Un día, en retrospectiva,

el año de esfuerzos te parecerá

el más hermoso.

Sigmund Freud

Elrond, Gandalf y Colin caminaron en silencio por las aceras. Habían observado la prisión hasta últimas horas de la mañana. Después de reunir toda la información que pudieron recorriendo sigilosamente el perímetro del edificio, volvieron a la casa de huéspedes.

—No entiendo por qué dejaste a Kate venir a Francia— dijo Colin con tono de acusación.

Gandalf suspiró.

— ¿Cómo iba a impedir que viniese? ¿Crees que ella no se preocupó por ti el mes que estuviste desaparecido igual que tú te preocupas por ella ahora?

—Sabía que estaba preocupada pero yo... Intenté no pensar en ello.— Dijo Colin, inoportunamente. —Tenía una misión que cumplir.

—También ella— dijo Gandalf. —No es la niña que pareces pensar que es—. Gandalf miró a Elrond mientras hablaba. Sus palabras iban tan dirigidas a él como a Colin. —Es dos años mayor que tú y es fuerte. Si no creyera que tiene un papel importante que cumplir en esta obra, no le habría permitido venir.

—El General vive a una hora de la ciudad. Si los estaban escoltando hasta allí, será casi imposible enviarle un mensaje a mi hermana antes de que sea demasiado tarde— dijo Colin.

—Si este General ya tiene las obras de arte que estaba buscando y sabe que han sido vistos con miembros de la Resistencia, ¿por qué los mantiene con vida?— Preguntó Elrond.

—Información— dijo Gandalf. —Lo más probable es que crea que puede torturarlos y obtener información sobre los movimientos de la Resistencia.

—Pero Kate no sabe NADA— dijo Colin.

—Por supuesto que no— dijo Gandalf. —Pero el General no lo sabe.

—No me gusta esto— dijo Elrond. —Me siento como si alguien estuviera jugando con nosotros como si fuéramos piezas en un tablero de ajedrez.

—Entonces tendremos que asegurarnos de que el próximo movimiento sea jaque mate— dijo Gandalf.

OoO

Kate se sorprendió al ver el tamaño de la casa del General. La palabra "casa" parecía inadecuada. Era más que una casa. Era una mansión. Grande e imponente, la mansión se extendía a lo largo de hectáreas de tierra cubierta de bosques, al final de una larga curva de la carretera. Podía ver fácilmente por qué le atraía al General Bernhardi. En muchos sentidos era más intimidante que la prisión. Al menos, en la prisión los peligros eran obvios. Aquí estaban escondidos discretamente. Pero todavía eran visibles. Los guardias en la puerta principal, los hombres patrullando el perímetro de sus tierras con perros, las sonrisas acartonadas y formales del personal mientras los escoltaban por los largos pasillos hasta las suites contiguas que iban a ocupar.

La suite de Kate tenía tres habitaciones. Un dormitorio, un cuarto de estar y un baño. Se quedó sin palabras mientras las recorría, fascinada por lo que contenían. Estaban decoradas como si fueran un museo más que un espació que habitar. Había antigüedades de todo tipo por todas partes. Tenía pinturas colgando de las paredes, jarrones en las mesas e inspeccionándolas más de cerca, Kate descubrió que las mesas eran también antigüedades. Incapaz de resistirse al tener tantas obras de arte al alcance de la mano, Kate se tomó su tiempo para examinar cada una de ellas en detalle. Estaba a cuatro patas examinando la parte de abajo de una mesa cuando Legolas dijo:

— ¿Te molesto?

Sorprendida, dio un brinco golpeándose la cabeza con la mesa.

—Auch. No, no me molestas— dijo Kate poniéndose de pie. — ¿Sabes los años que tiene esta mesa? Cuesta una pequeña fortuna. Mi padre estaría entusiasmado si pudiera ponerle la mano encima a una de estas—. Vio que la puerta de la habitación de Legolas estaba abierta y preguntó:

— ¿Que hay en la tuya?

