Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.
Siento el retraso. Es que me puse a escribir el oneshot del Kinktober* al poder sentarme al ordenador porque tenía una idea que quería dejar al menos plasmada y me he liado a escribir, a escribir... y se me ha ido el santo al cielo. Disculpadme.
¡Muchísimas gracias por leer y comentar!
*No, no está colgado en FanFiction aún, porque lo empecé a publicar en AO3 al no saber bien cómo organizarlo. En algún momento de los próximos días trataré de sacar tiempo para colgarlo aquí y en Wattpad, por si hay alguna persona interesada.
EL COMPLEJO EN LLAMAS (PARTE III)
El calor ha ido en aumento en los pocos minutos transcurridos desde que lo han detectado hasta ahora. Con la alarma todavía retumbándole en los oídos, Izuku ve marcharse a Katsuki a toda velocidad, impulsándose con sus explosiones para evitar que sus pies toquen el suelo y esquivando a duras penas las paredes. Todavía con la ansiedad bombeándole en el pecho, se queda inmóvil más de un minuto, incapaz de salir corriendo y obedecer las órdenes de Katsuki. Una fuerte llamarada lo deslumbra a través de las ventanas que dan al exterior e iluminan la galería durante el día y una ola de aire abrasador se extiende por todo el pasillo con fuerza.
Los cristales revientan por el repentino e intenso calor y la presión que el incendio provoca en el aire, sacándolo de su ensimismamiento. Asustado, Izuku se tira al suelo y se cubre la cabeza con los brazos mientras su cabeza trabaja a toda máquina. Afortunadamente, ninguna llama entra por las ventanas, que solo riegan el suelo de numerosos cristales, aunque sí lo hace el resplandor azulado del fuego. Respirando agitadamente y tratando de tranquilizarse y pensar, Izuku se levanta del suelo con cuidado y maldice entre dientes cuando apoya las manos sobre un trozo de cristal y otro cruje bajo el peso de su rodilla. Una vez en pie, se sacude la ropa y examina la situación.
Por las ventanas ahora desprotegidas entra una espesa humareda oscura que llena el pasillo que intensifica el olor a quemado que han notado Katsuki y él al principio, pero no parece que el fuego haya prendido en el edificio en sí. Se asoma al exterior, intentando ver algo a través del denso humo negro. Puede distinguir un edificio envuelto en llamas azules más allá, uno que no ha pisado hasta ahora, quizá un campo de entrenamiento como el que utiliza en los entrenamientos matinales, pero confía que aquellos en los que no ve llamas saliendo de sus ventanas no estén incendiados. No puede ver el pabellón de los dormitorios desde donde está, así que reza para que no sea uno de los afectados.
—Al menos, no todavía —masculla Izuku con decisión. Le tiemblan las piernas, pero se afianza sobre ellas. Tiene que reaccionar rápido, Katsuki le ha entrenado para esto, y un fuego con una temperatura tan anormalmente alta como este puede propagarse muy velozmente, así que no hay tiempo que perder—. Dormitorios. A los dormitorios.
Katsuki le ha ordenado que vaya allí a por el equipamiento de emergencias y eso va a hacer. Además, ha dejado los guantes en su taquilla así que, si quiere ser de un mínimo de utilidad, es buena idea empezar por ir a recogerlos, asegurarse de que sus amigos están bien y ayudar a evacuar el edificio de ser necesario. Quitándose la chaqueta del uniforme, se la ata cubriéndose la boca y la nariz para inhalar la menor cantidad de humo posible y echa a correr por el mismo pasillo que ha utilizado Katsuki.
El trayecto se le hace eterno, agobiado por el humo y las llamas que parecen rodear el exterior del edificio, pero consigue salir con facilidad. Adelanta a un par de personas que también están evacuando y las deja atrás después de asegurarse de que se encuentran bien y pueden salir por su cuenta. Cuando llega al exterior, una pequeña multitud, que debían estar cenando en el turno posterior al del grupo de Izuku, se arremolina junto al edificio hasta que un miembro del personal del complejo les indica hacia dónde deben dirigirse. Ignorándolo cuando le habla a él, Izuku corre hacia el patio que separa el pabellón del comedor del de los dormitorios.
La visión que encuentra cuando llega al patio es desoladora. Gente que corre, dejándose llevar por el pánico, y varios edificios en llamas, más de los que ha supuesto inicialmente, cuando ha mirado por la ventana para valorar la situación. El humo negro dificulta la visión y sube en densas humaredas hacia el cielo, haciendo que parte de las llamas azules parezcan parpadear tras una tupida cortina oscura. La luz artificial que ilumina los patios exteriores no funciona, y el suelo está cubierto de pequeños cristales procedentes de las grandes luminarias y focos, así que sólo la luz de las llamas impide que el complejo se suma en la oscuridad.
El ruido de cristales reventando, el fuego crepitando, la sirena de la alarma que no deja de sonar, el personal militar del complejo tratando de hacerse con el control de la situación y los gritos angustiados de las personas lo aturden. Con la mirada, busca a Katsuki, o a cualquier otro héroe profesional, pero no es capaz de ver a ninguno. Tampoco a los villanos que están atacando y que, por el color del fuego, sabe quiénes son. Frente a él, se alza el enorme pabellón que hace las veces de dormitorio. El alma se le cae a los pies al observar en qué estado se encuentra. Tras el turno de la cena, prácticamente todos los reclutas suelen regresar a sus dormitorios para descansar tras el extenuante día entrenando. Una cena que ha terminado hace el suficiente tiempo como para que a muchos les haya dado tiempo a volver hasta allí y que el incendio los haya atrapado.
