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Corazones Rotos
Alzó su mano derecha observando la marca donde antaño estaba la pulsera que su amado le había regalado antes de partir a la batalla, con su pequeño hijo, aun neonato, en su regazo. El líquido salado surcó nuevamente por sus ojos, ¡como echaba de menos a aquél que le dio la mayor de las alegrías y de las tristezas! con quien había planeado una vida entera antes de que el destino se interpusiera.
Se tocó su vientre dejando libremente que sus lágrimas surcaran sus mejillas. No solo había perdido a la persona que la protegía y en la que podía compartir las alegrías y las tristezas, sino que el fruto de su amor igual y mutuo, había perecido gracias a la desdicha de su nuevo señor. Éste, hijo del gran guerrero que mató a su marido, había convertido en botín de guerra a su persona y matado a su hijo arrojándolo desde lo alto de las murallas de la ciudad.
Se despertó porque los rayos del sol que entraban por la ventana, le causaron una leve molestia en la piel. Aun así, despertó como si hubiera dormido durante años, la sensación de descanso era tal que no parecía ser real. Sonrió, hacía meses que no se sentía así al despertar, reconfortada y feliz. Pero entonces recordó, su mente volvió a la lucidez recordándole la cruda realidad.
Abrió los ojos, notando que estaba recostada en el pecho desnudo de Inuyasha, como antaño, que dormía como un niño ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Sin embargo, ella no pudo disfrutar de aquella imagen, porque el hecho de que él estuviera allí, en aquella casa solo podía significar que el día anterior no había sido una pesadilla. Kagome recordó la muerte de su madre, la sala de autopsias y la llegada de Inuyasha. Cada recuerdo pasaba como una película de secuencias, sintiendo un dolor que le oprimía el pecho.
Se levantó poco a poco del pecho de su expareja y se pasó la mano por su vientre, permitiéndose soñar con el neonato que estaba naciendo en su interior, imaginándose qué aspecto tendría. ¿Sería un niño o una niña? ¿Tendría el cabello albino o sería moreno? Solo esperaba que tuviera la misma cara dulce de su padre, sobre todo al dormir. Sin embargo, sus preguntas cambiaron de tono. ¿Qué pasaría si el asesino de su madre se enteraba de que estaba embarazada? No solo tendría que luchar contra la locura que supondría un bebé para su vida y como decirselo a Inuyasha, sino que también tenía que estar pendiente de un psicópata que había matado a su madre y tenía intención de amenazar a su hermano.
Decidió levantarse y como cada mañana antes de romper con el médico, se acercó lentamente para darle un beso en los labios en forma de despedida, siguiendo esa misma rutina que cuando estaban juntos y ella necesitaba recomponerse para enfrentarse al mundo. A milímetros de tocar los labios masculinos, abrió los ojos sorprendida por su propia acción. No podía hacer aquello, no solo lo confundiría a él más de lo que ya debía estar, sino que también le haría daño cuando lo alejara.
Y lo último que quería era hacerle daño.
Se separó y se levantó de la cama, saliendo de la habitación poco a poco, intentando no hacer ruido. Apoyó la espalda contra la puerta después de cerrarla, y sonrió de forma traviesa. ¿Qué hubiera pasado si lo hubiera besado de improvisto? ¿Qué cara habría puesto? Se tocó los labios y entonces recordó el beso de la noche anterior. Se sonrojó, había sucumbido con anhelo y lujuria a aquel simple acto, deseosa de volver a sentir las mismas sensaciones que había sentido los años que estuvo con él.
Se golpeó la cara con las palmas de las manos. ¡Malditas hormonas!
Por mucho que su mente quisiera ser fuerte, su vocecilla interior le decía otra cosa. Cada mañana era una lucha interna entre lo que quería y debía hacer. Aún estaba enamorada de Inuyasha, completamente prendada de él, pero no podía permitirse el lujo de dejarse vencer, no podía confiar en una persona que la había engañado una vez. ¿Quién le decía a ella que no lo volvería a hacer? ¿Cómo podría volver a tener confianza en él? No estaba dispuesta a sufrir durante toda la eternidad por caer en las redes del amor una vez más.
Aguantando las ganas de llorar, se dirigió a la cocina a paso lento, no sin antes coger el portátil y dejarlo en la mesa de la cocina. Preparó el desayuno, tostadas, café y leche con chocolate. Dejó la mantequilla en la mesa y la mermelada de melocotón. Se sirvió un poco de café con algo de leche y se sentó en la isleta de la cocina.
Abrió el portátil y entró en la página oficial de la policía local, introduciendo las claves antiguas de su estada en el cuerpo, cruzando los dedos para poder acceder a los archivos de su madre. La palabra denegado en color rojo la desanimó, suspirando derrotada por no poder acceder a los archivos de la policía.
Una idea descabellada se le cruzó por la cabeza y, antes de poder pensar con un poco de raciocinio, ya estaba escribiendo las claves de su antiguo compañero. Sesshomaru era un hombre hermético que nunca daría nada personal a nadie, por muy amigo que fuera, pero también era bastante predecible. Sabía que había cambiado la contraseña que la policía le había entregado porque no se fiaba del departamento cuando aún buscaban a Naraku, alias la Araña. Escribió Beren y Luthien en el apartado de contraseña siendo aceptado por el servidor.
Mientras buscaba los archivos relacionados con su madre, recordaba cómo había sabido que su contraseña hacía referencia a una de las historias de amor más bonitas escritas por un autor de fantasía. Sesshomaru y ella tomaban un café mientras miraban algunas referencias de la Araña, y él le comentó que había cambiado su contraseña también porque leyó una leyenda que le recordó a una relación que le hubiera gustado tener y que nunca pudo conseguir. Poco después de que pasara todo lo relacionado con Naraku, Kagome vio en el despacho de la experiodista y editora una foto enmarcada con la imagen de Beren y Luthien. Ella comentó que le encantaba la leyenda, y que siempre había deseado tener una pareja así.
Había jugado y, para su sorpresa, había ganado.
Cuando el buscador dio con el archivo que rastreaba, Kagome salió de su ensoñación. Se alegraba por Sesshomaru y Kagura, pues habían pasado penurias no solo por el problema con Naraku, sino después con las habladurías de la gente y los medios de comunicación que avasallaban a la pareja.
Abrió el documento y empezó a leerlo detenidamente. Miroku había hecho un examen minucioso al cuerpo de su madre. Detallaba al milímetro cada herida, aunque fuera superficial o peri-mortem, demostrado que se había esmerado en buscar algún tipo de prueba. Siendo doce páginas, decidió guardarlas en un pdf en su ordenador y seguir investigando.
El informe de Sesshomaru y las notas eran más esclarecedoras aún. Sonrió al ver una serie de tachones en su nombre situado en la sección de sospechosos y como reaparecía en la sección de testigos. Suponía que para su excompañero también tuvo que ser duro hacer su trabajo con ella y más pensar que ella podría haber matado a su madre.
