NARENDUR DAGOR-NUIN-GILIATH

Vanimeldä se quedó muy quieta, mirando la luz esplendente de las llamas. Sentada en un rincón y guardando la espada de su padre como un valioso tesoro, sin molestar, como su madre le había dicho.

Sintió el calor de las hogueras como una caricia suave en su cuerpo entumecido por el frío. Los cuellos de cisne de los navíos cedían a las llamas y la niña sintió lástima por su destrucción, porque mirar la deslumbrante curva del cuello de la proa en las larguísimas horas de navegación había sido el único modo de permanecer quieta y callada.

Pero también se alegró porque por aquellos barcos, por su culpa, el cuerpo de su padre había quedado en Alqualondë, traspasado, sangrante, muerto.... Vanimeldä lloró apretando la empuñadura de la espada.

- No llores, yendenia1. Olvida las cosas de la niñez. Tu lucha es contra el tiempo; Ahora debes ser tu quien cuide de tu madre, va a tener un hijo...

Era la voz de Fëanáro que acompañaba a Anteniss, muy pálida. La dureza y la ternura se mezclaban de tal modo que separar la una de la otra era imposible. Su mano cariñosa se había posado en la cabeza de la niña acariciando sus cabellos oscuros. Los ojos de ambos se encontraron, tan asustados los de la niña como temerarios los del Elda.

¿Tienes miedo? -Le preguntó el rey. Ella negó con la cabeza. Él sonrió con una inmensa dulzura mirándole a los ojos y descubriendo que le decian lo contrario de la cabeza.

Anteniss, su madre, se sentó a su lado, resignada, vencida, abrazando la certeza de que no podía luchar en contra del destino. Seguía siendo hermosa, serenos los rasgos y ardiente la mirada, pero su cuerpo había cambiado, tenía mayores los senos y abultado el vientre, cada día más. Vanimeldä la abrazó y la Elfa sonrió dulcemente a la niña. Deseaba ardientemente que el hijo que esperaba fuese un varón para que al menos el nombre de la casa de Nármacil se oyera en Endor...

*** *** ***

Aún los fuegos de Losgar no se habían extinguido cuando los noldorim comenzaron a avanzar por el estuario, adentrándose en Endor. La marcha era dura. Los lodos del estuario se adherian a los pies, les hacían resbalar, caer... Con gran dificultad fueron dejando atrás aquellas colinas de Ered Lomin, que como heraldos habían pregonado su llegada a Aquende. Ahora buscaban un lugar para acampar. En la llanura de Hithlum las tiendas se fueron levantando.

Tras una dura jornada Vanimeldä vio por fin las heladas aguas del gran lago de Mithrim, que con su serenidad reflejaban la pálida luz de unas lejanas estrellas. Le dolían las piernas y los pies y al mirar el rostro de su madre, descubrió en él profundas ojeras y rastros de un cansancio devastador... Vanimeldä pensó en su cama, en el palacio en que vivía en Tirion, y sintió añoranza... La caravana se detuvo.

Nárion, seguido de Nárendur se acercó a Anteniss

Descansa, Anteniss, mi hijo y yo montaremos tu tienda. El camino ha sido duro hasta para nosotros, cuanto más para una niña y su madre encinta.

La mujer asintió. Se dejó caer pesadamente en el suelo y cerró los ojos. Vanimeldä se sentó a su lado mirando a Nárendur. Nunca se habían hablado, aunque él no bebía tener ni diez años más que ella. Pensó que podría ayudarle, pero sus fuerzas le dijeron que no.

Lalwende, una de las mujeres, se acercó a ellas y les trajo algo de alimento y agua fresca de un manantial: "Debemos cuidar a nuestra sanadora" Dijo sonriendo. Anteniss se tragó su orgullo para aceptarlo.

