Celos

Inuyasha se detuvo en el edificio de Kagome más tarde esa noche. Apenas se había bajado de la moto cuando vio el coche de Sonomi en el aparcamiento. Qué mal. Justo lo que no necesitaba… ¿y por qué la voz de Timmie venía del interior del piso de Kagome?

- ¡Eso es, Sonomi! Kagome y yo vamos a matar a esos demonios con el poder de Jesús. Aleluya, ¿me dan un amén? –

- ¡Amén! - dijo Sonomi con fervor, a lo que se sumó un "Amén" menos entusiasta de Kagome. ¿Qué demonios andaban haciendo ahí dentro? ¿un exorcismo?

- Me alegro mucho de que Kagome salga con un buen chico cristiano como tú, Timmie. No sabes lo preocupada que he estado de que saliera con el tipo equivocado, de esos que manejan motocicletas y usan prendas de cuero. - continuó Sonomi, ¡Ja! Si ella supiera.

- Sí, soy… muy afortunada. - Kagome emitió un sonido estrangulado que terminó en una tos fingida.

- Yo también, alabado sea Dios - dijo Timmie con alegría. Los colmillos de Inuyasha se dispararon. Sigue con eso, muchacho, y lo estarás alabando en su cara dentro de una hora.

- Pero en serio, mamá, estoy cansada. Es estupendo verte, pero como he dicho, necesito dormir un poco. Anoche estuvimos hasta tarde ocupándonos de… cosas - dijo Kagome.

- Haciendo el trabajo del Señor - dijo Timmie en su tono gratamente alegre.

- Muerte a todos los demonios, ¿me dan un amén? - La burla de Inuyasha terminó en un gruñido.

¿Su madre pensaba que Kagome había estado cazando yokais con Timmie? Lo único que ese pajero podía hacer para ayudar en una cacería era hacer reír tanto al yokai que no vería a Kagome acercándose por detrás con un cuchillo.

- Lo entiendo. Encantada de conocerte, Timmie. Kagome, ¿me acompañas a la salida? - Sonomi sonó decepcionada, pero cuando habló a continuación, también sonó más cerca de la puerta.

- Por supuesto, mamá - respondió Kagome.

- Adiós, Sonomi. Que Dios te bendiga. - Dijo Timmie. Inuyasha dio la vuelta a la parte trasera de la unidad, perdiéndose de vista, mientras Kagome y Sonomi salían por la puerta principal.

- Es dulce, pero… también un poco fanático, ¿no crees? - Sonomi bajó la voz a un susurro.

- La verdad es que no. - La voz de Kagome era un chillido.

- Probablemente estaba nervioso por conocerte. - Sonomi resopló.

- No puedo imaginar por qué. - ¡Porque las arpías son más amables que tú!, pensó Inuyasha.

- Yo tampoco. Pero, en cualquier caso, me alegro de que os hayáis conocido. Te quiero, mamá - dijo Kagome en su mayor mentira hasta la fecha.

- Yo también te quiero, Kagome - dijo su madre. La segunda mayor mentira que había escuchado hoy. Entonces Kagome cerró su puerta, murmurando "Gracias a Dios" un segundo después de que estuviera completamente cerrada.

- ¡Amén! - dijo Timmie de inmediato.

¡Eso es todo! El Todopoderoso estaba a punto de conocer a su mayor fan. Inuyasha se acercó a la parte delantera del edificio, deslizándose hasta el segundo piso mientras Sonomi bajaba al primero. Si se daba la vuelta, vería a Inuyasha. Una parte de él quería que lo hiciera. Pero Sonomi se dirigió a su coche sin mirar atrás y se alejó.

- Gracias, Timmie. Te debo una. - decía Kagome cuando Inuyasha se acercaba a su puerta.

Inuyasha la abrió para ver que Kagome rodeaba con sus brazos al muchacho de pelo leonado. Los ojos castaños claros de Timmie se abrieron de par en par cuando se encontraron con la mirada acerada de Inuyasha, y entonces saltó hacia atrás como si estuviera escaldado.

- No interrumpo, ¿verdad? - preguntó Inuyasha con sarcasmo. La mano de Timmie palmeó su ingle mientras seguía retrocediendo.

- Maldita sea, Inuyasha, ¡dile que no vas a castrarlo! - Kagome lo vio y le dirigió a Inuyasha una mirada agravada.

- ¿Por qué? - Inuyasha le dirigió a Timmie una sola mirada despiadada.

