6. Tercer Año: Halloween

Harry había dejado de odiar la clase doble de Pociones desde que ya no se llevaba tan mal con los de Gryffindor y desde que se había vuelto un experto en ignorar las provocaciones de Snape. Además, a pesar del profesor, esa materia le gustaba. Siendo que había aprendido a cocinar desde muy pequeño (la tía Petunia lo había puesto frente a la estufa apenas alcanzó la estatura suficiente), las Pociones se le daban bastante bien gracias a su experiencia picando y mezclando ingredientes. Siendo que Snape podía importunarlo pero jamás le restaba puntos a Slytherin, Harry por lo regular solía trabajar tranquilamente.

Por aquellos días, al grasiento le había dado por obligar a Harry a trabajar en la misma mesa que Ron Weasley y Neville Longbottom, y él tenía que fingir que no se llevaba bien con éstos dos porque lo más probable era que Snape estuviera haciéndolo sólo para fastidiarlo.

Esa tarde Harry se encontraba en su elemento pues estaban elaborando la misma poción que él ya había hecho en Privet Drive para probarla con los Dursley: la solución para encoger. Estaba totalmente concentrado en lo suyo cuando Snape se acercó a revisar sus procedimientos.

El profesor narigón sonrió malévolamente al ver el caldero de Longbottom. Harry se levantó de puntillas para echar un vistazo: la poción, que a esas alturas debería ser de color verde, estaba…

—¡Naranja, Longbottom! —exclamó Snape, levantando la cuchara y vertiendo el contenido en el caldero, para que lo viera todo el mundo. Continuó regañando al chico sin piedad y a Harry casi le dio un poco de lástima. Después de señalarle todos su errores y repetirle varias veces que era un tonto, Snape lo amenazó—: Longbottom, al final de esta clase le daremos unas gotas de esta poción a tu sapo y veremos lo que ocurre.

Neville tartamudeó:

—No-no… no traigo a Trevor conmigo, señor. Esta mañana se me escapó otra vez.

Snape pareció contrariado por unos segundos, pero entonces se fijó en Weasley y los oscuros ojos brillaron con malicia. El chico pelirrojo traía a su rata con él, si es que se podía deducir algo de la larga cola pelona que sobresalía del bolsillo de su túnica.

—Muy bien. Entonces usaremos la rata de Weasley como sujeto de pruebas, porque estoy convencido de que te ha dejado que hagas mal tu poción para verse bien él, ¿cierto, Weasley? Así que, si no te queda como debe ser… Ya lo comprobaremos —Snape sonrió horriblemente.

Antes de que nadie pudiera reclamar, Snape se alejó a seguir torturando a otros Gryffindor, dejando a Longbottom sin respiración y a Weasley boquiabierto por el azoro. Weasley miró la poción naranja de Neville y casi se pone a llorar.

—¡Scabbers va a morir! ¡Neville, más te vale que la arregles! ¡Y pensar que hoy me traje a Scabbers a clases porque el gato de Hermione no la dejaba en paz! —Miró hacia Harry y a su poción perfecta y le suplicó en voz baja—: ¡Potter! ¿Tú sabes prepararla, cierto? ¡Ayúdale a Neville, por favor!

Harry estuvo a punto de preguntarle "Claro, pero, ¿a cambio de qué?", pero entonces recordó que Weasley le había conseguido la firma falsa para su permiso a Hogsmeade. Además, que Weasley estuviese en deuda con él podía convenirle en un futuro. Y por si fuera poco, él ya tenía un máster preparando esa poción y estaba casi aburrido. No perdía nada con ayudar.

—De acuerdo, pero sean discretos. Que Snape no se entere.

—¡Te debo una, Potter, en serio! —masculló Weasley, casi llorando de agradecimiento—. ¡Scabbers tiene doce años en la familia, imaginarás lo que significa para mí!

Harry arqueó las cejas; no tenía idea de que las ratas podían vivir tanto, pero, ¿quién era él para discutir acerca de una mascota de una familia de magos? Negó con la cabeza, suspiró y, ante el alivio de los dos chicos de Gryffindor, comenzó a murmurarles instrucciones.

—A ver, Longbottom. —Harry echó un vistazo al caldero del chico y luego volvió a leer los ingredientes y las instrucciones que estaban escritos en el pizarrón. Hizo un rápido cálculo mental y dijo—: Creo que bastará con agregarle más raíces de margarita bien cortadas y calentarlo hasta hervir a fuego alto durante unos cinco minutos. Con eso se contrarrestará el exceso de jugo de sanguijuela y se equilibrará... Espero.

Le pasó un puño de raíces a Weasley y éste se puso a cortar a toda prisa mientras Longbottom subía la intensidad de la flama.

—Si esto resulta, Scabbers y yo quedaremos en deuda contigo para siempre, en serio, Potter —dijo el pelirrojo.

Siguieron así durante un rato: Harry dándoles indicaciones y ellos dos trabajando a marchas forzadas, hasta que la pócima quedó comestible y funcional. Ante el desencanto de Snape y de muchos estudiantes que querían ver sangre, la rata no murió envenenada cuando el profesor le administró unas gotas de la poción. Lo único que pasó fue que se convirtió en una pequeña cría de rata que luego volvió a su edad y tamaño normal a un golpecito de la varita de Snape.

Obviamente, Snape no podía saber con certeza que había sido Harry quien les había ayudado a los dos chicos de Gryffindor, pero lo asumió de todas formas para desquitar con alguien su furia. Como era incapaz de restarle puntos a su propia casa por más que odiara a su estudiante rebelde, se vengó de otra manera:

—Ya que el señor Potter disfruta tanto de ayudar altruistamente a otros, se quedará al final de la clase a lavar todos los calderos y los demás utensilios en la pileta del fondo. Sin magia. Los demás, pueden irse.

Weasley y Longbottom titubearon al ver a Harry castigado. Weasley se ofreció a quedarse a ayudarlo, pero Harry no tenía intención de cobrarle así de fácil la deuda.