Por las ventanas situadas sobre la puerta de acceso salen violentas llamaradas azules, lamiendo y consumiendo, gracias a su altísima temperatura, incluso el material aparentemente incombustible de la construcción. El calor es tan intenso que Izuku nota la piel de la frente seca y tirante y entre el olor a humo que percibe a través de la chaqueta es capaz de distinguir el de su pelo chamuscado. Tratando de no pensar en lo desastroso que sería que los demás no hayan podido escapar del interior de sus habitaciones, Izuku no se arredra y se acerca a la puerta y pone la mano izquierda sobre ella, viéndose obligado a retirarla al instante con un gemido ahogado de dolor. Observa cómo se le inflama la quemadura de la palma de la mano, comprende que el fuego está justo detrás de la puerta y desiste de intentar abrirla.
Corriendo e ignorando los dolorosos pinchazos en el pecho por la falta de oxígeno, el incipiente dolor de cabeza por el exceso de humo respirado y las ampollas que empiezan a salirle en la palma de la mano, se apresura a rodear el edificio, intentando acercarse lo más posible sin abrasarse. Una de las puertas laterales de emergencia no quema tanto como la principal, pero sin la fuerza extra de sus guantes, Izuku es incapaz de derribarla y el mecanismo está diseñado para abrirse fácilmente desde dentro con un empujón, pero no desde el exterior.
Mordiéndose el labio con angustia, Izuku mira alrededor. Hay muchísimo humo, pero está razonablemente seguro de que no hay fuego detrás, así que esa puerta es su mejor baza. Además, las ventanas están enteras, por lo que deduce que no han sufrido tanto con el calor del fuego y no han reventado. Con agilidad, trepa a la más cercana, apenas veinte centímetros por encima de su cabeza, y se encarama al alféizar. Duda una décima de segundo, pero hay tanto humo que no se atreve a quitarse la escasa protección que le ofrece la chaqueta como para envolverla alrededor de su brazo así que, resignado, utiliza el codo izquierdo desnudo para romper el cristal y abrirse paso.
Se columpia, notando cómo los restos que han quedado alrededor del marco le rasgan y cortan el pantalón y la piel, y se deja caer en el interior del pabellón. Constatando que tenía razón y, a pesar del humo espeso y el fuego de la entrada principal, no hay llamas y la temperatura parece soportable en este sector del pabellón, intenta orientarse y, cojeando y sujetándose con la otra mano el codo izquierdo, que sangra profusamente, sube por las primeras escaleras que encuentra y corre en dirección a su dormitorio, aliviado al comprobar que muchas de las puertas están abiertas y las habitaciones vacías, lo que significa sus peores temores no se han hecho realidad y que el resto de reclutas seguían en el comedor al comenzar el incendio o les ha dado tiempo a escapar.
La puerta del suyo está cerrada, pero fría. Izuku la empuja sin miramientos, ignorando las literas vacías de Sero y Kaminari, alegrándose de que no estén allí. Abre de un tirón la pequeña taquilla que le corresponde a modo de armario y saca sus guantes de fuerza. Conteniendo un gemido de dolor se pone ambos guantes, incluso el izquierdo, que le raspa la piel quemada de la mano y provoca que le escuezan los cortes del codo. Sin entretenerse más que para coger una camiseta limpia, que se anuda torpemente en el codo izquierdo para contener la hemorragia del corte, ayudándose con los dientes para apretarlo con fuerza, se cuelga al hombro la mochila de supervivencia que tiene asignada en caso de emergencia. Palpa en el estante superior de la taquilla en busca de su estuche de herramientas, la única posesión que desea salvar, pero el espacio vacío que debería estar ocupando su mochila con los colores de Dynamight le recuerda, demasiado tarde, que está en el taller desde hace dos noches.
Relegando a un segundo plano la rabia y la tristeza por perder una de sus posesiones más preciadas, Izuku se da media vuelta, dispuesto a abandonar el edificio vacío, pero una sospecha le agarrota el estómago y se vuelve hacia las taquillas. La de Sero y Kaminari están cerradas, mientras que él ha dejado la suya abierta de par en par. Con el corazón latiéndole en la garganta, abre las puertas de las taquillas de sus amigos y descubre, horrorizado, que las mochilas de emergencia están en su sitio. La duda de si el ataque los ha pillado todavía en el comedor y han conseguido evacuar sin sus mochilas le carcome por dentro.
—La habitación de las chicas —susurra, con un mal presentimiento pesándole en el estómago, comprendiendo que es muy posible que estuviesen allí cuando la alarma ha saltado. Normalmente, tras la cena, suelen pasar un rato juntos en alguna de las habitaciones, aunque Izuku los haya abandonado el último par de noches—. Si hubiesen estado aquí, se habrían llevado las mochilas, pero si volvían de la cena, primero habrán ido al otro dormitorio y habrán abandonado el edificio desde allí.
Sin perder más tiempo, Izuku se sujeta ambas mochilas al hombro, como puede, y sale de la habitación, dudando un segundo. Arriesgarse a intentar llegar al piso superior, donde está el dormitorio de Uraraka y Hatsume, y descubrir que todo el mundo ha conseguido ponerse a salvo es un riesgo. Pero, por otro lado, no quiere irse sin comprobar que ha sido así. Al final, corre en dirección a la escalera más cerca que recuerda. Sin embargo, no sabe si es porque se desorienta por culpa del humo, que ya empieza a hacerle sentir mareado, incluso con la exigua protección de la chaqueta, o porque el fuego ha avanzado por los pasillos y le ha atrapado, pero se pierde. No está seguro de haber llegado a la escalera que buscaba, y en la misma por la que ha subido le interrumpe el paso una enorme pared de llamas
—Mierda —murmura para sí mismo con la voz ahogada por el humo y el calor que le abrasa la garganta. Sin detenerse a pensar para no quedar paralizado por el pánico, corre de vuelta en dirección contraria, en busca de unas escaleras de emergencia que, para su alivio, sólo están cercadas por el fuego en los escalones que conducen al piso inferior.
