"¿Has hablado con Sam?" Preguntó Castiel girándose un poco para mirar a Dean desde el asiento de copìloto.

Estaban parados en un semáforo a pocas calles de llegar a la Casa Blanca. Dean conducía un coche de alquiler con gesto serio en su rostro.

No era un caso más para él, el ángel lo sabía. Había algo especial en todo aquel asunto que le estaba haciendo tomárselo más personal que otras veces. Además, estaba bastante gruñón por haber tenido que dejar a su nena en el búnker.

Solo esperaba que todo saliera bien con este posible caso.

El cazador negó con la cabeza arrancando al ver que se ponía en verde la luz. "Necesita algo de tiempo para sobrellevar todo lo que está ocurriendo. Le conozco, es mejor dejar que se adapte y no presionarle."

Una mueca se dibujó en el rostro del pelinegro, pero no dijo nada. La situación era complicada para todos y no podían culpar a Sam por irse cuando ellos habían hecho lo mismo. Aún así, le parecía mal que no se hubiera molestado en llamar o en mandar un mensaje si quiera. Con el único que parecía hablar era Gabriel, y tampoco es que le hubiera dado mucha más información de la que ellos tenían o que le estuviera llamando más a menudo.

Aún así, viendo como los dos hermanos estaban sobrellevando la vuelta de su padre, no podía evitar preguntarse cuantas veces más habrían pasado por situaciones así. Situaciones en las que Sam se desentendía de todo y cargaba a su hermano mayor con el peso de lidiar con lo que fuera que estuviese pasando, ya fuera una caza o problemas con su padre.

Tampoco podía evitar preguntarse hasta qué punto la carrera de Sam en Stanford había sido solo otra manera de huir, dejando a Dean con el agua hasta el cuello una vez más.

Alguna vez había hablado con el menor de sus años retirado de la caza. Al principio, durante los primeros años que había pasado con los Winchester, le había parecido muy curioso que Sam hubiera aceptado tan facilmente volver al negocio y dejar su vida universitaria atrás. Claro, que, con el tiempo y según sus sentimientos por el hermano mayor habían ido en crescendo, había adquirido otra perspectiva sobre el asunto.

"Pase lo que pase, este será el último caso." Sentenció el ser celestial tras unos minutos en silencio.

No podían seguir así. Dean ya tenía una edad y él no iba a poder estar siempre para cubrirle la espalda durante la caza. No quería que le pasara nada.

"Ya hemos hablado de esto, Cas. No puedo dejarlo." Murmuró el humano apesadumbrado.

Castiel rodó los ojos soltando un pequeño resoplido. "¡Claro que puedes! En cuanto hayamos resuelto lo de Lucifer, compraremos una casa en algún pueblo de la costa y nos iremos a vivir allí. ¡No más caza! ¡No más ir de un estado a otro persiguiendo seres sobrenaturales! ¡Que se ocupen otros de eso! Tú deberías estar retirado."

"¿Y qué le decimos a mi padre?" Preguntó Dean con una mueca en su rostro. Aun cuando la idea de retirarse e irse a vivir a un pueblo costero con su novio era tentadora, no podía evitar pensar en las consecuencias que acarrearía.

"¡Que le den a John!" Respondió el ángel alterado. "¡Olvídate de él! ¡Podríamos tener la vida que siempre has soñado! ¿Es que no quieres eso, Dean?"

El cazador tragó saliva manteniendo la mirada en la carretera. Por supuesto que lo quería, pero no podía ser tan fácil. Sonaba demasiado bien para ser real y era un plan con muchos cabos sueltos.

"Deja que me lo piense, ¿vale?" Pidió.

El pelinegro asintió y el silencio inundó el coche durante el resto del camino, aunque ya no quedaba mucho para llegar. Ninguno de los dos sabía que decir.

Sin embargo, el rubio había anelado una vida tranquila y pacífica desde que era a penas un niño. Una vida normal. De adolescente mantenía la esperanza de que lograría tener esa vida y compartirla con alguien que le quisiera de verdad. Pero, con el paso de los años, aquel sueño había quedado precisamente en eso, en un sueño. En un anhelo de un chiquillo que había sido arrastrado a aquella mísera vida y arrancado de los brazos de su madre de la forma más cruel.

Una vez estuvieron aparcados enfrente de la Casa Blanca. El humano apagó el motor del coche e hizo un intento de salir del coche, pero fue detenido por el ser celestial cuando estaba abriendo la puerta.

