Una estridente melodía, procedente del teléfono de Gabriel, llenó la biblioteca del búnker. El arcángel gruñó estirando los brazos por la mesa en busca del dichoso aparto que le había despertado.

Estaba falto de gracia, asi que, pese a ser un ser celestial, su cuerpo se había acostumbrado a la mayoría de actividades humanas. Aunque habría que aclarar que mantenía la suficiente gracia para poder usar sus alas y poder usar sus poderes en situaciones de emergencia.

Encontró el móvil bajó uno de los muchos libros que había desparramados por la mesa. No recordaba en que punto exacto se había quedado dormido, pero estaba claro que había sido mientras investigaba de madrugada en la biblioteca.

Se pasó una mano por el rostro, sintiéndose aún cansado. Al ver la pantalla, sus cejas se alzaron con sorpresa. Era una llamada entrante de Sam.

Seguía molesto con el cazador después de lo que había ocurrido el día anterior, pero la curiosidad por lo que tuviera que decirle picaba en su interior. Descolgó y puso el manos libres para poder encargarse del desastre que era la biblioteca en aquel momento mientras hablaban.

"Hola, Sam."

"Hola, Gabriel." Acompañando la voz del castaño, se podía oír de fondo coches pasando. "Siento llamarte a estas horas, pero no he encontrado otro momento. Espero no haberte despertado."

El rubio le echó un rápido vistazo a la pantalla del teléfono, dándose cuenta de que eran las seis y veinte de la mañana. Era demasiado pronto incluso para el cazador.

"¿Qué ocurre? ¿Para qué has llamado?"

Oyó a Sam suspirar al otro lado de la línea y un ruido que parecía una puerta cerrándose. Los coches fueron sustituidos por el murmullo de gente hablando.

"Estoy de camino a la frontera con Canadá. Creo que he encontrado algo que podría servir, pero tengo que investigar más a fondo."

"¿Y te largas tú solo sin avisar si quiera? ¡Gran idea!" Exclamó molesto Gabriel. "¡Podría haber ido contigo!"

"¿Para qué? Puedo apañármelas solo."

"¿Para protegerte, tal vez?" El arcángel dejó los libros que tenía en la mano sobre la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria. "¿Tengo que recordarte quién anda por ahí suelto en busca de recipientes? ¡Te has servido tú solito en bandeja, Samuel!"

"¿Recipientes?" Preguntó una voz detrás de él.

El rubio se giró para ver a John en la entrada de la biblioteca mirándole fijamente. El hombre tenía un cuadro sobre las piernas que parecía bastante antiguo.

"Sam, te llamo luego." Se despidió el ser celestial antes de colgar la llamada sin darle tiempo siquiera a responder algo.

"¿Qué has querido decir con recipientes? ¿Y qué tiene que ver Sam con eso?" La mirada gélida del pelinegro seguía sobre él y, por la expresión en su rostro, realmente esperaba una respuesta.

Gabriel se quedó mirándole en silencio. No sabía por donde empezar a explicarle al hombre todo el tema de los seres celestiales y tampoco es que le hiciera especial ilusión hacerlo.

"Preferiría que habláramos de ello cuando hayan vuelto Sam y Dean." Dijo finalmente el arcángel.

"Pues yo preferiría hablar de ello ahora." Insistió el hombre llegando hasta donde estaba el rubio.

El ser celestial sopesó sus opciones. John estaba en tanto peligro como Sam si se le ocurría salir del búnker, él también era un recipiente. Sería mejor que estuviera informado para evitar probelmas y malentendidos.

Será como quitar una tirita, rápido para que duela lo menos posible. Se dijo a sí mismo.

"John, hay cosas que los chicos no te han contado." Comenzó a decir Gabriel sentándose en una de las sillas para estar más cómodo.

"Sí, de eso me he dado cuenta." Respondió el señor Winchester de mal humor. "¿Vas a hablar hoy o tengo que hacerte hablar yo?"

El arcángel hizo un gesto con las manos pidiendo calma. "Existen más seres de los que conoces por tu experiencia como cazador. ¿Qué sabes sobre los ángeles?"

Dedicándole una mirada incrédula, el pelinegro negó tratando de no reír. "Es una broma, ¿no? ¿Los hombrecillos alados con arpas y halos? ¡No existen!"

