Capítulo 28

Después de aquella confesión, Uchiha no intentó volver al juego de las preguntas, y ella no hizo nada por retomarlo. Ahora entendía muchas cosas que hasta entonces no habían tenido sentido para ella. Entre ellas, su reticencia a tener un agente. Se había sentido traicionado de todas las formas posibles y las heridas seguían ahí, sangrando, hiriéndole y ultrajándole día a día. En cuanto él terminó su segunda taza de chocolate, le propuso dar por zanjado el día, y ella aceptó. Caminaron el uno junto al otro hacia el interior, y por el pasillo, en absoluto silencio. La acompañó hasta su puerta, a escasos dos metros de la suya, después se la abrió para que ella no tuviera que soltar las muletas.

—Buenas noches —le dijo ella con el corazón abatido tras su relato. Durante un segundo se vio tentada de besarlo, pero no fue capaz de moverse del marco.

—Buenas noches, piruleta —le dijo él. Y pareció aguardar el mismo segundo que ella, pero al final le dio la espalda y se marchó.

Sakura no consiguió pegar ojo en las siguientes horas. Dando vueltas y más vueltas en la cama, como las ideas que empezaron a amontonarse en su cabeza. Recordaba cada palabra, cada pausa, cada inhalación profunda y lacerante que él había dado mientras le revelaba uno de los momentos más dolorosos de su vida. Se había abierto a ella como dudaba que hubiese hecho con nadie más en mucho tiempo, y a la vez le había dicho que no volvería a cometer el error de confiar demasiado.

Por eso no quería agentes, por eso se encerraba en sí mismo y en su perfecto mundo imaginario. Allí el dolor no podía alcanzarlo. Allí todo se regía bajo sus normas. Esas normas que lo protegían de la traición. Y ella se había colado en su vida, mintiéndole. Se sentía tan mal, tan culpable, que tenía ganas de vomitar. Ahora más que nunca sabía que aceptar aquel plan había sido el mayor error de su vida. No podía hacerle ningún bien si había empezado traicionándolo como lo habían hecho su exnovia y su anterior agente. En cuanto le contase la verdad, él dejaría de confiar en ella y la echaría de su vida para siempre.

Esa idea le escarchó la sangre en las venas, haciendo que se sintiese más enferma aún. Tenía que irse de allí y acabar con aquel plan ridículo. No podía ser una muesca más en la lista de personas que le habían hecho daño, porque, aunque no se lo hubiese querido reconocer a sí misma en todo ese tiempo, había empezado a sentir cosas por él que sobrepasaban con creces a su admiración como autor. Lo deseaba como hombre de una forma peligrosa y voraz. Y había aprendido a querer todas esas facetas suyas; las dulces, las desesperantes, las complicadas, las tiernas, las excitantes, las impredecibles…

Todas.

Ahora que estaba dispuesta a marcharse, sabiendo que perdería todo aquello para siempre, las apreciaba enteras. Y ese era un motivo más para alejarse de su lado. No era profesional enamorarse de un cliente, ¿verdad?

Enamorarse…

La palabra retumbó en su mente como la bola de una máquina de pinball. Activando con su contacto zonas de su cerebro que se fueron encendiendo como luces de Navidad. Recordó cada mirada, cada sonrisa, cada discusión de aquellas poco más de dos semanas, cada vez que se habían tocado, el beso… Y sintió que había transcurrido una vida desde la primera vez que se vieron en la feria de la Comic-Con hasta ese momento, en el que, sentada en su cama, vislumbraba el inminente final.

Sacudió la cabeza. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a marcharse de allí? ¿Le escribiría una carta de despedida? ¿Se enfrentaría a él o huiría en plena noche como una fugitiva? ¿Esperaría al alba para por lo menos ver el camino que tenía que recorrer en muletas y tirando de su maleta hasta la carretera?

¿Tendría que hacer autoestop entonces y esperar a que alguien la llevase al pueblo? ¿Habría autobuses de Wimberley hasta Austin?

Unos golpes secos y contundentes la sacudieron de sus pensamientos, con violencia. Su corazón se arrojó a una carrera dolorosa, tronando en la caja torácica hasta hacerla pensar que detonaría. Ese corazón que hacía apenas unos minutos que pertenecía al hombre que estaba detrás de la puerta.

—Sakura… —Lo oyó llamarla con prudencia.

¿Qué lo llevaría a su cuarto en mitad de la noche? No eran ni las tres de la mañana, y temió que le hubiese pasado algo. Se arrastró por la cama y bajó, deslizando el trasero por el filo del colchón. Agarrándose a la colcha y después a la pared, fue hasta la puerta, pegando saltitos. Cuando por fin consiguió abrir, lo encontró girándose, con la intención de marcharse.

—Siento haberte despertado —le dijo él, pero en su mirada advertía que aquello no era verdad.