Aunque no le van a servir como vía de escape, le permiten subir un piso más, llegando al pasillo de los dormitorios de las chicas. Entre el humo, la poca familiaridad con la escalera por la que ha subido y la adrenalina, es incapaz de distinguir si va por el camino correcto, así que decide encontrar un dormitorio que esté abierto para mirar por la ventana y orientarse según la vista que tenga el exterior, recordando que la de la habitación de las chicas permite ver el patio de entrenamiento a unos metros a la izquierda. Se asoma al primer dormitorio que encuentra, con signos de haber sido abandonado a toda prisa, y un vistazo al exterior le indica que la habitación que busca está al otro lado del edificio.
Corre por los largos pasillos, deteniéndose únicamente a cerrar las puertas abiertas que cruza con la intención, fútil debido a la temperatura de ese fuego azul, de aminorar y entorpecer el avance de las llamas, pero cuando por fin está llegando a la zona donde estima que está el dormitorio de las chicas, un pasillo totalmente incendiado le corta el paso. Viéndose atrapado, Izuku entra en otro de los dormitorios vacíos y se asoma a las ventanas, tratando de estimar la distancia que lo separa todavía del de Hatsume y Uraraka.
—¡Midoriya! ¡Midoriya! ¡Aquí! —La voz, varias ventanas más a la izquierda, pertenece a Kaminari, cuyo cabello rubio está chamuscado y prácticamente negro por el humo y la ceniza.
—¡Kaminari! —responde inmediatamente Izuku, aliviado y aterrado a partes iguales de verlo allí. No quiere pensar qué habría ocurrido si no hubiese ido a comprobar que hubiesen escapado. Kaminari tiene la cara enrojecida por el calor y se ha atado una camiseta en la boca y la nariz para protegerse del humo igual que Izuku. De la misma ventana donde está asomado sale una humareda negra que hace que tosa violentamente antes de volver a llamarlo.
—¡Ayuda! —El grito de socorro angustiado se quiebra por la asfixia del humo, que provoca otra retahíla de toses en el chico rubio.
—¡Voy! —asiente Izuku, intentando gritar.
Tiene la garganta rasposa y las cuerdas vocales abrasadas, pero sabe que es necesario tranquilizar a su amigo. Vuelve al pasillo y gira a la izquierda, descubriendo que las llamas ya han llegado a esa parte. Es complicado, porque la luz del fuego y el desastre que es todo lo hace difícil, pero cree reconocer por fin el pasillo donde está el dormitorio de sus amigas. Abre la última puerta que puede alcanzar antes de llegar al fuego, notando cómo su cara se abrasa por el calor, pero tal como había supuesto, no es en la que está Kaminari, porque si no se ha orientado mal, el dormitorio de Hatsume y Uraraka está un par de habitaciones más allá. Se asoma desde allí y, mucho más cerca ahora, puede ver con más nitidez el rostro aterrado de su amigo.
—¡No puedo pasar! ¡Todo el pasillo está ardiendo a partir de aquí!
—Hanta ha bloqueado la puerta porque decía que había llamas al otro lado —explica Kaminari.
—¿Estáis juntos?
—Con Hatsume y Uraraka. —Si no estuviese deshidratado por el intenso calor, las lágrimas habrían inundado los ojos de Izuku. La angustia de pensar que ha estado a punto de abandonar el edificio sin comprobar que todo el mundo hubiera podido evacuarlo, así como olvidar que los dormitorios de las chicas están mucho más cerca de la entrada principal que los de los chicos lo horroriza—. Habíamos dejado a las chicas aquí y estábamos yendo a nuestro dormitorio cuando estalló la alarma. Vinimos a por las chicas, para asegurarnos de que podíamos salir, pero el fuego nos atrapó mientras escapábamos y tuvimos que retroceder de nuevo hasta aquí.
Tratando de no verse bloqueado por sus sentimientos y la situación, Izuku respira hondo para concentrarse y relajar los nervios. Mira hacia abajo, calculando la altura que le separa del suelo en más de cuatro metros y preguntándose cuán indemne puede salir si salta y hace el truco de rodar al impactar contra el suelo que han ensayado en uno de los entrenamientos para amortiguar las caídas.
—¡El Don de Uraraka es quitar la gravedad de lo que toca, puede haceros salir e intentar flotar hasta el suelo o dejaros caer desde menos altura! —Sin embargo, las siguientes palabras de Kaminari lo desalientan:
—Uraraka está inconsciente. Una ventana ha explotado junto a ella cuando tratábamos de huir y no despierta. La hemos traído hasta aquí, pero no podemos bajarla por la ventana; está demasiado alta y si saltamos nosotros primero no estaremos en condiciones de recogerla.
—¡El Don de Sero, entonces!
—¡No funciona! —grita Kaminari, desesperado—. Se deshidrata al usarlo y el fuego le impide crear cinta.
«Es una ratonera», comprende Izuku. Rodeados por el fuego, no han querido abandonar a Uraraka ni tampoco tirarla como un peso muerto contra el suelo, algo que probablemente podría matarla al no poder amortiguar el impacto de ninguna forma. Mordiéndose el labio, Izuku piensa con la máxima rapidez que puede, buscando una solución.
—¡No saltéis todavía! ¡Creo que tengo un plan! —grita en dirección a Kaminari. Este asiente y desaparece de la ventana, supone que para avisar al resto.
—Lo primero, entrar en la ratonera. —En verdad, no está seguro de tener un plan, o no al menos entero, pero tendrá que apañarse con eso.
