"¿Qué ingredientes necesitarías?" Preguntó Gabriel cruzándose de brazos.
Llevaban toda la noche discutiendo sobre el conjuro y las posibles modificaciones que se lo podían aplicar. Era un conjuro bastante simple que los hombres de letras habían diseñado para, de alguna manera, exorcizar ángeles. Nunca había sido probado en arcángeles. Aplicándole un par de cambios a los ingredientes y a lo que había que recitarse, se podía llegar a conseguir que sirviera para sacar a un ángel de su recipiente y encerrarle por un corto periodo de tiempo en otro lugar. Pero seguía sin ser suficiente.
Se necesitaban otro tipo de conjuros para encerrar de nuevo a Luciferen la jaula de forma definitiva y él no estaba dispuesto a que se volviera a usar el Libro de los Condenados. Ya bastantes problemas les había traído a los Winchester cuando habían necesitado quitarle la Marca de Caín a Dean como para volver a meterse en aquel berenjenal.
Ahora, por petición de Rowena, habían salido a desayunar a una cafetería. No quedaba muy lejos del búnker, estaba en la ciudad de al lado, pero habían tenido que coger prestados uno de los coches del garaje. Por suerte, habían podido ir solos, lo que les premitía hablar tranquilamente de este tema tan delicado. Mary y Charlie habían preferido quedarse para seguir buscando, John se había marchado en mitad de la madrugada y Dean y Castiel habían tenido que salir mucho antes que ellos para llegar a tiempo al aeropuerto.
Las próximas semanas se lo iba a pasar de maravilla. El arcángel estaba convencido de ganar esa apuesta.
"¿Para el conjuro normal o para la versión modificada?" Preguntó la bruja sin molestarse en alzar la mirada de la carta de la cafetería.
El arcángel se aclaró la garganta antes de hablar. Iba a arrepentirse de esto. Si los hermanos Winchester se enteraban, pedirían su cabeza.
"Para el que saque a Miguel de allí abajo."
La mujer esbozó una leve sonrisa dejando finalmente la hoja de papel plastificada sobre la mesa de madera de la cafetería. Se cruzo de brazos apoyándose sobre esta para mirar al rubio.
"Me alegra ver que te has decantado por esa opción. No necesito nada muy particular, tengo la mayoría de ingredientes en mi despensa." Comenzó a explicar con su sonrisa ensanchándose. "Pero voy a necesitar a alguien prescindible. He pensado que podríamos usar a John, sé que los chicos no le tienen gran aprecio."
El ser celestial frunció el ceño sin comprender. "¿Alguien prescindible para qué?"
"Para el sacrificio que requiere el conjuro, naturalmente." Respondió ella con soltura como quien da la hora o anuncia que hace sol. "Sin él, nada funcionará. Es necesario en ambas versiones. Puede ser una vida humana, un ser sobrenatural... ¡lo que sea! Los hombres de letras al parecer usaban vampiros, por lo que he podido ver en las anotaciones."
Gabriel se pasó una mano por el rostro negando con la cabeza. No podían usar a John, aunque se muriera de ganas por hacerlo. No quería tener más problemas de los que ya tenía con los chicos. Sabía que aún no le habían terminado de perdonar por las cosas que habían ocurrido entre ellos hacía años y que la confianza que habían depositado en él era demasiado frágil.
"Ya encontraremos una solución para eso. De momento, vamos a conseguir todos los ingredientes." Sentenció el arcángel, dedicándole después toda su atención a la carta.
No estaba muy centrado, debía admitirlo, pero es que no podía estarlo. Aquella noche había vuelto a ocurrir. Había vuelto a oír a Sam rezándole, solo que esta vez no había acudido a su encuentro. ¿Para qué? Había escarmentado con la vez anterior. Si quería algo importante de verdad que llamara a Castiel.