Antes de que Legolas pudiese responder, Kate ya había traspasado la puerta. Legolas sonrió y la siguió. La observó mientras examinaba el contenido de su habitación. Un rato después, cuando Kate terminó su exploración, se acercó a Legolas.

— ¿Has acabado?— Preguntó Legolas.

—Sí— dijo ella. —Lo siento. No debería haber perdido el tiempo jugando a ser conservadora de museo.

—No lo sientas. Los elfos siempre aprovechan las oportunidades que se les presentan para jugar. Y bajo estas circunstancias, no es algo que vaya a suceder muy a menudo—. Dijo Legolas. —Es bueno verte disfrutar. No creo haberte visto tan a gusto desde que te conocí.

Kate sonrió.

—No sabía que los elfos jugasen.

—Los elfos hacemos un montón de cosas de las que no eres consciente— dijo Legolas.

—Pero mientras estaba ocupada entreteniéndome has perdido tu oportunidad de jugar—señaló Kate.

—No es cierto. Te estaba contemplando a ti— dijo Legolas.

— ¿Contemplándome?¿Lo encuentras entretenido?— Preguntó Kate.

—Bastante.

—No estoy segura de si debería tomármelo como un cumplido—. Kate sonrió. —Así que ahora que tenemos un descanso inesperado, ¿cuál es el gran plan?

—Creo que deberíamos dar un paseo. Sentir la tierra y el aire de este lugar— dijo Legolas.

—Eso suena adorable— dijo Kate.

Los terrenos que rodeaban la casa estaban cubiertos de jardines bien cuidados. Caminaron entre las plantas y disfrutaron del aire fresco. Kate se colocó su suéter sobre los hombros. Se encontraban a finales de Octubre y ya soplaban los vientos fríos del otoño. Legolas aspiró profundamente.

—Te gusta este lugar— dijo Kate observándolo.

Legolas asintió. —Siempre echo de menos el olor de los árboles cuando paso mucho tiempo alejado de ellos. La ciudad tiene árboles, pero su presencia está oscurecida por las estructuras construidas por los hombres. Incluso el suelo está cubierto y oculto a la vista. No entiendo por qué los hombres pretenden inmiscuirse en lo que es hermoso sobre la faz de la tierra. Es una pena y una gran pérdida ver cuánto han cambiado las cosas.

—Pero tú vivías dentro de las cuevas de Mirkwood— dijo Kate. —Deberías estar acostumbrado a las ciudades de piedra.

—Puede que Mirkwood tuviera cuevas, pero mi corazón siempre estaba entre los árboles— dijo Legolas. —Mucha de la gente del pueblo de mi padre vivía entre ellos. En más de una ocasión se sintió ofendido porque prefería dormir bajo los árboles más que debajo de la tierra.

Siguieron los senderos del jardín y se sentaron en un banco. El sol estaba alto sobre sus cabezas y era casi mediodía. El día habría sido perfecto, de no ser por los hombres patrullando el perímetro del terreno.

— ¿Qué ha sido de tu padre? ¿Todavía vive?— Preguntó Kate.

Ciertamente. Vive con mi madre en las Tierras Imperecederas— dijo Legolas. —Yo llevaba allí muchos años cuando por fin escuchó la llamada del mar. Es uno de mis recuerdos más felices.

— ¿Por qué no te acompañó cuando dejaste la Tierra Media?

Legolas levantó la vista hacia las ramas del árbol y suspiró.

—No aprobaba que llevase a Gimli conmigo. No creía que nos permitieran entrar. No fue una despedida agradable.

— ¿Os peleasteis?— Preguntó Kate. No se imaginaba a Legolas discutiendo con nadie y mucho menos con su padre el Rey Elfo.

— Si, nos dijimos muchas cosas. Ambos lo lamentamos. Pero hace mucho tiempo que nos reconciliamos—. Dijo Legolas. —Solo me arrepiento de que no llegase a tiempo para ver a Gimli pasear con Galadriel bajo los grandes árboles Mallorn. Ver aquello habría dejado a mi padre sin palabras. Algo que no suele ocurrir salvo una vez por Edad.