—Está bien, Weasley. Puedo hacerlo solo. Ya me lo agradecerás en otra ocasión —le dijo y vio que Hermione, un par de mesas alejada de ellos, ponía los ojos en blanco y meneaba la cabeza.


La mayoría de los estudiantes habían hecho desastres con sus pociones, lo que ocasionó que Harry demorara horas en terminar de lavar los calderos pues tenían todo tipo de sustancias quemadas y pegoteadas en sus superficies. Mientras trabajaba, se distrajo pensando en los sitios que visitaría en Hogsmeade junto a Malfoy el día de Halloween.

Sonrió al imaginarse a solas paseando con él. Desde aquella ocasión en la que se había atrevido a tocarle un mechón de su cabello, los dedos le picaban por las ganas de hacerlo de nuevo. Dudaba mucho volver a tener la valentía para animarse a algo semejante, pero… Todo podía ser.

Había creído que Snape lo había dejado a solas en la mazmorra porque había pasado bastante rato y ya no se escuchaban ruidos, así que cuando terminó de limpiar y salió del área de lavado secándose las maltratadas manos con un paño, se sorprendió al descubrir que su profesor continuaba ahí ante su mesa de trabajo.

Snape también parecía haber olvidado que Harry estaba ahí y ni cuenta se dio de que éste salía del área de la pileta.

Harry podía haberse escurrido hasta la puerta para salir a toda prisa sin ser visto, pero su mochila continuaba en su silla muy cerca del profesor. No tuvo más remedio que caminar hacia ahí.

Snape no lo escuchó acercarse. Estaba pesando ingredientes en una delicada balanza y tenía ambos brazos al descubierto pues trabajaba con la túnica remangada. Harry se quedó de una pieza al notar que el jefe de su casa tenía dos tatuajes, uno en cada antebrazo. Tuvo tiempo suficiente para fijarse bien: el del brazo izquierdo era uno bastante macabro de una calavera con una serpiente saliendo de la boca y, en el brazo derecho, Snape tenía otro mucho más bonito de un animal… aparentemente… ¿un ciervo? No, una cierva, pues no tenía cornamenta.

Harry arqueó las cejas con sorpresa. Nunca habría pensando en Snape como alguien adepto a tatuarse. ¿Tendrían algún significado?

Intentando no hacer ruido para no ser descubierto, tomó su mochila lentamente. No obstante, movió la silla un poco y el leve sonido resultante bastó para atraer la atención del profesor, quien se alteró bastante al ver a Harry.

Snape pegó un respingo y de inmediato se bajó las mangas para ocultar lo que Harry de todas maneras ya había visto.

—¡POTTER! ¿Qué haces todavía aquí? ¿APENAS TERMINASTE? ¡Diez puntos menos para Slytherin por tu lentitud! ¡LÁRGATE AHORA MISMO!

Harry, asombrado de la reacción del profesor (es que, de veras, por más que hiciera enojar a Snape éste jamás le había quitado puntos antes), se echó la mochila al hombro y salió pitando de ahí, preguntándose por qué aquellos tatuajes eran, por lo visto, algo sumamente prohibido para sus ojos. Sonrió al pensar que tal vez eso era algo que podía utilizar más adelante para chantajear al narigón.

Tendría que preguntarle a Hermione a ver si ella sabía algo.


La mañana del día de Halloween, resultó que Snape atrapó a Potter al darse cuenta de que su permiso tenía una firma falsificada, así que Draco, quien sólo se había animado a ir a Hogsmeade porque le entusiasmaba hacer de guía de turistas de alguien que no conocía el pueblo, se decepcionó bastante.

Y si Draco se sentía desilusionado, Potter se veía peor.

Ahí estaban los dos a las afueras del castillo, cara a cara, sintiéndose frustrados, mientras todos los demás estudiantes de tercero se preparaban para irse de excursión. Potter, vestido con unas ropas muggles que no le quedaban tan mal como de costumbre, había salido sólo para avisarle a Draco que no podría ir.

—Lo siento, Malfoy —susurró—. Snape está especialmente furioso conmigo porque el otro día en las mazmorras hice algo que le molestó, así que supongo que esta es su manera de desquitarse. No sé como habrá podido sospechar que la firma era falsa, pero el maldito le aplicó un encantamiento revelio especial y se dio cuenta. Ya te imaginarás la cara de satisfacción que puso al negarme la salida, el jodido grasiento.

Draco intentó fingir que, por su parte, no le importaba. Se encogió de hombros.

—Yo lo siento por ti, Potter. Pero no te entristezcas tanto, ya tendrás otras oportunidades en el futuro. Aunque, si me lo preguntas, Snape es tonto. Con lo mucho que te detesta, más le valdría dejarte ir a Hogsmeade a ver si Black te descubre y te liquida de una vez... mira el ofertón que se está perdiendo, el muy imbécil —intentó bromear.

Potter sonrió por primera vez en todo ese rato. Miró a Draco durante unos segundos sin decir nada, de modo particularmente intenso. Draco carraspeó, nervioso.

En eso, Hermione pasó junto a ellos. Potter la vio y le habló:

—¡Ey, Hermione! Hay algo que quiero consultarte, a ver si luego tenemos tiempo de charlar, ¿de acuerdo?

—¿No vas a ir a Hogsmeade? ¿No pudiste engañar a Snape? —preguntó ella con cara de "te lo dije".

Harry negó con la cabeza.

—No, pero no importa. Ya me las cobraré con él después. ¿Van a ir juntos ustedes dos? —les preguntó a Hermione y a Draco. Ella negó y se sonrojó un poco. Miró a Draco con aprensión.