Encontró las declaraciones de Kikyō y de Musō. Su padrastro estaba en un bar la hora del asesinato, con tres testigos más, incluida la camarera, una tal Sarah, que se prestó a declarar de forma voluntaria. Por otro lado, Kikyō tenía una coartada sólida, por lo que decían las notas. Según Sesshomaru ella había alegado estar con alguien en esa hora, pero que no era su marido. Apareció el nombre de Inuyasha Taisho, como testigo secundario, provocando que a Kagome se le cayera el alma a los pies.
¿Cómo podía ser tan imbécil de crear ilusiones de algo que no existía? Sus ojos se inundado de lágrimas, pero se negó a dejarlas caer. Enfadada, más consigo misma que con Inuyasha, se secó los ojos de forma brusca y sacudió la cabeza de lado a lado, negándose a sentir más dolor. La prioridad era su madre y su hermano, debía encontrar a quien había hecho esto.
Sesshomaru tenía marcado en color rojo el nombre de una floristería donde parecía ser, su madre tenía un recibo en su bolso. Apuntó los datos en una hoja y siguió mirando los apuntes de Sesshomaru. Había también un nombre escrito, Mukotsu Yari, que vivía a dos manzanas de la casa de su madre. El nombre estaba marcado en un círculo rojo y al lado ponía armas cosa que le sorprendió ¿qué hacía su madre relacionándose con alguien como ese? ¿Qué mierdas estaba pasando?
Escuchó un ruido de las escaleras y cerró rápidamente el programa, abriendo sin querer el primer documento que encontró para desviar la atención de aquél que bajara por las escaleras. Se dispuso a poner mantequilla en la tostada y comió como como si nada, pero las arcadas se apoderaron de ella, revolviendo su estómago, por lo que decidió tirar la tostada y hacerse otra.
—Buenos días, pequeña. —Kagome sintió un pinchazo en el pecho, pero se negó a mostrar nada—. Huele bien —Inuyasha suspiró al ver su reacción fría.
—Sírvete tú mismo —Kagome lo miró más detenidamente viendo el reciente moratón que se le había formado en la parte superior de la nariz, soltando una carcajada.
—¿Qué? —preguntó el médico desubicado.
—No te has mirado en el espejo ¿verdad? —la inspectora seguía riendo señalando la cara de Inuyasha. Este sorprendido se dirigió al recibidor para mirarse en el espejo.
—Mierda —se quejó siendo escuchado por Kagome quien seguía riendo—. Yo no le veo la gracia Kag.
—Desde mi punto de vista es muy gracioso —cogió una tostada y le puso algo de aceite y azúcar, ante la atenta mirada de Inuyasha, que ya había vuelto a la cocina—. ¿Qué pasa? —cuestiono ella
—¿Desde cuándo no te pones mantequilla y mermelada a las tostadas? Te encantaban así.
—Bueno… —Kagome dejó de mirarlo para mirar la pantalla del ordenador y disimular que estaba haciendo algo. No era el momento de decírselo, todavía no— estoy intentando probar cosas nuevas.
—Vaya, estás cambiando muchas cosas de tu vida —se sentó en frente de ella y se untó mantequilla con mermelada ante la mirada asqueada de la mujer— ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí —se apresuró a contestar—. Estaba pensando en otras cosas —siguió comiendo su tostada y bebiendo su café con leche.
El silenció inundó en la cocina como si fuera una neblina espesa que no dejara ver más allá de sus narices. Era incómodo y odioso, pero era la primera mañana que los dos pasaban juntos después de haber roto por lo que la situación en sí, era delicada.
El teléfono de Inuyasha sonó, con la musiquilla de Irish Rover de Dubliners, sobresaltando a la pareja. El médico sonrió y sacó el aparato contestando a la llamada. Sesshomaru le llamó para preguntarle qué tal había ido la noche por lo que Inuyasha se levantó de la mesa para ir al salón, donde no molestara a Kagome. Ella miró con más detenimiento la página que se había abierto en el ordenador. Era la historia de Andrómaca, escrita por ella.
Recordó que la afición que tenía por la mujer troyana vino relacionado con el caso de la Araña, donde estudió no solo el mito de Aracne, sino todos los que estuvieran relacionados con Atenea, incluso su participación en la guerra de Troya. Luego leyó Eurípides, el dramaturgo de la época de Péricles quien plasmó el sufrimiento de la mujer troyana a la cual le habían segado la vida de su marido Héctor, el amor de su vida. La obra bien podía reírse de los culebrones actuales, pues era una historia de engaños, traición y de relaciones entre familias que muchos querrían haber inventado. Leyó la obra de teatro poco antes de que pasara todo con Inuyasha, y cuando tomó la —decisión de marcharse, también tomó la decisión de escribir sobre ella, el sufrimiento y el dolor que podía llegar a pasar una mujer como Andrómaca siendo esclava de un griego.
Cuando Kagura le dijo que era algo que valía la pena, el corazón se le salía del pecho. Realmente era eso lo que necesitaba, que alguien le dijera que algo en lo que ella había estado trabajando era bueno. Le ayudó para tomar la decisión de irse de departamento y de empezar una nueva vida, lejos de Inuyasha. Antes de poder centrarse en el capítulo en el que lo había dejado, vibró su móvil en su bolsillo. Sin mirar de quien se trataba contestó rápidamente, extrañada porque alguien la llamara a las nueve y media de la mañana.
—¿Señorita Higurashi? Buenos días, le llamo de la Gestoría Ako. Tsurigui. El motivo de la llamada es para comunicarle que tiene usted hora hoy a las diez y media para abrir el testamento de su madre y leerlo.
—¿Hoy a las diez y media? —chilló sorprendida, tan alto que Inuyasha aun con el móvil en la mano, entró en la cocina— ¡Yo no he llamado para pedir ninguna hora!
—Usted es Kagome Higurashi, hija de Heather Manami y hermana de Kikyō Higurashi ¿cierto? —Kagome asintió—. Bien, su hermana llamó ayer para coger cita lo antes posible. Le recomiendo que lleve a su abogado y que se presente a la hora acordada. Su hermana se ha tomado muchas molestias para que el procedimiento del papeleo sea rápido.
—¿No debería haber consultado con nosotros antes? —cuestionó aturdida.
—Ustedes son familia, señorita Higurashi, son ustedes quienes deben ponerse de acuerdo, no nosotros. Se abrirá el testamento a las diez y media, puede usted presentarse en la oficina, en la avenida Tsashime, nº 8. Buenos días —colgó, dejando a Kagome con la palabra en la boca.
—Será imbécil —aporreó el aparato de forma ruda—. ¿De dónde mierdas saco yo un abogado?
—¿Qué pasa? —preguntó el médico extrañado.
—La imbécil de tu amante ha concertado cita hoy a las diez y media de la mañana para abrir el testamento de mi madre. Tengo que estar allí con un abogado, que no tengo y que no sé dónde buscar —se levantó exasperada.
