CAPÍTULO 3: EL DON Y LA MALDICION

Apolo había transportado a Cassandra a un claro en el bosque de Atenas, muy cercano al Santuario. Asustada, la chica se mantenía separada del extraño que la había raptado.

-No tienes porqué tenerme miedo, Cassandra- dijo el extraño- no tengo ninguna intención de lastimarte...-

-Pero- dijo ella- ¿qué...qué quieres? ¿y cómo sabes mi nombre?-

-Sé mucho más que eso, Cassandra- dijo Apolo- sabe que yo soy un dios inmortal, Apolo-

Cassandra lo miró asombrada. ¿Un dios? ¿qué quería un dios con ella?

-Pero, ¿qué quieres? ¿porqué me has traído aquí?-

-Porque- dijo Apolo- porque me he enamorado de ti...-

Cassandra se asustó todavía más, y dio un paso hacia atrás.

-Apolo, yo...- dijo ella- lo siento, pero yo ya amo a otro hombre...-

-¿A ese caballero mortal?- preguntó el dios con una sonrisa sarcástica. Ella asintió- pero dime, ¿qué puede darte él?- Cassandra no respondió, y Apolo continuó- yo puedo ofrecerte riquezas, inmortalidad y felicidad eterna... él envejecerá y morirá un día, igual que tú si no me aceptas...-

-Lo siento- repitió ella- pero...-

-Yo puedo- interrumpió Apolo- puedo regalarte algo más, algo que aún tu madre siempre ha deseado tener y que nunca le ha sido concedido- con estas palabras, hizo aparecer un anillo de oro en su dedo.

-¿Qué...?-

-Ese anillo- dijo Apolo- es el don de profetizar y ver el futuro, algo que tu madre siempre ha querido...-

-Apolo, yo...- dijo ella, intentando en vano quitarse el anillo- no puedo aceptar esto...-

-¿Qué dices?-

-Lo siento- dijo Cassandra- no importa lo que me ofrezcas, no me convencerás. Yo sé lo que me conviene, pero aún así lo elijo a él. A Mu lo amo con el corazón, no con la cabeza...-

-¿Así que te niegas?-

-Sí- dijo Cassandra- y lo siento de veras...-

-Claro que lo sentirás- dijo Apolo frunciendo el entrecejo. El anillo de oro desapareció del dedo de Cassandra. Ella se asustó al ver al dios tan enfadado y dio otro paso hacia atrás- no puedo quitarte el don que te di- agregó el dios- pero puedo añadirle una maldición: aunque puedas seguir viendo el futuro, nadie te creerá...-

Cassandra dio otro paso atrás.

-No recordarás nada- dijo Apolo- por ahora, pero pronto te arrepentirás de haberte negado...-

Diciendo esto, Apolo encendió su cosmo. Un fino hilo de plata envolvió a Cassandra, quien cayó al suelo, inconsciente. Apolo le lanzó una última mirada airada y desapareció.

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Mu lo sintió de nuevo. Ese poderoso cosmo. Logró ubicarlo.

-Ahí está- murmuró Mu- está en el interior del bosque- y se teletransportó hacia allá.

-¡Qué extraño!- dijo Saga. El también había ubicado el cosmo, pero éste había desaparecido casi inmediatamente.

-Primero Cristaly y ahora Cassandra...- murmuró Shura. Los otros dos caballeros asintieron.

-Esto me huele a una venganza de Circe- dijo Camus.

-¿Crees que haya roto su juramento?- preguntó Shura.

-Pese a lo que Cassandra y las otras piensen, yo opino que sí- dijo Camus.

-Sea lo que sea- dijo Saga- debemos tener más cuidado de ahora en adelante...-

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Mu apareció en el sitio donde había sentido el cosmo. No había nadie. Caminó unos pasos. Cuando llegó a un claro, vio a Cassandra en el suelo. Corrió hacia ella. Estaba inconsciente y muy pálida. Buscó heridas, pero no encontró ninguna, salvo una pequeña quemadura en uno de sus dedos. Una quemadura que tenía la forma de un anillo.

Mientras Mu la examinaba, Cassandra abrió los ojos, asustada.

-¡Mu!- dijo- ¿qué... qué sucedió?-

-¿No lo recuerdas?- preguntó Mu. Ella sacudió la cabeza.

-Solo...solo recuerdo que tuve miedo- dijo Cassandra- pero no sé porqué...-

-Dime- dijo Mu- ¿recuerdas como te hiciste esto?- y le mostró el dedo.

-No...no lo sé- dijo ella.

-No importa- dijo Mu, abrazándola con cariño. La había recuperado a salvo, que era lo que le importaba más.

Después de un rato, ambos volvieron a la casa de Aries. Cassandra, sin ninguna razón aparente, se sentía muy cansada. Mu la acompañó mientras se metía a la cama. Luego buscó a Kiki.

-Kiki volvió a irse- dijo Mu- pero no quiero dejarte sola para ir a buscarlo...-

-No te preocupes- dijo ella, bostezando- los caballeros de bronce vendrán en un rato... puedes preguntarles a ellos si lo han visto...-

-¿Qué dices?- dijo Mu- pero eso no es posible, porque ellos volvieron a Japón...-

Pero en ese momento...

-¡Mu!- gritó una voz familiar- ¿estás en casa?- Era la voz de Seiya.

Mu, en vez de responder, miró de nuevo a Cassandra, sorprendido. Quería preguntarle cómo supo eso, pero la joven estaba ya profundamente dormida.

-¡Seiya!- dijo Mu, sorprendido- ¿qué hacen aquí?-

-Decidimos quedarnos- dijo Seiya.

