Graves se levantó sobresaltado y sudando frío. Nuevamente se había quedado dormido en su despacho de la Academia mientras calificaba los exámenes de sus alumnos. Luego de diecisiete años aún tenía la misma pesadilla cada que se aproximaba la llegada de la luna de sangre: Tobías solo, luchando por su vida en aquel plano onírico contra esa maldita demonio que los emboscó cuando eran jóvenes. Ese era el mayor error de su carrera y el mayor arrepentimiento de su vida por haber perdido al hombre que amaba durante una misión.

Se levantó agotado y se retiró los lentes para sobar el puente de su nariz. Se aproximó al ventanal de su oficina y fijó su vista en el exterior, se había hecho de noche y la luna se alzaba en el cielo en cuarto creciente. Pronto habría luna llena; una luna de sangre.

Suspiro pesadamente y sacó del bolsillo de su saco una carta de color azul desgastada por el tiempo. Durante todos esos años había perdido poco a poco su brillo, Graves lo atribuyo a que la magia que Tobías le habían imbuido estaba desapareciendo. Aún recordaba porque se la había dado, cerró los ojos y evocó ese recuerdo de su pasado:

—Yo no sé usar bien tus cartas, ¿para qué me la das?— había preguntado mientras eran transportados en un barco al lugar de su próxima misión.

—Es por si te pierdes pueda encontrarte o si no estoy cerca para ayudarte puedas escapar— soltó Tobías encogiéndose de hombros.

Él sujetó la carta entre sus dedos, la observó y luego estiró su mano hacia él para devolvérsela.

—No la necesitó porque tú siempre estarás a mi lado— contestó muy seguro de sus palabras.

Tobías se sonrojo por su insinuación y Sarah que los escuchaba se aclaró la garganta.

—Ay, ya solo acéptala, quiere proteger a su "amorcito"— resopló fastidiada.

— ¡Tú no te metas Fortune!—habían gritado ambos molestos.

El trío río feliz en ese momento ignorando el evento desafortunado que marcaría su tragedia. Después de ese día las lágrimas se volverían abundantes, habría un entierro sin cuerpo y una condecoración póstuma. Tobías Félix había muerto salvando a sus amigos y extrajo con éxito el cáliz de sangre del peligroso culto de la luna de sangre. Se convirtió en un héroe pero había muerto atrapado dentro del mundo del espejo donde siempre es de noche y la luna de sangre reina.

Malcolm Graves deseo estar tan muerto como su amante y amigo. Se enlistó en la guerra que vino después esperando pagar con su vida su más grande error hasta que la gatita de la antigua y desaparecida directora Norra, Yuumi, le ofreció hacer algo de provecho con su vida: ayudar a forjar el futuro; educar a las jóvenes y brillantes mentes del mañana.

Él era un profesor. Tobías seguramente jamás lo habría imaginado, él tampoco podía creerlo pero ahí estaba tratando de vivir un día a la vez esperando que el recuerdo de su más grande amor doliera menos con cada día que pasaba.

Alguien tocó la puerta de su oficina sacándolo de sus recuerdos. Él guardó la carta azul que siempre llevaba con él muy cerca de su pecho, recogió sus lentes para colocárselos nuevamente y observó el antiguo reloj de caja que se encontraba en la esquina. Era bastante tarde, no sé le ocurría quién podría seguir en la Academia a esa hora aparte de él, quizás se trataba nuevamente de Ezreal, últimamente siempre dejaba algo olvidado en el aula y venía a su oficina a pedir la tarjeta llave.

Abrió la puerta y se llevó una sorpresa, se trataba de la mismísima Sarah Fortune o cómo solían llamarla por esos días "Miss Fortune", la mejor capitana que la fuerza militar de Durandal hubiera tenido jamás.

—Te has hecho viejo Malcolm Graves— saludó la mujer regalándole una amable sonrisa.

—Quisiera decir lo mismo de ti pero ambos sabemos que esa es una mentira y te ves mejor que nunca— soltó el pelirrojo provocando que la mujer riera con su comentario.

