Castiel trató de girar el pomo de la puerta frente a él. Estaba cerrada con llave. Sin pensárselo dos veces, la tiró abajo de una patada y entró en la sala daga en mano, preparado para lo que fuera que pudiese haber dentro.

Deshacerse de los demonios había sido pan comido para Charlie y Mary. La pelirroja había hackeado el sistema informatico de la Casa Blanca desde su ordenador y había hecho sonar por todos los altavoces del lugar una grabación de la rubia recitando un exorcismo. Ni siquiera habían necesitado moverse del búnker.

Gabriel y él se encargaban de lo demás. Habían volado hasta allí para encontrar a Dean. El arcángel había borrado los sellos que le impedían la entrada al ángel y juntos se habían adentrado en el edificio para registrarlo a fondo.

No se iba a ir sin el cazador.

Se habían topado con un par de demonios que habían quedado por allí, pero no habían resultado un gran problema. La mayoría estaban demasiado desorientados para oponer resistencia contra los dos seres celestiales.

"¿No está aquí tampoco?" Preguntó el rubio a su espalda.

El menor negó desanimado alejándose de la habitación vacía por el pasillo. Era la decimoquinta que revisaban, Dean tenía que estar en alguna parte. Comenzaba a arrepentirse de haber matado a todos los demonios que se habían encontrado, tal vez podrían haber dejado a uno con vida para que les indicara dónde encontrar al rubio.

"Venga, hermanito, no te desanimes." Dijo el mayor dejando la puerta que había tirado el ángel apoyada contra la pared. "No puede estar lejos. Seguro que no les ha dado tiempo a sacarle de aquí."

"Sigamos mirando." Respondió algo seco Castiel.

Lo único que quería era encontrar al cazador y llevarle de vuelta al búnker, donde poder mantenerle a salvo. Además, estaba bastante seguro de que los demonios que se lo habían llevado no habrían sido demasiado amables con él. De solo pensar que probablemente estuviera herido le hervía la sangre de pura ira.

"Está bien." Aceptó Gabriel. "Yo miraré en la planta de arriba, tú ve al sótano."

El ángel asintió antes de marcharse escaleras abajo. En el sótano estaban los almacenes. Poco espacio, difícil salida en caso de emergencia y, para rematar, no estaba muy bien aislado. No era la opción más inteligente para esconder a alguien ahí que habías secuestrado. No esperaba encontrar mucho en esa zona, pero tenía que mirar de todos modos.

Abrió la primera sala. No había nadie, solo un montón de estanterías y cajas. Fue a la segunda y repitió el mismo proceso. Así se sucedieron una tras otra con el mismo resultado. Solo estaba perdiendo el tiempo allí.

Aún le quedaban por registrar unas cuatro habitaciones cuando la vio. Un demonio en el cuerpo de una chica bajita y delgada salió de una habitación al fondo del todo. Su pelo cobrizo estaba recogido en una larga trenza medio desecha y llevaba un traje de chaqueta y falda. Para rematar, en una mano cargaba con una bolsa que parecía bbastante pesada y en la otra mano llevaba un cubo y una fregona.

Castiel se quedó mirándola anonadado unos breves segundos. Para cuando reaccionó, ya era tarde.

El demonio subió la mirada y abrió los ojos con sorpresa viéndole de pie en mitad del pasillo. De inmediato soltó el cubo, haciendo que toda el agua con jabón se esparciera por el suelo, y echó a correr hacia la habitación por la que había salido aferrada a la bolsa.

El pelinegro no se molestó en echar a correr, simplemente cruzó el pasillo volando y apareció frente a la joven que, del susto, paró en seco cayendo al suelo.

La castaña comenzó a retroceder como pudo con la bolsa abrazada contra el pecho con un brazo. "Por favor, no me haga daño, se lo suplico. Solo cumplo órdenes. ¡Además es mi primera vez aquí arriba!"

"¿Órdenes de quién?" Preguntó Castiel sacando su daga.