Había helor en el ambiente, algo que impulsaba a buscar refugio en las tiendas que iban creciendo en la acampada, al borde del lago. Nárion trabajaba deprisa, con habilidad. Su hijo igualmente, fijos los ojos en el trabajo, parecía que levantar una tienda era el único objetivo de su vida. Toda su pasión estaba puesta en cada una de las cosas que hacía.

Espero que esté a tu gusto Anteniss, si necesitas algo envía a la niña. Aprovecha para descansar. Sabes que nos tienes a todos a tu servicio...

Hantalë2, Nárion. -Dijo la mujer inclinando levemente la cabeza.

Úman ná -respondió el Elfo seriamente, al tiempo que traía unas pieles para que las mujeres se taparan

Anteniss estaba tan cansada que ni siquiera tenía orgullo para reaccionar ante el tono compasivo de Nárion. Unas terribles ganas de llorar le oprimían el pecho, pero Vanimeldä estaba allí, preocupada, atemorizada, pendiente de su madre, con el cadáver de su padre titilando en sus pupilas. Así la Elda se sobrepuso y sacó coraje para ordenar a la niña que se acostase también y mostrar en su voz y en sus gestos una seguridad que no sentía.

Todo irá bien, yendenya, todo irá bien... - susurró recostada al lado de su hija, que la abrazaba en medio de la angustia. El nuevo hijo que esperaba, al percibir la calma de la madre, empezó a agitarse furiosamente en su seno, arrancando a Anteniss una sonrisa, por vez primera, desde Alqualondë.

*** *** ***

Un cuerno dejó salir su llamada desesperada de auxilio y todos tomaron las armas. Nárendur también dejó caer el martillo con el que asentaba las tiendas al suelo y rápidamente cogió su espada. Sus penetrantes ojos escrutaron las entrañas de la noche: Un río oscuro apareció por los pasos de las Montañas de la Sombra, haciéndolas aún más lóbregas. Aquel torrente, ruidoso y pesado iba acercándose sin tregua.

Las estrellas acariciaban la tierra con sus manos frías de luz y bajo su resplandor mortecino las sombras que venían se fueron perfilando como aborrecibles, feas, malvadas.....

No habían acabado de instalarse, no habían construido empalizadas...y ya, súbitamente, la sombra de Morgoth los cubrió sorprendiéndolos como a veces sorprende a los Atani, la temprana muerte en la plenitud de la edad. Nárendur aún sentía sobre su carne el mordisco del acero de la cota de malla y sus manos, al aferrar la cruz de su espada, le hablaron de dolor y de cansancio desde todos sus callos. En aquel momento el pensamiento de que, con el tiempo, llevaría la armadura como una segunda piel y la espada como una prolongación natural de su brazo le iluminó fugazmente, como los relámpagos alumbran la negrura de las noches tempestuosas.

Las espadas volvieron a salir de sus vainas con un crujir ligero y pronto, todos aquellos que pudieron empuñar una, sin distinción de sexo o de edad, las vieron teñirse de la sangre oscura y viscosa de repelentes seres, a los que llamaron Orko.

Al principio cundió entre los Eldar la desesperación, pero, poco a poco, dio paso a una tensa calma. A pesar de su número, los orcos caían con cierta facilidad y apenas habían derribado a dos o tres, sintieron lo mismo que en Alqualondë, aunque esta vez con una rabia más desatada, con una intensidad mayor, pues no veía hermanos mordidos por su acero, sino la cruel fealdad, del odiado enemigo...

Nárendur se emborrachaba con la sangre de los orcos. Su valor crecía con cada miembro cercenado, con cada una de las cabezas que rodaban bajo se acero.

Sucia cosecha de muerte.

De pronto sintió un tajo agudo en un brazo y una risa seca, sin alegría... Se giró y vio el rostro nauseabundo de uno de los orcos, espada curva en mano, dispuesto atacar.

