Disclaimer: Lo aclaro por si acaso, este capítulo está escrito desde el punto de vista de Sesshomaru, se distingue de las partes narradas por Rin al estar en negrita^^
- …Maldito Inuyasha.
De todos los momentos inoportunos, había escogido el más delicado para hacer acto de presencia. Su innecesaria intervención me había obligado a terminar de quebrar el sello que había luchado por mantener bajo control desesperadamente. No me había dejado otra opción, blandiendo la Tessaiga como un cachorro inexperto, lanzando ataques sin ton ni son.
Me aferré el hombro izquierdo. El sangrado ya se había detenido, aunque el dolor palpitante aún seguía presente. Por molesto que resultase, sabía que era mejor de aquella manera, ya que esa fuerte sensación me ayudaba a anclar mi consciencia, conteniendo la transformación.
Hacía siglos que había logrado dominar mi naturaleza como demonio sin ningún tipo de inconveniente, por lo que resultaba degradante tener que realizar de nuevo el proceso a aquellas alturas de mi existencia. Sin embargo, la pérdida de mi brazo izquierdo a manos de aquel inmundo medio demonio y la espada de mi padre se había convertido en un firme recordatorio de mi insultante falta de autocontrol. No podía permitir que se volviera a repetir un episodio así.
Respiré hondo y cerré los ojos, tratando de establecer comunicación con la bestia que habitaba mi interior. Mi mente se llenó de imágenes violentas, cubiertas de sangre y vísceras. Necesitaría llevar a cabo un auténtico genocidio para saciar dicha sed, y no tenía ni el más mínimo interés en perder mi tiempo de aquella forma absurda.
La bestia respondió a mi rechazo con una nueva ristra de imágenes. En esta ocasión, me mostró escenas sexuales, altamente explícitas, de todo tipo: en grupo, con otras especies de demonios, con otros individuos de mi mismo sexo, episodios de dominación violenta…
Abrí los ojos. No tenía ni el más mínimo interés en aquello impulsos primitivos. Era repulsivo.
Sin embargo, la conexión con la bestia no fue cortada, por lo que sentí todo mi cuerpo pujar por cambiar y expandir sus límites. Era consciente de que no podía contenerlo por más tiempo, después de todo, reinaba la noche. Sonreí ligeramente.
Jugaría a su macabro juego una vez más, si insistía en ello.
Con mi forma demoníaca completamente desplegada, aún era consciente de mis alrededores y de todo lo que mi cuerpo hacía. Simplemente, había perdido la capacidad de actuar por voluntad propia. La bestia se movía de acuerdo a sus instintos más básicos.
Un fuerte impulso destructor me llevó de cacería por el bosque. Di muerte a las decenas de demonios que perseguían el rastro de mi marca. Su peste a soberbia era inconfundible, y mi raciocinio más primitivo jamás iba a permitir que su propiedad fuera profanada por las sucias zarpas de aquellas criaturas indignas.
Cada vez que me acercaba demasiado a una población humana, me veía obligado a realizar un esfuerzo descomunal por impedir que la bestia la asaltase, sedienta de sangre. Era consciente de que no tenía el control activo de mis acciones, pero parecía haber ganado capacidad de veto, al menos. Por lo tanto, era capaz de retenerme, si la situación lo requería. Y no quería arriesgarme.
Con las primeras luces del amanecer, comenzaba a notar cómo mi forma demoníaca perdía fuerza, logrando finalmente revertir la transformación. Sin embargo, aún me quedaba mucho trabajo por hacer.
- ¡Señor Sesshomaru! – Escuché la estridente voz de Jaken. - ¡Al fin se detiene, llevo toda la noche detrás de usted!
Observé a la criatura de dos cabezas que se erguía tras mi diminuto sirviente. Parecía haber sido empleado como montura para perseguirme de un lado a otro. Ante el incesante parloteo de Jaken, lo miré fijamente con intención de amedrentarlo. No me apetecía ser molestado tras una noche de actividad tan intensa.