—Tranquilízate —Inuyasha se acercó a ella, pero esta la rechazó—. Para empezar, Kikyō no es mi amante —ella fue a protestar per él alzó la mano— y segundo, yo sí que conozco a un abogado que nos puede ayudar. Despierta a Sōta, en media hora debemos de salir de casa —Inuyasha volvió a coger el teléfono y siguió hablando con su hermano saliendo de la cocina.
Airada por su estallido fue a levantar a su hermano. Le exasperaba que la situación la sobrepasase, ella ya había decidido continuar su vida sin él, entonces, ¿por qué debía importarle? Por un momento detuvo su avance, recordando que el médico ya no era su pareja y que no debía resolver sus problemas. ¿Quién cojones se creía que era? ¿Christian Grey? Fue a dar la vuelta para obligarlo a detener su ayuda, cuando escuchó un gemido desde la habitación de su hermano.
Cuando entro, lo encontró estirado cuan largo era, en posición de estrella de mar lo que le provocó una sensación de ternura que le apretó el pecho. Se acercó a él y lo tocó con mucho cuidado para despertarlo, pero este, como si fuera un suricato, abrió los ojos sorprendiéndose de su presencia para volver a cerrarlos en segundos, sin despertándose y dándose la vuelta mostrando parte de su espalda que se dejaba entrever entre el enmarañado pijama. Observó una serie de marcas ya cicatrizadas que empezaban en la zona lumbar y se perdían de su vista siendo tapado por la ropa. Sin pensarlo muy bien levantó bruscamente la camiseta del pijama para descubrir una serie de marcas en la espalda hechas con un cinturón.
Sōta abrió los ojos, despierto, al sentir que alguien le levantaba la camiseta. Sin pensarlo dirigió su puño cerrado hacia esa persona, siendo detenido e inmovilizado. Kagome seguía sorprendida cuando sintió el peligro y por sus años de experiencia, la hicieron reaccionar de forma rápida y certera. Sōta sin embargo, la miraba con ojos asustados, hasta que la reconoció, dejando al instante de hacer fuerza para soltarse.
—Tienes muchas cosas que explicarme —advirtió soltando al muchacho. Este se puso de pie enseguida—, pero antes vístete. Kikyō ha citado a toda la familia dentro de tres cuartos de hora en una gestoría, quiere abrir el testamento de mamá cuanto antes.
—Pues se va a llevar una sorpresa —dijo pícaro. Kagome lo miró, pero no dijo nada pensando que se refería a los documentos que su madre le había hecho firmar.
—Después iremos a comer algo y me explicarás las marcas en la espalda y la reacción desmesurada que has tenido cuando te he tocado — informó ella. Él bajó la mirada—. Quiero que me lo expliques Sōta, necesito saberlo todo, debo protegerte.
—Él no sería capaz de hacerme nada ahora. Es un cobarde si está solo —agregó dirigiéndose al armario.
—Pero si alguien te aguanta sí que se vuelve fuerte ¿verdad? —preguntó conteniendo la ira. El adolescente, por una décima de segundo, no hizo ningún movimiento confirmado las sospechas de su hermana—. Voy a arrancarle las entrañas.
—¡No! —Sōta se giró—. No necesito que una chica me proteja, soy más fuerte que una chica.
—No soy una chica, soy inspectora de policía y tu hermana mayor —apuntó ella airada. El joven, sin embargo, volvió su vista hacia el armario sin decir nada—. Podría mirar de apuntarte a unas clases de defensa personal, así cuando yo no esté cerca podrías defenderte solo —agregó, dirigiéndose hacia la puerta—. Vístete, lo hablaremos después de la reunión.
Ella también se vistió con unos tejanos y una camisa blanca. Se maquilló ligeramente los ojos y salió al salón a esperar a su hermano y a Inuyasha. Miró el reloj del teléfono, las diez y cuarto. Tendrían solo un cuarto de hora para llegar, aparcar y entrar en la dichosa sala para abrir el testamento de su madre. Respiró e intentó calmarse. Necesitaba manejar la situación de una manera tranquila, por el bien de su hermano y el de ella misma. El teléfono volvió a sonar aquella mañana, recibiendo un mensaje de Kikyō.
ἀμελεῖς ὧν δεῖ σε ἐπιμελεῖσθαι·
ψυχῆς φύσιν 〈γὰρ〉 ὧδε γενναίαν 〈λαχὼν〉
γυναικομίμῳ διαπρέπεις μορφώματι·
οὔτ' ἂν δίκης βουλαῖσι πιθανὸν ἂν λάκοις 4
〈x x〉 κοὔτ' ἂν ἀσπίδος κύτει
〈x 〉 ὁμιλήσειας οὔτ' ἄλλων ὕπερ
νεανικὸν βούλευμα βουλεύσαιό 〈τι〉
Apartó el telefini cuando Sōta bajó vestido con unos pantalones militares y una camiseta negra lisa. Sonrió, su hermano había intentado disimular su amor por la música heavy, pero se le notaba a leguas que le encantaba ese género. Llevaba una muñequera en cada brazo y su pelo, algo corto para poder hacerse una coleta, estaba algo rizado, dándole un aire de niño que a ella le encantaba.
Inuyasha bajó más tarde, vestido con unos tejanos y una camisa negra. El cabello plateado lo llevaba atado en una coleta alta, dándole un aire a su padre. Sus ojos de color miel miraban el teléfono que llevaba en la mano con una sonrisa en el rostro. Levantó la mirada y miró a los dos hermanos, con la misma sonrisa y abrió la puerta de la entrada.
—¿Nos vamos? —preguntó. Sōta salió el primero y se dirigió al coche. Kagome intentó hablar, pero este la interrumpió—. Para una cosa en la que puedo ayudar, déjame hacerlo, Kag —le dijo dándole un beso en la frente y cerrando la puerta tras de él.
Los tres se subieron en el coche que ella conducía de forma rígida. Pusieron las coordenadas en el GPS y se dirigieron a la gestoría, con la radio como único sonido durante toda la parte del camino.
—Cuñado deberías taparte la nariz —rompió la tensión Sōta sin poder contener el comentario.
—¿Cómo? —Inuyasha se giró en su asiento de copiloto para mirar al adolescente y Kagome alzó su vista hacia el retrovisor—. ¿Por qué?
—No puedes entrar en la gestoría con el moratón en la nariz —espetó con una sonrisa maliciosa—. Yo entiendo vuestros juegos sexuales, pero dudo mucho que los abogados lo entiendan. —Kagome dio un volantazo involuntario.
—¡Cuidado! —El médico reaccionó cogiendo el volante y enderezándolo hasta que ella se serenara—. ¿Estás bien?
—¿Cómo se te ocurre renacuajo? —le espetó Kagome obviando al albino—. ¿De dónde has sacado esas ideas?
—Bueno, hay videos, existe internet… el sexo no es algo que esté vetado hoy en día, ¿Sabes que los hombres necesitan una media de dos masturbaciones al día para no tener tendencias psicópatas?
—¿Qué? —Kagome miraba por el retrovisor completamente consternada. ¿Cuándo su hermano pequeño había descubierto el sexo?
—No lo digo yo, lo dicen los médicos —aseguró el adolescente.
