.
—Podemos ver televisión o jugar a las cartas —sugiero—. Solo hasta que estés bien para irte y yo sepa que no te vas a morir.
Se ríe ligeramente.
—No me voy a morir. Pero me parece bien ver algo. —Se mueve para agarrar su chaqueta de cuero—. Ahora vuelvo —dice, y mi corazón se detiene de inmediato.
—No quiero que hagas eso.
—¿Qué?
—Cocaína —susurro.
—Oh. —La incertidumbre se apodera de sus facciones—. No iba a…
—Es en serio. Si vamos a pasar el rato, no puedes hacer eso —digo, más exigente ahora—. Si lo haces, tienes que irte.
Nos miramos el uno al otro. Por favor, quiero rogarle. Una noche. Aunque sé que no tengo derecho de pedirle esto. No somos nada el uno para el otro. Pero se lo estoy pidiendo de todas formas.
—Bien —dice al fin, en voz baja y determinada—. Nada de eso.
Se siente raro agradecerle, así que no lo hago. En vez de eso, agarro el control remoto y empiezo a pasar por los varios programas en Netflix. Después de unos minutos de discutir sobre qué ver, finalmente acordamos ver la temporada de Ozark que empezamos a ver juntos hace más de un año, pero nunca terminamos. Paso los episodios, encuentro el que necesitamos y seguimos justo donde lo dejamos.