—No, no. Como yo pensé que Draco iba contigo, me puse de acuerdo con Ron para ir con él —echó un vistazo hacia donde el pelirrojo estaba esperándola—. Pero si quieres venir con nosotros, Draco, puedo decirle a…

Draco dio un paso hacia atrás, moviendo las manos en un gesto negativo. Él sabía perfectamente que los Weasley odiaban sus huesos tanto como él odiaba que la gente pensara que era tonto.

—No se preocupen por mí. Puedo unirme a Anthony y las chicas —dijo e hizo un movimiento de cabeza hacia donde estaban Padma, Lisa y Anthony charlando animadamente.

Potter frunció el ceño y pareció enfurruñarse de nuevo.

Draco se sentía muy apenado. Pero, ¿qué podía hacer para ayudarlo? De cierta manera, quizá las cosas eran mejor así. De ese modo, Potter no se arriesgaría a que de verdad Black lo atrapase en el pueblo. Draco se hubiera quedado de buena gana a acompañarlo en Hogwarts; él ya conocía Hogsmeade al revés y al derecho y en verdad no necesitaba ir de nuevo. Sin embargo, no se atrevió a sugerirlo porque presentía que no ayudaría en nada. Después de todo, lo que Potter quería era ir a Hogsmeade, no pasar tiempo con él.

Sintiendo tristeza por la oportunidad perdida, Draco suspiró.

Hermione y él se despidieron de Potter y se marcharon al pueblo junto con todos los demás.


Después de dar una vuelta por el pueblo con sus tres amigos de Ravenclaw y de realizar algunas compras, Draco tuvo suficiente. Se despidió de sus acompañantes y volvió sobre sus pasos de regreso al castillo con la secreta esperanza de encontrarse con Potter y pasar el resto de la tarde con él.

Cerca del límite entre el lago y el bosque, se topó con un grupo de niñas de Ravenclaw que tenían a otra niña tirada sobre el polvoriento suelo; estaban tratando de quitarle los zapatos y se reían de ella con crueldad.

—¡Ey! ¿Qué se supone que están haciendo? —exclamó Draco al llegar hasta ellas. Las niñas, apenas un poco más pequeñas que él, lo miraron intimidadas y salieron corriendo, dejando abandonada su intención de dejar descalza a su víctima.

Era Luna Lovegood. Estaba toda sucia y despeinada (sí, más de lo habitual) pero era inconfundible. Draco puso los ojos en blanco. Típico de Luna meterse en ese tipo de problemas.

No obstante sus ganas de sentir desprecio por la niña, Draco se vio inundado por un sentimiento de compasión. Se acercó a ella y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

—¿Estás bien? ¿No te lastimaron?

Lovegood se levantó sonriente y tranquila, como si unos segundos antes otras niñas no hubiesen estado revolcándola contra la tierra.

—Estoy bien, gracias, qué amable en preguntar. Lo que ellas querían era mi calzado. Yo intenté convencerlas de que podía dárselos allá en la sala común, no aquí en los terrenos, pero no me hacían caso. Menos mal que llegaste tú.

Luna suspiró y con la mano se sacudió la tierra de la túnica. Draco la miró unos segundos y le preguntó:

—¿Por qué dejas que te traten así?

—¿Así, cómo?

Draco puso los ojos en blanco. Esa niña era caso perdido.

—Olvídalo. Ven, acompáñame de regreso al castillo. Yo acabo de regresar de Hogsmeade; la verdad es que ese sitio apesta y me aburrí horrores, por eso regresé temprano. ¿Tú lo conoces?

Draco tuvo tiempo de sobra para arrepentirse de sus actos caritativos y de sacarle conversación a Luna pues ésta se lo pasó todo el camino enumerándole las criaturas mágicas (imaginarias) que podían encontrarse en Hogsmeade y sus alrededores y cuya existencia volvía al pueblo el lugar más interesante de Inglaterra.

Draco, ocupado como estaba echando vistazos a su alrededor para ver si localizaba a Potter, casi no le prestó atención.

Para su enorme decepción, Potter no se veía por ningún lado: ni en los terrenos, ni en el vestíbulo, ni en el Gran Comedor. Draco imaginó que estaría encerrado en la sala común de Slytherin y eso lo deprimió. Tendría que esperar al banquete para volver a verlo.

Luna y él se encaminaron rumbo a la torre de Ravenclaw. De pronto, al doblar en un corredor, se toparon frente a frente con el profesor Snape, quien, con actitud sospechosa, llevaba una copa enorme entre la manos.

Snape reaccionó como si lo hubieran cogido con las manos en la masa: miró a los chicos con recelo e incluso intentó esconder la copa a su espalda. Esa actitud provocó que Draco se sintiese inmediatamente suspicaz. Pudo notar que la copa estaba llena de una poción que desprendía humo de tenue color azulado y que apestaba escandalosamente a acónito.

Draco abrió los ojos como platos. Él sabía muy bien qué era esa poción.

Snape pareció darse cuenta de la reacción de Draco y sonrió enigmático. Arqueó una ceja y miró a los dos chicos de Ravenclaw con desprecio.

—Profesor Snape, buenas tardes —lo saludó Luna, a quien no parecía importarle que Snape los tratase con aquella mala educación—. ¿Usted también piensa que Hogsmeade no vale la pena? ¿O por qué no ha aprovechado el día de asueto para bajar al pueblo como todos los demás profesores? Debe ser aburrido quedarse a solas en semejante castillo, ¿no?

Snape, sin dejar esa media sonrisita que daba verdadero miedo, respondió:

—No soy el único profesor en el castillo, Lovegood. El profesor Lupin tampoco a ido al pueblo, lo pueden encontrar en su despacho. Por cierto, para allá mismo me dirijo en este justo momento a entregarle esta poción que debe beber de inmediato. Así que, dejen de estorbar y muévanse a un lado. —Snape pasó entre ellos pero entonces pareció acordarse de algo. Se detuvo y miró a Draco—. A tu padre va a darle tanto gusto saber que estás incrementado tu… selecto círculo de amistades, Malfoy. Ya me encargaré de contárselo.

