Notas de la autora: Este capítulo es bastante más corto que todos los demás, motivo por el que voy a subir otro más hoy mismo, como compensación! Espero que no me odiéis mucho, y me gustaría saber vuestro opinión antes de pasar al siguiente episodio!
Partí antes de que el sol asomase por el horizonte, con la primera luz del amanecer. Kaede me había preparado un hatillo lleno de comida que me había anudado al cuello, y yo me había atado al cinto la Tenseiga. Estaba lejos de ser una maestra espadachina, pero esa mejor protección que nada en absoluto. Me rocié el cuello y las muñecas con unas gotas de la loción aromática, y me guardé el bote de cristal que contenía la mezcla oculta en mi kimono.
Con paso firme, me adentré en el tenebroso bosque, en busca de Kikyo. Traté de replicar el camino que había tomado la primera vez que me la encontré, sumida en la desesperación y la penumbra. Sorprendentemente, la sacerdotisa resultaba estar descansando sobre las raíces del mismo árbol donde la conocí. Tenía los ojos cerrados, aunque su posición era demasiado tensa para estar durmiendo. Respiraba con dificultad, parecía estar sufriendo.
- Kikyo. – La llamé, con voz suave. - ¿Se encuentra bien?
- Rin… ¿Era tu nombre? – Se dirigió hacia mí la sacerdotisa, abriendo los ojos despacio.
Sonaba mucho más débil que apenas unos días atrás. Di unos pasos más hacia ella.
- Así es. – Le contesté. - ¿Ha ocurrido algo malo, señorita Kikyo? – Pregunté con insistencia.
Me dejé caer a su lado. Pude observar cómo su blanquecina piel se encontraba resquebrajada hasta su cuello, como si se tratase de una muñeca de porcelana. La mujer trató de cubrir la herida con su kimono.
- Estaré bien, no te preocupes.
Se veía muy solitaria, abrazándose a sí misma de aquella lastimera forma.
- ¿Por qué no vuelve a la aldea con su hermana? Seguro que Kaede podrá ayudarla. – Traté de sugerirle con delicadeza.
Kikyo dejó escapar un suspiro.
- Agradezco tus intenciones, pero yo ya no pinto absolutamente anda en aquella aldea, solo haría sufrir más a Kaede… - Su voz estaba comenzando a quebrarse, por lo que cambió el rumbo de su discurso de inmediato. – Además, tengo otras cosas importantes que hacer. Al igual que tú, ¿no? – Inquirió con sus profundos ojos negro. – Por eso estás aquí.
Asentí, aunque me preocupaba su condición. Kikyo se esforzada por hacer lo correcto, negándose a sí misma sus propias emociones.
- Ese demonio al que buscabas… Sesshomaru. – Comenzó a hablar despacio. – Ha estado acampando alrededor de un monte que se encuentra al oeste de aquí. – Señaló la dirección contraria a donde el sol comenzaba a asomar. – Está un poco lejos, pero sabrás que te estás acercando cuando te encuentres los rastros de los destrozos de aquel perro gigante. – Tras escrutar mi rostro en silencio, siguió hablando. - ¿Estás segura de que quieres acercarte a su guarida sin ser esperada allí?
Mis pulsaciones se habían detenido unos instantes al escucharla hablar del can arremetiendo contra sus alrededores, pero sabía que ya era demasiado tarde para echarme atrás...
- Gracias por tu ayuda, Kikyo. – Contesté, tratando de ocultar mi miedo. - ¿Puedo hacer algo por ti para compensarte?
La boca de la sacerdotisa esbozó una tenue sonrisa.
- Ve a su encuentro y dile todo aquello que te haya estado oprimiendo el pecho. Me haría sentir mejor que lograses tu objetivo.
- P-pero Kikyo, eso no… - Intenté replicar.
La mujer me calló posando su delicado dedo sobre mis labios. Me sonrojé, sorprendida ante su inesperado gesto.