Sus ojos se encontraron y Nárendur se dijo a sí mismo una frase que cientos de veces en sus largos años se repetiría y que gravaría en la memoria de sus hijos y en el acero de las espadas que saldrían de sus forjas: I veri híra cénisse kotimor henu.3

Y le bastó un giro de muñeca, rápido y seguro para que una fría caricia de acero separó aquella cabeza del cuerpo deforme del orco. Desde ese momento la fuerza y el furor le acompañaron y las bestias inmundas de Morgoth iban cayendo, no sólo ante Nárendur, sino ante todos los Noldor, en una gran matanza.

¡¡¡¡A HILYANIN[?]!!!!! -Le ordenó Fëanáro- ¡HAY QUE ALEJAR A ESTAS BESTIAS DEL CAMPAMENTO!

Nárendur y los Príncipes encabezaron lo ya dejó de ser defensa para ser ataque: Bastaba la luz de Aman, que aun brillaba en los ojos de los Elfos, para que los inmundos engendros del mal quedaran confundidos. Así los Noldor fueron temidos, se impusieron e hicieron huir ante sus filos agudos a los enemigos, arrojándolos de Mithrim, hostigándolos por las sombrías montañas hasta una gran llanura verde.

Aquellos Elfos venidos de más allá del mar eran terribles y traían consigo afiladas espadas que los orcos aprendieron a respetar primero, a temer después.

Allí lucharon los Noldor durante diez noches que aún no tenían días, fieramente sin tregua ni descanso, sin que el hastío de degollar y traspasar hiciera disminuir su fiereza, ....

Y aunque en la verde llanura, ahora cubierta de sangre, vieron llegar nuevo flujo negruzco que hollaba los prados, oscuros refuerzos a los innumerables orcos que los hostigaban, no se encogieron sus valerosos corazones. Pues, antes de que las negras bestias, llegaran a unirse con el resto del grupo, fueron atacados con saña por Turcafinwë, quien rompió su flanco dirigiendo a los noldorim que guiaba y que reían mientras diezmaban a las horrorosas criaturas de Morgoth.

La matanza se tornó cada vez más desigual, cada vez más fiera: con los dedos pudo Melkor contar a los soldados que regresaron a Angband

*** *** ***

Vanimeldä también había empuñado la espada de su padre, de la que no quería separarse, y aún su madre aferró una, quietas en la tienda, heladas por el terror, oyendo los gritos...

No temáis -dijo una voz desde fuera- El campamento está libre de peligro.

- Es Nárion -susurró Anteniss con una sonrisa de tranquilidad.

La mujer se relajó y pronto hizo una señal a su hija

Coge ese saquito, tiene instrumentos quirúrgicos y ese otro, con remedios.... ¿Hay heridos? -Le preguntó a Nárion.

El herrero la miró con ojos críticos.

Sí, ....hay algún herido, pero no están graves y tu, en tu estado, no deberías cansarte... Deja que nosotros mismos nos ocupemos...

De ningún modo -negó la Elda- donde yo no pueda, Vanimeldä seguirá. Debe aprender...

La pequeña Elfa siguió obediente a su madre y pronto se vio ayudando a cortar hilo y a enfilarlo, a desinfectar las agujas con el fuego, a rociar heridas con alcohol y limpiarlas cuidadosamente con la ayuda de trapos limpios... al final del duro trabajo su madre sucumbía y la niña pudo dar sus primeras puntadas torpes, dolorosas, en el brazo de un Eldar que decía que las caricias de los orcos eran mucho menos dolorosas que las de las infantiles manos inexpertas de la pequeña Vanimeldä.

Cuando acabó la ronda la niña estaba tan cansada que añoró aquellos días en los que todos le decían; "Quédate ahí quieta y sin molestar"... entonces odiaba aquellas palabras... hoy le encantaría escucharlas... De camino a su tienda, su madre se apoyó pesadamente en ella y le dijo:

- Cuando un animal vaya a parir iremos las dos a verlo, Vanimeldä. Para que llegado el momento me puedas ayudar también a mí.