Le hizo una mueca desagradable y Draco tuvo que tragarse sus ganas de decirle que se metiera por el culo sus opiniones acerca de él y de sus amistades.

Snape les dio la espalda y se marchó ondeando su túnica. Draco lo miró irse, sabiendo exactamente qué era lo que Snape acababa de decirles sin decirlo expresamente. Se giró hacia Luna, quien caminaba canturreando a su lado y se preguntó si ella no se habría dado cuenta o si sólo fingía demencia.

A Draco le parecía que era más lo segundo.


Antes del regreso de los demás estudiantes de Hogsmeade, Draco tuvo un rato para pensar en lo que acababa de descubrir (o mejor dicho, en lo que Snape casi les había gritado con tanto descaro). Aquella poción que había llevado en las manos era la famosa y muy difícil de preparar "pócima matalobos", cuyo ingrediente principal era el acónito. Si la había preparado para Lupin, eso sólo significaba una cosa.

Lupin era un licántropo.

Eso explicaría su apariencia descuidada y enferma, sus ausencias mensuales y la falta de un buen guardarropa. Los licántropos eran apestados sociales y nunca nadie les daba trabajo en ningún lado. Bueno, por lo visto a Dumbledore no le importaba su peligroso estado mensual y lo había contratado de todas formas como profesor, ni más ni menos.

Draco le dio varias vueltas a esa novedad en su cabeza, deseando poder ver a Hermione para hablar con ella del asunto. Se preguntó si debía escribirle a su padre para contarle, pero al final decidió que no.

Lupin le caía bien y era un excelente profesor. Con él estaban aprendiendo lo que no habían aprendido en los dos años anteriores en Defensa contra las Artes Oscuras y de verdad no quería perjudicarlo. Podría ser un hombre lobo algunos días al mes, pero seguramente Dumbledore lo tenía todo controlado y no resultaba peligroso, ¿o no?

Lo que le intrigaba era el motivo por el que Snape les había soltado aquella información. Seguramente Dumbledore les había pedido a los profesores que mantuvieran el secreto, ¿entonces? Para Draco, era evidente que Snape quería que la licantropía de Lupin saliera a la luz y éste se viese perjudicado.

Una razón más para no darle gusto, pensó Draco. Después de todo, cualquier cosa planeada por Snape no puede ser algo bueno, ¿o sí?

Así que decidió que no diría nada a nadie y que, por el momento, Snape se quedaría con las ganas de ver que despidiesen a Lupin de su trabajo.


Cuando bajó al banquete, Draco se dio cuenta de inmediato que esa noche ya no podría hablar con Potter. Éste lo saludó desde su mesa, pero no hizo ningún intento por acercarse. Rodeado de sus compinches de Slytherin e incluso de algunos Gryffindor, Potter se veía contento. En la mesa frente a él había montones de golosinas y regalos que todos ellos le habían traído del poblado.

Draco arrugó el gesto y decidió no darle lo que él le había comprado. Potter ya tenía demasiados fans; no necesitaba de uno más. Intentó no sentirse demasiado desalentado ante el hecho de que aquel día, cuando se suponía Potter y él pasarían mucho tiempo juntos, al final hubiese terminado con cero convivencia entre los dos.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para intentar disfrutar la cena. No comprendía por qué Potter y todo lo relacionado con él le importaban tanto. Se regañó a él mismo al darse cuenta de que Potter estaba interfiriendo demasiado en su paz mental: quizá le convenía alejarse un poco del chico de Slytherin para volver a ser él mismo y preocuparse sólo de sus asuntos.

Tomada esa resolución, se obligó a dejar de echar vistazos hacia Potter y se sintió mucho más tranquilo.

Cuando terminó el banquete, los de Ravenclaw regresaron a la Torre Oeste para entrar a su sala común. Estaban por ingresar a sus dormitorios cuando los prefectos los detuvieron y, sin dar mayores explicaciones, los devolvieron al Gran Comedor. Los de Gryffindor ya estaban ahí cuando llegaron las otras tres casas.

Hermione corrió hacia Draco.

—¡Draco! Ven, busquemos a Harry. ¡Necesito contarles lo que acaba de ocurrir en la Torre de Gryffindor! —le susurró ella mientras tomaba a Draco de la mano y lo alejaba de sus compañeros de Ravenclaw—. ¡Lo siento, Goldstein! —se disculpó ella con el otro chico, que sólo los miró irse.

Buscaron a los de tercero de Slytherin entre la confundida multitud de estudiantes. Encontraron a Potter y a sus amigos y Hermione le hizo lo mismo que a Draco. En un momento, la chica los tenía a ambos tomados de la mano y los arrastró por el Gran Comedor hasta que encontraron un rincón donde podían hablar sin ser escuchados por los demás.

—¡Harry, ha sido Sirius Black! ¡Por eso nos trajeron aquí!

Draco se horrorizó:

—¿QUÉ?

Bueno, ahí podía despedirse de su resolución de no preocuparse más por cosas relacionadas a Harry Potter, bendito Merlín.

—¿Sirius Black? —repitió Potter, quien también pareció asustarse ante la noticia, aunque no tanto como Draco.

—¡Sí! ¡De algún modo, consiguió entrar al castillo e intentó ingresar a nuestra sala común! Como la Dama Gorda no lo dejó entrar, dañó su retrato con un…

Se interrumpió porque Dumbledore comenzó a hablar en voz muy alta. Todos los estudiantes lo escucharon informarles que tendrían que pasar la noche ahí "por su propia seguridad" mientras los profesores rastreaban en el castillo. No especificó que estuviesen buscando a Black, pero los de Gryffindor ya les habían informado eso a todos los demás y en cuestión de segundos aquello era un secreto a voces.

Antes de marcharse, Dumbledore agitó su varita y apareció centenares de sacos de dormir de color rojo. Draco y Potter arrugaron el gesto ante la elección de color.