—Médico especializado en burrología comparada —espetó Inuyasha indignado—. Ningún médico que se precie es capaz de decir semejante majadería.
—Será que tú no te masturbas cuñado —ironizó el adolescente. Al ver la rojez en sus mejillas sonrió—. No seas vergonzoso, mi hermana no se tomará a mal que te tomes algunos descansos. No es como si la engañaras ni nada parecido, incluso lo puedes hacer pensando en ella.
—Sōta… —advirtió Kagome más roja que antes, intentando concentrarse en la carretera.
—¡Joder Kag! Si no fuera porque sé que tienes una vida sexual activa pensaría que de verdad eres una mojigata y que nunca me vas a dar un sobrino.
—¡Hablas como si tu tuvieras una vida sexual activa, renacuajo! — Kagome sabía, a medida que formulaba la frase, que la respuesta de su hermano no le iba a gustar, pero no pudo cerrar la boca.
—Hay un par de chicas del instituto que…
—Ya hemos llegado —se adelantó Inuyasha al aparato de GPS que anunció su ya famoso "ha llegado a su destino" provocando que los tres miraran por las ventanas para encontrar el nº 8. La detective estacionó en el parquin de la gestoría y sin decir palabra se dirigieron al edificio. Picaron al piso señalado en el telefonillo como Gestoría Jhon Grilling y esperaron a que les abriera la puerta. Subieron al piso, donde les abrió la puerta una mujer rubia de ojos esmeralda, con traje y chaqueta. Se sentaron donde les indicó la mujer y esperaron a recibir alguna noticia del gestor.
A los pocos segundos sonó nuevamente el interfono, provocando que la mujer se levantara y cuando pasara delante de Inuyasha, moviera las caderas con sensualidad provocando que incluso Kagome se perdiera en aquel movumiento. La inspectora entrecerró los ojos, celosa por la insinuación bufó girando la cabeza, ofendida.
Inuyasha sonrió, se había percatado de la reacción de la secretaria y de Kagome, creyendo que aquel arranque de celos podía darle algún tipo de oportunidad. La cogió de la mano y le sonrió de forma sensual, tranquilizándola. Kagome se quedó absorta en su mirada, perdiéndose en aquel mar dorado. Ambos parecían abducidos por la mirada del otro, acercándose con lentitud, perdiéndose en la sensación de cercanía.
—Hola Inuyasha —la voz serena y seria de la mayor de las Higurashi los asustó.
Kikyō, de la mano de su marido y de Musō, entraba en la sala. La filóloga hizo el intento de acercarse al médico, pero antes de que pudiera hacer nada, del despacho salieron dos hombres.
—Los familiares de la Señora Heather Manami. —Kagome, Inuyasha y Sōta se levantaron—. Entren y siéntese, procederemos a abrir el testamento.
—¿Lee? — Kagome abrió los ojos al ver a su compañero de trabajo sentado en la silla, junto a dos hombres más que no conocía.
—¿Higurashi? ¿Qué haces tú aquí? —preguntó igual de desconcertado el joven.
—Siéntense, por favor. Las preguntas vendrán luego. —Kagome, Sōta e Inuyasha se sentaron junto a Lee. Por su lado, Musō, Kikyō y Onigumo se sentaron en frente—. Como todos saben, las causas de la muerte de Heather Manami no han sido resueltas aún, pero la policía nos ha dado el procedimiento para poder acceder a las herencias y entregarlas, pagando así el tributo y solucionando el problema —todos en la sala afirmaron—. Bien
Kagome miraba a los asistentes. Su hermana mantenía una mirada fija a la madera, tenía los ojos rojos pero no había sacado ni una lágrima desde que llegaron a la sala. Parecía recta como un palo, serena y seria, como la recordaba desde la muerte de su padre. Había una época en la que su hermana y ella habían congeniado, antes de entrar en la universidad y antes de la entrada de Musō en sus vidas, ambas habían compartido muchísimas anécdotas y buenos recuerdos con su padre con ellas. Pero cuando éste murió, ella cambió. Su carácter fue más serio, duro y frío, siendo déspota y desplazándola a un lado sin ningún tipo de explicación. No tenían la confianza de antaño, la complicidad había desaparecido y solo quedaba el desprecio y la frialdad que ella le albergaba.
Luego llegó Inuyasha, quien se enamoró de su hermana nada más verla. Por aquel entonces, Taisho era igual de idiota que su hermana, dejando a Sōta y a ella misma desaparados bajo las garras de su padrastro. La situación fue insostenible hasta llegando, incluso, a odiar más al albino que a su hermana. Sin embargo, con la edad sabía que no sólo era odio, ya en aquella época sentía algo por él. Cuando ella entró en la universidad y se fue a vivir fuera de casa, las cosas cambiaron drásticamente. Inuyasha se comportaba con ella como un amigo cuando su hermana no andaba cerca, pero en el momento en el que ella lo dejó para irse a Alemania, la relación de amistad acabó. Luego, claro está, de toda la situación que su hermana vivió con Naraku.
Cerró los ojos y un escalofrío le recorrió la espalda. Recordó sin quererlo, la noche en la que Naraku la atrapó. Después de haber salido de casa de Kagura para hablar con Kaede sobre el caso de la Araña, éste, que la había seguido, estaba esperándola cuando bajó del apartamento de Kagura, para luego dejarla inconsciente. Cuando despertó en aquella sala, su mundo se desvaneció. Estaba atada y nadie sabía dónde podía haberse dirigido o que podría haber pasado. Sabía que, si nadie venía a rescatarla, ella acabaría igual que las seis víctimas que la Araña mató, violada y desfigurada.
—Pues esto es todo. —La inspectora volvió a la realidad como si hubiera vuelto de un sueño—. Heather Manami, antes Higurashi, había heredado la parte total de su marido al morir este, excepto la propiedad "Casa de Themis" con el catastro 48976 que fue cedida a Kagome Higurashi. Bien, su madre parece que repartió ciertos bienes en vida, poniendo todo tipo de cláusulas en el testamento, siendo este completamente blindado. Por lo que, parece que los tres hermanos disfrutarán de la parte legítima, el cual será repartido en dinero efectivo en cuanto se hagan los cálculos. Una de las cláusulas es que al ser Sōta Higurashi menor de edad, necesitará un tutor legal hasta que él pueda disponer de sus bienes, en este caso será su hermana Kagome Higurashi, quien disfrutará de una paga mientras gestiona la herencia de su hermano. Por ende, los demás vienes serán repartidos en partes iguales entre los tres hermanos, ya que el actual marido de la difunta, firmó este documento conforme aceptaba un contrato prematrimonial de separación de bienes.
—¿Cómo? — Musō se levantó dando un golpe en la mesa, mostrando por primera vez su mano derecha vendada de forma abrupta, sorprendiendo a los demás por su arranque de ira — ¡Yo no he firmado nada! —Kagome y Inuyasha pudieron ver como Sōta se encogía en su asiento al escuchar el rugido de ese hombre, por lo que, cada uno por su lado, le cogió la mano al adolescente, brindándole seguridad.
