Capítulo 4

Aaron abrió los ojos, y vio el hermoso rostro de Erin muy cerca del suyo, y su corazón se llenó de amor una vez más. Rozó suavemente su frente con sus labios, para no despertarla, y se levantó muy despacio.

Sus movimientos eran muy lentos debido a la estrechez de la cama y a que Erin estaba pegada a él. Respiró tranquilo cuando estuvo de pie y ella seguía dormida. Pudo haberse ido a la cama de Arthur, como otras veces, pero hacía frío y les gustaba dormir abrazados. Y que la cama fuera pequeña ayudaba a eso.

Se dio una ducha rápida y se vistió. Era el día de Acción de Gracias, y ambos cogían un avión en apenas unas horas. Era consciente que debía despertar a Erin, pero sabía que estaba cansada, el día anterior había sido duro, se habían dormido tarde y ya tenían todo preparado para el viaje; así que decidió dejarla dormir un poco más.

Terminó de arreglarse y revisar el equipaje, cuando vio que era hora de despertarla sino querían llegar tarde al aeropuerto. Se acercó a la cama y comenzó a posar pequeños besos en su mejilla y luego en su cuello. En un minuto, estaba despierta.

-¿Sabes que esta es mi forma favorita de despertar? -dijo con una sonrisa y voz de dormida.

-Lo sé. Pero necesitas levantarte si quieres que lleguemos a tiempo al aeropuerto -señaló acariciándole el pelo.

Erin cogió su brazo y giró su muñeca para mirar la hora. Se levantó rápidamente, quitándose la sudadera de Aaron y buscando su ropa. El chico la había colocado toda en su silla, y ella se inclinó para besarlo como agradecimiento. No pudo dejar de admirar su cuerpo mientras se vestía.

-¿Nos vemos aquí en cuarenta y cinco minutos? Pedimos un taxi y nos vamos desde aquí -dijo Erin mientras cogía su bolso y abría la puerta.

-Perfecto.

Y ese tiempo el chico lo aprovechó para dejar recogida su habitación (incluso la parte de Arthur, que cada vez pasaba menos tiempo allí), y comprobar por tercera vez su equipaje. Era un solo bolso de mano, que ni siquiera necesitaba facturar, pero le gustaba tenerlo todo bajo control.


El avión de Erin despegaba a las 11:30 a:m, y el de él no salía hasta la 13:00 p:m. Sin embargo, habían decidido ir juntos al aeropuerto para pasar más tiempo juntos. Bien es cierto que viajando el mismo día de fiesta, eran los únicos vuelos que habían conseguido.

Aaron acompañó a Erin hasta la puerta de embarque, y se quedó con ella hasta que la gente comenzó a embarcar.

Estaban abrazados, y ella se negaba a soltarlo. El chico posó pequeños besos en la cabeza de la chica.

-Sabes que nos veremos el Domingo, ¿no? Son sólo cuatro días, Erin. No me voy a la guerra ni nada parecido -bromeó él intentando sacarle una sonrisa.

-Ya lo sé, tonto -le golpeó el pecho con cariño-. Pero no quiero separarme de ti. Te voy a echar de menos.

-Cuatro días, cariño -se acercó al oído a susurrarle-. Y te prometo que te demostraré todo lo que yo te he echado de menos a ti.

Erin se mordió el labio coqueta y luego lo besó. Estuvieron besándose un rato, hasta que ella no pudo retrasarlo más y tuvo que irse. Luego Aaron buscó su puerta de embarque y se sentó en un banco a esperar.

Miró cómo despegaban y aterrizaban los aviones, y se perdió en sus pensamientos. Era increíble cómo había cambiado su vida en los últimos dos meses. A mediados de Septiembre, había conocido a Erin, y se había enamorado al instante de ella. Hacía apenas una semana que estaban saliendo oficialmente como pareja, se separaban cuatro días y parecía que su vida se iba a ir a pique sin ella. Y a ella le pasaba igual. Estaban viviendo tan intensamente su amor que a lo mejor no era bueno. Sin embargo, ya no podía imaginarse su vida sin ella.