Draco tomó un saco e intentó alejarse de Potter y Hermione, pero ésta no se lo permitió.

—¿A dónde vas? ¡Duerme junto a nosotros! Podemos aprovechar para charlar. ¿No me dijiste hace rato durante el banquete que tenías algo urgente que contarme?

Draco se cohibió ante la mirada curiosa de Potter. Había estado pensando las cosas y decidió que no era tan buena idea que Potter supiera que Lupin era un hombre lobo, ¿o sí?

—Yo…

Para su buena suerte, los compinches de Potter de Slytherin llegaron hasta ellos en ese preciso momento.

—Harry, los prefectos están a punto de apagar las velas. Vamos a acomodarnos para dormir —dijo Parkinson y miró a Hermione y a Draco con desprecio—… lejos de donde apeste a cerebrito.

Crabbe y Goyle estallaron en estúpidas carcajadas. Zabini rodeó los hombros de Potter con un brazo y tironeó de él. Potter apenas sí tuvo tiempo de despedirse cuando sus amigos se lo habían llevado; Draco los miró acomodarse en un sitio bastante alejado de ellos.

Suspiró con resignación. Hermione y él apenas se habían metido en sus sacos de dormir cuando el Gran Salón se oscureció y los prefectos les demandaron silencio.

—¿No te parece absurdo que Black haya intentado entrar a la sala común de Gryffindor cuando se supone que anda tras Potter? —le susurró Draco a Hermione.

A pesar de la oscuridad, casi pudo notar cómo la silueta de su amiga se encogía de hombros.

—No lo sé, ¿será acaso que no se enteró que Harry salió sorteado en Slytherin? Quizá concluyó que estaba en Gryffindor como sus padres…

—Bueno, eso podría ser.

—¿Qué era lo que ibas a contarme? ¡Anda, me tienes en ascuas!

Draco se sentó y se acercó más a Hermione. Le susurró todavía más bajo:

—Pero es un secreto enorme. Prométeme que no se lo contarás a nadie, ni siquiera a Potter.

—De acuerdo.

—El profesor Lupin es un licántropo —dijo Draco, y entonces procedió a narrarle lo que había visto hacer y decir al profesor Snape. Al terminar, vio que Hermione, aun con la boca abierta, asentía con la cabeza.

—Yo ya lo había pensado también pero no quería creerlo… ¡Esas ausencias suyas justo alrededor de la luna llena eran tan sospechosas! Pero, Draco, ¿por qué no quieres que se lo cuente a Harry…?

Draco negó.

—¿Estás loca? ¿Él, un miembro de Slytherin, la casa más purista y discriminadora de todas? No sé, pienso que es mejor no darle la tentación de que lo delate, ¿no crees?

Hermione no estuvo muy de acuerdo, pero como ya le había dado su palabra, no tuvo alternativa.

Los chicos dejaron de charlar y el sueño comenzó a ganarle a Draco. Después de todo, había sido un día agitado. No obstante, se dio cuenta cuando Dumbledore entró de nuevo, se acercó hacia un punto próximo y se encontró con Snape. Comenzaron a charlar, ajenos a que Draco estaba oyendo todo muy atentamente.

—¿Se acuerda, señor director; de la conversación que tuvimos poco antes de… comenzar el curso? —preguntó Snape entre dientes.

—Me acuerdo, Severus.

—Parece... casi imposible... que Black haya podido entrar en el colegio sin ayuda del interior. Expresé mi preocupación cuando usted señaló...

—No creo que nadie de este castillo ayudara a Black a entrar —zanjó Dumbledore casi de mala gana. Snape no volvió a decir nada y ambos profesores se alejaron.

Aquello dejó pensando a Draco durante bastante rato. Snape, por lo visto, odiaba a Lupin quizá tanto como odiaba a Potter y estaba intentando por todos los medios que los estudiantes se dieran cuenta de que era un hombre lobo. Así que si venía y le decía al director que sospechaba que alguien de adentro del castillo estaba ayudando a Black, para Draco era obvio que se estaba refiriendo a Remus Lupin. El único misterio era el motivo por el que Lupin podría querer ayudar a Black, ¿no?

Antes de envolverse dentro de su saco para dormir, Draco le echó una última mirada a Potter. Éste, rodeado de todos sus amigos, no parecía en absoluto preocupado por el asesino que andaba tras él, pues ya estaba roncando a pierna suelta.

Draco, al verlo así, sonrió a su pesar. Suspiró, negó con la cabeza y también se quedó dormido.


Durante la siguiente semana no se habló de otra cosa en el castillo más que de Sirius Black y su irrupción al colegio. Y eso sólo provocaba que, a su vez, Draco no dejara de pensar en cuál podría ser la conexión de Black con Lupin. Las sospechas que tenía sobre Snape se vieron incrementadas cuando éste sustituyó a Lupin en sus clases de Defensa Contra las Artes Oscuras y los hizo estudiar a todos el tema de los hombros lobo. Qué casualidad.

Draco y Hermione, mirando entre ellos en mutuo entendimiento, esperaban que nadie más uniera los puntos y se diera cuenta.

El sábado se jugó el primer partido de quidditch de la temporada. Draco realmente no tenía ganas de ir al estadio pues el cielo estaba cayéndose a pedazos, pero su puesto de reserva en su equipo lo obligaba a ser un espectador activo en todos los partidos. Esa tarde (que casi parecía noche por la oscuridad causada por las densas nubes de lluvia) jugaba Slytherin versus Gryffindor.

Draco, Anthony, Padma y Lisa iban por los corredores hacia las puertas del castillo cuando vieron al equipo de Slytherin emerger de una puerta que comunicaba al vestíbulo con las mazmorras.

Draco pasó saliva, sintiéndose un poco descolocado sin entender por qué. Ese año escolar, el uniforme de quidditch había sufrido algunas modificaciones leves pero notables, como, por ejemplo, los pantalones eran negros en vez de color claro. Eran… más sexys, por decirlo de algún modo (o al menos eso era lo que decían las chicas de grados mayores).