-¿Cassandra está bien?- preguntó Shun- Milo nos dijo lo que pasó...-

-Está cansada, pero creo que está bien-

-¿Y dónde está Kiki?- preguntó Seiya. Mu se encogió de hombros- bueno, no te preocupes, nosotros lo buscamos...-

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-Tu primer plan no funcionó, Circe- dijo la diosa Afrodita- Apolo no mató al caballero...-

-Al contrario- dijo Circe- tú obtuviste tu venganza...-

-Tienes razón- dijo Afrodita- ahora, ¿qué planeas hacer?-

-Actuar- dijo Circe. La diosa asintió y la estatua dejó de moverse. Circe sonrió. Bajó y llamó a Yaria.

-Señora- dijo la hechicera al entrar- el señor ha llegado...-

-Bien- dijo Circe- hazlo pasar...-

Un hombre de aproximadamente cuarenta años y de cabello gris entró seguido de Yaria. Al ver a Circe se inclinó.

-Gracias por venir- dijo Circe, cambiando su rostro airado a una sonrisa dulce e inocente que hubiera engañado a cualquiera- ya sabes lo que quiero que hagas...-

-Sí, mi señora- dijo el hombre- por ti haría lo que fuera...-

-Entonces ve- dijo Circe- y no me falles...-

-No fallaré- dijo el hombre, inclinándose y saliendo.

-Pero señora- dijo Yaria- ¿porqué...?-

-Estamos entrando a la segunda fase de mi plan, Yaria- dijo Circe- sé exactamente lo que debo hacer para vengarme...-

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Arilla estaba en su habitación, en la casa de Escorpión. Era la más pequeña. Y aunque Milo le había ofrecido cambiarla por la suya, ella la rechazó, alegando que ya había causado suficientes molestias. La chica estaba tirada en la cama boca arriba, jugueteando con una pequeña pelota y un aro de luz que había conjurado sobre el techo.

-¿Te diviertes?- preguntó Milo, asomándose por la puerta.

-La verdad no- dijo Arilla, atrapando la pelotita y haciendo desaparecer el aro de luz- estoy preocupada...-

-¿Puedo pasar?- preguntó Milo.

-Claro- dijo Arilla, sentándose sobre la cama. Milo entró.

-¿Porqué estás preocupada?- preguntó Milo.

-Por Cristaly- dijo ella- y por Cassandra- agregó- es extraño que alguien la rapte y luego la deje abandonada en el bosque, ¿no te parece?-

-Lo sé- dijo Milo, sentándose junto a ella- y lo más extraño es que ella no parece recordar nada...-

-¿Y tú que opinas?-

-No lo sé- respondió Milo, pero no sabía qué estaba diciendo. Su atención estaba fija en la boca de Arilla. Antes de que ella se diera cuenta, ya la estaba besando. Ella se separó, asustada.

-¿Qué haces?- preguntó ella, asombrada.

-No lo sé- repitió Milo, y la besó de nuevo. Ella al principio estaba asustada: nunca la había besado un hombre. Volvió a separarse- ¿qué sucede?- preguntó el caballero, asombrado.

-No sé- dijo ella- nunca he hecho estas cosas...-

-Es muy fácil- dijo Milo- ven, te enseñaré...-

Ella lo miró con sospecha al principio, pero luego asintió. Los labios de ambos volvieron a unirse, y Arilla fue sintiendo como iba la pasión en aumento. El caballero comenzó a meter las manos bajo su ropa. Esa sensación la asustó y volvió a separarse, subiendo los pies a la cama para hacerse hacia atrás.

-No, Milo- dijo Arilla- es demasiado pronto...-

-Como quieras- dijo Milo, pero continuó en lugar de detenerse. Arilla dejó de resistirse.

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Mu estaba en su habitación. Suspiró. Aún estaba preocupada por Cassandra. A pesar de que no le habían hecho daño, debía admitir que era muy sospechoso. También era muy extraño que ella no recordara nada y, sobre todo, esa extraña quemadura en su dedo.

Al volverse, la encontró aún profundamente dormida. La besó en la frente y la arropó. No sabía porqué tenía un mal presentimiento.

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En la casa de Acuario, Iridia ya estaba harta de la frialdad de Camus. La hechicera le había contado su preocupación sobre Cassandra y Cristaly, pero Camus la había ignorado, diciéndole solamente que deje de preocuparse por pequeñeces así. Después de casi media hora de discusión, a pesar de que Camus seguía tan impasible como siempre, Iridia estaba furiosa.

-¡Te odio!- gritó Iridia.

-No necesito cariño- le dijo Camus con calma- y si no te gusta estar conmigo, eres libre de irte a otra casa...-

-Tienes razón- djio Iridia- me hubiera ido con Cristaly...-

-Esa hubiera sido una brillante idea- dijo Camus en tono sarcástico- ahora estarías ahogada o perdida en una isla...-

-¿Cómo te atreves...?- dijo Iridia y, con esas palabras, le dio una bofetada a Camus (n/a: como las que Cassandra le dio a Mu una vez) Los ojos azules de la hechicera miraban al caballero con odio. Camus no se inmutó.

-¿Eso fue todo?- preguntó Camus. Ella, sin poderlo aguantar más, salió de ahí escaleras abajo.

-Bien hecho, Camus- dijo Shura en tono sarcástico, saliendo de atrás de una columna.

-¿Estuviste escuchando?- preguntó Camus frunciendo el entrecejo.

-Y mirando- dijo Shura- te felicito. Deberías escribir un libro: 'cómo hacer enojar a una mujer en menos de cinco minutos'-

-No fastidies, Shura- dijo Camus, dándole la espalda.

-Cometes un error, amigo- dijo Shura. Camus lo ignoró.

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CONTINUARÁ...