—¿Esta es su firma? —El gestor le pasó un papel a Musō de forma ruda. El hombre miró asombrado el documento—. ¿Es o no es su firma, señor Manami?
—Sí —dijo con un hilo de voz—. Pero… ¿Cómo es posible? Yo no recuerdo haber firmado nada —se enderezó hacia su el adolescente—. Seguro que aprovechó que yo no estaba en mis conocimientos básicos para hacerme firmar, eso es denunciable —grito exasperado.
—¿Usted padece algún tipo de anomalía psicótica de la que no nos ha sido informados? —Musō miró a uno de los hombres al lado de Lee que habló por primera vez.
—¡Claro que no! No estoy como una puta cabra —apoyó las manos en la mesa y se encaró mirando a Sōta— ¡Esa zorra me ha engañado y esta mierda de crío la ayudó! ¡No hay derecho, joder!
—¡No insultes a mi madre, cabrón! —Sōta se levantó iracundo.
—¡Ahora me hechas cojones, niño! —golpeó la mesa con su mano derecha maldiciendo por el dolor que se había causado para luego señalar al adolescente—. No tienes los huevos suficientes para enfrentarte a mí, estúpido. ¡No me hagas enfadar!
—¿Estás amenazando a mi hermano por casualidad? —Kagome con toda la tranquilidad del mundo, hizo que su hermano se sentara y miró a Musō desafiante— ¿Eres duro de oído o tienen que repetirte las cosas dos veces?
—Musō, por favor, siéntate — Onigumo por primera vez, intervino, sorprendiendo a la inspectora—. Tenemos un bufete de abogados especialista en temas de testamentos y herencias, esto no quedará así.
—Puede intentarlo Señor Hansen, pero ya le aseguro que la difunta hizo un buen trabajo y a no ser que pueda alegar que esta firma es falsa, cosa que ya ha quedado claro que no es, considero una tarea imposible de realizar —finalizó el ayudante de notario.
—Bien, pleitos legales a parte, pasemos a hablar del último párrafo. Ranma Saotome, sobrino de la víctima, heredará el gimnasio Higurashi, que su madre y la difunta, su hermana, compartían vienes. — Kagome miró sorprendida a Lee ¿Aquel adulto responsable era su primo cejijunto cometierra?—. Un último punto es esta caja —el gestor sacó una caja de madera con las letras de Galmanor talladas en la solapa—. Esta caja está completamente cerrada y no ha sido abierta, pero será cedida a Kagome Higurashi.
—¡Y una mierda! ¡Esa maldita caja es mía! —Musō se levantó para quitarle la caja al gestor, pero Ranma fue más rápido.
—Estás consiguiendo acabar con mi paciencia y no te recomiendo que lo hagas —advirtió cogiendo la caja y dándosela a la inspectora— guárdala, es tuya.
—No sabéis con quien os estáis metiendo —agregó el viudo saliendo por la puerta dando un portazo.
—Bueno —suspiró el notario— parece que todo está aclarado. Deben firmar el acuerdo y luego se pasaran a las particiones. —Kikyō, Kagome, Sōta y Ranma firmaron el documento y se levantaron—. Gracias por haber confiado en nuestra gestoría. Cuando tengamos los documentos les avisaremos.
Salieron todos de la sala y se dirigieron al ascensor en pleno silencio. Kikyō intentó acercarse a ellos pero su marido la cogió de la mano y la sacó de allí sin despedirse. La pasividad de su hermana le preocupaba ¿Qué narices estaba pasando?
—Así que eres la hija de Sonomi —dijo Ranma acercándose—. Sabía que tenía una prima más, pero no que fuera inspectora de policía.
—¿No sabíais que erais primos? —preguntó el albino.
—La última vez que lo vi tenías como unos diez años y comías tierra —contestó ella. Él sonrió marcándose el hoyuelo en la mejilla derecha. Ahora que lo sabía sí que podía ver a su primo en aquel hombre—. Lo último que sabía es que estabas en el extranjero ¿cómo están Tio Genma y Tía Nadoka?
—Mis padres están igual de locos que siempre —comentó Ranma y se acercó a Sōta— has crecido muchísimo, ya me sacas una cabeza.
—Sí bueno, soy alero derecho — sonrió Sōta, destensando los músculos.
Bajaron en el ascensor hablando de forma más discernida, alegrando un poco el sombrío ambiente que se había formado después de la reunión con el gestor. Salieron del edificio encontrándose a Sesshomaru, con el pelo suelto y unas gafas de sol que le tapaban por completo sus ojos. Éste quiso invitarles a un café para saber cómo habían ido las cosas. Se dirigieron al café más cercano, situado al lado de la floristería Polen. Kagome se fijó en el nombre de la floristería, resultándole familiar. Se sentaron en la terraza y pidieron cuatro cafés y un zumo de naranja.
—Saotome, ahora que te tengo aquí. —Ranma miró a Sesshomaru—. Quería hablarte de Rin.
—¿Os conocéis? —preguntó Kagome sorprendida—. ¿Conoces a Rin?
—Le hago clases particulares de defensa personal en el gimnasio —contestó orgulloso—, ser inspector está bien, pero me gusta más dar clases. La lucha es algo que me encanta.
—Recuerdo que tío Genma siempre nos ponía películas de Bruce Lee antes de irnos a dormir— dijo Kagome— eso fue antes de la muerte de papá.
—Sí — asintió Ranma—, nos sentábamos los tres en el suelo de la sala de estar y nos dormíamos en los brazos de nuestros padres —cerró los ojos—. De ahí que siempre vistiera como mi personaje favorito —agregó con una sonrisa.
—Ya no podrás hacerlo —se quejó Sōta—. Todas las películas de Bruce Lee fueron vendidas por Musō en cuanto se vino a vivir a casa. Decía que le parecían estúpidas y poco reales.
—Papa tenía toda la colección en versión original. Maldito hijo de puta.
—¿Qué le pasa a Rin? —Ranma prefirió cambiar de tema, si continuaban hablado de ese tal Musō posiblemente le arrancara las entrañas la próxima vez que lo viera.
—No me ha dicho nada, pero creo que le duele un tobillo. Aun así quiere ir a clases. ¿Podrías darle ejercicios más suaves?
—No hay problema. La pondré con Hitomi, está empezando y no le hará mucho daño.
—Ranma ¿Cuánto cobras por las clases en el gimnasio? —preguntó la detective recibiendo una mirada de duda—. No es para mí, sino para él.
—¡Kagome! — que quejó el adolescente mirando hacia otro lado avergonzado
—Lo hemos hablado esta mañana. —Sōta bajó la cabeza—. Yo no voy a estar contigo en el colegio, ni cuando salgas de fiesta o cuando vayas al lavabo —movía las manos, frenética—. Necesitas saber protegerte y me fío de la familia. Prefiero que él te entrene.
—¿Has sido amenazado? —Ranma lo miró serio.
—Ya has visto —Inuyasha habló por primera vez desde que se habían sentado— cómo ese tal Musō se la tiene jurada.