- Porque si no lo haces, voy a volverme tan célibe como una ameba - dijo Kagome entre dientes apretados. Lo decía en serio, la mirada de Inuyasha le dijo a Timmie, pero él dijo:

- No te preocupes, amigo. Puedes irte con las piedras intactas. Sólo recuerda que fingir ser su novio era exactamente eso. Fingir. No dejes que la fantasía se te suba a la cabeza –

- ¿Has oído eso? - Una mirada de horror cruzó los rasgos de Kagome.

- "Muerte a todos los demonios, ¿me das un amén?" - citó Inuyasha.

- Mira, Lo siento, pero me puse un poco paranoica cuando ella me acuso de…de beber – Se acercó a él, con una expresión que pedía comprensión. ¿Y que había con eso?

- Sí que bebes. - Ella bebía casi tanto como él.

- Quiero decir de beber. - Ella se golpeó el cuello con sentido.

- Sangrante infierno - Inuyasha se quedó mirando.

- En pocas palabras - murmuró Kagome.

No era de extrañar que se hubiera comportado como una loca. Convertirse en yokai era su peor temor, y aquí su madre la había acusado de hacerlo. Eso casi justificaba su desesperada treta con Timmie. Casi.

- Momento privado, muchacho. Di adiós. - le dijo Inuyasha a Timmie.

- Timmie, gracias de nuevo. Te veré por la mañana - dijo Kagome, con una mirada de "¡sé bueno!" hacia Inuyasha. Timmie se apresuró hacia la puerta, se detuvo y dijo: "No me molestan los extranjeros. Dios salve a la reina", antes de salir corriendo.

¿Qué rayos? Si Inuyasha no hubiera investigado a fondo los antecedentes de Timmie y de todos los demás inquilinos del complejo, pensaría que el muchacho estaba loco. Kagome captó la mirada de Inuyasha.

- ¿No has oído esa parte? No importa. No preguntes - preguntó con un suspiro.

Pasaron dos semanas enteras sin que Miroku dijera nada sobre el traidor de Hakudoshi ni se viera nada nuevo del propio Hakudoshi. Peor aún, varios de los informes policiales que se habían archivado sobre las chicas desaparecidas desaparecieron de repente. Según Ted, alguien había hecho una limpieza quirúrgica de los registros, lo que no era fácil.

- ¿Otro callejón sin salida? - Preguntó Kagome a Inuyasha después de que se apartara de su ordenador con un ruido de disgusto.

- Hakudoshi nunca había sido tan precavido. Si las cosas se complicaban, simplemente elegía una nueva zona. Ahora, además de hipnotizar a las familias para que no sepan que sus seres queridos han desaparecido, Hakudoshi también está borrando los pocos informes policiales que existen. - Kagome comenzó a caminar.

- Quizá esté cansado de correr. Sin informes policiales no hay titulares, así que puede ponerse cómodo aquí. - Inuyasha había considerado eso, pero seguía sin encajar.

- Creo que la nueva 'protección' que mencionó Lola debe ser el comodín. Sean quienes sean, Hakudoshi está siendo muy discreto por su bien, así que deben ser yokais o humanos con reputaciones prominentes que proteger. –

- ¿Policías corruptos? - Kagome ofreció.

- Digamos que eres el jefe de policía, o que te presentas a sheriff. Un montón de desapariciones se vería mal, pero todavía quieres el dinero que ofrece Hakudoshi, así que le dices que limpie un poco su acto. Diablos, incluso podrías avisar a Hakudoshi de dónde podría encontrar a las chicas más vulnerables, y también tendrías el poder de hacer que sus registros desaparecieran o que nunca se archivaran en primer lugar. - No es una mala teoría, aunque las desapariciones habían tenido lugar en diferentes condados, por lo que estaría fuera de la jurisdicción de un jefe de policía o sheriff. ¿Un grupo de ellos, posiblemente? El móvil de Inuyasha sonó. Lo cogió cuando vio el nombre de Miroku.

- ¿Hola? –

- Inuyasha, ¿puedes oírme? - La voz de Miroku era muy baja.

- Sí, te oigo. –

- Se reunirá contigo esta noche. En mi suite - dijo Miroku.

- ¿Quién? ¿Y cuándo? - Dijo Inuyasha de forma contundente.

- Francesca, a las ocho de la tarde - respondió Miroku, y colgó. ¿Francesca era la Judas de Hakudoshi? Eso… complicaba las cosas.

- ¿Qué? -Preguntó Kagome, casi saltando en su sitio de impaciencia.