Ambos intercambiaron un abrazo y a Sarah le agrado escuchar en ese comentario la voz del despreocupado joven que había conocido en la academia y que ahora se ocultaba tras la máscara del hombre maduro, malhumorado y hermético en el que se había convertido. Después de la muerte de Tobías, su primer amante, Graves jamás fue el mismo y se convirtió en un soldado frío y calculador.

Durante un largo tiempo, Sarah Fortune no supo nada de él hasta que un día escuchó por Shauna Vayne, que continuaba en contacto con él, que Graves se había vuelto profesor en la Academia de Durandal. Al parecer había hecho un descubrimiento que había beneficiado a los aliados e hizo que la nueva directora se interesará en él. Se alegró de escuchar que a su amigo le iba bien, al parecer comenzaba a olvidar la tragedia que lo había marcado y por ello, no estaba segura de querer contarle lo que sus hombres habían encontrado los últimos meses.

¿Sería demasiado para él o le daría al fin un cierre para continuar con su vida? Sin duda, una apuesta peligrosa.

Graves la invitó a pasar a su despacho y sacó de un estante una botella de licor y dos copas. Sirvió una para cada uno y ambos bebieron un poco.

— ¿Y qué te trae a estas horas, "vieja amiga"?— preguntó el hombre empujando la bebida hacia su garganta.

—No sabía que dejaban a los profesores meter bebidas alcohólicas a la Academia— dijo Fortune evadiendo la pregunta mientras sorbió un trago de su copa.

—No sé los demás y tampoco me importan— se encogió de hombros el pelirrojo de manera despreocupada.

—Sigues igual que siempre y por eso no sé si debo decirte lo que me ha traído hasta aquí. — suspiró la mujer sabiendo que no podría alargar por mucho más la velada.

—Si te presentaste a esta hora, es porque es importante. Solo dilo, lo que sea puedo manejarlo— fanfarroneó el hombre.

Sarah ancló los ojos en él y sacó del bolsillo de su saco un naipe de color dorado que asentó en la mesa y luego lo deslizó hasta él empujándolo con sus dedos.

—No lo creo—acertó la capitana al ver la mirada desorbitada que le dirigió el hombre a aquel trozo de papel.

— ¿Dónde…? ¡¿Dónde encontraste esto?! Su cuerpo… ¡¿Recuperaste sus restos?!— dijo poniéndose de pie, tirando la silla donde estaba sentado.

—Siéntate— le ordenó ella y volvió a beber de la copa para darse valor.

Graves le obedeció a regañadientes y tomó la tarjeta entre sus manos observándola atentamente tras el cristal de sus lentes.

—Observa bien ese naipe— volvió a ordenarle y Graves así lo hizo, entonces notó algo que le hizo dar un respingo.

—Son diferentes a las que él solía usar, este símbolo no lo conozco. El papel es nuevo, brilla y se siente cálido, como si estuviera…—

—Vivo— completó Fortune.

—El último mes me reportaron que una mujer que vivía sola había raptado a dos pequeñas para sacrificarlas enfrente del mar sobre una piedra de sacrificios con el sello del extinto culto de la luna de sangre, pero tras una larga investigación, no se pudo recuperar los cuerpos de las chicas ni determinar si esa mujer realmente lo había hecho. Fue puesta en libertad en contra de las protestas de los aldeanos y le ordené a una persona de mi confianza que la vigilara en secreto.

En tres días, mi vigía fue asesinada y su sangre drenada. En su cuerpo había dos perforaciones: un orificio en su pecho y otro en su cabeza. Este naipe estaba clavado en su frente…

— ¡Debiste llamarme! ¡¿Por qué demonios no lo hiciste?!— reclamó Graves furioso.

— ¡No estaba segura! ¡No podía venir a volcar tu mundo sin saber qué estaba sucediendo o a qué nos enfrentamos!— gritó molesta.

— Tú no has vuelto a ser el mismo desde que Tobías murió…No podía hacerte eso— sentenció la mujer.

Graves refunfuño molesto y la dejó continuar.