—Soy mucho más alto que Musō y no le tengo miedo —espetó lleno de ira Sōta cerrando los puños
—Eso es lo peor —Ranma hizo que Sōta centrara su atención— el miedo es una defensa necesaria de nuestra mente que siempre ha estado ahí y que sirve para mantener nuestra integridad física intacta. Si ese miedo se descontrola puede paralizarnos, pero si no lo tenemos puede hacer que no pensemos en nuestra propia seguridad. Cada vez que yo estoy en una misión tengo miedo y eso me mantiene alerta.
—Yo también tengo miedo —Sesshomaru bebió un sorbo de café con precaución— antes de casarme y tener hijos no me preocupaba no llegar a casa al día siguiente. Pero la noche en la que Kagura fue a enfrentarse sola a Naraku, me asusté. No sabía si llegaría a tiempo y no podía entrar en aquella casa sin un plan, podría haber matado a Kagura y a tu hermana.
—Esa noche me asusté muchísimo. —Sōta la miró sorprendido—. Sabía lo que aquél sanguinario había hecho con sus víctimas, además que nadie sabía dónde estaba. Kagura fue como un rayo de esperanza cuando la vi entrar por la puerta. Aún hay noches, en las que las pesadillas me atormentan.
—¿Y el miedo te paralizó? —preguntó su hermano.
—No —contestó seria—. Pensé en una forma de salir, recordando que tenía un arma en el tobillo y que, por suerte, Naraku no la había encontrado. Intentaría huir y llamar al departamento, pero no sabía dónde estaba.
—¿Y tú Inuyasha? ¿Has tenido alguna vez miedo? —Inuyasha miró a Sōta sorprendido, por lo que meditó las palabras.
—Todas las noches desde ese día — contestó recibiendo la mirada sorprendida de la detective—. Las noches en las que tu hermana no volvía me exasperaba, llamaba un millón de veces a Sesshomaru para saber si ella se encontraba con él. Y las noches en las que yo tenía guardia no eran mejores —recordó con una sonrisa—. Tenía a toda la planta preocupada por Kagome e incluso los pacientes me preguntaban por ella.
—Doy fe de ello —corroboró Sesshomaru—. La bandeja de entrada la tenía completamente saturada.
—Kagura me llamaba a mí —sonrió Kagome al ver la cara sorprendida de Sesshomaru—. Tampoco se sentía segura cuando salías a hacer la ronda. Nos tirábamos horas hablando cuando estábamos las dos solas en casa.
—El miedo es necesario —concluyo Ranma mirando a Sōta—, por lo que te aconsejaría que vinieras conmigo a las clases. Tengo gente de tu edad que también está empezando, además así puedo pasar más tiempo contigo, renacuajo.
—Es irónico que me llames renacuajo cuando te saco una cabeza —sonrió de medio lado Sōta recuperando el humor—. Tendría que compaginarlo con básquet, no pienso dejar el deporte.
—Pásame el horario —sonrió Ranma—. Miraré en qué clase puedo agregarte y así complementaríamos los días que tenga libres.
—También tiene que estudiar, no lo agobies —regañó Kagome a su primo.
—Kagome ¿puedes acompañarme? —Sesshomaru se levantó—. Ayer tuve una discusión con Kagura y quería regalarle unas flores.
—¿Flores a Kagura? ¿Quieres que te las tire por la cabeza? —se carcajeó Inuyasha.
—Hay unas rosas azules que le encantan —contestó con sequedad su hermano mayor—. No me digas como tratar a mi mujer, estúpido.
Kagome se levantó, y siguió a Sesshomaru sin decir una palabra. Inuyasha sabía, tan bien como ella y Sesshomaru, que Kagura odiaba que le regalaran flores o bombones para pedir disculpas, decía que era un plan de las multinacionales para que los hombres fomentaran los estereotipos de "mujeres florero" con sus esposas. Sin embargo, lo siguió porque sabía que no quería ir a la floristería de al lado por eso. Quería que estuviera presente cuando interrogara al dependiente, quería hacerla participe de la investigación sin que nadie lo supiera.
Salieron de la cafetería y se dirigieron a la floristería Polen, donde había un hombre de unos cincuenta años mirando algunas flores y la dependienta preparaba un ramo de flores. Sesshomaru se dirigió directamente a la dependienta, mientras Kagome se acercaba al lado del hombre como si no supiera nada de lo que estaba pasando. El móvil del hombre sonó, sobresaltándolo, descolgando de forma nerviosa. Kagome se acercó a unos lirios blancos que estaban cerca de él y los olió, disimulando.
—No, estoy en la maldita floristería desde hace un par de horas —el hombre, con una voz osca, miraba nervioso a la puerta—. Esa maldita puta no ha venido, seguro que ha ido a la pasma —hizo una pausa—. El marido no es de fiar —espetó de forma ruda—. ¿Cómo quieres que lo sepa? Tengo aquí la mercancía y esa zorra no me ha traído la pasta. No, no, solo hay un albino y una zorrita que está para comérsela —se giró y miró a Kagome, quien hizo caso omiso a lo que él decía—. No, llama a Yanaka y dile que la mercancía no ha llegado. Me da igual, pero yo no tengo por qué estar aquí exponiéndome. Bien. Llámame en cuanto sepas algo —se giró y la miró sorprendido de que estuviera tan cerca—. ¿Qué miras hermosura?
—Quoi? Je suis désolé. Je ne comprends pas ce que me dit. —contestó Kagome con una sonrisa forzando el acento francés. El hombre la miró y sonrió.
—Nena, lástima que no te entienda, podríamos hacer algo juntos —ella volvió a sonreír, pero no dijo nada. Intentó memorizar la cara de aquél hombre, cualquier rasgo identificable para un retrato robot. Tenía un par de pecas en la mejilla derecha y una cicatriz pequeña al lado del ojo izquierdo. Era de ojos oscuros, con la nariz grande y chata, unos labios finos y un bigote de cowboy. El pelo lo tenía corto y negro como el azabache, del que carecía en la coronilla, dándole un aire de fraile. Iba vestido con una camisa a cuadros, tejanos y unas camperas, que debían de molestarle con el calor que hacía— sí quieres pasarlo bien sé dónde una chica como tú encajaría a la perfección. —Kagome sonrió, en teoría no entendía nada de lo que él decía—. Debo irme nena, nos veremos pronto — el hombre salió despreocupado de la floristería
—De eso no me cabe duda, imbécil —espetó Kagome cuando ya no pudo aguantar más. Se encaminó hacia Sesshomaru, que seguía interrogando a la dependienta.
—Entonces ¿no sabe quién es esta mujer? —le enseñó exasperado la foto.
—Yo solo sé, que no sé nada —contestó la mujer con una sonrisa desafiante.
—Conocemos a Socrates —agregó con una mirada fría— también conocera que el filósofo no creía que la humanidad era buena o mala, sino lista o estúpida. Por ejemplo, aquellos que no ayudan en una investigación no es por su maldad intrínseca, sino por su estupidez mal sana —dijo Sesshomaru. Su excompañero era uno de los mejores en leer a las personas y sabía que con aquella dependienta tenía que herirle en el ego para que hablara—. Preguntaré de nuevo ¿la ha visto?