Con energía, apretando la mandíbula para minimizar el dolor de las manos al rozar con el interior del guante, arranca las sábanas de las literas de la habitación en la que se encuentra y se las enrolla alrededor del torso, atándolas con fuerza para que no le estorben al correr. Sujeta una de las literas y, utilizando la fuerza extra que le otorgan los guantes, la arranca de sus sujeciones a la pared y la arrastra hasta el pasillo. Luego, vuelve a asomarse a la ventana. Con un grito inarticulado llama a Kaminari, pero es Hatsume quien se asoma a la ventana, también con una camiseta alrededor de la boca.
—¿Kaminari? —pregunta Izuku, preocupado.
—Está bien, sólo un poco mareado por el humo. ¿Cuál es el plan? —responde Hatsume, imprimiendo decisión a sus palabras.
—Voy a intentar abrirme paso a través del fuego. Dile a Sero que se aparte de la puerta, porque voy a derribarla.
—¿Y después?
—Primero tengo que conseguir entrar —dice Izuku.
—Eso sólo te encerrará con nosotros. Se trata de salir.
—Confía en mí. —Hatsume asiente y desaparece de la ventana. Izuku supone que lo hace para que Sero y Kaminari se aparten de la puerta del dormitorio, así que se apresura a volver al pasillo.
Con toda la fuerza que puede, lanza la litera sobre las llamas, intentando sofocar un trecho del pasillo para abrirse paso. Funciona, pero la temperatura es altísima, así que Izuku se apresura a saltar sobre los barrotes de hierro y el colchón de la litera, que ya empiezan a fundirse y arder, plantándose delante de la puerta metálica de la otra habitación, que ya está empezando a derretirse con goterones similares a lágrimas por culpa de las llamas. Antes de tener la oportunidad de asestar un puñetazo para derribarla, Sero aparece detrás, abriéndola y cediéndole el paso. Izuku entra y su amigo vuelve a cerrar tras él.
—Pensé que sería mejor así —comenta con sencillez, sin rastro del bueno humor que le caracteriza, y en sus ojos oscuros se adivina el miedo que tiene. Izuku traga saliva, porque él también está aterrorizado—. Denki dice que tienes un plan. ¿Qué has pensado?
—Lo único que se puede, saltar por la ventana —dice Izuku, intentando obviar las caras de circunstancias de sus amigos—. El piso inferior ya está consumido en llamas y no hay salida por donde yo he entrado. De hecho, cuando os he visto estaba calculando cómo saltar hasta el suelo haciéndome el menor daño posible.
—Pero Ochaco… —dice Hatsume.
—También la salvaremos, ahora somos cuatro, será más fácil —intenta tranquilizarla, pero no lo consigue—. Sero, necesito que tu Don…
—No funciona po, el fuego me sienta como la weas y estoy demasiado deshidratado —dice este, interrumpiéndolo.
—Sólo un par de metros —suplica Izuku. La voz le sale ahogada e insegura, porque contaba con poder utilizar al menos un poco, pero Sero niega con la cabeza, avergonzado y apesadumbrado—. No importa —se apresura a añadir, antes de que sus amigos se desmoralicen aún más. Se desata las sábanas que se ha enrollado alrededor del cuerpo y se las tiende a Kaminari y Hatsume—. Coged las mochilas de supervivencia y luego haced una cuerda con estas sábanas y las que hay en esta habitación. Sero, ayúdame a tirar los colchones de las literas por la ventana.
—¡Sí! —contesta este, animado por la orden, que le hace sentirse útil, ya que no puede usar su Don. Su entusiasmo se contagia rápidamente a los otros dos, que se ponen a trabajar lo más rápido posible, ignorando el espeso humo que llena cada vez más la habitación y que será su muerte si no se dan la suficiente prisa. Entre Sero y él tiran los colchones descuidadamente, pues Izuku planea que el primero que consiga bajar los organice mejor para que el último caiga sobre ellos.
—Tú primero, Kaminari —dice Izuku. Este asiente, sin protestar, y se ata uno de los extremos de la cuerda de sábanas a la cintura. Entre todos, sujetan la cuerda y lo van haciendo descender lentamente mientras el chico, que gira sobre sí mismo en el aire, se aferra a la cuerda de sábanas con fuerza. Cuando llega al suelo, Kaminari se desata lo más deprisa que puede y, a la vez que repiten el proceso con Hatsume, coloca los colchones a modo de seguridad.
—Ahora tú —dice Izuku, respirando aliviado cuando su mejor amiga toca el suelo y se desata las sábanas, volviéndose hacia Sero—. Tú puedes cargar a Uraraka en brazos, yo sostendré todo vuestro peso, no te preocupes, puedo hacerlo de sobra.
—No —niega Sero. La puerta termina de fundirse y desaparece en una llamarada azul y el fuego comienza a consumir el interior del dormitorio, haciéndolo más sofocante todavía y abrasándoles la piel expuesta de la frente. Izuku mira a Sero desesperado—. Escucha, Midoriya. Tú eres más fuerte que yo, y tu Don es más útil para cargar con Uraraka. Yo puedo tirarme sobre los colchones después, ¿de acuerdo? No me haré demasiado daño, te lo prometo.
—¿Seguro? —Izuku se muerde el labio, angustiado, porque en los ojos de Sero hay plena confianza en él y en un Don que no existe, pero no hay tiempo para sentirse culpable.
—Eh… eh… Tú nos has sacado de aquí, weon. Estábamos tan asustados que no se nos ha ocurrido a nosotros, pero tú has llegado y te has abierto paso y has sido capaz de lidiar bacán con esta mierda —dice Sero, sonriéndole con amabilidad—. Yo puedo bajaros a los dos, pero no sé si seré capaz de cargar con Uraraka a la vez que bajo.
—Espera —dice Izuku, angustiado e intentando buscar una alternativa
—No perdamos más tiempo.
