Conclusión y Algo Más….
Más tarde en la noche, Candy no podía dormir. Ya llevaba varios días en Lakewood tomando clases de etiqueta, de francés, de pronunciación, de costura, de tocar piano y de dibujo, entre otras. Por cierto, no le molestaban tanto las clases como estar lejos de sus madres, ayudando en el Hogar, porque tenía ese gran sentido de responsabilidad y una deuda con ellas que nada parecía ser suficiente, aunque ellas entendieran perfectamente la preparación para lo que le esperaba a su niña como futura esposa del patriarca del clan. Para suerte, con la remodelación del Hogar llegó el progreso, y tenían no una sino tres enfermeras que ayudaban a Dr. Martin y dos practicantes de medicina asignados para atender con él todas las nuevas responsabilidades médicas dentro y fuera del Hogar. Además, Candy pasaba más tiempo en Lakewood sola que con el mismo Albert, ya que fue una condición muy severa de la tía abuela para que ella se convirtiera en una dama digna del apellido Ardlay.
"Candice, debes por lo menos visitar Lakewood dos semanas al mes para que vayas aprendiendo lo que necesitas como novia y futura esposa de William", le explicaba la tia abuela como recordatorio cada vez que la veía o le escribía.
"Lo que usted sugiera, tía abuela, eso haré", eran sus sinceras respuestas a las buenas intenciones de la anciana, aunque a veces se sentía agobiada con tanta cosa en su mente.
Eso de irse al Hogar, sin embargo, había sido muy buena decisión de Dr. Martin, así acompañaba a sus madres por ella. Luego de meses infructuosos para que Albert lograra arreglarle la clínica en Chicago, a él se le ocurrió mejor, cerrarla e irse a ese sitio maravilloso que Candy le había descrito tantas veces cuando trabajaba para él en la Clínica Feliz. La realidad es que la cantidad de niños que lo visitaban a quién querían ver era a su enfermera favorita, y esa se había ido hacía meses. Ya no tenía tantos pacientes que atender. Pero quién lo hubiera pensado. Tanto tiempo que insistieron, y él acabó tomando la decisión que había evitado, claro, porque no quería que le estuvieran pagando por su labor de amor realizada cuando el "Sr. Albert" estaba sin memoria. Simplemente entendió que esa labor lo llevaría a algo mucho, mucho mejor. Y cuando comenzó a reducir y hasta dejar el hábito tan malo de la bebida, toda su perspectiva de vida cambió para bien, aunque la verdad es que su hígado estaba enfermo, y comenzó a decaer unos años después de estar trabajando en el Hogar, pero la vida sana ayudó también a, como decía Candy, extenderle la garantía. Los efectos de la enfermedad no fueron tan terribles.
En cuanto a la Srta. Pony y la hermanita, también cambió toda su perspectiva para bien. Luego de que los Ardlay se ofrecieran a remodelar el Hogar, claro, sin tocar la capilla, que esa fue una insistencia hasta del mismo Albert, todo lo que habían soñado se había vuelto realidad. Ahora tenían una clínica, salones modernos de clase, una guardería con cientos y cientos de niños de la localidad, además de habitaciones muy cómodas para los niños que allí residían y también para sus cuidadores, que ahora incluía un staff de más de 30 personas y creciendo. El Hogar de Pony se convirtió en un centro vacacional y en un lugar de reunión muy concurrido. Más y más niños comenzaron a ser adoptados mientras una nueva economía se desarrollaba alrededor de la inversión que los Ardlay hicieron en la zona. Qué no hubiera hecho ese hombre por Candy y también por sus madres. Mientras todo esto ocurría, había que ver como Albert y la Srta. Pony también se acomodaban el uno con el otro de forma tan cercana. La Srta. Pony se la pasaba haciéndose pasar como la madre de Albert, y hasta era cómico verlos conversando, jugando y, no faltaba más, él escuchando los consejos de otra bien intencionada madre. La hermana Lane se la pasaba diciendo cuando se dio cuenta de ese "romance" que hacía reír a todo el mundo allí:
"Primero era Candy, que la Srta. Pony consentía sin parar, que hasta le justificaba todas sus travesuras, y ahora el Sr. Albert es el hijo favorito de la Srta. Pony. Ay, Dios mío, cómo lo malcría, qué vamos a hacer", decía con tono de tragicomedia. A nadie allí se le pasaba el comentario, y las risas, esas que hacían del Hogar uno feliz, no faltaban. Bueno, que hasta la tía Elroy no podía evitar la risa cada vez que Georges le contaba la historia de ese singular "romance" entre su sobrino y la Srta. Pony.
"Definitivamente, tengo que hablar con la Srta. Pony sobre eso", decía la tía Elroy con cada cosa que Georges le contaba de ellos. Y claro, ya había tenido la oportunidad de conocerla cuando Candy fue a Chicago a celebrar su cumpleaños. Habían desarrollado, por su cercanía en edades, una buena relación. Tan buena era que ellas se escribían y se mantenían en contacto entre ellas, con el tema favorito de ambas, William.
