"¡Dijiste que aquí no nos encontraría!" Exclamó Kelly preocupada mirando por la ventana.
Apenas había logrado pegar ojo en toda la noche y llevaba gran parte de la madrugada delante de aquella misma ventana viendo evolucionar el temporal que se les había echado encima.
La tormenta, que había comenzado la tarde anterior, seguía amenazante en el exterior. Durante la noche había cortando las comunicaciones por carretera en ciertos lugares y hecho que la red eléctrica se desconectara.
"Y no lo hará." Aseguró a su espalda Miguel. "Ya lo oíste anoche en las noticias, la tormenta se ha extendido por toda la Tierra. No tiene ni idea de dónde estamos."
La humana se giró para mirarle, no muy convencida con sus palabras. Confiaba ciegamente en el arcángel, ¿cómo no iba a hacerlo? Él la había ayudado a escapar del infierno. Aún así, no podía evitar sentirse intranquila ante aquella situación.
Estaban en una pequeña casa que habían comprado cerca de un pequeño pueblo de Pensilvania, alejados de todo y lo más aislados que les era posible. Había sido idea del rubio. Él se había encargado de localizar la casa y de realizar la compra, aunque luego hubiera hecho el papeleo a nombre de Kelly.
Nadie podía culparle por estar preocupado por lo que se les venía encima. Nunca había tratado directamente con un nephilim, ni con una humana embarazada. Mucho menos con una humana embarazada de un nephilim.
Que el padre del bebé fuera un arcángel caído que en aquellos momentos reinaba el infierno y estaba removiendo mar, tierra y aire para buscarles tampoco ayudaba mucho. No tenía ni idea de cuánto se iba a salir de control aquello, pero estaba seguro de que no iba a ser fácil de llevar.
Teniendo todo esto en cuenta, era comprensible que se hubiera ido a un lugar aislado para, en gran parte, evitar cualquier tipo de catástrofe. Además, no era demasiado fan de la idea de que los humanos entraran en contacto con seres celestiales. Había visto a lo largo de la historia de la humanidad lo que la fé ciega podía ocasionar: guerras, persecuciones, colonizaciones de territorios con todos los genocidios y demás barbaridades que ello conlleva... Y eso solo por los libros que su padre había mandado escribir. Los humanos, bajo su criterio, no terminaban de encajar bien ciertas cosas.
Una vez alejados de los humanos, les quedaba un pequeño detalle. Tenían que dar esquinazo a Lucifer y sus secuaces infernales. Cosa que no era fácil teniendo en cuenta que tanto él mismo como el bebé que la humana esperaba dejaban un rastro más que llamativo. Su estancia en la Tierra tenía pinta de ir a ser ajetreada, pero no había otra posibilidad.
La única otra opción era pedir ayuda al cielo, pero, después de pasar casi un milenio atrapado en la jaula, Miguel había perdido su fé en que sus hermanos o su padre fueran a intervenir.
Estaban solos. Nadie iba a venir a sacarles las castañas del fuego.
Pero no era problema, aún le quedaban un par de trucos bajo la manga al arcángel. Había grabado un intrincado conjuro en enoquiano en los huesos de Kelly, tal y como su hermano Castiel había hecho años atrás con los Winchester para protegerlos. Para mantener a salvo también al bebé, había tenido que hacer un par de modificaciones.
Si todo salía bien, el nephilim nacería sano y salvo a mediados del año siguiente.
En cuanto a él mismo, se limitaba a no usar sus poderes más de lo necesario para evitar atraer a los secuaces de su hermano. Además de haberse tatuado en un brazo un conjuro similar al que le había grabado a la humana. Ya había tenido que cargarse unos cuantos demonios y había descubierto de primera mano que los cadáveres no eran nada fáciles de ocultar.
··· ··· ···
Castiel estaba tumbado boca arriba en la enorme cama del hotel con las alas extendidas y mirando el techo como si este tuviera todas las respuestas que buscaba. Hacía un par de minutos Dean había bajado a la recepción en un intento de hablar con el gerente del hotel.