- Seré… breve, esto… Amo. – Balbuceó la criatura verdosa.
- ¿Qué? – Le apremié con brusquedad.
- Esto… me preguntaba dónde se encuentra aquella humana, Rin. Su… esposa.
Aquel nombre sacudió mi consciencia como un tsunami golpeando un acantilado, imparable a la par que demoledor. Le di la espalda a Jaken.
Mi sirviente siguió insistiendo, aunque yo ignoré deliberadamente todas sus preguntas al respecto. No tenía nada que decir referente a aquella joven, salvo que me había convertido en un potencial peligro para su vida. Sólo quería asegurarme de que ningún demonio daba con ella siguiendo el rastro de la marca que había colocado en ella, para mantenerla a salvo. No podía olvidar que debía guardar cierta distancia, negándome a rastrear su encantador aroma a jazmín hasta dar con su paradero exacto.
Aquella era la manera más óptima de protegerla de los demás, y de mí mismo.
Una noche tras otra, luchaba contra mi irremediable transformación, y terminaba por salir de caza. Me sentía frustrado, ya que mis avances respecto a la toma de control eran mínimos. Pensé que debería intentar abordar a la bestia en su momento de mayor vulnerabilidad, durante el día.
Sin embargo, ésta se negaba a responder a mi llamado cuando el sol se encontraba en lo alto, resultaba casi imposible establecer contacto con ella. Tenía los ojos cerrados y me encontraba sentado sobre la hierba fresca, sintiendo mis alrededores. Inhalé aire profundamente.
Mi concentración se vio interrumpida por un molesto apestoso olor a cenizas y tierra mojada. ¿Acaso se trataba de un cadáver recién salido de la tumba? También percibía una presencia sagrada en los alrededores. Aquella combinación resultaba inusual, sin duda, aunque no era de mi interés. El olor no dejaba de intensificarse, y sentía cómo se acercaba directamente hacia mí. ¿Aquella criatura no tenía ningún aprecio por su existencia?
Abrí los ojos, furioso por la interrupción. Odiaba sentirme vigilado de aquella manera. No tenía tiempo que perder con un ser insignificante.
- No recuerdo tener asuntos pendientes con ningún no muerto. – Dije en voz alta, buscando con la mirada el origen de aquella peste que delataba su deteriorado estado.
De entre los árboles, emergió la silueta de una sacerdotisa de apariencia joven. Su mirada era limpia a la par que fiera. Alcé una ceja, observándola con desagrado.
- Veo que el mal genio viene de familia.
Me molestaba que hablase como su supiese algo de mí, osando compararme con el ilegítimo hijo de mi padre. Aquella mujer emitía una potente aura sagrada que me resultaba desagradable, aunque no insoportable. Su presencia no hacía más que entorpecer mis frustrados intentos de invocar a la bestia a voluntad. Tenía que deshacerme de ella.
- No tengo ningún asunto pendiente contigo, sacerdotisa. Márchate, si no quieres que te mande de vuelta a la tumba a la que perteneces.
A pesar de mis amenazas, aquella impertinente mujer siguió acercándose a mí sin vacilar. Irradiaba una confianza que podría haber abrumado a cualquier otro ser vivo. Tenía que admitir que no le faltaban agallas para desafiarme de aquella manera, pero no estaba de humor para que lo que fuera que se traía entre manos.
- Vengo a verte en calidad de mensajera, Sesshomaru. – Anunció con solemnidad la mujer, parada a escasos pasos de mí.
Fruncí el ceño.
- ¿Quién te envía?
Extendí mis garras, preparando un ataque, en el caso de que se tratase de cualquier enredo propiciado por Naraku. Parecía el tipo de truco barato que utilizaría ese sucio medio demonio.
- ¿Tienes relación con una chica humana? Responde al nombre de Rin.
Escuchar ese nombre familiar me desarmó por completo. Si era su conocida, la posibilidad de acabar con la molesta sacerdotisa quedaba descartada por completo. Desvié la mirada, ya que su presencia no resultaba amenazante, aunque me estaba hartando de aquella conversación sin sentido.