Kate sonrió. El ama de llaves se acercó a ellos. Inclinó la cabeza ligeramente en su dirección pero no les miró a los ojos. En un inglés con un fuerte acento dijo:

—La comida está servida en la terraza.

—Merci—, dijo Kate.

—Monsieur Bernhardi espera que ambos acudan a la cena y la velada que se celebrarán esta noche.

— ¿Velada?—. Preguntó Kate.

El ama de llaves asintió.

—Oui mademoiselle. Se les proporcionará una vestimenta adecuada—. Después de entregar su mensaje, el ama de llaves se marchó apresuradamente como si quisiera poner toda la distancia posible entre ellos.

— ¿Velada?— Preguntó Legolas, levantando las cejas fascinado. —No he tenido nunca el placer de asistir a una velada. Tendrás que instruirme sobre sus tradiciones.

—El descanso se ha acabado definitivamente— dijo Kate con un gemido. —Esto nos llevará todo el día. Usaremos la comida para practicar. Vamos—. Kate se levantó y caminó de vuelta hacia la casa.

— ¿Qué clase de ropa llevaremos?— Preguntó Legolas.

—Sabiendo como es el General, probablemente sea ropa formal— dijo Kate. —Un esmoquin.

— ¿Esmoquin?—

Kate suspiró.

—Genial, Primero tengo que enseñarte como comer Y ahora tengo que vestirte. Para ser alguien tan viejo das un montón de problemas.

OoO

—¿Estás seguro de que esto funcionará?— Preguntó Colin. Se encontraban pasando el atardecer en la casa de huéspedes planeando su siguiente movimiento.

—Por supuesto que no—, dijo Gandalf. —Nada es seguro, muchacho. Pero puedes tener la certeza de que tiene las mismas oportunidades de funcionar que cualquier otro plan.

—Genial, simplemente genial— dijo Colin.

—Para concertar una cita con el General Bernhardi se vio obligada a entregar una pintura como soborno para Klaus Ramelow— explicó Gandalf —Si podemos recuperar aquella pintura, puedes llevarla a casa del General. Sería un tonto si se negase a ver a alguien que llevase una obra de arte de valor incalculable.

—No es fácil engañar a un hombre en su propio hogar— dijo Elrond.

—No puedes llamar hogar a un sitio en el que un hombre ha vivido solo un par de meses— dijo Gandalf — ¿Cuánto tiempo llevabas viviendo en Imladris antes de que la tierra suspirase tu nombre?—

—567 años— dijo Elrond.

—Exacto— respondió Gandalf. —Por eso creo que esta es nuestra mejor oportunidad. Estará confiado por que se encuentra en su propio territorio. Tendrá la guardia baja y será más fácil de engañar.

—Um, todo esto está bien. Pero os olvidáis de un pequeño problema— dijo Colin.

— ¿Y cuál es? —Preguntó Elrond.

—Primero tenemos que recuperar la pintura— dijo Colin.

Una sonrisa genuina se extendió por la cara de Elrond.

—Yo no consideraría eso un problema, será más bien una tarde de entretenimiento. ¿Qué crees tú, Gandalf?

—Me parece estupendo pasar así las últimas horas de la tarde— dijo Gandalf.

—Los dos estáis locos— dijo Colin.

—Ah, pero tú sigues nuestras instrucciones— dijo Elrond. —¿En qué te convierte eso?

—Loco. Definitivamente estoy loco— murmuró Colin para sí mismo. Y se sentó en la mesa con Gandalf y Elrond para planificar el "entretenimiento" de la tarde.

OoO

Como esperaba Kate, había vestimenta formal para la velada. Su ropa, de un tono marfil, era simple pero elegante. Apenas le llevó diez minutos estar preparada. Se puso el vestido, se cepilló el pelo y se aplicó una fina capa de maquillaje. Cuando terminó llamó a la puerta de la habitación de Legolas. Él le abrió la puerta. Tenía puestos los pantalones y la camisa. El resto estaba esparcido por encima de la cama.