—Después de eso, la mujer desapareció y en una aldea cercana a Sugiru comenzaron a desaparecer varios hombres cuyos restos fueron recuperados tiempo después dentro del bosque. Los troncos de los árboles estaban manchados con la sangre de las víctimas y dibujaron en ellos el símbolo de la luna de sangre; era el mismo patrón que vimos hace diecisiete años. Me moví suponiendo que se trataba de la misma diablesa a la que nos enfrentamos y por precaución mande a evacuar la aldea pero fue demasiado tarde, el grupo de hombres que envié fue eliminado junto con todos los aldeanos que no lograron escapar. Todos fallecieron. Esta vez hubo más naipes para confirmar mis sospechas— relató la mujer y su mirada se enturbió.

—No quiero asegurar nada pero pienso que él podría…—

— ¿Estar vivo?— completo Graves inseguro.

—Solo piénsalo, su cuerpo jamás fue recuperado y si esa diablesa le hizo algo o al final decidió no matarlo, él podría…—

Graves meneó la cabeza y sintió que le faltaba el aire. Tan solo pensar que había dado por muerto a Tobías todos esos años cuando se encontraba vivo lo hizo sentir mal. Se desabrochó la camisa sintiendo que le faltaba el aire y apoyó sus codos sobre la mesa. De pronto, sintió que los años le caían encima y cansado recargó su frente en la palma de sus manos. La cabeza le zumbaba e hizo un esfuerzo para recuperarse.

—Sabía que esto era mala idea— dijo Fortune y deslizó su mano para tomar el naipe pero Graves se lo impidió.

— ¿Dónde lo encuentro?— preguntó serio.

—Mató a tres escuadrones ¡Te matará!— aseguró la mujer.

—Si está vivo tengo que saberlo, tengo que ayudarlo. Yo tengo que…—la vieja cicatriz volvió a dolerle en el pecho y Sarah se aproximó para apoyarlo.

— ¡Graves!— gritó ella y corrió a servirle un vaso de agua de una jarra que reposaba en una mesita.

Graves bebió el agua y respiró con lentitud para tranquilizarse.

—Te daré la ubicación, pero no irás solo…—dijo ella apoyando su mano en su hombro.

—Sarah…—soltó Graves sorprendido.

—T.F. también era mi amigo. Ese día yo también le falle, te falle a ti y a la misión. No se supone que él cargara con toda la responsabilidad pero aún así lo hizo… Yo tuve la culpa que él se quedara atrapado en el mundo del espejo…— dijo tratando de contener las lágrimas que se deslizaban de sus lindos ojos azules y sintiéndose derrotada se dejó caer al piso de rodillas.

Graves le dirigió una mirada de condescendencia y se inclinó para acunarla en sus brazos. Nunca se había puesto a pensar cómo la muerte de Tobías le había afectado a Sarah. Ellos tres venían del mismo lugar y aunque Sarah prefería hacer las cosas a su manera, era innegable la estima que les tenía. Todos esos años había estado tan ensimismado en sus propios sentimientos que había ignorado lo que Sarah debió sentir todos esos años.

—Está bien, desahógate. Sé que no derramaste una lágrima desde entonces porque creíste que no debías pero la verdad es que tú lo perdiste tanto como yo…—

Sarah lloró en sus brazos hasta que se desahogo completamente. A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos de sol se colaron a través del ventanal, la mujer se despidió de él y prometieron reunirse en tres días frente a la academia. Graves estuvo de acuerdo y le pidió quedarse el naipe para analizarlo. La pecosa accedió y se despidieron.

Graves observó su escritorio lleno de papeles y después el naipe. Las clases comenzarían pronto, el timbre que anunciaría un nuevo día en la academia sonaría y él debía prepararse para su primera clase de esa mañana. Sin embargo, no podía concentrarse en la cotidianidad de su vida después de escuchar que posiblemente Tobías se encontraba vivo y dominado bajo el yugo del mismo demonio que no logró eliminar en su juventud. Era su deber salvarlo o morir en el intento; esta vez haría algo al respecto.

