Ese día que había llegado a Lakewood con Albert sería el primero de varios que estaría allí, como fue el acuerdo con la tía. Albert le había dicho que sólo estaría hasta el domingo siguiente, o sea, tres días más con ella. Luego Candy se quedaría sola allí, con Matilde y el servicio de la casa, sus tutores y profesores hasta cumplidas las dos semanas, para luego regresar al Hogar. Quizás por eso mismo no podía dormir tampoco, por lo de estar sola en esa casa, sin Albert, que era la única razón para estar allí. A veces también los recuerdos y fantasmas de Lakewood la ahogaban. No todo había sido feliz para ella allí.

Ya eran más de las 10:00 p.m. y no había podido conciliar el sueño. Esos recuerdos le apretaban el alma hasta hacerla sentir incómoda. Entonces se levantó, encendió la lamparita junto a su cama, se puso una bata y las pantuflas, para luego salir por el pasillo alumbrado a media luz. Abajo, en el primer nivel, los sirvientes terminaban la jornada. Se escuchaba, por cierto, mientras aún limpiaban la vajilla de la cena. Era tarde, y trató de no hacer ruido mientras caminaba por los pasillos de la villa. La verdad es que ella era muy petite, así que pasaría desapercibida y su sombra no haría mella abajo, mientras el servicio iba y venía, ocupado por sus deberes. Si la hubieran visto, de seguro le decían algo a la tía abuela, y ella realmente no quería que supiera lo que estaba haciendo, aunque no era nada malo.

Albert hacía rato se había acostado a descansar. Lo sabía porque luego de sus duchas frías y de sus intentos por calmarse la ansiedad que le provocaba la chaperona, regularmente caía rendido y se dormía rápido. "Pobre, tanto trabajo y aún así siempre tiene tiempo para mí", pensaba. Su habitación también lucía apagada, a oscuras. Innegablemente, el pobre estaba muy cansado. Llevaba también meses de trabajo, todo por cumplir con sus obligaciones familiares, y aún así sacaba tiempo para ella. Ella a veces pensaba que quizás debía irse a Chicago a terminar con las lecciones, no sólo para estar cerca de él, sino para que él no tuviera que hacer tantos sacrificios por ella. La verdad es que ella se sentía también en deuda con sus madres, por eso era que no tomaba esa decisión. De hecho, no era nada que él no supiera. Él incluso le había pedido que se quedara con sus madres, que estaban ya mayores. Por eso y nada más que por eso no se había ido a Chicago. Para suerte, todos los esfuerzos de Albert para que ellas estuvieran bien estaban rindiendo frutos.

Por otro lado, siempre pensaba, mientras caminaba frente a su puerta: "cuánto daría por tener nuestras literas, y que pudiéramos dormir en la misma habitación, como cuando vivíamos en el Magnolia. La presencia de Albert siempre me relajaba y me ayudaba a dormir". La realidad es que Candy era de muy buen dormir, especialmente cuando se fue a vivir con Albert, pero por alguna razón, su insomnio había aumentado en meses recientes. Primero era porque en el Hogar tenía que madrugar prácticamente todos los días, y como le gustaba acostarse tarde, perdía tiempo de descanso, así que su sueño matutino lo reducía su reloj despertador. Pero también, cuando Albert abandonó el departamento, Candy se había sentido desolada, y por un tiempo perdió el apetito y el sueño. Aún no había recobrado el sueño perdido, aunque estaba más tranquila. Su apetito había vuelto a ser voraz, como antes, y había aumentado sus kilos, especialmente cuando comenzó su relación con Albert, pero definitivamente tenía que hacer algo, porque podía enfermar si no descansaba lo suficiente.