"Déjeme ir, por favor." Pidió el demonio temblando en el suelo. "Me matará si no hago lo que me ha pedido."

Viendo lo asustado que estaba, el ángel esbozó media sonrisa. Podía aprovecharse de la situación. Se agachó frente al ser, que siguió retrocediendo hasta chocarse con la pared, y se guardó la daga.

"Creo que hemos empezado con mal pie." Comenzó a decir. "Te propongo un trato. Nosotros te protegemos de tu jefe y te damos un lugar seguro para quedarte, si tú..."

Los ojos del demonio brillaron ocn esperanza. "¿Qué tengo que hacer?"

"Ayudarnos a encontrar a Dean Winchester."

··· ··· ···

John se sobresaltó al oír un fuerte ruido a su espalda, similar al de las alas de un pájaro al aterrizar. Torpemente cogió su pistola y miró alrededor.

Estaba sentado en el coche que había cogido prestado del búnker cuando se había ido. Un par de botellas vacías le hacían compañía.

Ver las obras de aquel supermercado donde antaño había estado la casa de su mejor amigo o a aquella familia extraña viviendo en la casa de su segunda familia había sido un golpe demasiado fuerte.

"¡El grandioso John Winchester!" Exclamó una voz a su espalda. "Padre de los mayores granos en el culo que mi propio padre ha creado."

Pistola en mano, el cazador se dio la vuelta en el asiento para mirar hacia la parte de atrás, pero estaba solo en el coche. Volvió a mirar hacia delante todavía en tensión.

Tampoco es que la pistola le fuera a servir de mucho, la había descargado lleno de furia contra un árbol horas atrás, pero empuñarla le hacía sentir algo más seguro.

"Siento lo de tu gente, John." Volvió a decir la voz. "Piensa que ahora estan en un lugar mejor... la mayoría de ellos."

"¿Q-qué quie-eres?" Preguntó el hombre, que ya estaba bastante borracho.

Miró por el espejo retrovisor y entonces lo vio. Había un hombre rubio sentado en la parte de atrás mirándole fijamente. Tenía quemaduras por la piel y alguna que otra herida.

Por algún motivo, la visión de aquel hombre le relajó levemente. Ni siquiera sabía realmente porqué.

El desconocido le sonrió a través del espejo, el único lugar donde parecía estar. "Puedo ofrecerte todo lo que quieres, John. Recuperar tu vida, traer de vuelta a tus amigos y a tu segunda familia, incluso puedo darte respuestas sobre tu pasado."

John lo meditó en silencio bajando la mirada a la botella de whisky medio vacía que tenía en la mano.

La oferta no sonaba mal, pero estaba seguro, por su experiencia, de que el precio sería alto.

"Todo eso tendrá un precio, supongo." Soltó por fin el cazador expresando en voz alta sus pensamientos.

"Uno pequeño, sin prácticamente importancia." Dijo el ser intentando calmar su preocupación. "Solo tienes que decir sí."

"¿Sí?" Preguntó el pelinegro confundido.

"Sí, solo eso. Solo di ." Le alentó aquel desconocido.

El cazador le dio un último trago a la botella, acabándola y esbozó una ligera sonrisa. "Sí."

··· ··· ···

Castiel esperó a que Gabriel hubiera aparcado el coche para bajarse. Habían encontrado el coche de alquiler que habían pillado para su estancia en Washington DC en el aparcamiento y el mayor de los dos hermanos había propuesto llevarlo hasta el hotel, donde el demonio les había dicho que estaba el cazador.

Si Dean no estaba allí, iba a matar a ese demonio con sus propias manos por jugar con ellos de aquella forma. No haría falta que Lucifer se encagara de hacerlo.

El ser celestial mayor apenas le podía seguir el paso mientras se abría camino por la abarrotada recepción para llegar a los ascensores. El ángel estaba bastante seguro de que no había tanta gente cuando estuvo allí por la mañana con su chico para dejar las maletas y cambiarse de ropa. O, a lo mejor, es que simplemente en compañía de su enamorado la gente no le molestaba tanto como ahora.

