Sustituto

Severus Snape/Remus Lupin


Severus los vio abrazarse en la casa de los gritos como dos viejos amantes.

Remus sostenía a un andrajoso Sirius, y este sonreía contra su pecho.

Severus sintió un agujero en su estómago, y no solo por encontrar a quien traicionó a sus amigos, quien provocó la muerte de Lily, quien había escapado de Azkaban para acabar con Harry.

Su dolor era también personal, era por el hombre que lo sostenía. Era por Remus, eran celos y era la aceptación de que lo que ellos hubieran tenido se había acabado.

Se tragó sus sentimientos, unos que estaba claro nunca debió tener y entró apuntándoles con su varita y desarmándolos.

Harry era lo primero.

Al día siguiente parecía irreal, había visto con sus propios ojos a Peter Pettigrew, Sirius no era una amenaza para Harry, sino todo lo contrario.

Todos habían vivido en una mentira, y el agujero en su estómago solo se hacía cada vez más grande.

Sirius había vuelto, había vuelto de verdad.

—¿Puedo pasar? —preguntó Remus en la puerta de su laboratorio de pociones.

Lucía completamente maltrecho tras una dura transformación, no había tomado la poción matalobos que Severus le preparaba mensualmente.

No esperó el asentimiento de Severus, pasó como tantas veces durante ese curso.

—¿Cómo estás? —le preguntó y Severus elevó una ceja, Remus parecía completamente machacado y le preguntaba a él como estaba.

Típico de Remus.

¿Qué podría suponer un año en comparación a toda una vida amando a otro hombre?

Severus suspiró, y recordó los años tras la guerra, aquella vez en la que encontró a Remus más bestial que humano en uno de las peores tabernas mágicas de Moscú.

En Rusia los hombre lobos no estaban perseguidos por su ministerio, y Remus estaba rodeado de lobos de la peor calaña posible.

Severus no notó ningún signo de que le hubiera reconocido, y se alegró por ello. Había comenzado a trabajar para Dumbledore en ese maldito colegio lleno de niños, pero al menos era el encargado de abastecer su propia botica y por eso había acabado en ese barrio ruso.

—¿Qué estás buscando aquí, mago? —le dijo un lobo de al menos dos metros.

Severus ni siquiera le miró haciéndose paso hasta la barra, pero el lobo no le dejó pasar.

—Los magos aquí contestan si no quieren ser devorados —el aliento del lobo olía a muerte y sangre, Severus apretó la varita en su muñeca— ¿A caso es eso a lo que has venido, a que te folle un lobo?

Severus lo sintió contra su cuerpo, pero no duró mucho.

—Déjalo, Dimitri, es mío —hacía años que no lo escuchaba, hacía años que todos sus recuerdos de los merodeadores habían muerto. Pero reconoció la voz de Remus al instante.

Severus le echó una mirada evaluadora, se había enfrentado a cosas peores. Y cuando le tomó de la misma muñeca donde llevaba oculta la varita, Severus le plantó cara.

Los ojos de Remus eran amarillos, completamente amarillos.

—Sígueme, Snape, si no quieres ser el juguete roto de todos esos lobos.

Severus tenía dos opciones, seguir a Remus o descubrir si este tenía razón en sus suposiciones.

Prefería a un solo lobo que a los otros siete.

Remus lo metió en un cuartucho oscuro y con fuerte olor a animal, una pila de libros a un lado le hizo pensar que aquella era la habitación de Remus.

—¿Qué diablos haces aquí? —le gruñó Remus demasiado cerca— ¿Te manda Dumbledore? No voy a volver.

Severus se daba cuenta de que sí, que aquello había sido orquestado por el maldito titiritero que era Dumbledore. Y ni siquiera entendía por qué creía que Severus haría volver a Remus.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Severus.

—Sobrevivir, ¿no es lo que hacemos todos? —dijo Remus, mucho más triste que su versión lobo alfa.

—No parece que vayas a durar mucho —auguró mirando a su alrededor. Y entonces, Remus sonrió.