- No es de tu incumbencia. – Respondí, negándome a participar en aquel burdo acto.
- Empezó a serlo cuando esa joven vagaba por el bosque a altas horas de la noche en tu busca, única y exclusivamente. Tuvo suerte de encontrarse sólo conmigo.
¿Aquella loca estaba tratando de reprenderme? ¿Al Gran Sesshomaru? Di un salto para alcanzarla y amenacé su cuello, rozando su mandíbula con mis garras.
- Cierra la boca. – Le ordené, tajante.
- No pienso callarme, demonio. – Su tono desafiante me tomó por sorpresa, pues pensé que se amedrentaría de inmediato. – Tú no has visto el sufrimiento en los ojos de esa chiquilla. ¿Para qué ostentas tanto poder, si eres tan cobarde como para ser incapaz de afrontar una conversación con una persona que te adora de esa manera? No te mereces ni la más mínima devoción que ella siente por ti. – Rehuí si intensa mirada, cargada de acusaciones. - Por tu reacción, diría que su condición no te es indiferente. – Retiré mis garras, dándole la espalda a aquella mujer para alejarme de ella lo antes posible. – Tengo razón, ¿verdad?
El dulce rostro de Rin se había instalado en mi mente, derritiendo todos mis sentimientos de ira y orgullo, hasta que no quedó nada más que una sensación de vacío en mi pecho. La sacerdotisa me siguió mientras me adentraba en el bosque. Me detuve en seco, con un suspiro.
- Quiero estar solo. – Dije.
- ¿No tienes intención de darle a Rin ninguna explicación? – Siguió insistiendo. – La necesita para seguir adelante. No serás tan egocéntrico de dejar que tu orgullo te impida dejarla ser libre.
Todo lo que pedía mi mente era que dejara de hablar de ella y pronunciar su nombre.
- A la que no le debo ninguna explicación es a ti, sacerdotisa.
Dejé que la luz me envolviese para alejarme de aquel lugar. De aquella manera, no tendría que acabar con la sacerdotisa para que dejara de interferir con mi entrenamiento. Sin embargo, era consciente de que, por mucho que me alejase físicamente de aquel cadáver andante, los recuerdos sobre la mujer que había sido mi esposa habían empezado a arremolinarse frente a mis ojos.
No debía volver a pensar en ella.
Estuve irritado los siguientes días, mientras repetía mis ejercicios de autocontrol. Poco a poco, podía provocar la transformación de día, y contenerla durante la noche. Siempre y cuando mantuviese la mente en blanco, por supuesto.
El incesante parloteo de Jaken a mi alrededor se había vuelto insoportable, quejándose de Inuyasha, llorando la pérdida de mi brazo izquierdo, y haciendo preguntas cada vez más directas sobre la chica humana. Llegué a amenazarlo con aplastar su cráneo bajo mis pies si no me dejaba en paz.
Con ello, conseguí algo de paz para evitar cualquier pensamiento que me pudiera distraer durante algunos días más. Aunque a veces no podía evitar notar punzadas de culpa en mi conciencia. Me negaba a elaborar más respecto al origen de aquella emoción, y sólo la permitía quedarse allí, observándome desde un rincón de mi mente.
Mi cuerpo se encontraba al límite, privado del sueño durante semanas. Sólo porque me sentía a punto del colapso físico y mental, me permití recostarme para cerrar los ojos entre las raíces de un árbol. Entonces, cuando estaba a punto de conciliar el sueño, sentí la presencia de Jaken junto con el demonio volador de dos cabezas que lo acompañaba últimamente. No tenía ganas de saber qué diablos iba a intentar, por lo que no me inmuté, fingiendo dormir, ya que no deseaba ser molestado.
En silencio, Jaken se acercó a mí para luego marcharse sin hacer ningún ruido. Aquel comportamiento era definitivamente extraño. Entonces, un nostálgico olor a jazmín invadió mis fosas nasales sin previo aviso, flotando delicadamente en el aire, haciéndome abrir los ojos en el acto.