- Ha habido una novedad. Miroku está con uno de los de Hakudoshi que quiere hablar conmigo para cambiar de bando - respondió Inuyasha en tono neutro.

- Me voy contigo - fue la respuesta inmediata de Kagome. No era una buena idea. Sin embargo, si Inuyasha estuviera en su lugar, insistiría en lo mismo.

- Sabía que dirías eso, Gatita. -

Miroku estaba en el hotel más lujoso que Columbus podía ofrecer. Todavía no se comparaba con su mansión ancestral en Inglaterra, pero Kagome no dejaba de mirar el vestíbulo adornado con cristales hasta que casi se tropezó de camino al ascensor. Al verlo, Inuyasha deseó poder llevarla en un viaje que la dejara pasmada por su fastuosidad, pero hasta que no terminara este asunto con Hakudoshi, no podía. Y esta noche seguramente sería menos que una velada agradable para ella. Miroku abrió la puerta de su suite antes de que Inuyasha pudiera llamar. Su mirada de reojo a Kagome dejó clara su opinión incluso antes de decir.

- Me sorprende que la hayas traído contigo, Inuyasha - Para crédito de Kagome, ella no expresó ninguna de las emociones que pasaron por su expresivo rostro.

- Es mejor que venga y sepa lo que ocurrió que quedarse atrás y preguntarse. - Inuyasha se limitó a encogerse de hombros.

Miroku emitió un sonido de desacuerdo, pero abrió más la puerta y se hizo a un lado. La zona de estar formal de la suite contaba con un comedor completo, tres elegantes sofás, cuatro sillas y vistas panorámicas del horizonte de la ciudad, pero esta vez Kagome no pareció fijarse en las galas. Su mirada se dirigió directamente a la vampiresa sentada en el sofá central, y luego se detuvo con la brusquedad de un depredador que descubre una presa irresistible.

Francesca no era fácil de ignorar. Su vestido carmesí era tan minúsculo que se parecía más a una prenda de baño de los años cincuenta que a un traje de noche, su largo pelo negro estaba plagado de rizos, su maquillaje era tan atrevido como su mirada, y su piel de color canela estaba espolvoreada con algo que imitaba los cristales de la araña cuando captaban la luz. Francesca se levantó al verlo, y Inuyasha cruzó la habitación para darle un rápido beso en la mejilla que exigía la cortesía.

- Francesca, me alegro de que hayas venido. –

- Inuyasha... - Francesca giró su boca hacia la de él.

El giro de Inuyasha provocó que su pretendido beso aterrizara en su mejilla. Francesca le dirigió una mirada sorprendida antes de mirar por encima de su hombro como si finalmente se diera cuenta de que Inuyasha no había llegado solo.

- Francesca, esta es Kagome - dijo Inuyasha, haciéndole un gesto para que se acercara.

- Ella está conmigo, así que no tienes que dudar en hablar libremente. - Kagome se acercó, mostrando sus dientes a Francesca de la misma manera que un yokai enfadado enseña el colmillo.

- Hola. Estamos durmiendo juntos. - Las cejas de Inuyasha se dispararon.

No es su saludo habitual. Entonces, el géiser de celos que brotó del olor de Kagome explicó su sorprendente respuesta. Miroku también se dio cuenta y sacudió la cabeza con un murmullo: "Te dije que esto no era prudente". Francesca se mostró mucho más urbana.

- Pero por supuesto, 'niña'. ¿Quién podría resistírsele? - Su acento español suavizaba las palabras mientras sus dedos pasaban ligeramente por la parte delantera de la camisa de Inuyasha.

Inuyasha se giró en el momento exacto en que la mano de Kagome se lanzó hacia delante, con el puño cerrado. Inuyasha la atrapó y la colocó en el pliegue de su brazo con un movimiento suave. Detrás de él, Francesca no se dio cuenta de lo cerca que había estado de ser azotada.

- Sentémonos, ¿quieres, Gatita? - Kagome miró su mano, ahora casi oculta dentro del pliegue del brazo de Inuyasha. La confusión sustituyó a la rabia en sus rasgos y la vergüenza se extendió por su aroma.

- Lo siento - susurró. Inuyasha le dio un apretón tranquilizador mientras la guiaba hacia el sofá.

