Ranma ½ no me pertenece.
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Fantasy Fiction Estudios
presenta
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Lapsus
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El grupo de hombres intentaba limpiar los escombros para hacerse camino a las bóvedas interiores de las ruinas. El derrumbe había acabado con el arco de entrada y muchos temían que no quedará nada que rescatar, que el techo se había desplomado del todo sepultando para siempre a los ancestrales túneles. Las reliquias que pudiera haber ocultado, los misteriosos jeroglíficos antes descritos en las notas del profesor, que cubrían cada pared y columna, destruídos para siempre.
William era el que más se lamentaba, como representante habían perdido años de investigación y no sería fácil de explicar a los inversores del Museo Británico.
Arthur tiró de los bordes de la manta. La enfermera Jane le alcanzó una taza de café. De todos, él había sido el más cercano al profesor, y supusieron que era el que más lamentaba su tragedia.
Pero ellos no lo sabían, ninguno de los ahí presentes del equipo de investigación de la Real Sociedad de Arqueología Británica, nadie podría siquiera imaginar lo que realmente sucedió a medianoche en el corazón de las ruinas.
Y que no fue un accidente.
El colapso de los túneles tan solo necesitó de un poco de dinamita. Pero no, ellos no podían saber la verdad de lo ocurrido. Ellos jamás le creerían que el profesor en realidad se lo había pedido y que tampoco estaba muerto.
El profesor había regresado a su estrella y él, Arthur Wells, fue el único testigo de los increíbles acontecimientos sucedidos.
Tres días después, de regreso en el hotel en el Cairo, en una noche sofocante, con la cabeza finalmente descansada, Arthur meditó en los últimos momentos en que vio al profesor. ¿Habría hecho lo correcto? ¿O tal vez lo imaginó todo, contagiado por esa misma demencia que pareció poseer al profesor y que lo llevó a actuar como lo hizo?
No, no, no estaba muerto. Había hecho lo correcto. Porque no lo imaginó, vio al profesor cruzar la puerta de Anubis, lo vio desaparecer ante sus ojos. Lo vio sonreír agradecido. Era la única vez que había visto al profesor feliz desde que se convirtió, hacía veinte años, en su asistente.
Él destruyó la evidencia, y aquellas rocas infernales cuyo desconocido poder debía ser vedado para una raza joven e ignorante como son los humanos. ¿Viajar entre mundos? ¿Alterar el espacio-tiempo? No, nada de esto debía saberse.
Tomó el diario del profesor del escritorio y repasó sus últimas notas. Iban dirigidas a él, su asistente, confidente y leal amigo.
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Pasé cincuenta años de mi vida investigando los secretos del Rey Amarillo, de su arte abominable y de su influencia en los infinitos trozos en que se compone la realidad. Múltiples realidades, mundos con sus propias reglas. De las llaves de plata y de las puertas regidas por la posición de las constelaciones.
Otros diez años esperé y planifiqué, el momento exacto para utilizar la puerta de Anubis. Es un viaje de cuerpo y de conciencia, de materia regida por la mente. Maldita sea, de cosas que no puedo entender, pero que seguí al pie de la letra.
Solo tú me creíste, mi buen Arthur, que yo no pertenecía a este lugar. Solo tú, que yo no era un hombre atormentado, destinado a una habitación en el manicomio de Charing Cross.
Era solo un adolescente entonces, un niño estúpido que no sabía de historia o arqueología, de lenguas perdidas o secretos arcanos. Que por culpa de un maldito juguete aparecí en un lugar desconocido.
En una tierra maldita donde no podía saltar más de un metro, o que no podía golpear una simple puerta sin romperme todos los huesos de la mano. Se parecía a mí mundo, sí, pero de otra época y lugar. Viajé de regreso a mi país, mi supuesto país en este mundo, pero nada estaba en su lugar. Entonces caí en la desesperación, al borde de la locura. Durante años llegué a dudar de mis recuerdos. ¿Sería todo producto de mi imaginación? ¿Un mundo de tecnología tan avanzada y a la vez cercano a éste en nuestros años veinte? ¿Un lugar donde las maldiciones existen y las leyes de la física se doblegan a la voluntad de un niño que quiere correr por los tejados de las casas?
No, no era un sueño. Lo descifré cuando finalmente me topé con el conocimiento oculto del árabe loco, sus textos prohibidos. Todo era real, ¡todo! Mis estudios desde joven, mi carrera en la universidad de Miskatonic, mis investigaciones en las ciencias ocultas y en los prohibidos dominios del mundo onírico. Todo, Arthur, todo lo hice, durante medio siglo, con el fin de volver a mi propia estrella.
Te dejo mi fortuna, que hice gracias a mi obsesión de años por obtener recursos, poder, conocimiento, solo para llegar a este momento. Pero te ruego que destruyas mis notas, toda prueba de esta locura, que crean por siempre que no existen otras realidades. No quiero que otra alma desafortunada terminé vagando perdida en la soledad de otro universo como yo.
Y si todo sale bien, si consigo volver, ten por seguridad de que siempre te estaré agradecido.
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Profesor R.S.
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Arthur tomó las notas y las dejó caer en un papelero con otros documentos. Abrió la botella de Whisky, se sirvió una copa y el resto lo derramó en el papelero. Prendió un cerillo y lo dejó caer también en el interior, encendiendo fuego.
Alzó la copa en alto y brindó a las estrellas, desde el balcón, en una calurosa noche de Egipto del año de 1924.
—A su salud, profesor Saotome.
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Parpadeó asustado. Se levantó tirando la silla, mirando con horror el amuleto egipcio que Gosunkugi había dejado sobre su pupitre. Aquél que parecía haberlo hipnotizado por unos segundos casi eternos.
—¿Ranma? —preguntó Akane preocupada—, ¿estás bien?
Gosunkugi miró confundido el adorno.
—Qué extraño —dijo—, el vendedor de la tienda me prometió que la maldición de Anubis haría desaparecer a mis enemigos.
Ranma reaccionó, su rostro se torció de espanto e ira, y volviendo hacia adelante de un golpe destrozó el amuleto.
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Fin
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Romi me dio la palabra «ruinas», e inmediatamente pensé en aventuras y… Pero ya hice uno parecido hace poco, así que, bien, recordé mi amor por las historias de Lovecraft. Confieso que he intentado antes escribir relatos con toques de terror cósmico, pero jamás había conseguido replicar ese ambiente y sus elementos de manera adecuada.
Gracias por sus comentarios, nos motivan a seguir adelante con este desafío que, confieso, ha sido difícil de mantener cada día. Pensando en una palabra por las mañanas, desarrollar una trama, revisarla y publicarla por las noches junto a todas las otras responsabilidades. Pero ha sido divertido.
Espero les haya gustado y nos vemos en la siguiente historia.