Aun así, no podía quitárselo de la cabeza. Porque el problema es que la imagen de aquella noche seguía dando vueltas por su mente. A Sam le gustaban los hombres, él mismo le había visto con uno. Pero eso no significaba que tuviera la más mínima oportunidad con él. En realidad, saberlo le hacía sentir incluso peor, porque eso quería decir que el problema no era su recipiente. Nunca había sido su recipiente, el problema era él.
"Sabía que te terminaría gustando la idea." Dijo la humana con una gran sonrisa continuando con el tema del conjuro y disipando la nube de pensamientos que se había creado alrededor de Gabriel. "Además, Miguel agradecerá algo de aire fresco después de tantos años encerrado allí abajo."
El arcángel asintió en concordancia. La noticia de que sus dos hermanos mayores se habían quedado encerrados en el infierno le dolió, tenía que admitirlo. No sabía que Miguel iba a ser capaz de llegar tan lejos por seguir los supuestos planes de su padre, pero confiaba en que los Winchester le sacarán de la jaula y le ayudaran ver las cosas desde otro punto de vista.
Dios no estaba. Se había ido y les había dejado atrás sin importarle nada en lo más absoluto. Sus planes divinos ya no tenían mucha más importancia que cualquier otro plan, aunque hubiera ángeles que aún se negaran a verlo.
Años después, había perdido esa esperanza por completo. Dean y Sam habían sido capaces de dejar a su medio hermano Adam pudriéndose en aquel lugar, ¿qué probabilidades había de que sacaran al arcángel que habitaba en su cuerpo?
Era su turno de intervenir.
··· ··· ···
Castiel apretó suavemente la mano de Dean, en un intento de hacerle saber que estaba ahí sin necesidad de usar las palabras.
El cazador estaba más que nervioso y cada vez que su vista se iba accidentalmente hacia la ventanilla se le erizaba la piel. Volar no era lo suyo. Al menos, no en avión. Prefería mil veces que le llevara Castiel de un lado a otro a tener que estar sentado ahí a una distancia tal del suelo que apenas se distinguía el paisaje. Confiaba mucho más en su novio que en aquel montón de metal y tuercas.
"¿Quieres que te cambie el sitio?" Preguntó el ángel en voz baja para que solo le oyera él.
El rubio alzó la mirada hacia su izquierda y vio al hombre que estaba sentado al lado de ellos en el asiento más pegado al pasillo. Por lo que se veía, el hombre dormitaba tranquilamente con unos auriculares puestos. Negó rápidamente. Estaba mejor ahí. Sentado en el asiento del medio se agobiaría más.
"Está bien." Respondió el pelinegro mirándole preocupado. "¿Quieres que compre algo de agua?"
Dean volvió a negar. Tenía el estómago tan revuelto en aquel momento que no podía tomar nada. Ni siquiera agua.
"Dean, cielo, si no te relajas, voy a tener que dormirte." Susurró el ser celestial viendo lo nervioso que estaba.
"No debería haber subido." Murmuró el humano cerrando los ojos. "Cas, quiero bajar. Necesito bajarme de este avión. Sácame de aquí."
Castiel ladeó la cabeza ligeramente mirándole con lástima. De alguna forma, su vínculo se había visto reforzado de un tiempo a esta parte. No solo sabía lo mal que el hombre lo estaba pasando, podía sentirlo como si la angustia fuera suya.
"Lo siento, cariño. No puedo hacerlo, hay demasiada gente. Se darían cuenta." Dijo subiendo una mano para apartarle los mechones de pelo rubio que le caían sobre el rostro. "¿Puedes aguantar dos horas más?"
El cazador apretó los labios. ¿Solo llevaban media hora en aquella maquina de tortura con alas? A él le había parecido una maldita eternidad.
Sin esperar ninguna respuesta, el ángel entrelazó su mano libre con una de las del rubio y la alzó para besar el dorso. "Solo dos horas y habremos llegado. Confía en mí, todo va a ir bien."