"¿Ocurre algo?" Preguntó Dean frunciendo el ceño extrañado.

Castiel a su lado miraba hacia el edificio fijamente, con una expresión de terror en su rostro como si alguien le hubiera prendido fuego y las llamas lo estuvieran devorando todo.

"Tenemos que irnos ya de aquí." Respondió. "Esto está lleno de demonios."

··· ··· ···

"¿No piensas decir nada?" Preguntó Jordan harto del silencio que inundaba el coche.

"¿Sobre qué?" Dijo Sam desde el asiento de copiloto sin molestarse en apartar la vista de la carretera.

"Sobre el hombre con el que estabas hablando en la puerta de la cafetería, tal vez. ¡Ese al que casi le vuelas la tapa de los sesos!" Respondió el menor irritado por la pasividad del castaño ante aquella situación.

El mayor resopló pasándose una mano por el rostro. "Es más complicado de lo que crees."

"¡Pues entonces explícamelo!" Exclamó el canadiense.

Cuando no hubo ninguna respuesta por parte del estadounidense, Jordan detuvo el coche en la cuneta.

"Mira, Sam. Te he traído conmigo porque te considero un buen cazador." Comenzó a decir mientras se quitaba el cinturón. "Pero si vas a ponernos a los dos en peligro y ni siquiera vas a darme una explicación, puedes volverte a Kansas City con tu familia. Ya me las apañaré solo."

Sam apartó la mirada del paisaje para centrarla en el cazador sentado a su lado. Llevaba desde el encuentro con aquel ser con la mente en otra parte. Con la mente en Gabriel.

Tenía que avisarle cuanto antes de que le estaban buscando. ¡Estaba en peligro! Pero había tratado de llamarle y había ido directo al buzón de voz. Tres veces.

El castaño valoró sus opciones. Por la cara del rubio, si no recibía pronto una explicación, iba a bajarle a patadas del coche. Así enfado, le recordaba mucho al arcángel.

"El hombre que has visto es un demonio." Dijo acomodándose mejor en el asiento. "Saqué la pistola en defensa propia. Va cargada con balas especiales."

"¿Un demonio?" Preguntó el menor nervioso. "¿Y por qué estabais hablando? ¿Qué quería de ti?"

"Ha puesto precio a la cabeza de un amigo mío y espera que le venda si presiona lo suficiente." Explicó el mayor muy por encima.

No podía contarle todo, pero podía contarle lo básico para que se hiciera una idea general de la situación y no siguiera presionando.

El silencio volvió a inundar el coche. Jordan mantenía la mirada baja sin saber bien que decir y Sam solo esperaba pacientemente a que dijera algo.

Carraspeando suavemente primero, el canadiense finalmente se armó de valor para hablar. "¿Estás seguro de que quieres venir conmigo? Puedes volver si quieres, lo entiendo perfectamente. En una situación así..."

El castaño negó con la cabeza. "Venga, arranca. Estoy deseando llegar a Canadá."

··· ··· ···

Crowley entró en la cafetería donde se había citado con Gabriel y Rowena. Le bastó un vistazo rápido para localizarles. Estaban sentados en una de las mesas más apartadas, cerca de una ventana.

A paso calmado, caminó hasta ellos. Una vez allí, se sentó en una de las sillas vacías.

"Hola, Gabriel." Saludó. "Madre..."

El arcángel le hizo un gesto con la mano como todo saludo y la bruja le hizo uno con la cabeza.

"¿Qué tienes?" Preguntó el rubio. "¿Has conseguido algo?"

El demonio asintió cruzándose de brazos sobre la mesa. "Miguel no está en la jaula."

Ante sus palabras, recibió una mirada atónita del rubio.

"¡Eso es imposible!" Exclamó. "Los Winchester le encerraron allí hace años."

"Mis fuentes me han informado de que lo sacó el mismísimo Lucifer." Aseguró el pelinegro sin inmutarse. "Al parecer se apiadó de su hermano."

Rowena dejó la carta sobre la mesa, prestando toda su atención a la conversación. "Creí que esos dos estaban dispuestos a cargarse el mundo en una batalla a muerte hace un par de años. ¿Qué ha cambiado?"