Albert, además, había pensado en todo con respecto a la Srta. Pony y la hermanita con turnos razonables para descansar siendo que ya no eran las jovencitas que podían corretear niños, especialmente la Srta. Pony. Ahora podían tomarse dos días libres a la semana, y el Sr. Albert se encargaba de que hicieran actividades relajantes y divertidas. Eso ayudó muchísimo a, bueno, extenderles un poco la garantía de vida también, como pasó también con la tía Elroy y Dr. Martin. Albert en eso era demasiado bueno, se ocupaba mientras desarrollaba ese lazo afectivo especial de la Srta. Pony con él de sus necesidades inmediatas como todo buen hijo.
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En Chicago, otro punto de actividad también se desarrollaba. Archi había terminado sus estudios, y se preparaba para convertirse en esposo y padre de familia, pero una conversación que tuvo con su tío fue suficiente para que decidiera posponer un tiempo sus planes de boda. Tenía que ver con su entrada al corporativo. Su misión primera fue participar de algunos viajes que el tío realizaba con Georges para atender negocios del clan fuera y dentro de los Estados Unidos. No, no fue un capricho del tío, que fue también muy convincente al explicarle el asunto a Annie, ya que a Archi le había hecho prácticamente una escena cuando fue a hablar con ella. William tenía planes de darle una mayor responsabilidad a su sobrino en las empresas, y para ello debía aprender muy bien sobre los negocios del corporativo Ardlay. Esto se lo explicó bien a Annie y ella se quedó algo más tranquila. La verdad es que también le habló de su inquietud por aprender un oficio, y William fue lo suficientemente generoso como para costear los cursos secretariales que resultaron ser un bálsamo para ella, pues encontró algo más allá de su deseo de casarse y ser ama de casa. La verdad es que, luego de pensarlo bien, esos seis meses que compró el tío William para ayudarlos a los dos se fueron rápido y fueron una muy buena inversión a la larga.
En cuanto a Georges y a Roger Ardlay, ambos fueron de gran ayuda para William, ya que las empresas tuvieron un crecimiento aún la Gran Guerra, y William reamente había realizado unas gestiones muy positivas, pero era uno solo en medio de los negocios, y a veces el tiempo no le daba con la cantidad de cosas que tenía entre manos. Y estando enamorado como estaba, ambos hombres consideraban injusto a veces no cooperarle para darse de vez en cuando una escapadita para ver a su novia. Lo merecía y se lo había ganado a pulso aún su escapada de varios años.
Patricia, por cierto, se había mudado a un apartamento sola luego de la muerte de su abuela querida. Había comenzado sus estudios graduados, mantenía su relación con su novio, pero no estaba preparada para casarse aún, y eso era un punto de claridad entre ella y Eddie. Ya él se había completado sus estudios y, gracias al tío William, su familia se unió al consorcio Ardlay, así que terminó también en el corporativo, otra mano adicional para William en medio de la cantidad creciente de trabajo. Con Archi, se convirtieron en dúo dinámico. Y siendo que Eddie tenía demasiado en común con su hermano, la amistad que desarrollaron fue casi hasta familiar.
En cuanto a los Leagan, sí, habían superado las expectativas en el mundo hotelero. Neil había decidido irse a estudiar para aprender sobre el mundo de los negocios, y maduró lo suficiente como para saber que todo lo que aprendía serviría para, incluso, en un futuro romper con el lazo con los Ardlay. Esa espinita de lo que pasó con el tío William y Candy la tenía, aunque no lo expresara abiertamente. De pronto, cambió la perspectiva de mantenido sin vergüenza alguna a consciente de que lo que hiciera a su favor lo ayudaría a despegarse de la familia que pensaba que le había hecho daño. En cuanto a Eliza, sufrió de un shock casi insulínico cuando se enteró de la relación del tío William con Candy. Todos los días se preguntaba lo que tenía esa huérfana para llevarse los mejores partidos de su familia. Claro, no recordaba nunca las veces que decía que ese desmemoriado y ella eran tal para cual. Pero en ese momento en que supo todo, cambió radicalmente de opinión. La verdad es que el tío era guapísimo, y si lo veía a ver bien, imagen de Anthony, a quien nunca olvidó. Hizo inmediatamente transferencia entre su tío y Anthony. Para Candy, por cierto, fue al revés. Pero Eliza ya no podía hacer nada. Ya esos dos estaban demasiado envueltos el uno con el otro para ella tener alguna influencia, como la que tuvo cuando convenció a la tía abuela de que Annie era otra huérfana de origen incierto. Para suerte, William intervino a favor de su sobrino, y todo quedó ahí, pero sus palabras hacia Eliza no fueron muy favorecedoras. No, nunca tendría su gracia, y eso la enfurecía más que nada.