Había tenido una relación seria en el instituto, durante los dos últimos años. Y aunque había sido importante para él (había vivido varias primeras veces con ella y lo había ayudado a superar la situación que vivía en casa, aunque nunca le contó realmente lo que pasaba), nunca se había sentido como cuando estaba con Erin.

Y había salido con alguna chica en la universidad, pero nunca nada serio. Hasta que había llegado ella. Se dio cuenta que estaba tan enamorado, y que probablemente ya no podría vivir sin ella.


Erin suspiró cuando el coche paró frente a su casa. Estuvo tentada de decirle al chófer que volviera a arrancar y la llevara de vuelta al aeropuerto. Era su casa, su familia, pero no quería estar allí. Cada vez aguantaba menos las tonterías de su hermano, la indiferencia de su madre y el control de su padre.

Cuando el chófer sacó su maleta, ella abrió la puerta. Le dio las gracias y cogió la maleta. Claire salió a recibirla y ella le dio un fuerte abrazo. Ella era el único motivo por el que se quedó, y por el que le gustaba volver a casa. Estaba segura que su madre reprobaría su actitud. No se puede abrazar al servicio, Erin. ¿Qué clase de persona hace eso? Hay que mantener las formas y las distancias, cada uno en su sitio. Escuchó la voz de su madre en su cabeza mientras se dejaba envolver por los cariñosos brazos del ama de llaves, que llevaba con la familia desde que ella tenía cinco años.

Solamente se separó cuando escuchó la voz de su hermano en la distancia, y Claire se retiró inmediatamente.

-¡Hermana! ¡Qué gusto verte! Por fin te dignas a honrarnos con tu presencia -Josh se acercó a ella y la abrazó brevemente.

-Estuve a punto de no venir, solamente por no verte -sonrió condescendiente.

-Tú siempre tan cariñosa…

Erin cogió su maleta, y se dirigió a las escaleras. De espaldas a Josh, alzó una mano y levantó el dedo del medio. Soltó una risa cuando escuchó a su hermano insultarla en voz baja. Daba gusto volver a casa.


Aaron contempló asombrado el ajetreo de las mujeres de la familia desde el sofá. Iban de aquí para allá, preparándolo todo para la cena. Se había ofrecido a ayudar, pero casi lo echaron de la cocina, diciéndole que ese no era sitio para él. Sería imposible cambiar la mentalidad tan arraigada que tenían en su familia (y en el resto del pueblo), de que la mujer está para servir al hombre. Afortunadamente, él no lo veía así y no iba a vivir así tampoco.

Así que ahora estaba sentado en el sofá con el tío Al tomando una cerveza (aunque a él no le gustara la cerveza) y viendo un partido de béisbol.

-Entonces, ¿qué tal va la universidad? -preguntó su tío sin desviar la mirada del televisor y después de darle un trago a la cerveza.

El tío Al era un tipo alto, fuerte y con la cara siempre seria. Apenas hablaba, y la mayor parte de las veces mostraba su acuerdo o desacuerdo con un carraspeo. Sin embargo, era una de las personas más buenas que Aaron conocía. En el pueblo le tenían en gran estima, puesto que siempre estaba dispuesto a ayudar a todo el mundo.

-Todo bien. Gracias por preguntar.

Su respuesta fue un gruñido, que el chico interpretó como que era una pregunta por compromiso. Se le escapó una sonrisa mientras mojaba los labios en la botella de cerveza.

