Escaflowne no es de mi propiedad.
Advertencia: Contenido sexual. A partir de ahora el rating cambia a M.
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Cuarta Luna
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16.7
(Oneshot)
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Allen entró al salón de clases vacío, a esa hora ya no había estudiantes en el instituto.
Luego entró Van.
Estaba atardeciendo.
Los dos hombres se miraron a los ojos. Allen tenía los ojos azules.
Van rojos.
Rojos porque ese era su color de ojos.
(¿no son marrones?)
Siempre se citaban a la misma hora en el mismo salón.
Desde que se vieron por primera vez en la sala de maestros, no pudieron quitarse los ojos de encima.
Ni las manos. También tenían las manos uno sobre otro todo el tiempo.
Cuando estaban a solas en el salón.
A Allen le gustaba que Van tuviera unas manos tan delicadas y una piel suave en el rostro.
También le gustaba su cuerpo moreno, bien trabajado y delineado, aún vestido se podían notar sus músculos.
Y su cabello negro siempre despeinado y su colonia fresca de pasto recién cortado.
Pero había algo que le gustaba más.
(risas)
Van siempre se sintió atraído hacia los rubios. Allen tenía un cabello largo y dorado como el oro.
Un rostro masculino con una marcada mandíbula y su cuerpo dotado parecía esculpido por los dioses.
Y una estatura y una voz y una agilidad que lo dominaban.
Ya no podía esperar más.
Pero esta vez harían algo diferente.
(¿cómo qué?)
Van amarró a Allen a la silla de maestros con una soga.
(¡oh!)
Pero antes de amarrarlo, en cuanto cruzó la puerta y se vieron mientras el atardecer se veía en el cielo, se besaron.
Van se lanzó a Allen y lo besó con pasión.
Sus lenguas danzaron en una batalla de testosterona y dominación.
(ew)
(¿cuál "ew"?, te vi pegada a la campanilla de Albatou detrás de las jardineras en el receso)
(¡no tenías por qué ver eso!)
(lamentablemente lo hice, el daño mental es irreparable)
Hábilmente, Van despojó a Allen de su camisa, su pantalón y sus bóxer.
Se deleitó ante la vista de sus músculos bien marcados.
Y lo sentó de un empujón en la silla.
Allen sabía lo que seguía y sonrió seductor.
Van sonrió diabólicamente.
Y empezó a amarrarlo. Cuando terminó, lo acarició de arriba a abajo.
Desde el pecho a su entrepierna.
Allen cerró los ojos y gimió de placer.
(creo que eso debería ser después)
(¿tú crees?)
Allen cerró los ojos y disfrutó sus caricias.
Van se hincó frente a él sin dejar de verle el rostro.
Y usó sus manos para acariciar toda su longitud.
(¡Hitomi!)
(¡¿qué?!)
(¡estás roja como un tomate!)
(¡tú también, Merle!)
Allen gimió de placer.
(¿ves?, así es mejor)
(sabionda)
Cuando Van usó su boca en lugar de las manos, los gritos de Allen sonaron más fuertes.
Pero ya no había nadie en la escuela que pudiera escucharlo.
Estaba a la merced del pelinegro.
(¿es esa una palabra?)
(lo leí en un fanfic)
Allen ya no aguantó más y se corrió en su boca.
(risas)
Van sonrió satisfecho al ver a Allen sudoroso y agitado y sonrojado por el placer que le había brindado.
Pero ahora era el turno de Van de obtener su placer de él.
(¿no te parece que huele a café?)
(¡Hitomi!, concéntrate, estamos en la mejor parte)
Se desabrochó el pantalón y sacó su oscuro miembro viril.
Su espada.
Su dragón.
(decídete, Hitomi)
(me parece vulgar, debe haber una palabra más bonita)
Introdujo sus 25 centímetros rudamente en la boca de Allen.
(¿25?, ¿eso le mide a Albatou?)
(¡Merle!)
(ya en serio, ¿hasta dónde has llegado con él?, da la pinta de ser muy bruto)
(pues… nos hemos tocado, pero nunca abajo de la ropa. ¡no es tan bruto como piensas!, es bastante respetuoso, aunque no parezca)
(¡claro!)
Van se movía cada vez más rápido y sostuvo la cabeza de Allen para seguir el ritmo.
También gemía tanto o más como Allen cuando Van le daba placer.
Estaba a punto de llegar al límite.
Gritó el nombre de Allen antes de dejarse ir.
Y Allen no tuvo de otra más que saborearlo y beberlo todo.
(suspiros)
—Sé que no soy su profesor de literatura, pero tengo que admitir que ese es un relato muy creativo.
(maximizar ventana)
(minimizar ventana)
Así escucharon a sus espaldas dos chicas frente a un computador en la sala de tecnología de la secundaria. Una de ellas bajita, de piel bronceada y cabello rosa hasta los hombros; la otra, una pálida muchacha de cabello rubio cenizo muy corto. Ambas llevaban una blusa blanca cubierta por un blazer marrón, faldas plisadas del mismo color —a una distancia de la rodilla que podría merecer un citatorio— y calcetas blancas achaparradas como orugas alrededor de sus tobillos. Las dos voltearon lentamente sin despegarse de sus asientos para ver al hombre que les había estado espiando.