"¿Seguro de eso?" Preguntó el rubio.

Sin molestarse en levantarse de la silla, dejó que la sombra de sus majestuosas alas se hiciera visible y sus ojos brillaran en su característico tono naranja claro, casi amarillos. Un par de bombillas de las lámparas de alrededor echaron chispas hasta quedar completamente fundidas, dejando el lugar en penumbras.

Asustado, el cazador retrocedió lo más rápido que su torpe manejo de la silla de ruedas le permitió. Lo que estaba viendo no podía ser real.

"¿Sigues pensando que no existen?" Preguntó cuando la sombra de sus alas fue disminuyendo hasta desaparecer y sus ojos volvieron a su aspecto normal.

"No puede ser..." Murmuró el hombre.

"Existimos, pero no somos como la humanidad nos ha pintado siempre."

"¿Qué tiene eso que ver con Sam?" El rostro de John reflejaba toda su confusión, pero se veía que estaba haciendo un esfuerzo por poner sus pensamientos en orden. "Y con lo que has dicho antes, lo de los recipientes."

"Para habitar en la Tierra necesitamos un cuerpo humano. Los llamamos recipientes." Explicó brevemente el ser celestial. "Para cada ser celestial hay un recipiente perfecto, el único capaz de contenerlo para siempre. Es algo que pasa de generación en generación ya que la vida de los humanos es demasiado corta comparada con la de otros seres."

"O sea que poseéis a gente como los demonios. ¿Y mis hijos saben lo que eres?"

Gabriel negó levemente con la cabeza ignorando la pregunta del hombre. "No funciona igual. Para poder tomar posesión del recipiente, el ángel o arcángel en cuestión necesita permiso del ser humano que lo habita. Si no tiene consentimineto explícito, no puede entrar en el cuerpo."

"Sigo sin entender que papel juega Sam en todo esto." Insistió el humano pasándose una mano por el rostro.

El rubio se detuvo para buscar las palabras adecuadas. Lo que iba a decir no era fácil y no todo el mundo se lo tomaba bien.

"Sam es el recipiente perfecto de un arcángel. Dean y Adam también, pero de un arcángel distinto. Los tres lo han heredado de ti."

John le miró con desconfianza. "¿Cómo sé que no me mientes?"

"¿Por qué tendría motivos para hacerlo? ¿Qué gano yo con decirte que eres el recipiente perfeto de dos arcángeles y que se lo has pasado a tus hijos?"

El pelinegro se quedó mirándole pensativo. "El compañero de Dean es otro de vosotros, ¿verdad?"

Gabriel asintió cruzándose de brazos y estrechando los ojos en su dirección. "Castiel es un ángel, ¿por qué te interesa tanto?"

El hombre negó con la cabeza y dejó la foto que mantenía sobre las piernas en la mesa. "¿Qué sabes sobre la gente que vivía aquí antes de que encontraran el lugar mis hijos?"

··· ··· ···

Habían quedado a las nueve con Rowena en una cafetería cerca del motel y estaban esperando a que llegara. Por la media hora que llevaban ya allí, no parecía ser algo que fuera a ocurrir pronto.

Dean bebía su café en silencio mirando un punto fijo de la mesa. Castiel, por su parte, tenía su atención puesta en las noticias que estaban pasando en la televisión del local. Por el momento no habían dicho nada que pudiera interesarles, pero nunca se sabía.

Cuando empezaron a hablar de deportes, el ángel dejó de prestar atención para mirar a su chico, que estaba sentado a su lado. Las marcadas ojeras bajo sus ojos verdes no habían pasado desapercibidas para él y tampoco lo inquieto que había estado toda la noche.

"Hoy tampoco has dormido nada, ¿verdad?"

El rubio se encogió de hombros sin mirarle. "Algo, pero no mucho."

No fueron necesarias más palabras, tampoco fue necesaria una explicación. Los dos sabían de sobra a que se debía la falta de sueño del cazador y lo que rondaba por su cabeza.

En momentos como estos, el pelinegro desearía que todo fuera tan sencillo como poder simplemente borrarle la memoria a su novio para ahorrarle pasar por todo esto, pero no podía hacerlo. No porque no tuviera el poder suficiente, si no porque gran parte de quien era Dean se perdería con sus recuerdos.