Encontré a mi lado una nota, acompañada de una diminuta y delicada flor violeta.
"Su esposa me pidió que se la entregara. Desea hablar con usted."
Las palabras escritas eran breves y concisas. Tomé el tallo de la pequeña planta entre mis garras, y la oculté entre los pliegues de mi kimono. Me puse en pie, lentamente, mientras mi cerebro conectaba mil pensamientos a toda velocidad.
Teniendo en cuenta el grado de control que había ganado en aquel punto, me convencí de que no debería ser peligroso observarla desde lejos. Me dejé guiar por la esencia a jazmín, sin oponer resistencia. Tras varias horas de tortuosa caminata, simplemente deleitándome con el dulce aroma, llegué a una pequeña aldea de agricultores. Una vez que me detuve para analizar los alrededores, noté el inconfundible e irritante olor de Inuyasha, quien también se encontraba allí. Replegué mi energía demoníaca para ocultar mi presencia, lo último que necesitaba era soportar a aquel medio demonio y otra de sus rabietas sin sentido.
El único motivo por el cual le perdonaba la vida a Inuyasha en aquel momento era únicamente y exclusivamente por haber protegido a Rin, pero eso significaba que le aceptase como el portador de la Tessaiga. Esa espada acabaría en mis manos, tarde o temprano, por lo que ya ajustaría las cuentas con él en otro momento.
Durante días, observé a Rin desde la lejanía cuando se quedaba a solas en el bosque, cerca del río, o cualquier otro lugar libre de humanos. No podía arriesgarme a ser visto por otras personas y armar un revuelo. Eso sólo conseguiría borrar la paz que iluminaba su rostro. No recordaba haberla visto tan radiante nunca antes.
En el castillo, su expresión se volvía sombría cuando estaba rodeada de otros humanos. En cambio, los aldeanos parecían haberla acogido con amabilidad, y Rin respondía con igual calidez. Nunca la había visto sonreír de aquella forma, y ese extraño pensamiento me hacía sentir una opresión el pecho que nunca había sentido antes.
A pesar de tratar de intentar mantener la distancia, cada vez me iba acercando más a ella. Necesitaba aspirar su aroma, ver aquel brillo inocente en sus ojos, y tomar su rostro… ¿En qué diablos estaba pensando? Aún era peligroso rondar tan de cerca a aquella frágil humana. Parecía notar que la estaba siguiendo, no era estúpida.
Debía ser más cauteloso, y no dejar que mis instintos tomaran el control por mí. Aunque cada día se hacía más complicado controlar mi anhelo, por irracional que resultase.
Llegó una noche que no pude reprimir la necesidad visceral de acercarme para verla dormir, en absoluta calma. Me acerqué cautelosamente, hipnotizado por su envolvente olor, que parecía invitarme a ir hacia ella. Me detuve en seco al comprobar que, a pesar de las altas horas de la noche, Rin seguía despierta, observando sus alrededores.
Ella no debía verme allí.
Tan pronto como sospeché que podría descubrirme con mirada, di un salto para dejarme caer sobre el techo de la cabaña, levitando unos instantes antes de apoyar los pies. Escuché cómo se movía en el interior de la vivienda. Me agaché y contuve la respiración, guardando silencio. Rin salió al exterior.
Era la primera vez en mucho tiempo que tenía la oportunidad de observarla tan de cerca. La luz de la luna bañaba sus redondeadas facciones, se reflejaba en sus ojos castaños y su desordenado cabello. Una parte de mi deseaba que alzase la vista y me encontrase allí, mirándola con deseo. Sin embargo, sabía que, si hacía contacto visual con ella, no podría evitar arrastrarla a mi guarida para no dejarla marcharse de mi lado nunca más. Sentí mis colmillos alargarse hasta cubrir mi labio inferior. Apreté los puños. Podía controlar mi transformación, no pensaba dejar que mis instintos me dominasen.