Ellos dos apenas habían tenido relación en Hogwarts, su dolor de huevos constante eran más James Potter y Sirius Black, pero Remus siempre estaba allí.

—No deberías haber venido, Snape. —Y el ambiente en aquella mugrienta habitación cambió— Si no sales de aquí apestando a mí, los dos vamos a tener serios problemas.

Una oleada de excitación recorrió a Severus, ¿cuánto hacía de la última vez que apestó a alguien más? Demasiado.

—Puedo olerte —dijo Remus jadeando.

En un segundo estaba de pie, para estar tirado en una cama desecha y sucia, con un hombre lobo devorándole la boca y arrastrando la ropa de su cuerpo, y él solo pudo gemir en respuesta cuando Remus metió uno de sus dedos húmedos de su propia saliva por su culo.

Severus cuando entró en ese lugar no esperó acabar desnudo bajo Remus Lupin siendo demoledor en su trasero, pero se abandonó a algo a lo que rara vez recurría.

—Más —gimió completamente destrozado.

—No me ofrezcas el cuello así —gruñó Remus lamiendo la piel caliente, el pelo negro de Severus estaba completamente desordenado sobre las sábanas sucias— No me provoques así, o no me contendré.

Los ojos amarillos de Remus lo miraban bestiales, y Severus durante un segundo perdió el sentido común, queriendo que lo hiciera, que lo penetrara con sus dientes como lo estaba haciendo con su polla.

Remus se corrió y lo arrastró en un éxtasis que le hizo olvidarse de aquella locura.

Ambos se miraron siendo consciente de lo que habían hecho. Y Remus se retiró de él.

—Dile a Dumbledore que no voy a volver, ahora márchate.

Severus casi no podía caminar, pero salió de aquel cuarto y aquella taberna apestando a Remus.

Cuando volvió a Londres le dijo a Dumbledore que no, no había visto a Remus Lupin, el viejo solo sonrió.

Y los años pasaron, al menos, hasta que lo vio aparecer bajando del expreso que lo llevó a Hogwarts, esta vez convertido en profesor.

No había nada de aquel fiero lobo que conoció en Moscú, o eso pensó Severus. Incluso llegó a pensar que Remus lo había olvidado todo, solo fue una noche, y desde luego no parecía él mismo.

Aunque Severus no lo había olvidado, ¿cómo olvidarlo si había sido de las mejores experiencias en ese sentido de su vida? Lo que decía lo triste que era en sí mismo.

Pero el serio y tranquilo Remus, ese más parecido a sus recuerdos de la escuela, le pidió elaborar poción matalobos, y supo que era así como domaba a esa otra versión suya.

La huída de Sirius los dejó a todos en jaque, y comprendió que la presencia justamente de Remus ese año no era circunstancial, estaba allí por Sirius, por Harry.

Salvo que en las pocas ocasiones que coincidían a solas, le notaba mirarlo, como el ámbar calmado pasaba a amarillo, y Severus supo que lo recordaba, que lo recordaba todo.

Y pasó, volvió a pasar. El lobo estaba prácticamente sedado, pero cuando estaban juntos podía sentirlo, duro y dominante.

Aún así sabía que aquello no podría calificarse como algo más que dos adultos que se atraían y lo consumaban. Muchos menos cuando Remus aunque no lo hubiera dicho con palabras, dejó claro que lo que sintió por Sirius fue mucho más que amistad.

Y Sirius había vuelto, había demostrado su inocencia, y no había motivo para que ellos dos fueran algo más que colegas de profesión.

—¿Black? —Quería acabar con ello cuanto antes, y por lo que conocía a Remus eso iba a suponer una explicación que en realidad Severus no quería.

Él se había involucrado con un hombre que estaba enamorado de otro, y había vuelto a por lo que era suyo.

El tiempo de Severus había acabado.

—Con la huída de Peter, sigue siendo un prófugo —dijo Remus—. Pero lo encontraremos y le haremos pagar.

Severus asintió en silencio, una de sus pociones requería de su atención, y lo agradeció.

—¿Te vas con él? —preguntó, le hubiera gustado no sentir lo que estaba sintiendo, ojalá hubiera estado por encima de esos sentimientos.