Potter definitivamente ya no se veía como un niño y menos enfundado en aquella ropa. Draco pensó durante una milésima de segundo en la palabra atractivo, pero la desechó enseguida antes de que su cerebro la procesara.

Los del equipo de Slytherin apenas sí voltearon a ver a los chicos de Ravenclaw, a excepción de Potter, quien les sonrió y los saludó con la mano.

Entonces, Draco vio a Potter con sus estúpidas gafas, vio la tormenta que caía afuera y se le ocurrió algo.

—¡Potter, espera! ¡Tengo algo que decirte! —lo llamó y caminó aprisa hacia él, dejando atrás a sus amigos de Ravenclaw. Todo el equipo de Slytherin se giró hacia Draco, quien se cohibió un poco ante tantas miradas desconfiadas. Potter sonrió ampliamente y les dijo a sus compañeros que los alcanzaba enseguida.

—¿Qué pasa? ¿Vas a darme un beso para la buena suerte? —dijo Potter en voz muy alta, como si quisiera que Anthony, Padma y Lisa lo escucharan.

Éstos escucharon, en efecto, y las dos chicas estallaron en risitas tontas.

Draco casi se ahoga con su lengua.

—¡¿Qué?¡ ¡No digas tonterías! Por Merlín, de veras que a veces eres tan idiota… Mira, tengo una idea.

Le apuntó con la varita directo a la cara. Potter reculó un poco, pero no se amedrentó. "Qué estúpidamente valiente es", pensó Draco meneando la cabeza. "De veras que tiene tanto de Gryffindor"…

Así de cerca como estaban, Draco podía apreciar lo verdes que eran los ojos de Potter y lo negro de sus pestañas. Sintió que el sudor le picaba en la nuca y más cuando Potter le sonrió y susurró muy bajito:

—¿Qué es lo que vas a hacerme, Draco Malfoy?

Draco no podía entender por qué se sentía tan alterado.

—Cállate, Potter, me sacas de concentración —lo regañó, fingiendo que estaba enojado. Se enfocó en las gafas del chico y murmuró—: ¡Impervius! Listo. Con esto, tus anteojos repelerán el agua. No sé cómo a nadie de tu casa se le había ocurrido, ¿cómo piensan que encontrarás la snitch en medio de este diluvio si no puedes ver una mierda?

Potter pestañeó y luego soltó una suave carcajada.

—¿Será porque nadie, en ninguna otra casa, es tan inteligente como tú? Muchas gracias, Malfoy. Te dedicaré mi triunfo de hoy —susurró con una tremenda sonrisa presuntuosa antes de alejarse para reunirse con los de su equipo.

Draco puso los ojos en blanco pero no pudo negar que se sintió demasiado halagado. Potter sí que sabía decir lo que la gente quería escuchar, típico Slytherin.

Padma y Lisa no dejaban de reírse.

—¿Qué les pasa a ustedes dos, cuál es la gracia? —les preguntó Draco cuando ellas y Anthony lo alcanzaron y retomaron su camino hacia el estadio.

—Ay, Draco —dijo Anthony entonces—. ¿Y de veras eres un Ravenclaw?

Draco lo miró con enojo.

—¿Qué se supone que significa eso?

Pero, para su molestia, Anthony no se quiso explicar.


El partido fue un completo desastre no sólo por el mal tiempo, sino porque a los dementores se les ocurrió colarse sin boleto.

Sucedió justo cuando Potter estaba a punto de ganarle la snitch a Ginny Weasley (la revelación del equipo de Gryffindor de ese año). La espeluznante y helada presencia de cientos y cientos de dementores en el campo de juego ocasionó que Potter volviera a desmayarse como en el tren y se cayera de su escoba.

Durante aquellos segundos que duró su caída y que se sintieron eternos, Draco no pudo evitar ponerse de pie y exclamar un grito ahogado junto con todos los demás espectadores. Fue una suerte que Dumbledore estuviese ahí para amortiguar su caída.

Draco pasó toda la tarde dominado por una enorme y aplastante angustia, preguntándose una y otra vez qué habría pasado si Dumbledore no hubiera estado ahí para salvar a Potter.

No podía negar que ese chico le importaba más de lo que era sano.


Draco tuvo que infringir las normas y entrar a la enfermería a deshoras de la noche del sábado porque los visitantes de Harry El Popular Potter no dejaron de desfilar durante todo el día.

—Espero que aprecies esto, Potter. Mira que estoy arriesgándome a un castigo sólo para venir a visitarte...

Potter estaba pálido y triste. Draco supuso que era por la derrota de su equipo (pues Ginny Weasley había cogido la snitch dándole la victoria a Gryffindor) y la pérdida de su escoba, la cual había sido despedazada por el Sauce Boxeador. Además, tenía la cara golpeada y llena de rasguños. Era deprimente verlo así.

—Hola, Malfoy —lo saludó Potter con desgana y sin sonreír.

Draco se sentó a su lado en una silla que estaba junto a la cama. Carraspeó, incapaz de iniciar una conversación. Ahora que estaba ahí no sabía qué decir. Quizá Potter lo notó, porque comenzó a platicarle:

—¿No te conté que el otro día también Snape me advirtió de Sirius Black? Ya es la tercera persona en decírmelo después de ti y del señor Weasley. Lo bueno es que era un secreto, ¿cierto? Imagínate si no lo fuera —dijo bajito y sonrió.

—¿Snape te advirtió de eso? Qué raro. Cualquiera creería, con lo mucho que te odia, que le daría gusto que Black te pusiese las manos encima.

—¿Verdad? Yo tampoco entiendo.

—Quizá te lo dijo para hacerte sufrir y que estuvieses nervioso.

