Dean se bajó del Impala y le lanzó las llaves a Castiel, quien las cogió al vuelo. Eran poco más de las tres y media de la tarde y acababan de llegar al búnker. Rowena bajó del coche y fue hacia el maletero para coger sus pertenencias.

"Voy a buscar a Sam." Anunció el rubio caminando hacia la puerta que conectaba el búnker y el garaje.

Quería saber cómo les había ido por allí. Tal vez hubieran encontrado algo útil o alguna pista. Además, quería hablar con su hermano sobre la noticia de la desaparición de Kelly Kline. No parecía uno de sus casos por lo que había leído, pero algo de todo aquello no le olía bien.

Al llegar hasta la biblioteca, vio que Charlie y Mary estaban allí leyendo libros en busca de información.

"Hola, familia." Saludó. "Ya estamos aquí."

Las dos alzaron la mirada. Mary fue la primera en levantarse, yendo a abrazar a su hijo con una sonrisa.

"¿Qué tal ha ido el viaje?" Preguntó la rubia separándose un poco. "¿Habéis comido ya? ¿Quieres que prepare algo?"

"No te preocupes, mamá. Hemos comido por el camino." Respondió el cazador con una sonrisa. "Estaba buscando a Sam, ¿le has visto?"

Ella negó con una mueca. "Se fue ayer por la tarde sin decir nada. Creo que esta mañana Gabriel ha hablado con él."

Dean asintió levemente. "Está bien, le llamaré más tarde."

Un carraspeo llamó la atención de los tres. Al girarse pudieron ver a John de pie en la entrada de la biblioteca.

"Dean, dame las llaves del Impala." Dijo avanzando hacia donde estaban madre e hijo. "Me voy."

El rubio hizo una mueca. "Las tiene Cas, pídeselas a él."

Por un momento, la dudo brillo en el rostro del padre, pero en seguida se encaminó hacia el garaje en busca del nombrado.

No le hizo falta llegar hasta allí porque se lo encontró por uno de los pasillos en compañía de una mujer pelirroja muy bien vestida.

"Castiel, Dean me ha dicho que tienes las llaves del Impala." Dijo con la voz más firme que encontró. Hablar con aquel ser aún le incomodaba, incluso si ahora sabía que era un ángel. "Dámelas, necesito el coche."

El ángel le miró en silencio por unos segundos. Podía ver los restos de gracia de Gabriel donde antes habían estado sus heridas. Tendría que hablar con su hermano, si le había curado es que algo grave había ocurrido.

"¿Por qué no coges uno de los coches de los hombres de letras? Están todos perfectamente conservados y funcionan bien." Dijo haciendo un gesto hacia el garaje.

John apretó la mandíbula sintiendo como el enfado comenzaba a apoderarse de él. "¿Por qué no cogéis vosotros otro coche? ¡El Impala es mío!"

"No, no lo es." Respondió con calma el pelinegro de ojos azules. Le resultaba ligeramente divertido ver como aquel humano se enfurecía tanto. "Dejó de serlo hace años cuando te fuiste derechito al infierno con Azazel. Ahora es de Dean y no creo que te convenga tocar sus cosas."

Las luces del pasillo comenzaron a parpadear mientras una expresión amenzadora se dibujaba en el rostro del ángel. Un escalofrío recorrió al cazador de pies a cabeza, haciéndole retroceder un par de pasos.

Rowena, que presenciaba la escena en silencio, se cubrió la cabeza por si acaso cuando comenzaron a saltar chispas.

Sin decir una sola palabra más, el pelinegro de ojos verdes se dio la vuelta y emprendió el camino de regreso a la biblioteca.

En otras circuntancias no habría dejado las cosas así, pero sabía que aquel ser era mucho más fuerte que él y aún no conocía a fondo la especie. No sabía de todo lo que eran capaces los seres celestiales y no quería descubrirlo en un enfrentamiento directo. Ya le daría su merecido más adelante.

La pelirroja tomó a Castiel del brazo para llamar su atención mientras veían al humano alejarse. "¿Está vivo? ¿Cómo ha vuelto?"

El pelinegro de gabardina se encogió de hombros. "Aún no lo sabemos, pero no creo que dure mucho más con esa actitud."

Ángel y bruja siguieron su camino hacia las habitaciones para poder dejar el equipaje que traían. Habían hablado en el coche sobre el tema de las habitaciones. Dean le había pedido a su novio que, mientras estuviera su padre en el búnker, usaran habitaciones separadas para evitar más problemas.

