Capítulo VII: Rencores del pasado
- Hey, Canuto, despierta amigo – Dijo mientras se dirigía a la ventana para abrirla.
-¿Qué? Re...mus... ahora eres... ¿mi madre? – Preguntó Sirius en medio de un bostezo - ¿Qué hora es?
- Las ocho y cuarto, hora de que el dueño de casa se levante.
- Ja, ja, ja – riò Sirius amargamente mientras se estiraba - ¿Dueño de casa? Paso todo el bendito día encerrado en esta horrible mansión. ¿Para qué querría levantarme? – De pronto se paró en seco, incorporándose rápidamente.
- ¡Remus! ¡¡¡Eres tú!!! Y...¡Haz vuelto!
- Al fin caes Padfoot.
- ¿La trajiste? ¿Es...está aquí?
- Afirmativo – Contestó Remus mientras tomaba una túnica del armario y se la alcanzaba a Sirius – Vamos, vístete. Tienen mucho de qué hablar.
Pero había una rara expresión en Sirius, como si hubiera caído en la cuenta de algo...
- No... no puedo – Dijo de repente
- ¿Qué? ¿Te has vuelto loco?
- Remus, tú no entiendes... Yo la amaba, y ella... ella se fue. Lo recuerdo como si fuera hoy, Moony... cuando le dije lo sucedido, sólo se quedó mirándome por un momento y luego se fue, me dejó, dejó que me encerraran sin... sin hacer nada. – Sirius hablaba como si cada mínima palabra le costara un dolor inmenso.
- Ninguno de los dos sabe todo sobre el otro Padfoot… quizá ella también tenga cosas que decirte, y cosas que saber de tí.
- ¿Saber? ¿Saber de mí Remus? ¡Fue mi novia desde los 14 años! ¿Qué podría necesitar saber?
- ¡Insisto en que debes verla!
- Remus ¿Qué te pasa? Creí que me apoyarías en esto y lo único que haces es llevarme la contra – La voz de Sirius sonaba cada vez más ronca. Se cubrió el rostro con las manos.
- Hey, hey, hey… - Dijo Remus sentándose a su lado y poniendo una mano sobre su hombro – Nunca te llevaría la contra a menos que tuviera un motivo. Confía en mí, ve a hablar con ella y no te arrepentirás - Sirius levantó la cabeza y miró a Remus – Confía en mí – Repitió éste
- ¿Dónde está?
- En la cocina, con Molly y Arthur. Quizá deberías esperar.
- Antes quiero verla. Voy a transformarme.
- Te reconocerá, no es tonta.
- Ja, ja, ja – Nuevamente rió con sarcasmo – No seas ingenuo Remus, han pasado 14 años.
- Como quieras, amigo. Buena suerte – Y se fue cerrando la puerta tras él.
- Bueno – Dijo Sirius – Creo que será mejor que bajemos como Canuto – Y en su lugar apareció un gran perro negro y lanudo.
Mientras tanto, en la cocina…
- …bueno, debemos resolver esto – Explicaba la profesora McGonagall a Ojoloco y los
señores Weasley. Ana había ido a dejar sus cosas en el living, pero no tardaría mucho en regresar – Nadie habla de Black hasta nuevo aviso, ¿Entendido? No se qué es lo que planea Lupin, pero al parecer quiere esperar a que Ana escuche la historia completa, y no somos nosotros los encargados de contársela.
- Entendido – Contestó la señora Weasley
- ¿Entendido, Alastor? – Volvió a preguntar la profesora con el entrecejo fruncido.
- ¿Qué es lo que Ojoloco tiene que entender, Minerva? – Ana había entrado a la cocina como por arte de magia.
- Eh… nada – sonrió la profesora - Cosas sin importancia
En ese momento, la puerta volvió a abrirse. Remus entró con una sonrisa.
- ¿Y, amiga? ¿Lista para recorrer el cuartel de la orden?
- Eh… eso creo – dudó Ana – Pero…
- ¡Nada de ‹‹peros›› entonces! ¡Vamos!
Salieron de la cocina dirigiéndose directamente a la parte trasera de la casa donde, según Ana recordaba, había un enorme jardín. Justo cuando se disponían a salir, unos golpes sordos como de grandes pisadas rompieron el silencio del comedor. Los dos levantaron la vista hacia las escaleras. Un perro negro enorme cruzó el comedor a impresionante velocidad y salió al patio, sin ni siquiera mirar hacia atrás.
Remus tuvo que hacer un gran esfuerzo para simular que el hecho de que un perro de ese tamaño pasara por su lado a semejante velocidad era completamente normal para él. Sin embargo, al mirar a Ana, se dio cuenta de que no sólo era algo extraño para ella, sino que estaba completamente paralizada. No tenía ninguna duda: Lo había reconocido.
- ¡ÉL! – Gritó - ¡ES ÉL REMUS!
- Ani, tran…
- No me digas… que lo… sabías – Dijo Ana con la respiración entrecortada – ¡Ese perro era Black Remus! ¡Lo conozco!
- ¡Ana! – Gritó Remus, pero era demasiado tarde, Anabell ya corría hacia el jardín en busca de las explicaciones que había estado esperando todos estos años.