Con eso en mente, sacó a Nueva Destino de su estuche que mantenía debajo de su escritorio, revisó su carga y tomó una extra por si las dudas.

—Hola preciosa— saludó a su escopeta y recordó que la primera quedó atrapada en el mundo del espejo junto con Tobías.

La había nombrado Nueva Destino por Tobías. El mismo nombre del portal mágico con él que lo había salvado del mundo del espejo hace tantos años. Aunque era un poco cursi, quería rendirle tributo de esa manera, así de alguna forma continuarían conectados por Destino.

Meneó la cabeza para evitar ahogarse en sus recuerdos y se dirigió a un ropero empotrado en la pared. Lo abrió y sacó un cambio de ropa, junto con municiones, provisiones, una caja de puros y otros objetos de utilidad. Echó todo en una vieja mochila que tenía de su época en el ejército y cuando estuvo listo y cambiado, salió con dirección a la oficina administrativa.

En una mano llevaba el estuche de Nueva Destino y en la otra, una esponjosa y brillante bola de estambre de color rosado junto con una carta dirigida a la directora Yuumi.

Las armas divinas en Durandal eran una cosa seria pero el verdadero y más grande poder mágico dentro de aquella institución era un libro antiquísimo de hechizos que actualmente pertenecía a la felina directora Yuumi. Nadie aparte de la pequeña gatita y la desaparecida directora Norra sabía lo que contenía o como se utilizaba "El libro de los umbrales", pero el tiempo que Graves había pasado junto a la gatita y el libro, comprendió que éste último poseía una personalidad propia. En ocasiones escuchaba a la directora hablar con él y aunque no podía afirmar que pudiera hablar el lenguaje humano, era más que capaz de entenderlo. Aún más importante, podía teletransportar a cualquier persona a cualquier lugar sin importar la distancia. Eso le ahorraría tiempo investigando y buscando. El naipe que le entregó Sarah lo utilizaría como catalizador y el libro sabría a donde exactamente enviarlo. La parte difícil sería distraer a la directora y usar el libro sin su consentimiento pero ya tenía algo planeado para ello.

Giró en una esquina cuando chocó contra alguien y debido al impacto ambos cayeron al suelo. Se trataba del joven Ezreal que nervioso tragó saliva y lo observó con ojos asustados.

—Buenos días profe… Graves, digo, profesor Graves— saludó el chico tímidamente bajo la atemorizante mirada del pelirrojo.

Graves por su parte se quedo en silencio. Se puso de pie, limpió sus ropas y continuó con su camino como si no hubiera pasado nada.

Lux, una chica de primer año que había visto lo sucedido, se aproximó a su compañero para ayudarlo a levantarse.

—Estaba raro el profe Graves ¿No lo crees?— comentó Ezreal cuando sus ojos dieron con una bola de estambre en el piso.

— Si, un poco— dijo Lux extendiendo su mano para ayudarlo a levantarse.

— ¿Y esto?— preguntó Ezreal levantando la bola de estambre junto con una carta pegada en ella.

—Trae una nota — dijo Lux y la despegó del estambre. Iba a revisarla cuando la directora salió de un portal y se sentó en la cabeza de Ezreal.

—Aaah joven Ezreal ¿Jugando tan temprano en los pasillos?— preguntó la felina sentándose muy derechita sobre su cabeza.

—Nada de eso directora, me caí y encontré esto en el piso…— dijo el chico alzando la bola de estambre para mostrársela.

A Yuumi se le iluminaron los ojos y con un rápido movimiento de su patita se la arrebató.

—Creo que tendré que confiscar esto— dijo cuando sus ojos observaron la carta que Lux sostenía en su mano — Oh ¿Eso es para mí?— preguntó viendo su nombre escrito en el sobre. Lux giró la carta y confirmó que así era.

— Mi secretaria llegará tarde ¿Puedes leerla querida Lux?— le preguntó y se acomodo en el regazo de Ezreal junto con su estambre para escuchar el contenido de la carta.