Entre la tormenta y los nervios que habían pasado, ninguno de los dos había pegado ojo en toda la noche. Hasta el corte de luz, se habían limitado a ver la televisión abrazados el uno al otro. Después, habían intercalado momentos de silencio, en los que cada uno se hundía en sus propios pensamientos, con charlas banales tan apasionantes como la decoración de la habitación.
Al oír la puerta abrirse, el ángel alzó la cabeza para mirar en esa dirección, justo a tiempo para ver entrar a su querido novio en la habitación con dos vasos de café para llevar en las manos.
"Servirán el desayuno entre las nueve y las once en el comedor, han decidido mantener el horario. También se mantiene el de la comida." Dijo el cazador entrando y cerrando la puerta con el pie. "Por cierto, la luz sigue cortada. Y parece que no es solo aquí, si no en todos los lugares que está arrasando la tormenta."
Dejó los dos cafés sobre la cómoda donde estaba la televisión y se quitó la sudadera, quedando desnudo de cintura para arriba. Solo iba a bajar un momento, así que no se había molestado en ponerse camiseta. Acto seguido se sentó en el borde de la cama para desabrocharse las botas.
"¿No vas a bajar a desayunar?" Preguntó el pelinegro recorriendo con la mirada la tonificada espalda del humano.
El humano se encogió de hombros aún peleando con los cordones de las botas. "Queda un buen rato para que abran el comedor."
"¿Necesitas ayuda, cielo?" Preguntó el ser celestial incorporándose en la cama.
"No, ya está." Respondió el rubio quitándoselas por fin y levantándose para coger los dos vasos de nuevo. "Te he traído café. Ya sé que no te gusta comer por todo ese tema de las moléculas, pero..."
Sus palabras se cortaron al darse la vuelta y encontrarse de frente a su novio con las alas plegadas a su espalda.
"Gracias, Dean." Dijo Castiel tomando uno de los dos vasos. "Aprecio el detalle."
Dean vio con sorpresa como el ángel le daba un trago al café. Esto era nuevo. No le había visto comer o beber desde que Metatrón robo su gracia.
"¿Va todo bien?" Preguntó algo perplejo.
El pelinegro asintió antes de darle otro trago. Sin tanta gracia en su organismo, las cosas no sabían tan mal. "¿Hay algo que te apetezca hacer antes de ir a desayunar?"
Bebiendo de su propio café, el cazador vigilaba cada uno de los movimientos del contrario. Había algo en toda aquella situación que no terminaba de cuadrarle.
"No, ¿por qué? ¿Tienes tú algo en mente?"
Castiel se encogió de hombros terminando su café de un tercer trago. "Nada en especial."
"¿Seguro?" Insistió el humano sentándose junto a él.
"Bueno, no sé." Dijo el ser celestial dejando su vaso vacío en la cómoda y acercándose a su pareja para tomarle de la cintura. "También podríamos aprovechar este rato para algo más... productivo."
Dean escondió su sonrisa tras el vaso de café. "¿Algo cómo qué? ¿Podrías ser más específico, cielo?"
"Sabes bien a lo que me refiero, amor mío." Susurró Castiel quitándole el vaso para ponerlo en el mismo lugar que el otro y bajando su otra mano hasta el bien formado culo del contrario. "No creo que tenga que explicártelo."
El rubio cerró los ojos al sentir la mano de su novio apretar ligeramente pegándole más a él, sintiendo algo duro presionado contra su cadera. Sus mejillas se colorearon de un suave tono rosado al darse cuenta de lo que era.
"Me hago una idea." Murmuró en respuesta antes de tomar al pelinegro de las mejillas y besarle.
El cazador dejó que el ángel le echara sobre la cama cuando avanzaron hacia esta mientras se besaban. Llevaban desde sus breves vacaciones en la playa sin poder tener esa clase de intimidad y los dos tenían bastantes ganas.
Rompiendo el beso, el ser celestial comenzó a desabrochar los pantalones del humano para poder quitárselos. Una vez estuvieron desabrochados los bajó con cuidado disfrutando de la vista.
Dean se quedó mirando las grandes alas negras de su novio por un breve momento.
"Puedo guardarlas si te molestan para esto." Murmuró Castiel antes de empezar a esparcir besos y caricias por la cadera del cazador.