La recorrió de arriba abajo apreciando su pijama de muñecos de nieve, sus pies descalzos, su cabello revuelto y la forma en la que su pecho, sin sujetador, se alzaba orgulloso contra la tela de algodón, dejándole vislumbrar sus cumbres delirantemente endurecidas. Itachi sabía lo que quería, había ido hasta allí a por ello. Después de habérselo estado negando cada día de aquellas semanas, tenía más claro que nunca que la deseaba, que la necesitaba, que el vacío que sentía en su interior solo podía llenarlo esa pequeña pelirosa, rebelde e incendiaria, desobediente, obstinada y dulce como una deliciosa piruleta. La necesitaba tanto que le dolía todo el cuerpo y estaba harto de esperar, de luchar contra él mismo, contra su juicio, contra sus normas, contra sus propósitos. La deseaba, y por eso recorrió la distancia que los separaba y, tomando su rostro, se inclinó para besarla. Para saquear su boca haciéndole entender la necesidad que crecía en su interior como un monstruo que lo carcomía por dentro.

La boca femenina lo recibió con sorpresa, pero abriéndose sin resistencia a la embestida de la suya. Adentró la lengua en la cavidad húmeda buscando su sabor, ese que le recorría las venas desde el día que lo besó. Rememorando ese beso que lo había vuelto loco desde entonces, distrayéndolo de sus mundos, devolviéndolo a la vida, cuando menos lo deseaba. Quería más y al parecer ella también, porque gimió contra su boca. Bajó las manos, y tomándola por la cintura, la elevó alzándola hasta que sus cuerpos se acoplaron. Sus manos la sujetaban con fuerza, atándola a su cuerpo ya enloquecido por el deseo. Su erección se hizo evidente y quiso llevarla al mismo punto en el que estaba él; al borde de la locura. Con ella en brazos fue hasta la cama. Sakura no dejaba de besarlo y sintió sus manos explorando su pecho, su cuello, enredándose en su cabello, tan enardecida como él. La dejó sobre la cama y se colocó sobre ella, entre sus piernas, con cuidado de no hacerle daño, pero dejando que su erección la rozara, le mostrara lo que tenía para ella. El rostro arrebolado de su piruleta adquirió el color de las fresas más jugosas y él casi se relamió ante la expectativa de saborearla. De quitarle las capas de tela que le impedían acariciarla por completo, abrirle las piernas y degustar el fruto hasta ese momento prohibido de su sexo caliente. Con esa intención, le alzó la parte de arriba del pijama, hasta que esta quedó sobre su cabeza, sujetándole los brazos. Enterró el rostro entre sus pechos erguidos, soberbios, suculentos. Los lamió degustando sus pezones duros, erectos, mientras con las manos comenzó a bajarle la cinturilla elástica de los pantalones. Cuando encontró también el filo de sus braguitas, estuvo tentado de hacerlas descender junto al pantalón, pero quiso echarles una ojeada. Cuando vio que se trataban de sus braguitas de Piolín, le mordisqueó el pubis por encima de la tela, con una sonrisa endiablada en los labios.

Sakura gimió, vaciando sus pulmones y arqueando las caderas en respuesta. Momento que él aprovechó para despojarla de toda la ropa que lo separaba de su tesoro. Le flexionó la pierna sin férula y luego se las separó para servirse en bandeja el sexo níveo, palpitante y enloquecedoramente apetecible. Él, sin embargo, se levantó para, de pie frente a ella, despojarse de la camiseta y el pantalón que lo cubrían. En los ojos de Sakura pudo ver estallar todos los fuegos artificiales al recorrerlo.

Con la mirada de un gato se inclinó nuevamente sobre ella, sin dejarse caer en la cama, colocó una mano a cada lado de su rostro envuelto en las llamas de su cabello. Bajó una mano y empezó a acariciarla, adentrándose en los pliegues más íntimos de su piel. La sacudida del cuerpo femenino, acompañado de un gemido ahogado, le anunció que iba bien encaminado.

—Mírame —le ordenó cuando ella cerró los ojos, al tiempo que se mordía el labio inferior.

Sakura apenas consiguió vislumbrarlo entre la neblina del deseo que la cegaba. Sus pestañas se abrieron como dos pesadas cortinas y su mirada se enlazó con la de él, negra, profunda, inmensa, justo antes de que otro de sus dedos se introdujese en su interior, mientras con el pulgar acariciaba su clítoris cada vez más hinchado y encendido.

El siguiente de sus jadeos quedó ahogado por la embestida nuevamente de su boca, cuyos labios exigentes reclamaban más y más, devorándola, volviéndola loca. Hasta que estos se separaron de ella para decirle:

—Te deseo. Y quiero que seas mía.

Y el mundo se detuvo para ella, sabiendo que aquello era un error. Un grave y terrible error que, de continuar, pagaría para siempre.