"Cas..." El humano se quejó en voz baja girando la cabeza para mirarle con aquellos hermosos ojos verdes suplicantes. Dos horas era demasiado tiempo.
El pelinegro cerró los ojos volviendo a besar la mano de su novio. No podía decirle que no a nada cuando le miraba de aquella forma.
Pero no podía sacarle de allí. Ya no era solo cuestión de la gente que se daría cuenta si desaparecían de repente. Sus alas ya no eran lo que solían ser y, pese a que estaban sanando, no aguantarían un vuelo de vuelta a tierra firme cargando además a otra persona.
"¿Por qué no me hablas de la información que encontraste del caso?" Preguntó en un susurro. Había leído que para ayudar en este tipo de situaciones, era bueno distraer a la persona en cuestión.
Dean le miró levemente extrañado por la petición, pero se aclaró la garganta comenzando a hablar. "Kelly fue vista por última vez en el trabajo. Según el informe, había quedado con una amiga para cenar, pero no apareció. Así que desapareció entre las siete y las ocho y media de la tarde."
··· ··· ···
Sam salió de la cafetería. Necesitaba estirar las piernas y caminar un rato. Habían parado a desayunar en Great Falls, Montana, después de tres horas y media metidos en el coche. Jordan había insistido en conducir él de nuevo y estaba vez no se había molestado en discutir.
En lo que llevaban de viaje, se había dado cuenta de lo testarudo que era el canadiense y se había dado por vencido intentando llevarle la contraria. No estaba ahí para eso. Ya tenía bastante con haber peleado durante años con su padre, su hermano y el mundo en general. Por una vez en la vida, iba a dejar que alguien más tomara el control por él. Ya no quería seguir peleando. Nunca le había servido para nada.
Cerca de la puerta de la cafetería había un hombre bastante alto y calvo como una bola de billar fumando. El cazador no pudo evitar fijarse en él. No por el hombre en sí, si no por el tabaco. Llevaba tiempo sin fumar, concretamente desde que dejó la universidad para volver a la caza. Lo había dejado principalmente por su hermano. No quería ni imaginarse la bronca que le habría caído si se hubiera enterado de lo que hacía en sus días de universitario.
El hombre le vio y le sonrió. Después, se sacó el paquete de tabaco del bolsillo interior de la chaqueta. "¿Quieres uno, chico?" Preguntó tendiéndole la caja.
Sam parpadeó confundido, negando con la cabeza tras unos breves segundos.
"¡Vamos! Insisto." Dijo el hombre habriendo la cajetilla. No quedaban muchos cigarros, apenas habría unos diez. Además, había un mechero dentro. "He visto esa mirada antes. Lo estás deseando."
Ante la insistencia del hombre, el cazador se acercó y cogió uno de los cigarros, tomando después el mechero para encenderlo.
Le dio un par de caladas en silencio bajo la atenta mirada del hombre, sintiéndose algo incómodo por la atención del desconocido sobre él.
"¿Sabes qué? Quédate con los que quedan. De todos modos iba a comprar una caja nueva más tarde." Dijo el hombre tendiéndole la caja cerrada.
El castaño la tomó con algo de desconfianza, extrañado por la amabilidad de aquel hombre.
Sam le dio otra calada al cigarro y soltó el humo poco a poco. Verdaderamente lo había echado de menos, pero no creía que volviera a coger el hábito de fumar a menudo. Al menos no tanto como fumaba antes.
"Ahora dime una cosa, chico... ¿Dónde está el arcángel?"
El cazador se giró para mirarle confundido. "Lo siento, señor. No sé de qué habla."
"No te hagas el tonto conmigo." El hombre le sujetó del brazo y sus ojos se volvieron amarillos. "Sabes perfectamente de lo que estoy hablando. ¿Dónde está Gabriel? Sé que le ayudaste a escapar."
El castaño llevó su mano libre disimuladamente hacia su espalda para coger su pistola. Agradecía haberla cargado con balas especiales para demonios antes de salir del motel.