Luego de pasar la de Albert, caminó un poco más a la que se le había asignado a Matilde, y cuando se asomó a la puerta semiabierta, ella dormía profundamente. La verdad, esta dama regordeta y simpática, con ese sueño tan pesado, no hubiera podido evitar que Albert y ella se escaparan de su vigilancia, como había ocurrido en más de una ocasión, pero por el respeto que ambos le debían a la tía Elroy, sus escapadas eran muy sanas. Incluso, Candy trataba de hacer quedar bien a la chaperona. A Albert era el que no le agradaba demasiado que la misma Candy fuera tan recatada, aunque bien entendía que todo era por hacer las cosas bien. Un accidente en ese tiempo hubiera dejado muy mal parado al patriarca de los Ardlay, y eso era claro para él. Sin embargo, era inevitable que ella se riera de la cara de Albert cada vez que Matilde llegaba, porque se le delataba el disgusto. Era como si la chaperona le dañara algún plan, pero de seguro tenía claro que no podía tocar a Candy incluso con el tiempo que llevaba esperándola. De todos modos, le parecía que eso de tener a la chaperona aún cuando habían estado solos demasiado tiempo era totalmente innecesario.

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Candy, en ese momento, después de corroborar que Matilde y Albert dormían, continuó caminando algo más, hasta llegar a una puerta doble que daba al salón de música. En estos días, estaba afinando sus conocimientos del piano. El instructor que le daba clases se sorprendía de su destreza. Era una natural. De hecho, jamás había tenido una estudiante tan aplicada a nivel musical. Un día a Candy se ocurrió algo muy original con esta nueva habilidad que desarrollaba. Nadie sabía en ese entonces que cada vez que podía, iba allí a prepararle un regalo a Albert, que lo dejara sin habla, como todo lo que él había hecho por ella. Ella le había pedido a su instructor de piano y también a Susanna, que la ayudaran a componer una canción para Albert que reflejara el comienzo de su historia, cuando no se conocían y él era para ella una imagen borrosa, infantil, llena, ciertamente, de misterio. Susanna de pronto había conectado de nuevo con su historia teatral preparando partituras, y Candy fue la primera en saber que ella tenía esa afinidad y en también ayudarla a desarrollarla.

La verdad es que Susanna y ella se habían conectado a otro nivel luego de Susanna pedirle perdón por lo que consideraba su egoísmo al acaparar a Terry, y juntas habían descubierto ese nuevo arte musical que llevó a Susanna a consagrarse en el mundo de las tablas antes de ella perder la batalla por una bacteria que se le alojó en la sangre unos años después de su accidente. Terry sabía de esa amistad, pero evitaba preguntarle nada, y ella era muy parca con esas comunicaciones de Candy con ella. Lo único que sabía era que Susanna, de nuevo, admiraba muchísimo a Candy. Tampoco le comentó a Terry la intención de Candy, y no le habló del matrimonio ya cercano entre su amiga y el patriarca de los Ardlay, porque siempre supo que el asunto de Candy le dolía de cierto modo, aunque no tenía tanto éxito, pues todo lo tocante al patriarca de los Ardlay era noticia en los diarios prácticamente todos los días. Era algo que, igual que Annie, había aprendido a sobrellevar. Sin embargo, Terry esquivaba el tema y trataba de ni preguntar del asunto. Aun así, tanto Susanna como Annie sabía que la admiración y cariño que su hombre le tenía a Candy ya en su madurez adulta era otra cosa muy distinta a lo que antes sintieron los dos por ella en la adolescencia. Siempre estaría ahí, pero más como un recuerdo dulce del pasado. Tenían que pasar la página las dos, y ambas lo hicieron a su manera.