No iba a permitirme borrar la sonrisa de su dulce rostro una vez más. No tenía ningún derecho de arrebatarle su libertad, aunque mis instintos más profundos me dictasen todo lo contrario.
Observé con total claridad en mitad de la noche cómo tomaba una flor violeta entre sus dedos. Apreté la mandíbula. Debía de haberse desprendido de mi kimono debido al impulso que había empleado para el salto. Sus ojos se habían llenado de dolor.
Eso era la único que podía aportar a su vida, pensé con resignación. Me encogí todo lo que pude en el sitio, rogando silenciosamente porque no mirase en mi dirección. Deseando que esa tortura acabase lo antes posible. Finalmente, una anciana se llevó a Rin de vuelta al interior de la cabaña, permitiéndome respirar con calma de nuevo.
Me quedé observando las estrellas, velando porque Rin pudiera conciliar el sueño. Sólo me movería de allí cuando escuchase el sonido de su respiración normalizarse. Cerré los ojos, sintiendo su corazón en mis oídos. Me resultaba imposible no escucharlo, aunque no me esforzase por percibirlo, sonaba alto y claro.
Aproveché el ligero sueño en el que cayó Rin justo antes del amanecer para eliminar el rastro de mi paso por allí aquella noche, y me oculté en el bosque, alejado de ella. Donde debía permanecer si no quería perder el control.
A pesar de que no tenía nada más que hacer por allí, no lograba abandonar los alrededores de aquella aldea. En los últimos días había observado cómo Rin interactuaba con un muchacho humano que la observaba con adoración, y me resultaba complicado soportar aquella imagen sin sentirme intranquilo. Sabía que debía dejarla rehacer su vida en paz, pero seguía notando cómo un fuerte vínculo me arrastraba de vuelta a su olor a jazmín. Podía distinguirla con claridad entre mil millones de otras fragancias. Ella resaltaba por encima de todas las demás. Me estaba volviendo loco.
Decidí que debía despedirme, aunque fuera unilateralmente, de ella. Era la única forma de convencerme de que no quedaba nada entre aquella humana y yo. Sólo la vería dormir y me mentalizaría de que sería la última vez que la iba tener frente a mis ojos. Podría seguir viviendo con aquella última imagen en mi mente.
Sin embargo, nada salió como había planeado. Mientras me acercaba a la cabaña, pude sentir que algo no iba bien. La respiración de Rin era agitada. Me acerqué demasiado, no pude contener la necesidad de encaramarme a la ventana vivienda, buscándola en la penumbra. Tenía mal especto mientras dormía, y no paraba de revolverse en sueños. Noté que la anciana no se encontraba en casa, y decidí entrar por la ventana para asegurarme de que todo estuviera bien.
Me agaché al lado de aquella humana y toqué su rostro. Estaba ardiendo, ¿se encontraba enferma? ¿Cómo podía marcharme sabiendo de su frágil condición de salud? Mi único deseo era que ella pudiera tener una vida tranquila y feliz, odiaba sentirme impotente, al no poder aliviar su evidente sufrimiento.
Alcancé a distinguir cómo sus oscuros ojos castaños se abrían, adormecidos, buscando distinguir mi silueta en la penumbra. Me había expuesto demasiado, y sabía que había llegado el momento de retirarme, antes de que aquello pudiera salirse de control.
Sin embargo, cuando me di la vuelta ella se aferró a la manga de mi kimono. Escuché el melodioso sonido de su voz interrumpir la quietud de la noche:
- Señor Sesshomaru… - Sonaba trémula, débil. – Es usted, ¿verdad?
Toda mi sangré comenzó a arder cuando pronunció mi nombre. La ternura de aquella joven se enroscaba a mi alrededor, convirtiéndome en prisionero de su voluntad. El impulso de tomarla en mis brazos y llevarla conmigo se hacía cada vez más fuerte. Sentí mis garras y colmillos tratando de alargarse, aprovechando el momento de desconcierto para liberar la transformación. No podía permitir que aquello sucediese de ninguna manera delante de ella.