—Podemos atar las sábanas a… —Izuku mira a su alrededor, comprendiendo que no hay lugar donde hacerlo de manera segura, sobre todo con las llamas quemando la habitación. La piel de la frente de Sero, seca y tirante, está empezando a regarse de ampollas de una manera similar a como siente la suya propia, así que se rinde y, haciendo una seña a Kaminari, le lanza las tres mochilas de supervivencia que había en la habitación.
El lugar de atarse a sí mismo, ata a Uraraka para evitar que caiga al vacío si se le escapa, y luego se la carga al hombro, asegurando que no se cae con la mano derecha. Los guantes hacen su trabajo y le proporcionan la suficiente fuerza extra para, con la ayuda de Sero, que va soltando la cuerda de sábanas poco a poco, sujetarse con una mano a la vez que se impulsa con los pies en la pared para hacer rápel y bajar poco a poco. El fuego es tan intenso en los pisos inferiores que puede sentir el calor de las llamas a través de la pared y de la suela de sus deportivas. Las piernas le tiemblan cuando por fin llega al suelo, pero no se molesta en desatar a Uraraka, entregándosela a Hatsume.
—¡Ayúdame! —grita a Kaminari, indicándole que se sitúe cerca de los colchones. En lo alto, Sero ya está trepando al alféizar. Tras él, las lenguas de llamas azules han invadido toda la habitación y su pelo negro está prácticamente quemado.
—¿Qué va a hacer? —pregunta Kaminari, asustado.
—Saltar —murmura Izuku mirando angustiado hacia la ventana—. Acerquemos un poco más los colchones, Kaminari. —Este obedece. Sero los observa desde arriba, calculando el ángulo con calma a pesar de que el fuego ya asoma por la ventana. Cuando por fin lo ve claro, se deja caer. Izuku lo mira, angustiado, y le ayuda a frenar cuando, tras el primer impacto sobre los colchones, el chico rueda, apagando el fuego que ha prendido en la parte trasera de su camiseta y pantalones.
—Estoy bien, estoy bien —se apresura a aclarar, sujetándose el brazo derecho, cuando Izuku y Kaminari lo ayudan a levantarse—. Ni siquiera me he quemado, aunque puede que me haya dislocado la muñeca. Vámonos, tenemos que salir de aquí.
—Al patio de entrenamiento —indica Izuku, recordando las instrucciones de Katsuki—. Allí es donde tenemos que reunirnos con los demás.
Kaminari y Hatsume cargan con Uraraka. Izuku se ofrece a ayudar a Sero, pero este está lo suficientemente ileso como para caminar por sí mismo. Dirige una última mirada al edificio de los dormitorios, que está empezando a colapsar entre crujidos, así que reza fervientemente porque no quede nadie en su interior, ya que no hay nada más que pueda hacer allí. Cojeando por los cortes de la pierna y aguantando el dolor en las palmas de la mano, la herida del codo izquierdo y el escozor de las quemaduras de la cara, camina mientras observa a su alrededor hasta que se detiene bruscamente al ver el pabellón donde están los comedores y el taller en el que ha trabajado los dos últimos días, aparentemente indemne.
—¡Seguid vosotros! —les indica, tomando una decisión.
—¿Dónde vas? —pregunta Hatsume.
—¡Al taller! ¡No os preocupéis por mí, sólo quiero recoger algo! ¡Vengo en un momento! —dice al tiempo que sale corriendo en dirección al pabellón.
—¿Qué taller? —oye que Hatsume pregunta—. ¡Iz… Hisashi!
El ataque parece más grave de lo que había supuesto al inicio. Un asalto de la Liga de Villanos a una escala tan grande que recuerda algunos de los peores desastres de antes de que la Liga fuese neutralizada, hace que Izuku dude que vayan a permanecer en el complejo ahora que su localización ha sido descubierta, así que quiere rescatar las cosas que tiene en el taller de trabajo. Si el fuego no ha llegado al edificio, no está dispuesto a marcharse de allí sin, al menos, su estuche de herramientas, que seguirá necesitando para ajustar sus guantes o crear nuevo equipamiento si tienen que marcharse a otro sitio o pelear contra los villanos de la Liga.
Entra en el pabellón por la puerta principal, con los cristales de las lámparas y los cristales todavía cubriendo el suelo. No hay luz eléctrica y tampoco parece haber llamas que iluminen el camino, pero en un par de segundos se da cuenta de que las llamas ya han llegado también a este edificio. El calor intenso que viene de las escaleras que se abren a su derecha en dirección al comedor delata el fuego, así que se apresura a correr por los pasillos de la izquierda, rezando para poder alcanzar el taller antes de que sea demasiado tarde. Se arrepiente un poco por haberse lanzado sin pensarlo mejor, pero decide seguir adelante al comprobar que puede recorrer los pasillos sin más problema que la humareda que llena cada rincón del complejo y de cuyo horrible olor a goma quemada y plástico derretido Izuku duda poder deshacerse algún día.
Al llegar al taller abre su mochila de supervivencia y guarda dentro, con cuidado, su estuche de herramientas. Valora llevarse la bolsa deportiva con el logotipo de Dynamight, pero al final la deja allí, apenado, y mete también la tela antirretroceso que ha empleado en intentar comenzar a dar forma a las mangas para el héroe. Echa un último vistazo a su alrededor, pero un estruendo cercano lo sobresalta. Por el roto ventanal del pasillo, ve el pabellón contiguo derrumbándose entre humo y polvo, colapsando por la intensidad de las llamas. Asustado por primera vez desde que Katsuki se fue y lo dejó solo, plenamente consciente de la imprudencia que está cometiendo al volver al taller en lugar de ir con sus amigos hasta el patio de entrenamiento, se apresura a salir, pero en ese momento aparece Katsuki en la puerta del taller con la cara roja de ira.
—¡Tú, maldito nerd!