Pese a ser una chiquilla, antes de hundirse en los senderos élficos del sueño, la Elda se dio cuenta de que su infancia había quedado atrás, tal vez muerta en los brazos de su padre. Quizá quemada en la roja fogata de los navíos Teleri...

*** *** ***

¡A HYLIAR! ¡A HYLIAR[?]!

Gritaba Fëanáro y era esa la palabra que más recordaría Nárendur de él cuando pasados los años y aun los siglos y los milenios evocara aquella remota tarde.

Bajo las estrellas, avanzar sin tregua, cercenando sin piedad, ganando terreno, centímetro a centímetro, en una orgía de destrucción como nunca volvería a ver, en una borrachera de sangre orca... ¡ADELANTE! ¡ADELANTE!

Pero Fëanáro se adelantaba en solitario, sin esperar a nadie, poseído por una furia sin igual, por una pasión incontrolable y pronto dejó tras de sí a los hombres que conformaban su vanguardia...

¡Sígueme! -Le instó Curufinwë- que temía por su padre.

Y Nárendur ayudó a Curvo[?] a abrir brecha entre sus enemigos. Con dificultad lograron avanzar y a lo lejos vieron una imagen terrible:

Unos siervos tremebundos salían de Angband. Precedidos por un oscuro aleteo, grandes como torres, con poderosas cabezas, sombra y fuego los conformaban, y sus pasos hacían temblar la tierra. La sangre en su presencia se coagulaba...

Enseguida percibieron los Eldar que se trataba de maiar corruptos y sus corazones se encogieron, helados de terror. Ellos conocían el poder de un maia.

¿Qué es eso? -preguntó Nárendur, que no podía ocultar su temor ¿Esto? No sé... un valarauko -musitó Curvo

Varios demonios de aquellos se apresuraron contra Fëanáro, que los envistió ciegamente, poseído por el deseo de la venganza, borracho de valor, enloquecido de ira.

Vamos -dijo Nárendur- le van a acorralar. Y siguiendo a Curvo y al resto de los Príncipes, el joven Noldor corrió hasta Fëanáro, que luchaba pese a haber sido mutilado por el Señor de aquellos demonios. El hijo de Finwë tenía el cuerpo en llamas y aún así seguía su batalla imparable, indomable. Pero aquellos seres tremebundos tenían un poder mayor que él y eran muchos.

Haciendo caso omiso del temor, fieros, como bestias que defienden a sus crías, se lanzaron los Príncipes y algunos de sus fieles, contra los Valaraukar, a los que tras una pelea enardecida y violentísima, lograron arrebatar el cuerpo, aún con vida, de Fëanáro...

Rápido, carguémoslo -dijo Naylo- debemos llevarlo cuanto antes a Anteniss... ella sabrá que hacer, ella lo curará...

Pero Nárendur, menos atado por los sentimientos, leyó la muerte en los ojos, aún ardientes, aún apasionados, de Fëanáro.

Y con piedad miró su cuerpo mutilado recordando la gloria de Tirion, cuando vestía de gala y del brazo de Nerdanel, hermosa como el fuego que templaba sus obras, paseaba seguido por los siete Príncipes. Arrogancia y orgullo justificados por su origen, por su sabiduría... por sus obras.

Ahora, pobre despojo, transportado por sus hijos, con las lágrimas brillando en las duras pupilas, encogía el corazón. Su final se aproximaba...llegados a Eithel Sirion la voz de Fëanáro, increíblemente clara y fuerte para su estado ordenó.

¡ALTO! -Y sus ojos, todavía llenos de fuego, miraron sin piedad las lejanas torres de Thangorondrim.

Atto, ¿qué sucede? - preguntó Maedhros, apenas ocultando su emoción.

Fëanáro miró a sus hijos, estaba en los estertores últimos. Al odio hacia Morgoth se unía la frustración, el dolor inhumano que su cuerpo soportaba...