- Suéltame, Rin. – Mascullé entre dientes, observándola de reojo.
Ella tiró de mi ropa con insistencia. Era consciente de lo sencillo que resultaría deshacerme de aquel débil agarre en condiciones normales, pero una poderosa fuerza me tenía paralizado, incapaz de ejercer ningún tipo de oposición ante ella.
- Pero… h-ha venido a buscarme, ¿verdad? – Sonaba a punto de echarse a llorar
¿Cómo podía negarle nada a aquella dulce mujer? Cada fibra de mi se estremecía, sufriendo ante la incapacidad de cumplir sus deseos y saciar los míos propios. Dejé escapar un profundo suspiro. No me estaba transformando, podría aguantar un poco más. Sólo necesitaba convencernos a ambos de lo que era correcto.
- No. – Pronuncié aquella negativa con una dolorosa opresión en el pecho. – Es mejor que te quedes entre los humanos. Después de todo, se trata del lugar al que perteneces.
Todas las palabras que salían de mi boca eran empleadas para tratar de convencerme a mí mismo que debía dejarla marchar. No podía llevarla conmigo, sólo la perseguirían la sangre y la muerte. No podía permitir que su alma pura fuera profanada de aquella manera por mis retorcidos deseos. Los humanos y los demonios ni siquiera estaban destinados a encontrarse, para empezar. Mucho menos debían mezclarse o tener una relación, del tipo que fuese.
- Mi corazón sólo le pertenece a usted, Señor Sesshomaru. Permítame estar a su lado, se lo ruego.
Aquella batalla era la más dura que había librado en todos mis siglos de existencia. No tenía cómo contraatacar, cuando todas mis barreras estaban siendo atravesadas por sus cálidas palabras. Me volteé para mirarla de frente y me agaché para perderme en la profundidad de sus ojos, donde asomaban las lágrimas. El sudor bañaba su fiebre, producto de la fiebre.
- No es cuestión de lo que yo desee o no. – Confesé, con amargura. – Se trata de cómo deben ser las cosas.
Su respuesta fue furiosa:
- ¡Pero yo no quiero separarme de usted! ¡Nunca he querido!
La chica se deshizo en llanto en aquel momento, con su delicado cuerpo temblando mientras se negaba de dejarme ir. Consciente de que podía ser mi perdición, tomé sus manos, en un intento de confortarla. No soportaba verla derramar lágrimas de aquella manera tan desgarradora. Por eso mismo, supe que estaba haciendo lo correcto, aunque no me quedase más remedio que mentirle:
- Yo no siento el mismo tipo de apego, siendo un demonio. Por eso, es mejor que te cases con algún humano que te mire con la misma adoración con la que te observaba ese muchacho con el que estabas ayer. Serás más feliz de esa manera. – Traté de ocultar todas mis emociones bajo una máscara de indiferencia, para que resultase más creíble.
Era terriblemente consciente del daño que podrían hacerle aquellas falsas palabras. La adoraba con locura y necesitaba con desesperación tenerla a mi lado. Sin embargo, sabía que ella era de voluntad fuerte, a la larga podría olvidarme y ser feliz con otra persona que no fuese yo.
En aquel momento, me juré velar por ella durante toda su vida y protegerla de todo mal, aunque lo haría como un mero espectador. Rin podría ser libre, vivir plenamente. Quería protegerla en compensación por todo el sufrimiento que le estaba causando, porque me daba paz observarla interactuar con el mundo como si no existiese la maldad. Podía conformarme con aquella misión, aunque no volviese a intercambiar palabras con ella nunca más.
Anonadada, Rin perdió la fuerza en sus manos y respondió como un cachorro ladrando, tratando de intimidar a una bestia:
- ¡Nada de lo que está diciendo tiene sentido, Señor Sesshomaru! – Replicó indignada, tratando de sostenerse sobre sus temblorosas y débiles piernas.
