Muchas gracias a anna kyouyama15 y a Nevichii-1270 por sus comentarios, es muy estimulante esta retroalimentación. Ya tengo la historia casi acabada, pero les-os haré sufrir un poco, jejejeje...

Este capítulo y los demás tienen una gran deuda, además de con nuestra adorada Rowling, con el maravilloso Terry Pratchett, cuya lectura fervorosa recomiendo.

La cosa se pone SLASH. Abróchense los cinturones, o mejor dicho, desabróchenselos...

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Dumbledore y las profesoras Mac Gonagall y Koreander estaban en el amplio despacho del primero, mirando con preocupación el pequeño modelo de la isla donde los colores se habían vuelto locos y el mar tomaba formas caprichosas, como las nubes.

-Mucho me temo que tendremos que actuar, Albus, este desequilibrio puede ser la fuente de grandes catástrofes.

-Pero está muy lejos, casi en las antípodas... ¿no puede ser que toda esa magia concentrada se diluya simplemente en el océano pacífico?

-Minerva, ¿recuerdas esa frase sobre el aleteo de una mariposa que puede desencadenar un huracán y todo eso? Pues imagínate una mariposa del tamaño de los fiordos noruegos.

Dumbledore se acariciaba la barba, pensativo.

-Vamos a tener que mandar un equipo de exploración al otro lado del mundo. Y creo que tengo a las personas adecuadas.

...oooOOOooo...

Cuando volvió Sione, con su alegre amigo que no paraba de mirar a Harry con ojos golosos, los cuatro estuvieron un rato más charlando de cosas intrascendentes: que si había un concierto subacuático de Ophelia y las Raíces, que si en tal tienda muggle vendían un lamé plateado que parecía mágico. Harry sólo fingía escuchar esta conversación, pero en realidad se moría de ganas de volver a quedarse sólo con Severus. La bebida ya se iba amoldando a su cuerpo, manteniéndole en un estado de felicidad parecido a una cama de agua, y en los ojos de Severus también brillaban unos destellos sospechosos de embriaguez.

Harry se daba cuenta de que la relación con su antiguo profesor estaba metamorfoseándose a la velocidad de la luz. Hacía sólo unas horas, no hubiera podido siquiera imaginar ese nivel de confianza, esa complicidad, esa cercanía. No paraba de pensar en esas palabras... "porque estaba celoso". Pero, ¿celoso de quién, de qué? Necesitaba encontrar la manera de tener una conversación con el hombre que tenía al lado. -Bueno, me parece que se nos está haciendo muy tarde, Gladiolus. Nos veremos pronto.

-Qué pena que os vayáis, queridas y queridos- apostilló Gladiolus con picardía, pestañeando en dirección a Harry-, me lo estaba pasando de-re-chu- pe-te.

Consiguieron salir de la grasienta taberna, abriéndose paso a codazos mágicos, pero no fueron al exterior, sino a una casa cercana, que Sione abrió con unas llaves incorpóreas que brillaban en el vacío.

-Esta es la casa donde vivo, Harry. Paso aquí la mayor parte de las noches y voy a Hogwarts sólo para las clases, aunque a veces me apetece quedarme allí porque el clima es menos húmedo- dijo Sione.

Harry echó un vistazo. Era un piso lleno de plantas y libros de todo tipo, con unos muebles que parecían hechos de troncos unidos con cuerdas. Había una gran chimenea en el centro.

-Me parece que lo más apropiado es que el señor Potter y yo regresemos a las dependencias de la escuela, hermana. ¿Comeremos juntos mañana?

-Por supuesto. Dame un beso, anda.

Harry no se dio cuenta, pero mientras Sione se abrazaba al cuello de su hermano, murmuró:

-Para que vayas practicando.

Severus encendió la chimenea instantáneamente y preguntó a Harry si llevaba polvos flu. Como no era así, se agarraron muy fuerte del brazo, y entraron en la red espacial que unía todas las chimeneas adecuadas.

...oooOOOooo...

...oooOOOooo...

Harry y Severus aparecieron en la habitación de este, aún aturdidos. Era ya muy tarde, y un fresco silencio reinaba en Hogwarths.

-Bueno, Potter, imagino que no estás tan afectado por la bebida como para haber olvidado cómo se regresa a tu habitación.

Harry se ofendió por el tono burlón y de desprecio, por la frialdad que volvía a dominar la voz de Snape. Le hervía la sangre al menos por tres motivos diferentes, uno de ellos bastante urgente. Si su razón hubiera estado despejada, seguramente habría vuelto a su dormitorio para terminar él solo. Pero no era la lucidez lo que le estaba impulsando a jugarse el todo por el todo. Se quitó la capa negra, como queriendo dar a entender que iba a quedarse. -No necesitas emborracharme para que me sienta así contigo.

-Nunca quise emborracharte, presuntuoso. Fue tu orgullo el que te obligó a comportarte temerariamente, como siempre.- Mientras hablaba, amenazador, Snape, se quitó la capa, revelando una camisa negra atada con lazos, que también comenzó a soltar.

-Pero tú me ofreciste esa bebida entre todas. Tú conocías sus efectos. - Harry se quitó las gafas.