- Márchate, muchacha. Necesito tiempo a solas para descansar. – Me pidió en voz baja.
Me di media vuelta con pesar. No me gustaba dejarla atrás en aquellas condiciones. Sin embargo, sabía que no soportaría mi compañía por lo que me alejé de allí tratando de no hacer ruido, caminando en dirección opuesta al sol.
El primer día de viaje había sido tranquilo. No me había cruzado a ninguna criatura peligrosa, por lo que había avanzado bastante y sin sobresaltos. Sin embargo, la noche podía ser una historia totalmente distinta si no era lo suficientemente cautelosa, por lo que busqué un lugar idóneo para pasar la noche.
Encontré una estrecha abertura que me permitía ocultarme bajo las raíces de un árbol. La sensación era algo claustrofóbica, pero al menos parecía seguro. Dejé mi hatillo sobre el suelo y comí algunos de los onigiris de la anciana Kaede mientras me mentalizada para ocultarme en el agujero que había descubierto. Apenas pude probar unos bocados, ya que me sentía muy inquieta mientras caía la noche. Deseaba poder encender una diminuta fogata para pasar la noche con algo de iluminación, pero sabía lo insensato de aquella idea. No podía arriesgarme de forma tan estúpida.
Con los pies adoloridos por la caminata y muy a mi pesar, me introduje en el húmedo hoyo entre las raíces del árbol. Estaba muy oscuro, y apenas podía moverme, por lo que no me gustaba lo más mínimo. Respiré hondo para controlar el pánico que comenzaba a ascender por mi estómago. Lo que me faltaba era devolver la comida en aquel estrecho lugar. A pesar de que aún era verano, mi cuerpo temblaba, invadido por la humedad.
El lugar no sólo no resultaba era especialmente cómodo, sino que me dejaba sin una ruta alternativa de escape en caso de ser detectada por alguna criatura de la noche, por lo que no lograba relajarme ni cerrar los ojos por un instante.
Finalmente me rendí y salí del agujero. Sabía que era menos seguro, pero no merecía la pena si no iba a lograr dormir lo más mínimo encerrada en aquel estrecho hueco. Deambulé entre los árboles, tratando de no perder el rumbo, hasta que encontré un frondoso conjunto de matorrales. Aquello era mejor que nada. Me tumbé tratando de no clavarme las ramitas del suelo y me abracé a la Tenseiga, tratando de darme valor. Observé la luz de la luna por un momento, tratando de contener un silencioso llanto. Todo aquello merecería la pena cuando volviera a encontrarme con él.
El sol estaba en lo alto cuando me desperté. Me dolía todo el cuerpo, sentía como si me hubiese arrollado una roca gigante que me hubiese pasado por encima. Sin embargo, podía sentirme agradecida de sentir de una pieza.
Esperaba llegar al lugar que me había indicado Kikyo antes de que cayese la noche, no quería tener que pasar otra noche envuelta en la oscuridad, como si no fuera suficientemente aterrador ya vagar por mí misma a sabiendas de que debía de haber monstruos sueltos en los alrededores. Ese pensamiento me recordó que debía renovar mi dosis de perfume.
Mientras buscaba el bote de cristal entre mis ropas, escuché unas risotadas que hicieron sonar todas mis alarmas. Me agazapé en los matorrales, tratando de esconderme lo mejor que pude.
- ¿Viste la cara que puso ese crío cuando maté a su madre delante de él? ¡Fue tronchante!
- Yo descubrí a un anciano seboso tratando de esconderse detrás de un fardo de heno, ¡cómo si pudiera esconder todas sus carnes detrás de eso!
Se trataba de un grupo de bandidos. Había estado tan preocupada por encontrarme algún demonio que tratase de devorarme, que había olvidado lo peligrosos que podían llegar a ser los seres con los que compartía especie. Apreté la mandíbula, aterrorizada, a la par que furiosa. Me recordaban demasiado a los causantes de la muerte de mis padres y mi hermano, muchos años atrás.