Sean entró como un huracán en casa, saludó con la mano a su hermano y a su tío y fue directo a la cocina. La tía Maggie lo había mandado a la tienda a buscar mantequilla, que se les había terminado y la necesitaban para terminar una salsa. Luego el chico se sentó junto a su hermano y se pusieron al día de lo que había pasado en sus vidas desde que no se habían visto. Aunque adoraba a su hermano y normalmente no tenían secretos entre ellos, Aaron decidió que esta vez no le contaría a Sean nada sobre Erin. Quería disfrutar un poco más de su relación en secreto, sin que nadie más lo supiera.

Un rato después, todos estaban sentados a la mesa, disfrutando de la deliciosa cena que habían preparado la madre y la tía de Aaron. Pudo sentir cómo a pesar de las dificultades que su familia había experimentado toda su vida, parecían felices. Sean era un joven de quince años alegre, vivaz, bondadoso y muy cariñoso con los suyos. Y su madre por fin sonreía sin miedo, y había perdido la tensión que parecía acompañarla siempre.

A pesar del poco dinero que tenían, Aaron sabía que su madre intentaba hacer que la vida de sus hijos fuera lo mejor posible, y que siempre tuvieran un pedazo de pan para llevarse a la boca.

Aaron esperaba que con su plan de vida, tuviera lo suficiente para darle a su madre y a su hermano una buena vida. Tardaría unos años, pero suponía que trabajando duro, tarde o temprano lo conseguiría.

Así que al mirar alrededor de la mesa, se dio cuenta de la sonrisa en la cara de toda su familia y supo que fuera como fuera, saldrían adelante, porque se tenían unos a otros y eran felices.


El silencio reinaba alrededor de la mesa, y lo único que se escuchaba era el ruido de los cubiertos contra los platos. Erin pasó la mirada de su padre, a su hermano y por último a su madre, y volvió a sentirse fuera de lugar.

-Entonces Erin, ¿cómo va la universidad? -quiso saber su madre, mientras saboreaba el pavo.

-Bien, madre -respondió con apatía.

-Es el último año, debes esforzarte un poco más de lo normal. Siempre se puede hacer un poco mejor de lo que se hace.

-Lo sé -fue su escueta respuesta.

-Cuando termines, hablaré con Ken. Su mujer tiene una clínica, y puedes comenzar allí a hacer prácticas. Luego ya podrás establecerte por ti misma. Pero siempre es importante empezar con algo de ayuda -su padre entró en la conversación.

Erin respiró hondo antes de responder. Estaba empezando a notar un peso en el pecho de la ansiedad que le producía toda la conversación, que le producía su propia familia.

-No voy a volver a Seattle cuando termine la universidad, padre. Me quedaré en Nueva York. Ya os lo he dicho varias veces -miró entre su padre y su madre, que parecían indiferentes a lo que ella decía, como si ella no tuviera ninguna decisión sobre su futuro.

-Ya lo hablaremos cuando llegue el momento -dijo su padre unos segundos después.

Erin soltó un suspiro de frustración. El silencio volvió a instalarse en la sala, hasta que unos minutos después, Josh volvió a hablar.

-Y dime Erin, ¿le has echado el ojo a algún pobre universitario necesitado de cariño? ¿Lo has exprimido ya hasta dejarlo seco? -Josh sonrió con maldad al decir eso.

-Es a ti a quien han exprimido el cerebro, me temo. Ya es demasiado tarde para hacer algo -respondió la chica llevándose un trozo de pavo a la boca.

-Chicos, ya basta, por favor. Tengamos la fiesta en paz -dijo su madre en voz normal, sin alterarse.

Erin resopló molesta. Para sus padres levantar la voz y gritarles no era una opción, ni siquiera cuando eran niños. No es que quisiera que lo hicieran, pero eso solía molestarla, puesto que no se alteraban, pero se tenían que hacer las cosas a su manera sí o sí.

Pensó en Aaron y en la paz que sentía cuando estaba con él, a pesar de llevar tan poco tiempo juntos. Se había enamorado profundamente de él, y le gustaba pensar en un futuro juntos.

Por enésima vez desde que había llegado a casa, deseó que ya fuera Domingo.

Continuará…