"No, déjalas." Respondió el rubio estirando una mano para acariciar sus alas disfrutando de la atención que estaba recibiendo. "Me gustan."
Sonriendo contra su pálida piel llena de pecas, el ángel hizo un camino de besos subiendo hacia el pecho de Dean. De vez en cuando se detenía en alguna zona concreta, permitiéndose el lujo de dejar pequeños chupetones. Nadie más a parte de ellos dos iba a verlos, pero le gustaba ver aquellas pequeñas marcas de colores resaltando sobre la piel de su novio.
Por las reacciones del humano, sabía que le estaba gustando tanto como a él. El pelinegro bajó una mano por el abdomen de su pareja hasta llegar a su entrepierna ya endurecida, la cual comenzó a acariciar por encima de la ropa interior.
Los suaves gemidos y jadeos que escapaban de los labios del rubio, opacando el ruido de la tormenta, eran música para sus oídos. Su propio miembro latía duro dentro de sus pantalones de pijama mientras él se deleitaba con aquel festín audiovisual.
"Cas, por favor." La necesidad se filtraba en la voz del hombre. "No sigas jugando así conmigo."
Cediendo ante sus súplicas, aunque solo en parte, el ser celestial coló su mano dentro de la ropa interior y la envolvió alrededor de la erección de su novio, comenzando un vaivén lento y tortuoso. Poco a poco iba aprendiendo que hacer para conseguir determinadas reacciones y de vez en cuando le gustaba emplear esos nuevos conocimientos.
Había descubierto que le gustaba hacerle suplicar y rogar por más. Ni siquiera sabía de dónde salía esa parte de sí mismo, pero Dean conseguía sacarla a relucir en su máximo esplendor. Era como una bestia hambrienta en su interior a la que cuanto más alimentaba más salvaje se volvía.
El cazador, por su parte, se mordía el labio inferior tratando de ser silencioso, con la cabeza echada hacia atrás y apoyado sobre sus codos. No quería tener problemas con los de la habitación de al lado.
"Eres precioso." Susurró Castiel mirándole atentamente. Su voz sonaba un poco más grave por la excitación. "Te quiero, Dean." Separando sus piernas, bajó de nuevo y comenzó a besar sus pálidos muslos mientras seguía masturbándole lentamente. "Eres tan hermoso, cariño mío."
Alzando la cabeza para mirarle, el nombrado le sonrió débilmente entre toda aquella neblina de excitación. Después de lo que había pasado el día anterior, tener toda la atención de su ángel mientras este le hacía cumplidos y le decía cuanto le quería hacía que le diera un vuelco el corazón y las lágrimas llenaran sus ojos verdes.
"Yo también te quiero, Cas." Susurró el rubio.
··· ··· ···
Gabriel jugaba con su daga de arcángel mirando a un punto fijo de la estantería que tenía en frente. Había pasado toda la noche en vela vigilando al demonio que habían llevado al búnker y pendiente de la tormenta.
El corte de luz no solo había afectado a la ciudad de al lado, también al propio búnker. Para el arcángel aquello no tenía sentido. El lugar se nutría de fuentes sobrenaturales para abastecerse de energía, lo había comprobado cuando se había ido la luz en mitad de la madrugada.
Para solucionar el tema de la iluminación, puesto que no había ventanas, había hecho aparecer un par de linternas. No tenía ganas de poner patas arriba el lugar en busca de unas.
"Buenos días, Gabriel."
El nombrado alzó la mirada viendo a Charlie entrar a la biblioteca con un pijama de Harry Potter y una taza en la mano.
"Buenos días." Respondió guardándose la daga.
"Veo que seguimos sin luz." Comentó la pelirroja sentándose junto a él. "¿Crees que tardará mucho en volver?"
Gabriel se encogió de hombros pensativo. "Charlie, si te consigo un ordenador funcional, ¿crees que podrías hackear un satélite?"
La chica le miró sorprendida con los ojos muy abiertos. "Bueno, nunca lo he intentado, pero supongo que podría."
"Genial." El rubio se levantó y fue hacia la salida.
Era hora de confirmar si sus sospechas eran ciertas.