Para los humanos, los celos eran una emoción desagradable. Para los yokais, era una bestia salvaje que te arañaba la piel, sobre todo cuando no tenías experiencia en lidiar con ellos. De repente, Kagome agarró el culo de Inuyasha con su mano libre mientras miraba a Francesca, que se relamía mientras la miraba. Aunque Kagome se lo esperaba después de su farsa con Timmie, Inuyasha se compadeció de ella cuando apartó la mano con otro "lo siento" que sonó aún más confuso y miserable que su última disculpa. La pobre muchacha no tenía ni idea de por qué estaba tan descontrolada.

- Muy bien - dijo Inuyasha con un guiño.

- Sólo un poco más difícil de andar. - Kagome se rió, y parte de la tensión se disipó. Cuando Inuyasha le sonrió, su aroma perdió la mayor parte de su tinte de ira y volvió a su mezcla normal de vainilla, crema y cerezas.

- Ya puedes soltarme - susurró ella, echando una mirada de pesar a la mano que él aún tenía metida bajo el brazo.

Inuyasha lo hizo, y se sentaron en el sofá. Miroku se sentó al otro lado, lo que le valió una mirada de aprobación por parte de Kagome. Francesca se sentó en la silla de enfrente. La calma duró exactamente cinco segundos, el tiempo que tardó Francesca en cruzar las piernas, revelando que no llevaba nada debajo de su vestido corto. Inuyasha cogió la mano de Kagome y la volvió a envolver. Los nudillos de ella se blanquearon alrededor de los de él, mientras su rostro se enrojecía. Rabia o vergüenza, no estaba seguro. Probablemente ambas cosas, ya que era la primera vez que Kagome veía de cerca la caja afeitada de otra mujer, y no había pedido verla. Tampoco lo había hecho Inuyasha, como indicaba su tono frío al hablar.

- Todos sabemos por qué estamos aquí. Estoy tras Hakudoshi y tú eres una de las suyas, Francesca. Puede que tú y él no seáis íntimos, pero sigue siendo la mayor ofensa traicionar a tu sire. No te equivoques, voy a matarlo, y cualquier información que me des será utilizada para ese propósito. - El agarre de Kagome se volvió menos visceral cuando se dio cuenta de que no le interesaba nada de lo que Francesca le ofrecía, excepto la información.

- ¿Porque más estaría yo aquí, si no quisiera que lo mataras? Si fueras a hacer menos, no me arriesgaría. Sabes que lo he odiado por los últimos noventa y tres años. Desde que me saco de mi convento y me convirtió. - contestó Francesca.

- ¿Eras una monja? ¿Estás bromeando? - Kagome sonaba sorprendida.

- Inuyasha, ¿cuál es el propósito de ella aquí? ¿Por qué tiene que quedarse? - preguntó Francesca bruscamente. Puede que Kagome no se comportara bien, pero Francesca también la estaba provocando, y Inuyasha no iba a permitirlo.

- Ella está aquí porque yo quiero que lo esté, y eso no se puede discutir. - Francesca lo fulminó con la mirada. Inuyasha la miró fijamente. Puede que él la necesite, pero ella también lo necesitaba si quería su libertad. Nadie más se atrevía a enfrentarse a Hakudoshi, y ella lo sabía.

- Sí, quiero a Hakudoshi muerto. Ha sido mi Maestro durante demasiado tiempo. - Finalmente, los labios de Francesca sobresalieron en un mohín sensual.

- ¿Qué quiere decir con su Maestro? - Susurró Kagome a Inuyasha.

- Cada línea de yokais está clasificada por su jefe, también llamado el Maestro, y cada persona en esa línea está bajo el dominio del Maestro. El feudalismo sería otro ejemplo. Allí, el señor de la casa era responsable del bienestar de todos en sus tierras, y a cambio, su gente le debía su lealtad y parte de sus ingresos. Así es con los yokais, con algunas variaciones.

- Así que… - dijo Kagome.

- …La sociedad de los yokais es como Amway y una secta, todo en uno. - Inuyasha había oído resúmenes menos precisos.

- ¿Dónde está mi uniforme? No sabía que íbamos a la escuela - ladró Francesca en español.

- Habla en inglés, y sin el sarcasmo - le dijo Inuyasha.

- Si no te conociera como el hombre que eres, me iría ahora mismo - El rojo llenó la mirada marrón de Francesca.

- Pero sí me conoces - replicó Inuyasha.

- Y si decido detallar nuestro mundo a la mujer con la que estoy, eso no significa que me tome menos en serio tu posición. Deberías mostrarle a Kagome un poco más de respeto. Es gracias a ella que tu mayor deseo estuvo a punto de ser concedido y Hakudoshi estuvo a punto de ser polvo. - Francesca miró a Kagome completamente esta vez. Desde que la confundió con una humana, no se había molestado en hacerlo antes.