Volvieron a estar igual que estaban antes, con una sola diferencia. El humano bebía en silencio y el ser celestial miraba la televisión abrazándole por los hombros.

"En otras noticias, Kelly Kline, una de las asistentes de nuestro presidente Jefferson Rooney, lleva dos días desaparecida." Dijo una reportera de piel oscura y pelo castaño muy rizado que aparecía en la pantalla de la televisión. "Sus padres denunciaron la desaparición desde prácticamente el primer momento, pero la policía no lo ha hecho oficial hasta hoy. Las autoridades aseguran que no hay pruebas suficientes de que se trate de un secuestro y piden..."

Dean alzó la mirada, dejando de prestarle atención a lo que decía la mujer, para ver la foto de la desaparecida que habían puesto en pantalla.

"¿Crees que se trate de uno de nuestros casos?" Preguntó Castiel en un susurro mirando también la pantalla.

"No lo sé. Apunta el nombre por si acaso, no perdemos nada por investigar."

El ángel obedeció sacando su móvil y apuntando el nombre de la mujer en una nota. Un buen caso les vendría bien. Ayudaría al cazador a relajarse y a quitarse lo de su padre de la cabeza por un par de días al menos.

Pocos minutos después, Rowena entró por la puerta de la cafetería. Caminó hasta llegar a la mesa donde la pareja estaba y tomó asiento frente a ellos.

"Hola, chicos." Saludó con una sonrisa quitándose las gafas de sol.

"Hola, Rowena." Le devolvió el saludo el pelinegro.

Por su parte, el rubio simplemente puso un libro de aspecto bastante antiguo sobre la mesa. Ante la mirada sorprendida de la bruja, se encogió de hombros. "Querías ver el libro, ¿no? Ahí lo tienes."

Bajo la atenta mirada del humano y el ser celestial, la pelirroja deslizó el libro sobre la mesa hasta colocarlo delante de ella y lo abrió con cuidado. Sabía que no le iban a permitir llevárselo, pero algo era algo.

"Me llevará un par de días descifrarlo." Dijo acariciando los símbolos inscritos en las páginas de papel envejecido. "Y, en cuanto a los ingredientes, no suelen ser muy fáciles de conseguir para este tipo de conjuros."

"Nosotros nos encargamos de conseguirlos." Aseguró Dean. "Tú solo tendrás que traducirlo y ejecutarlo una vez que llegue el momento."

Rowena se aclaró la garganta apoyando los brazos sobre la mesa. "Quiero algo a cambio de ayudaros."

"¿El qué?" Preguntó Castiel con desconfianza.

"Protección." Ante la mirada confundida de ambos hombres, procedió a explicarse. "Digamos que he cabreado a las personas equivocadas... Además, cuando Lucifer se de cuenta de lo que estamos tramando va a ir directo a por mí."

Cazador y ángel se miraron por unos segundos. No hubo palabras, para lo que necesitaban decirse les bastaba con la mirada.

"Puedes venir al búnker con nosotros." Dijo el rubio. Tomó su café después y se terminó lo que le quedaba de un trago. "Allí estarás segura."

Si su padre podía campar por allí a sus anchas, él tenía libertad para meter a una de las brujas más poderosas del universo en el búnker. Sería gracioso ver como se llevarían esos dos.

"¿Cuándo tenéis pensado iros?"

El pelinegro se encogió levemente de hombros. "En cuanto hayas recogido tus cosas, ya no nos queda nada que hacer aquí."

Rowena asintió y volvió a deslizar el libro sobre la mesa hacia Dean, quien lo cogió y lo volvió a guardar en una pequeña mochila que llevaba con él.

Una camarera se acercó a la mesa con una libreta en la mano y un bolígrafo, lista para tomarles nota. "Buenos días, ¿desea algo, señora?"

"Ponme un zumo de naranja y una tostada con tomate triturado natural, por favor." Respondió la bruja echándole un rápido vistazo a la carta.

"¿Los señores van a tomar algo?" Preguntó la camarera mirando a la pareja.

"Otro café solo, por favor." Pidió el cazador.