—¡Katsuki! —grita Izuku, aliviado al verlo. El héroe se lanza sobre él a gran velocidad, tirando de su brazo para sacarlo de allí—. ¡Espera, espera! ¡Au! —protesta Izuku, que de pronto siente el cuerpo adolorido.
—Pero ¿qué…? ¡Joder! —Katsuki parece fijarse por primera vez en su estado físico y lo suelta. Izuku mira hacia abajo, casi como si estuviese un poco sorprendido, imaginándose el cuadro que compone con las ropas quemadas, la camiseta que le venda el brazo izquierdo empapada en sangre y con manchurrones negros de ceniza y humo, la cara enrojecida y medio tapada con la chaqueta…—. ¡Joder, te dije que fueses al patio de entrenamiento después de evacuar! ¿Qué coño haces aquí?
—Fui a los dormitorios como me dijiste —se apresura a aclarar Izuku, mostrándole la mochila de supervivencia que lleva a la espalda.
—Hablamos luego —dice Katsuki, negando con la cabeza, todavía con los dientes apretados—. Hay que salir de aquí ya, el edificio está en llamas y puede derrumbarse en cualquier momento.
—¿Qué?
—¿Ni siquiera te has parado a pensarlo cuando has vuelto a entrar? —pregunta Katsuki, dándole la mano y tirando de él, esta vez con más suavidad, para obligarlo a avanzar por el pasillo.
—¡Claro que sí, pero no está ardiendo por completo, me daba tiempo a…!
—¡Cállate! —ordena Katsuki. Izuku obedece instantáneamente, dejándose arrastrar por el héroe por los pasillos hasta que cree oír un sonido familiar ahogado por crepitar lejano de las llamas. Ya están cerca de la puerta de salida, pero Izuku deja de caminar, tirando del héroe para que lo imite.
—¡Para! ¡Para, Katsuki! —Este se detiene sin soltar la mano de Izuku y está a punto de volver a gritarle, pero Izuku se adelanta—. ¡Escucha!
Más allá de los dolorosos jadeos de Izuku, que siente una presión insoportable en el pecho, del sonido del fuego crepitando a lo lejos y del caos del patio de entrenamiento, hay otro sonido. Por primera vez desde que todo ha empezado, Izuku se percata de que la sirena de alarma ya no suena. Ha estado tanto tiempo en segundo plano que su cerebro estaba ignorándola activamente, tanto que ni siquiera ha sido consciente de en qué momento ha parado de aullar. Izuku mira a Katsuki, que ladea la cabeza, escuchando con atención también. Izuku se muerde el labio inferior, rezando porque los audífonos no camuflen un sonido tan débil, pero Katsuki asiente, con el rostro sombrío, unos instantes después.
—No podemos dejarlos aquí —suplica Izuku con la voz ronca por el calor y el humo. El sonido se repite. Es alguien pidiendo auxilio. El sonido procede de las escaleras que inicialmente dejó a la derecha, donde el resplandor del fuego ya empieza a reflejarse en las paredes—. Creo… creo que es Katô-sensei. ¡Su Don! ¡Elle es prácticamente agua!
—Primero salgamos de aquí —niega Katsuki, aunque no se mueve del sitio. Izuku ve la duda en sus ojos—. Te pongo a salvo y vuelvo con alguno de los inútiles de complejo a salvarlos. Desde fuera y entre varios podremos localizarlos y sacarlos más fácilmente.
—¡No! —dice Izuku, mordiéndose el labio—. El Don de Katô-sensei es el agua, si dejamos que esté aquí mucho tiempo morirá. —Como queriendo confirmar sus palabras, una voz de hombre, que Izuku asume que es la del profesor Watanabe, pide auxilio con más urgencia, sustituyendo a la de le profesore—. Puede manipular el agua de su cuerpo para cambiar su apariencia física, pero eso hace que sea más vulnerable a situaciones que pueden causar deshidratación, ¿comprendes?
—¡Joder! —Katsuki parece debatirse entre seguir tirando de Izuku en dirección a la salida o hacerle caso. Le mira durante unos segundos, que a Izuku se le antojan eternos por lo valioso que es el tiempo en esos instantes, antes de asentir—. Ni se te ocurra separarte de mí, ¿me oyes?
—¡Sí!
—¡Ya vamos! ¡Seguid gritando para guiarnos! —brama Katsuki con todas sus fuerzas. Izuku se lo agradece, porque él ya es prácticamente incapaz de hablar. Katsuki le suelta la mano y se quita la camiseta de manga larga que lleva. Izuku se ha fijado en que por las noches siempre suele llevar los brazos cubiertos, supone que para conservar el calor, pero ahora los músculos de su torso y brazos brillan de sudor. Hábilmente, Katsuki se ata la camiseta alrededor de la boca, igual que Izuku con su chaqueta y vuelve a sujetar la mano de Izuku dentro de la suya antes de explicar—: Puedo tolerar las quemaduras en mi piel bastante bien gracias a mi Don, pero el humo empieza a ser asfixiante. Detrás de mí todo el tiempo, ¿entendido? Ni se te ocurra ir por tu cuenta.
Izuku, demasiado cansado y mareado por el humo como para protestar, asiente. Katsuki echa a correr en dirección al fuego, parándose sólo para escuchar y determinar la dirección del sonido de los gritos. El calor es muy intenso y, en varias ocasiones, salen al lado de pasillos incendiados que amenazan con cortarles el paso, pero Katsuki pasa con determinación por encima de del fuego, tirando de la mano de Izuku con fuerza, todo el tiempo, demasiado rápido como para quemarse. Los gritos del profesor Watanabe suenan cada vez más nítidos, pero le profesore Katô apenas ha gritado un par de veces más, así que Izuku se deja llevar, confiando en la capacidad de Katsuki de encontrar el camino más adecuado. Finalmente, llegan a uno de los comedores que Izuku no ha pisado nunca. Los paneles que informan dónde se encuentran y las direcciones de los lugares del pabellón más cercanos indican que están en el comedor de personal de soporte, apoyo, héroes profesionales y agencias.
