Personajes: Albus, James, Teddy y Harry


James Sirius Potter, capitán del equipo de quidditch de Gryffindor. Se quedó mirando la carta fijamente, asumiéndolo. Junto a él, su hermano mediano miraba su propia carta también con los ojos muy redondos.

— Me han hecho capitán —le dijo, intentando ver su carta—. ¿Qué te pasa a ti?

— Prefecto —respondió Albus en voz baja, recogiendo la suya en el bolsillo.

Esperaba una burla, pero la respuesta de James fue pasarle el brazo por los hombros.

— Lo harás bien. Otro Weasley prefecto, la abuela estará orgullosa.

— Y papá lo estará de ti.

— Al...

— No importa, James —respondió desembarazándose del brazo de su hermano— No necesito su aprobación.

— Yo no he dicho eso. Estás siendo injusto, claro que papá estará orgulloso de ti.

Albus negó con la cabeza. Se levantó del sofá y salió de la habitación. James se quedó allí, con su carta entre las manos, a medio camino entre el enfado y la tristeza. La mala relación entre su padre y su hermano le resultaba muy frustrante, tenía la sensación de que, en su mayor parte, era un problema de comunicación.

— ¡Arj! —protestó, frotándose los ojos con los talones de las manos.

— ¿Qué pasa, Jamie?

Se puso de pie de un brinco, con una sonrisa y las manos extendidas hacia el joven en la puerta.

— Hola —saludó mientras se acercaba y entornaba la puerta—. ¿Qué haces aquí?

Edward sonrió de vuelta y tomó las manos tendidas. Se acercó a James, hasta quedar nariz con nariz, y apretó sus dedos.

— He oído que han llegado las cartas de Hogwarts y venía a...

James cortó la fantasiosa excusa que seguro iba a escuchar con un beso. Uno muy entusiasta que hizo que Teddy le soltara las manos para sujetarle por las caderas.

— Me han hecho capitán del equipo de quidditch —le dijo, arrastrándolo hasta el sofá después de unos minutos de besos.

— ¿Por qué estabas entonces tan frustrado? —preguntó Ted, metiendo la mano entre los alborotados cabellos color cobre.

Como había hecho infinitas veces desde que era niño, James se tumbó en el sofá, encogiendo las largas piernas, y apoyó la cabeza en el fuerte muslo del auror. Le encantaba cuando acariciaba su cabello como estaba haciendo en ese momento, mesando cada rizo con la punta de los dedos.

— A Albus le han hecho prefecto y se le ha metido en la cabeza que ni siquiera eso hará que papá esté orgulloso de él. Me pone malo pensar que lo único que necesitan es hablar y escucharse el uno al otro.

— En esta casa no habláis, no es nada nuevo.

— Ey, —le golpeó con suavidad la rodilla— a mí no me metas en el mismo saco.

— No le has dicho a tu padre que estás enamorado de mí.

James se giró hasta quedar bocarriba para poder ver mejor la cara de Teddy.

— Tampoco tú le has dicho que me dijiste que me querías cuando tenía quince años.

Ted se encogió de hombros con una media sonrisa que no le llegó a los ojos y trató de bromear.

— Bueno, eso es porque me gustan mis bolas donde están, gracias. Y te recuerdo además que tu padre es mi jefe.

— Y perseguís a degenerados que besan a niños —apuntó James, robándole la mano que tenía libre para besar sus dedos.

— Tú me besaste primero, James Potter. ¿Cómo nos hemos desviado del tema?

— Eres fácil, Lupin —respondió con una gran sonrisa.

— Deberíamos decírselo a tus padres —le dijo Teddy, serio, después de un largo silencio, sin dejar de acariciar su cabello.

— ¿Qué tienen un problema con Albus?

— Que estamos juntos.

El muchacho se incorporó en el sillón y se sentó junto a su novio secreto, tan pegado que nadie que los viera dudaría de lo que había entre ellos. Tomó de nuevo una de sus manos entre las suyas y se puso serio. O al menos todo lo serio que se puede poner un Weasley.

— No sé si es buena idea. Mira la reacción de la familia con Louis y Lorcan, y era algo que cualquiera podía ver venir. Lor también es ahijado de papá, y no se ha mojado nada por él.

— Tu padre es muy de guardarse las cosas —trató de defender a su padrino.

— Y Albus también y sin embargo nos ha encubierto mil veces, Ted. —Zanjó el tema James, apoyando la cabeza en su hombro— Mis padres no lo van a entender, es mejor esperar a que acabe la escuela.

— No es una buena idea —masculló Teddy, vencido, volviendo a acariciar el cabello pelirrojo.

En el pasillo, Harry se apoyaba contra la pared, frotándose la cara con el mismo gesto exacto que había hecho su hijo mayor. Cualquiera con dos ojos en la cara habría sabido lo de Lorcan y Louis, venía de muy lejos, o lo de Ted y James. Él se hacía el loco. Veía muchas cosas en su familia que ayudaba a esconder de ese modo, no solo entre los más jóvenes, también entre los adultos.

Dolía que sus hijos no confiaran en él, pero entendía el instinto de autoprotección, lo entendía de verdad. Y Albus... con un suspiro se separó de la pared y fue en busca de su hijo mediano, aunque estaba casi convencido de que no lo encontraría en casa, sino que estaría llorándole las penas a Scorpius. Y ese si era un terreno pantanoso, la casa de los Malfoy.

No era un mal padre, era un cobarde, uno de esos que habían elegido vivir en paz y no sabía ahora como salir de ese vórtice.


Pobres chiquillos que se encontraron bajo una mesa y con el tiempo se han topado de frente con la intolerancia.

Mañana sigue, que os veo venir. ¡Buen sábado!