Por su parte, John irrumpió de nuevo en la biblioteca. Gabriel, Dean, Charlie y Mary estaban alrededor de una de las mesas hablando. Intercambiaban la información que habían encontrado hasta el momento.

"¡Mary!" Llamó desde la entranda, ganándose la mirada de los cuatro. "¡Haz las maletas, nos vamos de aquí!"

La rubia dejó los papeles que tenía en la mano sobre la mesa y se cruzó de brazos. "Tú ve a dónde quieras, pero yo me quedo."

"¿Cómo que te quedas?" Bramó el hombre acercándose. "No puedes simplemente quedarte aquí. ¡Eres mi mujer, tienes que venir conmigo!"

"Los chicos necesitan ayuda, John. No voy a irme a ninguna parte." Insistió ella. "Además, que yo recuerde, lo del matrimonio era hasta que la muerte nos separara. Que vuelvas a estar vivo no significa que vayamos a volver a estar juntos."

El cazador abrió la boca sorprendido sin saber bien que decir. Aquellas palabras habían sido como un puñetazo directo a la barbilla.

"Bien, haz lo que te dé la gana." Soltó secamente. "Me voy de aquí con o sin ti. Tengo cosas más importantes que hacer que estar rogandote."

En cuanto el pelinegro se fue por el pasillo que daba a las habitaciones, los cuatro restantes se miraron entre ellos. La tensión en el ambiente era palpable. Dean fue el primero en hablar.

"Mamá, nosotros nos apañamos bien solos. Si necesitas..."

La mujer negó con la cabeza volviendo a centrarse en los papeles y los libros que había sobre la mesa. "No, no pasa nada. Estoy bien."

El rubio asintió. Hasta cierto punto, entendía la situación que estaban viviendo sus padres. Ambos acababan de volver del más allá, aunque ella lo hubiera hecho un poco antes que él. Necesitaban tiempo para adaptarse de nuevo y ver que la mayoría de expectativas que tenían sobre el otro eran solo eso, expectativas.

Habían construido una vida juntos sobre capas y capas de mentiras. Incluso cuando algunas de esas capas no las habían puesto ellos, era difícil lidiar con una situación así. Además, los años separados solo habían empeorado las cosas.

"Vale." Dean suspiró pasándose una mano por el pelo para echárselo hacia atrás. "Creo que Cas y yo tenemos un caso que podría estar relacionado con todo este tema." Soltó atrayendo la atención de su familia. "Ha desaparecido una mujer en condiciones bastente extrañas, trabajaba para el presidente. Vamos a investigarlo a ver que encontramos."

"¿El caso de Kelly Kline?" Preguntó Charlie con una mueca en el rostro. "He leído algunas cosas en internet, parece una simple desaparición. Al parecer tenía algunos problemas en el trabajo y algunas deudas. La policía piensa que ha podido huir porque la estuvieran amenazando."

"Aún así me gustaría revisarlo más a fondo, puede que haya algo." El hombre se miró el reloj e hizo una mueca al ver la hora. "Bueno, avisadme si encontráis algo más. Cas y yo nos tenemos que ir ya. Nos esperan 16 horas de camino."

Gabriel se apoyó sobre la mesa alzando una ceja. "¿Por que no cogéis un avión? Tardaríais mucho menos."

El cazador negó rápidamente. "¡En el Impala vamos bien!"

Una pequeña sonrisa burlona tiró de la comisura de los labios del arcángel al notar su nerviosismo. "Así que el gran Dean Winchester tiene miedo de volar... Me hubiera encantado saber esto hace un par de años, nos hubieramos divertido mucho."

Viendo por donde iba la conversación, Charlie cogió a Mary del brazo y comenzó a tirar de ella hacia la salida. Prefería no estar ahí para presenciar como esos dos se enzarzaban en una pelea que no iba a llevar a ninguna parte.

"Bueno, chicos, nosotras tenemos cosas que hacer."

Cazador y arcángel asintieron con la cabeza a las palabras de la pelirroja sin prestarles mucha más atención realmente. El rubio de ojos verdes apretó las manos en puños acercándose al ser celestial, que le seguía mirando con aquella sonrisa burlona.

"No le tengo miedo a volar."