—Por aquí pasa mucha gente, es difícil quedarse con una cara —respondió la mujer. Kagome la miró; era morena y su rostro estaba algo demacrado para la edad que podía tener además de una pequeña peca en el lado derecho cerca de la boca. Los ojos eran pequeños y oscuros y la boca grande. Su rostro le era familiar pero no conseguía identificarlo con ninguno que recordara haber visto con anterioridad.
—¿Tiene cámaras de seguridad, cierto? —Kagome señaló el pequeño aparto que apuntaba al mostrador—. Debe entregarlo, es una prueba crucial para el caso
—No sin una orden —espetó la mujer con una sonrisa—. Conozco mis derechos —Kagome y Sesshomaru suspiraron. Odiaba que la gente les dijera eso, una frase que se había hecho famosa desde que empezaron a salir las series policíacas en la televisión
—¿A sí? ¿y cuáles son? —Sesshomaru miró a Kagome con una sonrisa. Ella sin embargo, estaba demasiado ocupada desmontando la barrera de ego que tenía montada aquella mujer—. ¿No se acuerda? —vio que la mujer negaba con la cabeza—. Bien, yo le diré cuál es uno de sus deberes como ciudadano. Debe ayudar a la policía en todo lo que usted pueda y si tiene una prueba crucial debe entregarla al agente para avanzar en la investigación. Como ciudadano tiene el deber de ayudar a la policía y si por consecuente usted está encubriendo a alguien en este crimen será condenada partícipe del mismo. —La mujer miraba acusadora Kagome—. ¿Eso también lo dicen en CSI? —la mujer negó con la cabeza.
—¿Colaborará con la policía? —asintió, derrotada. Observando al albino—. Bien, empecemos desde el principio —volvió a poner la foto de Sonomi delante de ella—. ¿Conoce o no conoce a esta mujer?
—Sí, era una clienta habitual. Solía coger magnolias para llevarlas a la lápida de su difunto marido. —Kagome sonrió, era un ritual que su madre le pusiera cada dos o tres días un ramo de flores a la tumba de su padre—. Pero una tarde no vino sola. Su nuevo marido, Manami, la trajo apoyada en él. Me asusté y me ofrecí a llamar a una ambulancia, parecía que a la mujer le habían pegado una paliza, pero su marido me frenó y me obligó a colgar el teléfono.
—¿Cuándo pasó eso? — preguntó el albino
—Hará una semana —contestó la mujer más obediente—. La sentó en una silla y él salió fuera para hablar con un hombre. Él mismo que estaba ahí hace un momento —señaló la dirección donde estaba el hombre al que Kagome había escuchado.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio? —volvió a preguntar el detective.
—Hará dos días —respondió la mujer mirando esta vez a Kagome—. Recogió una de las macetas que tenía fuera y se la llevó. Le pregunté si quería llevarse unas magnolias y me contestó que se las guardara, que hoy pasaría a recogerlas.
—Necesitaremos el registro de este mes de las cámaras de vigilancia —ordenó Sesshomaru—. Firme estos documentos conforme accede a trabajar con nosotros y nos cede estos objetos —ella asintió.
Mientras ellos hablaban, Kagome salió fuera para ver las macetas que había. Recordó que en el recibo, que había visto esa mañana entre los documentos de Sesshomaru, en el que se nombraba una maceta, la ruda, por lo que se paseó por la entrada buscando la planta. Se sorprendió al encontrar solo un ejemplar y no dudo a cogerla. Si su madre había cambiado las magnolias por esta planta, por lo que esperaba que aquella planta le diera una respuesta.
Entró con la maceta en las manos y la puso en el mostrador, haciendo que la mujer la mirara sorprendida.
—Esto es ruda ¿verdad? —preguntó ella. La aludida asintió—. Bien, me la llevo.
—¿Cómo dice? —la dependienta se sobresaltó— ¿Por qué?
—No creo que deba darle explicación alguna —miró de forma sospechosa a la mujer de detrás del mostrador—, pero se lo diré. Dicen que la ruda es muy buena para eliminar males de ojo y envidias. Si una ruda se muere, es porque ha quitado algo, o al menos es lo que decía mi abuela —Sesshomaru la miraba pasmado y la dependienta respiraba más tranquila— sino le importa me gustaría llevarme esta maceta.
—Mejor le doy una que no esté tan mustia, está tiene algunas matas secas —fue a coger la maceta pero Kagome se la apartó.
—Lo siento, pero quiero esta —insistió la inspectora—. Nos hemos enamorado mutuamente ahí afuera y no la voy a dejar aquí porque esté un poco mustia. ¿Cuánto es?
—Tres con cuarenta —la mujer, a regañadientes aceptó el dinero de Kagome—. ¿qQuiere darme los datos para nuestra tarjeta cliente? Haremos descuentos para usted o algún familiar.
—No gracias, no soy de aquí —Kagome cogió la planta y se dirigió a la salida, siendo seguida por Sesshomaru, quien ya había acabado de recoger todos los datos.
—¿A qué ha venido eso? —Sesshomaru alcanzó a Kagome antes de que llegaran a la cafetería.
—Ya te lo he dicho, me he enamorado de esta planta — dijo inocentemente
—Es extraño —el albino sacó una de las bolsas de pruebas y se la mostró a Kagome— es la misma planta que se llevó tu madre antes de morir —Kagome lo miró sorprendida y él sonrió—. Parece que sigues teniendo ese sexto sentido, compañera.
—Puede ser —dijo sin más. Los dos se acercaron a la mesa donde estaban los tres hombres hablando, se sentaron y poco después apareció el camarero con la comida que habían pedido.
Kagome sintió el olor a bacon. Le encantaba el bacon, pero desde que estaba embarazada no lo podía soportar cerca de ella. Ella, que se consideraba una de las mujeres que más comida basura podía consumir a la semana, no podía probar nada que viniera de un animal y que estuviera frito en la sartén. Le pidió una ensalada ante la atónita mirada de los dos albinos y de su hermano pequeño, quienes conocían los gustos de la mujer y sabían que odiaba la ensalada.
—¿Qué estás a régimen, hermanita? —preguntó Sōta con sorna—. Anda come algo, te vas a quedar en los huesos —se acercó el bocadillo grasiento a los labios y ella se levantó, pálida como el papel—. ¿Qué te pasa?
—Tengo que ir al servicio —se levantó a toda prisa para dirigirse al baño de mujeres.
No sabía cómo iba a explicar aquello sin que pareciera raro, preocupante o descabellado. Ya pensaría en ello mientras mantenía la cabeza dentro del inodoro para vacían su precario desayuno.
(-.*-.*-.*-.*)
—¿Qué pasa? —preguntó Ranma al ver la cara de los demás.
—Está rara —contestó Inuyasha—, a ella le encanta el bacon con queso, no entiendo esta reacción.