Me sorprendió que pudiera notar las inconsistencias de mi discurso en su febril estado. Una vez más, solo estaba haciendo las cosas más difíciles. Le di la espalda, evitando su mirada. Tenía que salir de allí antes de que mi parte racional decidiera desechar la férrea voluntad de no aprisionarla entre mis garras para siempre.
- Adiós, Rin.
La tortura continuó después de separarme de ella. La culpa y el remordimiento se habían sentado frente a mis ojos y no dejaban de repetirme lo cruel que había sido. La había hecho llorar y no había hecho nada por remediar su dolor. En cambio, la había empujado perseguirme en su delicado estado hasta el interior del bosque. No había otra palabra para definirme que no fuera "monstruo".
Y, sin embargo, no era capaz de alejarme de los alrededores de aquella dichosa aldea, presa de un hechizo con aroma a jazmín. Por otro lado, mi bestia interior no paraba de pujar por salir en busca de la criatura que había marcado. Quería poseerla, hacerla mía y ocultarla al mundo entero. Mi raciocinio sabía que iba a perder la cordura a ese paso, por lo que me forcé a entrar en un letargo. Necesitaba enfriar mi cabeza y aclarar mis ideas. La culpa y los impulsos demoníacos de mi interior no me permitían pensar con claridad.
No pude medir si pasé horas o días completamente inmóvil, contenido. Sin embargo, una pujante sensación de alarma me sacó de aquel estado cuando dejé de percibir el olor de Rin abruptamente. No se había alejado ni se mezclaba con el olor de la muerte. Simplemente se había desvanecido sin dejar rastro. Aquello era sumamente extraño.
Me elevé por los cielos en su busca. ¿Acaso me estaba fallando mi olfato, en el que tanto confiaba? No podía ser, percibía el resto de fragancias a mi alrededor. Sólo ella se había desvanecido. Confundido, decidí aproximarme a la aldea humana en busca de respuestas. Aquello no podía estar ocurriendo, no tenía ningún sentido. Sin embargo, ni siquiera allí lograba captar el más mínimo atisbo de su presencia o su rastro.
Abandonando el último resquicio de raciocinio que me quedaba en aquellos momentos, irrumpí en mitad de la villa, provocando un pánico generalizado. Los humanos me señalaban, chillaban a incluso salieron corriendo a esconderse. Eran demasiado insignificantes para que me preocupasen siquiera sus patéticas reacciones. Sólo estaba allí porque tenia que encontrar a Rin.
Entre todo aquel revuelo, apareció una anciana sacerdotisa que me plantó cara con expresión autoritaria. Su único ojo no reflejaba ni un solo atisbo de miedo.
- ¿Tú eres el hermano de Inuyasha? – Me increpó la mujer.
No tenía tiempo que perder en desmentir estupideces como aquella a una mera mortal.
- ¿Dónde está Rin?
La sacerdotisa me sostuvo la mirada unos instantes, sopesando su respuesta.
- Se marchó en tu busca, precisamente.
- ¿Hacía dónde fue? – La seguí interrogando con impaciencia.
- En dirección al bosque.
La ambigüedad de su respuesta me hizo darme cuenta de que no debía de tener ni idea de dónde se podía encontrar Rin en aquellos momentos. Estúpida anciana. ¿Cómo podía estar tan tranquila habiéndola permitido adentrarse sola en aquel peligroso lugar?
Me marché sin mediar palabra, pues ya no quedaba nada de valor para mí en aquel pobladucho.
Había pasado toda la noche peinando el frondoso bosque desde los aires y a pie, sin éxito ninguno. Cuando la desesperación estaba comenzando a apoderarse de mí, note un potente olor metálico en el aire. Quizás estaba desvariando, pero tenía la inconfundible fragancia del jazmín entremezclada con la sangre. Volé en dirección a la fuente de aquel olor sin vacilar. No tenía un buen presentimiento. Tenía que ser mucho más rápido, antes de que fuera demasiado tarde.
Aterricé cerca de una colina, donde un lobo sarnoso echó a correr despavorido ante mi presencia. Lo fulminé con mis garras, presa de la ira. Los restos del animal cayeron al suelo, hecho pedazos, sobre un charco de su propia sangre.