"¿Ah, sí? Demuéstralo." Le desafió el de ojos ámbar.

··· ··· ···

Sam le quitó el seguro al coche y abrió la puerta para subirse. Habían parado a comer en la ciudad Belle Fourche, en Dakota del Sur, pero ahora tenían que continuar hacia Canadá. Eran casi las cuatro menos cuarto de la tarde y aún les quedaba bastante camino. Tenían que llegar hasta Montana y atravesar el estado entero, pasando primero por Wyoming.

"¿Quieres que tome el relevo?" Preguntó Jordan acercándose. "Has conducido durante toda la noche y esta mañana tampoco has descansado nada, debes estar agotado."

Era cierto que llevaba conduciendo desde la una de la mañana y que la única pausa que habían hecho había sido para desayunar y para comer, pero no estaba tan cansado. Además, conducir le ayudaba a mantener la mente despejada porque le exigía concentración en la carretera. En el asiento de copiloto, sin nada que hacer, no tenía más remedio que enfrentarse a sus propios pensamientos.

"No, no te preocupes." Dijo el castaño haciendo la intención de meterse en el coche. "¡Estoy perfectamente! Todavía puedo conducir durante un par de horas más."

El rubio le detuvo tomándole del brazo. "No era una petición. Súbete a la parte de atrás y duérmete."

"De verdad que no es..."

"Sam." Le llamó el de menor altura cortando sus palabras. "Por favor, no quiero que tengamos un accidente. Tienes que descansar."

El nombrado apretó los labios en una mueca, pero asintió. Abrió la puerta de los asientos traseros y se subió, poniéndose después el cinturón de seguridad. No quería ponerse a discutir por esto. Jordan se asomó dentro del coche con una suave sonrisa.

"Tú duerme tranquilo, te aviso cuando vayamos a parar para cenar." Aseguró antes de agacharse para besar sus labios.

Sam le miró sorprendido cuando se separó tras unos cuantos segundos y cerró la puerta del coche. No se esperaba ese beso para nada, pero no podía negar que había estado bien.

Mientras veía al rubio subirse tras el volante y arrancar el coche, tuvo que repetirse que estaba allí para eso.

Ya no iba a esconderse más. Tenía que empezar a aceptar quien era.

··· ··· ···

John metía en una bolsa de deportes las pocas prendas de ropa que le habían dejado sus hijos. Quería ir a ver a Bobby para hablar con él y, ahora que Gabriel le había curado, era el mejor momento. Aprovechando que Mary no había querido ir con él, le haría una visita sorpresa a Kate Milligan. Esperaba que no se hubiera mudado.

Habían pasado muchos años, Adam debía estar hecho todo un hombre. Sus hijos le habían dicho que estaban en 2016, así que, si sus calculos no fallaban, debía de tener unos veintisiete o veintiocho años ya. Habría terminado la carrera y tendría un buen trabajo. Siempre había sido un chico muy inteligente.

Tal vez debía llevarle algún regalo al chico para compensar el tiempo que no había estado. Lo pensaría de camino. También tendría que buscar una buena excusa, porque tanto Adam como su madre eran ajenos al mundo sobrenatural y decirles que acababa de volver de la muerte no era una opción.

Si las cosas iban bien, a lo mejor podía quedarse con ellos una temporada.

Las cosas estaban siendo demasiado complicadas para él en el búnker. Primero, se entera de que su querida esposa, a la que creía muerta, esta viva y es una cazadora experta, mucho mejor que él. Luego, Gabriel le suelta la bomba sobre los ángeles, los arcángeles y demás emplumados que revolotean por ahí. Lo último había sido lo de los hombres de letras.

Había visto una foto antigua por el búnker en la que salía su padre y, como sus hijos no estaban por allí, había decidido preguntarle al arcángel sobre el tema. Al parecer, Henry Winchester pertenecía a un grupo que se hacía llamar los hombres de letras y recopilaban información sobre los seres sobrenaturales. No contentos con eso, también hacían experimentos y practicaban la magia.

Su padre era un maldito científico loco afiliado a una secta, eso es lo que era.

Terminando de guardar sus cosas, cerró la bolsa y cogió su pistola. Llamaría a Bobby cuando estuviera de camino, solo para asegurarse de que estaba por la zona y no se había ido a resolver algún caso a la otra punta del mundo con Rufus Turner, aquel cazador amigo suyo tan raro.