—Pensaba que comíais en el mismo comedor que nos… —dice Izuku, confuso.
—¡Cállate! No es momento de hablar de eso —le interrumpe Katsuki, frunciendo el ceño. Parece más nervioso de lo habitual o de lo que Izuku recuerda en sus actuaciones, filmadas por los medios informativos cuando cubren sus intervenciones en Musutafu.
—¡Oh, por eso nunca te había visto en el comedor los dos primeros días! —comprende Izuku., cayendo en la cuenta, a pesar de que no es el momento más oportuno para hablar de ello.
—¡Que te calles!
El comedor está siendo pasto de las llamas. En uno de los rincones se abren las salas donde las cocinas y el personal de servicio cocina y friega los platos, completamente bloqueado por una pared de fuego que les corta el paso. Detrás de ella, la voz del profesor Watanabe se oye claramente.
—¡Aquí!
—¡Ya hemos llegado! —grita Katsuki para tranquilizarlos, pero no se acerca, así que Izuku supone que está trazando un plan.
—Podemos tratar de tender un puente sobre el que cruzar, pero no sé si nos daría tiempo a entrar y salir. ¿Hay ventanas ahí dentro? —pregunta Izuku. Katsuki niega con la cabeza. Izuku comprende por qué los profesores no han intentado salir por ellas o asomarse para pedir ayuda. Uno de los ataques de Dabi debe haber entrado por las ventanas del comedor, obligándolos a refugiarse dentro de las cocinas y cortándoles la salida—. Con tanto humo, lo raro es que sigan conscientes. ¡Y si el fuego llega a los conductos de gas de la cocina todo explotará por los aires! ¡Tenemos que sacarlos ya, Katsuki!
—¡No me des órdenes! —exige Katsuki, pero Izuku lo ignora, sumido en sus pensamientos.
—Antes, para sacar a Hatsume y los demás de donde estaban atrapados, he tirado una litera de hierro para abrirme paso, pero el fuego es tan potente que apenas da unos segundos antes de volver a cerrarse. Si sólo fuese entrar…
—¡Cállate! ¡No me dejas pensar! ¡Ni se te ocurra moverte de aquí! —Katsuki suelta su mano y, sin pensárselo dos veces, utiliza un par de explosiones para atravesar rápidamente la pared de fuego. Un estruendo metálico le indica a Izuku que Katsuki ha derribado la puerta de separación que hacía de única barrera. Lo oye hablar con quienes están dentro, la voz de Katsuki más fuerte a pesar de estar ahogada por la camiseta que lleva alrededor de la boca y la del profesor Watanabe más nítida, pero con menos volumen. Comprendiendo que ninguno de los profesores lleva la boca cubierta, se quita la camiseta y, utilizando la fuerza de los guantes, la desgarra en dos partes más o menos iguales.
—¡Katô-sensei! —exclama cuando ve a Katsuki atravesar de nuevo la pared de llamas a tal velocidad que a estas no les da tiempo a prender en la ropa del héroe. Sin embargo, el pecho desnudo de Katsuki sí muestra rojeces y algunas quemaduras superficiales fruto de la alta temperatura.
—Hay dos más dentro —informa Katsuki, dejando a le profesore Katô en el extremo más alejado de las llamas—. Está inconsciente, tenías razón con la falta de agua. Intenta humedecer sus ropas o algo.
—Ten cuidado —ruega Izuku.
—Creo que el fuego está cediendo un poco —dice Katsuki, economizando las palabras. Izuku asiente, dándole la razón. Aunque la intensidad del calor es horrible y siente que está a punto de entrar en combustión él mismo, la temperatura del fuego es menor a la que había en el edificio de los dormitorios. Izuku supone que el fuego, al no estar alimentado ya por el Don del villano, ha disminuido su temperatura original y se propaga como un fuego normal, consumiéndose y enfriándose paulatinamente si no dispone de suficiente combustible.
Con otras dos sonoras y potentes explosiones que resuenan en el amplio comedor, Katsuki vuelve a desaparecer dentro de la cocina, atravesando la pared de llamas por segunda vez. Izuku corre a la zona donde sirven el agua, que sale caliente por la temperatura general del edificio. Tras comprobar que no hierve y no va a empeorar la situación, empapa cuidadosamente unos paños que no han ardido y las ropas de Katô, que mueve los labios, agrietados, como si intentase decir algo. Su respiración es superficial y jadeante, algo que preocupa a Izuku, así que intenta que beba algo de agua dándole a chupar la punta de uno de los paños. Katsuki regresa con un chico joven a cuestas, vestido con el uniforme del personal auxiliar del complejo, probablemente un pinche de la cocina.
—Está asustado, pero consciente —dice Katsuki, que habla con la voz ronca porque ya debe de tener también la garganta en carne viva, dejándolo de pie al lado de Katô e Izuku y volviéndose de nuevo hacia la cocina.
—¡Katsuki! —Izuku lo llama con la voz apenas en un graznido, preocupado. El torso del héroe presenta quemaduras y está completamente enrojecido, sin apenas gotas de sudor por el intenso calor de haber cruzado el fuego dos veces. Sin embargo, este niega con la cabeza e Izuku no necesita ninguna palabra más. Sin perder tiempo, Izuku utiliza uno de los paños empapados de agua para pasarlo rápida y cuidadosamente por la piel del pecho y espalda del héroe y después moja la camiseta que este lleva atada a la boca. Quiere decirle que tenga cuidado, pero ya no le sale ningún sonido de la garganta, así que se vuelve de nuevo hacia el chico y le tiende otro trapo empapado para que pueda cubrirse la boca y hace lo propio con le profesore Katô con uno de los trozos de su camiseta. Un par de explosiones le indican que Katsuki ha vuelto a atravesar la puerta de la cocina.