Potter asintió y añadió:

—Me pareció extraño que también me dijera que tuviera cuidado con el profesor Lupin. Me insinuó que podría estar coludido con Black. Cuando le pedí explicaciones, sólo sonrió y me sacó de su despacho, el muy cabrón. De todas formas, así como va el año, creo que primero van a matarme los dementores que Sirius Black —dijo y se rió con cansancio.

Draco lo miró durante unos segundos, recordando el asunto "licántropo" de Lupin y sintiendo remordimientos por no habérselo contado a Potter, pero es que de veras le asustaba que el chico no se lo tomara a bien e hiciera un escándalo que resultara en el despido del mejor profesor de Defensa contra las Artes Oscuras que habían tenido hasta el momento. Decidió dejar las cosas como estaban.

Carraspeó antes de decir:

—¿Este asunto con Black no…? ¿No te… asusta?

Potter se encogió de hombros y dejó caer la cabeza en la almohada.

—Pues, lo normal, supongo. No es que esté intentando fingir que no me importa, pero… no lo sé, intento mantenerme distraído con otras cosas, como el quidditch y… —se interrumpió, mirando fijo hacia Draco con los ojos brillantes—… otras cosas —finalizó y carraspeó. Los dos chicos se quedaron en silencio durante un momento y Potter prosiguió, dándole a Draco una sonrisita ladeada—: Como sea, gracias por lo del encantamiento en las gafas. Lástima que al final no me sirviera de nada. Si no hubiese sido por los dementores... —Frunció el gesto—. No sé por qué... No entiendo por qué yo...

Negó con la cabeza y se silenció. Draco entendió exactamente qué era lo que le preocupaba. Meneó la cabeza. ¿En serio sería él quien tenía que darle un poco de confort al mismísimo Harry Potter? Pues bueno, que así fuera.

—Potter, si lo que te preocupa es pensar que eres más débil que los demás porque los dementores te afectan así, tengo que decirte que no es por eso. Mira, después de lo que nos pasó en el tren cuando subió aquel dementor, me puse a leer cuanta literatura encontré del tema. Y según lo que leí, averigüé que los dementores afectan más a las personas que han vivido eventos traumáticos o más tristes de lo normal. Y tú... Bueno, todos sabemos lo que tú viviste cuando apenas tenías un año de edad. Lo que has vivido desde entonces. En el rubro de tragedias e intentos de asesinato, eres campeón. Es por eso que los dementores te provocan desvanecimientos. A todos nos afectan, pero a ti más. Por eso. Por… por lo que has experimentado. Con Quien-No-Debe-Ser-Nombrado y todo eso…

Draco lo miró significativamente y no dijo más. Esperaba que Potter entendiera porque no pensaba explayarse. Afortunadamente, Potter sí pareció comprenderlo. Apretó la mandíbula y dijo:

—Debe ser... debe ser por eso que lo que escucho es la voz de... Mm. Olvídalo. —Miró hacia Draco—. Gracias, Malfoy. No tenía idea de eso. Oye, y ya que leíste tanto del tema, ¿de casualidad no sabrás cómo repeler a los dementores? Sé que existe algo, Pansy y Blaise me dijeron que Lupin lo hizo en el tren, pero… no sé cómo, no me lo explicaron.

Draco miró a Potter con asombro.

—¿Estás hablando en serio? ¿De verdad no sabes de los patronus?

La mirada curiosa y abierta de Potter respondió su pregunta. El chico negó con la cabeza y se sentó sobre la cama, ansioso por saber. Draco recordó entonces que, a pesar de su estatus de mago de sangre mestiza, Potter había sido criado por muggles, era obvio que no supiera. Pero lo que le asombraba era que ninguno de sus amigos de Slytherin le hubiesen hablado de ello antes.

Feliz de poder compartir sus conocimientos con Potter, de entre toda la gente, Draco le explicó:

—El patronus es un encantamiento defensivo muy poderoso y es lo único que puede repeler a los dementores. Es magia blanca muy avanzada que incluso a magos y brujas adultos les cuesta; de hecho, hay gente que nunca aprende a conjurarlo. Y no sólo son la única arma contra los dementores, los patronus son también especiales y únicos. Si el ejecutante es lo suficientemente poderoso, se forma lo que se llama un patronus corpóreo con la forma de algún animal según la personalidad del mago.

Potter se veía entusiasmado.

—¡Eso debe ser lo que hizo Lupin! Y también Dumbledore en el estadio. Hermione me dijo que les lanzó algo plateado.

—Sí, los patronus son plateados. En el tren, Lupin convocó un patronus que no tenía forma, pero fue suficientemente fuerte para ahuyentar a un dementor. El de Dumbledore sí era más poderoso y tenía forma de fénix. Y además... Bueno... esto es un tanto cursi, pero en el mundo mágico existen las almas gemelas. Si te aparece el tatuaje de un animal en tu brazo derecho, quiere decir que ese es el patronus de la persona que está destinada a ti. A muchos nunca les aparece esa marca por lo mismo que el patronus no es algo que pueda ser convocado por cualquiera.

—A ver, a ver —lo interrumpió Potter, sentándose muy derecho sobre la cama—. Nunca oí nada como eso. ¿Cómo es posible que he pasado más de dos años en el mundo mágico y nunca nadie me lo había contado?

Draco se encogió de hombros.

—¿Porque es ridículo y anticuado? El punto es que en tiempos actuales no es de gran relevancia. Como te dije, a mucha gente nunca les aparece la marca, y a otros, aunque les aparezca, terminan sin darle importancia y se casan con quien les da la gana o con quien deben, sea su alma gemela o no.

Potter pareció decepcionado ante eso. Draco se acordó de Hermione y sonrió. Aparentemente, a los hijos de muggles y a los criados por éstos que nunca habían tenido contacto con el mundo mágico, este tema de las almas gemelas les emocionaba mucho más que a los de familias de magos.

—¿Y qué pasa si no te casas con tu alma gemela? —preguntó Potter—. ¿No te quedas triste para siempre o algo así de trágico?