Unos pasos más allá, yacía el inerte cuerpo de una joven humana, desangrada por una herida mortal en la yugular. Me acerqué para examinar el cuerpo y traté de percibir algún atisbo de su vida latiendo, pero no quedaba nada en su inerte pecho. Su corazón y respiración se habían detenido por completo. Estudié la expresión de terror y desesperación de sus ojos al perder la vida de aquella manera. Su piel se estaba enfriado, mientras su habitual calidez abandonada su cuerpo.
Rin yacía sin vida frente a mis ojos, lánguida como una flor marchita. No era la primera vez que presenciaba la muerte frente a mis ojos, pero aquella visión comenzó a retorcer mis entrañas como nunca antes había sentido.
Me había mentalizado de que no tendría más remedio que verla fallecer algún día, pero jamás había pensado permitir que fuera de aquella forma tan abrupta y violenta. Una parte de mí ya se la había imaginado como una anciana postrada en el lecho, sonriendo con calma mientras se hallaba rodeada de sus seres queridos.
¿Por qué había tenido que ser tan inconsciente y actuar de forma impulsiva?
Sabía que no podía culparla, pues yo había sido el responsable de aquella tragedia. Sus intensos sentimientos por mí y mis crueles palabras la habían empujado a aquella misión suicida. Comencé a odiar el hecho de que mis errores debieran saldarse con su preciada vida. Pensé que, si pudiera cambiar lugares con ella en aquel momento, lo haría sin dudar un solo instante con tan de salvarla. No me importaba incluso renunciar a mis poderes de forma definitiva a cambio de devolverle el alma a su cuerpo. Deseaba desde lo más profundo de mi corazón que ella viviera. Nada era tan valioso como su existencia en este mundo.
Casi como una reacción ante mis agitadas emociones, sentí un poderoso latido llamarme. No provenía del cuerpo de Rin, sino del objeto que yacía a sus pies. Se trataba de Tenseiga. Me puse en pie y recogí el arma del suelo. Su empuñadura se ajustaba perfectamente a mi mano, acogiéndome como si me hubiera estado esperando todo aquel tiempo.
Al sostener la katana, pude observar a las criaturas del más allá rondado el cuerpo de Rin. Estaban tratando de extraer su alma de su cuerpo. Iban a llevársela junto con el resto de almas de los difuntos.
Recordé las palabras de mi padre.
"Tenseiga es una espada sagrada forjada para proteger a tus seres queridos. No es un arma que pueda usarse para herir a otros. ¿Tienes a alguien a quien proteger para ser digno de empuñarla, Sesshomaru?"
Mi propia respuesta resonaba en mis oídos como un cántico diabólico.
"Yo, el Gran Sesshomaru, no tengo nada ni nadie a quien proteger."
Recordaba como aquel día me había jurado no blandir nunca la vergonzosa herencia que mi padre había dejado para mí. Ni siquiera estaba seguro de que fuera a funcionar, pero en aquel momento ya no tenía nada más que perder. Mis promesas pasadas no tenían sentido después de más de medio siglo, y no necesitaba mi altivo orgullo si era a costa de la vida de la mujer que amaba con todo mi ser.
Apunté con el fijo de la Tenseiga hacia el cielo y la hice descender en un preciso tajo que partió en dos a todas las criaturas del más allá, que se desvanecieron en el aire. Contuve la respiración mientras observaba lo que ocurría a continuación.
Notas de la autora: HA SIDO: INTENSO
¿Qué pensais de la narración desde el punto de vista de Sesshomaru? Me he esforzado mucho en que sonase diferente a cuando escribo desde el punto de vista de Rin, y espero que os haya gustado!
Bueno, parece que vamos a tener reencuentro, echo muchos de menos escribir escenas lindas de estos dos, tengo ganas de que puedan ir superando cada uno sus miedos, y todo lo que ha pasado... En fin, ¿qué os ha parecido? Tengo muchísimas ganas de leer vuestros comentarios!