— ¿Estás segura de que esto no es algún tipo de arma?— Dijo Legolas, examinando el fajín. —Si me das piedras del tamaño adecuado, sería capaz de lanzarlas por toda la casa.

Kate se echó a reír.

Mientras extendía la mano para coger el fajín de manos de Legolas, él reparó en ella por primera vez. Durante un largo instante se limitó a mirarla.

—Me recuerdas a Arwen— dijo Legolas.

Kate sonrió y sacudió la cabeza.

—Pensaba que los elfos tenían una vista aguda— dijo Kate. —Vamos a vestirte.

Legolas se quedó quieto mientras Kate colocaba el fajín alrededor de su cintura y lo abotonaba. Luego cogió la pajarita de la mesa y se puso frente a él. Aunque no lo estaba mirando a los ojos podía sentir su mirada enfocada en ella. Un rubor se deslizó por sus mejillas mientras ataba la pajarita alrededor de su cuello. Los dedos de Kate acariciaron la suave piel de su nuca y sintió como los músculos de él se tensaban bajo el suave roce de sus manos.

Consiguió anudar la pajarita a pesar de que sus dedos se negaban a cooperar. En lugar de concentrarse en la prenda de ropa, fue consciente de la proximidad de sus cuerpos. Sintió su pecho subir y bajar, aspiró el olor a limpieza que despedía su piel e imaginó el tacto de sus labios. De algún modo consiguió atar la pajarita y dio un paso atrás. Él cogió la chaqueta que estaba sobre la cama y la deslizó sobre sus hombros.

—Gracias— dijo.

—No hay de qué.

Legolas le ofreció su mano y ella la tomó.

—Las celdas de mi padre no eran ni de lejos tan hermosas como esta. Si los enanos hubieran estado encarcelados contigo, no se habrían querido marchar nunca.

Kate sonrió y ambos bajaron escaleras abajo para disfrutar de la velada.

OoO

En el lado opuesto de París, Gandalf y Colin estaban escondidos entre los arbustos que rodeaban la mansión de Klaus Ramelow. Elrond se había marchado para investigar y ya llevaba ausente casi quince minutos. Gandalf se había contentado con sentarse y fumar de su pipa. Estaba de buen humor.

— ¿Y si la pintura no está ahí? ¿Qué pasa si Kate necesita nuestra ayuda esta noche?— Preguntó Colin.

Gandalf sonrió.

—Paciencia.

— ¿Cómo puedes estar tan calmado cuando la vida de mi hermana está en peligro?— Preguntó Colin.

—Tengo muchos años de práctica— dijo Gandalf —No debes preocuparte por asuntos que no puedes cambiar por el momento. Lo único que conseguirás será cometer un error. Y no podemos permitirnos errores esta noche.

OoO

Legolas y Kate se habían unido a la velada. Kate calculó que habría presentes unas sesenta personas. Algunos eran renombrados marchantes de arte, pero la mayoría eran oficiales del partido nazi y sus mujeres.

La cena transcurrió con conversaciones triviales. A todas luces parecía simplemente una inocente reunión de colegas. Pero Kate estaba preocupada. Tras finalizar la cena, los invitados se habían dividido en pequeños grupos y estaban charlando entre ellos.

Legolas y Kate estaban de pie, solos, en la biblioteca.

—¿ Qué tal lo he hecho?— Preguntó Legolas. — ¿He llamado la atención?

—Tus modales han sido impecables— dijo Kate. —Que es más de lo que puedo decir de otras personas que estaban sentadas a la mesa.

—He tenido una maestra excelente— dijo Legolas.

—No entiendo por qué nos ha traído hasta aquí.

—Tampoco yo— dijo Legolas.

En ese momento el General Bernhardi entró en la habitación. Les sonrió y se unió a ellos.

—Señorita Elessar, Señor Legolas, espero que estén encontrando mi hospitalidad de su gusto.

—Sí, todo ha sido maravilloso— dijo Kate.

—Y usted está muy bella— dijo Bernhardi, cogiéndole la mano y besándole la palma.

—Tengo que darle las gracias por el vestido— dijo Kate. —Nunca había llevado algo tan hermoso.