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Candy llevaba tiempo en esa encomienda de prepararle a Albert algo especial, cada vez que podía, durante meses largos, mejorando la melodía y música, y practicando cuando podía. Así, poco a poco, en los momentos que tenía libres, se iba al salón de música de Lakewood, o tocaba el piano del Hogar, o se conectaba en la mansión de Chicago cuando era que podía ir, para preparar ese obsequio que nadie sabía, ni siquiera sus madres conocían. Ella quería que fuera una sorpresa. Al único que le dijo fue a Archi, y por una razón muy importante, que como siempre, le guardó el secreto…

La ceremonia nupcial se había celebrado en Lakewood por propia decisión de los novios. Candy y Albert presentaron frente a Dios su compromiso frente a amigos, familiares y agregados. Candy había solicitado que el piano que tocaba en el salón de música fuera llevado a la caseta y esto se había hecho según sus instrucciones. Claro, al ver el piano, todo el mundo tenía la idea de que los novios bailarían al son del instrumento, y más viendo al instructor de piano, que pensaban que él sería el que tocaría esa tarde. Aparte, también estaba el violín y otros instrumentos, así que probablemente habría un intermedio de música de instrumentos, pero la realidad es que todo era parte de la sorpresa de Candy.

Candy y Albert se sentaron en sus respectivos lugares de honor en medio del jardín de flores, con los buenos deseos de los padrinos, que eran Archi y Annie y de la tía Elroy dando la bienvenida a la nueva matriarca. De pronto Albert se puso de pie para hacer el debido saludo y presentar a su esposa al comité y a la familia. Hasta Neal y Eliza estaban allí, pero no por gusto, sino porque la tía Elroy había solicitado la presencia de todo el clan para el evento. Como parte del protocolo, los varones llevaban, para la ocasión, el tradicional kilt, incluyendo el novio.

Luego de toda la parte ceremonial de la boda, llegó el momento en que los novios por tradición intercambiaban regalos, y Albert le entregó a Candy los papeles de propiedad del Hogar de Pony, para que ella los guardara. Lo que antes había sido algo no oficial, ahora sí lo era; eran papeles notarizados, y él se los entregó delante de sus madres, para que la alegría fuera triple. Esto convertiría a Candice W. Ardlay en dueña de toda esa propiedad, con sus madres de co-dueñas. La hermanita y a la Srta. Pony no podían parar de llorar de la alegría, y se abrazaban a la pareja de pura felicidad. Ese ahora hijo de la familia de Candy les había entregado las llaves del cielo ese día.

Cuando llegó el momento de Candy entregarle su regalo, de pronto miró donde estaba Archi, que momentáneamente se levantó y fue a buscar lo que faltaba de su regalo. Ella fue directamente y se sentó frente al piano. De hecho, Annie fue la que le entregó la partitura compuesta con Susanna, y sin siquiera decir palabra, comenzó a tocar y cantar con tanto sentimiento que no hubo una sola persona que no llorara ante el regalo tan grande de amor que Candy le regaló a su esposo.

Les presento la melodía que Candy le dedicó con todo su amor a Albert ese día.

(crédito a Mitsuko Horie y Keiko Nagita)

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Al final, Archi salió de la villa a tocar con la gaita la última parte de la melodía. El silencio que había imperado mientras Candy terminaba la pieza fue roto de pronto por un gran aplauso, la despedida de los novios, y un adiós…a la chaperona para comenzar su nueva vida sin ella… Y así la fiesta continuó también hasta el final, aún habiendo salido Albert y Candy a una larga y merecida luna de miel…

¿QUÉ CREEN, ES ESTE EL FINAL O UN NUEVO COMIENZO…?

¿HASTA LA PRÓXIMA…?

NOTA: Gracias por el apoyo. Como les había expresado, nunca pude realmente llegar a un final de esta historia. Es posible que conecte otra, que se llama "Golpe de Gracia" con esta, aunque no necesariamente. Esta otra historia tiene un aire algo diferente. También les expresé que era más erótica que otra cosa, y quizás tomaría más tiempo adaptarla a una versión PG. Sin embargo, también es posible que abra un nuevo capítulo, que no está escrito aún, para completar este o quizás no, aún no sé. No me parece que mis demás historias, todas larguísimas, como esta, conecten como esta.