Impotente, le escuché pasar a mi lado sin percatarse de mi presencia. Apreté la funda de la Tenseiga entre mis dedos. Estaban de espaldas, y sabía que haría un favor al mundo si acababa con ellos allí mismo, pero era demasiado arriesgado. Además, sabía que la culpa me perseguiría por siempre por el mero hecho de haber arrebatado una vida, a pesar de que no se tratasen más que de escoria.
Dejé pasar un buen rato desde que perdí de vista al grupo de hombres para salir de mi escondite.
No tuve que caminar mucho más aquel día para comenzar a detectar marcas de enormes zarpas en los troncos entre la espesa vegetación. Debía de estarme acercando a mi destino. Tragué saliva y seguí avanzando con cautela. Encontré algunos árboles arrancados de raíz, deshaciendo la espesura del bosque.
Frente a mis ojos, se alzaba un monte de color tierra, con aspecto de páramo siniestro. ¿Realmente encontraría a Sesshomaru si me adentraba en aquel lugar? Me quedé sin aliento por un instante.
Decidí hacer un descanso para recuperar fuerzas y tratar de comer algo. De repente, me rugía el estómago. Bebí agua de un contenedor de bambú y apuré mis provisiones. El final del camino no debía de estar lejos.
Alcé la vista para encontrarme con un lobo que me observaba a unos veinte pasos de donde yo me encontraba sentada, con una expresión feroz y emitiendo un gruñido gutural. Me levanté despacio, sin apartar la vista de él y dejando los rastros de comida en el suelo. Era posible que aquel fuera su territorio, y los lobos no toleraban demasiado bien aquel tipo de intromisiones.
Retrocedí varios pasos, tratando de no realizar ningún movimiento brusco, pero el animal parecía incluso más ofendido por mi pobre ofrenda que ninguna otra cosa. Con un rugido, el lobo de color pardo echó a correr en mi dirección. Me di la vuelta para alejarme lo más rápido que pude.
En el intento de huida, una de mis sandalias de mimbre se rompió, provocando que rodase por el suelo. En un intento desesperado, tomé la Tenseiga y sujeté por ambos extremos con las manos para detener el inevitable mordisco de la bestia. A pesar de los poderosos colmillos del lobo, la vaina del arma parecía resistir bastante bien.
Agité el arma con todas mis fuerzas, tratando de liberarla del férreo agarre de aquellas fauces. El lobo retrocedió un instante, dispuesto a saltar de nuevo sobre mí. Me temblaban las manos mientras retirada la funda que cubría la katana. No quería lastimar al animal, pero no me estaba dejando otra opción.
Con la respiración agitada, traté de recodar todo lo que me había enseñado Kohaku, en vano. Cuando el lobo saltó directo a por mi cuello, asesté un golpe hacia adelante, apuntando a su cráneo. Sin embargo, observé con incredulidad cómo la espada atravesaba el cuerpo del animal sin hacerle ni un solo rasguño, como si se estuviera hecho de aire.
"Esa espada es total y absolutamente inútil", escuché el eco de la voz de Sesshomaru atravesar mi mente. "No necesito ese pedazo de basura."
No podía creer lo que veían mis ojos, cuando sentí las fauces del animal cerrándose sobre mi cuello sin compasión.
El dolor me dejó sin aire en los pulmones. Apenas pude dejar escapar un lastimero sonido mientras sentía cómo Tenseiga se escurría de mis menos y las fuerzas abandonaban mi cuerpo. Caí de espaldas contra el suelo con un sonido sordo.
El cielo estaba precioso aquel día. Mientras mi visión se volvía cada vez más borrosa, pensé que hubiera sido hermoso poder ver el rostro de Sesshomaru una última vez. La claridad y los colores iban desapareciendo a una velocidad de vértigo.
Me daba miedo la oscuridad.
Señor Sesshomaru…