En cuanto a Archi y el tío, esa relación fue cada vez mejor. Archi y Albert habían sido amigos por mucho tiempo, así que eso no cambió cuando supo quién era su tío. Pero se daba la patada cada vez que recordaba que nunca pudo reconocerlo, más cuando la tía se los recordaba a ambos. Cómo no se dio cuenta del parecido con el tío abuelo William Charles y, más aún, nunca se había fijado que Albert tenía exactamente los mismos ojos azul-cielo que Anthony. Aunque el rubio de Anthony era más puro y menos cenizo, Archi pensaba que Anthony muy bien hubiera sido demasiado parecido de adulto a Albert. Hasta hubieran podido hacerse pasar por hermanos, probablemente gemelos, porque una cosa era cierta. Desde que Albert y Candy se habían mudado juntos al Magnolia, todos vieron la transformación de Albert hasta parecer incluso casi de la misma edad que ellos. Nadie podía saber que ya el tío tenía 30 años, increíble, pero cierto.
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Candy simplemente repasaba en su mente, cuántos recuerdos y cuántas risas y memorias... Ella no podía cerrar los ojos esa noche que estaba en Lakewood. Las palabras de Albert todavía pululaban frescas en su memoria. La verdad, era bueno que le hubiera revelado ese misterio de cuándo recuperó la memoria. Por un momento pensó que él realmente la había recuperado mucho antes, y lo pensaba por la forma en que la trataba, como si la conociera desde antes. Pero no le había mentido cuando le dijo que incluso en ese momento en que ella era una jovencita y él era un joven adulto, ella había sentido ese flechazo por él. Al menos se lo había admitido a él y a ella misma. Había rehuido demasiado de ese sentimiento que siempre tuvo, en especial porque estaba primero Anthony y luego Terry en su mente y en su corazón. Sin embargo, de mucho antes le había quedado la duda de cuándo comenzó a sentir cosas por Albert, porque en medio de ese reconocimiento, estuvieron ciertamente ellos dos y eso era innegable.
No, no había sido ilusión. Los había querido en algún momento, y de forma muy profunda. Incluso, Anthony todavía estaba aún en su corazón. Y Terry era un recuerdo muy bello, aunque por momentos ambos parecían distantes en su mente, como los fantasmas del pasado en que se habían convertido que, por momentos, había que dejar ir; eran definitivamente recuerdos, a veces dulces, a veces agridulces, pero recuerdos al fin. Había sentido diferente por ellos dos, pero aún recordaba esa sensación de quedarse sin aire, de no poder respirar cuando la ahogaban los sentimientos. Eso nunca lo olvidaría. Pero con Albert había sido distinto, porque lo amó desde siempre, y de algún modo ese amor que tuvo por él desde los 6 años fue in crescendo, hasta convertirse en lo que en ese momento guardaba su corazón. Era de algún modo igual y diferente. Con Albert se sentía en paz. No tenía que gritar su amor a los cuatro vientos, ni perseguirlo, ni buscarlo. No importaba lo que hiciera, él estaba allí, frente a ella, y lo encontraba sin esfuerzo. Con Anthony era igual, pero la realidad es que Anthony se fue muy pronto, y eso se quedó sin completarse, como si Anthony y su tío fueran parte de un entero dentro de ella. A Terry, sin embargo, siempre había tenido que perseguirlo, y no, no le gustaba para nada esa sensación que le dejaba aún cuando estaba cerca de él. Sentía que estaba 5 minutos tarde en su vida; que él se acababa de ir cuando ella llegaba. Nunca se sintió satisfecha, pero de todos modos era un recuerdo bonito nada más. No renegaría de él.
Cuando recibió el joyero de Rosemary de parte de la tía Elroy, joyero cuya historia ya conocía, no quiso recibirlo, pero la anciana le insistió hasta convencerla. De hecho, se lo entregó vacío. Ella entonces pensó lo que podría guardar en él. Ella no era de finas joyas y las pocas que guardaba, como la del vestido que utilizó el día del falso compromiso con Neil, que Albert le había regalado, las tenía en sus estuches y no las cambiaría para algo que era tan fino, aunque esas joyas ciertamente lo eran; tampoco el broche del príncipe, pues ese seguía colgando de la misma cadenita de siempre con la cruz del Hogar de Pony, que siempre llevaba puesta. Ese joyero era una alhaja, por tanto, debía contener algo que reflejara lo que tenía valor para ella. Obviamente, lo más valioso para ella eran sus recuerdos, las lecciones de vida que había aprendido a lo largo de su crecimiento físico y espiritual, y así, abrió la cajita de zapatos donde tenía guardados esos recuerdos, y comenzó a acomodarlos en el fino joyero: el dibujo que había hecho Dr. Martin de Albert cuando despareció (el que ella hizo Albert se lo había llevado con él, y le había dicho que lo había colgado enmarcado en una pared del corporativo), la cajita de música de Stear, la foto de Anthony y la carta que le había escrito de despedida, y más adelante los recortes de periódico de Terry sobre su actuación magistral en Hamlet, la carta que le enviaría Eleanor Baker con la invitación para que fuera a ver el Hamlet de Terry, la primera carta de Susanna Marlowe y otras cosas más de su pasado feliz). Después de todo, había sido una buena idea de la tía Elroy entregarle este tesoro para guardar los de ella…
Continuará...