—Eh, si. No hay problema— dijo Lux abriendo el sobre y cuando leyó el asunto abrió grandes los ojos.

—Es una carta de renuncia…— reveló.

—No puede ser— suspiró la gatita acomodándose los lentes y repasó en voz alta los profesores que se habían ido el último año— Primero Lucian y luego la subdirectora Fiora… ¿Me preguntó si deberíamos mejorar las prestaciones y la paga?— comentó ensimismada.

— ¿Quién se va ahora?— preguntó al fin.

—El profesor Graves— reveló crédula la joven y buscó el asunto. —Dice que "Tobías está vivo y lamenta tomar prestado su libro de los umbrales sin su permiso"—

En ese momento el pelaje de la directora se erizó, abandonó su bola de estambre y voló a toda velocidad con dirección a su oficina. Lux y Ezreal sin entender muy bien lo que sucedía la siguieron.

Yuumi fue la primera en llegar. Graves sostenía el libro de los umbrales en sus manos.

— ¡Profesor Malcolm Graves, espere!— gritó al mismo tiempo que él y el libro desaparecían por un portal.

—No, no, no, no…— repitió la gatita al ver que el profesor y el libro habían desaparecido.

— ¿Qué está sucediendo?—preguntó Ezreal confundido.

—Creo que el profesor Graves acaba de robar el libro de los Umbrales— dijo Lux preocupada sin poder creer lo que había visto.

Yuumi brinco a su escritorio y pasó su patita en el lugar donde siempre reposaba libro.

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En el mundo del espejo, lugar donde la luna de sangre se levanta orgullosa.

—Debo admitirlo, pensé que en los primeros años te rendirías pero aquí seguimos— soltó Evelynn recargando su cuerpo en el marco de la puerta del calabozo donde lo mantenía confinado. En su mano sostenía algo redondo y rojo que mordió con avidez manchando las comisuras de sus bonitos labios.

Tobías la contempló a lo lejos. Su cuerpo colgaba como un trapo viejo en el centro de esa habitación. Sus muñecas se mantenían alzadas sobre su cabeza, encadenadas a una argolla incrustada en el techo y sus piernas colgaban al aire, con dos pesadas cadenas atadas a sus tobillos. No podía moverse, cualquier mínimo esfuerzo le producía dolor.

—Evelynn…—murmuró el hombre con voz ronca, no recordaba la última vez que había utilizado su voz para hablar con ella. Los últimos años Evelynn solo lo buscaba cuando estaba aburrida y lo torturaba o cuando se acercaba una luna de sangre para convencerlo que aceptará al demonio que había anclado en su cuerpo.

—Han pasado 16 años y tú te mantienes firme contra el demonio de la máscara. Dime ¿Aún guardas la esperanza de que él volverá por ti?— preguntó con sorna la demonio sin dejar de disfrutar la fruta que se llevaba a los labios.

Tobías no contestó y cerró los ojos cansado, había aprendido que Evelynn le gustaba provocarlo. Durante todos esos años no lo había matado, al parecer porque le aburría vivir confinada en el mundo del espejo y él era el único entretenimiento disponible. Por supuesto no mataría a su "juguete", después de todo era su pase para salir de ahí y aunque con los años se había rendido en doblegarlo para que aceptara al demonio "Twisted Fate , el sacerdote de la luna de sangre" no perdía ninguna oportunidad con seguir intentándolo.

—Sabes, no sé como lo haces pero ya puedes decírmelo ¿Cómo soportas esto? ¿Cómo mantienes a "T.F" a raya?— preguntó curiosa.

Tobías río con su inocente pregunta. Era tan obvio para él pero para ella era un completo misterio.

— ¿Piensas en ese hombre que salvaste? Si es eso, es tan cliché y patético—soltó con desdén la mujer.

—Obviamente alguien como tú jamás lo entendería…—rió Tobías debajo de la máscara. — ¿Qué puede saber un demonio como tú sobre el amor?—

—Sé mucho acerca de los hombres y el amor— dijo ella caminando hacia él y coloco sus garras sobre la máscara que cubría su rostro— Lo único que les gusta es lo que pueden ver y tocar—rio y camino alrededor de él haciendo sonar sus getas con cada paso que daba.