—Es una pena— dijo el General. —Parece usted una reina.

Kate sonrió aguantando el impulso de limpiarse la palma de la mano, donde sus labios la habían tocado.

—Nada me gustaría más que quedarme aquí y charlar con ustedes toda la noche acerca de frivolidades, pero tenemos un negocio sobre el que discutir— dijo Bernhardi.

—Es algo desafortunado, pero a mí también me gustaría que completásemos nuestra transacción— dijo Kate. —Estoy segura de que tiene otros asuntos urgentes de los que ocuparse.

Bernhardi extendió la mano en dirección a Kate. —Si es tan amable de acompañarme a mi estudio...

Kate dudó solo un instante. Legolas entrecerró los ojos y Bernhardi sonrió.

—Se la devolveré enseguida.

Kate y Bernhardi subieron las escaleras en dirección al estudio. La habitación estaba llena de estanterías con libros y había un escritorio hecho de caoba. Sobre el escritorio había material de oficina y varias antigüedades pequeñas. Bernhardi se sentó tras el escritorio y se quedó mirando a Kate hasta que la hizo sentirse incómoda.

— ¿Tiene las piezas que hemos solicitado? ¿Los objetos del Gran Túmulo de East Kennet?— preguntó ella.

—Los tengo— dijo Bernhardi. Abrió un cajón y extrajo de él una espada larga, un pequeño escudo y un colgante. Los colocó sobre el escritorio.

Kate deseaba aparentar que no estaba demasiado ansiosa, así que cogió la espada primero. Examinó la empuñadura y las marcas sobre la hoja y supo que aquella había sido la espada de Aragorn. Luego cogió el colgante. Era más grande de lo que esperaba y como ya había visto antes, estaba desgastado por el tiempo. Le temblaron las manos mientras volvía a dejarlo sobre el escritorio. Extendió la mano para coger el escudo pero Bernhardi la detuvo.

—Antes de que finalicemos la transacción, me preguntaba si podría obtener cierta información de usted— dijo con un tono de voz helado.

— ¿Información? Por supuesto, le contaré todo lo que desee saber sobre las pinturas— dijo Kate.

Bernhardi se echó a reir.

—No hablo acerca de las pinturas.

Colocó una fotografía delante de ella. Era una imagen de Elrond, Gandalf, Legolas y ella misma sentados en el café.

—Me gustaría que me hablase sobre estos dos hombres.

A pesar de que la fotografía la había cogido desprevenida, intentó que no se notase.

—Esos hombres son simples conocidos— dijo Kate. —Se enteraron de que habíamos introducido ciertas pinturas en el país y querían en comprarlas. Les dijimos que no estábamos interesados.

Bernhardi se reclinó tras el escritorio y asintió con aire pensativo.

—Y usted no notó nada...peculiar...en ellos?

—¿Peculiar?

—Sí, especialmente en este hombre—. Bernhardi señaló a Elrond.

—Nada en absoluto— dijo Kate.

Bernhardi sacó otra fotografía de una carpeta y la colocó sobre el escritorio. Era un primer plano de la cabeza de Elrond. Asomando detrás de su pelo se veía una oreja puntiaguda.

—¿Sabe algo sobre los orígenes de este...hombre?— Dijo Bernhardi con aire de disgusto.

—No sé nada— dijo Kate.

Bernhardi se puso de pie y paseó por la habitación.

— ¿Qué hay del Señor Legolas? ¿Qué relación tiene con él? ¿Tampoco sabe nada de sus orígenes?

—Es un contacto de trabajo, nada más— dijo Kate.

—Hmm. Es bueno saberlo— dijo Bernhardi. —Yo también soy un contacto de trabajo y estoy deseando que ocurra esto...— Bernhardi lanzó otra foto sobre el escritorio. En ella se veía a Kate y Legolas besándose. Antes de que pudiera verla bien, Bernhardi le entrego otra fotografía. Un primer plano de la cara de Legolas. Las manos de Kate estaban enredadas en su pelo y le había retirado el pelo de las orejas. Unas orejas puntiagudas.

