Capítulo IV
De lo que más me avino en ciudad Mayólica, y cómo asenté con unas entrenadoras.
Dejamos aquel sitio tan malparados, que fuimos luego a sestear bajo el fresco de una sombra a las tripas, de puro cansados. Vime en la cumbre de toda mala fortuna, que pensé por tantas mis diabluras morar para casta en ella. Por cuatro o cinco veces probé en levantarme, y habiéndolo logrado, fui a revisar el interior del delator de mi sombrero, el cual hallé descomulgado de todo bocado. Consolámosnos con la vista de un pokelito solo y huérfano que descansaba en el suelo, y con aquella lacería pasamos el resto del día.
De la cual me entregué con tanto cuidado, que fue darle dos bocados pequeños y dos mil pesadumbres a mi estómago. Pero viendo no me durar mucho, compasela de tal manera que, dándole no más que tiernos besos de un lado, golosiné en ella hasta medianoche.
Anduvimos de esta suerte hasta la madrugada del día siguiente, en donde la nuestra nos topó con dos muchachas, quienes en lo maltrecho viéronnos estar finados del hambre. Cogiome la una en brazos, y me trajo de tal modo, que me desayuné con sus caricias, y entre los dos rogábamos nos diesen algo de comer. Pronto nos llevaron a una casa que delante de un río se hacía, y allí nos acogieron de buena gana. Andábamos váguidos del hambre, que los huesos nos sonaban como tablillas de Sigilyph. Entramos al amanecer, y en menos de una hora les comimos hasta las cucarachas, sin dejar relieve ni menudencia que no sea devorada por nuestras macilentas bocas. Yo de industria echaba algunas lacerías de pan y croquetas dentro de mi sombrero, alimentándole con ellas, como si se tratase de un segundo estómago. Era de ver cómo nuestros descoloridos rostros se flameaban con cada bocado. Todo se nos hacía novedad.
Me di asimismo buena maña en robarles, y lo más que hallaba lo llevaba, como tengo dicho, a mi sombrero, no habiendo faldriquera que mis patas no visiten ni bolsa que mi hocico no hurgase, aun si nada de aquello me fuera menester. Luego, al ponérmelo, el pecador sangraba como si fuese de carne; y así lo parecía, porque no osaba quitármelo de la cabeza.
En fin, comimos tanto aquel día, que quedamos hinchados como vejigas de bojiganga, a punto de morir despanzurrados de pura hartura. Digo que fue tan grande el atracón, que nos quedamos dormidos, y al despertar me hallé dentro de una cámara como de un celemín, tan oscura y cerrada, que por un momento creí aún estar en manos de aquel lacayuelo del hambre, y que fue todo quimera y delirio de mis tripas. Vínoseme con esto a pie la esperanza, según me vi huyendo del fuego para dar en las brasas; y afligido de este pensamiento, comencé a dar fuertes y ahogadas voces. Pero viendo serme de poco provecho, me las di a rasguñar las paredes, con que de ahí a un momento pudo aprovecharme, y salí de aquella prisión como por brujería.
Estaba yo con esto medio desvanecido, cuando oí la voz de una de las muchachas de denantes, con cuyo timbre me coloreó el alma. Husmeé el aire, y conocí estar nuevamente en la ciudad. No bastaran las palabras para describir mi confusión.
En eso, oí patente aquella misma joven decirme:
—¡Zorua, usa Ataques Furia!
No pudiera quilatar yo en aquel momento mi alboroto, ni aun el temor que sentí cuando vi aguardando frente a mí un gran Pansage, que, para asegurar el hecho y darle color, diré que tan gran simio no se vio en todo FanFiction. Mirábame el demonio con inflamada ira, cosa que sentí a par de muerte, y me asestó luego tal mojicón, que me desensartó las ideas de la cabeza. Iba yo dando botes en el suelo, como poseso, cuando mi entrenadora reiteró la orden, y maldita la otra cosa que Maquio hacía que carpir como gato rabioso. Estuve en aquel trabajo por un buen rato, mosqueándole las rodillas con mis patas, hasta que el bellaco no pudo sufrirlo más, y de una coz me escalabró todo.