- ¡Eres la vomitadora! - Entonces, se rió. No es una descripción halagadora.

- Esa soy yo. – Kagome sonrío.

- Bueno, niña, eso te proporciona algo de libertad. Hakudoshi no dijo mucho sobre ti. Él estaba demasiado indignado y humillado. Fue un verdadero placer ser testigo de eso. - dijo Francesca con otra risa. Kagome la miró fijamente.

- ¿Sabe él lo mucho que le odias? Si es así, ¿cómo vas a acercarte lo suficiente a él para ayudarnos? - Francesca se inclinó hacia delante. Kagome apartó la mirada del abundante escote que se abría cerca de su cara.

- Ya he conseguido ocultar cosas a Hakudoshi antes - dijo Francesca con una mirada significativa a Inuyasha. Kagome se erizó ante la insinuación. Inuyasha lanzó una mirada de advertencia a Francesca. No había necesidad de que ella hiciera alarde de su pasada aventura.

- Pero sí, Hakudoshi sabe que lo odio. - La mirada de Francesca se endureció a pesar de que el sensual ronroneo no abandonaba su voz.

- Lo disfruta. Los yokais sólo pueden abandonar su línea paterna si ganan un duelo contra su Amo, son liberados como gesto de buena voluntad o son rescatados por otro Amo. Hakudoshi es demasiado fuerte para vencerme, no hay buena voluntad en él, y nunca dejaría que otro yokai me rescatará. Sin embargo, ni por un momento Hakudoshi cree que lo traicionaré. Piensa que tengo demasiado miedo de lo que me haría si me atrapara. –

- Entonces tú y yo tenemos algo en común - dijo Kagome.

- Bueno, algo más - enmendó con una mirada cómplice a Inuyasha.

- Yo también quiero a Hakudoshi muerto. Eso es todo lo que necesitamos saber la una de la otra, ¿no? - Una medida de respeto llenó la mirada de Francesca, aunque se encogió de hombros como si no estuviera impresionada.

- Sí. Supongo que sí. -

- Aparte de la muerte de Hakudoshi, ¿qué quieres a cambio de proporcionarme información, Francesca? – Ahora que las cosas eran menos tumultuosas, Inuyasha volvió a los negocios.

- Que me tomes - dijo ella.

- ¡Eso no va a pasar! – La mano de Kagome se posó en la polla de Inuyasha como si se tratara de las joyas de la corona y Francesca de una ladrona astuta, que daba vueltas.

Miroku se deshizo en carcajadas. Francesca miró la mano de Kagome con sorpresa. Lo mismo hizo Kagome antes de apartarla con otro sonrojo. Entonces, Kagome metió la mano en su chaqueta y se retorció mientras la risa de Miroku le hacía enjugar las lágrimas rosadas de sus ojos.

- Eso no es a lo que se refería, cariño - dijo Inuyasha mientras luchaba contra su propia risa.

¿Cuándo le había agarrado alguien con tanta autoridad? Nunca, porque él no lo habría permitido. Ahora, se deleitaba con la posesividad de Kagome porque él era suyo, como ella acababa de declarar de la forma más descarada posible.

- Francesca quiere decir que, con el jefe de su línea fallecido, quiere estar bajo mi protección. Podría reclamarla como una de las mías, y así "tomarla" continuó Inuyasha.

- …Aunque todavía estoy bajo el yugo de Koga, hace mucho tiempo que no ejerce su autoridad sobre mí. De hecho, no me he molestado en desafiar a Koga. He tenido más libertad de esta manera, y debido a mi entendimiento con Koga, no necesitaría su permiso para enfrentarme a Francesca, aunque normalmente, ese sería el caso. - Kagome le dirigió una mirada confusa.

- ¿Por qué no querrías estar por tu cuenta? - Porque de esta manera, todos los que Inuyasha había engendrado seguirían bajo la protección de Koga si Inuyasha era asesinado. Con su profesión, eso era una clara posibilidad, y Inuyasha no dejaría a su gente indefensa si podía evitarlo.

- Los yokais sin amo son un juego abierto, niña - dijo Francesca, con una mirada de reojo a Inuyasha.

- No hay responsabilidad por cualquier crueldad que se les haga - Comprendía sus razones, aunque Kagome no conociera lo suficiente su mundo como para entenderlas.