—A lo mejor está embarazada, cuñadito —sugirió Sōta sonriendo—. Por fin voy a tener a ese sobrino o sobrina tan esperado.
—¿Kagome está embarazada? ¿de ti? —preguntó Sesshomaru señalando a su hermano como si fuera un extraterrestre.
—¿De quién sino? —preguntó el adolescente—. Mi hermana será despistada, torpe y cabezota, pero nunca le pondría los cuernos a nadie. Es muy integra. No tendría una noche de sexo desenfrenado con alguien que no conociera, te lo digo yo.
—No está embarazada, Sōta —desmintió Inuyasha irritado. No podía estar embarazada, porque eso significaría que ella se había acostado con alguien después de la ruptura. No podría soportar saber eso—. Dijo que tenía un virus, posiblemente sea estomacal y le hayan prohibido todo tipo de alimentos basura —concluyó.
—¿Y por qué lo esconde? —siguió el joven. A Inuyasha le irritó en sobremanera aquella insistencia en el tema. ¿él sabría algo? ¿Kagome le habría dicho que se había acostado con alguien?—. Además, tú tienes a tus soldaditos en pleno rendimiento ¿no? —el médico se sonrojó—. Pues entonces, es más que posible. O ¿es que tú no quieres tener hijos?
—Soy demasiado joven para tener hijos, Sōta.
—¿Joven? —la pregunta resonó a tres voces, enrojeciendo al médico.
—Tienes treinta y cinco años, tío —contestó el Higurashi.
—Yo a tu edad ya estaba esperando a tu primer sobrino, hermanito —corroboró Sesshomaru
—¿Cuántos años tienes tú? ¿dos o tres más que él no? —preguntó el adolescente sorprendido.
—¿Sabes? Acabas de caerme mejor de lo que ya me caías —bebió un sorbo de su cerveza—. Pero no, me llevo seis años y medio con este energúmeno que se va a quedar para vestir santos.
—Sino te das prisa, se te pasará el arroz —agregó Ranma sonriendo.
—¡Oh! ¡Dejadlo ya! No voy a tener críos ¿vale? Ni ahora ni nunca, joder —el tremendo chillido sonó en toda la cafetería provocando un silencio sepulcral.
Kagome que acabada de salir del lavabo escuchó, como todos los demás, el alegato del albino. Se dirigió a la barra y le dijo al camarero que eliminara la ensalada que había pedido. Pagó el café, el bocadillo de Sōta y su bebida y se dirigió a la mesa, completamente seria para posicionarse entre Sōta y Ranma.
—Sōta, tenemos que irnos, me gustaría llegar a casa y hacer ciertas llamadas —el cambio radical de carácter los sorprendió, no siendo capaces a decir palabra—. Esta tarde iré a trabajar y hablaremos sobre el caso. Hay algunas cosas que quiero comprobar.
—Kagome, es demasiado pronto para que empieces a trabajar —contradijo Ranma—, tienes un par de días más para poder acomodarlo todo.
—Ya está todo resuelto, mi hermana se ha encargado de hacerlo lo más rápido posible. Prefiero empezar a trabajar ya y mantener la mente centrada.
—¿Y yo que? Hoy no tengo entreno y ya he perdido la clase —protestó Sōta
—Podrías quedarte conmigo —sugirió Inuyasha con cuidado. Había visto esa mirada en la inspectora esa mañana, había algo que no le había gustado y tenía la sensación de que él era el culpable, pero no sabía por qué.
—¿Tú das clases esta tarde no? —Kagome ignoró por completo al médico. Ranma asintió, la rudeza de la pregunta le hizo estremecer—. Pues esta tarde te llevo a Sōta con su horario. Podría incluso empezar hoy y así tendría algo ganado. ¿Os parece? —tanto su hermano como su primo asintieron, más asustados que entusiasmados—. Bien, recoge tus cosas.
—Kagome ¿qué pasa? —preguntó Inuyasha intentando acercarse a ella.
—Tengo prisa, nos vemos Inuyasha. Sesshomaru —se dirigió al inspector que saltó de su silla asustado—, avísame si sabes algo relacionado con mi madre —cogió la ruda y se dirigió a la puerta junto con su hermano.
—¿Qué coño le has hecho? —preguntó Ranma algo asustado.
—He estado con vosotros todo el tiempo, ¿Qué le voy a hacer?
—Ha cambiado cuando ha salido del lavabo —apuntó Sesshomaru pensativo.
Inuyasha lo observó sin saber muy bien a qué se refería. Esa mañana había sido rara, sí, pero no más de los últimos días. No se había acercado a Kikyō y ella había mantenido también las distancias. Entonces… ¿qué pasaba?
—¿No se habrá enfadado por lo que has chillado verdad? —la pregunta del primo de Kagome lo dejó a cuadros. ¿Por qué se enfadaría por aquello?
Hasta aquí.
¡Muy buenas a todos! Una semana más volvemos a la carga con un capítulo más, espero que este os guste.
Aclaraciones:
En este caso, el fragmento que envía Kikyō es de una obra de Eurípides llamada Antiope, de la que solo se conocen unos fragmentos. Keep calm, que esto significa algo xD.
Agradecimientos:
kcar: ¡Muy buenas! Muchísimas gracias por pasarte una vez más por esta locura. Sí, los secretos siguen enrollandose, espero que este capitulo también te guste. Nos vemos!
Marlenis Samudio: La verdad es que, mientras escríba, Kagome realmente no tenía coartada, así que intenté arreglarlo lo mejor que pude xD Espero que la situación con la pareja principal en este capítulo no te haga desfallecer, aun tienen mucho amor que darse. Gracias por estar ahí una semana más! Espero que este sea de tu agrado.
Tatiana Ocampo: Muchísimas gracias a ti por seguir cada capítulo. Espero que este te mantenga igual de enganchada que los otros y, por supuesto, que te guste.
R.T: Muy buenas! Muchisimas gracias por estar aquí una semana más. Sí, el orgullo de ella va a ser una de las principales tramas de la obra y los silencios su peor enemigo, como puedes ver. Espero que este capítulo también te guste!
Susanisa: Muchísimas gracias pro pasarte esta semana también! Como puedes ver decirle que está embarazada es complicado y más como estan las cosas. Me ha hecho muchisima gracia el comentario de Hojo! Al menos se casó con una mujer a la que llamó Kagome xDDD. Gracias por pasarte y espero que este capítulo también te guste.
Como siempre agradecer a Carli89, Eren Vega, Jacqueline Mendoza, Jiyuu Akabane, Klaudia VR, Lilliana1118, Marlenis Samudio, Susanisa, hadadelcementerio, jessicatoledo . barrera78, kcar y MariaGpe por vuestros me gusta y por seguir esta historia. Sin olvidar a todos aquellos que sean lectores fantasmas, gracias por darle la oportunidad, aunque sea por error xD! Sin todos vosotros yo seguramente no seguiría escribiendo.
Y ya está. Cuidáos mucho y espero que tengáis una feliz semana.
¡Nos vemos en los bares!