Draco quiso sonreír más, pero se contuvo. Le parecía increíble que Potter se preocupara tanto por ese tema. Nunca lo imaginó así de... romántico.

—Supongo. No lo sé. Mis padres sí son el alma gemela el uno del otro y... Bueno, no siempre están felices en su matrimonio. A veces incluso se llevan bastante mal. Después de todo, no sólo de amor vive el mago, ¿no crees? También hay otras cosas más pragmáticas.

Potter puso los ojos en blanco.

—Uf, ha hablado Malfoy el Ravenclaw. Y tú… ¿Tú no piensas buscar a tu alma gemela, si es que acaso te aparece la marca?

Draco se encogió de hombros.

—Seguramente no. Lo más probable, si es que llego a la edad adulta, es que mis padres me indiquen con quien debo casarme… Ya sabes, por aquello de las tradiciones de familias sangre limpia.

Potter frunció el ceño.

—No entiendo, ¿cuáles tradiciones?

Draco negó con la cabeza y desvió la mirada.

—Son estúpidas y anticuadas, pero para muchas familias siguen vigentes. Tener un matrimonio digno con alguien de sangre limpia para tener el mayor número posible de descendientes mágicos, heredar el apellido y cosas así…

—Malfoy, ¿en qué siglo se supone que estamos? —exclamó Potter. Draco se sorprendió porque de repente parecía muy enojado—. ¡No puedo creer que tú, el chico más inteligente que conozco, piense que eso es correcto! Todos tenemos derecho a casarnos por amor, a estar con la persona que elijamos. ¡No casarte sólo para tener hijos y perpetuar un apellido! ¡Eso es ridículo! ¿No lo crees?

Draco no dijo nada. En el fondo lo creía, pero sentía el deber de complacer a su padre y cumplir su deber hacia su familia. Además, su mente práctica siempre le había murmurado sin piedad que el amor no servía de nada y que, además, ¿quién iba a enamorarse de él siendo el hijo de un mortífago? Decidió dejar el tema por la paz.

Carraspeó y titubeó un momento, pero entonces se decidió y le arrojó a Potter el paquete que traía en el bolsillo de la túnica.

—Como no pudiste ir a Hogsmeade el otro día, te compré esto.

Potter, quien todavía se veía un tanto acalorado, pareció aceptar que Draco quería dar el tema por zanjado. Lo miró durante unos segundos y entonces abrió el paquete que Draco le había pasado.

Sonrió al ver que era una miniatura mágica de un trol de montaña. La colocó sobre la mesita de noche y el trol comenzó a andar mientras agitaba su minúsculo garrote como deseando golpear algo. Era bastante gracioso y Potter sonrió más.

Draco le dijo:

—Lo vi en venta en la tienda de bromas de Zonko y me recordó a ti… Aunque no sé decirte si por lo apestoso o por lo feo.

—¡Oye! —exclamó Potter, aunque no parecía realmente indignado. Draco se rió y le explicó:

—Idiota, lo digo por aquel día de Halloween de nuestro primer año cuando un trol se metió al castillo y atacó a Hermione, ¿recuerdas? Gracias a eso, los tres nos hicimos… bueno…

—¿Amigos? —completó Potter con una sonrisa—. Sí, tienes razón. Quién lo diría, ¿cierto? Entonces, ¿lo viste y te acordaste de mí? Wow, Malfoy… eso es… halagador.

Draco sintió que enrojecía.

—No te sientas tan especial, también me acordé de Hermione. De hecho, a ella le compré otro —mintió. Tenía que poner sobre aviso a su amiga para que no fuera a delatarlo, Merlín, eso se sacaba por andar cayendo en impulsos infantiles. Draco se sintió inexplicablemente cohibido porque Potter no dejaba de mirarlo con una rara expresión en la cara. Bromeó para salir del incómodo momento—: Ahora que lo pienso, quizá el trol de montaña sea tu espíritu animal. ¿Te imaginas que el día que puedas hacer un patronus resulte que es un trol?

Potter y él se rieron con ganas.

—Al menos el olor espantará a los dementores, sin duda alguna. Pero imagina la decepción de mi alma gemela al ver aparecer la figura de un trol en su… —Potter hizo una pausa y entonces pareció recordar algo. Le preguntó a Draco a toda prisa—: Oye, ¿en dónde me dijiste que aparecía el tatuaje de tu alma gemela?

—Aquí, en el antebrazo derecho.

Potter soltó un jadeo.

—¡Snape tiene el tatuaje de una cierva ahí mismo! ¡La otra noche se lo vi, y se enfureció por eso!

Draco abrió mucho los ojos.

—Bueno, ahí tienes. Eso explica su amargura. Tiene un alma gemela pero sigue soltero, seguramente nunca se pudo casar con ella. Y decidió convertirse en profesor para desquitarse torturando adolescentes.

—En el otro brazo, tiene otro tatuaje. Uno horrible.

El corazón de Draco dio un vuelco doloroso.

—¿Ho-horrible?

—Sí. No lo pude ver bien porque estaba medio borroso, pero creo que era una calavera con una serpiente saliendo de su boca. Largo y espantoso, le cubría toda esta parte del antebrazo izquierdo y sólo de verlo sentí repugnancia, no sé po-…

Se interrumpió porque Draco se había levantado de improviso de la silla, ocasionando que esta hiciera mucho ruido al arrastrarse por el suelo de piedra.

—¿QUIÉN ANDA AHÍ? —gritó madam Pomfrey desde su despacho—. ¡No son horas de visita, niños! ¡Me temo que tendré que castigarles!

Antes de que la enfermera pudiera salir de su despacho y descubriera a Draco, éste salió corriendo de la enfermería sin despedirse siquiera de Potter y con el corazón retumbándole en el pecho de manera salvaje y dolorosa.

Y no era precisamente por el miedo de ser castigado.

Escuchó que Potter lo llamaba, pero no le respondió y se alejó sin mirar atrás.