Crowley se encogió levemente de hombros. Nadie lo sabía con certeza, solo había teorías al respecto. "Lucifer parece tener planes mejores. No solo para Miguel, para todos. Ha vuelto a reunir a los principes del infierno que quedan."

Gabriel, ignorando la segunda parte, se aclaró la garganta antes de preguntar. "¿Entonces no sabéis dónde puede estar Miguel?"

El demonio negó con la cabeza. "Ahora que ha recuperado su libertad, estará en cualquier parte. Tal vez incluso esté colaborando con Lucifer. Debemos actuar con rápidez y volver a encerrar a ambos."

"¿Y cómo lo haremos?" Preguntó Rowena. "El hechizo no es lo bastante fuerte para poder encerrar a los dos."

"No tenemos porqué usar un hechizo." Respondió el pelinegro antes de lanzar una mirada al arcángel sentado frente a él. "A Lucifer le encerraron usando otro arcángel. Nosotros tenemos uno."

La bruja y el rubio se miraron entre ellos. No se necesitaba ser un genio para ver que Gabriel no estaba en condiciones óptimas de enfrentarse a sus dos hermanos, pero eso no parecía importarle mucho a Crowley.

"Encontraremos otra forma." Aseguró Gabriel carraspeando incómodo. "Si me disculpais, vuelvo en un momento."

Caminó entre las mesas hacia la salida de la cafetería. Una vez fuera, sacó su teléfono.

Tenía varias llamadas perdidas de Sam y un par de mensajes de Castiel. Ignorando al cazador, fue a mirar los mensajes primero.

Su hermanito y el gruñón de su novio ya estaban en Washington DC, eso era lo que decían los mensajes. Eso, y que Dean había sobrevivido al vuelo.

Bufó guardándose el móvil de nuevo. El humano no debería cantar victoria todavía, aún le quedaba la vuelta.

No iba a gastar la poca gracia que le quedaba en hacer trampas, pero no estaba muy contento con tener que comprarle su peso en pastel al mayor de los hermanos Winchester si ganaba la apuesta finalmente.

Soltando un suspiro miró hacia el cielo. ¿Cuantas probabilidades reales había de que Miguel se hubiera pasado al otro bando?

··· ··· ···

El taquillero, un hombre algo mayor de pelo negro y lacio, miraba con desconfianza mal disimulada a la pareja frente a él. Eran un muchacho rubio de unos veinte años y una mujer de pelo castaño que rondaba los treinta. La cara de ella le resultaba familiar, pese a que llevaba unas gafas de sol enormes que le tapaban gran parte del rostro.

"Dos billetes para Pittsburgh, Pensilvania. Por favor." Pidió el joven con una amable sonrisa sacando su cartera del bolsillo trasero de su pantalón.

"Por supuesto." Dijo el hombre tecleando en el ordenador. Mientras sacaba los billetes, seguía mirándoles de reojo.

Había algo extraño en esos dos.

Al ver a la señora mirar a su alrededor nerviosamente, carraspeó. "Disculpen que me entrometa, ¿son ustedes pareja?"

El chico se quedó mirándole por unos breves segundos en silencio confundido antes de sonreír y negar con la cabeza. "Somos familia, hermanos."

"¿Y es la primera vez que van a Pittsburgh?" Siguió preguntando. "¿Un viaje turístico, tal vez?"

"Viajamos por motivos familiares." Aseguró el rubio manteniendo la sonrisa. "A visitar a nuestros tíos."

La mujer no dijo nada, simplemente sacó su teléfono para mirar la hora.

"Si no le importa, tenemos algo de prisa." Alentó el joven.

Con una mueca, el taquillero le tendió los dos billetes. "Son cincuenta dólares en total. El autobús sale en media hora."

El rubio abrió su cartera y sacó un billete del importe pedido. "Muchas gracias."

Tras pagar y recoger sus billetes. Los dos se fueron bajo la atenta mirada del hombre que les había atendido.

"¿Va todo bien?" Preguntó el chico mientras se alejaban de la taquilla.

La mujer suspiró apesadumbrada. "¿Estás seguro de que esto va a funcionar?"

"¡Por supuesto! Él no os hará nada mientras estéis conmigo. No se atreverá ni a acercarse." Aseguró él.

Pese a sus palabras, la castaña no se mostró muy convencida, por lo que el rubio le dedicó una suave sonrisa pasándole un brazo por los hombros.

"Ya verás como todo saldrá bien, Kelly."