-Esa bebida no provoca el mismo efecto en todas las personas. Sólo sirve para amplificar lo que uno siente- le corrigió el profesor, ya con el torso semidescubierto.

-Pues por una vez voy a ser yo el que te enseñe algo, Severus. Voy a enseñarte que hay algunas cosas que no necesitan amplificación.- A pesar de lo presuntuoso de su frase, la voz de Harry temblaba, igual que su cuerpo, que se iba acercando inexorablemente al de Snape, hacia su olor, hacia su piel recién revelada. Lo abrazó con fuerza, frotando su rostro contra el vello del sorprendido profesor, que guardaba silencio, pero cuya tensión le endurecía los músculos.

La boca de Harry, liberada por una sensación absoluta de felicidad, se encontró dibujando arabescos en el pecho de Severus, cerrándose en besos ávidos alrededor de sus costillas; descendía lentamente hacia su estómago, cubriéndolo de mordiscos que iban disolviendo las barreras del profesor. Harry, sin dejar de recorrer esa piel con su lengua, lo empujó hasta que llegaron al sofá de terciopelo negro, en el que Severus tropezó, derrumbándose, y gimió de manera casi inaudible, abandonando toda resistencia. Tenía la mirada perdida, pero bajo sus pantalones de paño negro había algo que se había encontrado a sí mismo Harry, ágilmente, trepó por encima suyo y le desabrochó los pantalones ansiosamente, con la prisa de un adolescente. Severus sintió en su pierna la intensa erección del chico, y un espasmo de placer le recorrió hasta nublarle la vista.

Los labios de Harry se apropiaron del centro de Severus, respondiendo a una necesidad de posesión que iba más allá de la ternura. Su boca aprendía la verdadera forma del otro, mientras que los dedos se desparramaban desordenadamente por todo el cuerpo, buscando cualquier pliegue. Harry estaba devorando rítmicamente el autocontrol del profesor Snape, cuyas manos temblaban al acariciar el pelo revuelto de su antiguo alumno. La lengua del chico ardía mientras inventaba caricias, mientras se cerraba para endurecer aún más las paredes de Severus. Sólo cuando este empezó a jadear, y sin dejar de besarle el vientre, Harry se desnudó, con la lucidez resplandeciente de la ebriedad. Entonces, de repente, se encontró flotando en el aire.

Severus, con la varita en la mano, había separado a Harry de su cuerpo. Era su manera de demostrar poder. El chico estaba flotando desnudo por la habitación, demasiado sorprendido para reaccionar y sin su propia varita, con la cabeza embotada por el deseo. Lentamente, Severus le hizo girar en el aire, con la sonrisa en los labios, hasta que Harry comprendió que se trataba de un juego. Hizo descender a Harry hasta tener el vientre del muchacho a la altura de sus delgados labios, se quedó inmóvil durante unos segundos, y le devolvió lentamente el beso. Harry creía que la cabeza le iba a estallar cuando su cuerpo entró en la boca de Severus, mientras él seguía suspendido en el vacío, con cada músculo de su cuerpo deshaciéndose de placer, flotando sin gravedad. El contacto iniciado por el profesor, tan inesperado y tan esperado, le estaba arrastrando hacia un cosmos de placer que parecía poder crecer sin límites.

Severus liberó a Harry, que cayó sobre él, aturdido. Los dos cuerpos se encontraron, completamente desnudos, manteniendo un contacto casi total, boca contra boca y en un duelo de espadas. Se miraron con toda la piel, durante un instante que pareció durarlo todo. Bruscamente, Harry buscó con su lengua la lengua del profesor, atravesando sus labios, obligándole con su mirada a mantener los ojos abiertos. Harry se supo más vulnerable que nunca en su vida: a través de la puerta que había abierto en su boca, el sabio legermante podría robarle, si quisiera, el alma. Sin embargo, extrañamente, sentía que Severus era tan frágil como él, igual de pequeño y de inexperto.

El cuerpo de Harry se volvió felino, impaciente: se revolvía en un abrazo furioso, buscando cada resorte del otro, ciñendo sus músculos fuertemente. Sentía el temblor de Severus como una vibración sísmica mientras se enlazaba con él, se trenzaban, se iban convirtiendo en una cuerda o en una serpiente para el otro, mezclándose, sin saber cómo desatar o concluir ese nudo. Pero el deseo siempre encuentra la manera de premiar a quienes lo sufren, y así ocurrió también con Harry, que ofreció su cuerpo a Severus como se ofrece una vida. Sentía su respiración ávida llegar hasta su cuello mientras se abría camino con una ternura implacable, provocando un dolor necesario que se convirtió, cuando los dedos de Severus le acariciaron a él, en un placer cegador, que sólo existía para el doble ritmo del placer interior y de la locura que le proporcionaba esa caricia urgente, rapidísima, enloquecedora. El sonido de las dos respiraciones se acompasó, en una aceleración compartida.

Los dos gritaron cuando se oyeron gritar.

Se dejaron caer, agotados y jadeantes, con una sonrisa imborrable cada uno.

En ese momento llamaron a la puerta.