Capítulo VI: Cuartel Completo
Ana volvió enseguida. Remus la esperaba cerca de la puerta.
- Cómo iremos a… ¿Adónde vamos?
- Hay un nuevo cuartel. Ya te enterarás dónde, pero es a unas millas de aquí. Con respecto a cómo… podríamos aparecernos, que sería lo más simple, pero…
- Yo no tengo varita
- Exacto, por lo tanto… Iremos volando, aunque… ¿Dónde encontraremos escobas, si estamos entre muggles?
- ¡Tengo una aquí! ¡Los muggles las usan para la limpieza! ¿Cómo no se me ocurrió antes?
Anabell fue hasta la cocina y regresó con una escoba en sus manos.
- Bien, podrá soportarnos a los dos – Dijo Remus examinando la escoba bien de cerca.
- No es voladora… ¿Crees que podrías hechizarla, Remus?
Pero Remus ya lo estaba haciendo…
- ¡Volatus!
Instantáneamente la escoba tembló y cayó al suelo.
- Bueno… - Dijo Remus – Creo que es todo. ¿Tienes tus cosas?
- Aquí –Dijo Ana señalando un bolso que tenía colgado al hombro – Pero no pesa. Puedo llevarlo sin magia.
- Bueno, entonces, ¡Arriba! – Gritó Remus poniendo una mano sobre la escoba que ahora se hallaba flotando a más de medio metro del piso.
Para Ana, el viaje fue muy extraño. No subía a una escoba desde los 17 años, cuando todavía jugaba como cazadora en el equipo de Quiddicth. Volaron durante varias horas. Pasaron por campos, rutas y ciudades. Cuando los primeros rayos del sol se asomaban a lo lejos, Remus comenzó a aminorar la marcha de la escoba y, luego de unos 15 minutos, descendió rápidamente.
Tocaron tierra firme sobre un campo enorme. A lo lejos, se veían casas muy grandes y lujosas, todas enumeradas del 1 al 15. Al llegar a la cerca que había entre las casas 11 y 13, Remus sacó algo de su bolsillo.
- Sólo tienes que leer y memorizar esto – dijo entregándole un papel arrugado a Anabell. Éste estaba escrito a mano y decía:
Número 12, Grimmauld Place.
-Cuartel de la Orden del Fénix-
- Listo. Me gustaría que me digas que te traes, Remus – Dijo Ana, pero no hizo falta que Remus hablara, casi como contestación a lo pedido, en medio de las casas 11 y 13 comenzó a formarse la enorme figura de otra casa, hasta que quedó tan grande como las demás, sólo que, a pesar de su tamaño, era lúgubre y tanto la pintura como sus vidrios estaban en muy mal estado.
Aún en estas condiciones, Ana reconoció el lugar:
- No… no Remus… ¡no puedes traerme aquí! – Mientras hablaba, retrocedía rápidamente.
- Ana…tranquila…todo será… explicado… ¡a su debido… tiempo! – Dijo Remus, mientras tiraba del brazo de Anabell para mantenerla en su lugar.
- "La noble y antigua casa de los Black", eso es suficiente explicación para mí… ¡¿Qué hacemos en la casa de Sirius Black?!
- Ana, por favor, entremos, si luego de cinco minutos te arrepientes, te prometo que volveremos a tu casa. ¿Aceptas?
Hubo un momento de silencio...
- Acepto – dijo Ana cortante mientras se acercaban a la casa.
No hizo falta que tocaran timbre, junto a la puerta abierta, se hallaba una joven Debería tener unos 25 años. Su pelo era rizado y de color violeta, y los esperaba con una sonrisa.
- ¡¡Remus!! – Gritó – Y tú debes ser… ¡Anabell!...¡Anabell Patch!
- Tranquila Tonks, acabamos de aterrizar luego de toda una noche de vuelo, creo que no estamos como para hablar demasiado, ¿Ok?
- Eh… claro Remus… ¡adelante!
Entraron. Ana casi no podía contener las lágrimas. A pesar de la muy mala relación entre Sirius y sus padres, ella había estado muchas veces allí. La familia Black era gran partidaria del innombrable, y habían desterrado a Sirius de todo, reprochándole estar a favor de los magos hijos de muggles, los "sangre sucia", como los llamaban. Sirius, sin soportarlo, se había ido de su casa, vivió con James y sus padres hasta terminar la escuela, cuando se mudó con Ana. Aún así, los dos habían vuelto varias veces. Anabell lo acompañaba a buscar lo que necesitaba, a visitar a su hermano, quien tampoco quería verlo, y a averiguar cómo estaban sus padres, ya que eran magos de edad muy cercanos a Voldemort.
- ¡¡¡TÚ!!! – Un horrible alarido interrumpió sus pensamientos - ¡OTRA TRAIDORA… TRAÍDA POR EL TRAIDOR! ¡LA FAMILIA… ARRUINADA…AVERGONZADA! – En un enorme cuadro sobre la pared, se encontraba la figura de una mujer anciana que gritaba furiosa.