Cuánto me dolió aquel golpe, Arceus lo sabe, que mis carnes estando aún magras como estaban, hicieron gran queja de él. Metiome la bellaca de mi entrenadora nuevamente dentro de mi cautiverio, y allí estando comencé a rezar por mi pecadora alma, rogando me trajesen exploradores que me buscasen los dientes, que los traía desparramados por toda la boca. Quedé, como digo, hecho moneda, y aun así no osaba quejarme, porque, como hablase mucho, los huesos me crepitaban como leños de ombú.
Aquel mismo día, antes que anocheciese, salimos de la casa y fuimos a una plaza que al otro cabo de la ciudad estaba, y aunque al principio solo me sacaron a mí no más, luego trajeron a Scraggy, y en aquella sazón nos pusieron a ambos a entrenar nuestros movimientos de combate. Quíseme en varias ocasiones escapar, pero luego me acordaba en estas harturas de mi hambre pasada, y finalmente no me osaba menear. Recordaba con angustioso sentimiento la anterior batalla, en la cual sin duda habría perdido asimismo la vida, si el cielo no me la tuviese guardada para mayores trances.
Llamaron luego las arpías, y comenzaron a hablar no sé qué cosas sobre combates y guerreamientos. Cuando oile decir Látigo y Placaje, se me alborotó el alma, que en mi vida había escuchado nombrar tales criaturas. Y con esto, nombraba la muy zurrada otra sarta de técnicas y habilidades de una lista que parecía eterna. Yo, de puro coraje, le asesté a una de ellas una embestida en la barriga; y, ¡oh, cuán al revés de mi parecer fue tal cosa a parar!, porque enseguida comenzó la loca a celebrarlo con tanto escándalo, que me pareció que tenía de qué alegrarse para todos los días de su vida. Otra vez pensé largarme, hasta que me dieron un buen plato de croquetas, como recompensa por haber aprendido aquel movimiento, y en él remedié mi cólera.
Moríame yo de amores con todo aquel favor y socorro, y como siempre estuviese acompañado de unas buenas croquetas, le habría hecho frente hasta al mismo Alto Mando. Por otra parte, Scraggy insistía en que huyesemos, diciendo cómo había trazado un plan para remediar el hambre de camino (que para cada cosa tenía él su trapaza). ¿Cómo habría de encarecer yo mi incertidumbre? Tanta era, que me quedé ocupado en aquellos pensamientos el resto de la noche.
Amaneció, y heme aquí nuevamente llamado a luchar. Dijo mi entrenadora:
—¡Zorua, te elijo a ti! ¡Vamos muchacho, muéstrales lo que tienes!
«!Allá te la muestren!» decía yo entre mí, viéndome a dos leguas salir de aquel combate molido como cibera, como la vez pasada.
Del poco dormir y el mucho pensar, (así como de la renovada y abundante dieta), había despertado algo malito de la tripa, de modo que en mi buche comenzó una grita del diablo, y por detrás el forcejeo tornábase infernal. Entré al campo de batalla luchando más bien contra mí mismo, y no bien hube hecho un paso, cuando mi oponente (el cual era un Slugma) me encaró con la mayor lentitud que jamás había visto.
Yo di en reír de tal modo, que pronto comencé a desaguarme por entrambos canales. Púseme de mil colores, jamás permitiese Arceus tal bochorno. Me llegué a él, y a gatas pude darle uno que otro rasguño, según sudaba y trasudaba en lo que intentaba contener las cámaras, quienes, junto con la risa, íbanseme escapando en cuotas. Dijo el muy bellaco:
—¡Por resucitar está Diglett, según hiede!
Con esto no pude tener la preñez, y di al pobre con ella en todo el rostro, de suerte que se la fregué por ambos ojos, dejándoselos tan ciegos y dolorosos, que sin osarlos abrir, daba sendos gritos, como loco. Quedó el negro Slugma (ahora marrón por mis pecados) hecho un muladar, y yo tan corrido de vergüenza, que por primera vez rogué a mi entrenadora me encerrase en la pokéball.
