Desde que tiene memoria, siempre que se mira a si mismo solo ve un folio en blanco, carente de todo. Sin nada escrito en él. Mas cuando lo ve por primera vez aquella noche de inverno, su nombre queda grabado al instante en su piel. Ya no es más un folio en blanco, pues ahora ha sido marcado profundamente por siete hermosas letras doradas. El sentido empieza a llegar a su vida, ya no se siente tan perdido y ajeno al mundo. Por fin pertenece a un lugar (y ese lugar es a su lado).

Y a raíz de esas siete letras doradas, otras empiezan a ser grabadas en él, llenado de colores el folio blanco que alguna vez fue.

Pero un día se comete una tragedia y alguien las borra, todas y cada una de ellas. Su mundo se rompe y pasa a ser un folio roto, en centenares de pedazos. Mas logra recogerlos, como puede, y sigue adelante, con un propósito de venganza.

Y pasan los años, y esos trozos, pegados con cinta, vuelven a tener letras escritas en él. Pero algo le falta… Y es que ninguna brilla como lo hacían aquellas siete letras doradas.

Pero es grande su sorpresa, cuando sin esperarlo ni verlo venir, un día aquellas siete letras doradas se posan frente a él otra vez. La venganza se disipa, como un grano de azúcar disuelto en agua. Y en su folio el color dorado vuelve a brillar. Ahí está, su sentir, su verdadero propósito, aquello que le hace ser. Y cuando por fin lo tiene entre sus brazos, no lo suelta. Aunque se lo intentan arrebatar y borrar de nuevo. Él se niega. No, no ocurrirá otra vez.

Nadie volverá a borrar jamás esas siete letras doradas, pues sin ellas, él no es nada.