—Dime Tobías ¿Acaso no sientes odio contra ellos?— le preguntó la mujer detrás de él mientras acariciaba su cuerpo con las puntas de sus garras.

— ¿Odio?— preguntó él confundido.

—Te dejaron aquí encerrado conmigo sabiendo lo que te haría. Ni una vez trataron de averiguar qué te sucedió. Solo te abandonaron a tu suerte y ahora ellos hacen su vida sin ti, viven felices sin preocupación alguna— dijo ella alzándose con las falanges que salían de su cuerpo hasta que estuvo a la misma altura que él y rodeo con sus brazos su cuello.

—Creo que él ya te ha olvidado— dijo ella sacando un pequeño espejo de su bolsillo y lo acercó a su rostro para que pudiera mirarlo. En el estaban Shauna Vayne y Graves abrazados.

— ¿Ves? Te mintió, si le gustaba su amiguita. Siempre es así, los humanos son tan cambiantes— le susurró Evelyn.

Tobías no podía creer lo que observaba, cerró los ojos y trago saliva. Quería convencerse de que todo era un ardid de la demonio pero bien sabía que los espejos solo mostraban lo que sucedía en el exterior, un par de veces Evelynn le había mostrado algunas escenas de su mundo para torturarlo y tentarlo para que la liberara.

—Está bien, yo ya no pertenezco a su mundo… quiero que sea feliz— dijo con voz temblorosa e intento serenarse. No estaba funcionando esta vez. Debía concentrarse más podía sentir al demonio deslizarse en su ser.

—Tú bien sabes que no puedo manipular estos espejos, pero si quieres seguir engañándote, te recordaré que eres para mí—

Ella arañó con saña su espalda y él profirió un grito de dolor. La tortura jamás terminaba, no moría, el demonio de su interior sanaba sus heridas y Evelynn se divertía volviéndolas a abrirlas. Su risa aumentaba a medida que lo flagelaba. Ella lamía la sangre que salía de sus heridas y volvía a hundir sus garras en sus entrañas. El aire se le escapaba en cada grito, la máscara lo sofocaba y su vista se nublaba con las lágrimas que derramaba.

No podía recordar nada más a parte del dolor que ella le infringía. La figura de Graves se volvió un recuerdo borroso y los días en la academia parecía un sueño que jamás existió.

¿Por qué tenía que sufrir así? ¿Acaso su sacrificio había valido la pena o había sido tan estúpido de arrojar su vida por nada?

—Por favor, alguien, quien sea, sálveme…—rogó antes de desmayarse.

Evelynn cortó sus cadenas haciéndolo caer de golpe contra el frío suelo, pateó furiosa la máscara que cubría su rostro y alzo en alto sus filosas falanges. Estaba harta de esperar algo que nunca llegaría, lo aceptaba, tenía que otorgarle a Tobías Félix que había sido un hueso duro de roer pero no estaba dispuesta a esperar más, encontraría otra manera de escapar.

—Oh, se acabo la hora de jugar cariño. Te felicitó, eres el hombre que más ha durado en mis manos, te voy a extrañar— soltó la mujer notablemente enfurecida.

Lanzó su mortal ataque esperando acabar con su vida cuando un miasma de color rojo cubrió el cuerpo del hombre protegiéndolo de su ataque. Ante la mirada expectante de la diablesa, la máscara que había pateado lejos volvió a colocarse sobre el rostro de Tobías y las heridas que le había hecho en todo su cuerpo sanaron a una velocidad alarmante. Evelynn sonrió satisfecha y sus ojos brillaron de absoluta excitación.

Estaba sucediendo, Twisted Fate al fin había sido liberado y con ello, existió la esperanza para el clan de la luna de sangre. Cuando la transformación terminó un hombre encapotado se alzo del suelo y Evelynn acarició su máscara con la punta de sus garras.

—Bienvenido a casa cariño— soltó ella con una amplia sonrisa.