—¿Qué clase de hombres son estos?— Exigió saber Bernhardi.

—Yo...yo no sé nada acerca de ellos— dijo Kate con la voz temblorosa.

—Si usted no sabe nada acerca de ellos, tendré que descubrir sus orígenes yo mismo— dijo Bernhardi. —Ya he tenido la oportunidad de estudiar a dos de estas...aberraciones

—¿Dos?— Preguntó Kate.

—Si, en realidad gemelos. Muy interesante. Pero su utilidad se está agotando— dijo cogiendo un pesado pisapapeles de cristal del escritorio. Caminó de un lado a otro alrededor de la silla de Kate. —En realidad son de poca utilidad, excepto como decoración— Dijo colocando el pisapapeles en las manos de Kate. Sus manos comenzaron a temblar al reparar en lo que estaba sosteniendo. Encerrada dentro del cristal se encontraba una oreja puntiaguda.

—¿Qué quiere de mí?— Preguntó Kate.

—La verdad. ¿Es eso mucho pedir?— Suspiró. —Por qué estoy malgastando mi tiempo con usted, cuando podría simplemente pedirle a su compañero que se uniera a nosotros—. Bernhardi sonrió. —Voy a disfrutar mucho de esto—.Dijo caminando hacia la puerta de su estudio.

—¡No!— Dijo Kate. Se levantó abruptamente de la silla y la tiró al suelo. Con aire frenético cogió la espada de Aragorn del escritorio. Ni siquiera se paró a pensar en lo que estaba haciendo. Desde el momento en el que sus dedos agarraron la espada, Kate comenzó a moverse por puro instinto. Con una rápida maniobra clavó la espada profundamente en el brazo de Bernhardi. El general cayó al suelo antes de poder gritar, golpeándose la cabeza con la esquina de una de las estanterías y se quedó inconsciente.

Kate tiró de la espada y dio un par de pasos torpes hacia atrás, dejando que la espada cayese al suelo con un estrépito. Se quedó mirando mientras la pequeña mancha de sangre de su hombro se extendía por su camisa. Con manos temblorosas cogió el colgante del escritorio y lo deslizó alrededor de su cuello. Por último, agarró el pisapapeles con una mano y salió apresuradamente de la habitación.

OoO

Legolas supo que algo iba mal en el momento en que vio a Kate. Tenía la cara pálida mientras se aproximaba a él. Al verla más de cerca se dio cuenta de que temblaba.

— ¿Qué ha pasado?— Preguntó Legolas en voz baja.

—Tenemos que irnos. Ahora— dijo Kate.

Legolas no hizo más preguntas. La cogió de la mano y asintió. Ambos salieron al jardín. Estaba oscuro y los árboles y las demás plantas ofrecían algo de privacidad.

— ¿Qué ha pasado?— Dijo Legolas.

Entonces vio el colgante alrededor de su cuello.

— ¿Lo tienes? ¿Te lo ha dado?

—Yo... Creo que lo he matado. Bernhardi... —Tartamudeó Kate. —Había mucha sangre.

Finalmente, al darse cuenta de lo que había hecho, se llevó una mano a la boca.

—Me siento mal.

Kate dio un par de pasos fuera del camino, se internó entre los arbustos y vomitó.

Legolas le sostuvo el pelo y murmuró suavemente palabras en élfico para ella. Cuando Kate se recuperó lo suficiente para hablar dijo:

—Tenemos que irnos de aquí.

Legolas asintió.

—Sígueme.

Caminaron agachados por los jardines hasta que llegaron a la valla exterior de la propiedad. Los guardias con perros les seguían el rastro. Legolas frunció los labios e hizo un extraño sonido. Los perros comenzaron a aullar y tirar de las cadenas que los sujetaban y se apresuraron a correr en dirección opuesta al lugar donde Legolas y Kate estaban escondidos.

Legolas ayudó a Kate a escalar la valla, lo cual resultaba difícil debido a su vestido, y ambos desaparecieron en la espesura del bosque que rodeaba la carretera de la mansión del General Bernhardi.