- Es un sistema brutal el que tienen ustedes - murmuró Kagome.

- Uno mucho más amable que el vuestro - replicó Francesca.

- ¿Cuántos humanos mueren de hambre cada año porque sus naciones se niegan a mantenerlos? Incluso Hakudoshi, que es una bestia, consideraría un insulto personal tener a alguien de su línea en tales condiciones. Piensa en eso. El peor de la nuestra trata a su gente mejor de lo que vuestros países tratan a sus ciudadanos. –

- Francesca - dijo Miroku en tono de censura.

- He terminado - dijo ella con un gesto cortante.

- Si ustedes, chupasangres, son un dechado de virtudes, ¿por qué no han impedido que Hakudoshi arrase con los de mi especie? - preguntó Kagome en tono indignado.

- ¿O es que el secuestro, la violación, el asesinato y el consumo de humanos no es tan importante para vosotros? - Inuyasha le tocó el brazo.

- Gatita... - Francesca se puso de pie.

- ¡Lo que está haciendo Hakudoshi no es nada comparado con lo que los humanos se hacen unos a otros...! - Francesca comenzó a enumerar varias atrocidades sólo en las últimas dos décadas. Inuyasha le dio treinta segundos porque estaba de acuerdo en que los yokais cuidaban mejor de su gente que los humanos. Entonces, saltó entre ella y Kagome.

- Ya está bien. Recuerdo cuando tenías opiniones muy parecidas hace unos noventa años, Francesca. Ahora, para responder a tu condición, sí, te tomaré como uno de los míos después de matar a Hakudoshi. Además, si tu información resulta directamente instrumental para ese fin, te pagaré en consecuencia cuando termine. Mi palabra en ambos casos. ¿Es suficiente para ti? - Francesca estaba tan enfadada que tardó un momento en procesar lo que Inuyasha había dicho. Cuando lo hizo, su mirada volvió a cambiar del rojo brillante al marrón coñac, y se sentó.

- De acuerdo. - Ahora, por fin, podían terminar con esto.

- ¿Conoces a un yokai llamado Switch? - Su labio se curvó con desdén.

- He oído hablar de él, pero nunca lo he conocido, y por lo que deduzco, eso es algo bueno. - Decepcionante, pero no inesperado.

- ¿Qué has oído? –

- Es el nuevo limpiador de Hakudoshi. Sabes lo que eso significa, ¿verdad, niña? - La mirada de Francesca se dirigió a Kagome.

- Sí que veo películas de acción. - Kagome la miró.

- ¿Conoces la verdadera identidad de Switch o sus alias? - preguntó Inuyasha. Francesca se encogió de hombros.

- No, pero intentaré averiguarlo. - Bien. Ahora, a la otra persona misteriosa.

- Hakudoshi tiene nueva protección. Alguien para quien podría estar limpiando. ¿Sabes quién? - La expresión de Francesca se volvió pensativa.

- Últimamente ha pasado más tiempo con los humanos. Lo sé por el olor - añadió con una indirecta no tan sutil hacia la humanidad de Kagome.

- ¿Pero responder a uno de ellos? Eso no lo he oído. Tendría que ser un humano muy poderoso para que Hakudoshi lo considerara siquiera. - Lo haría, en efecto.

Inteligente, también, para hacer desaparecer los registros incluso más allá del hábil alcance de Ted, y para hacer que Hakudoshi dejara menos rastros de sus actividades de los que habitualmente dejaba.

- Intenta averiguar quién, pero que no te pillen. - El hielo llenó la mirada de Francesca.

- Oh, nunca me atrapará. - Inuyasha esperaba que eso fuera cierto.

Francesca ya había sufrido bastante con Hakudoshi. Kagome no se daba cuenta, pero Francesca había soportado todos los horrores que las otras víctimas de Hakudoshi, excepto uno. Hakudoshi la había dejado vivir. No por piedad, sino porque le divertía exhibirla como una hermosa mascota cautiva.

- Entonces hemos terminado por ahora. Llámame cuando tengas más. - Miroku se puso de pie.

- Yo también me iré mañana. Tengo algunas pistas propias que investigar. - Inuyasha le miró.

- Te dije que no te involucraras más, amigo. - Miroku sonrió.

- Y yo te digo que rellenes, amigo. - Inuyasha resopló y le dio una palmada en la espalda. Luego, se volvió y le tendió la mano a Kagome.