Van Fanel, quien les impartía matemáticas —el candente protagonista de su historia—, era el profesor más joven del instituto y, por lo tanto, el que más atención recibía de parte del alumnado —él prefería llamarlo acoso—. Llevaba una camisa color vino a la medida de manga larga, estrecha en su torso y marcando su cintura. Tenía el botón del cuello y su consecutivo desabrochados sin reparo y vestía unos pantalones de gabardina beige con botas marrones. Estaba recargado contra el escritorio atrás de ellas, la mano izquierda de piel tostada sobre la madera y la derecha sosteniendo un café con el logotipo de una popular cafetería cuyo calor había empañado sus gafas de pasta negra. De entre las pequeñas motas de los vidrios, podían ver sus ojos encendidos como brasas en una noche oscura.
Estaba molesto. Tenía la manía de pasarse una mano por el cabello cuando se frustraba —Merle y Hitomi tenían un juego de adivinar cuántas veces lo haría durante clase— y en ese momento se encontraba con la mata negra apuntando en diferentes direcciones. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?, ¿cuánto habría leído o escuchado?
—Hay algo que quiero dejar claro y es que no me interesan para nada los hombres. Mucho menos el profesor Schezar, de educación física.
Las dos chicas lo observaron mudas, hasta que tuvieron la decencia de ponerse de pie como si los asientos quemaran e hicieron una reverencia tan profunda que casi quebraron sus narices con el suelo.
—¡L-lo sentimos!
—Si eliminan la totalidad de su bestseller y nunca más vuelven a escribir algo de ese tipo en el equipo de la escuela, me ahorraré el tener que llevarlas a la sala de maestros y levantar un reporte a sus padres. De lo contrario, no me dejarían alternativa.
—¡S-sí!
—¡Sí, profesor!
Gritaron las chicas al unísono, se enderezaron como un resorte y se sentaron frente al computador a borrar hasta su propia existencia. Hitomi presionó la tecla de Eliminar como si la vida se le fuera en ello y Merle presionaba Ctlr+A para seleccionar todo, pero lo único que hacían era sabotearse y darse de gritos. Fanel le dio un sorbo a su café mientras se aseguraba de que no dejaran huella. Una vez que el editor lució blanco, Hitomi guardó el archivo y lo cerró. Las dos voltearon de nuevo para encarar a un satisfecho profesor que sonrío tan diabólicamente como lo habían descrito.
—Muy bien. Espero haya quedado claro —las señaló con la mano que sostenía el café—. Tenemos un acuerdo, no lo olviden.
Como niñas buenas y obedientes volvieron a repetir al unísono:
—¡Sí!
Él se dirigió a Merle.
—Señorita Ginga, me gustaría tener una palabra a solas con la señorita Kanzaki.
—C-claro. Gracias, profesor… estaré en la cafetería, Hitomi.
—Sí, te veo allá.
La chica hizo una reverencia y caminó apurada con la mochila en la mano hacia fuera de la sala. El sudor corrió frío por la sien de Hitomi. El hombre se enderezó, se sentó en la silla recién desocupada al lado de ella y depositó su vaso sobre el escritorio. Se quitó los lentes, dejándolos sobre el teclado de la computadora, y cruzó los dedos sobre su estómago. Le dirigió una mirada tan intensa que Hitomi se removió en su asiento y bajó la vista hacia las manos del hombre, concentrándose en el largo de sus dedos morenos coronados por lo corto y rosáceo de sus uñas, evitando descender la mirada un poco más. La chica, nerviosa, reposó las manos sobre su regazo y jugó con sus propios dedos.
—Señorita Kanzaki —Hitomi levantó la mirada al escucharlo—, tal vez le parezca difícil verlo de esta forma, pero entiendo su situación. Sé que es una edad de descubrimientos, yo también pasé por eso, y es enteramente normal explorar su sexualidad por medio de la ficción y otros medios artísticos —La muchacha tragó saliva y bajó la mirada a las botas frente a ella—. Pero comprenda que la escuela no es un lugar apropiado para eso.
—L-lo siento…
—Una cosa más —dijo él y su alumna se envaró en su asiento pensando que ya se venía la peor parte—. Tenga cuidado en establecer límites con su pareja o con otras personas… Recuerde, también, lo importante que es ser responsable. En la enfermería siempre encontrará de forma gratuita distintos métodos de protección. No lo olvide.
Oleadas de sangre pincelaron el rostro de Hitomi de un carmín intenso. Apretó entre sus dedos los pliegues de su falda.
—G-Gracias, profesor… l-lo tendré en cuenta.
—Muy bien. Eso era todo lo que quería decirle.
El profesor Fanel reposó su tobillo sobre su rodilla izquierda y tomó el café para darle un trago. Hitomi le dirigió una mirada avergonzada e inclinó la cabeza como agradecimiento y despedida. Se levantó y se colgó la mochila al hombro. Al pasar junto a él, lo vio sonreír y un susurro apenas audible se mezcló con el olor a café y a colonia de bosque. Quedó congelada unos pasos después y volteó lentamente, pero sólo alcanzó a ver la ancha espalda del profesor retirarse de la sala utilizando la puerta del lado contrario.
Hitomi pensó que tal vez fue su imaginación la que le hizo una mala jugada. Se abochornó nuevamente. ¿Cómo podría él haber dicho "16.7"?
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Gracias por leer!
Zw