Repetid -ordenó- repetid ante vuestro padre que muere, las palabras que pronunciamos ante el cadáver del mío...

Atto -gritó Curufin- no digas eso, no hables así...

¡CALLA¡ -Impuso Fëanáro- y Repite:

Nai kotumo ar nilmo, kalima Va la thauza ar poika, Moringothonna,Elda ar Maiya ar Apanóna, Endóresse Atan sin únóna,

Los siete príncipes desenvainaron sus espadas y las unieron. Nárendur, miró al Oeste: ¿Dónde estaban los Poderes? ¿Qué habían hecho por su pueblo? ¿Habían impedido que su acero traspasara los cuerpos de sus hermanos? ¿Habían luchado Ulmo o Tulkas por los Teleri? ¿Y Aulë? Nada dijo en su favor, ni un gesto.... Recordó a Mandos, severo en el océano, recordó su voz inmisericorde y se estremeció. Y entonces, estremecido pero seguro, desenvainó también su espada, negra por la sucia sangre orca, y la unió al grupo, así como otros Eldar que les acompañaban... Fëanáro prosiguió:

ilar thanye, ilar melme, ilar malkazon samme, osta ilar harwe, lau Ambar tana, só-thauruvá Feanárollo, ar Feanáró nossello,

El noldo respiraba cada vez más entrecortadamente, cada vez con mayor dificultad...

iman askalyá ar charyá, ar mi kambe mapá, herá hirala ar haiya hatá Silmarille.

Solemnemente, como quien asume plenamente las consecuencias de sus actos, con lágrimas en los bellos rostros, corroídos de dolor, los conjurados iban repitiendo palabra tras palabra aquellas frases que les ligaban fuertemente... acompasándose a una voz cada vez más débil...

- Sí vandalme ilyai:unqualé son antévalme mennai Aure-mettá,qualmé tenn' Ambar-mettá! Quettalman lasta, Eru Ilúvatar! Oiyámórenna mé-quetamartya íre queluvá tyardalma. Ainorontesse tirtasse lastaar ilma-vandá enyalaz, Varda Manwe! [?]

Y Fëanáro, sacando el último aire que sus pulmones pudieron capturar, maldijo por tres veces el nombre de Morgoth, y cerró los ojos y una sonrisa apareció en su rostro...

.... por que quizá formara parte de su castigo, quizá él nunca la viera...., pero sabía que, por alguna rendija, Miriel acudiría a ver a su hijo...., sus hermosos labios se fruncirían en un beso, y, en su soledad se sentiría acompañada..."yondonya" -le murmuraría dulcemente aquella voz que siempre había ansiado oír...

Entonces una llamarada súbita devoró el cuerpo sin vida de Fëanáro mientras de la garganta poderosa de Cáno salía un grito desesperado y dolorido que Nárendur jamás podría olvidar...

[1] Sígueme [2] Segid, seguid [3] Nombre corto de Curufinwë

1 Hija mía 2 Hantalë = Gracias. Úman ná = de nada 3 El valor te llega al mirar a los ojos de tu enemigo. [i] Es el texto quenya del juramento de Fëanor. Su traducción es: Sea amigo o enemigo, ominoso o luminoso, engendro de Morgoth o brillante Vala, Elda o Maia, o Después Nacido, Hombre aún por nacer en la Tierra Media, ni ley, ni amor, ni alianza de espadas, temor ni peligro, ni el destino mismo, lo defenderán de Fëanor, y de la prole de Fëanor, a quien ocultase o atesorase, o en su mano tomase, encontrando vigilado o lejos arrojado un Silmaril. Esto juramos todos: muerte le daremos antes que acabe el día, maldito hasta el fin del mundo! ¡Oíd nuestra palabra Eru Ilúvatar! Con la sempiterna Oscuridad seamos malditos si el juramento rompemos. Sobre la montaña sagrada oídlo como testigos y nuestra promesa recordad, Manwe y Varda