- ¿Gatita? - Ella tomó su mano sólo lo suficiente para levantarse del sofá. Luego, lo dejó ir. La decepción recorrió a Inuyasha, pero no había esperado que ella disfrutara de esta noche, y no lo había hecho.

- Hasta luego, Miroku - dijo Kagome.

- Francesca... - Le dedicó una breve inclinación de cabeza.

Francesca apenas inclinó la cabeza en respuesta. Lo mejor era irse ahora, antes de que una de ellas ensuciara a la otra. Inuyasha abrió la puerta. Kagome la atravesó. Cuando se cerró tras ellos, Inuyasha creyó oír a Miroku suspirar de alivio. Kagome aún parecía nerviosa, así que Inuyasha los condujo al hueco de la escalera en lugar de al ascensor. Una bajada de veinte pisos debería quitarle algo de tensión.

- Nunca me habías hablado de la sociedad vampírica. - El tono de Kagome era insípido, pero su aroma seguía cargado de ira. No le había gustado que Francesca insultara a toda su raza. Inuyasha más bien conocía el sentimiento.

- Nunca lo has preguntado - dijo con la misma falsa despreocupación. Ella le dirigió un rápido ceño fruncido. Luego, después de un momento, una expresión pensativa se apoderó de sus rasgos.

- Supongo que no lo hice ¿Cómo ha sucedido? ¿Cómo empezaron los yokais? - dijo ella con un leve asombro.

- ¿Quieres la versión evolutiva o la creacionista? - Una sonrisa se dibujó en sus labios.

- La creacionista. - Kagome le dedicó una sonrisa irónica.

- Soy creyente. - Inuyasha le contó la historia tal y como se la habían contado a él.

- Empezamos con dos hermanos que tenían vidas y funciones diferentes, y uno estaba celoso del otro. Tan celoso, de hecho, que llevó al primer asesinato del mundo. Caín mató a Abel, y Dios expulsó a Caín, no sin antes ponerle una marca para distinguirlo de todos los demás. - La mirada de Kagome se amplió.

- Capítulo 4 del Génesis. A mamá le gustaba que aprendiera la Biblia. - Inuyasha gruñó.

- La siguiente parte no estaba en ninguna Biblia que leyeras. La 'marca' fue la transformación de Caín en yokai. Como castigo por derramar la sangre de su hermano, Caín fue obligado a beber sangre por el resto de sus días. Más tarde, Caín creó su propio pueblo y una sociedad que existía al margen de aquella de la que había sido expulsado. Por supuesto, si preguntas a los onis, Caín se convirtió en un oni, no en un yokai. Desde entonces ha habido disputas sobre qué especie fue la primera, y Caín no está para zanjar el asunto. –

- ¿Qué le pasó? - La voz de Kagome era suave.

- Es la versión no muerta del Hombre de Arriba. Vigilando a sus hijos desde las sombras. ¿Quién sabe si realmente lo es? ¿O si Dios finalmente consideró su deuda pagada y aceptó a Caín de vuelta? - Kagome no dijo nada durante tanto tiempo que la amargura recorrió a Inuyasha como el aguijón del veneno de una serpiente.

- Te hace pensar que tu madre tenía razón, ¿no? Que todos somos asesinos desde que somos los descendientes del primero del mundo, a menos que sigas la idea de que los yokais y los onis son una mutación evolutiva aleatoria. - Ella seguía sin hablar. Pasaron varios pisos más en silencio, hasta que ese escozor interior se convirtió en una quemadura. No debería haberle dicho esto. Ella no estaba preparada para escucharlo...

- La primera de mi especie también ha recibido mucha mierda por lo que hizo - dijo Kagome.

- ¿Todo ese asunto de la manzana? Hace que sea difícil para mí criticar. - El alivio estalló en una carcajada de Inuyasha, y con ella, cualquier otra emoción que había estado conteniendo.

Antes de que pudiera pensar, la tenía apretada contra la pared, con su boca sobre la suya y sus manos recorriendo su cuerpo. Ella le rodeó la cintura con las piernas y le besó como si marcara sus labios con los suyos. Cuando le agarró la polla con la misma autoridad que antes, él le abrió la parte delantera de los vaqueros. Su carne suave y dulce ya estaba mojada, y se movió contra su mano en demanda explícita mientras lo acariciaba.

- Ahora - gimió ella.