- ¿Señora…Black? – Preguntó Ana
- ¡NO ME HABLE! ¡QUIERO A ESTA MUJER FUERA DE MI CASA!
- Tranquila – Le susurró Remus a Ana - ¡Tonks! Ven aquí… ¡Ayúdame a cerrar esto!
- ¡NO VOLVERÁN A ENCERRARME! NO TIENEN DERECHO… ¡ESTOY EN MI CASA!
- ¡Callen a esa vieja loca! – Se escuchó detrás de una puerta. Tanto Ana como los demás, se voltearon inmediatamente – Sólo piso este lugar unas horas al día, ¡¿No podría tener tranquilidad?!
- Calma Severus, ya sabes cómo es…
- ¿Snape? – Interrumpió Ana
- Y ésta quién…¿Patch? ¿Anabell Patch? – Snape se paró en seco. Su rostro estaba pálido.
- La misma – Respondió Ana - ¿Porqué la sorpresa? – Snape no contestó. Tanto él como Remus sabían la respuesta. Aunque no hacía más que molestar a Lily y a James, él había estado enamorado de Anabell desde que la conoció. Sólo con ella ocultaba ese horrible carácter. Con ella parecía el ser más encantador del mundo. Esa era una de las principales cosas que jamás le perdonaría a Sirius: Haberse ganado el amor de Anabell.
- Por… por nada. ¿Y qué hace la señorita Patch aquí, Lupin? ¿Visitando la casa de su amad…?
- Cállate – Lo silenció Remus – Ana, ven aquí, el desayuno estará listo en cualquier momento.
Ana siguió a Remus hasta la cocina. Una vez allí, Ana tuvo volvió a experimentar la sensación que había tenido mientras volaba en la escoba: Luego de 14 años estaba nuevamente en esa casa, rodeada de magos. A algunos, como a los señores Weasley, no los conocía, otros, la habían acompañado en la Orden hace mucho tiempo.
- ¡Oh! Tú debes ser Anabell, ¿No? – Preguntó la señora Weasley – Mi nombre es Molly, y él es mi marido, Arthur.
- Hola – Saludó Ana
- Bueno... – Siguió la señora Weasley – Supongo que a Ojoloco y a la profesora McGonagall no tengo que presentártelos ¿Verdad?
Pero no hizo falta que Ana contestara:
- ¡Anabell! ¡Mi querida Anabell Patch! – La profesora McGonagall se levantó de la silla y la recibió con un fuerte abrazo. Antes de que Ana pudiera devolverle el saludo, le llegó a sus oídos un familiar golpeteo...
- Qué alegría me da volver a verte niña... – Dijo la voz ronca de Ojoloco Moody
- ¡Alastor! – Gritó Ana con una sonrisa – ¿14 años más y todavía no aprendes que ya no soy una niña?
- ¡Hey! – La conversación se interrumpió cuando la cabeza despeinada de Fred Weasley se asomó por la puerta - ¿Qué es todo éste alboroto?
- ¡Fred! ¿Qué haces todavía en esas condiciones?
- ¡Mamá! ¡Son las ocho de la mañana! ¡Además Hocicos todavía no está levantado! ¿Él es quien tendría que molestarse no crees?
- ¿Hocicos? – Preguntó Ana - ¿Quién es...?
- Sir...
- ...Nadie! Sólo nuestro elfo doméstico... – Se apresuró a mentir Remus, con una significativa mirada de «silencio» hacia Fred.
- Ahora Fred... si tienes la amabilidad de acompañarme... y Molly, Ana ha estado viajando durante toda la noche. ¿Te molestaría poner un plato más para el desayuno?
- Lupin, ¡Eso no se pregunta!" – Gritó la profesora McGonagall – Ana es una integrante de la Orden del Fénix y tiene iguales derechos que todos nosotros.
- Excelente. Muchas gracias. Y... Minerva, ¿podría acompañarme usted también por un momento?
- Claro.
Ana los siguió a los tres con la mirada. Una vez afuera, Remus juntó a Fred y a la profesora McGonagall al pie de las escaleras y comenzó a explicarles todo acerca de la charla que había tenido con Ana antes de salir de su casa. Pidió a la profesora McGonagall que de alguna forma les hiciera llegar a todos los que estaban en la cocina el porqué no debían nombrar a Sirius y a Fred que fuera a hablar con los otros alumnos de Hogwarts que se encontraban en la mansión – Los otros Weasley y Hermione – y también los informara al respecto. Remus subió con Fred y se separó en el segundo tramo de escaleras, donde cruzó el lúgubre pasillo y entró a una amplia habitación, a la que apenas iluminaban algunos rayos de sol que entraban por sus persianas cerradas.