La joven había dicho que sus compañeros le acababan de soltar porque, al parecer, no estaba colaborando. Lo de dejarle en el hotel era para no levantar sospechas entre los humanos, según había dicho.

El arcángel y la chica lograron alcanzar al pelinegro mientras este esperaba al ascensor. Se le notaba bastante tenso, casi más que cuando habían estado en la Casa Blanca.

Tampoco es que las explicaciones que la desconocida les había dado ayudaran mucho a calmar sus nervios. Por lo que ella sabía, habían estado interrogando al cazador. Castiel conocía de sobra los métodos de interrogación de los demonios, no necesitaba que nadie le explicara nada más.

Cuando el ascensor llegó y las puertas se abrieron frente a ellos, el ángel entró como un rayo, importándole poco si empujaba a alguna de las personas que trataba de salir. Gabriel y el demonio que llevaban con ellos esperaron a que saliera todo el mundo, sin embargo.

Una vez dentro del ascensor los tres, el silencio era espeso. Tenían la habitación en la novena planta, por lo que tardaron un poco en subir, con paradas intermedias de gente que llamaba al ascensor en su respectiva planta pero, al ver que ellos iban a seguir subiendo, preferían esperar al siguiente. Puede que la cara de pocos amigos que el pelinegro les dedicaba ayudara en su decisión.

Fuera como fuese, llegaron a la novena planta y bajaron del ascensor. Castiel rebuscó por los bolsillos de la gabardina hasta dar con la llave. La habitación 18, donde tenían planeado hospedarse hasta que se había dado aquel brusco cambio de planes, estaba casi al fondo del pasillo a mano izquierda.

El arcángel le arrebató la llave y se adelantó con un simple batir de alas, aprovechándose de que su hermano se había dañado las suyas volviendo al búnker y no podía volar. Sabía que si dejaba al ángel abrir por su cuenta terminaría tirando la puerta abajo al primer problema que diera la llave. No estaba en condiciones de pensar.

Se adentró en la habitación dejando la puerta entornada mientras esperaba a que llegaran la chica y el otro ser celestial. Prefería encontrarse él el pastel primero por si era algo muy grave.

El lugar entero estaba en silencio y bastante tranquilo. Aún les llevaba un poco de ventaja, así que siguió inspeccionando, dirigiéndose al baño.

Dean estaba allí. Dentro de la bañera tiritando de frío, con la piel especialmente pálida y los labios amoratados. La sangre brotaba de las heridas abiertas esparcidas por todo su cuerpo, acompañadas también de moratones con bastante mala pinta.

Gabriel se quedó paralizado mirando la escena por unos segundos. No fue capaz de reaccionar hasta que Castiel le pegó un leve empujón para quitarle de delante de la puerta y poder pasar.

Inmediatamente el ángel corrió hasta el borde de la bañera donde se encontraba su novio.

"¡Dean! Dean, cariño, ¿puedes oírme?" Preguntó mientras se quitaba la gabardina, importándole poco dónde la dejaba.

Como toda respuesta el rubio se quejó suavemente, casi sin fuerzas, mientras le sacaba del agua tibia cargándole al estilo nupcial.

El pelinegro se arrodilló en el suelo con el humano en sus brazos y comenzó a sanar sus heridas usando sus poderes. Eran bastante graves, podía sentir como tenía incluso un par de costillas rotas, por lo que le iba a costar un poco curarle. Pero tenía que hacerlo, aun si eso significaba gastar gran parte de su gracia, no soportaba verle mal.

"Espera, mejor lo hago yo." Dijo su hermano tocando su hombro para llamar su atención.

"No." Respondió el ser celestial menor sacudiendo levemente su hombro para hacer que se apartara. "Vuelve al búnker y llévate a ese demonio de aquí. Dejadnos solos."

Por unos segundos el arcángel le miró en silencio con preocupación, pero, finalmente, soltó un pequeño suspiro y salió del baño dejándoles a solas.