Sí. Ahora mismo. Inuyasha empujó dentro de ella, gimiendo por su calor, por el sonido que hacía y por el placer que le producía. La boca de ella se dirigió a la garganta de él, succionando lo suficientemente fuerte como para provocar moretones, mientras él se movía con movimientos profundos y rítmicos. Los brazos y las piernas de ella se apretaron en torno a él y, por encima del martilleo de los latidos de su corazón, la oyó gritar "¡sí!" mientras le arañaba la espalda como si intentara desgarrarle la ropa. ¡Y era tan jodidamente bueno! No podía pensar más allá del éxtasis que le invadía.

Necesitaba más, más fuerte, más rápido… Ah, sí, Gatita, así de fácil. ¡Sí, sí, sí…! El clímax de ella precedió al de él sólo por momentos. Sus voces elevadas se mezclaron en un grito mientras los estremecimientos los invadían. Cuando el de él se desvaneció en ondas que le dejaron todo el cuerpo hormigueando, le dio un beso que fue interrumpido por la puerta de la escalera que se abría y un hombre con gafas y pelo blanco y de hierro que los miraba boquiabierto. Inuyasha lo fulminó con la mirada, ya encendida de rojo.

- Vete. No has visto nada. - El hombre se dio la vuelta al instante y se marchó. Las mejillas de Kagome se pusieron rojas y se retorció para alejarse de él.

- Dios mío, ¿qué me pasa esta noche? - Inuyasha la dejó en el suelo con un último beso.

- Nada, si me lo preguntas. - Ella miró consternada sus vaqueros, que ahora parecían un par de pantalones vaqueros por la falta de tela en la parte delantera.

- Primero, te manoseo públicamente, casi apuñalo a nuestro Judas, y luego, para el gran final, te molesto en una escalera. Y pensé que te habías comportado de forma grosera con Timmie. Deberías exigir una disculpa. - Inuyasha sólo se rió mientras le entregaba a Kagome su chaqueta. Era lo suficientemente larga como para cubrir la mayor parte de lo rasgado, así que su modestia debería vivir para morir otro día.

- Apenas me has molestado, y nunca te pediré que te disculpes por nada de esta noche. Me siento aliviado, para ser sincero. - Ella miró el miembro que él volvió a meter despreocupadamente en sus pantalones.

- Supongo que es una forma de decirlo. - Él resopló.

- No es eso, aunque también se aplica a eso. ¿Sabes cómo has actuado esta noche? Como un yokai. - Ella se puso rígida, pero necesitaba escuchar esto porque así sabría qué esperar cuando volviera a suceder.

- Somos territoriales, todos y cada uno de nosotros, y por eso tuve una reacción tan dura cuando vi a Timmie mirarte con esos ojos de enamorado. Tu respuesta similar, decididamente hostil, con Francesca me demostró… que me consideras tuyo. Me he preguntado qué sentías por mí, Gatita - añadió con cruda honestidad.

- Esperaba que te importara más allá de la mera compenetración y la atracción física, así que, aunque te aseguro que no tienes nada que temer de Francesca, me complacía egoístamente ver lo profunda que era tu posesividad. - Las emociones revolotearon por sus rasgos con la rapidez de las piedras que saltan en un estanque tranquilo.

Sorpresa, vulnerabilidad, miedo, ternura y… dolor. Inuyasha la miró fijamente, deseando en silencio que dijera lo que sentía en lugar de dejar que él lo dedujera de su rostro. Dime, Gatita. Puedes compartir cualquier cosa conmigo. Como si pudiera oírle, extendió la mano… y luego se detuvo, retirándola mientras se mordía el labio inferior.

- Creo que deberíamos salir de aquí, antes de que tengas que ponerle los ojos rojos a alguien para que no nos denuncie a la policía. - Más desvíos, y por un momento pensó que ella podría abrirse a él.

La desesperación saltó de repente a sus ojos al percibir su decepción. Luego le siguió el miedo, dejándolo ligeramente exasperado. ¿Creía ella que la rechazaría porque no le había dicho lo que quería oír? Por supuesto que sí. Hasta ahora, él era la única persona en su vida que no la había rechazado.

- Está bien, Gatita - dijo Inuyasha suavemente.

- No estoy exigiendo nada. No tienes que preocuparte. - Ella extendió la mano de nuevo, y esta vez, no se retiró. En cambio, su mano se cerró alrededor de la de él y se apretó.

- ¿Eres realmente mío? - Un susurro tan frágil como la esperanza en su mirada.

- Por supuesto. - Él le devolvió el apretón.

- Me alegro - Una sonrisa iluminó su rostro y él sintió su calidez en cada rincón frío de su corazón.

Continuara…