Lo que no esperaba es el estruendo inmediatamente posterior. Con un crujido que le estremece hasta el alma y un temblor terrorífico, parte de la estructura del edificio cede y varios escombros caen delante de la puerta y de la pared que separa el comedor y la cocina, sofocando gran parte del fuego con el polvo y material incombustible, aunque los rescoldos que quedan sepultados todavía arden con tenacidad.
—¡No! —grita Izuku, desgarrándose las cuerdas vocales por el esfuerzo. Tras los escombros, Katsuki también maldice y protesta. Una explosión hace que unos pocos escombros salgan disparados y abre un pequeño boquete en la parte superior de la entrada, pero todo el comedor vuelva a temblar, haciendo que el joven pinche e Izuku se estremezcan de terror al pensar en todas las toneladas de hormigón que tienen sobre ellos—. ¡Katsuki, espera! ¡Si haces eso se nos va a caer el edificio encima!
—¡Mierda! ¡Joder!
—¡Espera! —Cada palabra que pronuncia se le clava como un cuchillo en la garganta, pero Izuku se apresura a levantarse y buscar con la mirada, tratando de improvisar una solución—. ¿Eso es un muro de carga?
—¿Qué? —contesta el pinche, aturdido, mirando la pared que señala Izuku sin comprender. Viendo que no va a ser de utilidad, Izuku pasa de él y se acerca a la pared, poniendo cuidadosamente la oreja sobre la pared que separa el comedor de la cocina, donde el fuego y los escombros han dejado un hueco libre bastante amplio. Aguantando el dolor por el intenso calor que emite la pared, golpea con los nudillos, satisfecho al escuchar un sonido hueco.
—¡Es sólo una pared divisoria! —grita en dirección al interior de la cocina—. ¡Katsuki, apartaos del lado izquierdo, voy a derribarla para que podáis salir antes de que el fuego vuelva a prender!
«Y antes de que el edificio se derrumbe sobre nosotros», piensa con amargura. «Si es que no lo tiro yo tratando de llegar hasta ellos».
Evitando pensar en lo que puede ocurrir y determinado a sacar a Katsuki y al profesor Watanabe de allí dentro, utiliza la fuerza de los guantes para coger una de las largas mesas del comedor, arrastrarla hasta la pared. Se lame los labios secos, rezando por estar en lo cierto y que lo que va a hacer sea menos peligroso para la estructura general que las explosiones de Katsuki. Situando la mesa a unos pocos centímetros de la pared, concentra todas sus escasas fuerzas, se sobrepone al agotamiento y el dolor y empuja con toda la potencia que es capaz de extraer de sus brazos y los guantes. Golpea una, dos, tres veces, consciente del polvillo que cae del techo, mezclándose con sus chamuscados cabellos verdes, pero negándose a rendirse.
—¡Una más! —ordena Katsuki desde dentro, alentándolo.
Con un grito desgarrado, Izuku golpea la pared con la mesa una vez más, poniendo todo su peso en el golpe. Con la fuerza combinada de los guantes, que potencian su impulso, su cuerpo y la fragilidad del edificio por la temperatura del fuego, la mesa atraviesa la pared con un crujido desagradable. Exhausto, Izuku mira hacia el techo, asustado, creyendo que va a desplomarse, pero el ariete improvisado ha funcionado. Más estable que las explosiones de Katsuki, ha conseguido abrir un pequeño hueco por el que el profesor Watanabe se arrastra. Izuku se agacha para ayudarlo a levantarse. El pinche, que está más recuperado y dispuesto a ayudar, se acerca con uno de los trozos de tela de la camiseta de Izuku ya mojado para que pueda atárselo a la boca. Izuku, expectante, aguarda hasta que la cabeza de Katsuki aparece por el hueco. Le tiende la mano, pero Katsuki lo ignora y se levanta por sus propios medios, con el pecho y la espalda sangrando por culpa de múltiples arañazos superficiales.
—Hay que salir de aquí —gruñe Katsuki, echándose a Katô al hombro y sujetando a Izuku de nuevo por la mano. El pinche de cocina pasa el brazo del profesor Watanabe por su hombro y lo ayuda a caminar—. Seguidme y que nadie se despiste.
Cada vez más mareado, Izuku apenas es consciente del trayecto que siguen de vuelta. Imagina que deben haber dado algún rodeo, porque en un par de ocasiones se han topado con llamas que les cortaban el paso, pero Katsuki ha conseguido llegar a una puerta de emergencia despejada que empuja con el hombro para abrirla y permitirlos salir al aire libre.
Con fuerza, Izuku inspira. Le duele el pecho, probablemente por haber inhalado demasiado humo El aire, aún cargado de humo, ya está mucho más despejado, pero todo es un desastre. Katsuki no se detiene ni mira atrás, guiándolos hasta el patio de entrenamiento donde están todas las personas que han conseguido evacuar los edificios a tiempo. Izuku cojea tras él, sin soltar su mano, totalmente exhausto. Da un pequeño tropezón que hace que casi deja escapar la mano de Katsuki, pero este lo tiene firmemente agarrado y no lo suelta, tirando de él para mantenerlo en pie. El mundo alrededor de Izuku se emborrona y difumina lentamente y lo último que ve antes de perder el conocimiento es el pabellón que acaban de abandonar derrumbarse parcialmente a apenas unos metros de ellos con un estruendo que hace temblar el suelo hasta donde están.
NdA. Y fin del libro 2. El próximo capítulo iniciará con el libro 3, titulado Avalancha y que estará compuesto por 10 capítulos. Jo, muchas gracias por haber llegado hasta aquí. Qué ilusión y qué emoción.