—El consejo de padres no me quiere aquí, ya lo sabes.

Su poción estaba cambiando de color adecuadamente, se concentró en ella para no mirarlo.

—Severus.

Allí iba.

—Sé lo que sientes por él, ahora es libre e inocente, lo entiendo.

Remus se acercó.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo qué?

—¿Tú y yo?

—Lo pasamos bien, pero lo entiendo, sé lo que soy para ti.

Severus vio el brillo amarillo en sus ojos, Remus no había tomado aquella luna la poción, y el lobo estaba cerca.

—¿Y qué se supone que eres?

—Un sustituto. —El resentimiento raspó su garganta.

—Severus —gruñó Remus.

—Le quieres, es evidente, está aquí y yo...

—Tú crees que te he usado como un sustituto de Sirius porque no podía tenerlo a él. —Estaba tan cerca, que podía ver dónde su piel estaba magullada, los cortes de ramas, de piedras, incluso mordidas. Y aún así no era la suficiente cerca.

—Sí.

Severus no esperó que Remus le abrazara, aunque lo hubiera deseado. No era así como ellos se relacionaban, no eran especialmente cariñosos en los previos, sino más bien necesitados, como si se quemaran por no tocarse.

—Lo siento, Severus.

Un solo minuto, se permitiría solo un minuto para compadecerse, para dejarse sostener. Había sido poco tiempo, aunque nunca hubiera estado tanto tiempo con alguien. Lo superaría, estaba claro que lo superaría. Tenía que hacerlo.

Iba a decir que prefería que se marchara ya, que lo entendía, o cualquier cosa, pero solo se abrazó a él un poco más.

—Lo siento por haberte hecho sentir eso —continuó Remus, apretándolo, dejando caer su cabeza contra la curva de su cuello y absorbiendo su olor—. Siento no haberte podido transmitir lo que de verdad siento por ti.

Remus los separó levemente, para mirarle, el amarillo no se había ido, pero también había otra cosa.

—No puedo obligarte a seguir con alguien como yo que tiene tan poco que ofrecer —dijo Remus— pero nunca has sido sustituto de nada. No lo fuiste en Moscú, cuando pasé meses, años pensando en ti y sin tener el valor de volver para pedirte una oportunidad real.

Y cuando volví, no sabía lo que iba a encontrar, pero esperaba, deseaba egoístamente, que no hubiera nadie en tu vida, que pudiera ocupar algún lugar. Y lo logré.

—Pero...

—Una vez pensé que estaba enamorado de Sirius, pero solo es un recuerdo, ni siquiera soy ya esa persona. Ahora...

Severus no era nada dado a los sentimentalismos, huía de ellos todo lo posible, solo nublaban el juicio y te ponían en peligro. Y el peligro había vuelto, no tenía la menor duda.

Pero ni siquiera él podía negar que aquello lo estaba reblandeciendo donde siempre había habido piedra.

—No eres ningún sustituto, no para mí —aclaró Remus, pero la ausencia de respuesta de Severus le dio una idea equivocada de sus motivos.

Se separó, devolviéndole su espacio personal. Severus sabía que si no decía nada, Remus se iría. Siempre pensó que se iría porque no lo elegiría a él al final, pero no porque él creyera que lo rechazaba.

—Sí —dijo.

Remus se giró, había llegado demasiado rápido a la puerta.

—Sí —repitió Severus—. Quiero estar contigo.

Notó como los hombros de Remus se relajaban, pero el que fue hasta él fue Severus. Siempre oscuro, siempre lúgubre, no sabía cómo ambos habían llegado a ese punto, pero lo quería, lo quería para él.

Remus acortó los pasos y lo volvió a abrazar, quizás Severus podría acostumbrarse a eso, se sentía bien entre sus brazos, se sentía muy bien.


¡Domingo de Severus Snape!

Me gusta el snupin casi tanto como el snack, un OS un tanto tristón pero con final feliz.

Creo que mi fetiche aquí es un Remus dominado por su lobo, cómo me gusta escribirlo así.

Espero que os haya gustado.

Besos

Shimi